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sábado, 11 de enero de 2014

Lectio Divina - Sábado 11 de Enero - Después de Epifanía

Lectio: 
 
Sábado, 11 Enero, 2014  

1) Oración inicial
Dios todopoderoso: tú que has anunciado al mundo, por medio de la estrella, el nacimiento del Salvador, manifiéstanos siempre este misterio y haz que cada día avancemos en su contemplación. Por nuestro Señor. Amen.
2) Lectura
Del santo Evangelio según Lucas 5,12-16
Estando en una ciudad, se presentó un hombre cubierto de lepra que, al ver a Jesús, se echó rostro en tierra y le rogó diciendo: «Señor, si quieres, puedes limpiarme.» Él extendió la mano, le tocó y dijo: «Quiero, queda limpio.» Y al instante le desapareció la lepra. Le ordenó que no se lo dijera a nadie. Y añadió: «Vete, preséntate al sacerdote y haz la ofrenda por tu purificación como prescribió Moisés, para que les sirva de testimonio.»
Su fama se extendía cada vez más y una numerosa multitud afluía para oírle y ser curados de sus enfermedades. Pero él se retiraba a los lugares solitarios, donde oraba.
3) Reflexión
• Un leproso llega cerca de Jesús. Era un excluido. Debía vivir alejado de los demás. ¡Quien lo tocara quedaría impuro! Pero aquel leproso tenía mucho valor. Transgredió las normas de la religión para poder llegar cerca de Jesús. Dice:Señor si quieres, puedes limpiarme. O sea: “¡No necesitas tocarme! ¡Basta con que el Señor quiera para que yo quede sano!” La frase revela dos enfermedades: 1) la enfermedad de la lepra que vuelve a alguien impuro; 2) la enfermedad de la soledad a la que estaba condenado por la sociedad y por la religión. Revela también una gran fe del hombre en el poder de Jesús. Profundamente compadecido, Jesús cura las dos enfermedades. Primero, para curar la soledad, toca al leproso. Es como si dijera: “Para mí, tú no eres un excluido. ¡Yo te acojo como hermano¡” Luego, cura la lepra diciendo: ¡Lo quiero¡ ¡Queda limpio! 
• Para poder entrar en contacto con Jesús, el leproso había transgredido las normas de la ley. Asimismo, para poder ayudar a aquel excluido y revelarle así un nuevo rostro de Dios, Jesús no sigue las normas de su religión y toca al leproso. En aquel tiempo, quien tocaba a un leproso era considerado impuro por las autoridades religiosas y por la ley de la época. 
• Jesús no sólo cura, sino que además quiere que la persona curada pueda convivir. Reintegra a la persona en la convivencia. En aquel tiempo, para que un leproso fuera acogido de nuevo en la comunidad, necesitaba de un certificado de curación de parte de un sacerdote. Es como hoy. El enfermo sale del hospital sólo con un documento firmado por el médico de la planta. Jesús obliga al leproso curado a que busque un documento, para que pueda convivir con normalidad. Obliga a las autoridades a que reconozcan que el hombre ha sido curado. 
• Jesús prohibió al leproso que hablara de la curación. El evangelio de Marcos informa que esta prohibición no fue respetada. El leproso, en cuanto salió, empezó a hablar y a contar detalladamente todo el asunto. Resultó que Jesús ya no podía entrar públicamente en el pueblo; tenía que andar por las afueras, en lugares apartados (Mc 1,45). ¿Por qué? Porque Jesús había tocado al leproso. Por esto, según la opinión de la religión de aquel tiempo, ahora él mismo era un impuro y tenía que vivir apartado de todos. No podía entrar en las ciudades. Y Marcos manifiesta que al pueblo poco le importaban estas normas oficiales, pues de todas parte llegaban a donde él estaba (Mc 1,45). ¡Subversión total!
• El doble mensaje que Lucas y Marcos dan a las comunidades de su tiempo y a todos nosotros es éste: 
1) anunciar la Buena Nueva es dar testimonio de la experiencia concreta que se tiene de Jesús. El leproso, ¿qué anuncia? Cuenta a los demás el bien que Jesús le ha hecho. ¡Sólo esto! ¡Todo esto! Y este testimonio lleva a los demás a aceptar la Buena Nueva de Dios que Jesús nos trajo. 
2) Para llevar la Buena Nueva de Dios a la gente, no hay que tener miedo de transgredir las normas religiosas que son contrarias al proyecto de Dios y que dificultan la comunicación, el diálogo y la vivencia del amor. Aunque esto conlleve dificultades para la gente, como lo fue para Jesús.

4) Para la reflexión personal
• Para ayudar al prójimo, Jesús transgredió la ley de la pureza. ¿Existen hoy leyes en la iglesia que dificultan o impiden la práctica del amor hacia el prójimo?
• Para poder ser curado el leproso tiene valor ante la opinión pública de su tiempo. ¿Y yo?

