lunes, 28 de diciembre de 2015

No hay mayor amor

2 gozoso

No hay mayor amor.


Jesús nos ha dicho en su Evangelio que nadie tiene mayor amor que aquel que da su vida por los amigos. Y si bien a nosotros quizás Dios no nos exigirá que demos la vida como la dio Jesús en la cruz, sí nos puede pedir que demos la vida entregándonos al servicio de los hermanos, para salvarlos y ayudarlos en toda forma.
Debemos tratar de no estar todo el tiempo rumiando nuestros problemas, sino aprender a volcarnos hacia los hermanos, tratando de hacerles el mayor bien posible. Así como una buena madre no piensa en sí misma, sino más bien en la manera que puede ayudar a sus hijitos; así también nosotros no debemos pensar tanto en nuestros problemas y en nosotros mismos, sino en ver la forma de hacer bien a todos, dando la vida por ellos, es decir, usando el tiempo de vida que tenemos, para consolar, dar buenos consejos y ayudar en todas las maneras que la caridad nos sugiera, a nuestros prójimos.
Hay personas, católicos, que quieren ser como el centro del mundo, y piden todo para ellos mismos, y muy poco o nada para los demás. Quizás nosotros somos tal vez de ellos.
No hagamos así, tratemos de enderezar nuestra vida espiritual, y no nos pongamos en el centro, sino más bien pidamos por los demás, como hizo María Santísima, porque Dios, al ver que nos ocupamos y preocupamos por los hermanos tratando de hacerles el bien, volcará sobre nosotros un mar de consuelos y dones de todas clases, ya que el mismo Señor ha prometido que quienes se ocupen de Él y de su Reino, entonces Él se ocupará de ellos y de sus cosas.
Recordemos que Jesús es taxativo en el Evangelio cuando nos dice que quien quiera salvar su vida en este mundo, la perderá. Es decir, que quien quiera pensar en sí mismo y tratar de aprovechar la vida para sí mismo, sin preocuparse por los hermanos; perderá la Vida con mayúscula, el Cielo.
Si nos olvidamos de nosotros mismos, para atender a las necesidades del Reino de Dios, ya sea haciendo obras de misericordia, rezando, recibiendo los sacramentos y teniendo una vida de sólida piedad, entonces estaremos en el camino justo que el Señor quiere para nosotros y para cada cristiano.
Olvidémonos un poco de nosotros mismos, de nuestras necesidades, y pensemos en los demás, especialmente en quienes más amamos, y sus necesidades, sobre todo las espirituales, que tienen mayor importancia que las de orden material, así como el alma es más valiosa que el cuerpo.
Y no tengamos miedo que el Señor se vaya a olvidar de nosotros y de nuestras necesidades, porque a caridad hecha, corresponde premio; y si somos caritativos con todos, entonces Dios nos premiará generosamente.

jueves, 24 de diciembre de 2015

¡¡¡ FELIZ NAVIDAD!!!



QUE  ESTA SANTA NAVIDAD, EL NIÑO JESÚS ENCUENTRE NUESTROS CORAZONES DISPUESTOS A RECIBIRLO CON EL AMOR, EL RESPETO, LA VENERACIÓN Y LAS DISPOSICIONES NECESARIAS PARA DEJARSE TRANSFORMAR POR SU AMOR DESBORDANTE, SU PAZ ETERNA, SU BENEVOLENCIA, SU MANSEDUMBRE Y SU OBEDIENCIA PARA DEJARSE CONDUCIR POR DIOS PADRE, PARA PODER ALCANZAR NUESTRO FIN ÚLTIMO: " EL CIELO EN LA PRESENCIA ETERNA DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD, Y NUESTRA MADRE LA SANTÍSIMA VIRGEN MARÍA"

ES EL DESEO DE LA FAMILIA MOBILIA, DE TODO CORAZÓN 


"Entregaos totalmente en las manos de nuestro Señor, ofreciéndole los años que os restan de vida y rogadle siempre que los emplee y se sirva de ellos en aquella forma de vida que más le agrade." (Santo Padre Pio de Pietrelcina)

jueves, 10 de diciembre de 2015

Perseverancia

Perseverancia.

