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sábado, 14 de mayo de 2016

Domingo de Pentecostés

Pentecostés (C)

13. mayo 2016 | Por  | Categoria: Charla Dominical


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Va a ser Lucas en los Hechos de los Apóstoles quien  nos cuente lo que ocurrió aquel día en Jerusalén. Hacia las nueve de la mañana, toda la ciudad se hallaba confundida en una verdadera revolución. Una revolución pacífica e inexplicable. Los peregrinos, llegados de todas las partes del Imperio Romano para la fiesta de Pentecostés, atestaban las calles, corrían, gritaban, y nadie sabía por qué sucedía aquel tumulto. Se había sentido como un terremoto, y todos se dirigían hacia el epicentro, que lo tenían bien cercano: una casa lujosa, donde estaba aquel comedor de la Ultima Cena.  
Ahora ven asomados a las ventanas de esa mansión a unos hombres que hablan entusiasmados, con elocuencia arrebatadora y sin miedo alguno a las autoridades del pueblo. 
Al contemplar aquel ardor de los improvisados oradores, pobres pescadores y campesinos de Galilea, unos dicen, sin poder contener su admiración:
– Pero, ¿cómo es esto? Si cada uno de nosotros los estamos escuchando en nuestra propia lengua. ¿Qué ocurre aquí?… ¡Gloria a Dios!…
Otros, con risa fingida, los escribas y fariseos, eternos enemigos de Jesús, al prever su fracaso definitivo, se ponen a azuzar a la gente:
– ¡No les hagan caso! ¿No se dan cuenta de que esos locos están borrachos?… 
Los apóstoles ya no se esconden ni huyen como en el Huerto. En un momento se han visto transformados radicalmente. 
Pedro, el cobarde ante una mujer aquella noche, ahora es un valiente que desafía a todos los opositores de Jesús, a los que dice: 
– ¡No estamos borrachos ni somos unos locos! Lo que ocurre es que ese Jesús que ustedes crucificasteis, que resucitó y subió al Cielo, ahora cumple su promesa y ha derramado sobre nosotros el Espíritu Santo, como ustedes mismos pueden comprobar. ¡Crean, conviértanse y recibirán el mismo don del Espíritu Santo y se podrán salvar!…
Esto es Pentecostés. La venida del Espíritu Santo, que pone en marcha a la Iglesia, la disemina por todas las gentes, las cuales escuchan la misma palabra y hablan el lenguaje de la misma fe. 
El pecado de los orígenes había llevado a los hombres hasta la torre de Babel, donde se manifestó la división de la Humanidad, que no podría entenderse jamás porque estaba alejada de Dios y cada uno acampaba por las suyas, siempre divididos, siempre sin entenderse, adorando cada cual a su falso dios…  
El Espíritu Santo viene ahora a renovar la faz de la tierra, que ya no será un desierto reseco, sin agua y donde no nace ni una flor, sino el jardín de un nuevo paraíso, en el que correrá a raudales el agua de la gracia de Dios y donde los redimidos comerán en abundancia los frutos de la vida… 
Ni será una Babel donde nadie se entienda, porque en adelante todos conocerán al único y verdadero Dios, sabrán su Verdad, hablarán el lenguaje de la misma fe y se amarán con el mismo corazón.
Jesús había invitado ya en el Evangelio: 
– El que tenga sed, que venga a mí y que beba. Y él mismo se convertirá en una fuente con surtidor que saltará hasta la vida eterna.
Y se refería, nos dice Juan, al Espíritu Santo que un día había de enviar. 
En la Ultima Cena, les dice a los apóstoles: 
– El Padre les mandará en mi nombre el Espíritu Santo, que les enseñará toda verdad y se quedará para siempre con ustedes. 
Resucitado Jesús, y en su primera aparición a los apóstoles, sopla sobre ellos, y les dice: 
– ¡Reciban el Espíritu Santo!
Ahora se lo manda de esta manera clamorosa, para que todo el mundo sepa que el poder de Dios se ha metido en el mundo a fin de realizar la nueva creación.
Nosotros captamos en toda su plenitud la gracia y el menaje de Pentecostés, y nos queremos sentir hoy carismáticos verdaderos. 
Con tantos grupos de muchos movimientos católicos que hoy pasan la noche en oración, nos disponemos a recibir de lleno la efusión del Espíritu Santo, al que abrimos de par en par la puerta de nuestras almas.  
El que viene a renovar faz de la tierra pecadora, ¿puede encontrar la culpa en nuestro corazón?… 
El que viene a convertirnos en una morada de Dios, ¿se va a encontrar a disgusto en nuestra casa?…
El que viene a mover en nosotros la oración, ¿va a encontrar nuestros labios siempre cerrados?…
El que viene extender la Iglesia, a salvar al mundo, a llevar la salvación de Jesucristo a todos los hombres, ¿va a hallarnos fríos a nosotros, sin entusiasmo, con pocas ganas de trabajar por el Reino?…
El que viene a hacernos unos santos, ¿puede contentarse con unos tipos medianos, que no crecemos nunca, que nos quedamos a mitad del desarrollo?…
¡Ven, Espíritu Santo!  Hoy te necesita el mundo como te necesitaban aquel día Jerusalén y el Imperio.
¡Ven, Espíritu Santo, y cámbianos de raíz! 
A los pecadores, haznos unos santos. 
A los fríos, enciéndenos con tu fuego. 
A los que viven sin ilusión y con ansias nunca satisfechas, embriágalos con tu dulzura. 
Y a todos, llévanos a Jesús. 
Llévanos a Jesús, querido Espíritu Santo, porque Tú eres su glorificador…

