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domingo, 13 de abril de 2014

Grandeza Divina, humildad humana


Actualizado 11 abril 2014
Grandeza divina, humildad humana

     El cuarto evangelio…, todos sabemos que es el evangelio escrito por San Juan, el discípulo predilecto de Señor y es un evangelio que dado su grado espiritualidad, se diferencia de los otros tres llamados sinópticos. Este cuarto evangelio, comienza diciéndonos, en muy pocas palabras, varias cosas muy fundamentales: “1 Al principio existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios”. (Jn 1,1-2). Primeramente al decirnos: Al principio existía la Palabra, nos está diciendo que cuando se creó el mundo, al principio de su creación, Dios ya existía, Dios es anterior a la creación del mundo, Él es el único ser increado que existe, que carece de principio y que nunca tendrá fin, él es eterno. El resto de seres, que existen, ángeles, demonios, personas…, así como otros seres que puedan existir y que nosotros lo ignoramos, son todos inmortales, nunca eternos y todos hemos sido extraídos de la nada.
       En segundo lugar, San Juan con unas palabras que para algunos puede parecerles, un galimatías, nos anuncia el misterio de la Santísima Trinidad, haciendo referencia al Padre y el Hijo que es la Palabra, más adelante se hablara de Espíritu Santo, fruto de recíproco amor entre el Padre y el Hijo. En la teofanía del encinar de Mambré, fueron tres ángeles, los que en una prefiguración del misterio de la Santísima Trinidad se le aparecieron a Abraham nuestro padre en la fe y el amor a Dios.
      Si meditamos en profundidad este breve versículo, y lo que sigue a continuación, del evangelio de San Juan, nos daremos cuenta de que la grandeza de Dios, que es algo que escapa la pobre capacidad de nuestras mentes. Porque ni siquiera somos conscientes, hasta donde podemos llegar a comprender, ¡Quien es Dios!  Y es que nuestra innata soberbia, nos impide avanzar en este sentido. Nos falta humildad y nos sobra soberbia.
      Carlo Carretto, fue un italiano nacido en Alejandria en 1910 que nos abandonó retornando a la casa del Padre en 1988. Hay una parte importante, en su vida espiritual, cuando ingresa en la Fraternidad de los Hermanitos de Jesús, de la familia Carlos de Foucauld.  Marchó a hacer su noviciado en El Abiodh Sidi Cheikh, en Argelia, en donde, permaneció durante diez años, compartiendo su vida en fraternidad en el Sahara, en la zona de Tamanrasset. Este periodo fue una experiencia profunda de vida interior y de oración, en el silencio y en el trabajo, que marcaría toda su vida y sus actividades posteriores.
     Saco de los escritos de Carlo Carretto, estos párrafos, que nos hacen considerar cuán grande es la grandeza de Dios y la mucha humildad que necesitamos para aceptarla y amale a Él. “Esta arena que toco con las manos, que se escurre entre mis dedos, pertenece al Primario. Algún geólogo me dice: 350 millones de años. Los grandes reptiles que poblaron estos lugares y cuyos restos he visto en las exploraciones saharianas pertenecen al secundario, 130 millones de años. Estos camellos que llevan la sal al Níger y que pasan por delante de mí, en largas y elegantes caravanas, ponen a sus progenitores en el lejano terciario 70 millones de años. Y el hombre, este pequeño tan grande y al mismo tiempo tan pequeño, ¡con que lentitud camina sobre los cementerios de animales que le han precedido! Es del cuaternario, de ayer: 500.000 años. Dios no tiene prisa para hacer las cosas y el tiempo es suyo y no mío”
      “Vuelvo los ojos sobre Andrómeda y la noche está tan clara, que empiezo a descubrir la nebulosa que lleva el nombre de la constelación. Es el cuerpo celeste más alejado de la tierra visible a simple vista: 800.000 años luz, Entre aquella enorme distancia y la más pequeña –cuatro años de luz de Próxima, que aparecerá dentro de dos meses en la constelación del Centauro- existen las distancias de todo ese cúmulo de 40 billones de estrellas que tiene la galaxia a la que pertenecemos nosotros pequeño grano de arena, llamado Tierra. Y más allá de la nebulosa de Andrómeda, otros millones de nebulosas y millones y millones de estrellas que mis ojos no ven, pero que Dios ha creado”.
      “Yo no soy hombre estudioso, pero los hombres estudiosos dicen que la tierra sobre la que ponemos nuestros pies ha nacido hace dos mil millones de años. Después se ha preparado para esperar al hombre en las diversas épocas geológicas en las cuales la creatividad de Dios se ha expresado con todo su poder y dulzura. “Hubo así tarde y mañana” (Gn 1,5). Pero entre una mañana y otra, entre una tarde y otra… ¡Cuánto tiempo de por medio! Periodo precámbrico: mil quinientos millones de años. Primario: cuatrocientos millones de años. Terciario: cincuenta millones de años. Y finalmente el cuaternario con la presencia del hombre hace un millón de años”.
      La magnitud de las cifras que se barajan en la astronomía, no cabe dudad de que nos acerca un poco a comprender cuál es la grandeza de Dios y la pequeñez y miseria nuestra. Y en esa medida, nos acercaremos más y amaremos más a Dios. Nosotros aquí abajo, nos movemos en función del tiempo, y el tiempo es un dogal al que se encuentra sometido todo lo material. Lo material en ninguna de sus expresiones, animado o inanimado, inmortal y no digamos ya que es eterno, Porque la eternidad es de Dios.
        Leí una vez que todas las maravillas naturales, que nos ofrece este mundo y las que pueda haber en otros mundos desconocidos por nosotros, no son ni siquiera una pequeña sombra de lo que es Dios creador de todo y de lo que puede realizar. El mundo de la materia, el universo entero, ha sido creado por Él, sacándolo de la nada, y todo ello es una sola muestra, de un orden material inferior y supeditado al espiritual, que es el orden divino y al que pertenece nuestra alma, el día que pueda salir de esta jaula que nos aprisiona y que se llama cuerpo. ¡Dios mío que grande eres!
      Y para comprenderte y amarte necesitamos humildad. La humildad es la primera de todas las virtudes y es ella y solo ella, la que nos puede llevar al camino, que Tú quieres que recorramos, hasta que llegue el gozoso momento, de ser llamados por Ti.
            Mi más cordial saludo lector y el deseo de que Dios te bendiga.

viernes, 11 de abril de 2014

¿Cómo será el cielo? - Juan del Carmelo


Actualizado 9 abril 2014
¿Cómo será el cielo?

