jueves, 27 de junio de 2013

Goces y dolores - Juan del Carmelo


Actualizado 27 junio 2013
Goces y dolores
            Es sabido que todas las personas disponemos de cuerpo y un alma. Incluso allá por los años noventa Juan Pablo II, manifestó una vez, que los animales poseen un cierto soplo de vida recibido por Dios. Pero ningún teólogo ha profundizado en esa opinión de Juan Pablo II, y en general los tratadistas, como por ejemplo René Martín dice este que: “El hombre no es un ángel que hubiera caído en un cuerpo. Es un animal racional, intermedio entre el ángel que no es más que espíritu, y el animal que es cuerpo, limitado a lo instintivo, sin inteligencia racional, ni libertad ni inmortalidad”.  También Blosio, en varias partes, habla de alma racional, lo que indica pensar en la existencia de un alma irracional de los animales. “Porque es tanta la gracia y hermosura del alma racional, cuando no está afeada con las torpes manchas del pecado, que si pudieses verla claramente no sabrías en donde te encontrabas de tanta admiración y gozo”,
            Nosotros no hemos bajado del cielo, pero si hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios. Una semejanza solo referida a nuestra alma, no a nuestro cuerpo material, porque Dios al ser Espíritu puro, carece de cuerpo. Existe una notable diferencia entre una persona y un animal: el animal no puede pecar, no puede ofender a Dios, porque no puede rebelarse contra su naturaleza está obligado a seguirla y no puede evitarlo. Nosotros en cambio podemos pecar, tenemos la capacidad de rebelarnos frente a Dios, disponemos de un libre albedrío y de acuerdo con un uso correcto o incorrecto que de él hagamos, depende nuestro futuro en el cielo o en el infierno.
            Los animales también tienen sus goces y sufrimientos, aunque al carecer de un alma perfecta, sus goces y sufrimientos son siempre materiales, y por ello afectan solo a su cuerpo.
            Pero no es el mundo de los animales el tema de esta glosa. Son los goces y sufrimientos humanos los que nos interesan. Nosotros como decíamos al principio, tenemos cuerpo y alma y cuando sufrimos y gozamos, muchas veces no somos conscientes ni le damos importancia, al hecho de que el sufrimiento provenga de nuestro cuerpo o de nuestra alma.
            Hay goces y sufrimientos muy específicos del cuerpo, como es por ejemplo el gozar satisfaciendo sin límite ni prudencia o incluso ilícitamente, los apetitos, que demanda el cuerpo, tales como el alimentario o el sexual, en ambos caso se puede ofender a Dios con una indebida conducta para satisfacer esos apetitos que nos demanda nuestro cuerpo.
            Los sufrimientos que soportamos por razón de nuestro cuerpo, se generan principalmente, por el dolor que producen las dolencias y enfermedades del cuerpo. Lo propio del cuerpo es el dolor, mientras que el sufrimiento más bien se entiende referido a nuestra parte espiritual, a nuestra alma.
            El alma aquí abajo, tiene también otros goces y sufrimientos muy específicos, que nada tienen que ver con los del cuerpo, cómo puede ser, por ejemplo, el goce que sienten muchas almas, en los momentos de visitación que el Señor les regala. Hay diferentes clases de goces espirituales y estos serán siempre más intensos o menos intensos, de acuerdo con el nivel o grado de desarrollo espiritual que tenga el alma de la persona de que se trate. Así por ejemplo, el obtener el regalo divino de una transverberación, como la que tuvo Santa Teresa de Jesús, no está al alcance de la gran mayoría de creyentes, porque no tenemos un desarrollo espiritual suficiente de nuestras almas, y por otro lado hay que pensar que aun teniéndolo, estos son siempre dones y regalos de Dios a las almas, que se los proporciona cuando cree conveniente..
            Para tener acceso a los goces espirituales plenos, hemos de esperar, a disponer de un alma completamente purificada, que en la mayoría de los casos esto se logra pasando por el Purgatorio, pues son muy pocas las almas tan perfectas y purificadas que directamente van al cielo sin pasar por el infierno. Existe la incorrecta idea de que Dios envía las almas al purgatorio o al infierno, y esto no es así. El alma no purificada del todo, cuando llega arriba y aunque solamente atisbe un poco la gloria de Dios, ella sola comprende, que no puede presentarse ante Dios sin purificarse y sola marcha al Purgatorio para purificarse. 
            El alma humana también además de poder gozar, puede sufrir, como es el caso del sufrimiento por la pérdida de un ser querido o los sufrimientos de unos padres que ven la conducta insensata y equivocada que tienen esto o alguno de sus hijos, y ven claramente hacia el fin que caminan.
            Como sabemos persona humana es una unión de un alma sobre un cuerpo que le sirve de sustento o habitación en este mundo. Nuestra alma pertenece a un orden superior al de nuestro cuerpo ya que forma parte del orden espiritual, el cual es el orden superior que existe, en cuanto Dios es Espíritu puro.       Dios creó la materia y nuestro cuerpo al ser materia, pertenece al orden material, en el cual todo es corruptible y por lo tanto fenece, a diferencia de lo que ocurre en el orden espiritual, donde todo es incorruptible y nunca fenece.
            Consiguientemente los goces y sufrimientos que nosotros tenemos, deben de ser siempre más intensos, los que provienen de nuestra alma, que los que provienen de nuestro cuerpo. A esta afirmación, puede ser que haya quien me objete, que esto no es así, y en parte tiene razón porque para apreciar y sentir debidamente la intensidad del sufrimiento o del goce que se produce en el alma a una persona, esta ha de tener, un alma muy desarrollada en su vida íntima y haber avanzado mucho en el camino hacia Dios.
            El sufrimiento del Señor en su Pasión, desde el momento que fue prendido en el Huerto de los olivos, hasta su Crucifixión y muerte en la Cruz, fue terrible y los cristianos en general, les impresiona todo esto mucho, incluso a los no creyentes, cuando ven por ejemplo, la película de la Pasión del actor-director Mel Gibson.
             Pero todo el sufrimiento del Señor tuvo fue de carácter material y nos olvidamos del sufrimiento de carácter espiritual, que el Señor tuvo, antes de su Pasión y muerte en la Cruz, en la oración del Huerto de los Olivos. Aquello fueron sufrimientos de orden espiritual, mucho más dolorosos y profundos, para un alma perfecta en su vida espiritual humana. Esa noche el Señor cargó con todos nuestros pecados, los ya cometidos y los que luego se han cometido y la humanidad y los que se sigue cometiendo.
            Prueba de que la verdadera Pasión del Señor sucedió aquella noche en el Huerto de los olivos, nos la dá San Marcos diciendo: “33* Tomando consigo a Pedro, a Santiago y a Juan, comenzó a sentir temor y angustia, 34* y les decía: Triste está mi alma hasta la muerte; permaneced aquí y velad”. (Mc 14,33-34). Más tarde, según nos narra San Mateo el Señor le pidió a su Padre que apartara ese cáliz:“Padre mío si es posible, que pase de mi este cáliz; sin embargo, no se haga como yo quiero, sino cómo quieres tu”. (Mt 26,39). Y por segunda vez le insistió al Padre diciéndole: “Padre mío, si esto no puede pasar sin que yo lo beba, hágase tu voluntad”. (Mt 29,42).
            El sufrimiento espiritual tuvo una repercusión material pues su al decirnos que: “44Y sumido en agonía, insistía más en su oración. Su sudor se hizo como gotas espesas de sangre que caían en tierra.do Sangre, así nos lo atestigua San Lucas que era médico”. (Lc 22,44). Al fenómeno de sudar sangre se le denomina científicamente “Hematidrosis”. Tal fue su sufrimiento, que según nos cuenta San Lucas, se le apareció al Señor un ángel para confortarlo: “43 Entonces, se le apareció un ángel venido del cielo que le confortaba”. (Lc 22,43).
            Es indudable que los goces y sufrimiento espirituales están muy por encima en intensidad sobre los materiales de nuestro cuerpo, lo que nos ocurre es que, desde que nacemos nos preocupamos solo de desarrollar nuestro cuero y poco o nada de desarrollar nuestra alma, la cual vive oprimida por la materia de nuestro cuerpo, como consecuencia de la herencia que nos dejaron Adán y Eva.
            Tengamos siempre muy presente que el camino hacia Dios es nuestra alma la que ha de recorrerlo no nuestro cuerpo y es en el desarrollo de nuestra alma donde tenemos que volcarnos.
            Mi más cordial saludo lector y el deseo de que Dios te bendiga.