lunes, 20 de mayo de 2013

Homilía del Pentecostés - P. Leonardo Castellani



  El naturalismo actual es Pelagianismo radical (negar la necesidad de la gracia) y es la gran herejía moderna; y la última herejía (según creo), que será el nido del Anticristo; pues no se puede ir más allá en línea de herejía; pero toda ella deriva de la negación de la gracia; por tanto, la negación de lo sobrenatural; por tanto el vaciamiento de todos los dogmas cristianos, que se convierten en simpáticos MITOS, que naturalmente comienzan a rellenarse de la adoración nefanda del Hombre; que dijo San Pablo sería el pecado del Anticristo, “LA ABOMINACIÓN DE LA DESOLACIÓN”

  Esto, que en muchos es más bien una actitud mental que en un dogma explícito (por ej. los idólatras de la técnica), permea la mayor parte de la literatura del mundo entero; y por ende, de los diarios, la radio, el cine y la tele. “El hombre puede hacer muchas cosas sin Dios” – predicó hace poco el hermanito Paoli; es diametralmente opuesto a lo que dijo Cristo: “Sin mí no podéis hacer NADA” (Jn. 15,5).

  De poco valdría refutar ahora a Macedonio, que negó la divinidad del Espíritu Santo cuando ahora niegan la divinidad de todo, excepto del Hombre con mayúscula; y de hecho las tilingas hoy día llaman divino a Carlitos Gardel y a Clark Gable.

  “Hay que desacralizar al mundo”, predicaba el hermanito Paoli; en muy mal castellano por cierto, pues en castellano lo contrario de “consagrar” es “desecrar”. “hay que desecrar al mundo, porque el hombre puede hacer cosas sin necesidad de Dios”. Dios nos libre. Al contrario, hay que consagrar a Rusia al Inmaculado Corazón de María –dijo Ella misma en Fátima- para evitar la Tercera Gran Guerra. María es el Tabernáculo del Espíritu Santo; y ella lo atrajo cuando estaba en el Cenáculo con los Apóstoles en Pentecostés.

  “Creo en el Espíritu Santo, la Santa Iglesia Católica, la Comunión de los Santos, el perdón de los pecados, la resurrección de la carne y la vida perdurable. Amén.” Estos son los oficios del Espíritu Santo… El Espíritu es el alma de la Santa Madre Iglesia. Y ella es la unión invisible producida por la gracia y que hace della el Cuerpo Místico de Cristo, y que efectúa una especie de solidaridad en méritos y en faltas entre todos los cristianos: por esa gracia se efectuará la resurrección de la carne y la vida hiperdurable, superdurable, por encima del tiempo y la duración. Amén.

Domingueras Predicas II

domingo, 19 de mayo de 2013

Pentecostés, la venida del Espíritu Santo


PENTECOSTES, LA VENIDA DEL ESPÍRITU SANTO

Una piedra que estaba sumergida en el agua, fue sacada… y la partieron por la mitad…  Su interior estaba completamente seco. Esta piedra llevaba años dentro del agua, pero el agua no había penetrado en ella. Lo mismo ocurre con muchos de nosotros los cristianos. Supuestamente cerca de Dios… pero secos por dentro.

