Mostrando entradas con la etiqueta Lunes 4º Semana de Pascua. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Lunes 4º Semana de Pascua. Mostrar todas las entradas

lunes, 12 de mayo de 2014

Lectio Divina - Lunes 12 de Mayo 2014 - IV Semana de Pascua

Lectio: 
 Lunes, 12 Mayo, 2014  

Tiempo Pascual

1) ORACIÓN INICIAL

¡Oh Dios!, que por medio de la humillación de tu Hijo levantaste a la humanidad caída; concede a tus fieles la verdadera alegría, para que quienes han sido librados de la esclavitud del pecado alcancen también la felicidad eterna. Por nuestro Señor.

2) LECTURA DEL EVANGELIO

Del Evangelio según Juan 10,11-18
Yo soy el buen pastor. El buen pastor da su vida por las ovejas. Pero el asalariado, que no es pastor, a quien no pertenecen las ovejas, ve venir al lobo, abandona las ovejas y huye, y el lobo hace presa en ellas y las dispersa, porque es asalariado y no le importan nada las ovejas. Yo soy el buen pastor; y conozco mis ovejas y las mías me conocen a mí, como me conoce el Padre y yo conozco a mi Padre y doy mi vida por las ovejas. También tengo otras ovejas, que no son de este redil; también a ésas las tengo que conducir y escucharán mi voz; y habrá un solo rebaño, un solo pastor. Por eso me ama el Padre, porque doy mi vida, para recobrarla de nuevo. Nadie me la quita; yo la doy voluntariamente. Tengo poder para darla y poder para recobrarla de nuevo; esa es la orden que he recibido de mi Padre.»

3) REFLEXIÓN

• El evangelio de hoy nos trae la parábola del Buen Pastor que es la continuación del evangelio de ayer (domingo). Es difícil elegir entre uno y otro. Por ello, preferimos comentar brevemente los dos (Jn 10,1-18). El discurso sobre el Buen Pastor trae tres comparaciones enlazadas entre sí:
1ª comparación: Jesús habla del pastor y de los ladrones (Jn 10,1-5)
2ª comparación: Jesús es la puerta de las ovejas (Jn 10,6-10)
3ª comparación: Jesús es el Buen Pastor (Jn 10,11-18)
• Juan 10,1-5: 1ª comparación: entrar por la puerta y no por otro lugar. Jesús inicia el discurso con la comparación de la puerta: "Quien no entra por la puerta sino por cualquier otra parte es un ladrón y un salteador. Quien entra por la puerta es el pastor de las ovejas." En aquel tiempo, los pastores cuidaban del rebaño durante el día. Cuando llegaba la noche, llevaban las ovejas a un gran redil o corral comunitario, bien protegido contra ladrones y lobos. Todos los pastores de una misma región llevaban allí su rebaño. Un portero o guardián se ocupaba de todas las ovejas durante la noche. Al día siguiente, pronto por la mañana, el pastor llegaba, batía palmadas contra la puerta del redil y el guardián abría. El pastor entraba y llamaba a las ovejas por su nombre. Las ovejas reconocían la voz de su pastor, se levantaban y salían detrás de él para pastear. Las ovejas de los otros pastores oían la voz, pero no se movían, porque era una voz extraña para ellas. De vez en cuando, aparecía el peligro del asalto. Los ladrones entraban por un atajo o derribaban la valla del redil, hecha de piedras amontonadas, para robar las ovejas. Ellos no entraban por la puerta, pues estaba allí el guardián que las custodiaba.
• Juan 10,6-10: 2ª comparación: Jesús es la puerta. Los oyentes, los fariseos (Jn 9,40-41), no entendían lo que significaba "entrar por la puerta". Jesús entonces concluye: "Yo soy la puerta de las ovejas. Todos los que vinieron antes son ladrones y malhechores". ¿De quién está hablando Jesús en esta frase tan dura? Probablemente, se refería a los líderes religiosos que arrastraban a la gente detrás de sí y que, sin embargo, no respondían a las esperanzas de la gente. No estaban interesados en el bien del pueblo, pero sí en un su propio bolso y en sus intereses. Engañaban a la gente, y la dejaban sin un duro. Entrar por la puerta es lo mismo que actuar como actuaba Jesús. El criterio básico para discernir quién es pastor y quién es asaltante, es la defensa de la vida de las ovejas. Jesús pide al pueblo que no siga a las personas que se presentan como pastor, pero que no buscan la vida de la gente. Y aquí dice la frase que seguimos cantando hasta hoy: "He venido para que todos tengan vida, y ¡para que la tengan en abundancia!" ¡Este es el criterio!
• Juan 10,11-15: 3ª comparación: Jesús es el buen pastor. Jesús cambia la comparación. Antes, él era la puerta de las ovejas. Ahora es el pastor de las ovejas. Todo el mundo sabía lo que era un pastor y como vivía y trabajaba. Pero Jesús no es un pastor cualquiera, sino que es un ¡buen pastor! La imagen delbuen pastor viene del AT. Diciendo que es el Buen Pastor, Jesús se presenta como aquel que viene a realizar las promesas de los profetas y las esperanzas del pueblo. Podemos leer, por ejemplo, la bellísima profecía de Ezequiel (Ez 34,11-16). Hay dos puntos en los que Jesús insiste: (a) En la defensa de la vida de las ovejas: el buen pastor da la vida por las ovejas. (b) En el mutuo reconocimiento entre pastor y ovejas: el Pastor conoce a sus ovejas y ellas conocen el pastor. Jesús dice que en la gente hay una percepción para saber quién es el buen pastor. Era esto que los fariseos no aceptaban. Ellos despreciaban las ovejas y las llamaban ‘pueblo maldito e ignorante’ (Jn 7,49; 9,34). Pensaban tener la justa mirada para discernir las cosas de Dios. En realidad estaban ciegos. El discurso sobre el Buen Pastor enseña dos reglas para poder curar este tipo bastante frecuente de ceguera: (i) Prestar mucha atención a la reacción de las ovejas, pues ellas reconocen la voz del pastor. (ii) Prestar mucha atención a la actitud de aquel que se dice pastor para ver si le interesa verdaderamente la vida de las ovejas, sí o no, y si es capaz de dar la vida por las ovejas.
• Juan 10,16-18: La meta a la que Jesús quiere llegar: un solo rebaño y un solo pastor. Jesús abre el horizonte y dice que hay otras ovejas que no son de este redil. Y ellas no oyeron la voz de Jesús, pero cuando la oigan, se darán cuenta de que él es el pastor y le seguirán. Es la dimensión ecuménica universal.