Frases del Santo Padre Pío de Pietrelcina

                                          
"Lucha con fortaleza y tendrás el premio reservado a las almas fuertes."
  (Santo Padre Pio de Pietrelcina)

miércoles, 26 de junio de 2013

Evangelio - Jueves XII Semana del Tiempo Ordinario

† Lectura del santo Evangelio según san Mateo 7, 21-29
Gloria a ti, Señor.
En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: 
"No todo el que me diga: "¡Señor, Señor!", entrará en el Reino de los cielos, sino el que cumpla la voluntad de mi Padre, que está en los cielos. Aquel día muchos me dirán: "¡Señor, Señor!", ¿no hemos hablado y arrojado demonios en tu nombre y no hemos hecho, en tu nombre, muchos milagros?"
Entonces yo les diré en su cara: 
"¡Nunca los he conocido. Aléjense de mí, ustedes, los que han hecho el mal!".
El que escucha estas palabras mías y no las pone en práctica, se parece a un hombre imprudente, que edificó su casa sobre arena. Vino la lluvia, bajaron las crecientes, se desataron los vientos, dieron contra aquella casa y la arrasaron completamente".
Cuando Jesús terminó de hablar, la gente quedó asombrada de su doctrina, porque les enseñaba como quien tiene autoridad y no como los escribas. 
Palabra del Señor.
Gloria a ti, Señor Jesús.

Comentario: Rev. D. Joan Pere PULIDO i Gutiérrez Secretario del obispo de Sant Feliu (Sant Feliu de Llobregat, España)
No todo el que me diga: ‘Señor, Señor’, entrará en el Reino de los Cielos
Hoy nos impresiona la afirmación rotunda de Jesús: «No todo el que me diga: ‘Señor, Señor’, entrará en el Reino de los Cielos, sino el que haga la voluntad de mi Padre celestial» (Mt 7,21). Por lo menos, esta afirmación nos pide responsabilidad en nuestra condición de cristianos, al mismo tiempo que sentimos la urgencia de dar buen testimonio de la fe.

Edificar la casa sobre roca es una imagen clara que nos invita a valorar nuestro compromiso de fe, que no puede limitarse solamente a bellas palabras, sino que debe fundamentarse en la autoridad de las obras, impregnadas de caridad. Uno de estos días de junio, la Iglesia recuerda la vida de san Pelayo, mártir de la castidad, en el umbral de la juventud. San Bernardo, al recordar la vida de Pelayo, nos dice en su tratado sobre las costumbres y ministerio de los obispos: «La castidad, por muy bella que sea, no tiene valor, ni mérito, sin la caridad. Pureza sin amor es como lámpara sin aceite; pero dice la sabiduría: ¡Qué hermosa es la sabiduría con amor! Con aquel amor del que nos habla el Apóstol: el que procede de un corazón limpio, de una conciencia recta y de una fe sincera».

La palabra clara, con la fuerza de la caridad, manifiesta la autoridad de Jesús, que despertaba asombro en sus conciudadanos: «La gente quedaba asombrada de su doctrina; porque les enseñaba como quien tiene autoridad, y no como sus escribas» (Mt 7,28-29). Nuestra plegaria y contemplación de hoy, debe ir acompañada por una reflexión seria: ¿cómo hablo y actúo en mi vida de cristiano? ¿Cómo concreto mi testimonio? ¿Cómo concreto el mandamiento del amor en mi vida personal, familiar, laboral, etc.? No son las palabras ni las oraciones sin compromiso las que cuentan, sino el trabajo por vivir según el Proyecto de Dios. Nuestra oración debería expresar siempre nuestro deseo de obrar el bien y una petición de ayuda, puesto que reconocemos nuestra debilidad.

