jueves, 30 de agosto de 2012

Evangelio - Jueves XXI Semana del Tiempo Ordinario


† Lectura del santo Evangelio según san Mateo 24, 42-51
Gloria a ti, Señor.
En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos:
"Estén atentos, porque no saben que día llegará su Señor. Entiendan bien que si el amo de casa supiera a qué hora de la noche iba a venir el ladrón, estaría en vela y lo dejaría asaltar su casa. Lo mismo ustedes, estén preparados, porque a la hora en que menos piensen, vendrá el Hijo del hombre.
Pórtense como el criado fiel y prudente, a quien el señor pone al frente de su servidumbre para que les dé de comer a su debido tiempo. Dichoso ese criado si, al llegar su señor, lo encuentra haciendo lo que debe. Les aseguro que lo pondrá al frente de todos sus bienes. Pero, si ese criado es malo y piensa: "Mi señor tarda", y comienza a golpear a sus compañeros, y a comer y a beber con los borrachos, su señor llegará el día en que menos lo piense, lo castigará con todo rigor y lo tratará como se merecen los hipócritas. Entonces llorará y le rechinarán los dientes".
Palabra del Señor.
Gloria a ti, Señor Jesús.

† Meditación diaria

21ª semana. Jueves
CARIDAD VIGILANTE

— Necesidad de mantener despierta siempre la vida espiritual.
Todo el Evangelio es una llamada a estar despiertos, vigilantes y en guardia ante el enemigo, que no descansa, y ante la llegada del Señor, que no sabemos cuándo tendrá lugar; ese momento decisivo en el que debemos presentarnos ante Dios con las manos llenas de frutos... Velad, pues, ya que no sabéis en qué día vendrá vuestro Señor, nos dice el Evangelio de la Misa1Sabed esto, que si el amo supiera a qué hora de la noche habría de venir el ladrón, estaría ciertamente velando, y no le dejaría que le horadase su casa.
Para el cristiano que se ha mantenido en vela no vendrá ese último día como el ladrón en la noche2, no habrá estupor y confusión, porque cada día habrá sido un encuentro con Dios a través de los acontecimientos más sencillos y ordinarios. San Pablo compara esta vigilia a la guardia (statio) que hace el soldado bien armado que no se deja sorprender3; con frecuencia habla de la vida cristiana como un estar de guardia, como el soldado en campaña4, que vive sobriamente y no le sorprende fácilmente el enemigo porque está despierto mediante la oración y la mortificación.
El Señor nos previene de muchas maneras, con parábolas distintas, contra la negligencia, la dejadez y la falta de amor. Un corazón que ama es un corazón vigilante, sobre sí mismo y sobre los demás. Dios nos encomienda estar también en vigilia, en guardia, sobre aquellos que especialmente están unidos a nosotros por lazos de fe, de sangre, de amistad...
Al referirse al ladrón en la noche, que leemos en el Evangelio de la Misa, el Señor quiere enseñarnos a no distraer la atención del gran negocio de la salvación, y quiere que no consideremos la vigilancia como algo meramente negativo: vigilar no significa solo abstenernos del sueño por miedo a que pueda ocurrir algo desagradable mientras estamos durmiendo. Vigilar “quiere decir estar siempre en espera; significa estar con la cabeza asomada fuera de la ventana con la esperanza de ser el primero en dar la voz, “¡Mirad, ya vienen!”“5. Vigilar es estar pendientes, con inmensa alegría, de la venida del Señor; es procurar con todas las fuerzas que quienes tenemos encomendados y más queremos encuentren también a Jesús, porque mediante la Comunión de los Santos podemos ser como el centinela que avista al enemigo y protege a los suyos, o el vigía que aguarda esperanzado la llegada de su Señor, para dar la buena noticia a los demás. Esperarle como aquel siervo prudente que cuida de la hacienda, realizando mientras tanto “todos los trabajos pequeños para aprovechar el tiempo: limpiar el polvo aquí, sacar brillo del suelo allí, encender fuego allá, de manera que la casa esté confortable cuando el amo entre. Cada uno tiene una tarea que cumplir; cada uno de nosotros debe ingeniárselas para hacerla lo mejor posible, mucho más si al parecer no nos queda mucho tiempo”6.
Vigilar, estar alerta, rechazar el sueño de la tibieza. Esto lo conseguimos cuando luchamos en aquellos puntos que nos indicaron en la dirección espiritual, cuando tenemos un examen particular concreto, cuando llevamos bien a término el examen general diario.