Hoy es Pentecostés, la fiesta del Espíritu Santo. El o es el protagonista silencioso pero eficaz de toda la historia de la salvación. Desde la primera página de la Biblia hasta la última el Espíritu Santo lo llena todo, lo penetra todo, lo invade todo. El Espíritu es el maestro interior, el maestro del corazón.  Pentecostés, fiesta del Espíritu, ¿y dónde estaríamos nosotros sin el Espíritu?

Pentecostés, día del nacimiento de la Iglesia, ¿y dónde estaríamos nosotros sin el Espíritu? Pentecostés, la fiesta de los creyentes, ¿y cómo creeríamos en Jesucristo sin la presencia del Espíritu en nosotros? "Cuando llegó Pentecostés estaban todos reunido en un mismo lugar". Con las puertas cerradas. Tenían miedo. Oraban. Se sentían solos. Esperaban la visita del Espíritu. "Y dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: Recibid el Espíritu Santo". Se abrieron las puertas y sus bocas para hablar de Jesús. Ese día Jerusalén presenció la primera y más gloriosa manifestación de su historia. 

Pentecostés no es la voz del hombre sino la fuerza del Espíritu. No es el testimonio del hombre sino el testimonio del Espíritu a favor de Jesús. Pentecostés, fuego que quema lo viejo y nos hace nacer a lo nuevo.

Pentecostés, viento huracanado que se lleva lo viejo y nos visita con lo nuevo, la vida y la gracia de Dios.

El Pentecostés de los apóstoles lo hemos escuchado muchas veces. Ellos lo vivieron en plenitud y gracias a ellos nosotros lo vivimos también hoy. Hoy, es nuestro Pentecostés. Reunidos para que el Espíritu Santo abra nuestras puertas cerradas, abra las prisiones que nosotros hemos hecho.

Tú eres una prisión y el carcelero que guarda las ofensas que no puedes perdonar, los miedos que no puedes vencer, los ídolos y supersticiones que nos quieres botar, la carne, prisión secreta en la que vives a gusto. Tú, el carcelero de tus propias debilidades.

Hoy, recibimos el Espíritu de Jesús para abrir la puerta y llenarnos del viento fresco y del fuego que quema todo lo que guardamos en nuestra cárcel.

Recibir el Espíritu Santo es tener poder para perdonar. La presencia del Espíritu en nosotros es poder de perdonar. Él quema mis pecados y en esta limpieza puedo hacer lo mismo. 

Recibir el Espíritu Santo es tener poder para cantar las hazañas de Dios. El nos da la valentía y nos enseña el mensaje. No tenemos que inventar nada. 

Recibir el Espíritu Santo es vivir la unidad. Nos necesitamos los unos a los otros porque nadie tiene todos los dones del Espíritu. 

Recibir el Espíritu Santo es dejarse conducir por Él.  Recibir el Espíritu Santo es ser instrumentos suyos.

El último acto de la Redención - Solemnidad de Pentecostés

Posted: 18 May 2013 01:00 AM PDT

Liturgia de la Palabra en la

Solemnidad de Pentecostés

11 de Mayo de 2008

R.P. Dr. Alfredo Sáenz, SJ

(Audio: 23' 27")

"Pentecostés", fresco de Vasco Fernandes, que se conserva en la sacristía de la Iglesia de la Santa Cruz de Coimbra, Portugal.


Para oír y/o bajar la Homilía, despliegue esta entrada. Antes de la lectura del santo Evangelio, el celebrante canta la Secuencia de Pentecostés


En la Solemnidad de Pentecostés, la Iglesia celebra el último acto de Cristo como Redentor: el envío del Espíritu Santo. Y no es un mero recuerdo sino que esta fiesta, como todas las del año litúrgico, contiene una gracia peculiar que se va aplicando cada vez que se reitera, consistente ahora en una nueva efusión del Espíritu.

Hasta su llegada, diez días después de la Ascensión del Señor, los apóstoles se habían sentido incapaces de realizar el mandato final del Divino Maestro: ¡Id por todo el mundo y proclamad el Evangelio!.
Pero aquel Espíritu que había reposado sobre las aguas primigenias suscitando la Creación, el que descansando en el seno de María la fecundó para nuestra salvación, ese mismo Espíritu que se posesionó del cuerpo del Señor el día de su resurrección, pasó, en Pentecostés, del cuerpo glorificado de Jesús a su Cuerpo Místico, la Iglesia naciente, impulsando a los apóstoles a enfrentar al mundo, ebrios del vino nuevo de la vid que es Cristo, nuevo odre de los nuevos tiempos.