La perseverancia, muy frecuentemente es coronada con el éxito. Veamos un deportista que, día tras día entrena en su deporte, practica, y al final, obtiene su triunfo.
También en el bien los cristianos debemos perseverar, para obtener al fin la corona de gloria que no se marchitará jamás, el premio de la Gloria eterna en el Cielo.
Necesitamos como aliado el tiempo, porque hasta la gota de agua que cae perseverantemente sobre la piedra, con la ayuda del tiempo, llega a perforarla; así también si perseveramos en el bien, en las buenas obras, en la virtud, hora tras hora, día tras día, al final conseguiremos la santificación, porque como dice el dicho popular: “Persevera y triunfarás”.
Y Dios nos ha dado el tiempo de vida sobre la tierra, no para que lo malgastemos en frivolidades y pasatiempos inútiles -y no pocas veces pecaminosos-, sino que nos ha dado el tiempo para que lo aprovechemos en hacernos mejores con la ayuda de Dios.
Pensemos un poco en qué estamos empleando el tiempo de misericordia que nos da Dios, que es el tiempo de vida que tenemos sobre esta tierra, pues llegará el día de nuestra muerte y lo que hayamos hecho o dejado de hacer, quedará sellado para siempre.
Recordemos que Dios es infinitamente misericordioso, pero nosotros no tenemos todo el tiempo para aprovechar esa misericordia divina, sino que sólo nos podemos beneficiar de ella mientras vivimos en este cuerpo mortal.
¡Ay de nosotros si no invocamos la Misericordia de Dios en el tiempo terreno de nuestra vida! Porque luego de la muerte queda sólo la Justicia de Dios.
Reflexionemos a ver en qué estamos gastando el tiempo de vida tan precioso que tenemos.
Recordemos también que en la vida espiritual no hay estancamientos, pues o se avanza o se retrocede, o se sube o se baja, pero uno nunca queda en el mismo grado de vida espiritual.
Luchemos porque nuestra alma siempre vaya conquistando nuevos peldaños en la escala que lleva al Paraíso, para que al final de nuestros días nos encontremos con un tesoro de buenas obras y abundante gracia, para que volemos al Cielo a disfrutar de esa fortuna.
Por ello la perseverancia es lo más importante a tener en cuenta, pues es incluso más importante que los dones de inteligencia y demás capacidades, ya que quien tiene éstas últimas, pero le falta la perseverancia, constancia, buena voluntad, no alcanzará el objetivo y fracasará en el tiempo y en la eternidad.
Es fácil a veces hacer actos heroicos uno o dos días. Pero lo difícil es hacer el bien todos los días, perseverando en los días grises de nuestra existencia, en la monotonía cotidiana. ¡Cuántas veces nos damos por vencidos! ¡Cuántas veces dejamos lo que hemos comenzado!
Es cierto que la perseverancia es también un don de Dios, y además una respuesta nuestra. Es nuestra voluntad la que debe perseverar, y Dios nos da sus ayudas para que podamos hacerlo. Por eso quien quiere perseverar en el bien y en la virtud, pero por su propia cuenta, sin acudir a los sacramentos, a la oración, muy pronto estará desmoralizado.
Debemos buscar la estabilidad, como Dios, que no cambia ni se muda, así debemos tratar de ser nosotros ante los vaivenes de nuestro ánimo y voluntad. Con la ayuda de Dios lo lograremos.
Sitio Santísima Virgen.
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martes, 8 de diciembre de 2015

Fiesta de la Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen María

Purísima

 
Se abre el Cielo y un signo aparece
de virtud y belleza no vista:
Al Dragón una Virgen le pisa
la cabeza con limpio talón.
Doce estrellas coronan su frente
es la luna su hermosa peana
y refulge elevada, triunfante
revestida radiante del Sol.

Van cantando los Coros Celestes
que es la Sierva, la Humilde, la Esclava,
la que place al Señor para ser
la Madre del Hijo bendito anunciado
el Cristo Divino que ha de nacer.

Por eso está llena de gracia divina,
purísima en alma, en el cuerpo, en su ser.
Su aroma esparciendo suscita pureza
y arroba a las almas de su estela en pos.

Brillante lucero de mi vida, guía,
Oh Inmaculada, excelsa María,
mis pasos. No dejes, dulce Madre mía,
que pierda el camino que sube hasta Dios.

Mi ruego recoge, presenta a tu Hijo
la pobre plegaria de este pecador
que todo lo fía en tu mediación,
sine labe concepta,
pulchra ut luna
electa ut sol




Ex Voto

domingo, 6 de diciembre de 2015

A entrenarse fuerte....