4) PARA LA REFLEXIÓN PERSONAL


• Pastor-Pastoral. La pastoral en mi parroquia ¿imita la misión de Jesús - Pastor? Y en mi acción pastoral, ¿cuál es mi actitud? ¿Soy pastor como Jesús?
• ¿Has tenido ya la experiencia de haber sido engañado por un falso pastor? ¿Cómo procurar superarlo?

5) ORACIÓN FINAL


Como anhela la cierva los arroyos,
así te anhela mi ser, Dios mío.
Mi ser tiene sed de Dios,
del Dios vivo;
¿cuándo podré ir a ver
el rostro de Dios? (Sal 42,2-3)

Evangelio - Lunes 4º Semana de Pascua

† Lectura del santo Evangelio según san Juan 10, 1-10
Gloria a ti, Señor.
En aquel tiempo dijo Jesús a los fariseos:
"Les aseguro que quien no entra por la puerta al corral de las ovejas, sino por otra parte, es ladrón y bandido. El pastor de las ovejas entra por la puerta. A éste le abre el guardián y las ovejas escuchan su voz; él las llama por su nombre y las saca fuera del corral. Cuando han salido todas las suyas, se pone al frente de ellas, y las ovejas lo siguen, pues conocen su voz. En cambio, nunca siguen a un extraño, sino que huyen de él, porque su voz les resulta desconocida".
 
Jesús les puso esta comparación, pero ellos no comprendieron su significado. Entonces añadió Jesús:
"Les aseguro que yo soy la puerta de las ovejas. Todos los que vinieron antes que yo, eran
 
ladrones y bandidos, por eso las ovejas no les hicieron caso. Yo soy la puerta. Todo el que entre en el corral de las ovejas por esta puerta, estará a salvo, y sus esfuerzos por buscar el alimento no serán en vano. El ladrón va al rebaño únicamente para robar, matar y destruir. Yo he venido para dar vida a los hombres y para que la tengan en plenitud".
Palabra del Señor.
Gloria a ti, Señor Jesús.