¿Quién es, él nunca se ha hecho esta pregunta? Desde épocas pretéritas, todo el mundo creyente, se ha hecho esta pregunta porque es lógico que tengamos curiosidad, los que somos creyentes, por saber lo más posible acerca de cómo será nuestra futura vida y cómo será el cielo, del que tanto hemos escuchado que existe, pero exactamente nadie lo sabe. Lo  que sí sabemos todos es que nadie ha vuelto para contárnoslo.
Lo más concreto que tenemos, dentro del desconocimiento, sobre cómo y cual será nuestra futura vida eterna, lo tenemos en las manifestaciones de San Pablo, que nos dice:“¿Que hay que gloriarse?, aunque no trae ninguna utilidad; pues vendré a las visiones y revelaciones del Señor. Sé de un hombre en Cristo, el cual hace catorce años, si en el cuerpo o fuera del cuerpo no lo sé, Dios lo sabe, fue arrebatado hasta el tercer cielo. Y sé que este hombre, en el cuerpo o fuera del cuerpo del cuerpo no lo sé, Dios lo sabe, fue arrebatado al paraíso y oyó palabras inefables que el hombre no puede pronunciar”. (2Co 12,2).
Y ya anteriormente en la primera epístola a los corintios, dejó San Pablo escrita la conocida referencia acerca del cielo, que nos dice así: “Ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni la mente del hombre, pudo imaginar, cuales cosas tiene Dios preparadas para los que le aman”. (1Co 2,9). Desde estas palabras de San Pablo, se intuye una concepción más espiritual del cielos que nos espera, pues si bien nuestra alma perderá el cuerpo terrenal que ahora tenemos, este nos será sustituido por un nuevo cuerpo espiritualizado.
En la Biblia en el A.T. tenemos una concepción más materializada del cielo, que nos da el profeta Isaías cuando nos escribe: “17 Porque yo voy a crear un cielo nuevo y una tierra nueva, y no se volverá a recordar el pasado, ni vendrá siquiera a las mentes. 18 Y habrá alegría y algazara eterna por lo que yo voy a crear. Pues yo voy a crear para Jerusalén alegría, y para su pueblo regocijo. 19 Sí; me alegraré en Jerusalén, me regocijaré en mi pueblo, y ya nunca se oirá en ella voz de llanto ni grito de lamento. 20 Ya no habrá allí recién nacido que viva sólo pocos días, ni anciano que no culmine sus años, sino que morir a los cien años será morir joven y no llegar a los cien años será señal de maldición. 21 Harán entonces casas y habitarán en ellas, plantarán viñas y comerán sus frutos”.  (Is. 65,17-21).
            Es indudable, que a los pueblos antiguos, les era muy difícil anteponer el orden espiritual sobre el orden material, que es lo que conocían y en el que vivían. El A.T. tiene una visión más antropomórfica  y material de Dios, que la visión que Jesucristo, nos da de su Padre. Las palabras del Señor, con un sentido más espiritual las recoge San Juan, el discípulo predilecto, mucho mejor que los otros tres evangelistas sinópticos.
La diferencia entre un orden material y un orden superior espiritual, con la claridad que ahora tenemos, no disfrutaban de ella las personas que vivieron en la antigüedad. Es por ello que con frecuencia se mencione el cielo con la idea de un gran banquete de bodas y el mismo Jesús, empleó esta figura completamente material para hacerles comprender a sus oyentes cómo era el cielo, para que fuese comprendido por ellos, que estaban completamente materializados.
"1Tomó Jesús de nuevo la palabra y les habló en parábolas, diciendo: 2 El reino de los cielos es semejante a un rey que preparó el banquete de bodas a su hijo. 3 Envió a sus criados a llamar a los invitados a las bodas, pero estos no quisieron venir. 4 De nuevo envió a otros siervos, ordenándoles: Decid a los invitados: Mi comida está preparada; los becerros y cebones, muertos; todo esta pronto; venid a las bodas, 5 Pero ellos desdeñosos, se fueron, quien a su campo, quien a su negocio. 6 Otros, agarrando a los siervos, los ultrajaron y les dieron muerte. 7 El rey, montando en cólera, envió sus ejércitos, hizo matar a aquellos asesinos y dio su ciudad a las llamas. 8 Después dijo a sus siervos: El banquete esta dispuesto, pero los invitados no eran dignos. 9 Id, pues, a las salidas de los caminos, y a cuantos encontréis llamadlos a las bodas. 10 Salieron a los caminos los siervos y reunieron s cuantos encontraron, malos y buenos, y la sala de bodas quedo llena de convidados. 11 Entrando el rey para ver a los que estaban a la mesa, vio allí a un hombre que no llevaba traje de boda, 12 y le dijo: Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin el vestido de boda? El enmudeció. 13 Entonces el rey dijo a sus ministros: Atadle de pies y manos y arrojadle a las tinieblas exteriores; allí habrá llanto y crujir de dientes. 14 Porque muchos son los llamados y pocos los escogidos”.  (Mt 22, 1-14). No dijo el Señor que el reino de los cielos, fuese así, sino que dijo que era semejante a… Es decir, el reino de los cielos, es pura espiritualidad, porque tanto Dios como los ángeles, son espíritus puros como los son nuestras almas. El problema para nosotros es que nuestras almas espirituales están dominadas por a materialidad de nuestros cuerpo, que continuamente le están pidiendo y exigiendo a nuestras almas, la satisfacción de sus tendencias desordenadas y apetitos materiales.
Nosotros tenemos dominada nuestra alma, por nuestro cuerpo, como consecuencia del pecado de nuestros primeros padres y esto nos determina una tendencia antropomórfica, es decir a querer ver e imaginar todo a través del cristal de nuestro cuerpo. Pensamos en Dios en los ángeles y en los santos y los imaginamos con sus cuerpos vestidos y con una visible aureola de santidad Todavía esto sería posible en el caso de los santos y en el de nuestro Señor Jesucristo, pues cuando estaban en este mundo disponían de cuerpo mortal. Pero en el caso de Dios Padre o en el del Espíritu Santo, estos pensamientos nuestros no tienen ningún sentido.
La primera condición básica para entender lo que es el cielo, es partir de un conocimiento de Dios hasta donde sea capaz de llegar nuestra mente y darnos cuenta de que el cielo es esencialmente Dios. Darnos cuenta de que Dios es un espíritu puro cuya esencia es el amor y del que emana una luz espiritual divina, que solo pueden captar, los sentidos de nuestras almas. Él es amor y solos amor (1Jn 4,16) y todo en Él tiene un carácter ilimitado ya sea su omnipotencia, su omnisciencia, pero sobre todo su amor, a todo lo por Él creado y nosotros somos criaturas creadas por Él, por razón de amor, para amar y ser amadas hasta unos límites inimaginables para nosotros. Y es ahí donde encontraremos nuestra eterna felicidad, una felicidad para la cual hemos sido creados, y tal como nos dice San Agustín:Señor, me has creado para Ti, y mi corazón está inquieto hasta que descanse en Ti.
            Mi más cordial saludo lector y el deseo de que Dios te bendiga.

