Mostrando entradas con la etiqueta Lunes 2º Semana de Pascua. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Lunes 2º Semana de Pascua. Mostrar todas las entradas

lunes, 28 de abril de 2014

Lectio Divina - Lunes 28 de Abril 2014 - 2º Semana de Pascua

Lectio: 
 Lunes, 28 Abril, 2014  
Tiempo de Pascua
 
1) Oración inicialDios todopoderoso y eterno, a quien confiadamente podemos llamar ya Padre nuestro, haz crecer en nuestros corazones el espíritu de hijos adoptivos tuyos, para que merezcamos gozar, un día, de la herencia que nos has prometido. Por nuestro Señor Jesucristo.
 
2) Lectura Del Evangelio según Juan 3,1-8
Había entre los fariseos un hombre llamado Nicodemo, magistrado judío. Fue éste a Jesús de noche y le dijo: «Rabbí, sabemos que has venido de Dios como maestro, porque nadie puede realizar los signos que tú realizas si Dios no está con él.» Jesús le respondió:
«En verdad, en verdad te digo: el que no nazca de nuevo no puede ver el Reino de Dios.» Dícele Nicodemo: «¿Cómo puede uno nacer siendo ya viejo? ¿Puede acaso entrar otra vez en el seno de su madre y nacer?» Respondió Jesús: «En verdad, en verdad te digo:
El que no nazca de agua y de Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios. Lo nacido de la carne, es carne; lo nacido del Espíritu, es espíritu. No te asombres de que te haya dicho: Tenéis que nacer de nuevo. El viento sopla donde quiere, y oyes su voz, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va. Así es todo el que nace del Espíritu.»
 
3) Reflexión 

• El evangelio de hoy nos trae una parte de la conversación de Jesús con Nicodemo. Nicodemo aparece varias veces en el evangelio de Juan (Jn 3,1-13; 7,50-52; 19,39). Era una persona que tenía una cierta posición social. Tenía lideranza entre los judíos y formaba parte del supremo tribunal llamado Sinedrio. En el evangelio de Juan, él representa al grupo de los judíos que eran piadosos y sinceros, pero que no llegaban a entender todo lo que Jesús hacía y hablaba. Nicodemo había oído hablar de señales, de las cosas maravillosas que Jesús hacía y quedó impresionado. El quiere conversar con Jesús para poder entender mejor. Era una persona cultivada que pensaba entender las cosas de Dios. Esperaba al Mesías con un librito de la ley en la mano para verificar si lo nuevo anunciado por Jesús estaba de acuerdo. Jesús hace percibir a Nicodemo que la única manera que alguien tiene para poder entender las cosas de Dios es ¡nacer de nuevo! Hoy acontece lo mismo. Algunos son como Nicodemo: aceptan como nuevo sólo aquello que está de acuerdo con sus propias ideas. Aquello con lo que uno no está de acuerdo se rechaza como contrario a la tradición. Otros se dejan sorprender por los hechos y no tienen miedo a decir: "¡Nací de nuevo!" 

• Juan 3,1: Un hombre, llamado Nicodemo. Poco antes del encuentro de Jesús con Nicodemo, el evangelista hablaba de la fe imperfecta de ciertas personas que se interesan sólo en los milagros de Jesús (Jn 2,23-25). Nicodemo era una de estas personas. Tenía buena voluntad pero su fe era aún imperfecta. La conversación con Jesús le va a ayudar a percibir que debe dar un paso más para poder profundizar en su fe en Jesús y en Dios. 

