martes, 29 de mayo de 2012

Frases del Santo Padre Pío de Pietrelcina

                                                                                                              
  "Movámonos siempre en la presencia de Dios." 
(Padre Pio de Pietrelcina)

Mensaje del Santo Padre Benedicto XVI


"Crisis nace del rechazo a Dios que es garantía de felicidad, dice el Papa Benedicto XVI"

                     

 VATICANO, 24 May. 12 / 10:27 am (ACI/EWTN Noticias).- El Papa Benedicto XVI explicó esta mañana a los obispos italianos que la crisis que hiere a Europa nace del rechazo de las personas a Dios que "es el garante de nuestra felicidad".
En su discurso a los prelados reunidos en su 64º asamblea general, el Santo Padre dirigió un discurso sobre los desafíos actuales para la Nueva Evangelización que ha alentado durante todo su pontificado en medio de una sociedad que vive alejada del Señor.
"Nuestra situación requiere un renovado impulso dirigido a aquello que es esencial en la fe y la vida cristianas. En un tiempo en el que Dios se ha convertido para muchos en el gran Desconocido y Jesús es simplemente un gran personaje del pasado, la acción misionera no puede ser relanzada sin que renovemos la calidad de nuestra fe y nuestra oración".
Ante este gran reto, explicó el Santo Padre, "no sabremos conquistar a los hombres para el Evangelio si no somos nosotros mismos los primeros en volver a una profunda experiencia de Dios".
El Papa recordó que en octubre se cumple el 50 aniversario del Concilio Vaticano II, y ha exhortado a los obispos a poner en práctica las indicaciones conciliares para hacer frente a las grandes transformaciones sociales y culturales de nuestro tiempo "que tienen consecuencias visibles también en la dimensión religiosa".
Una situación de secularismo caracteriza hoy las sociedades de antigua tradición cristiana, de forma que el patrimonio espiritual y moral que constituye las raíces de Occidente "no se comprende en su profundo valor. (…) La tierra fecunda corre así el riesgo de convertirse en desierto inhóspito".
Entre los signos que despiertan preocupación, el Papa citó la disminución de la práctica religiosa y la participación en los sacramentos: "numerosos bautizados han perdido su identidad; no conocen los contenidos esenciales de la fe o piensan que pueden cultivarla prescindiendo de la mediación eclesial".
"Y mientras muchos dudan de las verdades enseñadas por la Iglesia, otros reducen el Reino de Dios a algunos grandes valores, que ciertamente tienen que ver con el Evangelio, pero que no se refieren al núcleo de la fe cristiana".
Benedicto XVI lamentó que Dios quede "excluido del horizonte de tantas personas; y cuando no encuentra indiferencia o rechazo, se quiere relegar el discurso sobre Dios al ámbito subjetivo, reduciéndolo a un hecho íntimo y privado, marginado de la conciencia pública. El corazón de la crisis que hiere Europa pasa por este abandono, este rechazo de la apertura a lo Trascendente".
En este contexto, continuó, "no bastan nuevos métodos de anuncio evangélico o de acción pastoral para hacer que la propuesta cristiana encuentre mayor acogida".
Como señala el Concilio Vaticano II, se trata de "recomenzar desde Dios, celebrado, profesado y testimoniado. (…) Nuestra primera, verdadera y única tarea es la de comprometer nuestra vida por aquello que (…) es verdaderamente fiable, necesario y último".
El Papa resaltó además que "los hombres viven de Dios, que a menudo buscan inconscientemente o con tanteos para dar pleno significado a la existencia. Nosotros tenemos la tarea de anunciarlo, mostrarlo, de guiar al encuentro con Él".
En este punto, advirtió que "la primera condición para hablar de Dios es hablar con Dios, ser cada vez más hombres de Dios, nutridos con una intensa vida de oración y plasmados por su Gracia".
"Dejémonos encontrar y aferrar por Dios, para ayudar a que cada persona que encontramos sea alcanzada por la Verdad. La misión antigua y nueva que está ante nosotros es la de introducir a los hombres y las mujeres de nuestro tiempo a la relación con Dios, ayudarlos a abrir la mente y el corazón a ese Dios que los busca y quiere estar cerca de ellos, guiarlos a comprender que hacer su Voluntad no supone un límite a la libertad, sino que es ser verdaderamente libres, realizar el verdadero bien de la vida", exhortó.
Finalmente dijo que "Dios es el garante de nuestra felicidad, y donde entra el Evangelio (…) el hombre experimenta que es objeto de un amor que purifica, renueva y hace capaces de amar y servir al hombre con amor divino".