-Señor, que nuestra oración esté siempre acompañada por la fuerza de la caridad.
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Otro comentario: San Agustín (354-430), obispo de Hipona (África del Norte), doctor de la Iglesia 
Sermón 179, 8-9; PL 38, 970 

“Poned en práctica la Palabra, no os contentéis con escucharla, eso sería engañaros”

No os confundáis, hermanos, si habéis venido con diligencia a escuchar la palabra sin poner en práctica lo que oís. Pensad bien en ello; si bueno es escuchar la palabra, es mucho mejor ponerla en práctica. Si no la escuchas, si no practicas lo que has oído, no construyes nada. Si la oyes y no la pones en práctica, construyes una ruina... escuchar y poner en práctica, es construir sobre roca. Y el solo hecho de escuchar, es construir.

En cuanto al que escucha estas palabras continua el Señor, y no las pone en práctica, es semejante al insensato que construye su casa. También él construye, pero ¿ qué construye? Construye su casa pero dado que no pone en práctica lo que oye, tiene buen oído, pero construye sobre arena...

Puede que alguien me diga: “¿Para qué escuchar lo que no tengo la intención de cumplir. Ya que construiré una ruina si escucho sin ponerlo en práctica, no es más seguro no escuchar nada?”. En este mundo, la lluvia, los vientos, los torrentes no cesan. ¿No es mejor construir sobre roca para que cuando vengan los torrentes, no te arrastren?... Sin protección y sin el menor tejado, vas a ser irremediablemente abatido, arrastrado, sumergido.

Reflexiona pues sobre el partido que vas a tomar. Es malo no escuchar, es malo escuchar sin actuar, resulta que hay que escuchar y poner en práctica. Sed personas que " ponen en práctica la Palabra, y no se contentan sólo con escucharla”; lo contrario sería engañarse.        
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Otro comentario: Rev. D. Antoni CAROL i Hostench (Sant Cugat del Vallès, Barcelona, España)
La sabiduría de la Ley de Dios
Hoy llegamos al final del llamado "Sermón de la montaña" (capítulos 5-7 de san Mateo). Jesús, maestro de autoridad convincente, enseña los "requisitos" para pertenecer a su Reino —¡de amor!— y cuál ha de ser nuestra actitud ante la Ley de Dios. Escuchar realmente la Palabra de Dios implica ponerla por obra. Quien lo haga tendrá prudencia y sabiduría.

El antiguo Israel tenía conciencia de ser un pueblo sabio porque conocía explícitamente la Ley de Dios. Actualmente, se respira un desafecto ante la ley, especialmente si es de Dios o si es "ley moral". Pero ésta no es una imposición, sino un "don" que nos enseña las "razones" del crecimiento humano y del acercamiento al Creador. Aprendamos de nuestra propia historia: donde se rechaza y/o se desconoce la Ley de Dios se desconoce también la dignidad de la persona humana y fácilmente se la maltrata.

Dios me sostiene...