Así como en el Cenáculo el Espíritu Santo se derramó sobre cada uno de los presentes en orden a una misión específica, ahora se derrama sobre la Iglesia para que cada uno de sus miembros cumpla una misión peculiar: obra milagros por los santos, proclama la verdad por los predicadores, es virgen en la castidad de unos e imita la unión de Cristo y de la Iglesia en el matrimonio de otros, manifestándose en todos para el bien común.

No dejemos, pues, que caduque en nosotros el Soplo de Dios que, habiéndonos penetrado en el Bautismo y la Confirmación, debe permanecer en nuestro corazón dándonos sabiduría, encendiendo nuestra alma y preparándonos para el Pentecostés final, cuando Dios sea todo en todos, el día de la cosecha definitiva cuando el Espíritu llene toda la casa de la historia con la llama de su caridad y el fuego de su juicio.

¡Ven Espíritu Santo, inúndanos con el fuego de tu amor, y crea en nosotros un corazón nuevo capaz de renovar la faz de la tierra!


Oiga la Homilía con calidad CD Estéreo


sábado, 18 de mayo de 2013

Pentecostés


Buenos días queridos hermanos en Cristo, y llegó el día tan esperado, esta tarde ya visperas de domingo, la Iglesia toda celebra la Solemnidad de Pentecostés; esperamos que la puedan celebrar en sus Parroquias y con profundo recogimiento y sabiendo a quién recibimos.

                                      ADORACIÓN NOCTURNA
 MEXICANA
TODO CONOCIMIENTO VERDADERO VIENE POR OBRA DEL ESPÍRITU SANTO

Pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, os lo enseñará todo y os recordará todo lo que yo os he dicho. Juan 14, 26

JESÚS CUANDO MUERE EN LA CRUZ ENTREGA SU ESPÍRITU
Cuando tomó Jesús el vinagre, dijo: « Todo está cumplido. » E inclinando la cabeza entregó el espíritu. Juan 19, 30
 
TRAS LA RESURRECCIÓN, JESÚS MANDA SU ESPÍRITU A LOS APÓSTOLES

Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: « Recibid el Espíritu Santo. Juan 20, 22
 
MANDATO MISIONAL DE JESÚS A SUS DISCÍPULOS

Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Mateo 28, 19


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EL GRAN DESCONOCIDO
(Homilía pronunciada por monseñor Escrivá el 25-V-1969, fiesta de Pentecostés.)
Se contiene en el volumen Es Cristo que pasa

        Tratar al Espíritu Santo 
                                  (es un poco extenso pero es la última parte)
        
Vivir según el Espíritu Santo es vivir de fe, de esperanza, de caridad; dejar que Dios tome posesión de nosotros y cambie de raíz nuestros corazones, para hacerlos a su medida. Una vida cristiana madura, honda y recia, es algo que no se improvisa, porque es el fruto del crecimiento en nosotros de la gracia de Dios. En los Hechos de los Apóstoles, se describe la situación de la primitiva comunidad cristiana con una frase breve, pero llena de sentido: perseveraban todos en las instrucciones de los Apóstoles, en la comunicación de la fracción del pan y en la oración.
        
Fue así como vivieron aquellos primeros, y como debemos vivir nosotros: la meditación de la doctrina de la fe hasta hacerla propia, el encuentro con Cristo en la Eucaristía, el diálogo personal –la oración sin anonimato– cara a cara con Dios, han de constituir como la substancia última de nuestra conducta. Si eso falta, habrá tal vez reflexión erudita, actividad más o menos intensa, devociones y prácticas. Pero no habrá auténtica existencia cristiana, porque faltará la compenetración con Cristo, la participación real y vivida en la obra divina de la salvación.
        
Es doctrina que se aplica a cualquier cristiano, porque todos estamos igualmente llamados a la santidad. No hay cristianos de segunda categoría, obligados a poner en práctica sólo una versión rebajada del Evangelio: todos hemos recibido el mismo Bautismo y, si bien existe una amplia diversidad de carismas y de situaciones humanas, uno mismo es el Espíritu que distribuye los dones divinos, una misma la fe, una misma la esperanza, una la caridad.
        Podemos, por tanto, tomar como dirigida a nosotros la pregunta que formula el Apóstol: ¿no sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu Santo mora en vosotros?, y recibirla como una invitación a un trato más personal y directo con Dios. Por desgracia el Paráclito es, para algunos cristianos, el Gran Desconocido: un nombre que se pronuncia, pero que no es Alguno –una de las tres Personas del único Dios–, con quien se habla y de quien se vive.
       