— La caridad de los primeros cristianos: el día de guardia.
Los primeros cristianos, que supieron cumplir bien el Mandamiento nuevo del Señor7, hasta tal punto que los paganos los distinguían por el amor que se tenían y por el respeto con que trataban a todos, vivieron la caridad preocupándose por las necesidades de los demás y, en tiempos difíciles, ayudando a los hermanos para que todos fueran fieles a la fe. Existía entre ellos la costumbre –Tertuliano la llamastatio, término castrense que significa estar de guardia8– de ayunar y hacer penitencia dos días a la semana, con el ánimo de prepararse para recibir con el alma más limpia la Sagrada Eucaristía y para pedir por aquellos que estaban en algún peligro o necesidad mayor. Sabemos, por ejemplo, que San Fructuoso sufrió martirio en un día en que ayunaba porque era su statio, su guardia9. Otros documentos de los primeros siglos nos hablan de esta costumbre.
El Señor espera que vivamos la caridad de modo particular con quienes tienen los mismos lazos de la fe: ““Ved cómo se aman, dicen, dispuestos a morir los unos por los otros” En cuanto al nombre de hermanos con que nosotros nos llamamos, ellos se forman una idea falsa (...). Por derecho de la naturaleza, nuestra madre común, también nosotros somos vuestros hermanos..., pero, ¡con cuánta mayor razón son considerados y llamados hermanos los que reconocen a Dios como a único Padre, los que beben del mismo Espíritu de santidad, y los que, salidos del mismo seno de la ignorancia, han quedado maravillados ante la misma luz de la verdad!”10.
Si nos han de doler las necesidades de todos los hombres, ¡cómo no vamos a vivir una caridad vigilante con quienes tienen los mismos ideales! También puede ayudarnos a nosotros, como a aquellos primeros cristianos, el fijarnos un día semanal en el que procuremos estar más pendientes de nuestros hermanos en la fe, ayudándoles con una oración mayor, con más mortificación, con más muestras de aprecio, con la corrección fraterna. Es estar especialmente vigilantes en la caridad por aquellos con quienes tenemos un deber más grande de estarlo, como el centinela que guarda el campamento, como el vigía que alerta ante la llegada del enemigo.
““Custos, quid de nocte!” -¡Centinela, alerta!
“Ojalá tú también te acostumbraras a tener, durante la semana, tu día de guardia: para entregarte más, para vivir con más amorosa vigilancia cada detalle, para hacer un poco más de oración y de mortificación.
“Mira que la Iglesia Santa es como un gran ejército en orden de batalla. Y tú, dentro de ese ejército, defiendes un “frente”, donde hay ataques y luchas y contraataques. ¿Comprendes?
“Esa disposición, al acercarte más a Dios, te empujará a convertir tus jornadas, una tras otra, en días de guardia”11.

— Cómo vivir el día de guardia.
Ven -dice el Profeta Isaías-, pon uno en la atalaya que comunique lo que vea. Si ve un tropel de caballos, de dos en dos, un tropel de asnos, un tropel de camellos, que mire atentamente, muy atentamente, y que grite: ¡ya los veo! Así estoy yo, Señor, en atalaya, sin cesar todo el día, y me quedo en mi puesto toda la noche12. El centinela está en constante vigilancia, de día y de noche, ante los destructores de Babilonia que lo arrasarán todo e impondrán sus ídolos. El vigía está atento para salvar a su pueblo; así hemos de estar nosotros.
Para vivir esta vigilia y para crecer en la fraternidad nos puede ayudar, como a los primeros cristianos, ese día en el que estamos particularmente pendientes de los demás. En esa jornada deberemos decir con especial hondura: Cor meum vigilalt, mi corazón está vigilante13. Todos nos necesitamos, todos nos podemos ayudar; de hecho, estamos participando continuamente de los bienes espirituales de la Iglesia, de la oración, de la mortificación, del trabajo bien hecho y ofrecido a Dios, del dolor de un enfermo... En este momento, ahora, alguien está rezando por nosotros, y nuestra alma se vitaliza por la generosidad de personas que quizá desconocemos, o de alguna que está muy cercana. Un día, en la presencia de Dios, en el momento del juicio particular, veremos esas inmensas ayudas que nos mantuvieron a flote en muchas ocasiones, y en otras nos ayudaron a situarnos un poco más cerca del Señor. Si somos fieles, también contemplaremos con un gozo incontenible cómo fueron eficaces en otros hermanos nuestros en la fe todos los sacrificios, trabajos, oraciones, incluso lo que en aquel momento nos pareció estéril y de poco interés. Quizá veremos la salvación de otros, debida en buena parte a nuestra oración y mortificación, y a nuestras obras.
Todo cuanto hacemos tiene repercusiones y efectos de mucho peso en la vida de los demás. Esto nos debe ayudar a cumplir con fidelidad nuestros deberes, ofreciendo a Dios nuestras obras, y a orar con devoción, sabiendo que el trabajo, enfermedades y oraciones –bien unidos a la oración y al Sacrificio de Cristo, que se renueva en el altar– constituyen un formidable apoyo para todos. En ocasiones, esta ayuda que prestamos será uno de los motivos fundamentales de fidelidad a Dios, para recomenzar muchas veces, para ser generosos en la mortificación. Entonces podremos decir como el Señor: pro eis sanctifico ego meipsum..., por ellos me santifico14, este es el motivo de recomenzar hoy de nuevo, de acabar bien este trabajo, de vivir aquella mortificación. Jesús nos mirará entonces con particular ternura, y no nos dejará de su mano. Pocas cosas le son tan gratas como aquellas que de modo directo se refieren a sus hermanos, nuestros hermanos.
Esa caridad vigilante, ese “día de guardia”, es fortaleza para todos. ““Frater qui adjuvatur a fratre quasi civitas firma” -El hermano ayudado por su hermano es tan fuerte como una ciudad amurallada.
“—Piensa un rato y decídete a vivir la fraternidad que siempre te recomiendo”15.
Día de guardia. Una jornada para estar más vibrantes en la caridad, con el ejemplo, con muchas obras sencillas de servicio a todos, con pequeñas mortificaciones que hagan la vida más amable; un día para examinar si ayudamos con la corrección fraterna a quienes lo necesitan, una jornada para acudir más frecuentemente a María, “puerto de los que naufragan, consuelo del mundo, rescate de los cautivos, alegría de los enfermos”16, con el santo Rosario, con la oración Acordaos, pidiéndole por quien sabemos quizá que tiene necesidad de una particular ayuda.