5) Oración final
¡Celebra a Yahvé, Jerusalén,
alaba a tu Dios, Sión!,
que refuerza los cerrojos de tus puertas
y bendice en tu interior a tus hijos. (Sal 147,12-13)

Evangelio - Sábado 11 de Enero - Después de Epifanía

† Lectura del santo Evangelio según san Lucas 5, 12-16
Gloria a ti, Señor.
En aquel tiempo, estando Jesús en un poblado, llegó un leproso; y al ver a Jesús, se postró rostro en tierra suplicando: 
"Señor, si quieres, puedes limpiarme". 
Jesús extendió la mano y lo tocó, diciendo: 
"Quiero, queda limpio". 
Y al momento desapareció la lepra. Jesús le ordenó que no lo dijera a nadie, y añadió: "Ve a presentarte al sacerdote y ofrece por tu purificación lo que Moisés prescribió. Eso les servirá de testimonio".
Y su fama se extendía cada vez más, y las muchedumbres acudían a oírlo y a ser curados de sus enfermedades. Pero él se retiraba a lugares solitarios para orar.
Palabra del Señor.
Gloria a ti, Señor Jesús.

† Meditación diaria
Después de Epifanía
11 de enero
LA OBEDIENCIA DE JESÚS. NUESTRA OBEDIENCIA

