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domingo, 6 de diciembre de 2015

A entrenarse fuerte....


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30. noviembre 2015 | Por  | Categoria: Oración
Las noticias deportivas nos comunican muchas veces lo que son los entrenamientos de los equipos de fútbol o de cualquier otro deporte. Los responsables del equipo no tienen compasión con los jugadores. Porque saben que si no se entrenan fuerte no hay título que se pueda conseguir. Esto es ya muy viejo. Los atletas de Grecia y de Roma lo sabían de memoria: para llevarse en el circo la corona de laurel, debían renunciarse a todos los caprichos y sólo así lograban estar siempre en forma.
Todo esto es cosa muy sabida en el deporte. Pero viene ahora San Pablo y mira la condición de la vida cristiana. Conoce Pablo muy bien la palabra del Señor: – Quien quiera venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, que tome su cruz y que me siga.
Pablo reflexiona, y saca la consecuencia: seguir a Jesucristo no es otra cosa que un campeonato para alcanzar a Jesucristo, como les dice a los de Filipos: Yo me he lanzado detrás de Él, hasta que consiga atraparlo. Y pensando en las carreras de las Olimpíadas, escribe su célebre párrafo a los de Corinto: 
– ¿No sabéis que los atletas del estadio corren todos, ciertamente, pero sólo uno se lleva la corona? Corred así vosotros, hasta que la alcancéis. Pero, tened en cuenta que todos los que compiten en el campeonato se abstienen de todos los caprichos. Renuncian a toda comodidad. Se entrenan muy duro. Y ellos, al fin y al cabo, para conseguir una corona que se marchita. Mientras que nosotros es para una corona incorruptible, para ganar la medalla de oro que podremos lucir siempre (1Corintios 9,24-27)
Con estas palabras, escritas para valientes, San Pablo establece las normas para los entrenamientos. Es algo que viene de Dios y que tenemos en su Palabra.
Es cuestión de renunciarse en muchas cosas, en todo lo que nos echa encima algo de peso del pecado.
Más aún, en el entrenamiento por la virtud cristiana se necesita mucha oración, mucho sacrificio, negación de sí mismo, renuncia, penitencias… ¿Qué esto es duro?… Pablo lo sabe muy bien, porque le cuesta. Por eso añade su propio ejemplo, que va para nosotros —e iba a decir que no usa compasión alguna—, cuando añade: 
– Por eso castigo yo mi cuerpo y lo reduzco a servidumbre, no me vaya a pasar que, después de haber predicado a otros para su salvación, venga yo a ser descalificado y me pierda.
Con esta lección del Apóstol nos metemos en esa costumbre cristiana que se ha llamado ascesis, o vida ascética. ¿Qué significa esta palabra y esta expresión que muchas veces oímos en la predicación de la Iglesia? Ascesis —palabra griega que significa ejercicio, esfuerzo—, no es otra cosa que el ejercicio de entrenamiento, y vida ascética es la vida del cristiano que se ejercita en la virtud enseñada por Jesucristo.
Nosotros, con la misma palabra del deporte, nos entendemos muy bien si la llamamos entrenamiento: ejercicio para estar siempre en forma y así poder vencer en el campeonato de la virtud cristiana.
Jesucristo fue el primer asceta de la Iglesia. ¿Qué otra cosa significan esos cuarenta días en el desierto haciendo penitencia, sin comer ni beber, al cobijo de alguna gruta natural, de modo que Marcos nos dice en su Evangelio que el Señor habitaba con las fieras?…
En el siglo tercero, allá por el año 280, San Antonio Abad se retiró a la soledad en Egipto y se convirtió en padre y modelo de aquellos monjes que fueron una gran gloria de la Iglesia. Por su discípulo el gran Obispo san Atanasio, sabemos cómo lo persiguió el demonio, que se le aprecia hecho una furia en forma de animales espantosos. Y San Atanasio nos da la razón: 
– Los demonios temen los ayunos, las vigilias, las oraciones, la mansedumbre, la tranquilidad, el desprecio de las riquezas y de la gloria vana, la humildad, el amor a los pobres, la limosna… y sobre todo la piedad con Cristo.  
Entrenarse así es echar por tierra todos los planes del demonio para perdernos, y es también contar con la victoria más segura en el problema de la salvación. Cuando llega la hora de la tentación, de la lucha, están en forma para seguir a Jesucristo y no hacen ningún caso de los halagos de Satanás, porque están acostumbrados a despreciarlo. De éstos no se pierde ninguno y se salvan todos.
Todos los Santos han abrazo la vida de oración con plegarias continuas; han hecho penitencias a veces escalofriantes; han practicado actos de humildad heroicos; han dominado su carácter y su temperamento venciendo su mal genio hasta convertirse en una maravilla de mansedumbre y de bondad; han practicado voluntariamente la pobreza para hacer caridad hasta límites extremos.
La Iglesia ha enseñado siempre a sus hijos este entrenamiento —diríamos que hasta de manera oficial— con el ayuno, la abstinencia y las privaciones voluntarias durante la Cuaresma. Y aconseja y pide este entrenamiento una día a la semana, en especial los viernes en honor de la Pasión de Jesús.
El hacer cualquier acto de vencimiento propio, cualquier mortificación que se ofrece al Señor, cualquier negarse una satisfacción o un capricho —sobre todo, aceptar los sacrificios que impone cumplir cada día el propio deber, aunque no se tenga ninguna gana—―es entrenarse con tesón para hallarse siempre en forma. Y así entrenado el cristiano, se echa de encima muchos kilos de peso de pecado, y se siente mucho más ligero para recorrer los caminos del Señor.
Es bello contemplar así la vida cristiana. Es causa de orgullo saberse deportista del campeonato más glorioso y atleta de las olimpíadas más apasionantes. Y más, sabiendo que se tiene segura la medalla de oro…