1 Mt 24, 42-51. — 2 1 Tes 5, 2. — 3 Cfr. 1 Tes 5, 4-11. — 4 Cfr. J. Precedo, El cristiano en la metáfora castrense de San Pablo, S.P.C.I.C., Roma 1963, pp. 343-358. — 5 R. A. Knox, Ejercicios para seglares, Rialp, 2ª ed., Madrid 1962, p. 77. — 6 Ibídem, p. 79. — 7 Cfr. Jn 13, 34. — 8 Cfr. A. G. Hamman, La vida cotidiana de los primeros cristianos, p. 200. — 9 Cfr. Martirio de San Fructuoso, en Actas de los mártires, BAC, Madrid 1962, p. 784. — 10 Tertuliano, Apologético, 39. — 11 San Josemaría Escrivá, Surco, n. 960. — 12 Is 21, 6-8. — 13 Cant 5, 2. — 14 Cfr. Jn, 17, 19. — 15 San Josemaría Escrivá, Camino, n. 460. — 16San Alfonso Mª de Ligorio, Visitas al Santísimo Sacramento, 2.
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Otro comentario: San Columbano (563-615), monje, fundador de monasterios 
Instrucción 12, sobre la compunción, 2 ( trad. Breviario Martes, XXVIII semana) 

  “Vosotros sois la luz del mundo” (Mt 5,14)

        ¡Cuán dichosos son los criados a quienes el Señor, al llegar, los encuentra en vela! Feliz aquella vigilia en la cual se espera al mismo Dios y Creador del universo, que todo lo llena y todo lo supera.

        ¡Ojalá se dignara el Señor despertarme del sueño de mi desidia, a mí, que, aun siendo vil, soy su siervo! ¡Ojalá me inflamara en el deseo de su amor inconmensurable y me encendiera con el fuego de su divina caridad!; resplandeciente con ella, brillaría más que los astros, y todo mi interior ardería continuamente con este divino fuego.
¡Ojalá mis méritos fueran tan abundantes que mi lámpara ardiera sin
cesar, durante la noche, en el templo de mi Señor e iluminara a cuantos
penetran en la casa de mi Dios! (cf Mt 5,15)  Concédeme, Señor, te lo suplico en nombre de Jesucristo, tu Hijo y mi Dios, un amor que nunca mengüe, para que con él brille siempre mi lámpara y no se apague nunca, y sus llamas sean para mí fuego ardiente y para los demás luz brillante.


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Otro comentario:      

                                                  Ya lo dice el refrán popular
























































































































































Son capaces de vender a su madre, por dinero. Textual. Eso, si Dios les dejara, a algunos les saldría bien el trato, pero Dios protege, SIEMPRE, a las madres piadosas de los hijos satánicos.
Hay que decir la verdad. No todo son sacerdotes pederastas, también hay laicos satánicos que venden a su madre POR DINERO, y fingen piedad, además. Pero, por sus obras y palabras los conoceréis. Tiempo al tiempo. Todos veréis quien es realmente bueno o es un fariseo hipócrita; ese siervo malo, que empieza a pegar a los buenos, ¡incluso a su madre, si no le dan dinero!
Pero Dios, desde el Cielo, lo ve todo, y no permitirá que la maldad se salga con la suya, sobre todo si la madre es piadosa; en un hogar así, donde la madre es una hija de María, todas las cosas que reciben, ¡las malas incluídas!, se vuelven gracias y no desgracias. La vida todo lo aclara, y todo lo escondido sale a la luz. Oh, ¡cómo tiemblan los impíos de corazón!, recemos por ellos a Dios, para que dejen su soberbia y acepten la fe verdadera que les hará humildes, y no pecarán más, ni venderán a su madre, ni su heredad por un plato de lentejas, sino que acudirán a la boda y serán siervos buenos que reciben en cada momento la bendición de la Santísima Trinidad.
De la Santísima Trinidad, también os hablaré el año que viene.
¡Cuántas cosas os esperan para saber, cosas maravillosas que os elevarán en la fe, la esperanza, y multiplicarán tu caridad.
¡¡¡Bien!!!!




































































































































































































