Evangelio - Martes VIII Semana


† Lectura del santo Evangelio según san Marcos 10, 28-31
Gloria a ti, Señor.
En aquel tiempo, Pedro le dijo a Jesús:
"Señor, ya ves que nosotros lo hemos dejado todo para seguirte".
Jesús le respondió:
"Yo les aseguro: Nadie que haya dejado casa, o hermanos o hermanas, o padre o madre, o hijos o tierras, por mí y por el Evangelio, dejará de recibir, en esta vida, el ciento por uno en casas, hermanos y hermanas, madres e hijos y tierras, junto con persecuciones, y en el otro mundo, la vida eterna. Y muchos que ahora son los primeros serán los últimos, y muchos que ahora son los
últimos, serán los primeros".
Palabra del Señor.
Gloria a ti, Señor Jesús.

† Meditación diaria
8ª semana. Martes
GENEROSIDAD Y DESPRENDIMIENTO

— Necesidad de un desasimiento efectivo de los bienes materiales para seguir a Cristo.

Después del encuentro con el joven rico que considerábamos ayer, Jesús y sus discípulos emprendieron de nuevo el camino hacia Jerusalén. En todos había quedado grabada la triste despedida de este adolescente que estaba muy apegado a sus posesiones, y las fuertes palabras de Jesús hacia aquellos que por un desordenado amor a los bienes de la tierra no son capaces –no quieren– de seguirle. Ahora, ya en el camino, probablemente para romper el silencio que ha provocado la escena anterior, Pedro dice a Jesús: Ya ves que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido1. San Mateo recogió con toda claridad el sentido de las palabras de Pedro: ¿qué recompensa tendremos?2. ¿Qué vamos a recibir?
San Agustín, al comentar este pasaje del Evangelio de la Misa de hoy, nos interpela con estas palabras: “Te pregunto a ti, alma cristiana. Si se te dijese lo que a aquel rico: Vete, vendetambién tú todas las cosas y tendrás un tesoro en el cielo, y ven y sigue a Cristo, ¿te irías triste como él?”3.
Nosotros, como los Apóstoles, hemos dejado lo que el Señor nos ha ido pidiendo, cada uno según su vocación, y tenemos el firme empeño de romper cualquier atadura que nos impida correr hasta Cristo y seguirle. Hoy podemos renovar el propósito de poner al Señor como centro de la propia existencia con un desasimiento efectivo, con hechos, de lo que tenemos y usamos para que, como San Pablo, podamos decir: Todo lo tengo por basura, con tal de ganar a Cristo4. Ciertamente, “el que conoce las riquezas de Cristo Señor nuestro, por ellas desprecia todas las cosas; para este son basuras las haciendas, las riquezas y los honores. Porque nada hay que pueda compararse con aquel tesoro supremo, ni siquiera que pueda ponerse en su presencia”5. Ninguna cosa tiene valor en comparación con Cristo.
Nosotros lo hemos dejado todo... “¿Qué has dejado, Pedro? Una navichuela y una red. Él, sin embargo, podría responderme: He dejado todo el mundo, ya que nada he guardado para mí (...). Lo abandonaron todo (...) y siguieron a quien hizo el mundo, y creyeron en sus promesas”6, como queremos hacer nosotros. Podemos decir que lo hemos dejado todo cuando nada se interpone en nuestro amor a Cristo. El Señor exige –lo hemos considerado repetidamente, porque es un punto esencial para seguirle– la virtud de la pobreza a todos sus discípulos, de cualquier tiempo y en cualquier situación en la que los hayan colocado las circunstancias de la vida; también pide la austeridad real y efectiva en la posesión y uso de los bienes materiales, y ello incluye “mucha generosidad, innumerables sacrificios y un esfuerzo sin descanso”7, llega a decir Pablo VI; para ello es necesario aprender a vivir de modo práctico esta virtud en la vida corriente de todos los días: a la hora de ahorrar gastos inútiles evitando los caprichos personales, en el aprovechamiento del tiempo, al vivir la virtud de la generosidad en las cosas de Dios; igualmente, en el sostenimiento de obras buenas, en el cuidado de la ropa, de los muebles, de los utensilios del hogar...
También a quienes han recibido en medio del mundo y en el ejercicio de su profesión una llamada más específica al apostolado –como aquellos Doce– les puede pedir el Señor un desprendimiento total de bienes, riquezas, tiempo, familia, etc., en razón de una más plena disponibilidad en servicio de la Iglesia y de las almas.

— Jesús es infinitamente generoso en su recompensa a quienes le siguen.