— Jesús, modelo de obediencia.
 Después del encuentro en el Templo, Jesús regresó a Galilea con María y José. Y bajó con ellos, y vino a Nazaret, y les estaba sujeto1. El Espíritu Santo ha querido dejar consignado este hecho en el Evangelio. La fuente solo puede provenir de María, que vio una y otra vez la obediencia callada de su Hijo. Es una de las pocas noticias que nos han llegado de estos años de vida oculta: que Jesús les obedecía. «Cristo, a quien el universo está sujeto –comenta San Agustín–, estaba sujeto a los suyos»2. Por obediencia al Padre, se sometió Jesús a quienes en su vida terrena encontró investidos de autoridad; en primer lugar, a sus padres.
Nuestra Señora debió de reflexionar en muchas ocasiones acerca de la obediencia de Jesús, que fue extremadamente delicada y a la vez sencilla y llena de naturalidad. San Lucas nos dice inmediatamente que su madre guardaba todas estas cosas en su corazón3.
Toda la vida de Jesús fue un acto de obediencia a la voluntad del Padre: Yo hago siempre lo que es de su agrado4, nos afirmará más tarde. Y en otra ocasión dijo claramente a sus discípulos: Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado y llevar a cabo su obra5.
El alimento es lo que da energías para vivir. Y Jesús nos dice que la obediencia a la voluntad de Dios –manifestada de formas tan diversas– deberá ser lo que alimente y dé sentido a nuestras vidas. Sin obediencia no hay crecimiento en la vida interior, ni verdadero desarrollo de la persona humana; la obediencia, «lejos de menoscabar la dignidad humana, la lleva por la más amplia libertad de los hijos de Dios, a la madurez»6.
No hay ninguna situación en nuestra vida que sea indiferente para Dios. En cada momento espera de nosotros una respuesta: la que coincide con su gloria y con nuestra personal felicidad. Somos felices cuando obedecemos, porque hacemos lo que el Señor quiere para nosotros, que es lo que nos conviene, aunque en alguna ocasión nos cueste.
La voluntad de Dios se nos manifiesta a través de los mandamientos de su Iglesia, de acontecimientos que suceden, y también de personas a quienes debemos obediencia.
— Frutos de la obediencia.
La obediencia es una virtud que nos hace muy gratos al Señor.
En la Sagrada Escritura se nos narra la desobediencia de Saúl a un mandato que había recibido de Yahvé. Y a pesar de su victoria sobre los amalecitas y de los sacrificios que después ofreció el propio rey, el Señor se arrepintió de haberlo hecho rey, y, por boca del profeta Samuel, le dijo: Mejor es la obediencia que las víctimas7. Y comenta San Gregorio: «Con razón se antepone la obediencia a las víctimas; porque mediante la obediencia se inmola la propia voluntad»8. En la obediencia manifestamos nuestra entrega al Señor.
En el Evangelio vemos cómo obedece nuestra Madre Santa María, que se llama a sí misma la esclava del Señor9, manifestando que no tiene otra voluntad que la de su Dios. Obedece San José, y siempre con presteza, las cosas que se le ordenan de parte del Señor10. Es la prontitud en hacer lo mandado, una de las cualidades de la verdadera obediencia.
Los Apóstoles, a pesar de sus limitaciones, saben obedecer. Y porque confían en el Señor echan la red a la derecha de la barca11, donde les ha dicho Jesús, y obtienen una pesca abundante, a pesar de no ser la hora oportuna y de tener experiencia de que aquel día parecía no haber un solo pez en todo el lago. La obediencia y la fe en la palabra del Señor hacen milagros.
Muchas gracias y frutos van unidos a la obediencia. Los diez leprosos son curados por la obediencia a las palabras del Señor: Id y mostraos a los sacerdotes. Y sucedió que, mientras iban, quedaron limpios12. Y lo mismo le ocurrió a aquel ciego a quien el Señor le puso lodo en los ojos, y le dijo: anda, y lávate en la piscina de Siloé, que significa el Enviado. Fue, pues, el ciego y se lavó allí, y volvió con vista13. «¡Qué ejemplo de fe segura nos ofrece este ciego! Una fe viva, operativa. ¿Te conduces tú así con los mandatos de Dios, cuando muchas veces estás ciego, cuando en las preocupaciones de tu alma se oculta la luz? ¿Qué poder encerraba el agua, para que al humedecer los ojos fueran curados? Hubiera sido más apropiado un misterioso colirio, una preciosa medicina preparada en el laboratorio de un sabio alquimista. Pero aquel hombre cree, pone por obra el mandato de Dios y vuelve con los ojos llenos de claridad»14. ¡Cuántas veces vamos a encontrar la luz nosotros también en esa persona puesta por Dios para que nos guíe y nos cure si somos dóciles en la obediencia! Dios Padre otorga el Espíritu Santo a los que obedecen15, se lee en los Hechos de los Apóstoles.
El Evangelio nos muestra muchos ejemplos de personas que supieron obedecer: los sirvientes de Caná de Galilea16, los pastores de Belén17, los Magos18... Todos recibieron abundantes gracias de Dios.
«La obediencia hace meritorios nuestros actos y sufrimientos de tal modo que, de inútiles que estos últimos pudieran parecer, pueden llegar a ser muy fecundos. Una de las maravillas realizadas por nuestro Señor es haber hecho que fuera provechosa la cosa más inútil, como es el dolor. Él lo ha glorificado mediante la obediencia y el amor. La obediencia es grande y heroica cuando por cumplirla está uno dispuesto a la muerte y a la ignominia»19.
— Obediencia y libertad. Obediencia por amor.
«Jesucristo, en cumplimiento de la voluntad del Padre, inauguró en la tierra el Reino de los cielos, nos reveló su misterio y realizó la redención con su obediencia»20. Y San Pablo nos dice que se humilló, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz21. En Getsemaní, la obediencia de Jesús alcanza su punto culminante, cuando renuncia completamente a su voluntad para aceptar la carga de todos los pecados del mundo y así redimirnos: Padre, dice (...), no se haga lo que yo quiero sino lo que quieres tú22. No nos extrañe si al abrazar la obediencia nos encontramos con la cruz. La obediencia exige, por amor a Dios, la renuncia a nuestro yo, a nuestra más íntima voluntad. Sin embargo, Jesús ayuda y facilita el camino, si somos humildes. «Díjome una vez (el Señor) –cuenta Santa Teresa–, que no era obedecer sino estar determinada a padecer, que pusiese los ojos en lo que Él había padecido y todo se me haría fácil»23.
Cristo obedece por amor, ese es el sentido de la obediencia cristiana: la que se debe a Dios y a sus mandamientos, la que se debe a la Iglesia, a los padres –a sus mandatos y a la doctrina del Magisterio–, y la que afecta a aquellas cosas más íntimas de nuestra alma. En todos los casos, de forma más o menos directa, estamos obedeciendo a Dios a través de las autoridades. Y no quiere el Señor servidores de mala gana, sino hijos que desean cumplir su voluntad.
La obediencia, que siempre supone sujeción y entrega, no es falta de libertad ni de madurez. Hay vínculos que esclavizan y otros que liberan. La cuerda que une al alpinista con sus compañeros de escalada no es atadura que perturbe, sino vínculo que da seguridad y evita la caída al abismo. Y los ligamentos que unen las partes del cuerpo no son ataduras que impiden los movimientos, sino garantía de que estos se realicen con soltura, armonía y firmeza.
Por el contrario, la verdadera libertad se ve amenazada por la sensualidad desordenada, la estrechez de pensamiento originada en el egoísmo y en la voluntad individualista. Estos obstáculos son superados por la obediencia que eleva y ensancha la propia personalidad.
La obediencia, lleva también consigo la educación verdadera del carácter y una gran paz en el alma, frutos del sacrificio y de la entrega de la propia voluntad por un bien más alto. Sirviendo a Dios, a través de la obediencia, se adquiere la verdadera libertad: Deo servire, regnare est. Servir a Dios es reinar... Te pedimos, Señor, que quienes nos gloriamos de obedecer los mandatos de Cristo, Rey del Universo, vivamos eternamente con Él en el reino de los Cielos24.
Si nos ponemos muy cerca de la Virgen aprenderemos con facilidad a obedecer con prontitud, alegría y eficacia. «Tratemos de aprender, siguiendo su ejemplo en la obediencia a Dios, en esa delicada combinación de esclavitud y de señorío. En María no hay nada de aquella actitud de las vírgenes necias, que obedecen, pero alocadamente. Nuestra Señora oye con atención lo que Dios quiere, pondera lo que no entiende, pregunta lo que no sabe. Luego, se entrega toda al cumplimiento de la voluntad divina: he aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra (Lc 1, 38)»25.
1 Lc 2, 51. — 2 San AgustínSermón 51, 19. — 3 Lc 2, 51. — 4 Jn 8, 29. — 5 Jn 4, 34. — 6 Conc. Vat. II, Decr. Perfectae caritatis, 14. — 7 1 Sam 15, 22. — 8 San Gregorio MagnoMoralia, 14. — 9 Lc 1, 38. — 10 Cfr. Mt 2, 13-15. — 11 Jn 21, 6. —12 Lc 17, 14. — 13 Jn 9, 6-7. — 14 San Josemaría EscriváAmigos de Dios, 193. —15 Hech 5, 32. — 16 Cfr. Jn 2, 3 ss. — 17 Cfr. Lc 2, 18. — 18 Cfr. Mt 2, 1-12. — 19R. Garrigou LagrangeLas tres edades de la vida interior, vol. II, p. 683. — 20 Conc. Vat. II, Const. Lumen gentium, 3. — 21 Flp 2, 8. — 22 Mc 14, 36. — 23 Santa Teresa,Vida, 26. — 24 Oración después de la Comunión. — 25 San Josemaría EscriváEs Cristo que pasa, 173.                                                                            ____________________________________________________________________________________________

