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domingo, 13 de abril de 2014
Grandeza Divina, humildad humana
viernes, 11 de abril de 2014
¿Cómo será el cielo? - Juan del Carmelo
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martes, 11 de marzo de 2014
Amor divino, amor humano - Juan del Carmelo
| Actualizado 8 marzo 2014 Amor divino, amor humano |
Más de una vez…, en otras glosas hemos escrito, que el amor es el Todo de todo y ello es así, sencillamente, porque Dios es amor y sólo amor (1Jn 4,16). Su esencia su naturaleza, la naturaleza de Dios, es amor, sólo amor y nada más que amor. Y siendo esto así, es lógico de ver y comprender que sólo Dios es capaz de generar amor. Él es la única fuente, de dónde mana todo el amor que existe, todo el amor que conocemos, tanto el sobrenatural, es decir el que directamente proviene de Dios mismo, como el humano del que nosotros disponemos y sólo es un mero y pobre reflejo del amor sobrenatural divino.
Nos dice San Juan evangelista. “Nosotros amamos, porque él nos amó primero”.(1Jn 4,19). En esta afirmación de San Juan, comprendemos perfectamente, cuál es el origen del amor humano, de esa capacidad que tenemos para amar y que se nos concede como reflejo el amor Sobrenatural o divino, que es el único amor existente, porque Dios es solo uno e inmutable. Y escrito esto, señalemos cuales son las características de estas dos clases de amores.
Lo primero que hay que destacar es que el amor sobrenatural, tiene tres características importantes, amén de otras varias de las cuales carece el amor humano, y estas son: Primeramente su perfección, en segundo lugar su intensidad y en tercer lugar su inmutabilidad e ilimitud o carencia de límites. Las tres características emanan de la misma esencia de Dios y son solo atribuibles al amor sobrenatural, no del humano. pues el amor humano carece de ellas, como más adelante podemos ver.
El amor sobrenatural es perfecto, porque emana de la suma perfección que es Dios mismo. Fue Nuestro Señor el que nos dejó dicho: “Sed perfectos como mi Padre celestial es perfecto”. (Mt 5,48). Si nos miramos a nosotros mismos y miramos a nuestro alrededor, enseguida nos damos cuenta de que los hombres, unos más y otros menos, pero todos carecemos de perfección. Quizás el género humano haya avanzado algo hacia la perfección, desde el momento en que el Señor, pronunció estas palabras, pero sobre este tema ha división de opiniones y mientras unos piensan que cualquier tiempo pasado fue mejor del que ahora vivimos, también hay personas que son más optimistas y piensan que la humanidad se acerca hoy en día más a los postulado evangélicos. ¡Esto solo Dios lo sabe!
De lo que no podemos dudar, es de que Dios es la Suma perfección, y esta perfección la tiene el amor sobrenatural que Él nos genera, que es a su vez perfecto, cualidad esta que no tiene el amor humano, Nuestro amor humano, es variable, porque variables somos todos nosotros, unos más y otros menos y generalmente nuestros amores humanos son siempre interesados y están a la búsqueda de una compensación que hasta puede llegar a ser pecaminosamente por dinero.
Nuestro amor humano, siempre será más perfecto en cuanto más amemos a Dios, incluso si somos capaces de amar a los demás solo en función del amor a Dios, pues si amamos, por ejemplo por razones humanitarias exclusivamente marginado a Dios, estamos cayendo en una absurda filantropía. La perfección de nuestro amor humano, para que sea esta lo más posible, ha de pasar siempre por el tamiz del previo amor a Dios, lo contrario es auto engañarse.
En segundo lugar, está el tema de la intensidad con la que ama Dios y pobre intensidad que somos capaces de desarrollar nosotros. Más de una vez hemos escuchado el término: Fuego del amor de Dios. Efectivamente el amor de Dios es un fugo abrasador. El Señor decía: "49 He venido a arrojar un fuego sobre la tierra y ¡cuánto desearía que ya estuviera encendido! 50 Con un bautismo tengo que ser bautizado y ¡qué angustiado estoy hasta que se cumpla! 51 « ¿Creéis que estoy aquí para dar paz a la tierra? No, os lo aseguro, sino división. 52 Porque desde ahora habrá cinco en una casa y estarán divididos; tres contra dos, y dos contra tres; 53 estarán divididos el padre contra el hijo y el hijo contra el padre; la madre contra la hija y la hija contra la madre; la suegra contra la nuera y la nuera contra la suegra”. (Lc 12,49-53). El fuego del amor de Dios, abrasa pero también divide entre los que lo sienten y los que lo ignoran.
Jean Lafrance sobre este tema escribe diciendo: “Dios es un fuego devorador, un fuego que consume. Transforma en Él todo lo que toca. No se puede pretender acercarse a Dios sin dejarse devorar por este fuego. Por eso la oración es una aventura peligrosa”.Dichosos aquello que en vida en este mundo, siente abrasarse en el fuego del amor divino, porque sus reatos de culpa se esfumarán. El fuego del Amor divino, es más santificante que el del purgatorio”. Escribía Santa Teresa de Lisieux”. Es difícil que un alma que vive el fuego del amor divino, tena que pasar por el purgatorio, pues ella está penamente purificada.