Foto: ♥.♥

Somos milagros vivientes - Juan del Carmelo



Actualizado 25 junio 2013


Somos milagros vivientes

            Nosotros, los que creemos, los que de verdad creemos…, porque tenemos plena conciencia de ser templos vivos de Dios, somos milagros vivientes. Y lo grande, no es que solo lo seamos nosotros, sino aunque no sean consciente de ello también lo es cualquier bautizado que viva habitualmente en la gracia de Dios. Porque creer, amar y esperar de Alguien, que no lo ven los ojos de nuestra cara, esto para los que nos contemplan, para ellos les resulta asombroso, ¡vamos!, algo que para unos tiene la categoría de un milagro y para otros aunque no nos los digan, somos unos retrasados en el tiempo, aún seguimos anclados en ese mito que se ha creado y todo el mundo acepta a pies juntillas, acerca de la maldad de la Inquisición. ¡Dios mío! Pero que listo es satanás, sino no fuese por tu divina gracia, ya estaríamos todos metidos en las calderas de Pedro Botero.
            Es por esto que repetidamente muchos nos dicen: ¡Ya me gustaría a mí tener tu fe! Y aunque se les explica por activa y por pasiva que la fe, es un bien espiritual, y que los bienes espirituales son muy fáciles de adquirir, ya que son gratuitos no cuestan nada, ni por estas, no se nos ponen en marcha. Sí reconocen que tenemos algo especial, aunque no nos lo digan y muchos nos miran con respecto y creen que tenemos más mérito en la vida que llevamos, en lo que hacemos y en lo que decimos, que los mismos curas, porque si esto mismo lo hace un cura, piensan que al fin y al cabo esa es su obligación. Pero a nosotros ¡quien nos manda meternos en camisas de once varas y complicarnos la vida? Lo que nunca comprenden, es que al contrario no nos complicamos la vida, sino que nos la descomplicamos, así actuando como milagros vivientes, lo que logramos ya en esta vida es vivir más alegremente ser más felices y con menos complicaciones.
            El mero deseo de adquirir un bien espiritual, implica ya el comienzo de la adquisición de este, porque el Señor está siempre ansioso de nuestro amor, y  para nosotros, el mero deseo de poseer un bien espiritual es tanto como decirle al Señor: ¡Te amo Señor, el celo de tu casa me consume! (Sal 69,8-9). Cuando uno tiene deseos de adquirir, cuando uno, por ejemplo tiene un verdadero deseo de tener fe; sin darse cuenta ya ha empezado a tener fe, pues implícitamente está reconociendo la existencia de Dios.  Y el principio básico de donde arranca la fe, es decir su kilómetro cero, es algo tan simple como reconocer que Dios existe.
            En una glosa que publiqué el 06-04-13, escribía este párrafo: Para adquirir la santidad, no es necesario contemplar un milagro, porque el milagro no es un remedio contra la incredulidad. El valor de un milagro para adquirir la fe es muy relativo, tanto es así que Santo Tomás decía: “El que se pone a rezar, realiza un milagro más grande que el que resucita un muerto”.  
Y esto es así, porque la experiencia personal del que tiene fe y vive conforme a ella, vale más que un milagro, porque este es el mejor y más valioso argumento de un cristiano, es su simple presencia como tal; es hacer ver y leer ese milagro que él es, viviendo los misterios de nuestra fe.
Hay un proverbio chino que dice: “El sabio muestra el cielo, pero el tonto solo mira el dedo que apunta al cielo”. Si bien los signos pueden atraer a las multitudes interesadas, no desembocan  automáticamente, en un proceso personal de fe, tal como señala Michel Hubaut. El milagro puede ser una trampa para la libertad del hombre. Por eso Cristo siempre se negó a jugar a ser mago o a realizar actos prodigiosos que obligaran a la gente a creer en Él. Este tipo de seducción es indigna de Dios y del hombre. La fe no puede nacer de una evidencia, sino de una adhesión libre.
No es nuestro cuerpo ni sus órganos materiales, los que nos impulsan, primeramente a buscar la fe y luego a desearla. Es nuestro espíritu, el que nos lanza a la aventura de la fe, porque la fe es un bien espiritual, y nuestra alma anhela los bienes espirituales de la  misma manera que nuestro cuerpo lo que desea siempre viene de la materia, desea una buena comida, unos buenos trajes y vestidos, un buen coche, una buena casa, pero jamás deseará tener fe, amar a los demás, practicar la humildad, rezar en todo momento y buscar la compañía del Señor en un sagrario, estando allí como un pasmarote, porque nuestro cuerpo enseguida se rebela y empieza a decir: estos bancos son muy duros, no hay forma de encontrar una postura cómoda, hace aquí mucho frío o mucho calor, esto es un aburrimiento, aquí nadie habla, todo el mundo está en silencio, cuánto tiempo más vamos a estar aquí, con la cantidad de cosas que tienes que hacer…¿no estarás perdiendo el tiempo? 
Y el demonio que no pierde ocasión, comienza a darle ideas al cuerpo y este se sale de si cometido propiamente material y te dice: Con todo esto que haces lo único que tú quiere es llamar la atención. No eres humilde sino soberbio, la soberbia es lo que aflora en ti, un desmedido afán de protagonismo, para que te digan pero que alabe y te digan, pero que bueno eres.
            Pero sin apartarnos del tema, es de ver que cualquiera de nosotros es un milagro viviente, si es que la Santísima Trinidad inhabita en el interior de nuestra alma. Ella es la que nos mantiene dentro del ámbito del amor divino, la que con sus mociones e inspiraciones divinas, nos va guiando por el camino de la imitación de Cristo. Ella es la que en momentos especiales nos dice, lo que hemos de decir, como hemos de contestar a esa malintencionada pregunta que te hacen para cazarte: “11 Cuando los lleven ante las sinagogas, ante los magistrados y las autoridades, no se preocupen de cómo se van a defender o qué van a decir, 12 porque el Espíritu Santo les enseñará en ese momento lo que deban decir”. (Lc 12,11-12). Porque no lo olvidemos eso, lo que  somos nosotros para el demonio, una pieza a cobrar y apuntarse el trofeo en su diario de safari. Los milagros dan testimonios, al igual que nuestras vidas de cristianos católicos, constantemente estamos dando testimonios, porque somos unos milagros vivientes, creados por la asimilación de las divinas gracias que Dios nos regala.
            Tomando otro párrafo de la ya mencionada glosa, vemos que en la contestación que San Pedro le da al Señor, cuando este le pregunta, si también ellos, los apóstoles, le van a abandonar, S. Pedro le responde al Señor: ¿A dónde iríamos? Solo Tú tienes palabras de vida eterna, y nosotros hemos creído y sabemos que tú eres el Santo de Dios”, se pone de manifiesto que la fe de San Pedro no se fundamente en los milagros que contempló, quizás ellos refirmasen su fe pero no la generaron, su fe es algo mucho más importante y trascendente. Con estas palabras él le está diciendo al Señor:¿Qué será de mí si no te tengo a Ti? ¿Dónde encontraré alguien que me ame, como Tú, me mas? Contigo he encontrado la perla maravillosa, el tesoro oculto y no estoy dispuesto a tirar estos bienes por la borda abandonándote. Tú Señor, eres mi amor, mi único amor, eres mi todo, si yo te dejase me hundiría, como me hundía en las aguas del Tiberiades y realizaste el milagro, de que yo también caminase sobre las aguas. Mi vida eres Tú y todo lo he abandonado para entregarme a Ti a quien consagrado el resto de mi vida. Te amo señor con toda la fuerza de mi pobre ser y solo sueño con que llegue el día, de que yo pueda entrar en tu Reino. Mientras tanto, a Ti te he consagrado mi vida tratando de conseguir que todo el mundo te amé, si es posible,  más de lo que yo te amo, Señor.
            Mi más cordial saludo lector y el deseo de que Dios te bendiga.

martes, 25 de junio de 2013

26 de junio - San Josemaría Escrivá de Balaguer

26 de junio
SAN JOSEMARÍA ESCRIVÁ*
Memoria
* Nació en Barbastro (España) el 9-I-1902 y murió en Roma, en olor de santidad, el 26-VI-1975. Ordenado sacerdote el 28-III-1925, comenzó su labor pastoral en parroquias rurales, continuando después en las barriadas pobres y hospitales de Madrid, entre estudiantes universitarios y personas de toda clase y condición. El 2-X-1928, Dios le hizo ver un camino de santidad para cristianos corrientes que viven en medio del mundo, al que llamó más tarde Opus Dei. Contó desde el principio con la aprobación de la autoridad diocesana, y, desde 1943, también con la aprobación de la Santa Sede. A partir de 1928, la vida de San Josemaría Escrivá coincide con la historia y el desarrollo del Opus Dei. El camino jurídico de esta institución llegó al término deseado por su Fundador solo después de su muerte, el 28-XI-1982, cuando Su Santidad Juan Pablo II lo erigió en Prelatura personal.
Entre sus escritos de espiritualidad publicados se cuentan: Camino, Santo Rosario, Es Cristo que pasa, Amigos de Dios, Vía Crucis, Surco, Forja. Han sido traducidos a numerosos idiomas, y frecuentemente citados en estos volúmenes deHablar con Dios.
Fue beatificado en Roma por Juan Pablo II el 17 de mayo de 1992, y canonizado también en Roma el 6 de octubre de 2002, ante una multitud de personas que llenaba la plaza de San Pedro y sus alrededores.
El cuerpo de San Josemaría Escrivá reposa en la iglesia prelaticia de Santa María de la Paz, en la sede central de la Prelatura del Opus Dei, en Roma.