martes, 11 de marzo de 2014

Amor divino, amor humano - Juan del Carmelo

Actualizado 8 marzo 2014
Amor divino, amor humano

Más de una vez…, en otras glosas hemos escrito, que el amor es el Todo de todo y ello es así, sencillamente, porque Dios es amor y sólo amor (1Jn 4,16). Su esencia su naturaleza, la naturaleza de Dios, es amor, sólo amor y nada más que amor. Y siendo esto así, es lógico de ver y comprender que sólo Dios es capaz de generar amor. Él es la única fuente, de dónde mana todo el amor que existe, todo el amor que conocemos, tanto el sobrenatural, es decir el que directamente proviene de Dios mismo, como el humano del que nosotros disponemos y sólo es un mero y pobre reflejo del amor sobrenatural divino.
Nos dice San Juan evangelista. Nosotros amamos, porque él nos amó primero”.(1Jn 4,19). En esta afirmación de San Juan, comprendemos perfectamente, cuál es el origen del amor humano, de esa capacidad que tenemos para amar y que se nos concede como reflejo el amor Sobrenatural o divino, que es el único amor existente, porque Dios es solo uno e inmutable. Y escrito esto, señalemos cuales son las características de estas dos clases de amores.
Lo primero que hay que destacar es que el amor sobrenatural, tiene tres características importantes, amén de otras varias de las cuales carece el amor humano, y estas son: Primeramente su perfección, en segundo lugar su intensidad y en tercer lugar su inmutabilidad e ilimitud o carencia de límites. Las tres características emanan de la misma esencia de Dios y son solo atribuibles al amor sobrenatural, no del humano. pues el amor humano carece de ellas, como más adelante podemos ver.
El amor sobrenatural es perfecto, porque emana de la suma perfección que es Dios mismo. Fue Nuestro Señor el que nos dejó dicho: “Sed perfectos como mi Padre celestial es perfecto”. (Mt 5,48). Si nos miramos a nosotros mismos y miramos a nuestro alrededor, enseguida nos damos cuenta de que los hombres, unos más y otros menos, pero todos carecemos de perfección. Quizás el género humano haya avanzado algo hacia la perfección, desde el momento en que el Señor, pronunció estas palabras, pero sobre este tema ha división de opiniones y mientras unos piensan que cualquier tiempo pasado fue mejor del que ahora vivimos, también hay personas que son más optimistas y piensan que la humanidad se acerca hoy en día más a los postulado evangélicos. ¡Esto solo Dios lo sabe!
De lo que no podemos dudar, es de que Dios es la Suma perfección, y esta perfección la tiene el  amor sobrenatural que Él nos genera, que es a su vez perfecto, cualidad esta que no tiene el amor humano, Nuestro amor humano, es variable, porque variables somos todos nosotros, unos más y otros menos y generalmente nuestros amores humanos son siempre interesados y están a la búsqueda de una compensación que hasta puede llegar a ser pecaminosamente por dinero.
Nuestro amor humano, siempre será más perfecto en cuanto más amemos a Dios, incluso si somos capaces de amar a los demás solo en función del amor a Dios, pues si amamos, por ejemplo por razones humanitarias exclusivamente marginado a Dios, estamos cayendo en una absurda filantropía. La perfección de nuestro amor humano, para que sea esta lo más posible, ha de pasar siempre por el tamiz del previo amor a Dios, lo contrario es auto engañarse.
En segundo lugar, está el tema de la intensidad con la que ama Dios y pobre intensidad que somos capaces de desarrollar nosotros. Más de una vez hemos escuchado el término: Fuego del amor de Dios. Efectivamente el amor de Dios es un fugo abrasador. El Señor decía: "49 He venido a arrojar un fuego sobre la tierra y ¡cuánto desearía que ya estuviera encendido! 50 Con un bautismo tengo que ser bautizado y ¡qué angustiado estoy hasta que se cumpla! 51 « ¿Creéis que estoy aquí para dar paz a la tierra? No, os lo aseguro, sino división. 52 Porque desde ahora habrá cinco en una casa y estarán divididos; tres contra dos, y dos contra tres;   53 estarán divididos el padre contra el hijo y el hijo contra el padre; la madre contra la hija y la hija contra la  madre; la suegra contra la nuera y la nuera contra la suegra”. (Lc 12,49-53). El fuego del amor de Dios, abrasa pero también divide entre los que lo sienten y los que lo ignoran.
Jean Lafrance sobre este tema escribe diciendo: “Dios es un fuego devorador, un fuego que consume. Transforma en Él todo lo que toca. No se puede pretender acercarse a Dios sin dejarse devorar por este fuego. Por eso la oración es una aventura peligrosa”.Dichosos aquello que en vida en este mundo, siente abrasarse en el fuego del amor divino, porque sus reatos de culpa se esfumarán. El fuego del Amor divino, es más santificante que el del purgatorio”.  Escribía Santa Teresa de Lisieux”. Es difícil que un alma que vive el fuego del amor divino, tena que pasar por el purgatorio, pues ella está penamente purificada.
Por su parte Lewis C,S, escribía: “El amor de Dios es un fuego voraz, es el amor creador de los mundos, tenaz como el amor del artista por su obra, despótico como el del hombre por el perro, providente y venerable como el del padre por su hijo, celoso, inflexible y exigente como el amor entre los sexos. Desconozco cómo es posible un amor así. Explicar porque las criaturas especialmente las humanas, poseen un amor tan prodigioso a los ojos del Salvador, es algo superior a las posibilidades de la razón”.  Y Slawomir Biela también escribe diciendo: “El fuego del amor divino, del que nos habla San Juan de la Cruz, es el fuego que ilumina al hombre y que con su luz le descubre aquellas zonas de oscuridad y de mal que hay en él… Si los dos pilares de la vida interior son en ti algo superficial y exterior, no te engañes al pensar en tu vida espiritual. Si no son profundas tu contrición y tu gratitud, es señal de que apenas estás comenzando tu vida interior”.
La tercera característica es fruto de la condición de Dios, que es un Ser carente de limites e inmutable Dios es el único Ser carente de límites, no puede haber dos naturalezas carentes de límites o infinitas, pues si la hubiera una estaría limitada por el hecho de no ser la otra y por no poder tener poder sobre ella. Por tanto la naturaleza carente de límites o infinita solo es la propia de la Santísima Trinidad y si el Hijo o el Espíritu Santo tienen una naturaleza infinita, esta será la misma que la del Padre. La ilimitud o infinidad divina, afecta totalmente al amor sobrenatural que emana solo de Dios, porque lo impregna de esa carencia de límites que tiene todo lo divino.  El amor de Dios a sus criaturas carece de límites y es inimaginable para nosotros. El amor humano jamás podrá gozar de esa cualidad de infinidad. Es lógico que así sea, porque nunca una parte puede alcanzar el tamaño del todo al  que pertenece.
            Mi más cordial saludo lector y el deseo de que Dios te bendiga.