 Meditación diaria
Pascua. 4ª semana. Lunes
DESEOS DE SANTIDAD
— Querer ser santos es el primer paso necesario para recorrer el camino hasta el final. Deseos sinceros y eficaces.
Mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo. Como el ciervo desea las fuentes de las aguas, así te desea mi alma, oh Dios... ¿Cuándo vendré y apareceré ante la cara de Dios?1. Así rezamos en la liturgia de la Misa. El ciervo que busca saciar su sed en la fuente es la figura que emplea el salmista para descubrir el deseo de Dios que anida en el corazón de un hombre recto: ¡sed de Dios, ansias de Dios! He aquí la aspiración de quien no se conforma con los éxitos que el mundo ofrece para satisfacer las ilusiones humanas. ¿De qué le sirve al hombre ganar todo el mundo, si luego pierde su alma?2. Esta pregunta de Jesús nos sitúa de un modo radical ante el grandioso horizonte de nuestra vida, de una vida cuya razón última está en Dios. ¡Mi alma tiene sed de Dios! Los santos fueron hombres y mujeres que tuvieron un gran deseo de saciarse de Dios, aun contando con sus defectos. Cada uno de nosotros puede preguntarse: ¿tengo verdaderamente ganas de ser santo? Es más, ¿me gustaría ser santo? La respuesta sería afirmativa, sin duda: sí. Pero debemos procurar que no sea una respuesta teórica, porque la santidad para algunos puede ser «un ideal inasequible, un tópico de la ascética, pero no un fin concreto, una realidad viva»3. Nosotros queremos hacerla realidad con la gracia del Señor.
Así te desea mi alma, oh Dios. Hemos de comenzar por fomentar en nuestra alma el deseo de ser santos, diciendo al Señor: «quiero ser santo»; o, al menos, si me encuentro flojo y débil, «quiero tener deseos de ser santo». Y para que se disipe la duda, para que la santidad no se quede en sonido vacío, volvamos nuestra mirada a Cristo: «El divino Maestro y Modelo de toda perfección, el Señor Jesús, predicó a todos y cada uno de sus discípulos, cualquiera que fuese su condición, la santidad de vida, de la que Él es iniciador y consumador: Sed, pues, perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto (Mt 5, 48)»4.
Él es el iniciador. Si no fuera así, nunca se nos habría ocurrido la posibilidad de aspirar a la santidad. Pero Jesús la plantea como un mandato: sed perfectos, y por eso no es extraño que la Iglesia haga sonar con fuerza esas palabras en los oídos de sus hijos: «Quedan, pues, invitados y aun obligados todos los fieles cristianos a buscar insistentemente la santidad y la perfección dentro de su estado»5.
Como consecuencia, ¡qué clara ha de ser nuestra ansia de santidad! En la Sagrada Escritura, el profeta Daniel es llamado vir desideriorum, «varón de deseos»6. ¡Ojalá cada uno mereciese ese apelativo! Porque tener deseos, querer ser santos, es el paso necesario para tomar la decisión de emprender un camino con el firme propósito de recorrerlo hasta el final: «... aunque me canse, aunque no pueda, aunque reviente, aunque me muera»7.
«Deja que se consuma tu alma en deseos... Deseos de amor, de olvido, de santidad, de Cielo... No te detengas a pensar si llegarás alguna vez a verlos realizados –como te sugerirá algún sesudo consejero–: avívalos cada vez más, porque el Espíritu Santo dice que le agradan los “varones de deseos”.
»Deseos operativos, que has de poner en práctica en la tarea cotidiana»8.
Por tanto, es preciso que examinemos si nuestros deseos de santidad son sinceros y eficaces; más aún, si los tomamos como una «obligación» –como hemos visto que dice el Concilio Vaticano II– de fiel cristiano, que responde a los requerimientos divinos. En ese examen quizá encontremos la explicación de tanta debilidad, de tanta desgana en la lucha interior. «Me dices que sí, que quieres. —Bien, pero ¿quieres como un avaro quiere su oro, como una madre quiere a su hijo, como un ambicioso quiere los honores o como un pobrecito sensual su placer?
»—¿No? —Entonces no quieres»9.
Alimentemos esos deseos con la virtud de la esperanza: solo se puede querer eficazmente algo cuando hay esperanza de conseguirlo. Si se considera imposible, si pensamos que una meta no es para nosotros, tampoco la desearemos realmente; y nuestra esperanza teologal se fundamenta en Dios.
— El aburguesamiento y la tibieza matan los deseos de santidad. Estar vigilantes.
La conversión del centurión Cornelio, que se lee en la Primera lectura de la Misa, demuestra que Dios no hace acepción de personas. San Pedro explica a los demás lo que ha sucedido: el Espíritu Santo descendió sobre ellos, así como sobre nosotros al principio10.
La fuerza del Espíritu Santo no conoce límites ni barreras. Tampoco –como en el caso de Cornelio, que no pertenecía a la raza ni al pueblo judío– en nuestra vida personal. Por una parte, hemos de desear ser santos; por otra, si Dios no construye la casa, en vano trabajan los que la edifican11. La humildad nos llevará a contar siempre y ante todo con la gracia de Dios. Luego vendrá nuestro esfuerzo por adquirir virtudes y por vivirlas continuamente; junto a ese empeño, nuestro afán apostólico, pues no podemos pensar en una santidad personal que ignora a los demás, que no se preocupa de la caridad, porque eso es un contrasentido; y, por último, nuestro deseo de estar con Cristo en la Cruz, es decir, de ser mortificados, de no rehuir el sacrificio ni en lo pequeño, ni en lo grande si es preciso.