Otro comentario: REDACCIÓN evangeli.net (elaborado a partir de textos de Benedicto XVI) (Città del Vaticano, Vaticano)
Jesús se convirtió en "leproso" para que nosotros fuéramos purificados
Hoy, Jesús no evita el contacto con este hombre; más aún, impulsado por una íntima participación en su condición, extiende su mano y lo toca, y le dice: "Quiero, queda limpio". 

En ese gesto y en esas palabras de Cristo está toda la historia de la salvación, está encarnada la voluntad de Dios de curarnos, de purificarnos del mal que nos desfigura y arruina nuestras relaciones. En aquel contacto entre la mano de Jesús y el leproso queda derribada toda barrera entre Dios y la impureza humana, entre lo sagrado y su opuesto, no para negar el mal y su fuerza negativa, sino para demostrar que el amor de Dios es más fuerte que cualquier mal, incluso más que el más contagioso y horrible. Jesús tomó sobre sí nuestras enfermedades, se convirtió en "leproso" para que nosotros fuéramos purificados.

—A través de su Madre es siempre Jesús quien sale a nuestro encuentro para liberarnos de toda enfermedad del cuerpo y del alma. ¡Dejémonos tocar y purificar por Él!

Otro comentario: Rev. D. Santi COLLELL i Aguirre (La Garriga, Barcelona, España)
Su fama se extendía cada vez más
Hoy tenemos una gran responsabilidad en hacer que «su fama» (Lc 5,15) continúe extendiéndose, sobre todo, a todos aquellos y aquellas que no le conocen o que, por diversas razones y circunstancias, se le han alejado.

Pero este contagio no será posible si antes nosotros, cada uno y cada una, no hemos sido capaces de reconocer nuestras propias “lepras” particulares y de acercarnos a Cristo habiendo tomado conciencia de que sólo Él nos puede liberar de manera eficaz de todos nuestros egoísmos, envidias, orgullos y rencores...

Que la fama de Cristo se extienda a todos los rincones de nuestra sociedad depende, en gran medida, de los “encuentros particulares” que hayamos tenido con Él. Cuanto más y más intensamente nos impregnemos de su Evangelio, de su amor, de su capacidad de escuchar, de acoger, de perdonar, de aceptar al otro (por diferente que sea), más capaces seremos de darlo a conocer a nuestro entorno.

El leproso del Evangelio que hoy se lee en la Eucaristía es alguien que ha hecho un doble ejercicio de humildad. El de reconocer cuál es su mal y el de aceptar a Jesús como a su Salvador. Cristo es quien nos da la oportunidad de hacer un cambio radical y profundo en nuestra vida. Ante todo aquello que nos es impedimento para el amor y que se ha enquistado en nuestros corazones y en nuestras vidas, Cristo, con su testimonio de vida y de Vida Nueva, nos propone una alternativa totalmente real y posible. La alternativa del amor, de la ternura, de la misericordia. Jesús, ante quien es diferente a Él (el leproso) no huye, no se lo saca de encima, no lo “factura” a la administración, ni a las instituciones o a las “ong's”. Cristo acepta el reto del encuentro, y al “enfermo” le ofrece aquello que necesita, la curación/purificación.

Nosotros tenemos que ser capaces de ofrecer a los que se acercan a nuestras vidas aquello que hemos recibido del Señor. Pero antes será necesario habernos encontrado con Él y renovar nuestro compromiso de vivir su Evangelio en las pequeñas cosas de cada día.