jueves, 6 de marzo de 2014

Distintas imágenes que tenemos de Dios - Juan del Carmelo


Actualizado 6 marzo 2014
Distintas imágenes que tenemos de Dios
Tanto en el orden material…, como en el orden espiritual, todos los seres humanos, nos formamos mentalmente unas imágenes e ideas acerca  de las realidades materiales o espirituales que nos rodean, que difícilmente coinciden unas con otras, por existen una serie de factores que no nos permiten coincidir en nuestras apreciaciones. Dicho esto en términos vulgares hay un refrán castellano que nos dice: Cada cual cuenta la feria, tal como le ha ido en ella.
Entre la gran mayoría de personas, que conocen grandes ciudades, como pueden ser Londres, Paris o Roma, cada una tiene una distinta visión de esta ciudades, unas personas opinan, por ejemplo de Paris, que sí que es una gran ciudad, pero muy sucia, el metro está muy anticuado, los franceses no le caen bien, que hay mucha inseguridad y todo está muy caro, por otro lado es mucho mejor  El Corte ingles de Madrid, que Galerías Lafayette, en Paris todo responde a glorias pasadas. Por el contrario hay personas que se deshacen en elogios sobre Paris y lamentan el no poder vivir en una ciudad así. Lo dicho, cada cual cuenta la feria tal como le ha ido en ella.
Y esto ocurre con las realidades materiales que nos rodean y que fácilmente las podemos ver comprobar con los ojos materiales de nuestra cara, y nadie  duda de su existencia, inclusive sin haber estado allí, porque le damos a fe material, un valor de cuasi evidencia. Muchos son, los que no hemos estado, por ejemplo en Alaska, pero a nadie se nos ocurre dudar de la existencia de ese estado norteamericano. Ahora bien, en cuanto se trata de realidades del orden espiritual, las cosas cambien radicalmente y hay una razón muy sencilla para entender este cambio, en nuestra forma de apreciar las realidades espirituales y ello se relaciona con las actuaciones demoniacas, pues al maligno le importa un comino que creamos o no en la existencia de Alaska, pero si le importa mucho que no creamos, en la existencia de Dios y hace todo lo posible para que no creamos.
 En el mundo hay dos clases de personas, las que si creen en la existencia de Dios y las que no creen que Dios existe, pero es el caso de que entre los que creemos que Dios si existe, hay una tremenda diferencia en la apreciación de esta existencia divina. En otras palabras todos tenemos una distinta imagen de la existencia de Dios y sobre todo de su naturaleza y esencia. Lo más normal, es que dada la prepotencia que nuestros cuerpos materiales tienen sobre nuestras almas espirituales, se tenga una mentalidad antropomórfica de Dios.
Y este es el primer gran error que tenemos sobre Dios. Dios es espíritu puro y su figura es inexistente. Caso distinto es el del Señor, que para redimirnos de las cadenas de satanás tomo carne mortal y dispone de un cuerpo glorioso resucitado, tal como el que nosotros dispondremos si perseveramos en el amor a Él. Es San Pablo el que nos escribe diciéndonos: 11 Es doctrina segura: si morimos con él, también viviremos con él”. (2Tm 2,11) Quien quiere morir con Cristo resucita día a día a una vida nueva de entrega, de oración incesante y de amor inagotable.
Y para tener una imagen correcta de Dios el tema se nos complica, porque hemos de tener en cuenta el misterio de la Santísima Trinidad, ya que la segunda persona de la Trinidad, es decir Cristo-Dios, quiso ser como nosotros somos, parte materia y parte espiritual. Hasta tal punto es incomprensible este misterio de la Santísima Trinidad, que por un lado, tanto hebreos como musulmanes, nos tilda de politeístas y por otro es tan maravilloso la esencia de este incomprensible misterio, que a más de uno, pensar en este misterio, nos sirve para reafirmarnos en la firmeza de nuestra fe, puesto que es imposible para una limitada mente humana, el haber concebido y estructurado un misterio de esta categoría. 
Lo más fundamental de la naturaleza y esencia de Dios, hace tiempo que por inspiración divina nos lo aclaró San Juan cuando escribió en su primera epístola: Dios es amor y solo amor. (1Jn 4,16) El amor no es un atributo más, de Dios como puede ser la omnipotencia o la omnisciencia de Él, el amor es su propia esencia, no un atributo más. Y como quiera que el amor para ser real y verdadero tal como es el amor divino, tiene que disponer de una serie de características propias que lo configuran y ellas han de tenerse presente para comprender a Dios.
Tengamos presente, que al ser Dios un Ser inmutable, es inmutable también el amor que Él genera, pues solo existe un amor, que es el generado por Dios. A lo que nosotros llamamos amor, es decir al amor humano, él no es, más que solo pequeño reflejo del amor sobrenatural divino.
Un algo muy importante y trascendente en nuestra vida actual y en la futura, es la magnitud del amor con el que Dios nos ama. El amor de Dios como todo lo que es expresión propia de Él es infinito, carece de límites. Dios nos ama locamente y no somos verdaderamente conscientes de la existencia de este amor, ni capaces, de tratar de corresponderle a Él, al menos en una ínfima millonésima parte, del amor que Él nos tiene.
A muchos de los creyentes, más les preocupa por encima de este maravilloso amor que Dios nos tiene, el tema de la misericordia divina. Sin duda alguna Dios es también infinitamente misericordioso, pero son más de uno, los que no buscan el amor de Dios a lo largo de su vida y lo confían todo, en que al final con  la misericordia divina uno está salvado y se obtiene la vida eterna. Esta clase de personas y muchas otras se olvidad de algo, muy importante y es que para que se genere en Dios la misericordia, debe de haber previamente un sincero arrepentimiento y el  arrepentimiento en sí, es un acto de amor  es que el amor está por encima de la misericordia, es el amor el que genera en Dios su misericordia y no al contrarios.
 Está muy extendida la idea de que Dios como nos ama tanto, no puede condenarnos y se olvidan de que Dios además de misericordioso es también justo. En relación a este problema en más de una glosa hemos tratado el tema del ámbito de amor de Dios.
De una antigua glosa sacamos este párrafo: Mientras estemos en este mundo, el Señor a todos nos mantiene dentro de su ámbito de amor. A unos para que no yerren el camino, a otros dándoles oportunidades de que lo encuentren y con otros ejerciendo su paciencia y a la espera de que se caigan del guindo. Pero lo importante y trascendente ocurre al final en el momento de abandonar este mundo, porque cuando lo abandonamos, pueden ocurrir dos cosas, una  que es la deseable y es que continuemos dentro del ámbito de amor del Señor y otra es que lo abandonemos definitivamente.
Abandonar definitivamente su ámbito de amor, supone una trasformación de nuestro ser, ya que lo que consideramos natural y nos creemos que nunca acabará que es el amor del Señor, desaparece al igual que la luz divina que acompaña a su amor. Y al producirse ese vacío en nuestro ser, este vacío, se rellena automáticamente con la antítesis del amor y la luz, que son el odio y las tinieblas. Y ya sabemos todos, a donde conduce la falta de amor y de luz.
Busquemos pues, nuestra auténtica imagen de Dios y para ello solo hay un camino, que Cristo nos lo indicó cuando: “5 Le dijo Tomás: No sabemos adónde vas: ¿cómo, pues, podemos saber el camino? 6 Jesús le dijo: Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida; nadie viene al Padre sino por mí. 7 Si me habéis conocido, conoceréis también a mi Padre. Desde ahora le conocéis y le habéis visto. 8 Felipe le dijo: Señor, muéstranos al Padre y nos basta 9 Jesús le dijo: Felipe, ¿tanto tiempo hace que estoy con vosotros y no me habéis conocido? El que me ha visto a mí ha visto al Padre: ¿cómo dices tú: Muéstranos al Padre? 10 ¿No crees, que yo estoy en el Padre y el Padre en mí? Las palabras que yo os digo no las hablo de mí mismo; el Padre que mora en mí, hace sus obras. 11 Creedme, que yo estoy en el Padre y el Padre en mí; a lo menos creedlo por las obras”. (Jn 14,5-11).
            Mi más cordial saludo lector y el deseo de que Dios te bendiga.