P. Jesús


miércoles, 29 de agosto de 2012

29º de Agosto - Martirio de San Juan Bautista - Memoria


Lectura del santo Evangelio según san Marcos 6, 17-29
En aquel tiempo, Herodes había mandado apresar a Juan el Bautista y lo había metido y encadenado en la cárcel. Herodes se había casado con Herodías, esposa de su hermano Filipo, y Juan le decía:
"No está permitido tener por mujer a la esposa de tu hermano".
Por eso Herodes lo mandó encarcelar.
Herodías sentía por ello gran rencor contra Juan y quería quitarle la vida, pero no sabía cómo, porque Herodes miraba con respeto a Juan, pues sabía que era un hombre recto y santo, y lo tenía custodiado. Cuando lo oía hablar, quedaba desconcertado, pero le gustaba escucharlo.
La ocasión llegó cuando Herodes dio un banquete a su corte, a sus oficiales y a la gente principal de Galilea, con motivo de su cumpleaños la hija Herodías bailó durante la fiesta y su baile le gustó a mucho a Herodes y a sus invitados. El rey le dijo entonces a la joven:
"Pídeme lo que quieras y yo te lo daré".
Y le juró varias veces:
"Te daré lo que me pidas, aunque sea la mitad de mi reino".
Ella fue a preguntarle a su madre: "¿Qué le pido?" Su madre le contestó:
"La cabeza de Juan el Bautista".
Volvió ella inmediatamente junto al rey y le dijo:
"Quiero que me des ahora mismo, en una bandeja, la cabeza de Juan el Bautista".
El rey se puso muy triste, pero debido a su juramento y los convidados, no quiso desairar a la joven, y enseguida mandó a un verdugo que trajera la cabeza de Juan. El verdugo fue,
lo decapitó en la cárcel, trajo la cabeza en una bandeja, se la entregó a la joven y ella se la entregó a su madre.
Al enterarse de esto, lo discípulos de Juan fueron a recoger el cadáver y lo sepultaron.
Palabra del Señor.
Gloria a ti, Señor Jesús.

                                                                                                                                                                                                                                                            