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30. noviembre 2015 | Por  | Categoria: Oración
Las noticias deportivas nos comunican muchas veces lo que son los entrenamientos de los equipos de fútbol o de cualquier otro deporte. Los responsables del equipo no tienen compasión con los jugadores. Porque saben que si no se entrenan fuerte no hay título que se pueda conseguir. Esto es ya muy viejo. Los atletas de Grecia y de Roma lo sabían de memoria: para llevarse en el circo la corona de laurel, debían renunciarse a todos los caprichos y sólo así lograban estar siempre en forma.
Todo esto es cosa muy sabida en el deporte. Pero viene ahora San Pablo y mira la condición de la vida cristiana. Conoce Pablo muy bien la palabra del Señor: – Quien quiera venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, que tome su cruz y que me siga.
Pablo reflexiona, y saca la consecuencia: seguir a Jesucristo no es otra cosa que un campeonato para alcanzar a Jesucristo, como les dice a los de Filipos: Yo me he lanzado detrás de Él, hasta que consiga atraparlo. Y pensando en las carreras de las Olimpíadas, escribe su célebre párrafo a los de Corinto: 
– ¿No sabéis que los atletas del estadio corren todos, ciertamente, pero sólo uno se lleva la corona? Corred así vosotros, hasta que la alcancéis. Pero, tened en cuenta que todos los que compiten en el campeonato se abstienen de todos los caprichos. Renuncian a toda comodidad. Se entrenan muy duro. Y ellos, al fin y al cabo, para conseguir una corona que se marchita. Mientras que nosotros es para una corona incorruptible, para ganar la medalla de oro que podremos lucir siempre (1Corintios 9,24-27)
Con estas palabras, escritas para valientes, San Pablo establece las normas para los entrenamientos. Es algo que viene de Dios y que tenemos en su Palabra.
Es cuestión de renunciarse en muchas cosas, en todo lo que nos echa encima algo de peso del pecado.
Más aún, en el entrenamiento por la virtud cristiana se necesita mucha oración, mucho sacrificio, negación de sí mismo, renuncia, penitencias… ¿Qué esto es duro?… Pablo lo sabe muy bien, porque le cuesta. Por eso añade su propio ejemplo, que va para nosotros —e iba a decir que no usa compasión alguna—, cuando añade: 
– Por eso castigo yo mi cuerpo y lo reduzco a servidumbre, no me vaya a pasar que, después de haber predicado a otros para su salvación, venga yo a ser descalificado y me pierda.
Con esta lección del Apóstol nos metemos en esa costumbre cristiana que se ha llamado ascesis, o vida ascética. ¿Qué significa esta palabra y esta expresión que muchas veces oímos en la predicación de la Iglesia? Ascesis —palabra griega que significa ejercicio, esfuerzo—, no es otra cosa que el ejercicio de entrenamiento, y vida ascética es la vida del cristiano que se ejercita en la virtud enseñada por Jesucristo.
Nosotros, con la misma palabra del deporte, nos entendemos muy bien si la llamamos entrenamiento: ejercicio para estar siempre en forma y así poder vencer en el campeonato de la virtud cristiana.
Jesucristo fue el primer asceta de la Iglesia. ¿Qué otra cosa significan esos cuarenta días en el desierto haciendo penitencia, sin comer ni beber, al cobijo de alguna gruta natural, de modo que Marcos nos dice en su Evangelio que el Señor habitaba con las fieras?…
En el siglo tercero, allá por el año 280, San Antonio Abad se retiró a la soledad en Egipto y se convirtió en padre y modelo de aquellos monjes que fueron una gran gloria de la Iglesia. Por su discípulo el gran Obispo san Atanasio, sabemos cómo lo persiguió el demonio, que se le aprecia hecho una furia en forma de animales espantosos. Y San Atanasio nos da la razón: 
– Los demonios temen los ayunos, las vigilias, las oraciones, la mansedumbre, la tranquilidad, el desprecio de las riquezas y de la gloria vana, la humildad, el amor a los pobres, la limosna… y sobre todo la piedad con Cristo.  
Entrenarse así es echar por tierra todos los planes del demonio para perdernos, y es también contar con la victoria más segura en el problema de la salvación. Cuando llega la hora de la tentación, de la lucha, están en forma para seguir a Jesucristo y no hacen ningún caso de los halagos de Satanás, porque están acostumbrados a despreciarlo. De éstos no se pierde ninguno y se salvan todos.
Todos los Santos han abrazo la vida de oración con plegarias continuas; han hecho penitencias a veces escalofriantes; han practicado actos de humildad heroicos; han dominado su carácter y su temperamento venciendo su mal genio hasta convertirse en una maravilla de mansedumbre y de bondad; han practicado voluntariamente la pobreza para hacer caridad hasta límites extremos.
La Iglesia ha enseñado siempre a sus hijos este entrenamiento —diríamos que hasta de manera oficial— con el ayuno, la abstinencia y las privaciones voluntarias durante la Cuaresma. Y aconseja y pide este entrenamiento una día a la semana, en especial los viernes en honor de la Pasión de Jesús.
El hacer cualquier acto de vencimiento propio, cualquier mortificación que se ofrece al Señor, cualquier negarse una satisfacción o un capricho —sobre todo, aceptar los sacrificios que impone cumplir cada día el propio deber, aunque no se tenga ninguna gana—―es entrenarse con tesón para hallarse siempre en forma. Y así entrenado el cristiano, se echa de encima muchos kilos de peso de pecado, y se siente mucho más ligero para recorrer los caminos del Señor.
Es bello contemplar así la vida cristiana. Es causa de orgullo saberse deportista del campeonato más glorioso y atleta de las olimpíadas más apasionantes. Y más, sabiendo que se tiene segura la medalla de oro…

sábado, 5 de diciembre de 2015

El Santo Rosario en familia


                           

¿Queréis lograr esa sublime aspiración? ¿Queréis que no falte un solo miembro de vuestra familia en el cielo? Os voy a dar la fórmula para alcanzarla: rezad el Rosario en familia.

La familia que se acostumbra a reza el rosario tiene garantizada moralmente su salvación eterna, porque es moralmente imposible que la Santísima Virgen, la Reina de los cielos y tierra, que es también nuestra Reina y Madre dulcísima, deje de escuchar benignamente a una familia que la invoca, diciéndole cincuenta veces con fervor y confianza: “Ruega por nosotros pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte”. Es moralmente imposible, señores, lo afirmo terminantemente en nombre de la teología católica.

La Virgen no puede desamparar a esa familia. Ella se encargará de hacerles vivir cristianamente y de obtenerles la gracia de arrepentimiento si alguna vez tiene la desgracia de pecar. Es cierto que el que muere en pecado mortal se condena, aunque haya rezado muchas veces el rosario durante su vida. Eso, desde luego. El que muere en pecado mortal se condena, aunque haya rezado muchas veces el rosario. ¡Ah!, pero lo que es moralmente imposible es que el que reza muchas veces el Rosario acabe muriendo en pecado mortal.

La Virgen no lo permitirá. Si rezáis con fervor, el Rosario, si invocáis con filial confianza a la Virgen María, Ella se encargará de que no muráis en pecado mortal. Dejaréis el pecado; os arrepentiréis, viviréis cristianamente y moriréis en gracia de Dios.

El Rosario bien rezado es una patente de eternidad, ¡un seguro del cielo! No os lo dice un dominico entusiasmado porque fue Santo Domingo de Guzmán el fundador del Rosario. No es esto. Os lo digo en nombre de la teología católica, señores. ¡Rezad el Rosario en familia y os aseguro terminantemente, en nombre de la Virgen María, que lograréis reconstruir toda vuestra familia en el cielo! ¡Qué alegría tan grande al juntarnos otra vez para nunca más volvernos a separar!