• Juan 3,2: 1ª pregunta de Nicodemo: tensión entre lo viejo y lo nuevo. Nicodemo era un fariseo, persona conocida entre los judíos y con un buen raciocinio. Se fue a encontrar a Jesús de noche y le dice: "Rabbí, sabemos que has venido de Dios como maestro, porque nadie puede realizar los signos que tú realizas si Dios no está con él." Nicodemo opina sobre Jesús desde los argumentos que él, Nicodemo, lleva dentro de sí. Esto es un paso importante, pero no basta para conocer a Jesús. Las señales que Jesús hace pueden despertar a la persona e interesarle. Pueden engendrar curiosidad, pero no engendran la entrega, en la fe. No hacen ver el Reino de Dios presente en Jesús. Por esto es necesario dar un paso más. ¿Cuál es este paso?

• Juan 3,3: Respuesta de Jesús: "Tienes que nacer de nuevo!" Para que Nicodemo pueda percibir el Reino presente en Jesús, el tendrá que percibir el Reino presente en Jesús, tendrá que nacer de nuevo, de lo alto. Aquel que trata de comprender a Jesús sólo a partir de sus propios argumentos, no consigue entenderlo. Jesús es más grande. Si Nicodemo se queda sólo con el catecismo del pasado en la mano, no va a poder entender a Jesús. Tendrá que abrir del todo su mano. Tendrá que dejar de lado sus propias certezas y seguridades y entregarse totalmente. Tendrá que escoger entre, de un lado, guardar la seguridad que le viene de la religión organizada con sus leyes y tradiciones y, de otro, lanzarse a la aventura del Espíritu que Jesús le propone. 

• Juan 3,4: 2ª pregunta de Nicodemo: ¿Cómo es posible nacer de nuevo? Nicodemo no quiere dar su brazo a torcer y pregunta con una cierta ironía: "¿Cómo una persona puede nacer de nuevo siendo vieja? Podrá entrar una segunda vez en el vientre de su madre y nacer?" Nicodemo se tomó las palabras de Jesús al pie de la letra y, por esto, no entendió nada. El hubiera tenido que percibir que las palabras de Jesús tenían un sentido simbólico.

• Juan 3,5-8: Respuesta de Jesús: Nacer de lo alto, nacer del espíritu. Jesús explica lo que quiere decir nacer de lo alto, o nacer de nuevo. y "nacer del agua y del Espíritu". Aquí tenemos una alusión muy clara al bautismo. A través de la conversación de Jesús con Nicodemo, el evangelista nos convida a hacer una revisión de nuestro bautismo. Relata las siguientes palabras de Jesús: "Lo que nace de la carne es carne, lo que nace del Espíritu es Espíritu". Carne significa aquello que nace sólo de nuestras ideas. Lo que nace de nosotros tiene nuestra medida. Nacer del Espíritu ¡es otra cosa! El Espíritu es como el viento. "El viento sopla donde quiere, y oyes su voz, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va. Así es todo el que nace del Espíritu.»
El viento tiene, dentro de sí, un rumbo, una dirección. Percibimos la dirección del viento, por ejemplo, el viento del Norte o el viento del Sur, pero no conocemos ni controlamos la causa a partir de la cual el viento se mueve en esta u otra dirección. Así es el Espíritu. "Nadie es señor del Espíritu" (Ecl 8,8). Lo que más caracteriza al viento, al Espíritu, es la libertad. El viento, el espíritu, es libre, no puede ser controlado. El actúa sobre los otros y nadie consigue actuar sobre él. Su origen es el misterio, su destino es el misterio. El barquero tiene que describir, en primer lugar, el rumbo del viento. Después tiene que colocar las velas según ese rumbo. Es lo que Nicodemo y todos nosotros debemos hacer. 