Por su parte Lewis C,S, escribía: “El amor de Dios es un fuego voraz, es el amor creador de los mundos, tenaz como el amor del artista por su obra, despótico como el del hombre por el perro, providente y venerable como el del padre por su hijo, celoso, inflexible y exigente como el amor entre los sexos. Desconozco cómo es posible un amor así. Explicar porque las criaturas especialmente las humanas, poseen un amor tan prodigioso a los ojos del Salvador, es algo superior a las posibilidades de la razón”. Y Slawomir Biela también escribe diciendo: “El fuego del amor divino, del que nos habla San Juan de la Cruz, es el fuego que ilumina al hombre y que con su luz le descubre aquellas zonas de oscuridad y de mal que hay en él… Si los dos pilares de la vida interior son en ti algo superficial y exterior, no te engañes al pensar en tu vida espiritual. Si no son profundas tu contrición y tu gratitud, es señal de que apenas estás comenzando tu vida interior”.
La tercera característica es fruto de la condición de Dios, que es un Ser carente de limites e inmutable Dios es el único Ser carente de límites, no puede haber dos naturalezas carentes de límites o infinitas, pues si la hubiera una estaría limitada por el hecho de no ser la otra y por no poder tener poder sobre ella. Por tanto la naturaleza carente de límites o infinita solo es la propia de la Santísima Trinidad y si el Hijo o el Espíritu Santo tienen una naturaleza infinita, esta será la misma que la del Padre. La ilimitud o infinidad divina, afecta totalmente al amor sobrenatural que emana solo de Dios, porque lo impregna de esa carencia de límites que tiene todo lo divino. El amor de Dios a sus criaturas carece de límites y es inimaginable para nosotros. El amor humano jamás podrá gozar de esa cualidad de infinidad. Es lógico que así sea, porque nunca una parte puede alcanzar el tamaño del todo al que pertenece.
Mi más cordial saludo lector y el deseo de que Dios te bendiga.
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jueves, 6 de marzo de 2014
Distintas imágenes que tenemos de Dios - Juan del Carmelo
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miércoles, 12 de febrero de 2014
Nuestro conocimiento de la divina voluntad
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domingo, 26 de enero de 2014
Fidelidad en la fe - Juan del Carmelo
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miércoles, 4 de diciembre de 2013
Mansedumbre - Juan del Carmelo
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jueves, 28 de noviembre de 2013
Deseos humanos de felicidad - Juan del Carmelo
| Actualizado 28 noviembre 2013 Deseos humanos de felicidad |
Todo ser humano…, desde el mismo momento de su nacimiento ya empieza a dar signos de lo que tendrá el día de mañana, una verdadera obsesión por ser feliz, pues quiere estar cómodo y que nada le moleste y además que no le moleste su estómago pidiéndole agua o comida que le quiten esos gases que le incomodan y si no le hacen caso, berrea como un venado en tiempo de celo, queriéndonos decir a los adultos, que él ha venido a este mundo para ser feliz y no está dispuesto a sufrir ni por nada ni por nadie.
Este ansioso deseo de felicidad que tenemos los hombres, es solo propio de nosotros, ningún animal, sabe lo que es la felicidad ni la conoce ni la desean, no tiene miedo a la muerte, ignora todo el mundo de conocimientos o de suposiciones que nosotros tenemos alrededor de la muerte; tema que genera tal categoría de miedo, que para muchas personas es un tema tabú, y no quieren ni oír este terrible o consolador término de muerte. Solo nosotros, tenemos en exclusiva la patente del deseo de adquisición y uso de este producto que nos lleva siempre de cabeza y que se llama deseo de ser feliz.
¿Y esto porque es así? Sencillamente, porque Dios nos crea a imagen y semejanza suya, para ser inmortalmente felices participando de su gloria, como hijos suyos, porque, tal como nos dice San Juan “1¡Miren cómo nos amó el Padre! Quiso que nos llamáramos hijos de Dios, y nosotros lo somos realmente. Si el mundo no nos reconoce, es porque no lo ha reconocido a él. 2 Queridos míos, desde ahora somos hijos de Dios, y lo que seremos no se ha manifestado todavía. Sabemos que cuando se manifieste, seremos semejantes a él, porque lo veremos tal cual es. 3 El que tiene esta esperanza en él, se purifica, así como él es puro”.(1Jn 3,1-3).