viernes, 4 de diciembre de 2015

Carta de Padre Jesús

A ti que vives.
Hijo, hija, demos gracias a Dios por tu vida, aunque estés enfermo y lleno de dolor y tristeza, vamos tú y yo a darle gracias a Dios por tu vida. Y te enseñare que de hoy en adelante tienes la gran oportunidad de ser aun más feliz que antes. Porque te voy a mostrar la felicidad que está en el servicio desinteresado a los demás.
¿Con quién vives en la casa? Sea tu familia, comunidad, o un grupo de amistad, debes de ser para todos como la sal, debes de ser para todos como la luz. Y lo primero de todo es que sepas “desaparecer”; haz preguntas a los demás de los temas que sabes que saben bien, y deja que se luzcan en su saber, tú pregunta y calla, tú aprende escuchando y aprende callando. Muestra interés, e interésate por lo que les gusta a otros, pero no quieras ser más listo que ellos; tu interés tiene que ser para que ellos se vean interesantes, importantes, valorados en sus conocimientos, eso les ayudará más a perfeccionarse, porque querrán explicarte y que los escuches. Tú pregunta y escucha, pero que no piensen que quieres “cogerles el puesto”, sino simplemente que quieres que te cuenten lo que les interesa. Una vez hecho esto, sé caluroso en tu apreciación de su sabiduría, de su inteligencia, porque es bueno para todos que valores sus valores.
Calla más, y espera que te pregunten. A veces, todos tienen tantas cosas que decir, que al principio no van a preguntarte, pero espera, porque llegará también tu ocasión, la ocasión de compartir tu sal, tu luz. Para ellos serás importante por el hecho de haberlos hechos importantes a ellos; luego pensarán: “una persona que valora lo que soy, es alguien que es inteligente, porque yo soy alguien, y entonces querrán saber lo que tú sabes, y cuando te pregunten sobre ti y tus cualidades o intereses, diles esto, que a ti te interesa la gente, las personas, saber lo que piensan, lo que son, lo que hacen, porque todos somos hermanos de un mismo Dios Padre, y conociendo a otros, te conoces a ti mismo, y aprendes a ser mejor persona. Que esto es cierto, pero no hables de ti, guárdate bien hablar de ti, si realmente no te necesitan, porque es importante que seas sal, es decir, que sepas dar sabor a la vida de otros. Aprender a ser discreto, a ser sal y luz, es el principio de la vida, porque vivir es una competencia de poderes, es una carrera de obstáculos, y eso no te interesa, a ti lo que te interesa es hacer una vida agradable a los que compiten, mientras tu vives. Eso con los de casa. Reza mucho por ellos, para ser todos muy buenos.
Con los del trabajo, eso es distinto, si preguntas, pensarán que quieres apropiarte de sus ideas, y es mejor que observes, que seas muy observador, atento y con el oído recogiendo información. No preguntes y no juzgues el trabajo de otros en voz alta, pero ten en mente su labor porque formas parte de la empresa. Reza mucho por ellos, para ser todos muy buenos.
Con los compañeros, con los amigos, sé sencillo, no quieras ser más que ellos, pero tampoco menos, sé sencillo siendo tú mismo, y si te gustaría ser mejor, sélo, esfuérzate en serlo, porque la vida va de voluntad, de perfeccionarse, de servir a los demás compartiendo con todos las circunstancias que te toque, por el hecho de vivir. Y reza mucho por ellos, para ser todos buenos.
Vive y deja vivir, que esto es bien difícil, porque para vivir tu vida no puedes vivir la de nadie más que la tuya propia; no cambies de identidad, no te hagas actor de varios papeles, según el guión de con quien te encuentres, sé una persona íntegra todo el día, y cuando vayas a dormir, reza y da gracias por la vida.
 Con afecto sincero.
​​
P. Jesús

Centinelas

pecado


Vivir el Evangelio

Centinelas.
El Señor nos manda en su Evangelio a que estemos despiertos, en vela, con las lámparas encendidas y siempre prontos para la venida del Señor, que puede ser al fin de los tiempos, o en nuestra muerte personal.
La vigilancia es necesaria al cristiano, porque en este mundo en el que vivimos domina el Maligno que, si a veces nos deja “tranquilos” por un tiempo, es cuando más se ha de temer que el aparente desinterés del diablo en nosotros, no sea un truco para dar la estocada más rápida y atacar por sorpresa, y quizás no nos encontraremos preparados para repeler el ataque.
Así que estemos atentos y no nos durmamos en los laureles, porque todavía no estamos en el Cielo, y mientras vivimos en este mundo, el peligro de pecar y de condenarnos sigue latente.
Para vigilar debemos rezar mucho, todos los días, porque es por medio de la oración que nos vamos preparando para la lucha cotidiana contra el Mal, y Dios nos va dando sus luces por medio de la oración, para que estemos bien atentos y despiertos ante los posibles embustes del enemigo.
Recordemos que el apóstol dice que el demonio anda como león rugiente a nuestro alrededor, buscando a quién devorar. No sería prudente bajar la guardia y quedarnos tranquilos en una falsa seguridad, creyendo que el demonio es un cuento de antaño o que no es tan malo como lo pintan.
¡Cuántos cedros del Líbano, personas que eran muy avanzadas en santidad, cayeron lastimosamente por no vigilar y estar atentos, por medio de la oración constante!
El diablo no perdona a ninguno, y menos cuando un alma es grata a Dios, ya que el demonio busca presa y, cuando mayor es la presa, tanta mayor suspicacia emplea en atraparla. Por eso si vamos subiendo en el camino del bien, debemos temer que el diablo agudice sobre nosotros sus astucias, que no evitaremos si no rezamos mucho y pedimos ayuda a Dios y a su Madre.
Ya llegará el tiempo de descansar, cuando estemos en el Cielo. Pero por el momento es tiempo de pelear. Y no es exageración esto que decimos, si no veámoslo en las vidas de los Santos, cómo tenían que batallar contra los demonios, apareciéndoseles incluso en forma material.
Si los hombres se ríen y burlan de nosotros porque empleamos las armas necesarias para defendernos del Maligno, no nos debe interesar. Lo que sí nos debe interesar es que los demonios no sean los que se rían y burlen de nosotros, ni aquí ni ahora, ni en la eternidad, porque esa sí sería la verdadera desgracia.