Lo hemos dejado todo... Cuántas veces hemos experimentado, al responder con nueva generosidad ante las exigencias de la vocación cristiana, que el desprendimiento efectivo de los bienes lleva consigo la liberación de un peso considerable: como el soldado que se despoja de su impedimenta al entrar en combate para estar más ágil de movimientos. Saboreamos así, en el servicio de Dios, un señorío sobre las cosas que nos rodean: ya no se es esclavo de ellas y se vive con gozo aquello a lo que aludía San Pablo: estamos en el mundo como quienes nada tenemos, pero todo lo poseemos8. El corazón del cristiano que de esta manera se ha despojado del egoísmo se llena más fácilmente de la caridad, y con ella todas las cosas son suyas: Todo es vuestro, vosotros sois de Cristo y Cristo de Dios9.
Pedro recuerda a Jesús que, a diferencia del joven que acaban de dejar, ellos lo abandonaron todo por Él. Simón no mira atrás, pero parece tener necesidad de unas palabras del Maestro que les reafirme en que han salido ganando en el cambio, que vale la pena estar junto a Él, aunque no posean nada. El Apóstol se manifiesta muy humano, pero su pregunta expresa a la vez la confianza que le unía al Señor. Jesús se llenó de ternura ante aquellos que, a pesar de sus defectos, le seguían con fidelidad: En verdad os digo que no hay nadie que habiendo dejado casa, hermanos o hermanas, o madre o padre, o hijos o campos por mí y por el Evangelio, no reciba en esta vida cien veces más en casas, hermanos, hermanas, madres, hijos y campos, con persecuciones; y, en el siglo venidero, la vida eterna... “¡A ver si encuentras, en la tierra, quien pague con tanta generosidad!”10. No se queda corto Jesús. Ni un vaso de agua fría –una limosna, un servicio, cualquier buena acción– dado por Cristo quedará sin su recompensa11. Seamos sinceros al examinar cómo vivimos el desprendimiento, la pobreza: ¿podemos afirmar ante Dios que lo hemos dejado todo?
Si es así, Jesús no dejará de confirmarnos en el camino. Quien tiene en cuenta hasta la más pequeña de las acciones, ¿cómo podrá olvidar la fidelidad de día tras día por puro amor? Quien multiplicó panes y peces para una multitud que le sigue unas jornadas, quizá sin mucha rectitud de intención, ¿qué no hará por los que hayan dejado todo para seguirle siempre? Si estos que van en pos de Él tuvieran necesidad de una ayuda particular para seguir adelante, ¿cómo podrá olvidarse Jesús?, ¿qué nos negará nuestro Padre Dios cuando acudimos a Él ante la falta de medios? “Solo por volver a Él su hijo, después de traicionarle, prepara una fiesta, ¿qué nos otorgará, si siempre hemos procurado quedarnos a su lado?”12.
Las palabras de Cristo dieron seguridad a quienes le acompañaban aquel día camino de Jerusalén, y a cuantos a través de los siglos, después de haber entregado todo al Señor, de nuevo buscan en la enseñanza del Señor la firmeza de la fe y de la entrega. La promesa de Cristo rebasa con creces toda la felicidad que el mundo puede dar. Él nos quiere felices también aquí en la tierra: quienes le siguen con generosidad obtienen, ya en esta vida, un gozo y una paz que superan con mucho las alegrías y consuelos humanos. Y a este gozo y paz, anticipo del Cielo, hay que añadir la bienaventuranza eterna. “Son dos horas de vida y grandísimo el premio; y cuando no hubiera ninguno, sino cumplir lo que nos aconsejó el Señor, es grande la paga en imitar en algo a Su Majestad”13.

— Siempre vale la pena seguir a Cristo. El ciento por uno aquí en la tierra y la vida eterna junto a Dios en el Cielo.