miércoles, 12 de febrero de 2014

Nuestro conocimiento de la divina voluntad


Actualizado 12 febrero 2014
Nuestro conocimiento de la divina voluntad
            El cumplimiento de la voluntad de Dios…., era para el Señor su Hijo, lo más fundamental de todo. Así tenemos que San Juan escribe en evangelios: “…, mi comida es hacer la voluntad del que me ha enviado, y dar cumplimiento a su obra”. (Jn 4,34), y en el capítulo seis: “…, porque he bajado del cielo no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me envío”.  (Jn 6,38). También San Marcos recoge las palabras del Señor cuando dice: “No se haga como yo quiero, Padre, sino como quieres Tu”. (Mc 14,36). Por su parte San Mateo, también escribe: “No todo el que dice: ¡Señor, Señor! entrara en el Reino de los cielos, sino el que cumple la voluntad de mi Padre que está en el cielo”. (Mt 7,21). “…, mi comida es hacer la voluntad del que me ha enviado, y dar cumplimiento a su obra”. (Jn 4,34). “…, porque he bajado del cielo no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me envío”. (Jn 6, 38). Y además de estas citas existen otras varias más acerca de la importancia que tenía para el Señor, cumplimentar la voluntad de su padre. Y esa misma importancia ha de tener para nosotros.
            Pero para cumplimentar la voluntad de Dios, desde luego que lo primero de todo es tener el deseo de cumplimentarla, de hacer lo que Dios desea que hagamos. Y si este deseo es firme y cierto, viene después la segunda parte, que es, la de que hay que tener un perfecto conocimiento, de cuál es el contenido de esa voluntad de Dios, que deseamos cumplimentar en el caso concreto de que se trate. Eso es un algo, que a primera vista puede parecer fácil, pero no lo es tanto, puesto que para ello se ha de tener una tremenda limpieza de nuestra alma y un gran y perfecto desarrollo de nuestra vida espiritual. Y de todo esto generalmente, al menos yo, carecemos muchos y desde luego no se dispone debidamente de estos bienes espirituales.
            Escriben los autores norteamericanos, Nemeck F. K. y Coombs M. T. diciéndonos, que: “El discernimiento se va evidenciando según la medida de iluminación que Dios quiera concedernos y hasta el grado que seamos capaces de asimilar en ese momento. Puesto que el discernimiento comienza en fe, prosigue en fe, y termina en fe, y siempre permanecerá envuelto en cierta oscuridad. No podemos saber con rigor y precisión científica que es exactamente lo que el Señor desea. En el deslizamiento normal de los acontecimientos de nuestra vida diaria, la intuición y el sentido común constituyen dos de los más importantes medios para percibir la voluntad de Dios”.
            Para Jean Lafrance, “El discernimiento solo es posible a los que viven habitualmente en oración. No se trata de cualquier oración, sino de una oración que nos enseña a contemplar la acción del Espíritu Santo en nosotros a fin de colaborar en ella”. Y sigue diciéndonos más adelante: “Es preciso que una persona se halla desarrollado en la vida del Espíritu para ser capaz de discernir. No es el trabajo de una razón que reflexiona o discute, ni de una voluntad que decide, sino de un sentido espiritual que reconoce la acción del Espíritu, descubriendo su rastro”.
Diariamente nos encontramos ante dilemas de que es, lo que debemos de hacer, que es lo que Dios desea que yo haga. Y estamos obligados a buscar la auténtica voluntad de Dios, no la que más de una vez nosotros pensamos que esa es la auténtica, Nuestra dichosa concupiscencia, unida a nuestra soberbia consciente o inconsciente, ayudado todo esto con las razones justificativas que nos susurra satanás, nos desvían de adquirir un exacto y autentico conocimiento de cual es y en cada momento y circunstancia esta la voluntad de Dios. Lo normal es que nos encontremos muchas veces, escribe Fernández Carvajal que estamos a oscuras y desorientados porque, en vez de buscar la luz de la voluntad de Dios, vamos alumbrando nuestra vida con la luz de nuestros propios caprichos, que nos llevan quizás por sendas más fáciles. Realmente a todos los que deseamos cumplir con la voluntad de Dios, nos gustaría tener la certeza de estar cumpliendo la voluntad de Dios: un deseo lógico y natural y desde luego hay que pensar que, si lo que pretendemos es amoldarnos a ella: y si las buscamos con corazón sincero, normalmente Dos se ocupará de ello, y contaremos con las luces que nos permitan comprenderla.
Pero no siempre es así, escribe Jacques Philippe. Por dos razones: la primera porque Dios nos trata como adultos y existen multitud de circunstancias en las que quiere que decidamos por nosotros mismos. Y en segundo lugar con el fin de purificarnos: si siempre tuviéramos la seguridad de estar en la Verdad, de estar haciendo la voluntad de Dios, no tardaríamos en caer en una peligrosa presunción que podría convertirse fácilmente en orgullo espiritual, por nuestra parte. La imposibilidad de estar siempre absolutamente seguros de hacer la voluntad divina es una dolorosa desgracia, pero nos protege, nos hace humildes y pequeños, en búsqueda constante, y nos impide apoyarnos en nosotros mismos y alcanzar una falsa seguridad que nos eximiría del abandono
            Lo importante desde luego es la buena fe en la intencionalidad de nuestros actos. Así el Abad Eugene Boyland, nos dice: “Dios no se enojará con nosotros por no seguir un camino inseguro, y donde su voluntad no está clara, nunca debemos dejar que nuestra duda sea una fuente de inquietud para nosotros o un desvío de Él”. Y San Francisco de Sales, el dulce obispo de Ginebra, aunque los protestantes no le dejaban entrar en su diócesis y resida cerca de Ginebra en Annency, se preguntaba: ¿A qué calentarme la cabeza en adivinar si Dios prefiere que yo rece el rosario, mejor que el oficio parvo,…?. ¿O que vaya a visitar enfermos del hospital mejor que a rezar las Vísperas?…. Lo importante es obrar siempre de buena fe, sin pararse en nimiedades…”.
            Para comprender bien ese tema y darnos cuenta que el discernimiento correcto, siempre nos vendrá de Dios si procuramos actuar siempre de buena fe y con limpia intencionalidad, debemos de tener presente tal cómo nos dice el obispo Fulton Sheen que:“El conocimiento es adquirido; la sabiduría es infusa. El conocimiento proviene del afuera; se aprende y se absorbe. La sabiduría es infundida y nos llega como una iluminación”. Será mediante la razón y mediante el Evangelio, con la iluminación del Espíritu Santo, como Dios nos guiará..
Si así actuamos, nos dice Jean Lafrance que: “La paz y la alegría son señales de la acción de Dios en ti…. Si gozas de una paz duradera, y de una verdadera alegría, puedes decir que los proyectos que acompañan a tus sentimientos interiores son queridos por Dios, pues el Espíritu Santo obra siempre en la alegría la paz y la dulzura. Si por el contrario, estas triste, desanimado e inquieto puedes suponer que el proyecto formado está inspirado probablemente por la carne o por el espíritu del mal”.  
            Mi más cordial saludo lector y el deseo de que Dios te bendiga.

domingo, 26 de enero de 2014

Fidelidad en la fe - Juan del Carmelo


Actualizado 25 enero 2014
Fidelidad en la fe

      Es esta la glosa número…, 28 que escribo sobre el tema de la fe ¿Y qué quiere decir esto? Pues que dada la importancia del tema de la fe, aún me parecen pocas, porque aquí en esta vida, aunque reconozcamos que de las tres virtudes teologales el amor es la primera, la fe es el cimiento del amor al Señor, si se carece de fe, la virtud del amor al Señor se nos derrumba como un azucarillo en un torrente de agua. Nadie puede amar a nadie, que no cree que exista y es por ello que teniendo la fe menos importancia en su esencia, que la virtud del amor, y sin embargo cuando enunciamos las tres virtudes teologales ponemos por delate en primer lugar la fe. Porque si no hay fe, ni forma de sembrarla en un corazón; apaga y vámonos.
            Cierto es que además de estas 28 glosas que llevo escritas y publicadas sobre la fe, en más de una y en libros y otros escritos míos, he sido reiterativo, en citas, aseveraciones y pensamientos sobre la fe, de lo cual no me arrepiento, porque nuestras mentes son muy ligeras y necesitan que se les repita todo, para ir asimilando, lo que lee. Esto nos pasa a todos y a mí me justifica, para ser reiterativo y tratar de lograr que el día de mañana todos nos encontremos en el cielo.
          La fuerza de la reiteración es tal, que frecuentemente en política se oye decir, que:Una mentira dicha cien veces se termina convirtiendo en una verdad. Esto desde luego es un gran sofisma, que los políticos de cada bando le atribuyen la autoría de este sofismo a un destacado miembro del bando contrario. Unos se la atribuyen a Stalin, y otros a Goebbels, según uno sea comunista o no. Desde luego la reiteración en la vida espiritual es buena y querida por Dios, a Dios le gusta que le reiteremos en la oración, hay tenemos por ejemplo el que nos puso el Señor en la parábola del juez inicuo. Pero como esto no es el tema de esta glosa, vallamos a lo nuestro.
            Fiel y fidelidad son dos términos que nos aluden a una virtud, plenamente relacionada con el tiempo. Tanto la perseverancia como la fidelidad son dos términos complementarios, vinculados al factor tiempo. Fidelidad expresa la condición de ser fiel, y ser fiel equivale, cuando se trata de personas, a ser exacto o igual a alguien. Ser fiel a Ti Señor, es tratar de asemejarse a Ti, y para semejarse a Ti, hay que amarte, pues como dice San Juan de la Cruz, el amor asemeja, y Tú eres amor y nada más que amor (1Jn 4,16).. Pero la fidelidad necesita una proyección en el tiempo, y es entonces cuando surge el término perseverancia.
            El hombre de todas las épocas ha estimado mucho la fidelidad, sobre todo como esencia de sus ejércitos. Un soldado que no es fiel a su juramento y no le da su debida fidelidad a su patria, es reo de crimen, mucho más en épocas de guerras. Una persona consagrada que no es fiel a sus votos es también reo del quebrantamiento de sus votos. El tiempo de la fidelidad puede ser parcial pero generalmente comprende todo el periodo de una vida. En materia espiritual, resultaría absurdo decirle al Señor: Soy fiel cumplidor de tus mandamientos, pero solo por un periodo de cinco años. En materia de nuestra vida espiritual y relaciones con el Señor, Él lo pide todo y es todo el tiempo de nuestra vida en este mundo el periodo de tiempo en que tenemos que ser fieles a su amor. Si de verdad deseamos ser fieles al Señor, tomemos ejemplo de nuestros perros.
            Pero si carecemos de fe, ya lo hemos escrito más arriba: Apaga y vámonos. Por ello la fidelidad en la fe es esencial. Es por ello que el Señor nos dejó dicho: “Quien es fiel en lo pequeño, también lo es en lo grande”. (Lc 16,10). Nuestra fe puede ser grande o pequeña, pero aunque sea pequeña, si somos fieles a ella y perseveramos, terminará por hacerse grande. Siempre he pensado y comprobado en mis propias carnes, que la fe no es una categoría absoluta y nadie puede decir honradamente tengo o no tengo fe, porque las categorías del tamaño de la fe que una persona pueda tener varia extraordinariamente. Nadie puede decir, he alcanzado un buen grado de fe y desde ahora yo ya no tengo porque preocuparme de este tema. ¡Insensato! no sabes que satanás, tal como nos dice San Pedro, es un león rugiente que continuamente está dando vueltas buscando a quien devorar. Nadie escapa a las dudas de fe, hoy mismo en una comparecencia del papa Francisco, suprimiré lo de primero tal como a él le gusta, manifestaba en un video que hasta el mismo había tenido dudas de fe.
            Las dudas de fe en contra de lo que se pueda suponer son una buena cosa, porque estos ataques demoniacos a nuestra fe, nos hacen pensar dos cosas importantes: si el demonio se está ocupando de mí es que mi vida espiritual le molesta. El demonio nunca pierde tiempo ni la ocasión, por lo que nunca se le ocurre trabajar en balde creándole dudas de fe a un no creyente. Y la segunda es que si vencemos las dudas, hemos aumentado nuestra gloria, costa del demonio, pero no por ello pensemos que él se da por vencido y tira la toalla, volverá siempre a la carga aunque de distinta forma por distintos caminos. Nuestra gran aliada es la divina gracia que si la pedimos, nunca nos faltará.
            “El fraile dominico Bonaventure, Perquin, escribe diciéndonos: “Todas las pruebas que componen la gran prueba en que consiste la vida misma, nos ponen de manifiesto que la única seguridad es nuestra fe  en el poder del Padre y en su amor misericordioso, en su sabiduría y en su providencia, Dios es siempre fiel, incluso hasta cuando parece que nos desposee de toda nuestra seguridad natural”. Desde luego que es en la fidelidad de Dios donde hemos de apoyar nuestra fidelidad a Dios. San Pablo en su segunda epístola a Timoteo, escribe: “Verdadera es la palabra: Que si padecemos con Él, también con Él viviremos. 12 Si sufrimos con Él, con Él reinaremos. Si le negamos, también Él nos negará. 13 Si le fuéramos infieles, Él permanecerá fiel, que no puede negarse a sí mismo”.(2Tm 2,11-13).
            El papa Juan Pablo II, en una de sus múltiples viajes, concretamente en uno a México, dijo: “Toda fidelidad debe de pasar por la prueba más exigente: la duración... Es fácil ser coherente por un día o algunos días. Difícil e importante es ser coherente toda la vida. Es fácil ser coherente en la hora de la exaltación, difícil serlo en la hora de la tribulación. Y solo puede llamarse fidelidad a una coherencia que dura toda una vida”.
            Mi más cordial saludo lector y el deseo de que Dios te bendiga.