29 de agosto
MARTIRIO DE SAN JUAN BAUTISTA*
Memoria
* San Juan es el único santo de quien la Iglesia conmemora el nacimiento y la muerte. Con su ejemplo lleno de fortaleza, el Precursor nos enseña a cumplir, a pesar de todos los obstáculos, la misión que cada uno hemos recibido de Dios.
— Fortaleza de Juan.
I. Comentaré tus preceptos ante los reyes, Señor, y no me avergonzaré; serán mi delicia tus mandatos, que tanto amo1.
El día 24 de junio celebró la Iglesia el nacimiento de San Juan Bautista; hoy conmemora su dies natalis, el día de su muerte, ordenada por Herodes. Este rey, como lo llama San Marcos, es uno de los personajes más tristes del Evangelio. Durante su gobierno Cristo predicó y se manifestó como el Mesías esperado. También tuvo la ocasión de conocer a Juan, el encargado de señalar al Mesías: Este es el Cordero de Dios, había indicado a algunos de sus discípulos. Herodes llegó incluso a oírle con gusto2. Y por él podía haber conocido a Jesús, a quien mostró deseos de ver. Pero cometió la enorme injusticia de mandar decapitar al que le podía haber llevado hasta Él. La inmoralidad de sus costumbres, sus malas pasiones, le cegaron para descubrir la Verdad y no solamente le llevaron a cometer este gran crimen, sino que cuando realmente se encontró frente a frente con el Señor de cielos y tierra3, con gran ceguera de mente y de corazón, pretendió que entretuviera con alguno de sus prodigios a él y a sus amigos.
San Juan predicaba a cada cual lo que necesitaba: a la multitud del pueblo, a los publicanos, a los soldados4; a los fariseos y saduceos5, y al mismo Herodes. Con su ejemplo humilde, íntegro y austero, avalaba su testimonio sobre el Mesías, que ya había llegado6Juan decía a Herodes: No te es lícito tener la mujer de tu hermano7. Y no temió a los grandes y a los poderosos, ni le importaron las consecuencias de sus palabras. Tenía presente en su alma la advertencia del Señor al Profeta Jeremías, que hoy nos recuerda la Primera lectura de la Misa:Tú cíñete los lomos, ponte en pie y diles lo que Yo te mando. No les tengas miedo, que si no, Yo te meteré miedo de ellos. Mira: Yo te convierto hoy en plaza fuerte, en columna de hierro, en muralla de bronce, frente a todo el país: frente a los reyes y príncipes de Judá, frente a los sacerdotes y la gente del campo; lucharán contra ti, pero no te podrán, porque Yo estoy contigo para librarte8.
El Señor nos pide también a nosotros esa fortaleza y coherencia en lo ordinario, para que sepamos dar un testimonio sencillo, a través, en primer lugar, de una vida ejemplar, y también con la palabra, manifestando nuestro amor a Cristo y a su Iglesia, sin miedos ni respetos humanos.
— Su martirio.  
San Marcos nos narra cómo el tetrarca había mandado prender a Juan y le había encadenado en la cárcel por causa de Herodías, la mujer de su hermano Filipo, a la cual había tomado como mujer9. Herodías odiaba a Juan porque este reprochaba a Herodes su ilegítima unión y el escándalo notorio para el pueblo; por esto, buscaba la ocasión para matarlo. Pero Herodes temía a Juan, sabiendo que era un varón justo y santo, y le protegía, y al oírlo tenía muchas dudas pero le escuchaba con gusto. La ocasión se presentó cuando el rey dio un banquete en su cumpleaños, al que invitó a los hombres principales de la región. Bailó la hija de Herodías delante de todos, y gustó a Herodes y a los comensales. Entonces el rey le prometió: Pídeme lo que quieras y te lo daré. Y le juró varias veces: Cualquier cosa que me pidas te daré, aunque sea la mitad de mi reino. Y por instigación de su madre, le demandó la cabeza de Juan el Bautista. El rey se entristeció; pero, a causa del juramento y de los comensales, no quiso contrariarla. Los discípulos del Bautista recogieron luego su cuerpo y lo pusieron en un sepulcro. Muchos de ellos, con toda seguridad, serían más tarde fieles seguidores de Cristo.
Juan lo dio todo por el Señor: no solo dedicó todos sus esfuerzos a preparar su llegada y a los primeros discípulos que tendría el Maestro, sino la vida misma. “No debemos poner en duda comenta San Beda- que San Juan sufrió la cárcel y las cadenas y dio su vida en testimonio de nuestro Redentor, de quien fue precursor, ya que si bien su perseguidor no lo forzó a que negara a Cristo, sí trató de obligarlo a que callara la verdad: ello fue suficiente para afirmar que murió por Cristo (...). Y la muerte que de todas maneras había de acaecerle por ley natural era para él algo deseable, teniendo en cuenta que la sufría por la confesión del nombre de Cristo y que con ella alcanzaría la palma de la vida eterna. Bien lo dice el Apóstol: Dios os ha dado la gracia de creer en Jesucristo y aun de padecer por Él. El mismo Apóstol explica, en otro lugar, por qué sea un don el hecho de sufrir por Cristo: los padecimientos de esta vida presente tengo por cierto que no son nada en comparación con la gloria futura que se ha de revelar en nosotros”10.