domingo, 20 de abril de 2014

Pascua de Resurrección

Pascua de Resurrección

18. abril 2014 | Por  | Categoria: Charla Dominical
¡Hay que ver con qué alegría repetimos hoy tantas veces el ¡Aleluya! pascual! Y con toda razón. Porque hoy es día de los días, el día que hizo el Señor, el día en que la muerte ha sido vencida y se nos han abierto de par en par la puertas del Cielo con la entrada de Jesucristo en su Gloria, en la cual nos introduce a nosotros con una esperanza tan cierta que es como si ya estuviéramos en ella.
En el Evangelio de la Vigilia Pascual pudimos ver a las mujeres amigas de Jesús correr hacia el sepulcro para embalsamar el cadáver. Ni se les ocurría pensar que el Señor pudiese salir de allí vivo e inmortal. Ni por casualidad les pasaba por la mente la idea de la resurrección. Por eso se preguntan atolondradas: 
- ¿Y quién nos podrá remover la piedra de la entrada, con lo grande que es?
Ven que ellas no son capaces de hacerlo. Podían haber pensado además que allí estaba montada la guardia romana, para evitar el robo del cadáver, y que era inútil acercarse. Sin embargo, allá las está empujando el amor al querido Maestro.
Pero, antes de que ellas lleguen al sepulcro, ha pasado algo espectacular. Todavía entre sombras y antes de que despunte la aurora, mientras los soldados montan la guardia, baja un ángel del cielo, fulgurante como un rayo y con vestiduras de blancura cegadora, echa a rodar la enorme piedra de la entrada, se sienta sobre ella, y ante aquel espectáculo insólito huyen aterrados los guardianes que allí ha colocado Pilato a petición de los jefes judíos. 
¡Mal les ha salido a éstos la jugada, y han caído en su propia trampa!
Entre tanto, el Angel sigue allí esperando. Porque no pueden tardar en venir los amigos de Jesús. Antes sonreía el mensajero del Cielo ante el terror de los guardias. Ahora sonríe con cariño grande ante las espantadas mujeres, a las que se dirige con aires de júbilo: 
- ¡No tengan miedo! Sé que buscan a Jesús el crucificado. ¡No está aquí! ¡Ha resucitado! Acérquense y vean el lugar donde lo habían colocado. Y vayan corriendo a decir a los discípulos que el Señor ha resucitado y que va delante de ellos a Galilea. ¡Allí lo van a ver!
En el Evangelio de la Misa del día podemos escuchar cómo Pedro y Juan, habiendo oído a las mujeres, echan a correr por las calles de la ciudad aún medio desiertas. 
Corren fuerte los dos, pero Juan, más joven, le gana la delantera a Pedro, llega el primero, aunque se detiene respetuoso hasta que llega el mayor. Entran los dos en la cámara sepulcral, ven los lienzos con el sudario sobre la losa y las vendas tiradas por el suelo…., pero, ¿y el cadáver? ¿dónde está? 
Juan le asegura a Pedro: 
- Sí, aquí colocamos al Señor después de amortajarlo; éstas son la sábana y las vendas compradas por José de Arimatea, pero el Señor no está. No lo dudemos: ¡el Señor ha resucitado!, como él nos decía… 
Juan que nos lo relata, él mismo nos lo asegura: 
- Cuando vi aquello, creí. Hasta entonces no había entendido las Escrituras, que Él tenía que resucitar de entre los muertos.
Después se nos van a contar las otras apariciones del Señor a los discípulos, cargadas todas de emoción, a pesar de que al principio sólo son dudas, temores y miedos a que todo sea una ilusión. 
A las mujeres las tienen por locas… 
Los dos de Emaús parecen más serios, pero tampoco se les cree a la primera… 
Los apóstoles se encierran por miedo a los jefes judíos… 
Pero al fin, convencidos de que es cierto, que Jesús vive, que es Él, ¡Él mismo! quien se les aparece…, se rinden ante la realidad del Resucitado y son los testigos que no tendrán miedo a nada ni a nadie, cuando digan: -¡El Señor resucitó, y nosotros somos sus testigos!…
Todos sabemos lo que significa la Resurrección de Jesucristo para nosotros. 
Si para el Señor es su triunfo total ⎯y no habrá guapo, ni jefes judíos, ni Pilato, ni verdugos que lo atrapen para crucificarlo de nuevo⎯, para nosotros es la seguridad de nuestra fe, la prueba más contundente, la razón suprema por la que creemos todo lo que el Señor dijo. 
- ¿Cristo no resucitó?, pregunta incisivo San Pablo. Y se responde: -Entonces nosotros somos la gente más necia que existe, porque ese Cristo nos engañó como a unos miserables. 
- Pero, ¿Cristo resucitó?, sigue preguntando triunfalmente el Apóstol. Entonces es cierto todo lo que creemos, y tenemos en Cristo la garantía y la primicia de nuestra propia resurrección. Ya puede venir la muerte cuando quiera: ¡la venceremos! ¡la derrotaremos! ¡nos reiremos de ella! ¡nos escaparemos de entre sus garras!…
Ya ahora, los cristianos vamos proclamando por el mundo nuestra fe en Cristo y en el hombre. 
Puesto que Cristo resucitó, el hombre está llamado a la resurrección. 
El mundo redimido tiene que conformarse con el Señor Resucitado. La tristeza provocada por las estructuras injustas y de pecado, no se compagina con la alegría pascual.  
La resurrección del mundo entero es una exigencia de la Resurrección de Jesucristo. 
No puede ser que el mundo viva en la muerte de la injusticia, de la inmoralidad, de la muerte, del egoísmo, del desamor, de tantas muertes físicas y morales, cuando el Señor nos ha abierto las puertas de la vida, de toda vida que viene de Dios y ha sido restaurada por el Señor, vencedor del sepulcro.
¡Aleluya, Señor Jesucristo! 
Te felicitamos por tu resonado triunfo. 
¡Aleluya!, nos repetimos con esperanza firme nosotros.
¡Aleluya, Señor! Hoy lo entonamos en la Tierra; mañana lo cantaremos en el Cielo…