miércoles, 4 de diciembre de 2013

Mansedumbre - Juan del Carmelo

                                                            
Actualizado 4 diciembre 2013
Mansedumbre
            Como todos sabemos…, la mansedumbre es una virtud que se obtiene, como todas las virtudes, por la acción del Espíritu Santo en nuestra alma. Ella es uno de los doce frutos de la acción del Espíritu Santo.
Muy claramente el Padre Royo Marín nos explica que: “En las inspiraciones divinas el Espíritu Santo propone el acto de virtud al entendimiento y excita la voluntad para que lo cumpla; el justo, finalmente lo aprueba y lo cumple, aunque siempre bajo el influjo de la divina gracia…, en la medida que el alma va siendo fiel a este impulso, va adquiriendo facilidad y delectación en el ejercicio de las virtudes y estos actos se llaman entonces frutos del Espíritu Santo”. La mansedumbre pues es una virtud al tiempo que es uno de los doce frutos del Espíritu Santo., cuales son: Caridad; Gozo espiritual; Paz; Paciencia; Benignidad; Bondad; Longanimidad; Fe; Modestia; Continencia, y Castidad. La mártir carmelita descalza, Santa Teresa Benedicta del Cruz nos escribe diciendo que: “Tenemos que vivir en la certeza de fe de que lo que el Espíritu de Dios obra escondidamente en nosotros, produce sus frutos para el Reino de Dios. Nosotros los veremos en la eternidad”. En otras palabras los frutos del Espíritu Santo, son virtudes transformadas en frutos por un continuo ejercicio de la virtud  de que se trate.
            Cómo todas las virtudes y esta, la mansedumbre no es una excepción, ellas se enraízan en la humildad, que es la mayor de las virtudes, la que más place el Señor, la que se encuentra en la cumbre de la pirámide de las virtudes. Y como se sabe, toda virtud tiene un vicio antitético Las antítesis de la mansedumbre son los vicios de la ira y la violencia. Y así cómo toda virtud se enraíza en la más sublime de las virtudes que es la humildad, todo vicio también se enraíza en el peor de ellos, que es la soberbia. Y tal como se nos dice en los salmos, Dios odia la soberbia.
            La mansedumbre, claramente nos fue señalada por el Señor, como un gran virtud, cuando el mismo se puso de ejemplo y nos dijo: “29 Tomad sobre vosotros mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallareis descanso para vuestras almas, 30 pues mi yugo es blando y mi carga ligera”. (Mt 11,28-29). Ya en el A.T. en el Eclesiástico se nos dice: “Porque el temor del Señor es sabiduría e instrucción: a él le agradan la fidelidad y la mansedumbre”. (Ecl 1,27). El Señor ama la mansedumbre y nos dice que tomemos ejemplo de él, porque durante su Pasión y Muerte de la fortaleza de su espíritu, ya que de esa fortaleza emanaba de la mansedumbre. Solo son los fuertes los que pueden ser mansos, porque es en esta clase de personas, en las que reposa el Espíritu del Señor. Así a este respecto nos dice, Jan Van Ruusbroec, Rubroquio para los españoles: “La mansedumbre desecha el segundo de los pecados capitales, la ira, llamada también berrinche o cólera, porque el espíritu de Dios reposa en el hombre humilde y dulce”. Y reposa el Espíritu divino, en esta clase de personas, porque como dice San Juan Crisóstomo: “Entre todas las virtudes, la mansedumbre es la que más nos hace semejantes a Dios”.
            San Juan de la Cruz, con esa inspiración divina que tienen todos sus escritos, nos dejó una frase que expresa una realidad muchas veces no comprendida; la frase dice: Donde no hay amor, pon amor y encontrarás amor. Y extrapolando esta frase a la mansedumbre, nosotros ahora podríamos decir: Donde hay violencia e ira, pon tu mansedumbre y encontraras mansedumbre. San Alfonso María de Ligorio escribía diciéndonos: “Cuando el prójimo está irritado, no hay medio mejor para aplacarlo que responderle mansamente. Una respuesta blanda aplaca el furor
            Me viene a la memoria un hecho sucedido, entre un importante industrial y un alto cargo de la administración de la nación, en la España de los duros años cuarenta del siglo pasado. El hecho sucedió en el despacho oficial del Ministerio y es indiferente quien tenía razón en el tema que se trataba, durante la discusión el industrial subió el tono de su voz y entonces todo iracundo el alto funcionario a voz en grito le dijo: Mire Vd. yo no consiento que nadie en mi despacho oficial. o fuera de él, me levante la voz, porque yo no soy sordo. Y entonces el industrial hombre ya entrado en años y con experiencia de vida, humildemente bajo la cabeza y en tono compungido le contestó: Perdóneme Vd. he levantado la voz porque el sordo soy yo.   
El funcionario era un hombre educado y lamentó el incidente , pues como se dice hoy en día, se había pasado y el industrial salió del despacho consiguiendo lo que pretendía.
            En el Libro de los Proverbios se puede leer: “1 Una respuesta suave aplaca la ira, una palabra hiriente exacerba el furor”. (Prov 15,1). Hay dos refranes que refuerzan el empleo de la mansedumbre en la conducta humana, como medio efectivo para alcanzar un fin determinado. Uno de los refranes, nos dice que: “Mas moscas se cazan con miel que con hiel”. El otro es un anónimo sefardí que dice: “Boca dulce abre puertas de hierro”. Pero de todas formas, hay en nosotros una innata tendencia a lo contrario y todos creemos que el hablar fuertemente y en tonos enérgicos, es necesario para ser obedecidos. El ejército de cualquier país, es un ejemplo de esta creencia.
            La mansedumbre tiene siempre que formar parte de nuestra conducta humana. Si solo nos mostramos mansos, humildes y apacibles, cuando vemos que la culpa fue nuestra, ¿cuál es entonces nuestro mérito? La virtud de la mansedumbre deber de ser constante, no solo en reprimir nuestros movimientos de ira o cólera aunque estén justificados, por los daños que se nos han producido, sino también en soportar las injurias y menos precios que nos puedan ocasionar con razón o sin ella. Desde luego que es muy duro a nuestra soberbia verse calumniado e injuriado y no resentirse ni responder; pero aquí está el mérito, en la violencia que se haga uno mismo para ser manso.
            Puede ser que en una conversación, tengamos toda la razón del mundo, acerca de la solidez y realidad de nuestro criterio, pero la pasión o la cólera debilita inmediatamente nuestros argumentos más sólidos; por el contrario la calma, aliada a la bondad proporciona a nuestras afirmaciones un prejuicio favorable. El dominio de sí mismo es el arma de los fuertes. Esto es una realidad que diariamente podemos apreciar en el sin fin de programas de tertulias que ofrecen los canales de T.V.
            La mansedumbre no solo la hemos de practicar frente a los demás, como norma general de conducta humana, sino también frente a nosotros mismos. El demonio nos hace ver muy laudable el airarse uno contra sí mismo, cuando se comete un defecto; más no es así, sino ardid del enemigo que pretende inquietarnos. Porque hay un bien privado muy importante, que siempre hemos de cuidar. Es la paz interior de uno, la pérdida de la paz siempre arrastra y aplasta nuestra mansedumbre y la pérdida de ella también trae siempre consigo la pérdida de la humildad, pues tal como hemos escrito al principio, la mansedumbre y la humildad son dos virtudes, que deben de permanecer unidas en nuestra alma.
            Nuestra mansedumbre interior si existe es la que aflora a nuestro exterior, y ella es más importante que la que manifestemos exteriormente, pues la exterior ha de ser solida asentada en el interior y si no lo está es una mansedumbre fingida y posiblemente farisaica. Esto se manifiesta en nuestras tendencias hacia la animosidad que puede degenerar en agresividad y llegar hasta el odio. Aquel que en una conversación se atreve a negar la evidencia de algo que explicamos, inmediatamente nuestra soberbia si nos domina decreta una animosidad hacia esa persona que ha tenido la desfachatez de creerse que es más listo que uno. Es aquí donde debe a aflorar nuestra mansedumbre interior y aceptar la humillación a la que con razón a sin ella, nos están sometiendo.
            Mi más cordial saludo lector y el deseo de que Dios te bendiga.