A lo largo de los siglos, quienes han seguido de cerca a Cristo se han alegrado cuando por su fe han tenido que sufrir persecución, tribulaciones o contrariedades. Muchos han sido los que siguieron el ejemplo de los Apóstoles: después que fueron azotados, los conminaron a no hablar del nombre de Jesús y los soltaron. Ellos salían gozosos de la presencia del Sanedrín porque habían sido dignos de ser ultrajados a causa del Nombre11. Y, lejos de vivir acobardados y temerosos, todos los días, en el Templo y en las casas, no cesaban de enseñar y anunciar el Evangelio12. Seguramente se acordaron de las palabras del Señor, recogidas por San Mateo: Bienaventurados seréis cuando os injurien, os persigan y os calumnien de cualquier modo por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en el Cielo: de la misma manera persiguieron a los profetas que os precedieron13.
¿Vamos nosotros a entristecernos o a quejarnos si alguna vez tenemos que padecer algo por nuestra fe, o por ser fieles a la llamada que hemos recibido del Señor?
— Llevar con alegría las contradicciones que podamos encontrar por seguir fielmente a Cristo.                                                                                                        
La historia de la Iglesia y de sus santos nos muestra cómo todos aquellos que han querido seguir de cerca las pisadas de Cristo se han encontrado, de un modo u otro, con la Cruz y la contradicción. Para subir al Calvario y corredimir con Cristo no se encuentran caminos fáciles y cómodos. Ya en los primeros tiempos, San Pedro escribe a los cristianos, dispersos por todas partes, una Carta con acentos claros de consuelo por lo que sufrían. No se trataba de la persecución sangrienta que vendría más tarde, sino de la situación incómoda en la que muchos se encontraban por ser consecuentes con su fe: unas veces era en el ámbito familiar, donde los esclavos tenían que soportar las injusticias de sus amos14 y las mujeres intolerancias de sus maridos15; otras, eran calumnias o injurias, o discriminaciones... San Pedro les recuerda que las contrariedades que padecen no son inútiles: han de servirles para purificarse, sabiendo que Dios es quien juzga, no los hombres. Sobre todo, han de tener presente que a imitación de Jesucristo atraerán muchos bienes, incluso la fe, a sus mismos perseguidores, como así sucedió. Les llama bienaventurados y les anima a soportar con gozo los sufrimientos. Les hace considerar que el cristiano está incorporado a Cristo y participa de su misterio pascual: por sus padecimientos participa de su Pasión, Muerte y Resurrección. Él es el que da sentido y plenitud a la Cruz de cada día16.
Desde San Juan el Bautista, muchos han sido los que han dado la vida por su fidelidad a Cristo. También hoy. “El entusiasmo que Jesús despertó entre sus seguidores y la confianza que infundió el contacto inmediato con Él, se conservaron vivos en la comunidad cristiana y constituyeron la atmósfera en la que vivían los primeros cristianos; era la que otorgaba a su fe denuedo y firmeza... Jesucristo tiene a su favor el testimonio de una historia casi bimilenaria. El cristianismo ha producido frutos buenos y magníficos. Ha penetrado en el interior de los corazones, a pesar de todas las oposiciones externas y todas las resistencias ocultas. El cristianismo ha cambiado el mundo y se ha convertido en la salvaguarda de todos los valores nobles y sagrados. El cristianismo ha superado con el mayor éxito la prueba de su persistencia de la cual habló un día Gamaliel (Hech 5, 28). No es, por tanto, obra de los hombres, ya que, de ser así, se hubiera desmoronado y extinguido hace ya mucho tiempo”17. Por el contrario, vemos la fuerza que la fe y el amor a Cristo tiene en nuestras almas y en millones de corazones que le confiesan y le son fieles, a pesar de dificultades y contradicciones, a veces graves y difíciles de llevar.
Es muy posible que el Señor no nos pida a nosotros una confesión de fe que nos lleve a la muerte por Él. Si nos la pidiera, la daríamos con gozo. Lo normal será, quizá, que quiera de cada uno la paz y la alegría en medio de las resistencias que opone a la fe un ambiente muchas veces pagano: la calumnia, la ironía, el ser dejados a un lado... Nuestro gozo será grande aquí en la tierra, y mucho más en el Cielo. Estos inconvenientes los vemos también con sentido positivo. “Crécete ante los obstáculos. La gracia del Señor no te ha de faltar: “inter medium montium pertransibunt aquae!” ¡pasarás a través de los montes!”18. Pero hace falta fe, “fe viva y penetrante. Como la fe de Pedro. Cuando la tengas lo ha dicho Él apartarás los montes, los obstáculos, humanamente insuperables, que se opongan a tus empresas de apóstol”19. Además, nunca nos faltará el consuelo de Dios. Y si alguna vez se nos hace más duro el caminar cerca de Cristo acudiremos a Nuestra Señora, Auxilio de los cristianos, y nos dará amparo y cobijo.
1 Antífona de entrada. Sal 118, 46-47. — 2 Mc 6, 17-20. — 3 Lc 23, 6-9. — 4 Lc 3, 10-14. — 5 Mt 3, 7-12. — 6 Jn 1, 29; 36-37. — 7 Mc 6, 18. — 8 Jer 1, 17-19.  9 Mc6, 17 ss. — 10 Liturgia de las HorasSegunda lecturaSan BedaHomilía 23. — 11Hech 5, 40-41. — 12 Hech 5, 42. — 13 Mt 5, 11-12. — 14 Cfr. 1 Pdr 2, 18-25. — 15Cfr. 1 Pdr 3, 1-3. — 16 Cfr. Sagrada BibliaEpístolas Católicas, EUNSA, Pamplona 1988, pp. 116-117. — 17 A. LangTeología fundamental, Rialp, Madrid 1966, vol. 1, pp. 319-320. — 18 Cfr. San Josemaría EscriváCamino, n. 12. — 19 Ibídem, n. 489