“A los hombres y a los animales, Señor –dice el salmista–, aseguráis la salud en proporción a la extensión inmensa de vuestra compasiva bondad (Sal 35, 7). Si Dios concede a todos, a los buenos y a los malos, a los hombres y a los animales, un don tan precioso, hermanos míos, ¿qué no reservará a aquellos que le son fieles?”14. Vale la pena seguir al Señor, serle fieles en todo momento, darlo todo por Él, ser generosos sin medida. Él nos dice, a través de San Juan Crisóstomo: “El oro que piensas prestar, dámelo a mí, que te pagaré más intereses y con más seguridad. El cuerpo que piensas alistar en la milicia de otro, alístalo en la mía, porque yo supero a todos en paga y retribución... Su amor es grande. Si deseas prestarle, Él está dispuesto a recibir. Si quieres sembrar, Él vende la semilla; si construir, Él te dice: edifica en mis solares. ¿Por qué corres tras las cosas de los hombres, que son pobres mendigos y nada pueden? Corre en pos de Dios, que por cosas pequeñas te da otras grandes”15.
No debemos olvidar que a la recompensa el Señor añade con persecuciones, porque estas también son un premio para los discípulos de Cristo; la gloria del cristiano es asemejarse a su Maestro, tomando parte en su Cruz para participar con Él en su gloria16. Si llegan estas pruebas, en sus formas más diversas (la persecución sangrienta, la calumnia, la discriminación profesional, la burla...), debemos entender que podemos convertirlas en un bien, parte del premio, pues permite el Señor que participemos de su Cruz y nos unamos más a Él.
Quien es fiel a Cristo tiene prometido el Cielo para siempre. Oirá la voz del Señor, a quien ha procurado servir aquí en la tierra, que le dice: Ven, bendito de mi Padre, al Cielo que tenía preparado desde la creación del mundo17. Oír estas palabras de bienvenida a la eternidad ya compensa todo aquello que dejamos a un lado para seguir mejor a Cristo, o lo poco que hubimos de padecer por Él. Se entra en la eternidad de la mano de Jesús.
Y aunque seguimos a Cristo por amor, si llegara el momento en que todo parece costar un poco más, nos vendrá bien repetir despacio alguna jaculatoria que nos ayude a pensar en el premio: vale la pena, vale la pena, vale la pena. Saldrá así fortalecida la esperanza y se hará seguro el caminar.
Si tenemos a Jesucristo, ninguna otra cosa echaremos en falta. De la vida de Santo Tomás de Aquino se cuenta que un día le dijo Nuestro Señor: “Has escrito bien de mí, Tomás, ¿qué recompensa deseas?”. “Señor –respondió el Santo–, ninguna más que a Ti.” Tampoco nosotros queremos otra cosa: con Jesús, cerca de Él, andaremos por la vida llenos de alegría.
Que Santa María consiga para nosotros, con su intercesión poderosa, disposiciones firmes de desprendimiento y generosidad, y de esta forma, como Ella supo hacerlo, contagiemos a nuestro alrededor un clima alegre de amor a la pobreza cristiana.
1 Mc 10, 28-31. — 2 Mt 19, 27. — 3 San Agustín, Sermón 301 A, 5. — 4 Flp, 3, 8. — 5 Catecismo Romano, IV, 11, n. 15 — 6 San Agustín, loc. cit., 4. — 7 Pablo VI, Enc.Populorum progressio, 26-III-67. — 8 2 Cor 6, 10. — 9 1 Cor 3, 22-23. — 10 Cfr. San Josemaría Escrivá, Camino, n. 670. — 11 Cfr. Mt 10, 42. — 12 San Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, 309. — 13 Santa Teresa, Camino de perfección, 2, 7. — 14 San Agustín, Sermón 255, sobre el “alleluia”. — 15 San Juan Crisóstomo, Homilías sobre San Mateo, 76, 4. —16 Rom 8, 17. — 17 Cfr. Mt 25, 34.

lunes, 28 de mayo de 2012

Evangelio - Lunes VIII Semana


† Lectura del santo Evangelio según san Marcos 10, 17-27
Gloria a ti Señor.
En aquel tiempo, cuando salía Jesús al camino, se le acercó corriendo un hombre, se arrodilló ante él y le preguntó:
"Maestro bueno, ¿qué debo hacer para alcanzar la vida eterna?"
Jesús le contestó:
"¿Por qué me llamas bueno? Nadie es bueno sino sólo Dios. Ya sabes los mandamientos: No matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no levantarás falso testimonio, no cometerás fraudes, honrarás a tu padre y a tu madre".
Entonces él le contestó:
"Maestro, todo eso lo he cumplido desde muy joven". Jesús lo miró con amor y le dijo:
"Sólo una cosa te falta: Ve y vende lo que tienes, da el dinero a los pobres y así tendrás un tesoro en los cielos. Después, ven y sígueme".
Pero al oír estas palabras, el hombre se entristeció y se fue apesadumbrado, porque tenía muchos bienes. Jesús, mirando a su alrededor, dijo entonces a sus discípulos:
"¡Qué difícil les va a ser a los ricos entrar en el Reino de Dios!"
Los discípulos quedaron sorprendidos ante estas palabras; pero Jesús insistió:
"Hijitos, ¡qué difícil es para los que confían en las riquezas entrar en el Reino de Dios! Más fácil le es a un camello pasar por el ojo de una aguja que a un rico entrar en el Reino de Dios".
Ellos se asombraron todavía más y comentaban entre sí:
"Entonces, ¿quién puede salvarse?"
Jesús, mirándolos fijamente, les dijo:
"Es imposible para los hombres, mas no para Dios. Para Dios todo es posible".
Palabra del Señor.
Gloria a ti, Señor Jesús.