jueves, 28 de noviembre de 2013

Deseos humanos de felicidad - Juan del Carmelo

Actualizado 28 noviembre 2013
Deseos humanos de felicidad
            Todo ser humano…, desde el mismo momento de su nacimiento ya empieza a dar signos de lo que tendrá el día de mañana, una verdadera obsesión por ser feliz, pues quiere estar cómodo y que nada le moleste y además que no le moleste su estómago pidiéndole agua o comida que le quiten esos gases que le incomodan y si no le hacen caso, berrea como un venado en tiempo de celo, queriéndonos decir a los adultos, que él  ha venido a este mundo para ser feliz y no está dispuesto a sufrir ni por nada ni por nadie.
            Este ansioso deseo de felicidad que tenemos los hombres, es solo propio de nosotros, ningún animal, sabe lo que es la felicidad ni la conoce ni la desean, no tiene miedo a la muerte, ignora todo el mundo de conocimientos o de suposiciones que nosotros tenemos alrededor de la muerte; tema que genera tal categoría de miedo, que para muchas personas es un tema tabú, y no quieren ni oír este terrible o consolador término de muerte. Solo nosotros, tenemos en exclusiva la patente del deseo de adquisición y uso de este producto que nos lleva siempre de cabeza y que se llama deseo de ser feliz.
            ¿Y esto porque es así? Sencillamente, porque Dios nos crea a imagen y semejanza suya, para ser inmortalmente felices participando de su gloria, como hijos suyos, porque, tal como nos dice San Juan 1¡Miren cómo nos amó el Padre! Quiso que nos llamáramos hijos de Dios, y nosotros lo somos realmente. Si el mundo no nos reconoce, es porque no lo ha reconocido a él. 2 Queridos míos, desde ahora somos hijos de Dios, y lo que seremos no se ha manifestado todavía. Sabemos que cuando se manifieste, seremos semejantes a él, porque lo veremos tal cual es. 3 El que tiene esta esperanza en él, se purifica, así como él es puro”.(1Jn 3,1-3).
            Y por lo tanto estamos creados para gozar de una felicidad que ningún ser viviente la conoce, hasta que no alcance la gloria eterna. Una de esas improntas, de esos sellos divinos, con que Dios nos distingue de los animales, es el anhelo, el deseo de felicidad, que tenemos todo ser humano. Buscamos en este mundo, una felicidad, que aquí abajo es imposible de encontrar, porque hay que tener en cuenta, entre otras razones que para que una felicidad sea perfecta, ha de ser eterna, su duración ha de carecer de límites, pues el solo pensamiento de que una felicidad tal como le ocurre a la terrenal, llegará un momento en que se nos acabe nos amarga el disfrute de ella. Y para tratar de encontrar algo que nos sirva de paliativo o calmante al fuego de este deseo de ésa felicidad que llevamos dentro de sí, organizamos nuestra vida y actividad en función de esa búsqueda y si es necesario llegamos algunos a robar o a matar, si fuera necesario. Y cuando nos vamos dando cuenta, de que estamos metidos en una estéril lucha para encontrar una quimera de oro inexistente, la sensación de fracaso nos agobia y nos amarga la vida.
            Para dominar correctamente este problema, del cual nadie se escapa, hay que tener en cuenta varias consideraciones. La primera de todas, es tener presente que es la contemplación del Rostro de Dios de donde emana esa felicidad que aquí abajo buscamos y no encontramos. Por lo tanto se trata de una felicidad perteneciente al orden del espíritu pues Dios es Espíritu puro. Lógicamente hemos de abandonar este mundo y ser purificados debidamente si fuera necesario, en el Purgatorio para alcanzar esta dicha. Aquellos que no alcancen esta situación y sean reprobados jamás contemplarán el Rostro de Dios, y a los pesares que se padecen y ellos padecerán en ese mundo de odio y tinieblas llamado infierno, se les añadirá el sufrimiento de no poder ver el Rostros de Dios, lo cual puede ser que ahora les importe un pimiento, porque desconocen la tremenda trascendencia que tiene esta contemplación, pero allí si la comprenderán. 
            Ahora aquí abajo, podemos luchar por la adquisición de dos clases de felicidad terrenal, llamándole felicidad terrenal al remedo que buscamos para calmar nuestros deseos de felicidad eterna. Esta felicidad terrenal puede ser a su vez, de dos diferentes clases una material y otra espiritual. La material, da satisfacción a nuestro cuerpo más que a nuestras almas y ella, nos entra esencialmente por medio de los ojos materiales de nuestro cuerpo, que disfrutan con el uso y nos donan esas satisfacción, por la posesión de diversos bienes materiales, como son, por ejemplo, la posesión de casas, coches, joyas, cuadros, muebles, y en grado aún superior y más elevado, la posesión de fincas, cacerías, safaris, viajes por el mundo aviones o yates, y la posesión adicional directa, de grandes industria, fábricas u otros medios de producción o la posesión indirecta, de estos bienes, a través de las acciones o participaciones mercantiles.
            La posesión de todos estos bienes, no siempre producen la felicidad, que creen que proporciona los que no los tienen, pues crean un sin fin de problemas, laborales, fiscales y de todo orden que le amargan a más de uno el pretendido dulce, corriéndose además el riesgo, de que algunas veces resulta que todo termina en bancarrota y demandas judiciales. Pero el ser humano, ve más la parafernalia que se manifiesta al exterior, que las cruces que se llevan dentro. Amén, de que la posesión de bienes, incita siempre al poseedor a la soberbia y todo clases de vicios, pues todo vicio por el mero hecho de serlo, tiene su raíz en la soberbia humana.
            La segunda clase de felicidad, es la que nos da la felicidad de orden espiritual, que si bien esta, no es ni sombra de la que les espera a los que se salven por su amor a Cristo, ella es un remanso de paz y bien en este mundo. Esta felicidad es la que nos proporciona el desarrollo de nuestra vida espiritual. Así como para poder apreciar la felicidad material, si emplean los ojos materiales de la cara, para poder apreciar la felicidad espiritual es necesario tener desarrollados los ojos espirituales de nuestra alma, porque es ella, nuestra alma la que aquí abajo, está capacitada para apreciar el amor y las bondades de Dios y en el cielo ella será y no nuestro cuerpo la que contemple el rostro de Dios.
            Es muy difícil, hacerle comprender a un alma sin la ayuda de la gracia divina, por no decir imposible,  que la felicidad que busca y desea alguien sin saberlo, no se encuentra en las materialidades de este mundo sino en la belleza del alma que tenemos y de la que Dios ha hecho de ella su templo, el lugar donde Él quiere inhabitar. Me decía una persona a la que Dios en la primera fase de su vida, quiso que probase todas las pretendidas mieles, de la felicidad terrenal material, y después un día le abrió los ojos de alma y vio que no había punto de comparación, entre las mieles de la felicidad terrena y las que nos puede proporcionar nuestra alma, si perseverantemente insistimos en amar cada vez más al Señor. Él hace que día a día, nuestro amor a Él vaya aumentando y abriéndonos más lo ojos de nuestra alma, los cuales nos proporcionan la posibilidad de sentir en todo nuestro ser, el infinito amor con que, Él nos ama y nos desea, mucho más de lo que nosotros podemos llegar a amarle y desearle a Él, porque nosotros somos criaturas limitadas y Él es infinito, es ilimitado en todo. Él es el todo y nosotros somos la nada.