• Una llave para entender mejor las palabras de Jesús sobre el Espíritu Santo. La lengua hebraica usa la misma palabra para decir viento y espíritu. Como ya dicho, el viento tiene, dentro de sí, un rumbo, una dirección: viento del Norte, viento del Sur. El Espíritu de Dios tiene un rumbo, un proyecto, que ya se manifestaba en la creación bajo la forma de una paloma que aleteaba sobre el caos (Gn 1,2). Año tras año, él renueva la faz de la tierra y coloca en movimiento la naturaleza a través de la secuencia de las estaciones (Sl 104,30; 147,18). Este mismo Espíritu está presente en la historia. Hace secar el Mar Rojo (Ex 14,21) hace pasar las codornices y las deja caer sobre el campamento (Nm 11,31). Está con Moisés y, a partir de él, se distribuye entre los líderes de la gente (Núm 11,24-25). Estaba en los líderes y los llevaba a realizar acciones libertadoras: Otoniel (Jz 3,10), Gedeón (Jue 6,34), Jefté (Jue 11,29), Sansón (Jue 13,25; 14,6.19; 15,14), Saúl (1Sm 11,6), y Débora, la profetisa (Jz 4,4). Estuve presente no grupo dos profetas e agia neles con fuerza contagiosa (1Sm 10,5-6.10). Su acción en los profeta produce envidia en los demás, pero Moisés reacciona: "¡Ojalá que Dios comunicara su Espíritu a todo el pueblo y profetizara!" (Núm 11,29). 

• A lo largo de los siglos, creció la esperanza de que el Espíritu de Dios orientara al Mesías en la realización del proyecto de Dios (Is 11,1-9) y bajara sobre todo el pueblo de Dios (Ez 36,27; 39,29; Is 32,15; 44,3). La gran promesa del Espíritu se manifiesta de muchas formas en los profetas del exilio: la visión de los huesos secos, resucitados por la fuerza del Espíritu de Dios (Ez 37,1-14); la efusión del Espíritu de Dios sobre todo el pueblo (Jl 3,1-5); la visión del Mesías-Siervo que será ungido por el Espíritu para establecer el derecho en la tierra y anunciar la Buena Nueva a los pobres (Is 42,1; 44,1-3; 61,1-3). Ellos vislumbran un futuro, en que la gente, cada vez de nuevo, renace por la efusión del Espíritu (Ez 36,26-27; Sl 51,12; cf Is 32,15-20). 

• El evangelio de Juan usa muchas imágenes y símbolos para significar la acción del Espíritu. Como en la creación (Gén 1,1), así el Espíritu desciende sobre Jesús "como una paloma, venida del cielo” (Jn 1,32). ¡Es el comienzo de la nueva creación! Jesús habla las palabras de Dios y nos comunica al Espíritu sin medida (Jn 3,34). Sus palabras son Espíritu y vida (Jn 6,63). Cuando Jesús se despide, dice que enviará a otro consolador, a otro defensor, para que quede con nosotros. Es el Espíritu Santo (Jn 14,16-17). A través de su pasión, muerte y resurrección, Jesús conquistó el don del Espíritu para nosotros. A través del bautismo todos nosotros recibimos este mismo Espíritu de Jesús (Jn 1,33). Cuando apareció a los apóstoles, sopló sobre ellos y dijo: "¡Recibid al Espíritu Santo!" (Jn 20,22). El Espíritu es como el agua que brota desde el interior de las personas que creen en Jesús (Jo 7,37-39; 4,14). El primer efecto de la acción del Espíritu en nosotros es la reconciliación: " A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.” (Jn 20,23). El Espíritu se nos da para que podamos recordar y entender el significado pleno de las palabras de Jesús (Jn 14,26; 16,12-13). Animados por el Espíritu de Jesús, podemos adorar a Dios en cualquier lugar (Jn 4,23-24). Aquí se realiza la libertad del Espíritu del que nos habla San Pablo: "Donde está el Espíritu del Señor, allí hay libertad" (2Cor 3,17).
 
4) Para la reflexión personal

• ¿Cómo acostumbras reaccionar ante las novedades que se presentan? ¿Cómo Nicodemo que acepta la sorpresa de Dios? 

• ¿Jesús compara la acción del Espíritu Santo con el viento (Jn 3,8). ¿Que nos revela esta comparación sobre la acción del Espíritu de Dios en mi vida? ¿Has pasado por alguna experiencia que te dio la sensación de nacer de nuevo?
 