 Otro comentario: Ve a Dios
Estamos de acuerdo, sí, los dos, tú y yo; Dios existió desde siempre, Dios impulsó a todo a hacerse tal y como lo planeó Dios. Dios hace planes y otros los cumplen y se obra la voluntad de Dios.
¡Vaya, cuántos habéis venido hoy!
Pero te veo a ti, sí, a ti, que estás enfermo, que sufres y quieres un milagro; ¡los milagros los hace Dios!; orar por ti, amigo-a, que sufres tanto, lo pueden hacer todos los que quieran; ¡ya oigo las primeras oraciones de los que te aman tanto!, sí, esos que te han hablado de mí, de que soy un buen sacerdote, y que hago unas homilías distintas; incluso sé que a algunos les recuerdo a Jesús, Dios, eso dicen de mí, sí, lo sé, pero ellos no vieron a Jesús en persona, ¿cómo lo saben, pues?...
Amigos, os propongo un pacto, no de esos de sangre, que salen en alguna película, sino un acuerdo entre amigos, sí, entre tú y yo; ¿qué te parece si empezamos a cambiar al mundo para mejor, con un pacto de amistad con Dios?; ¿qué tal si oramos más y mejor?...
Como ves, no sólo debes rezar por ti, también por los demás. ¿Pacto?... ¿pactamos? De acuerdo. Entonces, te espero mañana para proponerte algo aún mejor que lo que te he propuesto hoy. ¡Hasta mañana, amigo-a!

P. Jesús




viernes, 10 de enero de 2014

Lectio - Viernes 10 de Enero 2014


Lectio: 
 Viernes, 10 Enero, 2014  
Tiempo de Navidad

1) Oración inicial
¡Oh Dios, que por medio de tu Hijo has hecho clarear para todos los pueblos la aurora de tu eternidad!, concede a tu pueblo reconocer la gloria de su Redentor y llegar un día a la luz eterna. Por nuestro Señor. Amen.
2) Lectura
Del santo Evangelio según Lucas 4,14-22a
Jesús volvió a Galilea por la fuerza del Espíritu y su fama se extendió por toda la región. Iba enseñando en sus sinagogas, alabado por todos.
Vino a Nazaret, donde se había criado, entró, según su costumbre, en la sinagoga el día de sábado, y se levantó para hacer la lectura. Le entregaron el volumen del profeta Isaías, desenrolló el volumen y halló el pasaje donde estaba escrito:
El Espíritu del Señor sobre mí, porque me ha ungido para anunciar a los pobres la Buena Nueva,
me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, para dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor.
Enrolló el volumen, lo devolvió al ministro y se sentó. En la sinagoga todos los ojos estaban fijos en Él. Comenzó, pues, a decirles: «Esta Escritura que acabáis de oír se ha cumplido hoy.» Y todos daban testimonio de él y estaban admirados de las palabras llenas de gracia que salían de su boca.
3) Reflexión
• Animado por el Espíritu Santo, Jesús vuelve a Galilea e inicia a anunciar la Buena Noticia del Reino de Dios. Yendo por las comunidades y enseñando en las sinagogas llega a Nazaret, donde se había criado. Volvía a la comunidad en la que, desde pequeño, había participado en las celebraciones durante treinta años. El sábado siguiente, según acostumbraba, va a la sinagoga para estar con la gente y participar en la celebración. 
• Jesús se levanta para hacer la lectura. Escoge el texto de Isaías que habla de los pobres, de los presos, de los ciegos y de los oprimidos. El texto refleja la situación de la gente de Galilea en el tiempo de Jesús. En nombre de Dios, Jesús toma postura en defensa de su pueblo y, usando las palabras de Isaías, define su misión: anunciar la Buena Nueva a los pobres, proclamar la libertad a los cautivos y a los ciegos que pronto van a ver, despedir libres a los oprimidos. Retomando la antigua tradición de los profetas, proclama “un año de gracia del Señor”. Proclama un año de jubileo. Jesús quiere reconstruir la comunidad, el clan, para que fuera de nuevo expresión de su fe en Dios. Así que si Dios es Padre/Madre, todos y todas debemos ser hermanos y hermanas unos de otros. 
• En el antiguo Israel, la gran familia o el clan o la comunidad, era la base de la convivencia social. Era la protección de las familias y de las personas, la garantía de la posesión de la tierra, el cauce principal de la tradición y de la defensa de la identidad del pueblo. Era la forma concreta en que el amor de Dios se encarnaba en el amor del prójimo. Defender el clan, la comunidad, era lo mismo que defender la Alianza con Dios. En la Galilea del tiempo de Jesús, un doble cautiverio marcaba la vida de la gente y estaba contribuyendo en la desintegración del clan, de la comunidad: el cautiverio de la política del gobierno de Herodes Antipas (4 aC a 39 dC) y el cautiverio de la religión oficial. A causa del sistema de explotación y de represión de la política de Herodes Antipas, apoyada por el Imperio Romano, muchas personas eran excluidas, quedaban sin hogar y sin empleo (Lc 14,21; Mt 20,3.5-6). El clan, la comunidad, se quedó debilitada. Las familias y las personas quedaron sin ayuda, sin defensa. Y la religión oficial, mantenida por las autoridades religiosas de la época, en vez de fortalecer la comunidad, para que pudiera acoger a los excluidos, reforzó aún más ese cautiverio. La Ley de Dios se usaba para legitimar la exclusión de mucha gente: mujeres, niños, samaritanos, extranjeros, leprosos, poseídos, publicanos, enfermos, mutilados, parapléjicos. Era el contrario de la fraternidad que Dios ¡soñó para todos! Así que, tanto la coyuntura política y económica como la ideología religiosa, todo conspiraba para debilitar la comunidad local e impedir la manifestación del Reino de Dios. El programa de Jesús, basado en el profeta Isaías, ofrecía una alternativa.
• Terminada la lectura, Jesús actualiza el texto y lo enlaza con la vida del pueblo diciendo:“¡Hoy se cumplen estas profecías que acaban de escuchar!” Su manera de enlazar la Biblia con la vida de la gente, produce una doble reacción. Algunos creen y quedan admirados. Otros tienen una reacción de descrédito. Quedan escandalizados y no quieren saber nada de él. Dicen: “¿No es éste el hijo de José?” (Lc 4,22) ¿Por qué se quedan escandalizados? Porque Jesús habla de acoger a los pobres, a los ciegos, a los oprimidos. Pero ellos no aceptan su propuesta. Y así, cuando Jesús presenta su proyecto de acoger a los excluidos, ¡él mismo es excluido!