lunes, 18 de noviembre de 2013

Nuestro pobre y escaso amor al Señor - Juan del Carmelo

                                                
Actualizado 18 noviembre 2013
Nuestro pobre y escaso amor al Señor
            En esta vida terrenal por la que ahora pasamos…, uno de los estigmas por no decir el peor con el que podemos calificar a una persona es el de indeseable, y dentro de esta calificativo, encuadramos al que es un mal hijo o hija, dado el comportamiento que esta persona tiene con sus padres, maltratándolos de palabra y de obra, incluso pegándoles y robándoles. Y a esta clase de conductas, le damos mucha importancia hablando siempre de estas personas o persona en términos peyorativos, como por ejemplo, decir de ella: ¿Pero qué se puede esperar de él o de ella? Si ni siquiera se trata con sus padres.
            Y de lo que no somos conscientes en este caso, es que: vemos la mota en el ojo ajeno y no nos vemos la viga en el nuestro. Porque vamos a ver: Cual es nuestro comportamiento con nuestro Padre celestial. Pienso que en este caso, ni siquiera cualquiera de nosotros nos merecemos el calificativo de mal hijo. Este calificativo de mal hijo, en este caso me parece muy suave para calificar nuestro comportamiento con nuestro Padre celestial. No es que sea mucho lo que le debemos a Él, sino es que, se lo debemos todo, absolutamente todo. Si levantamos la vista y miramos todo lo que nos rodea sea mucho poco, todo se lo debemos al que nos ha creado, que también es el Creador de todo lo que nos rodea.
            Si cualquiera de nosotros existimos y vivimos es por razón del amor que Dios nos profesa. Por razón de su amor fuimos, creados para compartir con  Él una eterna felicidad que  desconocemos como es, pero que todos buscamos anhelantemente por la sencilla razón, de que hemos sido creados para gozar de ella y no la encontramos en este mundo, porque aquí abajo ni la hay, ni existe. Y es el caso de que el futuro goce y disfrute que esta ignorada por ahora, felicidad que nos espera, el día de mañana, su tamaño e intensidad estará en relación directa, exactamente con la intensidad y tamaño del amor que en esta vida le demostremos a quien tanto nos ama. Porque aquí estamos para pasar una prueba de fe y de amor, de demostrar cuanto somos capaces de amar a Dios y cuanto mayor sea el entrenamiento que aquí abajo desarrollemos,  ensanchando nuestra capacidad de amor a Dios, mayor capacidad de adquisición de amor tendremos cuando llegue el momento. 
            Es uno de los principios básicos de la esencia del amor, el de la reciprocidad, cuanto más amemos a una persona, más amor recibiremos de esta. Es por ello que San Juan de la Cruz, nos manifestaba recomendándonos que: Donde no hay amor, pon amor y encontrarás amor. Y este básico principio, funciona tanto en el amor natural entre los seres humanos, como en el amor sobrenatural, que el Señor nos tiene a nosotros y nosotros le podamos tener a Él. Y es que el amor es el bien espiritual más potente que existe, mucho más que el odio, pues por muy grande que puede ser el odio de una persona, el amor se lo hace olvidar
            No tiene nada de extraño que esto sea así, pues realmente no existe nada más que una clase de amor, porque Dios que es amor y solo amor (1Jn 4,17) Él es el único Ser capaz de general amor, nosotros aunque nos creamos lo contrario, no podemos generar amor, solo podemos recoger al amor que Dios nos tiene y como en un reflejo suyo, amar a nuestros semejantes: “34 Un precepto nuevo os doy: que os améis los unos a los otros; como yo os he amado, así que también amaos mutuamente. 35 En esto conocerán todos que sois mis discípulos: si tenéis amor unos a otros”, (Jn 13,34-35). Todo amor humano que no tenga su entronque con el amor generado por Dios, le podremos llamar amor, pero no es amor, generalmente en esta clase de expresiones humanas siempre median en ellas, espurios intereses.
            El hombre lo ha creado Dios, que es amor y solo amor, como un ser semejante a Él, y por ello, es por lo que el hombre siente una necesidad de amar y de ser amado, y cuando no puede amar o no se siente amado es tremendamente infeliz, él vive siempre con hambre de amor y cuando carece de amor, trata de buscarlo desesperadamente, muchas veces calmando su carencia con nefastos sustitutivos, olvidándose de algo muy fundamental, y es que nadie le ama más a él, que su propio Creador. Dios nos ama a cada uno de nosotros mucho más que un padre una madre un esposo o una esposa, o mucho más de lo que nosotros somos capaces de amarnos a nosotros mismos. Eso es Cristo, un loco en su amor por los hombres y su locura de amor, le lleva a instituir la Eucaristía, que es una expresión de su loco amor a los hombres.  
            Dios no necesita nada, de cada uno de nosotros, y solo desea que le amemos y hasta tal punto lo desea que su problema consiste en que no encuentra almas en las que poder derramar su inmenso amor. La relación de Dios con nosotros, es un inexplicable misterio, que nunca acabaremos de comprender, ni nosotros ni los ángeles que deben de preguntarse: ¿pero que tiene los hombres que generan este tremendo amor en Dios hacia ellos? Dios omnipotente, tiene un temor con nosotros y es que, no aceptemos su amor, o que habiéndolo aceptado, nos marchemos abandonando su amor. Es esta una situación de tal naturaleza, que Santa Teresa de Lisieux llegó a decir que Dios se comporta como unmendigo del amor humano.
            Y nosotros no tomamos conciencia de este gran amor y hasta muchos lo ignoran y en lo que lo aceptan no llegan nunca a profundizar en él. Es por ello que lo nuestro es un pobre y escaso amor, el que en el mejor de los casos le otorgamos. Somos tan insensatos y absurdos, que amamos más a lo que por Él, ha sido creado, que al Creador absoluto de todo. Por ello San Agustín nos pregunta: ¿Pudiendo poseer al Creador de todo, porque buscas ansiosamente la posesión de lo que Él ha creado?