† Meditación diaria

8ª semana. Lunes
EL JOVEN RICO

— Dios llama a todos. Necesidad del desprendimiento para seguir a Cristo.

Nos dice el Evangelio de la Misa1 que salía ya Jesús de una ciudad y se ponía en camino hacia otro lugar, cuando vino un joven corriendo y se detuvo ante el Señor. Los tres Evangelistas que nos relatan el suceso nos dicen que era de buena posición social. Se arrodilló a los pies de Cristo, y le hizo una pregunta fundamental para todo hombre: Maestro, le dice,¿qué he de hacer para conseguir la vida eterna? Jesús está de pie, rodeado de sus discípulos, que contemplan la escena; el joven, de rodillas. Es un diálogo abierto, en el que el Señor comienza dándole una respuesta general: Guarda los mandamientos. Y los enumera: no matarás, no cometerás adulterio, no robarás... Él respondió: Maestro, todo esto lo he guardado desde mi adolescencia... ¿Qué me falta aún?, recoge San Mateo2. Es la pregunta que todos nos hemos hecho alguna vez ante el desencanto íntimo de las cosas que siendo buenas no acaban de llenar el corazón, y ante la vida que va pasando sin apagar esa sed oculta que no se sacia. Y Cristo tiene una respuesta personal para cada uno, la única respuesta válida.
Jesús sabía que en el corazón de aquel joven se hallaba un fondo de generosidad, una capacidad grande de entrega. Por eso lo miró complacido, con amor de predilección, y le invitó a seguirle sin condición alguna, sin ataduras. Se quedó mirándolo fijamente, como solo Cristo sabe mirar, hasta lo más profundo del alma. “Él mira con amor a todo hombre. El Evangelio lo confirma a cada paso. Se puede decir también que en esta “mirada amorosa” de Cristo está contenida casi como en resumen y síntesis toda la Buena Nueva (...). Al hombre le es necesaria esta “mirada amorosa”; le es necesario saberse amado, saberse amado eternamente y haber sido elegido desde la eternidad (cfr. Ef 1, 4). Al mismo tiempo, este amor eterno de elección divina acompaña al hombre durante su vida como la mirada de amor de Cristo”3. Así nos ve el Señor ahora y siempre, con amor hondo, de predilección.
El Maestro, con una voz que tendría una entonación particular, le dijo: Una cosa te falta aún. Una sola. ¡Con qué expectación aguardaría aquel joven la respuesta del Maestro! Era, sin duda, lo más importante que iba a oír en toda su existencia. Anda, vende cuanto tienes y dáselo a los pobres... Luego ven y sígueme. Era una invitación a entregarse por entero al Señor. No esperaba esto aquel joven. Los planes de Dios no siempre coinciden con los nuestros, con aquellos que hemos forjado en la imaginación, en nuestros ensueños. Los proyectos divinos, de una forma u otra, siempre pasan por el desprendimiento de todo aquello que nos ata. Para seguir a Cristo necesitamos tener el alma libre. Las muchas riquezas de este joven fueron el gran obstáculo para aceptar el requerimiento de Jesús, lo más grande que ocurrió en su vida.
Dios llama a todos: a sanos y a enfermos, a personas con grandes cualidades y a las de capacidad modesta; a los que poseen riquezas y a los que sufren estrecheces; a los jóvenes, a los ancianos y a los de edad madura. Cada hombre, cada mujer debe saber descubrir el camino peculiar al que Dios le llama. Y a todos nos llama a la santidad, a la generosidad, al desprendimiento, a la entrega; a todos nos dice en nuestro interior: ven y sígueme. No cabe la mediocridad ante la invitación de Cristo; Él no quiere discípulos de “media entrega”, con condicionamientos.
Este joven ve de repente su vocación: la llamada a una entrega plena. Su encuentro con Jesús le descubre el sentido y el quehacer fundamental de su vida. Y ante Él se pone al descubierto su verdadera disponibilidad. Había creído realizar la voluntad de Dios porque cumplía los mandamientos de la Ley. Cuando Cristo le pone delante una entrega completa, se descubre lo mucho que está apegado a sus cosas y el poco amor a la voluntad de Dios. También hoy se repite esta escena. “Me dices, de ese amigo tuyo, que frecuenta sacramentos, que es de vida limpia y buen estudiante. —Pero que no “encaja”: si le hablas de sacrificio y apostolado, se entristece y se te va.
“No te preocupes. —No es un fracaso de tu celo: es, a la letra, la escena que narra el Evangelista: “si quieres ser perfecto, anda y vende cuanto tienes, y dáselo a los pobres” (sacrificio)... “y ven después y sígueme” (apostolado).
“El adolescente “abiit tristis” —se retiró también entristecido: no quiso corresponder a la gracia”4. Se marchó lleno de tristeza, porque la alegría solo es posible cuando hay generosidad y desprendimiento. Entonces la vida se llena de gozo en esa disponibilidad absoluta ante el querer de Dios que se manifiesta cada día en cosas pequeñas y en momentos bien precisos de nuestra vida. Digámosle hoy al Señor que nos ayude con su gracia para que, en todo momento, pueda contar efectivamente con nosotros para lo que quiera, sin condiciones ni ataduras. “Señor, no tengo otro fin en la vida que buscarte, amarte y servirte... Todos los demás objetivos de mi existencia a esto se encaminan. No quiero nada que me separe de Ti”, le decimos en este diálogo con Él.