 Hace falta –en cambio– que lo tratemos con asidua sencillez y con confianza, como nos enseña a hacerlo la Iglesia a través de la liturgia. Entonces conoceremos más a Nuestro Señor y, al mismo tiempo, nos daremos cuenta más plena del inmenso don que supone llamarse cristianos: advertiremos toda la grandeza y toda la verdad de ese endiosamiento, de esa participación en la vida divina, a la que ya antes me refería.

        Porque el Espíritu Santo no es un artista que dibuja en nosotros la divina substancia, como si El fuera ajeno a ella, no es de esa forma como nos conduce a la semejanza divina; sino que El mismo, que es Dios y de Dios procede, se imprime en los corazones que lo reciben como el sello sobre la cera y, de esa forma, por la comunicación de sí y la semejanza, restablece la naturaleza según la belleza del modelo divino y restituye al hombre la imagen de Dios.
        
 Para concretar, aunque sea de una manera muy general, un estilo de vida que nos impulse a tratar al Espíritu Santo –y, con El, al Padre y al Hijo– y a tener familiaridad con el Paráclito, podemos fijarnos en tres realidades fundamentales:docilidad –repito–, vida de oración, unión con la Cruz.
       
 Docilidad, en primer lugar, porque el Espíritu Santo es quien, con sus inspiraciones, va dando tono sobrenatural a nuestros pensamientos, deseos y obras. El es quien nos empuja a adherirnos a la doctrina de Cristo y a asimilarla con profundidad, quien nos da luz para tomar conciencia de nuestra vocación personal y fuerza para realizar todo lo que Dios espera. Si somos dóciles al Espíritu Santo, la imagen de Cristo se irá formando cada vez más en nosotros e iremos así acercándonos cada día más a Dios Padre.Los que son llevados por el Espíritu de Dios, esos son hijos de Dios.

Si nos dejamos guiar por ese principio de vida presente en nosotros, que es el Espíritu Santo, nuestra vitalidad espiritual irá creciendo y nos abandonaremos en las manos de nuestro Padre Dios, con la misma espontaneidad y confianza con que un niño se arroja en los brazos de su padre. Si no os hacéis semejantes a los niños, no entraréis en el reino de los cielos, ha dicho el Señor. Viejo camino interior de infancia, siempre actual, que no es blandenguería, ni falta de sazón humana: es madurez sobrenatural, que nos hace profundizar en las maravillas del amor divino, reconocer nuestra pequeñez e identificar plenamente nuestra voluntad con la de Dios.
         
Vida de oración, en segundo lugar, porque la entrega, la obediencia, la mansedumbre del cristiano nacen del amor y al amor se encaminan. Y el amor lleva al trato, a la conversación, a la amistad. La vida cristiana requiere un diálogo constante con Dios Uno y Trino, y es a esa intimidad a donde nos conduce el Espíritu Santo. ¿Quién sabe las cosas del hombre, sino solamente el espíritu del hombre, que está dentro de él? Así las cosas de Dios nadie las ha conocido sino el Espíritu de Dios. Si tenemos relación asidua con el Espíritu Santo, nos haremos también nosotros espirituales, nos sentiremos hermanos de Cristo e hijos de Dios, a quien no dudaremos en invocar como a Padre que es nuestro.
        
Acostumbrémos a frecuentar al Espíritu Santo, que es quien nos ha de santificar: a confiar en El, a pedir su ayuda, a sentirlo cerca de nosotros. Así se irá agrandando nuestro pobre corazón, tendremos más ansias de amar a Dios y, por El, a todas las criaturas. Y se reproducirá en nuestras vidas esa visión final del Apocalipsis: el espíritu y la esposa, el Espíritu Santo y la Iglesia –y cada cristiano– que se dirigen a Jesús, a Cristo, y le piden que venga, que esté con nosotros para siempre.
        
 Unión con la Cruz, finalmente, porque en la vida de Cristo el Calvario precedió a la Resurrección y a la Pentecostés, y ese mismo proceso debe reproducirse en la vida de cada cristiano: somos –nos dice San Pablo– coherederos con Jesucristo, con tal que padezcamos con El, a fin de que seamos con El glorificadosEl Espíritu Santo es fruto de la cruz, de la entrega total a Dios, de buscar exclusivamente su gloria y de renunciar por entero a nosotros mismos.
        