— Llamada universal a la santidad.
Os daré pastores conforme a mi corazón, que os apacentarán con ciencia y experiencia (Antífona de entrada).
El Señor ha querido dar a su Iglesia a San Josemaría como un buen pastor conforme a su corazón, para recordar a todos los hombres que somos llamados por Dios a ser santos, a una amistad creciente con Él. Esta cercanía con el Señor se traduce en un deseo ardiente de acercar a muchos a Cristo, para que le amen y le sirvan en la entraña misma de la sociedad. A todos nos pide Dios convertir nuestras ocupaciones ordinarias en medio y camino que nos lleve a Él: la familia, el trabajo, la amistad, el deporte, el dolor y la enfermedad, los éxitos y los fracasos... Del mismo modo, nos pide el Señor a todos señalar el camino de santidad a otros, con el ejemplo y la palabra. Este fue el mensaje fundamental de este Santo sacerdote, fundador del Opus Dei.
El que escribe estas líneas pudo oír de sus labios comentar aquel mandato del Señor: Sed, pues, perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto1. Nos decía, con una convicción profunda, que Dios nos quería santos no a pesar del trabajo en medio del mundo, de las dificultades..., sino a través de esas realidades. Nos inculcaba que para todos, cada uno según sus propias circunstancias, tiene el Señor grandes planes. El Maestro llama a la santidad sin distinción de edad, profesión, raza o condición social. Todos podemos y debemos ser seguidores de Cristo, con una llamada personal y única. Dios nos escogió para ser santos y sin mancha en su presencia2.
Esta doctrina de la llamada universal de todos los bautizados a la santidad y a la santificación del trabajo profesional en la vida ordinaria, fue, por inspiración divina, uno de los puntos centrales de su mensaje espiritual. Volvió a recordar en nuestro tiempo que el cristiano, por su Bautismo, está llamado a la plenitud de la vida cristiana.
El Concilio Vaticano II declaró para toda la Iglesia esta «vieja y nueva» doctrina evangélica: «Todos los fieles, cualesquiera que sean su estado y condición, están llamados por Dios, cada uno en su camino, a la perfección de la santidad, por la que el mismo Padre es perfecto»3. Todos y cada uno de los fieles. Nosotros y quienes nos rodean.
Llama el Señor a los cristianos que están en medio del mundo en plena ocupación profesional, para que allí le encuentren, realizando aquella tarea según el espíritu de Jesucristo; es decir, con perfección humana y, a la vez, con sentido sobrenatural: ofreciéndola a Dios, viviendo la caridad con las personas que tratan, con espíritu de servicio..., y así contribuir a la santificación del mundo.
Hoy podemos preguntarnos en nuestra oración ante el Señor si le damos gracias con frecuencia por esta llamada a seguirle de cerca, si estamos correspondiendo a las gracias recibidas mediante una lucha ascética clara y vibrante por adquirir las virtudes, si estamos vigilantes para rechazar todo aburguesamiento, que enflaquece los deseos de santidad y deja el alma sumida en la mediocridad espiritual y en la tibieza. No basta con querer ser buenos; el Señor nos pide que nos esforcemos decididamente por ser santos. Hoy puede ser un buen día para recomenzar en nuestro camino hacia el Señor.
— Filiación divina. Omnia in bonum!
Sabemos que todas las cosas cooperan para el bien de los que aman a Dios4, leemos en la segunda lectura de su Misa.
El sentido de la filiación divina nos ayuda a descubrir que todos los acontecimientos de nuestra vida son dirigidos, o permitidos para nuestro bien, para nuestra santidad, por la amabilísima Voluntad de Dios. Él, que es nuestro Padre, nos concede lo que más nos conviene y espera que sepamos ver su amor paternal tanto en los acontecimientos favorables como en los adversos. Este espíritu de confianza en Dios, de filiación, estuvo siempre en el núcleo de las enseñanzas de San Josemaría, «el santo de lo normal», como lo calificó Juan Pablo II.
El que ama a Dios con obras sabe que, pase lo que pase, todo será para bien, si no busca más que la gloria de Dios. Y, precisamente porque ama, pone los medios para que el resultado sea bueno. Y, después, se abandona en Dios y descansa en su providencia amorosa. Ante los acontecimientos en los que nada podemos hacer, diremos en la intimidad de nuestro corazón: Omnia in bonum, todo es para bien. Era esta una jaculatoria que San Josemaría empleó en muchas ocasiones: resuena aún en mis oídos. Expresaba su confianza en Dios Padre, fundamento de su vida y de sus enseñanzas.
Con esta convicción, también nosotros viviremos con optimismo y esperanza y superaremos así muchas dificultades en nuestro camino de santidad: «Parece que el mundo se te viene encima. A tu alrededor no se vislumbra una salida. Imposible, esta vez, superar las dificultades.
»Pero, ¿me has vuelto a olvidar que Dios es tu Padre?: omnipotente, infinitamente sabio, misericordioso. Él no puede enviarte nada malo. Eso que te preocupa, te conviene, aunque los ojos tuyos de carne estén ahora ciegos.
»Omnia in bonum! ¡Señor, que otra vez y siempre se cumpla tu sapientísima Voluntad!»5.
Omnia in bonum! ¡Todo es para bien! Todo lo podemos convertir en algo agradable a Dios, y en bien del alma. Esta expresión, que resume la de San Pablo, puede servirnos para repetirla a modo de jaculatoria, como una pequeña oración, que nos dará paz en momentos difíciles.
— Apostolado. Trascendencia de nuestra vida.
El Evangelio de la Misa6 nos muestra a Jesús junto al lago de Genesaret con una gran muchedumbre que deseaba oír la Palabra de Dios. Pedro y sus compañeros de trabajo lavaban las redes después de bregar una noche sin pescar nada. Y Jesús, que quiere meterse hondamente en el alma de Simón, le pidió la barca y le rogó que la apartase un poco de tierra.