5) Oración final

Bendeciré en todo tiempo a Yahvé,
sin cesar en mi boca su alabanza;
en Yahvé se gloría mi ser,
¡que lo oigan los humildes y se alegren! (Sal 34,2-3)

Evangelio - Lunes 2º Semana de Pascua

† Lectura del santo Evangelio según san Juan 3, 1-8
Gloria a ti, Señor.
Un hombre llamado Nicodemo, miembro del grupo de los fariseos y personaje importante entre los judíos, se presentó a Jesús de noche y le dijo:
"Maestro, sabemos que Dios te ha enviado para enseñarnos; nadie, en efecto, puede realizar los signos que tú haces, si Dios no está con él".
Jesús le contestó:
"Yo te aseguro que el que no nazca de lo alto no puede ver el reino de Dios".
Nicodemo repuso:
"¿Cómo es posible que un hombre vuelva a nacer siendo viejo? ¿Acaso puede entrar de nuevo en el seno materno para nacer?"
Le respondió Jesús:
"Yo te aseguro que nadie puede entrar en el reino de Dios si no nace del agua y del Espíritu. Lo que nace del hombre es humano; lo engendrado por el Espíritu, es espiritual. Que no te cause, pues, tanta sorpresa lo que te he dicho: "Tienen que nacer de lo alto". El viento sopla donde quiere; oyes su rumor, pero no sabes ni de dónde viene ni a dónde va. Lo mismo sucede con el que nace del Espíritu".
Palabra del Señor.
Gloria a ti, Señor Jesús.

† Meditación diaria
Pascua. 2ª semana. Lunes
LA IMAGINACIÓN

— Necesidad de la mortificación interior para tener vida sobrenatural.

El Evangelio de la Misa1 nos relata el diálogo entrañable de aquella noche entre Jesús y Nicodemo. Este hombre se siente removido por la predicación y por los milagros del Maestro y experimenta la necesidad de saber más. Muestra con Jesús gran delicadeza: Rabbí, Maestro mío, le llama.
Nicodemo le pregunta por su misión, quizá todavía con la duda de si es un profeta más o si es el Mesías: sabemos –le dice– que has venido de parte de Dios como Maestro, pues nadie puede hacer los prodigios que tú haces si Dios no está con él. Y el Señor le responde de una manera insospechada; Nicodemo le pregunta por su misión, y Jesús le revela una verdad asombrosa: es preciso nacer de nuevo. Se trata de un nacimiento espiritual por el agua y el Espíritu Santo: es un mundo completamente nuevo el que se abre ante los ojos de Nicodemo.
Las palabras del Señor constituyen también un horizonte sin límites para el adelantamiento espiritual de cualquier cristiano que se deje llevar dócilmente por las inspiraciones y mociones del Espíritu Santo. Porque la vida interior no consiste solo en adquirir una serie de virtudes naturales o en guardar determinadas formas de piedad. Es una transformación completa y un nacer de nuevo, lo que el Señor nos pide: Tenéis que despojaros del hombre viejo según el cual habéis vivido en vuestra vida pasada2, anunciaba San Pablo a los fieles de Éfeso.
Esta transformación interior es ante todo obra de la gracia en el alma, pero requiere también nuestra colaboración a través de una mortificación de la inteligencia, de los recuerdos, de la imaginación..., cuyo fruto es la purificación de nuestras potencias, necesaria para que la vida de Cristo se desarrolle plenamente en nosotros. Muchos cristianos no avanzan en su trato con Dios, en la oración, por haber descuidado esta mortificación interior, sin la cual la mortificación externa pierde su apoyo.
La imaginación es indudablemente una facultad muy útil, porque el alma, que está unida al cuerpo, no puede pensar sin imágenes. El Señor hablaba a la gente por medio de parábolas,expresando en imágenes las verdades más profundas, y hemos visto que también sigue este camino en la conversación con Nicodemo. Del mismo modo, la imaginación puede ser una gran ayuda en la vida interior, para la contemplación de la vida del Señor, de los misterios del Rosario... “Pero para que sea provechosa y útil, la imaginación ha de ir dirigida por la recta razón esclarecida por la fe. De lo contrario, podría convertirse, como se la ha llamado, en “la loca de la casa”; nos separa de la consideración de las cosas divinas y nos arrastra hacia las cosas vanas, insustanciales, fantásticas y aun prohibidas. En el mejor de los casos nos lleva al ensueño, de donde nace el sentimentalismo tan opuesto a la verdadera piedad”3.
Dada nuestra condición después del pecado original, el sometimiento de la imaginación a la razón solo puede conseguirse habitualmente con mortificación, “haciendo que así deje de ser la loca de la casa y se concrete a su fin propio, que es servir a la inteligencia iluminada por la fe”4.