— La respuesta a la personal vocación.

“La tristeza de este joven –comenta el Papa Juan Pablo II– nos lleva a reflexionar. Podremos tener la tentación de pensar que poseer muchas cosas, muchos bienes de este mundo, puede hacernos felices. En cambio, vemos en el caso del joven del Evangelio que las muchas riquezas se convirtieron en obstáculo para aceptar la llamada de Jesús a seguirlo: ¡no estaba dispuesto a decir sí a Jesús, y no a sí mismo, a decir sí al amor y no a la huida! El amor verdadero es exigente (...). Porque fue Jesús –nuestro mismo Jesús– quien dijo: Vosotros sois mis amigos si hacéis lo que os mando (Jn 15, 14). El amor exige esfuerzo y compromiso personal para cumplir la voluntad de Dios. Significa sacrificio y disciplina, pero significa también alegría y realización humana (...). Con la ayuda de Cristo y a través de la oración vosotros podréis responder a su llamada (...). Abrid vuestros corazones a este Cristo del Evangelio, a su amor, a su verdad, a su alegría. ¡No os vayáis tristes!”5.
La llamada del Señor a seguirle de cerca exige una actitud de respuesta continua, porque Él, en sus diferentes llamamientos, pide una correspondencia dócil y generosa a lo largo de la existencia. Por eso debemos ponernos con frecuencia delante del Señor –cara a cara con Él, sin anonimato– y preguntarle, como este joven: ¿Qué me falta?, ¿qué exigencias tiene hoy, en estas circunstancias mi vocación de cristiano?, ¿qué caminos quieres que siga? Seamos sinceros: quien tiene verdaderos deseos de saber, llega a conocer con claridad los caminos de Dios. “El cristiano va descubriendo así, en medio de su vida corriente, cómo su vocación debe desplegarse a través de un tejido menudo y cotidiano de llamadas y sugerencias divinas (...), de instantes significativos, de “vocaciones” concretas, para realizar, por amor a su Señor, pequeñas o grandes tareas en el mundo de los hombres. Es en medio de este diálogo con el Señor como un hombre puede escuchar esa voz divina que le pide tomar unas decisiones definitivas, radicales (...). La palabra de Dios puede llegar con el huracán o con la brisa (1 Rey19, 22)”6. Pero para seguirla debemos estar desprendidos de toda atadura: solo Cristo importa. Todo lo demás, en Él y por Él.

— Pobreza y desprendimiento en nuestra vida corriente.