Cuando terminó de hablar, Jesús dijo a Simón: Guía mar adentro, y echad vuestras redes para la pesca. Quizá han terminado de limpiar las redes de las algas y del fango del lago. Todo invita a la excusa: el cansancio, las redes lavadas y preparadas para la noche siguiente, la inoportunidad de la hora... Pero la mirada de Jesús, el modo imperativo y a la vez amable de dar la orden, el supremo atractivo que Cristo ejerce sobre las almas nobles... llevaron a Pedro a embarcarse de nuevo. El único motivo de echarse al agua con las barcas es Jesús:Maestro –le dice Pedro–, hemos estado fatigándonos durante toda la noche y nada hemos pescado; pero no obstante, sobre tu palabra echaré las redes. In verbo autem tuo..., sobre tu palabra. Esta es la gran razón de los santos, la que movió a San Josemaría en todos los momentos de su vida. In verbo autem tuo... En tu palabra; porque Tú lo quieres, porque esa es Tu voluntad...
Si en alguna ocasión aparece esa fatiga peculiar que origina el no ver frutos en la vida interior personal o en el apostolado, en la familia, cuando encontramos motivos humanos para abandonar la tarea, debemos oír la voz de Jesús que nos dice: Duc in altum, guía mar adentro, deja la orilla, recomienza de nuevo, vuelve a empezar... en mi Nombre.
¡Cuántas veces nos dijo San Josemaría que en la vida interior, en el apostolado habíamos de estar siempre recomenzando! El secreto de la victoria definitiva está en saber «volver a empezar», en intentarlo una vez más con la ayuda de la gracia, acudiendo con más confianza a la intercesión de la Virgen, que es garantía de que todo saldrá adelante.
Pedro se adentró en el lago con Jesús en su barca y pronto se dio cuenta de que las redes se llenaban de peces; tantos, que parecía que se iban a romper. Entonces hicieron señas a los compañeros que estaban en la otra barca para que vinieran y les ayudasen. Vinieron y llenaron las dos barcas de modo que casi se hundían. Dios premia siempre, con frutos incontables, el deseo de hacer su voluntad.
Así ha sucedido con el Opus Dei, que San Josemaría fundó por inspiración divina7 el 2 de octubre de 1928. Su fe operativa consiguió, con la ayuda del Señor, que se removiesen los obstáculos que se levantaban. Será también nuestra fe y el deseo de hacer la voluntad de Dios, con la ayuda de la gracia y la intercesión de la Virgen, la que vencerá los obstáculos que podamos encontrar en nuestra vida, en el apostolado, en el ambiente...También nosotros podremos decir: Omnia possum in eo qui me confortat!8, ¡todo lo puedo en Aquel que me conforta! Y «para cumplir una misión tan comprometedora, es necesario un incesante crecimiento interior, alimentado por la oración. San Josemaría fue un maestro en la práctica de la oración, a la que consideraba como una extraordinaria «arma» para redimir el mundo (...). Este es el fondo, el secreto de la santidad y del auténtico éxito de los santos»9.
Después de aquel milagro, Jesús dijo a Simón: No temas: desde ahora serán hombres los que has de pescar. Pedro y quienes le habían acompañado en la pesca, sacando las barcas a tierra, dejadas todas las cosas, le siguieron.
Jesús comenzó pidiendo a Pedro una barca y se quedó con su vida. Algo parecido a lo que hizo con nosotros. El Apóstol dejaría tras de sí una huella imborrable en tantas almas que Cristo mismo puso a su alcance. Comenzó correspondiendo en lo pequeño y el Señor le manifestó los grandes planes que para él, pobre pescador de Galilea, tenía desde la eternidad. Nunca pudo sospechar la trascendencia y el valor de su vida. Miles y miles de personas encendieron su fe en la de aquellos que siguieron a Jesús, y muy particularmente en la de Pedro, que sería la roca, el cimiento inconmovible de la Iglesia.
La correspondencia fiel de San Josemaría, tuvo unas consecuencias insospechadas en pocos años: gracias a su oración y mortificación, y al influjo espiritual, miles de personas de los cinco continentes de toda condición social han dedicado su vida, en las circunstancias ordinarias, a seguir de cerca al Señor al servicio de la Iglesia y de todas las almas. La Prelatura del Opus Dei es como un río de paz para tantas personas en medio del mundo, en la entraña misma de la sociedad.
Tampoco nosotros podemos sospechar las consecuencias de nuestro seguimiento fiel a Cristo. Cada vez nos pide más correspondencia a lo que, de modo diferente, nos va manifestando. Si somos fieles, un día nos hará contemplar el Señor la trascendencia de nuestro seguirle con obras:
«Eres, entre los tuyos –alma de apóstol–, la piedra caída en el lago. -Produce, con tu ejemplo y tu palabra un primer círculo... y este, otro... y otro, y otro... Cada vez más ancho.
»¿Comprendes ahora la grandeza de tu misión?»10.
No pongamos límites al Señor, como no los puso Pedro, ni los santos, ni tampoco San Josemaría, cuya fiesta litúrgica celebramos hoy.
Nuestra Madre Santa María, Stella maris, Estrella del mar, nos enseñará a ser generosos con el Señor cuando nos pida prestada una barca y cuando quiera que le demos la vida entera. Ninguna condición hemos puesto para seguirle.
1 Mt 5, 48. — 2 Ef 1, 4. — 3 Conc. Vat. II, Const. Lumen gentium, 11. — 4 2ª lectura de la Misa. Rom 8, 28. — 5 San Josemaría Escrivá, Vía Crucis, IX, n. 4. — 6 Lc 5, 1-11. — 7 Cfr. Juan Pablo II, Const. Apost. Ut sit, 28-XI-1982, Proemio. — 8 Flp 4, 13. — 9 Juan Pablo II. Homilía en la Misa de la canonización de San Josemaría. Roma 6-X-2002. — 10 Camino, n. 831.