— Mortificación de la imaginación.

Dejar suelta la imaginación supone, en primer lugar, perder el tiempo, que es un don de Dios y parte del patrimonio que el Señor nos ha dado. “Aleja de ti esos pensamientos inútiles que, por lo menos, te hacen perder el tiempo”5, nos aconseja el autor de Camino. Además, la imaginación perdida así en sueños fantásticos y estériles, es un campo abonado para que en él aparezcan un buen número de tentaciones voluntarias, que convierten los pensamientos inútiles en verdadera ocasión de pecado6.
Cuando no hay esa mortificación interior, los sueños de la imaginación giran frecuentemente alrededor de los propios talentos, de lo bien que se ha quedado en una determinada actuación, en la admiración –quizá también irreal– que se despierta ante unas determinadas personas o en el propio ambiente... Y así, lo que comenzó siendo un pensamiento inútil deriva hasta llegar a perder la rectitud de intención que se había mantenido hasta entonces, y la soberbia, siempre al acecho, toma cuerpo de lo que en un principio parecía algo inocente. Luego, la soberbia, si no se le pone freno, tiende a destruir lo que de bien encuentra a su paso. De modo particular destruye una buena parte de la atención que merecen los demás impidiéndonos caer en la cuenta de sus necesidades y ejercer la caridad. “El horizonte del orgullo es terriblemente limitado: se agota en él mismo. El orgulloso no logra mirar más allá de su persona, de sus cualidades, de sus virtudes, de su talento. El suyo es un horizonte sin Dios. Y en este panorama tan mezquino ni siquiera aparecen los demás: no hay sitio para ellos”7.
Otras veces, cuando la imaginación se entretiene juzgando el modo de actuar de otros, se emiten fácilmente juicios negativos y poco objetivos, porque cuando no se ve a los demás con comprensión, con deseos de ayudarles, se tiene de ellos una visión injustamente parcial. Cuando se examina a alguien sin la caridad de la comprensión, se juzga con frialdad su conducta, sin tener en cuenta los motivos que haya podido tener esa persona para actuar, o se le atribuye gratuitamente, sin fundamento, lo malo o lo menos bueno. Solo Dios penetra en las cosas ocultas, lee la verdad de los corazones, da el verdadero valor a todas las circunstancias. Por ligereza culpable, estos pensamientos inútiles llevan al juicio temerario, que nace de un corazón poco recto, en el que falta la presencia de Dios. La mortificación interior en los pensamientos inútiles hubiera evitado esta falta interna de caridad, que aleja de Dios y de los demás. “La causa de tantos juicios temerarios es el considerarlos como cosa de poca importancia; y, no obstante, si se trata de materia grave, se pueden cometer pecados graves”8.
Frecuentemente, si no estamos atentos para cortar con los pensamientos inútiles y ofrecer al Señor esa mortificación, la imaginación rodará alrededor de uno mismo, creando situaciones ficticias, poco o nada compatibles con la vocación cristiana de un hijo de Dios, que ha de tener su corazón puesto en Él. Estos pensamientos enfrían el corazón, alejan de Dios, y luego se hace más costoso ese clima de diálogo con el Señor en medio de nuestras ocupaciones.
Examinemos hoy en nuestra oración cómo llevamos esa mortificación interior que tanto ayuda a mantener la presencia del Señor en nuestra vida, y que evita tantos inconvenientes, tentaciones y pecados. Vale la pena que lo meditemos seriamente, con hondura y deseos de sacar propósitos eficaces.