Hemos de estar prevenidos para no acercarnos a Dios con regateos, sin renuncias, tratando de hacer compatible el amor a Dios con lo que no le agrada. Debemos vigilar para alimentar continuamente en la oración nuestros deseos de santidad, pidiendo a Dios que sepamos luchar todos los días, que sepamos descubrir en el examen de conciencia en qué puntos se está apagando nuestro amor. Los deseos de santidad se harán realidad en el cumplimiento delicado de nuestros actos de piedad, sin abandonarlos ni retrasarlos por cualquier motivo, sin dejarnos llevar por el estado de ánimo ni por los sentimientos, pues «el alma que ama a Dios de veras no deja por pereza de hacer lo que pueda para encontrar al Hijo de Dios, su Amado. Y después que ha hecho todo lo que puede, no se queda satisfecha, pues piensa que no ha hecho nada»12.
La humildad es la virtud que no nos dejará satisfacernos ingenuamente en lo que hemos hecho ni quedarnos solo en deseos teóricos, pues siempre nos hará ver que podemos hacer más para traducir en obras de amor nuestros deseos, impidiendo que la realidad de nuestros pecados, ofensas y negligencias dé por tierra con nuestras ilusiones. La humildad, pues, no corta las alas a los deseos, sino al contrario: nos hace comprender la necesidad de recurrir a Dios para convertirlos en realidades. Con la gracia divina haremos todo lo posible para que las virtudes se desarrollen en nuestra alma, quitando obstáculos, alejándonos de las ocasiones de pecar y resistiendo con valentía a las tentaciones.
— Contar con la gracia de Dios y con el tiempo. Evitar el desánimo en la lucha por mejorar.
Mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo. ¿Es compatible esa sed con la experiencia de nuestros defectos e incluso de nuestras caídas? Sí, porque santos son, no los que no han pecado nunca, sinolos que se han levantado siempre. Renunciar a la santidad porque nos vemos llenos de defectos es un modo encubierto de soberbia y una evidente cobardía, que acabará ahogando nuestras ansias de Dios. «Es propio de un alma cobarde y que no tiene la virtud vigorosa de confiar en las promesas del Señor, el abatirse demasiado y sucumbir ante las adversidades»13.
Dejar a Dios, abandonar la lucha porque tenemos defectos o porque existen adversidades es un grave error, una tentación muy sutil y muy peligrosa, que nos puede llevar a una manifestación de soberbia, que es la pusilanimidad, falta de ánimo y valor para tolerar las desgracias o para intentar cosas grandes. Quizá no necesitemos hacernos falsas ilusiones, porque quisiéramos ser santos en un día, y eso no es posible, salvo que Dios decidiera hacer un milagro, que no tiene por qué hacer, ya que nos da continua y progresivamente –por conductos ordinarios– las gracias que necesitamos.
El deseo de ser santos, cuando es eficaz, es el impulso consciente y decidido que nos lleva a poner los medios necesarios para alcanzar la santidad. Sin deseos, no hay nada que hacer; ni siquiera se intenta. Con deseos solo, no basta. «Hay pues, que tener paciencia, y no pretender desterrar en un solo día tantos malos hábitos como hemos adquirido, por el poco cuidado que tuvimos de nuestra salud espiritual»14.
Dios cuenta con el tiempo y tiene paciencia con cada uno de nosotros. Si nos desanimamos ante la lentitud de nuestro adelanto espiritual, hemos de recordar lo pésimo que es apartarse del bien, detenerse ante la dificultad y descorazonarse por nuestros defectos. Precisamente Dios puede concedernos más luz para ver mejor nuestra conciencia y para que emprendamos con más ánimo la lucha en nuevos frentes de batalla, recordando que los santos se han considerado siempre grandes pecadores, de ahí que procurasen esforzadamente acercarse más a Dios por medio de la oración y de la mortificación, confiados en la misericordia divina: «Esperemos con paciencia que vamos a mejorar y, en vez de inquietarnos por haber hecho poca cosa en el pasado, procuremos con diligencia hacer más en el futuro»15.
Como el ciervo desea las fuentes de las aguas, así te desea mi alma, oh Dios. Mantengamos vivo el deseo de Dios; encendamos cada día la hoguera de nuestra fe y de nuestra esperanza con el fuego del amor a Dios, que aviva nuestras virtudes y quema nuestra miseria, y saciaremos nuestra sed de santidad con el agua que salta hasta la vida eterna16.
1 Sal. 41. Salmo responsorial. — 2 Mt 16, 26. — 3 San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, 96. — 4 Conc. Vat. II, Lumen gentium, 40. — 5 Ibídem, 42. — 6 Dan 9, 23. — 7 Santa Teresa, Camino de perfección, 21, 2. — 8 San Josemaría Escrivá, Surco, n. 628. — 9 ídem, Camino, n. 316. — 10 Hech 11, 15-17. — 11 Sal 126, 1. — 12 San Juan de la Cruz, Cántico espiritual, 3, 1. — 13 San Basilio, Homilía sobre la alegría, en F. Fernández Carvajal, Antología de textos, n. 1781. — 14 J. Tissot, El arte de aprovechar nuestras faltas, Palabra, 11ª ed., Madrid 1986, p. 14. — 15 Ibídem, pp. 24-25. — 16 Cfr. Jn 4, 14.
________________________________________________________________________________
Otro comentario:  San Juan Pablo II (1920-2005), papa
Homilía del 16/10/2003, en el 25 aniversario de su pontificado