Evangelio - Miércoles XII Semana del Tiempo Ordinario

† Lectura del santo Evangelio según san Mateo 7, 15-20
Gloria a ti, Señor.
En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: 
"Cuidado con los falsos profetas. Se acercan a ustedes disfrazados de ovejas, pero por dentro son lobos rapaces. Por sus frutos los conocerán. ¿Acaso se recogen uvas de los espinos o higos de los cardos?
Todo árbol bueno da frutos buenos y el árbol malo da frutos malos. Un árbol bueno no puede producir frutos malos y un árbol malo no puede producir frutos buenos. Todo árbol que no 
produce frutos buenos es cortado y arrojado al fuego. Así que por sus frutos los conocerán".
Palabra del Señor.
Gloria a ti, Señor Jesús.

† Meditación diaria
12ª semana. Miércoles
POR SUS FRUTOS LOS CONOCERÉIS
— Los frutos buenos solo pueden provenir de un árbol sano. Los falsos maestros y su mala doctrina.
El Señor insiste en repetidas ocasiones en el peligro de los falsos profetas, que llevarán a muchos a su ruina espiritual1. En el Antiguo Testamento también se hace referencia a estos malos pastores que causan estragos en el pueblo de Dios. Así, el Profeta Jeremías denuncia la impiedad de aquellos que profetizan por Baal y desorientan a mi pueblo Israel, lo engañan y le cuentan sus propias fantasías y no las palabras de Yahvé..., descarrían a mi pueblo con sus mentiras y sus jactancias, siendo así que yo no los he enviado, ni les he dado misión alguna, ni han hecho a mi pueblo ningún bien2. Pronto aparecieron también en el seno de la Iglesia. San Pablo los llama falsos hermanos y falsos apóstoles3, y advierte a los primeros cristianos que se guarden de ellos; San Pedro los llama falsos doctores4. En nuestros días también han proliferado los maestros del error; ha sido abundante la siembra de malas semillas, y han sido causa de desconcierto y de ruina para muchos.
En el Evangelio de la Misa5 nos advierte el Señor: Tened cuidado con los falsos profetas; se acercan con piel de oveja, pero por dentro son lobos rapaces. Mucho es el daño que causan en las almas, pues los que se acercan a ellos en busca de luz encuentran oscuridad, buscan fortaleza y hallan incertidumbre y debilidad. El mismo Señor nos señala que tanto los verdaderos como los falsos enviados de Dios se conocerán por sus frutos; los predicadores de falsas reformas y doctrinas no acarrearán más que la desunión del tronco fecundo de la Iglesia y la turbación y perdición de las almas: por sus frutos los conoceréis, nos dice Jesús. ¿Acaso se cosechan uvas de las zarzas o higos de los cardos? Los árboles sanos dan frutos buenos; los árboles dañados dan frutos malos. Un árbol sano no puede dar frutos malos, ni un árbol dañado dar frutos buenos. En este pasaje del Evangelio nos advierte el Señor para que estemos vigilantes y seamos prudentes con los doctores falsarios y con sus doctrinas engañosas, pues no siempre será fácil distinguirlas, ya que la mala doctrina se presenta muchas veces con apariencia de bondad y de bien.
— El trato con Dios y las obras del cristiano.
Los árboles sanos dan frutos buenos. Y el árbol está sano cuando corre por él savia buena. La savia del cristiano es la misma vida de Cristo, la santidad personal, que no se puede suplir con ninguna otra cosa. Por eso no debemos separarnos nunca de Él: quien está unido conmigo, y yo con él -nos dice-, ese da mucho fruto, porque sin mí nada podéis hacer6. En el trato con Jesús aprendemos a ser eficaces, a estar alegres, a comprender, a querer de verdad, a ser, en definitiva, buenos cristianos.
La vida de unión con Cristo necesariamente trasciende el ámbito individual del cristiano en beneficio de los demás: de ahí brota la fecundidad apostólica, ya que «el apostolado, cualquiera que sea, es una sobreabundancia de vida interior»7, de la unión vital con el Señor. «Esta vida de unión íntima con Cristo en la Iglesia se nutre con los auxilios espirituales comunes a todos los fieles, muy especialmente con la participación activa en la sagrada liturgia. Los seglares deben servirse de estos auxilios de tal forma que, al cumplir debidamente sus obligaciones en medio del mundo, en las circunstancias ordinarias de la vida, no separen la unión con Cristo de su vida privada, sino que crezcan intensamente en esa unión realizando sus tareas en conformidad con la Voluntad de Dios»8. El trato con el Señor en la Sagrada Eucaristía, la participación en la Santa Misa –verdadero centro de la vida del cristiano–, la oración personal y la mortificación, que permite ese trato con Dios, tendrá unas manifestaciones concretas a la hora de realizar nuestros quehaceres, al relacionarnos con otras personas, creyentes o no, y al cumplir nuestros deberes cívicos y sociales. La savia no se ve, pero los frutos sí, y por el modo de comportarnos deberán reconocer a Cristo en nosotros: por la alegría, por la serenidad ante el dolor y las contrariedades, por la facilidad para disculpar los errores ajenos, por la exigencia en los propios deberes, por la sobriedad ejemplar en el uso de los bienes materiales, por el agradecimiento sincero ante los pequeños servicios de la convivencia diaria...
Si se descuidara esa honda unión con Dios, la eficacia apostólica con quienes nos relacionamos habitualmente se iría reduciendo hasta ser nula, y los frutos se tornarían amargos, indignos de ser presentados al Señor. «Entre aquellos mismos –señalaba San Pío X– a quienes les resulta una carga recogerse en su corazón (Jer 12, 11) o no quieren hacerlo, no faltan los que reconocen la consiguiente pobreza de su alma, y se excusan con el pretexto de que se entregaron totalmente al servicio de las almas. Pero se engañan. Habiendo perdido la costumbre de tratar con Dios, cuando hablan de Él a los hombres o dan consejos de vida cristiana, están totalmente vacíos del espíritu de Dios, de manera que la palabra del Evangelio parece como muerta en ellos»9. No es infrecuente entonces que –en el mejor de los casos– se den solo consejos a ras de tierra, sin contenido sobrenatural, o doctrinas propias, cuando tenía que haberse dado la doctrina del Evangelio. Si se descuida el trato con Dios, la piedad personal, no se producen las obras que el Señor espera de cada cristiano. De la abundancia del corazón habla la boca10; y si en el corazón no está Dios, ¿cómo podrán comunicar las palabras y la vida que de Él proceden? Examinemos hoy cómo es nuestra oración: la puntualidad en la hora fijada, el empeño por rechazar las distracciones, el hacerla en el lugar más oportuno, la petición a la Virgen, a San José, al Ángel Custodio para que nos ayuden a mantener un diálogo vivo y personal con el Señor, cómo nos concretamos algún propósito cada día, aunque sea pequeño... Examinemos también cómo es nuestro interés por vivir la presencia de Dios mientras caminamos por la calle, mientras trabajamos, en la familia..., y puntualicemos qué debemos rectificar, mejorar. Formulemos un propósito, quizá pequeño, pero concreto.
— Los frutos amargos del laicismo. La actividad del cristiano en el mundo: reconducir todas las cosas a Cristo.
Así como el hombre que excluye de su vida a Dios se convierte en árbol enfermo con malos frutos, la sociedad que pretende desalojar a Dios de sus costumbres y de sus leyes produce males sin cuento y gravísimos daños para los ciudadanos que la integran. «Sin religión es imposible que sean buenas las costumbres de un Estado»11. Surge al mismo tiempo el fenómeno del laicismo, que quiere suplantar el honor debido a Dios y la moral basada en principios trascendentes, por ideales y normas de conducta meramente humanos, que acaban siendo infrahumanos. A la vez, tratan de relegar a Dios y a la Iglesia al interior de las conciencias y se ataca, con agresividad, a la Iglesia y al Papa, bien directamente o en personas o instituciones que son fieles a su Magisterio.
No es raro entonces que «donde el laicismo logra sustraer al hombre, a la familia y al Estado del influjo regenerador de Dios y de la Iglesia, aparezcan señales cada vez más evidentes y terribles de la corruptora falsedad del viejo paganismo. Cosa que sucede también en aquellas regiones en las que durante siglos brillaron los fulgores de la civilización cristiana»12. Esas señales producidas por la secularización son evidentes en muchos países, incluso de gran tradición y raigambre cristiana, donde progresa este proceso de secularización: divorcio, aborto, aumento alarmante del consumo de droga, incluso en niños y menores de edad, agresividad, desprecio de la moralidad pública... El hombre y la sociedad se deshumanizan y degradan cuando no tienen a Dios como Padre, lleno de amor, que sabe dar leyes para la misma conservación de la naturaleza humana y para que las personas encuentren su propia dignidad y alcancen el fin para el que fueron creadas.
Ante frutos tan amargos, los cristianos debemos responder con generosidad a la llamada recibida de Dios para ser sal y luz allí donde estamos, por pequeño que pueda ser o parecer el ámbito donde se desenvuelve nuestra vida. Debemos mostrar con hechos que el mundo es más humano, más alegre, más honesto, más limpio, cuando está más cerca de Dios. La vida más merece la pena ser vivida cuanto más informada esté por la luz de Cristo.
Jesús nos mueve continuamente a no permanecer inactivos, a no perder la más pequeña ocasión de dar un sentido más cristiano, más humano, a las personas y al ambiente en el que nos movemos. Al terminar nuestra oración nos preguntamos hoy: ¿qué puedo hacer yo en mi familia, en mi escuela, en la Universidad, en la oficina..., para que el Señor esté presente en esos lugares? Y pedimos a San José la firmeza de espíritu para llevar a Cristo a todas las realidades humanas. Miremos con fe el ejemplo de su vida, de la que se «desprende la gran personalidad humana de José: en ningún momento se nos aparece como un hombre apocado o asustado ante la vida; al contrario, sabe enfrentarse con los problemas, salir adelante en las situaciones difíciles, asumir con responsabilidad e iniciativa las tareas que se le encomiendan»13.
Con la gracia de Dios y la intercesión del Santo Patriarca, nos esforzaremos con constancia para dar fruto abundante, en el lugar donde Dios nos ha puesto.
1 Cfr. Mt 24, 11; Mc 13, 22; Jn 10, 12. — 2 Cfr. Jer 23, 9-40. — 3 Gal 2, 4; 2 Cor 11, 26; 1 Cor 11, 13. — 4 2 Pdr 2, 1. — 5 Mt 7, 15-20. — 6 Jn 15, 5. — 7 San Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, 239. — 8 Conc. Vat. II, Decr. Apostolicam actuositatem, 4. — 9 San Pío X, Enc. Haerent animo, 4-VIII-1908. — 10 Cfr. Lc 6, 45. — 11 León XIII, Enc. Inmortale Dei, 1-XI-1885, 15. — 12 Pío XII, Enc. Summi Pontificatus, 20-X-1939, 23. — 13 San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, 40.
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Otro comentario: REDACCIÓN evangeli.net (elaborado a partir de textos de Benedicto XVI) (Città del Vaticano, Vaticano)
Fe con obras
Hoy Jesucristo nos habla del carácter vital de la fe, que no consiste en la simple aceptación de determinados axiomas (o principios) teóricos, sino que es una "semilla" de vida dentro de nosotros. ¡Una semilla!: algo pequeño, pero vivo, que debe recorrer un camino de crecimiento.