Evangelio - Miércoles XXI Semana del Tiempo Ordinario


Evangelio

Son hijos de los asesinos de los profetas
† Lectura del santo Evangelio según san Mateo 23, 27-32
Gloria a ti, Señor.
En aquel tiempo dijo Jesús a los escribas y los fariseos:
"¡Ay de ustedes, escribas y fariseos hipócritas, que parecen sepulcros blanqueados; por fuera su apariencia es hermosa, pero por dentro están llenos de huesos y podredumbre! Lo mismo pasa con ustedes: por fuera parecen justos ante los hombres, pero por dentro están llenos de hipocresía y de perversidad.
¡Ay de ustedes, escribas y fariseos hipócritas, que edifican sepulcros a los profetas y adornan los mausoleos de los justos! Dicen: "Si hubiéramos vivido en tiempos de nuestros antepasados, no habríamos colaborado en la muerte de los profetas". Con lo cual confirman que son hijos de quienes mataron a los profetas. ¡Completen, pues, lo que sus antepasados comenzaron!"
Palabra del Señor.
Gloria a ti, Señor Jesús.

† Meditación diaria 
21ª semana. Miércoles                                                                                                                                                                                   AMAR EL PROPIO TRABAJO 
— El ejemplo de San Pablo.                                                                                                                                                                                                                  
    El trabajo es un don de Dios, un gran bien para el hombre, aunque lleve consigo “el signo de un bien arduum, según la terminología de Santo Tomás (...). Y es no solo un bien útil o para disfrutar, sino un bien digno, es decir, que corresponde a la dignidad del hombre, un bien que expresa esta dignidad y la aumenta”1. Una vida sin trabajo se corrompe, y en el trabajo el hombre “se hace más hombre”2, más digno y más noble, si lo lleva a cabo como Dios quiere.
El trabajo es consecuencia del mandato de dominar la tierra3 dado por Dios a la humanidad, que se volvió penoso por el pecado original4, pero que constituye el “quicio de nuestra santidad y el medio sobrenatural y humano apto para que llevemos con nosotros a Cristo y hagamos el bien a todos”5. Es como la columna vertebral del hombre, en la que se sostiene su vida entera, y medio a través del cual hemos de alcanzar la propia santidad y la de los demás. Un descentramiento en el trabajo ordinario, en el quehacer profesional, puede repercutir en toda la vida del hombre; también en sus relaciones con Dios. Por esto, comprendemos bien los males que llevan consigo la pereza, el trabajo mal hecho, la chapuza, las tareas a medio terminar... “El hierro que yace ocioso, consumido por la herrumbre, se torna blando e inútil; mas si se lo emplea en el trabajo, es mucho más útil y hermoso y apenas si le va en zaga por su brillo a la misma plata. La tierra que se deja baldía no produce nada sano, sino malas hierbas, cardos y espinas y árboles infructuosos; mas la que goza de cultivo se corona de suaves frutos. Y, para decirlo en una palabra, todo ser se corrompe por la ociosidad y se mejora por la operación que le es propia”6; el hombre, por su trabajo.
San Pablo, como leemos en la Primera lectura de la Misa7, señala a los primeros cristianos de Tesalónica su manera de comportarse con ellos, mientras les predicaba la Buena Nueva de Jesús: Recordad -les dice- nuestros esfuerzos y fatigas; trabajando día y noche para no serle gravoso a nadie...8“. Y más tarde, en la segunda Carta: Ya sabéis cómo tenéis que imitar mi ejemplo: no viví entre vosotros sin trabajar, nadie me dio de balde el pan que comí, sino que trabajé y me cansé día y noche, a fin de no ser carga para nadie9. El Espíritu Santo, con este ejemplo, nos ha inculcado un principio práctico bien claro a seguir: el que no trabaje, que no coma.
Hoy, en nuestra oración serena y sosegada, hemos de tener presente que este mismo espíritu de laboriosidad, de trabajo intenso, que se vivió entre los primeros cristianos, lo espera también el Señor de nosotros. Uno de los escritos más antiguos nos ha dejado este admirable testimonio: “Todo el que llegue a vosotros en nombre del Señor, sea recibido; luego, examinándole, le conoceréis (...). Si el que llega es un caminante, no permanecerá entre vosotros más de dos días o, si hubiera necesidad, tres. Pero si quiere establecerse entre vosotros, teniendo un oficio, que trabaje y así se alimente. Mas si no tiene oficio, proveed según vuestra prudencia, de modo que no viva entre vosotros ningún cristiano ocioso. Si no quiere hacerlo así, es un traficante de Cristo; estad alerta contra los tales”10.
— La calidad humana del trabajo.
El Señor nos dio, en sus años de Nazaret, un ejemplo admirable de la importancia del trabajo y de la perfección humana y sobrenatural con que hemos de realizar la tarea profesional. “Jesús, creciendo y viviendo como uno de nosotros, nos revela que la existencia humana, el quehacer corriente y ordinario, tiene un sentido divino. Por mucho que hayamos considerado estas verdades, debemos llenarnos siempre de admiración al pensar en los treinta años de oscuridad, que constituyen la mayor parte del paso de Jesús entre sus hermanos los hombres. Años de sombra, pero para nosotros claros como la luz del sol”11. Su misma manera de hablar, las parábolas e imágenes que utilizará después en su predicación revelan a un hombre que ha conocido muy de cerca el trabajo; habla siempre para quien se “afana, para una vida ordinaria en la que rige siempre la ley de la normalidad, la aparición previsible de los mismos problemas para las mismas personas. Este es el ambiente de la predicación de Cristo; sus enseñanzas han quedado gráficamente conectadas con este clima. No era el “filósofo”, ni el “visionario”, sino el artesano. Uno que trabaja, como todos”12.