martes, 1 de diciembre de 2015

Vivir Católico

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Vivir católico

Progresivo.
Vigilemos y oremos en todo tiempo, porque el demonio no usará con nosotros lo que usa con los pecadores que ya tiene en su poder, a los que tienta descarada y groseramente; sino que con nosotros, que tratamos de vivir en gracia de Dios y amistad con el Señor, usará otra táctica, que es la de disfrazarse de ángel de luz, la de inducirnos paulatinamente, despaciosamente al pecado; pero muy gradualmente, con “naderías”, con pecados leves, de a poco nos va alejando de la oración, de la luz de Dios, hasta que al final, como la fruta que se pudre en el árbol, cae al suelo.
Estemos atentos porque así como para llegar a ser santos hay que dar el primer paso en el camino hacia la santidad; también se necesita del primer paso para descender al abismo del pecado.
Ya dicen los santos y maestros de la vida espiritual que el pecado más fácil de evitar es el primero, es decir, que no tenemos que dar ese primer paso en el mal. Ni siquiera aunque se trate de un “pecadito”, porque sería abrirle la puerta al diablo, para que influencie en nuestras vidas y en las vidas de quienes amamos.
No por nada el Señor nos manda vigilar y orar. ¿Vigilar qué? Nuestro corazón, nuestras intenciones, las cosas y situaciones que nos rodean, porque siempre estamos en peligro, y ¡ay de aquél que se siente seguro de sí mismo, y cree no necesitar de la ayuda de Dios, que nos viene por la oración y los sacramentos! Muy pronto será presa de Satanás.
Por eso tenemos que ser muy humildes y no subestimar al enemigo, que combate desde hace milenios, y en cambio nosotros somos unos novatos en la lucha.
Si dejamos la oración, aunque hayamos llegado a altas cimas de santidad, nos precipitaremos a lo más hondo del pecado, en este mundo; y caeremos en el infierno, en el más allá.
Hay un dicho popular que dice: “Hombre prevenido vale por dos”. Y eso es lo que debemos hacer, estar prevenidos, porque nuestra vida en la tierra es tiempo de prueba y de lucha. Si bajamos la guardia, dejando de lado la oración, muy pronto seremos juguetes del demonio.

lunes, 30 de noviembre de 2015

Dios es orden

Tema de actualidad

Dios es orden.
En estos tiempos vemos un gran desorden en todos los ámbitos de la vida humana. Pero Dios es orden. Entonces ¿de qué fuente viene el desorden reinante en el mundo? Viene del primer desordenado: Satanás, que es Desorden y fuente de todo desorden.
Así que cuando veamos el desorden en la familia, en la inversión de los sexos, en el matrimonio, en las naciones y tratando de volver natural lo que es antinatural, pensemos que eso es obra del demonio y acertaremos.
El diablo es el primer desordenado, que no sólo se desordenó él interiormente al rebelarse contra Dios, sino que llevó al desorden a un gran número de ángeles que se le sometieron y que ahora, transmutados en demonios, llevan el desorden a todo el universo.
Miremos nuestra vida a ver en qué parte está desordenada, y veremos de fondo en ello la acción de demonio que, por medio del pecado, nos lleva al caos, al desorden.
Dios es orden, y todo lo que de Dios viene es orden, por eso la obediencia es lo que debemos practicar en primer lugar, obedeciendo a Dios y a la Iglesia, y a toda autoridad que viene de Dios, porque el rebelarse contra el orden es propio de seres desordenados, de demonios, de pecadores.
El mal llamado Nuevo Orden Mundial es una falacia, porque es aparentemente un nuevo “orden”, pero basado en el desorden por antonomasia, en Satanás y en todo lo que es contrario a Dios y a la naturaleza. Por eso no puede ser de Dios, que es Autor de la naturaleza y de todo orden verdadero.
Sitio Santísima Virgen.
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arcangelsanmiguel