Sólo cuando el hombre, siendo fiel a la gracia, se decide a colocar en el centro de su alma la Cruz, negándose a sí mismo por amor a Dios, estando realmente desprendido del egoísmo y de toda falsa seguridad humana, es decir, cuando vive verdaderamente de fe, es entonces y sólo entonces cuando recibe con plenitud el gran fuego, la gran luz, la gran consolación del Espíritu Santo.
      
Es entonces también cuando vienen al alma esa paz y esa libertad que Cristo nos ha ganado, que se nos comunican con la gracia del Espíritu Santo. Los frutos del Espíritu son caridad, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, longanimidad, mansedumbre, fe, modestia, continencia, castidad y donde está el Espíritu del Señor, allí hay libertad.
        
 En medio de las limitaciones inseparables de nuestra situación presente, porque el pecado habita todavía de algún modo en nosotros, el cristiano percibe con claridad nueva toda la riqueza de su filiación divina, cuando se reconoce plenamente libre porque trabaja en las cosas de su Padre, cuando su alegría se hace constante porque nada es capaz de destruir su esperanza.
        
Es en esa hora, además y al mismo tiempo, cuando es capaz de admirar todas las bellezas y maravillas de la tierra, de apreciar toda la riqueza y toda la bondad, de amar con toda la entereza y toda la pureza para las que está hecho el corazón humano. Cuando el dolor ante el pecado no degenera nunca en un gesto amargo, desesperado o altanero, porque la compunción y el conocimiento de la humana flaqueza le encaminan a identificarse de nuevo con las ansias redentoras de Cristo, y a sentir más hondamente la solidaridad con todos los hombres. Cuando, en fin, el cristiano experimenta en sí con seguridad la fuerza del Espíritu Santo, de manera que las propias caídas no le abaten: porque son una invitación a recomenzar, y a continuar siendo testigo fiel de Cristo en todas las encrucijadas de la tierra, a pesar de las miserias personales, que en estos casos suelen ser faltas leves, que enturbian apenas el alma; y, aunque fuesen graves, acudiendo al Sacramento de la Penitencia con compunción, se vuelve a la paz de Dios y a ser de nuevo un buen testigo de sus misericordias.
        
Tal es, en un resumen breve, que apenas consigue traducir en pobres palabras humanas, la riqueza de la fe, la vida del cristiano, si se deja guiar por el Espíritu Santo. No puedo, por eso, terminar de otra manera que haciendo mía la petición, que se contiene en uno de los cantos litúrgicos de la fiesta de Pentecostés, que es como un eco de la oración incesante de la Iglesia entera: Ven, Espíritu Creador, visita las inteligencias de los tuyos, llena de gracia celeste los corazones que tú has creado. En tu escuela haz que sepamos del Padre, haznos conocer también al Hijo, haz en fin que creamos eternamente en Ti, Espíritu que procedes de uno del otro.
   
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EL ESPÍRITU SANTO Y LOS SANTOS
                                         
                                       SAN BERNARDO DE CLARAVAL

“EN EL ESPÍRITU DEL HIJO RECONÓCETE COMO HIJA DEL PADRE Y ESPOSA O HERMANA DEL HIJO. ADVERTIRÁS CÓMO SE DESIGNA CON CUALQUIERA DE ESTOS DOS NOMBRES A QUIEN SE ENCUENTRA EN ESTE ESTADO. Y NO CUESTA MUCHO DEMOSTRARLO, PUES TENGO A MANO LAS PALABRAS QUE LE DIRIGE EL ESPOSO: ‘YA VENGO A MI JARDÍN, HERMANA Y ESPOSA MÍA’ (CANT 5, 1).

LA LLAMA HERMANA PORQUE TIENEN LOS DOS UN MISMO PADRE; Y ESPOSA PORQUE SE UNEN EN EL MISMO ESPÍRITU. SI SE HACEN UNA SOLA CARNE LOS QUE FORMAN UN MATRIMONIO CARNAL, ¿POR QUÉ LA UNIÓN ESPIRITUAL NO PUEDE HACER A LOS DOS CON MAYOR RAZÓN UN SOLO ESPÍRITU? ‘ESTAR UNIDO AL SEÑOR ES SER UN ESPÍRITU CON ÉL’ (1 COR 6, 17)”. 