Y por lo tanto estamos creados para gozar de una felicidad que ningún ser viviente la conoce, hasta que no alcance la gloria eterna. Una de esas improntas, de esos sellos divinos, con que Dios nos distingue de los animales, es el anhelo, el deseo de felicidad, que tenemos todo ser humano. Buscamos en este mundo, una felicidad, que aquí abajo es imposible de encontrar, porque hay que tener en cuenta, entre otras razones que para que una felicidad sea perfecta, ha de ser eterna, su duración ha de carecer de límites, pues el solo pensamiento de que una felicidad tal como le ocurre a la terrenal, llegará un momento en que se nos acabe nos amarga el disfrute de ella. Y para tratar de encontrar algo que nos sirva de paliativo o calmante al fuego de este deseo de ésa felicidad que llevamos dentro de sí, organizamos nuestra vida y actividad en función de esa búsqueda y si es necesario llegamos algunos a robar o a matar, si fuera necesario. Y cuando nos vamos dando cuenta, de que estamos metidos en una estéril lucha para encontrar una quimera de oro inexistente, la sensación de fracaso nos agobia y nos amarga la vida.
Para dominar correctamente este problema, del cual nadie se escapa, hay que tener en cuenta varias consideraciones. La primera de todas, es tener presente que es la contemplación del Rostro de Dios de donde emana esa felicidad que aquí abajo buscamos y no encontramos. Por lo tanto se trata de una felicidad perteneciente al orden del espíritu pues Dios es Espíritu puro. Lógicamente hemos de abandonar este mundo y ser purificados debidamente si fuera necesario, en el Purgatorio para alcanzar esta dicha. Aquellos que no alcancen esta situación y sean reprobados jamás contemplarán el Rostro de Dios, y a los pesares que se padecen y ellos padecerán en ese mundo de odio y tinieblas llamado infierno, se les añadirá el sufrimiento de no poder ver el Rostros de Dios, lo cual puede ser que ahora les importe un pimiento, porque desconocen la tremenda trascendencia que tiene esta contemplación, pero allí si la comprenderán.
Ahora aquí abajo, podemos luchar por la adquisición de dos clases de felicidad terrenal, llamándole felicidad terrenal al remedo que buscamos para calmar nuestros deseos de felicidad eterna. Esta felicidad terrenal puede ser a su vez, de dos diferentes clases una material y otra espiritual. La material, da satisfacción a nuestro cuerpo más que a nuestras almas y ella, nos entra esencialmente por medio de los ojos materiales de nuestro cuerpo, que disfrutan con el uso y nos donan esas satisfacción, por la posesión de diversos bienes materiales, como son, por ejemplo, la posesión de casas, coches, joyas, cuadros, muebles, y en grado aún superior y más elevado, la posesión de fincas, cacerías, safaris, viajes por el mundo aviones o yates, y la posesión adicional directa, de grandes industria, fábricas u otros medios de producción o la posesión indirecta, de estos bienes, a través de las acciones o participaciones mercantiles.
La posesión de todos estos bienes, no siempre producen la felicidad, que creen que proporciona los que no los tienen, pues crean un sin fin de problemas, laborales, fiscales y de todo orden que le amargan a más de uno el pretendido dulce, corriéndose además el riesgo, de que algunas veces resulta que todo termina en bancarrota y demandas judiciales. Pero el ser humano, ve más la parafernalia que se manifiesta al exterior, que las cruces que se llevan dentro. Amén, de que la posesión de bienes, incita siempre al poseedor a la soberbia y todo clases de vicios, pues todo vicio por el mero hecho de serlo, tiene su raíz en la soberbia humana.
La segunda clase de felicidad, es la que nos da la felicidad de orden espiritual, que si bien esta, no es ni sombra de la que les espera a los que se salven por su amor a Cristo, ella es un remanso de paz y bien en este mundo. Esta felicidad es la que nos proporciona el desarrollo de nuestra vida espiritual. Así como para poder apreciar la felicidad material, si emplean los ojos materiales de la cara, para poder apreciar la felicidad espiritual es necesario tener desarrollados los ojos espirituales de nuestra alma, porque es ella, nuestra alma la que aquí abajo, está capacitada para apreciar el amor y las bondades de Dios y en el cielo ella será y no nuestro cuerpo la que contemple el rostro de Dios.
Es muy difícil, hacerle comprender a un alma sin la ayuda de la gracia divina, por no decir imposible, que la felicidad que busca y desea alguien sin saberlo, no se encuentra en las materialidades de este mundo sino en la belleza del alma que tenemos y de la que Dios ha hecho de ella su templo, el lugar donde Él quiere inhabitar. Me decía una persona a la que Dios en la primera fase de su vida, quiso que probase todas las pretendidas mieles, de la felicidad terrenal material, y después un día le abrió los ojos de alma y vio que no había punto de comparación, entre las mieles de la felicidad terrena y las que nos puede proporcionar nuestra alma, si perseverantemente insistimos en amar cada vez más al Señor. Él hace que día a día, nuestro amor a Él vaya aumentando y abriéndonos más lo ojos de nuestra alma, los cuales nos proporcionan la posibilidad de sentir en todo nuestro ser, el infinito amor con que, Él nos ama y nos desea, mucho más de lo que nosotros podemos llegar a amarle y desearle a Él, porque nosotros somos criaturas limitadas y Él es infinito, es ilimitado en todo. Él es el todo y nosotros somos la nada.
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lunes, 18 de noviembre de 2013
Nuestro pobre y escaso amor al Señor - Juan del Carmelo
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