jueves, 26 de noviembre de 2015

Brevedad de la vida

ricos


Brevedad de la vida


Qué es vuestra vida?
Vapor es que aparece por un poco de tiempo.
Santiago 4, 15
PUNTO 1
¿Qué es nuestra vida?... Es como un tenue vapor que el aire dispersa y al punto acaba. Todos sabemos que hemos de morir. Pero muchos se engañan, figurándose la muerte tan lejana como si jamás hubiese de llegar. Mas, como nos advierte Job, la vida humana es brevísima: El hombre, viviendo breve tiempo, brota como flor, y se marchita.
Manda el Señor a Isaías que anuncie esa misma verdad: Clama –le dice– que toda carne es heno...; verdaderamente, heno es el pueblo: secóse el heno y cayó la flor (Is. 40, 6-7). Es, pues, la vida del hombre como la de esa planta. Viene la muerte, sécase el heno, acábase la vida, y cae marchita la flor de las grandezas y bienes terrenos.
Corre hacia nosotros velocísima la muerte, y nosotros en cada instante hacia ella corremos (Jb. 9, 25). Todo este tiempo en que escribo –dice San Jerónimo– se quita de mi vida. Todos morimos, y nos deslizamos como sobre la tierra el agua, que no se vuelve atrás (2 Reg. 14, 14). Ved cómo corre a la mar aquel arroyuelo; sus corrientes aguas no retrocederán.
Así, hermano mío, pasan tus días y te acercas a la muerte. Placeres, recreos, faustos, elogios, alabanzas, todo va pasando... ¿Y qué nos queda?... Sólo me resta el sepulcro (Jb. 17, 1). Seremos sepultados en la fosa, y allí habremos de estar pudriéndonos, despojados de todo.
En el trance de la muerte, el recuerdo de los deleites que en la vida disfrutamos y de las honras adquiridas sólo servirá para acrecentar nuestra pena y nuestra desconfianza de obtener la eterna salvación... ¡Dentro de poco, dirá entonces el infeliz mundano, mi casa, mis jardines, esos muebles preciosos, esos cuadros, aquellos trajes, no serán ya para mí! Sólo me resta el sepulcro.
¡Ah! ¡Con dolor profundo mira entonces los bienes de la tierra quien los amó apasionadamente! Pero ese dolor no vale más que para aumentar el peligro en que está la salvación. Porque la experiencia nos prueba que tales personas apegadas al mundo no quieren ni aun en el lecho de la muerte que se les hable sino de su enfermedad, de los médicos a que pueden consultar, de los remedios que pudieran aliviarlos.
Y apenas se les dice algo de su alma, se entristecen de improviso y ruega que se les deje descansar, porque les duele la cabeza y no pueden resistir la conversación. Si por acaso quieren contestar, se confunden y no saben qué decir. Y a menudo, si el confesor les da la absolución, no es porque los vea bien dispuestos, sino porque no hay tiempo que perder. Así suelen morir los que poco piensan en la muerte.
AFECTOS Y SÚPLICAS
¡Ah Señor mío y Dios de infinita majestad! Me avergüenzo de comparecer ante vuestra presencia. ¡Cuántas veces he injuriado vuestra honra, posponiendo vuestra gracia a un mísero placer, a un ímpetu de rabia, a un poco de barro, a un capricho, a un humo leve!
Adoro y beso vuestras llagas, que con mis pecados he abierto; mas por ellas mismas espero mi perdón y salud.
Dadme a conocer, ¡oh Jesús!, la gravedad de la ofensa que os hice, siendo como sois la fuente de todo bien, dejándoos para saciarme de aguas pútridas y envenenadas. ¿Qué me resta de tanta ofensa sino angustia, remordimiento de conciencia y méritos para el infierno? Padre, no soy digno de llamarme hijo tuyo(Lc. 15, 21).
No me abandones, Padre mío; verdad es que no merezco la gracia de que me llames tu hijo. Pero has muerto para salvarme... Habéis dicho, Señor: Volveos a Mí y Yo me volveré a vosotros (Zac. 1, 3). Renuncio, pues, a todas las satisfacciones. Dejo cuantos placeres pudiera darme el mundo, y me convierto a Vos.
Por la sangre que por mí derramasteis, perdonadme, Señor, que yo me arrepiento de todo corazón de haberos ultrajado. Me arrepiento y os amo más que todas las cosas. Indigno soy de amaros; mas Vos, que merecéis tanto amor, no desdeñéis el de un corazón que antes os desdeñaba. Con el fin de que os amase, no me hicisteis morir cuando yo estaba en pecado.
Deseo, pues, amaros en la vida que me reste, y no amar a nadie más que a Vos. Ayudadme, Dios mío; concededme el don de la perseverancia y vuestro santo amor...
María, refugio mío, encomendadme a Jesucristo.
PUNTO 2
Exclamaba el rey Exequias: Mi vida ha sido cortada como por tejedor. Mientras se estaba aún formando, me cortó (Is. 38, 12).
¡Oh, cuántos que están tramando la tela de su vida, ordenando y persiguiendo previsoramente sus mundanos designios, los sorprende la muerte y lo rompe todo! Al pálido resplandor de la última luz se oscurecen y roban todas las cosas de la tierra: aplausos, placeres, grandezas y galas...
¡Gran secreto de la muerte! Ella sabe mostrarnos lo que no ven los amantes del mundo. Las más envidiadas fortunas, las mayores dignidades, los magníficos triunfos, pierden todo su esplendor cuando se les contempla desde el lecho de muerte. La idea de cierta falsa felicidad que nos habíamos forjado se trueca entonces en desdén contra nuestra propia locura. La negra sombra de la muerte cubre y oscurece hasta las regias dignidades.
Ahora las pasiones nos presentan los bienes del mundo muy diferentes de lo que son. Mas la muerte los descubre y muestran como son en sí: humo, fango, vanidad y miseria...
¡Oh Dios! ¿De qué sirven después de la muerte las riquezas, dominios y reinos, cuando no hemos de tener más que un ataúd de madera y una mortaja que apenas baste para cubrir el cuerpo?
¿De qué sirven los honores, si sólo nos darán un fúnebre cortejo o pomposos funerales, que si el alma está perdida, de nada le aprovecharán?
¿De qué sirve la hermosura del cuerpo, si no quedan más que gusanos, podredumbre espantosa y luego un poco de infecto polvo?
Me ha puesto como por refrán del vulgo, y soy delante de ellos un escarmiento (Jb. 17, 6). Muere aquel rico, aquel gobernante, aquel capitán, y se habla de él en dondequiera. Pero si ha vivido mal, vendrá a ser murmurado del pueblo, ejemplo de la vanidad del mundo y de la divina justicia, y escarmiento de muchos. Y en la tumba confundido estará con otros cadáveres de pobres.Grandes y pequeños allí están (Jb. 3, 18).