SERMONES SOBRE EL CANTAR DE LOS CANTARES, 8, 9

Un abrazo en Jesús Misericordios y María Santísima, en el amor del Espíritu Santo, bajo la paternal protección de San José y la mirada amorosa de Dios Padre.
Familia Mobilia

viernes, 17 de mayo de 2013

Esperando al Espíritu Santo - (3º Parte)


   EL ESPÍRITU SANTO EN EL NUEVO TESTAMENTO
JESÚS NOS ENSEÑA QUE DIOS ES PADRE, HIJO Y ESPÍRITU SANTO: TRES PERSONAS QUE SON UN SOLO DIOS 



Al leer atentamente los Evangelios descubrimos la acción permanente del Espíritu Santo. A continuación recordamos algunos de los pasajes del Evangelio donde está presente el Espíritu Santo:

 EL REY DAVID HABLA MOVIDO POR EL ESPÍRITU SANTO



David mismo dijo, movido por el Espíritu Santo: Dijo el Señor a mi Señor: Siéntate a mi diestra hasta que ponga a tus enemigos debajo de tus pies. Marcos 12, 36






UN ÁNGEL DEL SEÑOR ANUNCIA EL NACIMIENTO DE JUAN BAUTISTA, EL CUAL ESTARÁ LLENO DEL ESPÍRITU SANTO DESDE EL SENO DE SU MADRE
Porque será grande ante el Señor; no beberá vino ni licor; estará lleno de Espíritu Santo ya desde el seno de su madre. Lucas 1, 15

MARÍA, POR OBRA DEL ESPÍRITU SANTO, CONCIBE EN SU SENO AL HIJO DE DIOS



El ángel le respondió: « El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el que ha de nacer será santo y será llamado Hijo de Dios. Lucas 1, 35

La generación de Jesucristo fue de esta manera: Su madre, María, estaba desposada con José y, antes de empezar a estar juntos ellos, se encontró encinta por obra del Espíritu Santo.Mateo 1, 18
Así lo tenía planeado, cuando el Ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: « José, hijo de David, no temas tomar contigo a María tu mujer porque lo engendrado en ella es del Espíritu Santo.Mateo 1, 20

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EL GRAN DESCONOCIDO

(continuación homilía pronunciada por monseñor Escrivá el 25-V-1969, fiesta de Pentecostés.)