Nuestra fe no es una teoría, sino un acontecimiento: un encuentro con Dios. Ciertamente, la fe en Jesús es "conocimiento", pero es un conocer que nos "compromete". La fe va de la palabra a la idea, pero tiene siempre que regresar de la idea a la palabra y a la acción. La fe no se puede demostrar: es un cambio del ser, y sólo quien cambia la acoge. Es un cambio que hay que hacer todos los días.

—Jesús, conocerte a ti me trae un regalo: Dios está en camino hacia mí. Ayúdame a corresponder a la exigencia que este regalo me plantea: al creer en ti, debo caminar contigo.
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Otro comentario: Santa Teresa de Ávila (1515-1582), carmelita descalza y doctora de la Iglesia El Castillo interior, 5ª Morada 3, 10-11 

“Por sus frutos los conoceréis”

¡Oh hermanas, cómo se ve claro adónde está de veras el amor del prójimo en algunas de vosotras, y en las que no está con esta perfección!Si entendieseis lo que nos importa esta virtud, no traeríais otro estudio. Cuando yo veo almas muy diligentes a entender la oración que tienen y muy encapotadas cuando están en ella, que parece no se osan bullir ni menear el pensamiento porque no se les vaya un poquito de gusto y devoción que han tenido, háceme ver cuán poco entienden del camino por donde se alcanza la unión, y piensan que allí está todo el negocio. Que no, hermanas, no; obras quiere el Señor, y que si ves una enferma a quien puedes dar algún alivio, no se te dé nada de perder esa devoción y te compadezcas de ella; y si tiene algún dolor, te duela a tí; y si fuere menester,lo ayunes, porque ella lo coma, no tanto por ella, como porque sabes que tu Señor quiere aquello. Esta es la verdadera unión con su voluntad.