¿Para qué le sirvió la gallardía de su cuerpo, si luego no es más que un montón de gusanos? ¿Para qué la autoridad que tuvo, si los restos mortales se pudrirán en el sepulcro, y si el alma está arrojada a las llamas del infierno? ¡Oh, qué desdicha ser para los demás objeto de estas reflexiones, y no haberlas uno hecho en beneficio propio!
Convenzámonos, por tanto, de que para poner remedio a los desórdenes de la conciencia no es tiempo hábil el tiempo de la muerte, sino el de la vida. Apresurémonos, pues, a poner por obra en seguida lo que entonces no podremos hacer. Todo pasa y fenece pronto (1Co. 7, 29). Procuremos que todo nos sirva para conquistar la vida eterna.
AFECTOS Y SÚPLICAS
¡Oh Dios de mi alma, oh bondad infinita! Tened compasión de mí, que tanto os he ofendido. Harto sabía que pecando perdería vuestra gracia, y quise perderla.
¿Me diréis, Señor, lo que debo hacer para recuperarla?... Si queréis que me arrepienta de mis pecados, de ellos me arrepiento de todo corazón, y desearía morir de dolor por haberlos cometido. Si queréis que espere vuestro perdón, lo espero por los merecimientos de vuestra Sangre. Si queréis que os ame sobre todas las cosas, todo lo dejo, renuncio a cuantos placeres o bienes puede darme el mundo, y os amo más que a todo, ¡oh amabilísimo Salvador mío!
Si aún queréis que os pida alguna gracia, dos os pediré: que no permitáis os vuelva a ofender; que me concedáis os ame de veras, y luego hacer de mí lo que quisiereis...
María, esperanza de mi alma, alcanzadme estas dos gracias. Así lo espero de Vos.
PUNTO 3
¡Qué gran locura es, por los breves y míseros deleites de esta cortísima vida, exponerse al peligro de una infeliz muerte y comenzar con ella una desdichada eternidad! ¡Oh, cuánto vale aquel supremo instante, aquel postrer suspiro, aquella última escena! Vale una eternidad de dicha o de tormento. Vale una vida siempre feliz o siempre desgraciada.
Consideremos que Jesucristo quiso morir con tanta amargura e ignominia para que tuviéramos muerte venturosa. Con este fin nos dirige tan a menudo sus llamamientos, sus luces, sus reprensiones y amenazas, para que procuremos concluir la hora postrera en gracia y amistad de Dios.
Hasta un gentil, Antistenes, a quien preguntaban cuál era la mayor fortuna de este mundo, respondió que era una buena muerte.
¿Qué dirá, pues, un cristiano, a quien la luz de la fe enseña que en aquel trance se emprende uno de los dos caminos, el de un eterno padecer o el de un eterno gozar?
Si en una bolsa hubiese dos papeletas, una con el rótulo del infierno, otra con el de la gloria, y tuviese que sacar por suerte una de ellas para ir sin remedio a donde designase, ¿qué de cuidado no pondrías en acertar a escoger la que te llevase al Cielo?
Los infelices que estuvieran condenados a jugarse la vida, ¡cómo temblarían al tirar los dados que fueran a decidir de la vida o la muerte! ¡Con qué espanto te verás próximo a aquel punto solemne en que podrás a ti mismo decirte: “De este instante depende mi vida o muerte perdurables! ¡Ahora se ha de resolver si he de ser siempre bienaventurado o infeliz para siempre!...”
Refiere San Bernardino de Siena que cierto príncipe, estando a punto de morir, atemorizado, decía: Yo, que tantas tierras y palacios poseo en este mundo, ¡no sé, si en esta noche muero, qué mansión iré a habitar!
Si crees, hermano mío, que has de morir, que hay una eternidad, que una vez sola se muere, y que, engañándote entonces, el yerro es irreparable para siempre y sin esperanza de remedio, ¿cómo no te decides, desde el instante que esto lees, a practicar cuanto puedas para asegurarte buena muerte?...
Temblaba un San Andrés Avelino, diciendo: “¿Quién sabe la suerte que me estará reservada en la otra vida, si me salvaré o me condenaré?...” Temblaba un San Luis Beltrán de tal manera, que en muchas noches no lograba conciliar el sueño, abrumado por el pensamiento que le decía: ¿Quién sabe si te condenarás?...
¿Y tú, hermano mío, que de tantos pecados eres culpable, no tienes temor?... Sin tardanza, pon oportuno remedio; forma la resolución de entregarte a Dios completamente, y comienza, siquiera desde ahora, una vida que no te cause aflicción, sino consuelo en la hora de la muerte.
Dedícate a la oración; frecuenta los sacramentos; apártate de las ocasiones peligrosas, y aun abandona el mundo, si necesario fuere, para asegurar tu salvación; entendiendo que cuando de esto se trata no hay jamás confianza que baste.
AFECTOS Y SÚPLICAS
¡Cuánta gratitud os debo, amado Salvador mío!... ¿Y cómo habéis podido prodigar tantas gracias a un traidor ingrato para con Vos? Me creasteis, y al crearme veíais ya cuántas ofensas os había de hacer. Me redimisteis, muriendo por mí, y ya entonces percibíais toda la ingratitud con que había de colmaros.
Luego, en mi vida del mundo, me alejé de Vos, fui como muerto, como animal inmundo, y Vos, con vuestra gracia, me habéis vuelto a la vida. Estaba ciego, y habéis dado luz a mis ojos. Os había perdido, y Vos hicisteis que os volviera a hallar. Era enemigo vuestro, y Vos me habéis dado vuestra amistad...
¡Oh Dios de misericordia!, haced que conozca lo mucho que os debo y que llore las ofensas que os hice. Vengaos de mí dándome dolor profundo de mis pecados; mas no me castiguéis privándome de vuestra gracia y amor...
¡Oh, eterno Padre, abomino y detesto sobre todos los males cuantos pecados cometí! ¡Tened piedad de mí, por amor de Jesucristo! Mirad a vuestro Hijo muerto en la cruz, y descienda sobre mí su Sangre divina para lavar mi alma.
¡Oh Rey de mi corazón, adveniat regnum tuum! Resuelto estoy a desechar de mí todo afecto que no sea por Vos. Os amo sobre todas las cosas; venid a reinar en mi alma. Haced que os ame como único objeto de mi amor. Deseo complaceros cuanto me fuere posible en el tiempo de vida que me reste. Bendecid, Padre mío, este mi deseo, y otorgadme la gracia de que siempre esté unido a Vos.
Os consagro todos mis afectos, y de hoy en adelante quiero ser sólo vuestro, ¡oh tesoro mío, mi paz, mi esperanza, mi amor y mi todo! ¡De Vos lo espero todo por los merecimientos de vuestro Hijo!
¡Oh María, mi reina y mi Madre!, ayudadme con vuestra intercesión. Madre de Dios, rogad por mí.
("Preparación para la muerte" - San Alfonso María de Ligorio)
NOTA: Podemos encontrar muchas devociones que, si las practicamos, nos asegurarán una buena muerte, en gracia de Dios, si hacemos clic en el siguiente botón:

martes, 24 de noviembre de 2015

Quien no perdona....


Jesus coronado de espinas

Quien no perdona…

Quien no perdona y sigue odiando, no puede tener paz ni puede ser perdonado por Dios, porque el Señor sólo perdona a quienes perdonan a su vez al prójimo. De modo que si escuchamos a quien sea, decir que “no perdona”, sepamos que ese tal es un juguete del demonio que lo usa como instrumento para sembrar odios, rencores y división.
Por eso quien se diga cristiano, pero no esté dispuesto a perdonar TODO A TODOS, a ejemplo de Jesús, María, los Santos y los Mártires, no es un verdadero cristiano, sino que más bien es un hijo del Maligno, prácticamente un demonio e hijo de demonio, porque lleva el odio en el corazón, y sabemos muy bien de qué fuente viene el odio: Satanás, como el amor viene de una fuente muy distinta: Dios.
Y tenemos que perdonar de corazón, pidiéndole ayuda a Dios para poder hacerlo. Y no decir: “yo perdono pero no olvido”, porque eso equivale a no perdonar, o no hacerlo completamente.
No hay vuelta de hoja, si queremos ser cristianos de verdad, tenemos que imitar a Jesús, que perdonó incluso a sus verdugos y a todos, a pesar de que hubiera tenido motivos suficientes para castigarlos. Pero perdonó, porque nos quiere enseñar el perdón a los hombres.
Dios no quiere la venganza, sino el amor entre los hombres. Por eso el marxismo no puede ser nunca de Dios, porque se basa en el odio: odio entre clases, odio y más odio, y ya se dijo de dónde nace el odio.
Pensemos en estas cosas y perdonemos de corazón a todos, porque nosotros también necesitamos que Dios nos perdone todas nuestras faltas, y Él no nos perdonará si nosotros no perdonamos a nuestra vez.

domingo, 22 de noviembre de 2015

Nuestra Señora vencerá al terrorismo

 


Nuestra Señora vencerá al terrorismo

Fue un viernes 13 el día que Nuestra Señora mostró la visión del infierno a los tres pastorcitos de Fátima. Una descripción muy parecida a lo que sucedió en París el día 13 de noviembre
                   
Fue un viernes 13 cuando Nuestra Señora mostró la visión del Infierno a los tres pastorcitos de Fátima. La hermana Lucía relata en sus memorias:

“El reflejo pareció penetrar en la tierra y vimos como un mar de fuego. Inmersos en ese fuego, los demonios y las almas, como si fueran brasas transparentes y negras o bronceadas, con forma humana, que flotaban en el fuego, llevadas por las llamas que salían de ellas mismas junto con nubes de humo, cayendo hacia todos los lados, semejante a la caída de chispas en los grandes (incendios), sin peso ni equilibrio, entre gritos y gemidos de dolor y desesperación, que horrorizaba y hacía estremecer de pavor.

Los demonios se distinguían por sus formas horribles y asquerosas de animales espantosos y desconocidos, más transparentes como negros carbones en brasa. Asustados y como pidiendo socorro, levantamos a vista hacia Nuestra Señora que nos dijo, con bondad y tristeza:

– Visteis el inferno, adonde van las almas de los pobres pecadores; para salvarlas, Dios quiere establecer en el mundo la devoción a Mi Inmaculado Corazón”.

¿Hay una descripción más precisa de lo que sucedió en París el día 13 de noviembre? Sin Jesús y María, es el destino que nos aguarda. El infierno, como se ve, es un atentado terrorista sin fin.

Ya se nos alertó: las apariciones de La Salette (1846), Lourdes (1858) y Fátima (1917) hacen una especie de resumen profético del mundo contemporáneo. Fueron precedidos por la aparición de Nuestra Señora de las Gracias a Santa Catarina Labouré, en 1830. El detalle es que esa primera aparición de los tiempos modernos tuvo lugar en la ciudad de París, en la Rue du Bac. De las cuatro manifestaciones personales de Nuestra Señora, tres tuvieron lugar en suelo francés. No es casualidad: es un aviso.

En 1955, se organizó un concurso para elegir la bandera de la Comunidad Europea. La obra escogida fue del artista plástico francés Arsène Heitz: doce estrellas doradas en forma de círculo. Cuando se descubrió que era un símbolo de Nuestra Señora, era demasiado tarde.

La bandera de la Europa laica acaba siendo una referencia clara al pasaje mariano del Apocalipsis: “Una gran señal apareció en el cielo – una Mujer vestida de Sol, con la Luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas sobre la cabeza”. Las doce estrellas representan a la vez la corona de Nuestra Señora, los doce apóstoles, las doce tribus de Israel y los doce meses del año. Un poderoso símbolo judeo-cristiano, creado por un católico francés.

La Europa laica y agnóstica ha sido incapaz de contener el avance del mal personificado por el Estado Islámico. La tragedia de París es un signo de que la Europa cristiana debe unir fuerzas – como la consagración de Rusia al Inmaculado Corazón de María, como Ella misma pidió en 1917 – para evitar caer en el abismo. Sólo venceremos la guerra con la bandera de María.

Nuestra Señora de las Gracias, Nuestra Señora de la Salette, Nuestra Señora de Lourdes, Nuestra Señora de Fátima – ruega por nosotros, que recurrimos a Ti.

Unámonos en el Rezo del Santo Rosario en familia, la gran arma que nos concede el Cielo.