Se contiene en el volumen Es Cristo que pasa
  Actualidad de la Pentecostés
        Esa realidad profunda que nos da a conocer el texto de la Escritura Santa, no es un recuerdo del pasado, una edad de oro de la Iglesia que quedó atrás en la historia. Es, por encima de las miserias y de los pecados de cada uno de nosotros, la realidad también de la Iglesia de hoy y de la Iglesia de todos los tiempos. Yo rogaré al Padre –anunció el Señor a sus discípulos– y os dará otro Consolador para que esté con vosotros eternamente. Jesús ha mantenido sus promesas: ha resucitado, ha subido a los cielos y, en unión con el Eterno Padre, nos envía el Espíritu Santo para que nos santifique y nos dé la vida.
        La fuerza y el poder de Dios iluminan la faz de la tierra. El Espíritu Santo continúa asistiendo a la Iglesia de Cristo, para que sea –siempre y en todo– signo levantado ante las naciones, que anuncia a la humanidad la benevolencia y el amor de Dios. Por grandes que sean nuestras limitaciones, los hombres podemos mirar con confianza a los cielos y sentirnos llenos de alegría: Dios nos ama y nos libra de nuestros pecados. La presencia y la acción del Espíritu Santo en la Iglesia son la prenda y la anticipación de la felicidad eterna, de esa alegría y de esa paz que Dios nos depara.
        También nosotros, como aquellos primeros que se acercaron a San Pedro en el día de Pentecostés, hemos sido bautizados. En el bautismo, Nuestro Padre Dios ha tomado posesión de nuestras vidas, nos ha incorporado a la de Cristo y nos ha enviado el Espíritu Santo. El Señor, nos dice la Escritura Santa, nos ha salvado haciéndonos renacer por el bautismo, renovándonos por el Espíritu Santo, que El derramó copiosamente sobre nosotros por Jesucristo Salvador nuestro, para que, justificados por la gracia, vengamos a ser herederos de la vida eterna conforme a la esperanza que tenemos.
        La experiencia de nuestra debilidad y de nuestros fallos, la desedificación que puede producir el espectáculo doloroso de la pequeñez o incluso de la mezquindad de algunos que se llaman cristianos, el aparente fracaso o la desorientación de algunas empresas apostólicas, todo eso –el comprobar la realidad del pecado y de las limitaciones humanas– puede sin embargo constituir una prueba para nuestra fe, y hacer que se insinúen la tentación y la duda: ¿dónde están la fuerza y el poder de Dios? Es el momento de reaccionar, de practicar de manera más pura y más recia nuestra esperanza y, por tanto, de procurar que sea más firme nuestra fidelidad.
         Permitidme narrar un suceso de mi vida personal, ocurrido hace ya muchos años. Un día un amigo de buen corazón, pero que no tenía fe, me dijo, mientras señalaba un mapamundi: mire, de norte a sur, y de este o oeste. ¿Qué quieres que mire?, le pregunté. Su respuesta fue: el fracaso de Cristo. Tantos siglos, procurando meter en la vida de los hombres su doctrina, y vea los resultados. Me llené, en un primer momento de tristeza: es un gran dolor, en efecto, considerar que son muchos los que aún no conocen al Señor y que, entre los que le conocen, son muchos también los que viven como si no lo conocieran.
        Pero esa sensación duró sólo un instante, para dejar paso al amor y al agradecimiento, porque Jesús ha querido hacer a cada hombre cooperador libre de su obra redentora. No ha fracasado: su doctrina y su vida están fecundando continuamente el mundo. La redención, por El realizada, es suficiente y sobreabundante.
        Dios no quiere esclavos, sino hijos, y respeta nuestra libertad. La salvación continúa y nosotros participamos en ella: es voluntad de Cristo que –según las palabras fuertes de San Pablo– cumplamos en nuestra carne, en nuestra vida, aquello que falta a su pasión, pro Corpore eius, quod est Ecclesia, en beneficio de su cuerpo, que es la Iglesia.
        Vale la pena jugarse la vida, entregarse por entero, para corresponder al amor y a la confianza que Dios deposita en nosotros. Vale la pena, ante todo, que nos decidamos a tomar en serio nuestra fe cristiana. Al recitar el Credo, profesamos creer en Dios Padre todopoderoso, en su Hijo Jesucristo que murió y fue resucitado, en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida. Confesamos que la Iglesia, una santa, católica y apostólica, es el cuerpo de Cristo, animado por el Espíritu Santo. Nos alegramos ante la remisión de los pecados, y ante la esperanza de la resurrección futura. Pero, esas verdades ¿penetran hasta lo hondo del corazón o se quedan quizá en los labios? El mensaje divino de victoria, de alegría y de paz de la Pentecostés debe ser el fundamento inquebrantable en el modo de pensar, de reaccionar y de vivir de todo cristiano.
      
(Continúa)

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EL ESPÍRITU SANTO Y LOS SANTOS
             SAN ANTONIO MARÍA DE CLARET, ESCRITOS ESPIRITUALES


"COMO DICE SAN PABLO, NADIE PUEDE PRONUNCIAR EL NOMBRE DE JESÚS SINO EN VIRTUD DEL ESPÍRITU SANTO. MUCHAS SON LAS DIVISIONES DE LAS GRACIAS, PERO EL ESPÍRITU SANTO ES UNO NO MÁS [...] PORQUE A UNOS POR EL ESPÍRITU SE LES HA DADO LA PALABRA DE LA SABIDURÍA O EL DON DE PREDICAR; A OTROS, EL DON DE ENSEÑAR, PERO POR UN MISMO ESPÍRITU; A AQUÉLLOS SE LES HA DADO EL DON DE LA FE, Y A ÉSTOS EL DON DE CURACIONES POR UN MISMO ESPÍRITU; A UNOS SE LES HA CONCEDIDO LA GRACIA DE HACER MILAGROS; A OTROS EL DON DE LA PROFECÍA; A ÉSTOS, EL DON DE LA DISCRECCIÓN DE ESPÍRITUS; A AQUELLOS EL DON DE LENGUAS; A AQUELLOS OTROS, EL DON DE INTERPRETAR LAS ESCRITURAS. TODAS ESTAS COSAS LAS OBRA UN MISMO ESPÍRITU, DIVIDIENDO O DISTRIBUYENDO A CADA UNO COMO LE PLACE". EL ESPÍRITU SACERDOTAL


Un abrazo en Jesús Misericordioso y María Santísima, en el amor del Espíritu Santo, bajo la paternal protección de San José y la mirada amorosa de Dios Padre.