— El buen uso de la imaginación en la oración.

La mortificación de la imaginación trae innumerables bienes al alma; no es tarea puramente negativa, no está en la frontera del pecado, sino en el terreno de la presencia de Dios, del Amor. En primer lugar, purifica el alma y la dispone para vivir mejor la presencia de Dios, hace que aprovechemos bien el tiempo dedicado a la oración, pues es la imaginación con sus fantasías la que impide con frecuencia el diálogo con el Señor, la que distrae cuando más atentos deberíamos estar, como es en la Santa Misa y en la Comunión... La mortificación de la imaginación nos permite aprovechar mejor el tiempo en el trabajo, haciéndolo a conciencia, santificándolo...; en el terreno de la caridad, nos facilita estar pendientes de los demás en lugar de estar ensimismados, metidos en ensueños.
Por otra parte, la imaginación purificada mediante una constante mortificación, desechando a tiempo los pensamientos inútiles, debe ocupar un lugar importante en la vida interior, en el trato con Dios: nos ayuda a meditar las escenas del Evangelio, acompañando a Jesús en sus años de Nazaret junto a José y a María, en su vida pública, seguido de los Apóstoles. De modo particular, nos prestará una gran ayuda para contemplar frecuentemente la Pasión de Nuestro Señor y los misterios del santo Rosario.
“Mezclaos con frecuencia entre los personajes del Nuevo Testamento –aconsejaba San Josemaría Escrivá–. Saboread aquellas escenas conmovedoras en las que el Maestro actúa con gestos divinos y humanos, o relata con giros humanos y divinos la historia sublime del perdón, la de su Amor ininterrumpido por sus hijos. Esos trasuntos del Cielo se renuevan también ahora, en la perennidad actual del Evangelio”9.
“Si en ocasiones no os sentís con fuerza para seguir las huellas de Jesucristo, cambiad palabras de amistad con los que le conocieron de cerca mientras permaneció en esta tierra nuestra. Con María, en primer lugar, que lo trajo para nosotros. Con los Apóstoles. Varios gentiles se llegaron a Felipe, natural de Betsaida, en Galilea, y le hicieron esta súplica: deseamos ver a Jesús. Felipe fue y lo dijo a Andrés, y Andrés y Felipe juntos se lo dijeron a Jesús (Jn 12, 20-22). ¿No es cierto que esto nos anima? Aquellos extranjeros no se atreven a presentarse al Maestro, y buscan un buen intercesor (...).
“Yo te aconsejo que, en tu oración, intervengas en los pasajes del Evangelio, como un personaje más. Primero te imaginas la escena o el misterio, que te servirá para recogerte y meditar. Después aplicas el entendimiento, para considerar aquel rasgo de la vida del Maestro: su Corazón enternecido, su humildad, su pureza, su cumplimiento de la Voluntad del Padre. Luego cuéntale lo que a ti en estas cosas te suele suceder, lo que te pasa, lo que te está ocurriendo. Permanece atento, porque quizá Él querrá indicarte algo: y surgirán esas mociones interiores, ese caer en la cuenta, esas reconvenciones”10.
Así imitaremos a la Santísima Virgen, que guardaba todas estas cosas –los sucesos de la vida del Señor– y las meditaba en su corazón11.