4) Para la reflexión personal
• Jesús enlaza la fe en Dios con la situación social de su pueblo. Y yo, ¿cómo vivo mi fe en Dios?
• ¿En el lugar donde vivo hay ciegos, presos, oprimidos? ¿Qué hago yo?

5) Oración final
¡Que su fama sea perpetua,
que dure tanto como el sol!
¡Que sirva de bendición a las naciones,
y todas lo proclamen dichoso! (Sal 72,17)

Evangelio - Viernes 10 de Enero - Después de Epifanía

† Lectura del santo Evangelio según san Lucas 4, 14-22a
Gloria a ti, Señor.
En aquel tiempo, con la fuerza del Espíritu, Jesús volvió a Galilea. Iba enseñando en las sinagogas; todos lo alababan y su fama se extendió por toda la región. 
Fue también a Nazaret, donde se había criado; entró en la sinagoga según su costumbre un sábado, y se levantó para hacer la lectura. Se le dio el libro del profeta Isaías, lo desenrolló y encontró el pasaje en que estaba escrito:
 
El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para llevar a los pobres la buena nueva, para anunciar la liberación a los cautivos y la curación a los ciegos, para dar libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor.
Enrolló el libro, lo devolvió al encargado y se sentó. Los ojos de todos los asistentes a la sinagoga estaban fijos en él. Entonces comenzó a decirles:
"Hoy se ha cumplido ante ustedes está profecía".
Todos le daban su aprobación y admiraban la sabiduría de las palabras que había pronunciado.
Palabra del Señor.
Gloria a ti, Señor Jesús.

† Meditación diaria
Después de Epifanía
10 de enero
JESÚS, NUESTRO MAESTRO

— El Señor es el Maestro de todos los hombres. Es nuestro único Maestro.