El buen pastor
                       
    "El buen pastor da su vida por sus ovejas" (Jn 10,11) Cuando Jesús pronunció estas palabras, los apóstoles no sabían que hablaba de él mismo. Incluso Juan, el apóstol amado, tampoco lo sabía. Lo ha comprendido en el Calvario, al pie de la cruz, viendo como ofrecía su vida por sus ovejas. Cuando llegó el momento, para él y para los demás apóstoles, de asumir esta misma misión, es cuando se acordaron de las palabras de Jesús. Se dieron cuenta de que serían capaces de llevar a cabo esta misión hasta el final, solamente porque Jesús había asegurado que sería él mismo quien actuaría en ellos. Particularmente, Pedro, era consciente de ello, él "el testigo de la Pasión de Cristo" (1P 5,1), que exhortaba a los ancianos de la Iglesia con estas palabras: "Sed los pastores del rebaño de Dios que os ha sido confiado" (1P 5,2).

    A lo largo de los siglos, los sucesores de los apóstoles, guiados por el  Espíritu Santo han continuado su misión de reunir el rebaño de Cristo y conducirlo hacia el Reino de los Cielos, conscientes de que ellos mismos no pueden asumir una responsabilidad tal, mas que "por Cristo, con Cristo y en Cristo".

    Yo mismo he tomado conciencia de ello cuando el Señor me ha llamado a ejercer la misión de Pedro en esta ciudad muy amada de Roma y al servicio del mundo entero. Desde el principio de mi pontificado, mis pensamientos, mis oraciones y mis acciones todas han estado animadas por un único deseo: dar testimonio de que Cristo, el Buen Pastor, está presente y actuante en la Iglesia. Él va continuamente buscando a la oveja perdida, la lleva al redil, cura sus heridas; pone toda su atención en la oveja débil y enferma, y protege a la robusta (Ez 34,16). Es por eso que, desde el primer día, no he dejado de exhortar: "¡No tengáis miedo de acoger a Cristo, de aceptar su poder!" Y yo lo repito aún hoy con fuerza: "¡Abrid, abrid todas las puertas a Cristo! ¡Dejaos guiar por él! ¡Tened confianza en su amor!"