Aquel joven se levantó del suelo, esquivó aquella mirada de Jesús y su invitación a una vida honda de amor, y se marchó –todos se dieron cuenta– con la tristeza señalada en el rostro. “El instinto nos indica que la negativa de aquel momento fue definitiva”7. El Señor vio con pena cómo se alejaba; el Espíritu Santo nos revela el motivo de aquel rechazo a la gracia: tenía muchos bienes, y estaba muy apegado a ellos.
Después de este incidente, la comitiva emprende su camino. Pero antes, o quizá mientras recorren los primeros pasos, Jesús, mirando a su alrededor, dijo a sus discípulos: ¡Qué difícilmente entrarán en el reino de Dios los que tienen riquezas! Ellos quedaron impresionados por sus palabras. Y el Señor repitió con más fuerza: Es más fácil a un camello pasar por el ojo de una aguja que a un rico entrar en el Reino. Hemos de considerar con atención la enseñanza de Jesús y aplicarla a nuestra vida: no se pueden conciliar el amor a Dios, el seguirle de cerca, y el apegamiento a los bienes materiales: en un mismo corazón no caben esos dos amores. El hombre puede orientar su vida proponiéndose como fin a Dios, al que se alcanza, con la ayuda de la gracia, también a través de las cosas materiales, usándolas como medios, que eso son; o puede, desgraciadamente, poner en las riquezas la esperanza de su plenitud y felicidad: deseo desmedido de bienes, de lujo, de comodidad, ambición, codicia...
Hoy puede ser una buena ocasión para que examinemos valientemente en la intimidad de nuestra oración qué nos mueve en nuestro actuar, dónde tenemos puesto el corazón: si tenemos planteado un verdadero empeño por andar desprendidos de los bienes de la tierra, o bien si, por el contrario, sufrimos cuando padecemos necesidad; si estamos vigilantes para reaccionar ante un detalle que manifieste aburguesamiento y comodidad, servidos a menudo por los reclamos de la sociedad de consumo; si somos parcos en las necesidades personales, si frenamos la tendencia a gastar, si evitamos los gastos superfluos, si no nos creamos falsas necesidades de las que podríamos prescindir con un poco de buena voluntad, si nos esforzamos por no ceder en los caprichos y antojos que fácilmente se pueden presentar, si cuidamos con esmero las cosas de nuestro hogar y los bienes que usamos; si actuamos con la conciencia clara de ser solo administradores que han de dar cuenta a su verdadero Dueño, Dios nuestro Señor; si llevamos con alegría las incomodidades y la falta de medios; si somos generosos en la limosna a los más necesitados y en el sostenimiento de obras buenas, privándonos de cosas que nos agradaría poseer... Solo así viviremos con la alegría y la libertad necesaria para ser discípulos del Señor en medio del mundo.
Seguir de cerca a Cristo es nuestro supremo ideal; no queremos marcharnos como aquel joven, con el alma impregnada de profunda tristeza porque no supo desprenderse de unos bienes de escaso valor ante la riqueza inmensa de Jesús.
1 Mc 10, 17-27. — 2 Mt 19, 20. — 3 Juan Pablo II, Carta a los jóvenes, 31-I-1985, n. 7. — 4 San Josemaría Escrivá, Camino, n. 807. — 5 Juan Pablo II, Homilía en el Boston Common, 1-X-1979. — 6 P. Rodríguez, Fe y vida de fe, pp. 82-83.  7 R. A. Knox, Ejercicios para seglares, Rialp, 2ª ed., Madrid 1962, p. 141.

domingo, 27 de mayo de 2012

Frases Santo Padre Pio de Pietrelcina

                                         


"Mantente siempre unido estrechamente a la Santa Iglesia Católica, porque sólo ella te puede dar la paz verdadera, ya que sólo ella posee a Jesús sacramentado. El es el verdadero príncipe de la paz." (Santo Padre Pio de Pietrelcina)

Benedicto XVI - Pentecostés



VATICANO, 27 May. 12 (ACI/EWTN Noticias) .- Al presidir la Misa por la Solemnidad de Pentecostés, en la Basílica de San Pedro, el Papa Benedicto XVI afirmó que "el Espíritu Santo nos guía hacia las alturas de Dios, para que podamos vivir ya en esta tierra el germen de la vida divina que está en nosotros".

Durante su homilía, el Santo Padre señaló que ante la división entre los impulsos que provienen de la carne y aquellos que provienen del Espíritu, no podemos seguirlos a todos, sino que debemos elegir cuál seguir "y lo podemos hacer en modo auténtico solamente con la ayuda del Espíritu de Cristo".

"No podemos, en efecto, ser contemporáneamente egoístas y generosos, seguir la tendencia de dominar sobre los demás y sentir la alegría del servicio desinteresado", precisó.

Benedicto XVI recordó que San Pablo se refiere a las obras de la carne en referencia a los pecados de egoísmo y de violencia "como enemistad, discordia, rivalidad, desacuerdos. Son pensamientos y acciones que no nos hacen vivir en modo verdaderamente humano y cristiano, en el amor. Es una dirección que conduce a perder la propia vida".

El Papa criticó que con el progreso científico "orar a Dios parece algo superado, inútil, porque nosotros mismos podemos construir y realizar todo aquello que queremos".

"Pero no nos percatamos de que estamos reviviendo la misma experiencia de Babel. Es verdad, hemos multiplicado las posibilidades de comunicar, de obtener informaciones, de transmitir noticias, pero ¿podemos decir que haya crecido la capacidad de comprendernos, o tal vez, paradójicamente, nos comprendemos menos?", cuestionó.

Ante esto, el Santo Padre remarcó que "el Espíritu Santo, Espíritu de unidad y de verdad, puede continuar resonando en los corazones y en las mentes de los hombres e impulsándolos a encontrarse y acogerse recíprocamente".

"El Espíritu, justamente por el hecho de que actúa así, nos introduce en toda la verdad, que es Jesús, nos guía en el profundizarla, en comprenderla. Nosotros no crecemos en el conocimiento cerrándonos en nuestro yo, sino solamente siendo capaces de escuchar y de compartir, solamente en el 'nosotros' de la Iglesia, con una actitud de profunda humildad interior".