Al cabo de tres días, lo encontraron en el Templo, sentado en medio de los doctores, escuchándoles y preguntándoles1.
Los rabinos solían comentar en el Templo la Sagrada Escritura. Para los forasteros de Jerusalén era esta la única ocasión de ver y oír a los maestros más relevantes de Israel. Los oyentes tomaban asiento sobre las esteras alrededor del maestro y podían intervenir, y también ser preguntados sobre el texto que se explicaba. Las preguntas y respuestas de Jesús, aunque de acuerdo con su edad, llamaron poderosamente la atención de todos: Cuantos le oían quedaban admirados de su sabiduría y de sus respuestas.
Cuando comience su vida pública, el Evangelista nos dirá que las gentes se maravillaban de su doctrina, pues la enseñaba como quien tiene autoridad y no como los escribas2. Oyéndole, las multitudes se olvidaban del hambre y del frío de la intemperie. Nunca se opuso a que el pueblo le llamase profeta o maestro3, y a sus discípulos les decía:Vosotros me llamáis maestro y señor, y hacéis bien, porque lo soy4.
Con frecuencia Jesús utiliza la expresión: Pero Yo os digo. Quiere indicarnos que su doctrina tiene una fuerza especial: es el Hijo de Dios quien habla. Y se oyó una voz del cielo que decía: Este es mi Hijo muy amado. Escuchadle5. Desde entonces ya no hay otro a quien escuchar.
Moisés os dijo..., pero Yo os digo. Los antiguos profetas se presentaban como portavoces de Dios: Así habla Yahvé, declaraban después de sus discursos. Jesús habla en nombre propio (cosa que jamás había hecho ningún profeta), e imparte una enseñanza divina. Precisa el sentido y el alcance de los mandamientos de Dios recibidos por Moisés en el Sinaí, corrige falsas interpretaciones. Sus preceptos, siguiendo la misma revelación del Antiguo Testamento, son sin embargo absolutamente nuevos. Nadie como Él ha mostrado la soberanía de Dios y, al mismo tiempo, su cualidad de Padre amorosamente preocupado de las cosas del mundo y, sobre todo, de sus hijos, los hombres. Nadie como Él ha señalado la verdad fundamental del hombre: su libertad interior y su intocable dignidad.
La vida de Jesús fue una predicación incesante. Habló en las sinagogas6, a la orilla del lago7, en el Templo8, en los caminos9, en las casas, en todas partes. Su doctrina nos ha sido transmitida, fidelísima y sustancialmente completa, a través de los Evangelios. Mucho más hizo Jesús; si se escribiera todo, creo que las obras escritas no cabrían en el mundo entero10, nos dice San Juan al terminar su Evangelio. Pero todo lo esencial lo conocemos tal y como sucedió, tal y como lo enseñó el Maestro. Nuestro único Maestro. Junto a Él nos sentimos seguros. Siempre dice a cada uno lo que necesita oír. Leyendo el Evangelio unos minutos todos los días con corazón leal, meditándolo despacio, uno se siente empujado a repetir con San Pedro. Señor, solo Tú tienes palabras de vida eterna11. Solo Tú, Señor. Examinemos cómo y con qué atención leemos el Evangelio.
— Aprender de Él. Meditar el Evangelio.
Uno solo es vuestro Maestro, Cristo12. Si después ha habido maestros y doctores en su Iglesia13 ha sido porque Él los constituyó14, subordinándolos a Él, repetidores y testigos, de lo que han visto y oído15. A través de la Iglesia, del Evangelio, tal como se lee en la Iglesia, nos llega como por un canal la Buena Nueva de Cristo.
Solo se verá privado de oír su palabra quien se cierra a ella voluntariamente. Todos pueden comprenderla. La doctrina más sublime se hace accesible a los espíritus más sencillos. Los humildes, quienes se hacen pequeños como los niños, captan sin esfuerzo la doctrina, mientras que a los «sabios» que se dejan llevar por su soberbia no les da la luz el Espíritu Santo, y se quedan a oscuras, sin entender nada o deformando la verdad salvadora: Porque has tenido encubiertas estas cosas a los sabios y prudentes, y las has revelado a los pequeñuelos16.
Jesús es el Maestro de todos, nuestro Maestro. Y puede serlo porque sabe Él mismo lo que hay dentro de cada hombre17. No se engaña sobre nuestras miserias y flaquezas: conoce bien el abismo de maldad que puede anidar en cada corazón. Pero conoce también, mejor que nosotros mismos, las posibilidades de generosidad, de sacrificio, de grandeza que existen también en todo corazón, y Él puede despertarlas con su Palabra viva.
La enseñanza de Cristo afecta al hombre entero en lo más profundo de su ser. «Es Maestro de una ciencia que solo Él posee: la del amor sin límites a Dios y, en Dios, a todos los hombres. En la escuela de Cristo se aprende que nuestra existencia no nos pertenece...»18.
Tomar a Jesús como Maestro es tomarlo por guía, andar sobre sus huellas, buscar con afán su voluntad sobre nosotros, sin desalentarnos jamás por nuestras derrotas, de las que Él nos levanta y las convierte en victorias una y otra vez. Tomarle como Maestro es querer parecernos cada vez más a Él: que los demás, al ver nuestro trabajo, nuestro comportamiento con la familia, con los extraños, y sobre todo con los más necesitados, puedan reconocer a Jesús. De la misma manera que en el trato habitual con una persona a la que se quiere mucho y se admira mucho, se termina por adoptar no solo su manera de pensar, sino sus expresiones y gestos, tratándole diariamente en la oración y meditando el santo Evangelio, nos pareceremos a Él, casi sin darnos cuenta: «Ojalá fuera tal tu compostura y tu conversación que todos pudieran decir al verte y al oírte hablar: este lee la vida de Jesucristo»19.
— Jesús nos enseña en la intimidad de nuestro corazón, a través de los acontecimientos y personas que nos rodean y, sobre todo, a través del Magisterio de la Iglesia.