Otro comentario: Rev. D. Antoni CAROL i Hostench (Sant Cugat del Vallès, Barcelona, España)
La "libertad crucificada" de Cristo
Hoy caemos de rodillas ante el esplendor de la "Libertad Infinita" crucificada. Jesús se nos presenta como el "buen pastor". Pero no se trata de palabras bonitas: ¡es la realidad! Él, literalmente, da la vida por los suyos. Y lo hace con la plena libertad del amor. 

Jesucristo predijo su pasión y la soberanía —libertad— con que iba a entregarse: dio la vida y la recobró (resucitó) cuando quiso. Eso sólo puede hacerlo Alguien que sea Dios. Su muerte en la Cruz es un acto de amor: está allí porque quiere sacrificarse por sus hermanos. No es un accidente, ni una ejecución. Es Dios y actúa con infinita libertad. Pero una libertad vivida conforme su verdadero destino: no para entretenerse, sino para entregarse. 

—Jesús, Tú antes del Calvario nos regalaste tu sufrimiento, ahora escondido en la Eucaristía. En Getsemaní pudiste vencer a tus detractores, que cayeron por tierra cuando oyeron de ti "soy yo"... Pero te dejaste prender. ¡Llévame contigo!

Otro comentario: + Rev. D. Josep VALL i Mundó (Barcelona, España)
Yo soy el buen pastor
Hoy, nos dice Jesús: «Yo soy el buen pastor» (Jn 10,11). Comentando santo Tomás de Aquino esta afirmación, escribe que «es evidente que el título de “pastor” conviene a Cristo, ya que de la misma manera que un pastor conduce el rebaño al pasto, así también Cristo restaura a los fieles con un alimento espiritual: su propio cuerpo y su propia sangre». Todo comenzó con la Encarnación, y Jesús lo cumplió a lo largo de su vida, llevándolo a término con su muerte redentora y su resurrección. Después de resucitado, confió este pastoreo a Pedro, a los Apóstoles y a la Iglesia hasta el fin del tiempo.

A través de los pastores, Cristo da su Palabra, reparte su gracia en los sacramentos y conduce al rebaño hacia el Reino: Él mismo se entrega como alimento en el sacramento de la Eucaristía, imparte la Palabra de Dios y su Magisterio, y guía con solicitud a su Pueblo. Jesús ha procurado para su Iglesia pastores según su corazón, es decir, hombres que, impersonándolo por el sacramento del Orden, donen su vida por sus ovejas, con caridad pastoral, con humilde espíritu de servicio, con clemencia, paciencia y fortaleza. San Agustín hablaba frecuentemente de esta exigente responsabilidad del pastor: «Este honor de pastor me tiene preocupado (...), pero allá donde me aterra el hecho de que soy para vosotros, me consuela el hecho de que estoy entre vosotros (...). Soy obispo para vosotros, soy cristiano con vosotros».

Y cada uno de nosotros, cristianos, trabajamos apoyando a los pastores, rezamos por ellos, les amamos y les obedecemos. También somos pastores para los hermanos, enriqueciéndolos con la gracia y la doctrina que hemos recibido, compartiendo preocupaciones y alegrías, ayudando a todo el mundo con todo el corazón. Nos desvivimos por todos aquellos que nos rodean en el mundo familiar, social y profesional hasta dar la vida por todos con el mismo espíritu de Cristo, que vino al mundo «no a ser servido, sino a servir» (Mt 20,28).

Otro comentario:   Dios dio la vida por ti

Sí, Dios te Ama, te Ama a ti, y a ti, y a todos, porque todos sois hijos de Dios; ninguno es indiferente, para Dios todos son Amados, los quiere tanto que vivió en la tierra, enseñando su doctrina, padeciendo por tus pecados, y los de todos, y entregando su vida para que en su Nombre, Jesús, tú, y tú, y todos, puedan ir al Cielo, donde te espera para amarte eternamente, ETERNAMENTE.
P. Jesús