En San José, nuestro Padre y Señor, encontramos una existencia también llena de trabajo, una vida corriente como la nuestra, y al que en el día de hoy podemos encomendar nuestras tareas profesionales. Él inició a Jesús en su oficio y le enseñó hasta adquirir la maestría de un verdadero profesional en el manejo de la sierra, del escoplo, de la garlopa y del cepillo.
Durante su vida pública, el Maestro llamó a personas habituadas al trabajo: San Pedro, pescador de oficio, volverá de nuevo a sus tareas de pesca apenas se le ofrezca la primera oportunidad13; San Mateo recibirá la llamada para seguir al Señor mientras ejercía su oficio de recaudador de impuestos, y así todos los demás.
Cuando San Pablo se retiró de Atenas y vino a Corinto, encontró allí a un judío llamado Aquila, originario del Ponto, y a su esposa Priscila. Se juntó con ellos. Y como era del mismo oficio, se hospedó en su casa y trabajaba en su compañía, pues eran ambos fabricantes de lonas14. Durante esta estancia de año y medio en Corinto, San Pablo escribe esas exhortaciones exigentes a los cristianos de Tesalónica, convencido de que muchos de los males que se estaban originando en aquella comunidad cristiana se debían a que algunos eran más dados a hablar y a corretear de casa en casa que a ocuparse de su propio trabajo.
Nosotros debemos examinar con frecuencia la calidad humana de nuestro quehacer: si lo comenzamos y lo terminamos según el horario previsto, aunque alguno de nuestros compañeros, o todos, por las razones que sea, no lo vivieran; si lo hacemos con orden, no dejando para el final, sin razón, lo más costoso, lo menos grato; si trabajamos con intensidad, aprovechando las horas, procurando evitar conversaciones, llamadas por teléfono inútiles o menos necesarias; si tenemos afán de mejorar en ese trabajo con el estudio oportuno, procurando estar al día en las nuevas cuestiones que surgen en toda profesión; si nos excedemos, como ocurre con aquello que amamos, pero con temple y rectitud, sin detrimento del tiempo que debemos a la familia, a los hermanos, al apostolado, a la propia formación... Pensemos también si cuidamos los instrumentos que utilizamos, sean nuestros o de la empresa. Contemplemos a Jesús en su taller de Nazaret, pidamos al Señor entrar allí con los ojos de la fe, y veremos entonces si nuestro trabajo tiene la calidad y la hondura que Él pide a quienes le siguen.
— Amar el propio quehacer profesional                                                                                                                                                                                               
Hemos de amar y cuidar la propia tarea porque es un mandato de nuestro Padre Dios. Con el trabajo ordinario se desarrolla la personalidad, se gana lo necesario para las necesidades de la familia y de uno mismo, y para ayudar a obras buenas de apostolado, de formación, etc. Hemos de amarlo, y ha de ser a la vez materia de oración, porque, además, el trabajo es uno de los más altos valores humanos, medio con el que cada uno debe contribuir al progreso de la sociedad y, sobre todo, porque es camino de santidad. Cada día podemos llevar al Señor tantas cosas que procuramos estén bien hechas: el estudiante podrá ofrecer horas de estudio intensas y completas; la madre de familia presentará el desvelo eficaz por sus hijos, por el marido, el cuidado de los mil detalles que hacen de su casa un verdadero hogar; el médico, junto a la competencia profesional, el trato amable y acogedor con los pacientes; la enfermera, esas horas llenas de un continuo servicio, como si cada uno de los enfermos fuera el mismo Cristo... En la realización del trabajo surgirán con frecuencia peticiones de ayuda al Señor, acciones de gracias, deseos de dar gloria a Dios con aquello que tenemos entre manos...
Los cristianos corrientes, los laicos, no nos santificamos a pesar del trabajo, sino a través del trabajo; encontramos al Señor en las variadas incidencias que lo componen, unas agradables y otras menos, el campo en el que se ejercitan las virtudes humanas y las sobrenaturales.
El amor al propio quehacer profesional nos llevará frecuentemente a permanecer, quizá muchos años o toda la vida, en la misma tarea. Ello no achica la sana ambición de procurar ascender y conseguir una situación o un puesto de trabajo mejor. Pero ese deseo legítimo, que forma parte de la buena mentalidad profesional, no debe ocasionar intranquilidad ni desasosiego, como si el éxito profesional y ganar dinero fueran los móviles únicos o predominantes. Los cristianos no debemos medir los trabajos solo por el dinero, como si esto fuera lo único que en definitiva importara. La profesión es el lugar donde se desarrolla y perfecciona la propia personalidad, es un modo de servir a otras personas, el medio para colaborar al progreso social y donde encontramos a Dios15. Y todo eso hay que valorarlo al juzgar el propio trabajo profesional.
San Pablo, como otros muchos hombres, dedicaba un tiempo a trabajar para ganarse el pan. En su trabajo profesional seguía siendo el Apóstol de las gentes, el elegido por Dios, y se servía de su misma profesión para acercar a otros a Cristo. Así hemos de hacer nosotros, cualquiera que sea nuestro oficio y nuestro lugar en la sociedad. Y si nos tocara estar impedidos o enfermos, esas mismas circunstancias deben ser luz, quizá incluso más brillante, para que otros muchos vean el camino que lleva a Dios y se sientan movidos a seguirlo.
1 Juan Pablo II, Enc. Laborem exercens, 14-IX-1981, I, 9. — 2 Ibídem. — 3 Cfr. Gen1, 28. — 4 Cfr. Gen 3, 17. — 5 San Josemaría Escrivá, Carta 14-II-1950. — 6 San Juan Crisóstomo, Homilía sobre Priscila y Aquila. — 7 Primera lectura. Año 1. 1 Tes 2, 9-13; Año II. 2 Tes 3, 6-10, 16-18. — 8 1 Tes 2, 9. — 9 2 Tes 3, 7-8. — 10 Didaché oDoctrina de los Doce Apóstoles, en Padres Apostólicos griegos, BAC, Madrid 1950, 12, 2-4 — 11 San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, 14. — 12 R. Gómez Pérez,La fe y los días, Palabra, Madrid 1973, p. 20. — 13 Cfr. Jn 21, 3. — 14 Cfr. Hech 18, 1-3. — 15 Cfr. Conc. Vat. II, Const. Gaudium et spes, 34.