Nos dice San Pablo que la palabra de Dios es viva y eficaz (Cfr.Heb 4, 12). La doctrina de Jesús es siempre actual, nueva para cada hombre; es una enseñanza personal porque va destinada a cada uno de nosotros. No es difícil reconocernos en un determinado personaje de una parábola o comprender en lo más íntimo de nuestra alma que unas palabras de Jesús hace veinte siglos fueron pronunciadas para nosotros, como si hubiéramos sido los únicos destinatarios. Muchas veces y de muchas maneras habló Dios en otro tiempo a nuestros padres a través de los profetas; últimamente, en estos días, nos ha hablado por su Hijo (Cfr. Heb 1, 1). Estos días son también los nuestros. Jesucristo sigue enseñando. Sus palabras, por ser divinas y eternas, son siempre actuales.
Leer el Evangelio con fe es creer que todo lo que se dice en él está, de alguna manera, ocurriendo ahora. Es actual la marcha y la vuelta del hijo pródigo; la oveja que anda perdida y el Pastor que ha salido a buscarla; la necesidad de la levadura para transformar la masa y la luz que debe iluminar la gran oscuridad que, con demasiada frecuencia, se cierne sobre el mundo y sobre el hombre. «En los Libros sagrados, el Padre que está en el cielo, sale amorosamente al encuentro de sus hijos para conversar con ellos. Y es tan grande el poder y la fuerza de la palabra de Dios, que constituye sustento y vigor de la Iglesia, firmeza de fe para sus hijos, alimento del alma, fuente límpida y perenne de vida espiritual»20. Pero debemos aprender a oír a Cristo en nuestra vida y en nuestra alma, en las muchas formas y circunstancias en las que Él nos habla.
Cierto día estaba el Señor en casa de un fariseo llamado Simón. Y le interpeló Jesús: Simón, una cosa tengo que decirte21.
Cristo tiene siempre algo que decirnos, a cada uno en particular, personalmente. Para oírle hemos de tener un corazón que sepa escuchar, un corazón atento para las cosas de Dios. Él es el Maestro de siempre. Era el Maestro ayer y lo será mañana: Jesucristo es el mismo, ayer, hoy y siempre22. Y se dirige a cada hombre singular, a cada hombre que quiera escucharle. Todo aquel que con sinceridad de corazón busque un Norte para su vida, lo encontrará: el Señor no niega su gracia a quien de verdad lo busca.
Cuando Salomón, que amaba a Yahvé, era todavía joven, se le apareció Yahvé durante la noche en sue-ños, y le dijo: Pídeme lo que quieras que te dé. Y Salomón no pidió riquezas, ni poder, ni una vida larga..., sino sabiduría para gobernar al pueblo de Dios. Esto fue muy grato al Señor y le concedió un corazón sabio e inteligente, un corazón capaz de entender23.
También nosotros debemos pedir ante todo un corazón capaz de escuchar y de entender esas mociones interiores del Paráclito en nuestra alma, ese lenguaje de Dios que nos habla a través del Magisterio de la Iglesia, esa doctrina que nos llega con suma claridad a través del Papa y de los obispos unidos a él, que requiere una respuesta práctica. Conviene que repasemos ahora en nuestra meditación qué empeño y qué medios ponemos para conocer bien la doctrina del Magisterio. Y no solo conocerla, sino vivirla personalmente y difundirla entre los católicos y entre los hombres de buena voluntad. El Maestro, Jesús, nos habla a través de esa doctrina.
Y, en otro orden de cosas, también hemos de saber entender el lenguaje de Dios que nos habla a través de acontecimientos y personas que nos rodean. Muy especialmente en esas sugerencias precisas que nos vienen por medio de la dirección espiritual.
Le pedimos a la Virgen un oído atento a la voz de Dios, que nos habla hoy como lo hizo hace veinte siglos, aunque a veces utilice intermediarios.
1 Lc 2, 46-47. — 2 Mc 1, 22.  3 Mt 21, 11. — 4 Jn 13, 13.  5 Mc 9, 7. — 6 Mt 4, 23 ss. — 7 Mc 3, 9. — 8 Mt 21, 22-23. — 9 Jn 4, 5 ss. — 10 Jn 21, 25. — 11 Jn 6, 68. — 12 Mt 23, 10. — 13 Cfr. Hech 13, 1; 1 Cor 12, 28-29. — 14 Ef 4, 11. — 15 Cfr.Hech 10, 39. — 16 Mt 11, 25. — 17 Jn 2, 24. — 18 San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, 93. — 19 ídem, Camino, n. 2. — 20 Conc. Vat. II, Const. Dei verbum, 21. —21 Lc 7, 40. — 22 Heb 13, 8.  23 Cfr. 1 Re 3, 4 ss.
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Otro comentario: Rev. D. Llucià POU i Sabater (Vic, Barcelona, España)
El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido
Hoy recordamos que «quien ama Dios, ame también a su hermano» (1Jn 4,21). ¿Cómo podríamos amar a Dios a quien no vemos, sin no amamos a quien vemos, imagen de Dios? Después que san Pedro renegara, Jesús le preguntó si le amaba: «Señor, tú lo sabes todo, tú sabes que te amo» (Jn 21,17), respondió. Como a san Pedro, también a nosotros nos pregunta Jesús: «¿Me amas?»; y queremos responderle ahora mismo: «Tú lo sabes todo, Señor, tú sabes que te amo a pesar de mis deficiencias; pero ayúdame a demostrártelo, ayúdame a descubrir las necesidades de mis hermanos, a darme de verdad a los otros, a aceptarlos tal como son, a valorarlos».

La vocación del hombre es el amor, es vocación a darse, buscando la felicidad del otro, y encontrar así la propia felicidad. Como dice san Juan de la Cruz, «al atardecer seremos juzgados en el amor». Vale la pena que nos preguntemos al final de la jornada, cada día, en un breve examen de conciencia, cómo ha ido este amor, y puntualizar algún aspecto a mejorar para el día siguiente. 

«El Espíritu del Señor está sobre mí» (Lc 4,18), dirá Jesús, haciendo suyo este texto mesiánico. Es el Espíritu del Amor que así como hizo del Mesías el «ungido para llevar la buena nueva a los pobres» (cf. Lc 4,18), también “reposa” encima nuestro y nos conduce hacia el amor perfecto: como dice el Concilio Vaticano II, «todos los fieles, de cualquier estado o condición, son llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad». El Espíritu Santo nos transformará como hizo con los Apóstoles, para que podamos actuar bajo su moción, otorgándonos sus frutos y, así, llevarlos a todos los corazones: «El fruto del Espíritu es: caridad, paz, alegría, paciencia, afabilidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, templanza» (Gal 5,22-23).