Benedicto XVI señaló que, de esta manera, "se hace cada vez más claro por qué Babel es Babel y Pentecostés es Pentecostés. Donde los hombres quieren hacerse Dios, pueden sólo ponerse el uno contra el otro. Donde en cambio se colocan en la verdad del Señor, se abren a la acción de su Espíritu que los sostiene y une". 

¿Pentecostés o Babel? P. Rainero Cantalamessa

¿Pentecostés o Babel?

                     
                                          P. Rainero Cantalamessa

"El Espíritu Santo introduce en la comunicación humana la forma y la ley de la comunicación divina, que es la piedad y el amor."

 Hechos 2, 1-11; 
1 Corintios 12, 3b-7.12-13; 
Juan 20, 19-23

El sentido de Pentecostés se contiene en la frase de los Hechos de los Apóstoles: «Quedaron todos llenos del Espíritu Santo». ¿Qué quiere decir que «quedaron llenos del Espíritu Santo» y qué experimentaron en aquel momento los apóstoles? Tuvieron una experiencia arrolladora del amor de Dios, se sintieron inundados de amor, como por un océano. Lo asegura San Pablo cuando dice que «el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado» (Rm 5, 5). Todos los que han tenido una experiencia fuerte del Espíritu Santo están de acuerdo en confirmar esto. El primer efecto que el Espíritu Santo produce cuando llega a una persona es hacer que se sienta amada por Dios por un amor tiernísimo, infinito. 

El fenómeno de las lenguas es la señal de que algo nuevo ha ocurrido en el mundo. Lo sorprendente es que este hablar en «lenguas nuevas y diversas», en vez de generar confusión, crea al contrario un admirable entendimiento y unidad. Con ello la Escritura ha querido mostrar el contraste entre Babel y Pentecostés. En Babel todos hablan la misma lengua y en cierto momento nadie entiende ya al otro, nace la confusión de las lenguas; en Pentecostés cada uno habla una lengua distinta y todos se entienden. 

¿Cómo es esto? Para descubrirlo basta con observar de qué hablan los constructores de Babel y de qué hablan los apóstoles en Pentecostés. Los primeros se dicen entre sí: «Vamos a edificarnos una ciudad y una torre con la cúspide en el cielo, y hagámonos famosos, para no desperdigarnos por toda la faz de la tierra» (Gn 11, 4). Estos hombres están animados por una voluntad de poder, quieren «hacerse famosos», buscan su gloria. En Pentecostés los apóstoles proclaman en cambio «las grandes obras de Dios». No piensan en hacerse un nombre, sino en hacérselo a Dios; no buscan su afirmación personal, sino la de Dios. Por ello todos les comprenden. Dios ha vuelto a estar en el centro; la voluntad de poder se ha sustituido con la voluntad de servicio, la ley del egoísmo con la del amor. 

En ello se contiene un mensaje de vital importancia para el mundo de hoy. Vivimos en la era de las comunicaciones de masa. Los llamados «medios de comunicación» son los grandes protagonistas del momento. Todo esto marca un progreso grandioso, pero implica también un riesgo. ¿De qué comunicación se trata de hecho? Una comunicación exclusivamente horizontal, superficial, frecuentemente manipulada y venal, o sea, usada para hacer dinero. Lo opuesto, en resumen, a una información creativa, de manantial, que introduce en el ciclo contenidos cualitativamente nuevos y ayuda a cavar en profundidad en nosotros mismos y en los acontecimientos. La comunicación se convierte en un intercambio de pobreza, de ansias, de inseguridades y de gritos de ayuda desatendidos. Es hablar entre sordos. Cuanto más crece la comunicación, más se experimenta la incomunicación. 

Redescubrir el sentido del Pentecostés cristiano es lo único que puede salvar nuestra sociedad moderna de precipitarse cada vez más en un Babel de lenguas. En efecto, el Espíritu Santo introduce en la comunicación humana la forma y la ley de la comunicación divina, que es la piedad y el amor. ¿Por qué Dios se comunica con los hombres, se entretiene y habla con ellos, a lo largo de toda la historia de la salvación? Sólo por amor, porque el bien es por su naturaleza «comunicativo». En la medida en que es acogido, el Espíritu Santo sana las aguas contaminadas de la comunicación humana, hace de ella un instrumento de enriquecimiento, de posibilidad de compartir y de solidaridad. 

Cada iniciativa nuestra civil o religiosa, privada o pública, se encuentra ante una elección: puede ser Babel o Pentecostés: es Babel si está dictada por egoísmo y voluntad de atropello; es Pentecostés si está dictada por amor y respeto de la libertad de los demás.