1 Jn 3, 1-8. — 2 Ef 4, 22. — 3 R. Garrigou-Lagrange, Las tres edades de la vida interior, Palabra, Madrid 1975, vol. I, p. 398. — 4 Ibídem, p. 399. — 5 San Josemaría Escrivá. Camino, n. 13. — 6Cfr. ídem, Surco, n. 135. — 7 S. Canals, Ascética meditada, p. 87. — 8 Santo Cura de Ars, Sermón sobre el juicio temerario. — 9 San Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, 216. — 10 Ibídem, 252-253. — 11 Lc 2, 19.
______________________________________________________________________________________________________________________________
Otro comentario: Rev. D. Joaquim MESEGUER García (Sant Quirze del Vallès, Barcelona, España)
El Bautismo
Hoy, Nicodemo, un fariseo y maestro importante judío visita a Jesucristo de noche para no verse comprometido. Siente curiosidad y admiración por Jesús y desea saber más sobre su enseñanza. Cristo se la resume diciendo que es necesario nacer de Dios a una vida nueva.

Este nuevo nacimiento tiene lugar por el agua y el Espíritu, es decir, por el Bautismo. A través del baño bautismal somos incorporados a la muerte y resurrección de Cristo para empezar a vivir ya en este mundo una vida nueva que será eterna, y se nos da el espíritu de hijos de Dios.

—Señor y Dios mío, tú has enviado a tu Hijo Jesucristo para dar su vida por nosotros. Al ser bautizado en su muerte y resurrección haz que siempre quiera vivir de acuerdo con la vida nueva que he recibido y sea testimonio de tu verdad en el mundo. En el nombre de Jesús. Amén.
Otro comentario: Fray Josep Mª MASSANA i Mola OFM (Barcelona, España)
El que no nazca de lo alto no puede ver el Reino de Dios
Hoy, un «magistrado judío» (Jn 3,1) va al encuentro de Jesús. El Evangelio dice que lo hace de noche: ¿qué dirían los compañeros si se enterasen de ello? En la instrucción de Jesús encontramos una catequesis bautismal, que seguramente circulaba en la comunidad del Evangelista.

Hace muy pocos días celebrábamos la vigilia pascual. Una parte integrante de ella era la celebración del Bautismo, que es la Pascua, el paso de la muerte a la vida. La bendición solemne del agua y la renovación de las promesas fueron puntos clave en aquella noche santa.

En el ritual del bautismo hay una inmersión en el agua (símbolo de la muerte), y una salida del agua (imagen de la nueva vida). Se es sumergido con el pecado, y se sale de ahí renovado. Esto es lo que Jesús denomina «nacer de lo alto» o «nacer de nuevo» (cf. Jn 3,3). Esto es “nacer del agua”, “nacer del Espíritu” o “del soplo del viento...”.

Agua y Espíritu son los dos símbolos empleados por Jesús. Ambos expresan la acción del Espíritu Santo que purifica y da vida, limpia y anima, aplaca la sed y respira, suaviza y habla. Agua y Espíritu hacen una sola cosa.

En cambio, Jesús habla también de la oposición de carne y Espíritu: «Lo nacido de la carne, es carne; lo nacido del Espíritu, es espíritu» (Jn 3,6). El hombre carnal nace humanamente cuando aparece aquí abajo. Pero el hombre espiritual muere a lo que es puramente carnal y nace espiritualmente en el Bautismo, que es nacer de nuevo y de lo alto. Una bella fórmula de san Pablo podría ser nuestro lema de reflexión y acción, sobre todo en este tiempo pascual: «¿O es que ignoráis que cuantos fuimos bautizados en Cristo Jesús, fuimos bautizados en su muerte? Fuimos, pues, con Él sepultados por el bautismo en la muerte, a fin de que, al igual que Cristo fue resucitado de entre los muertos por medio de la gloria del Padre, así también nosotros vivamos una vida nueva» (Rom 6,3-4).