miércoles, 9 de abril de 2014

La Fidelidad a Dios - Reflexiones

                                    

La fidelidad a Dios

4. abril 2014 | Por  | Categoria: Reflexiones
En un mundo como el nuestro, que en grandes sectores está abandonando a Dios ―y hasta renegando de Él descaradamente―, va bien recordar el ejemplo de quienes nos han precedido en la fidelidad a Dios.  
Y hoy traigo un ejemplo luminoso, precisamente de un negro en los Estados Unidos, aunque no habremos de juzgar lo del día de hoy por lo que ocurría en el día de ayer… Pasó en una hacienda de Kentucky, en los tiempos de la esclavitud. El dueño, llamado Massa, tenía un criado de nombre Bob. Massa estaba orgulloso de Bob por la fidelidad que mostraba a su dueño y la piedad para con Dios. Un día llegan invitados a la hacienda, y en mala hora alabó Massa las grandes cualidades de Bob, el esclavo negro.
Uno de los invitados, furibundo esclavista, lanza el guante al dueño:
- Massa, te echo una apuesta: ¿a que yo hago renegar de Cristo a ese tu esclavo? ¿Cuánto te juegas? Me basta media hora para conseguirlo.
Massa cede cobarde y no quiere ni desairar al huésped ni perder la apuesta. Llaman al esclavo negro, y le ordenan sin más:
- Negro, o reniegas de Cristo, o te matamos a palos.
El pobre criado tiembla, y pide suplicante a su amo: -Massa, no; Massa no obrar bien. Cristo muerto por Bob. Te suplico, Massa.
Primera lluvia de azotes sobre las espaldas del negro, que suplica con lágrimas: -No, Massa. No, basta.
Nueva invitación: -Negro, ¿cedes o no?…
Otra negativa, y una segunda descarga de azotes despiadados. Sale la sangre a borbotones. La víctima no respira casi. Apenas se le oye decir, ya en agonía: -Massa, Bob no poder; Jesucristo morir por mí, yo morir por él.
El huésped, furioso, pierde la apuesta, y el dueño se muere de vergüenza. Al morir por su fe, Bob, el negro esclavo de alma muy blanca, había dado una lección soberana a aquellos blancos, libres pero de alma muy negra… (Docete 554,8,1)
Un caso como éste nos dice lo que es la fidelidad a Dios, llevada hasta el fin. Esa fidelidad, de la que hacemos gala todos, y que a veces puede exigir sacrificios muy grandes.
La fidelidad del hombre a Dios comienza por la fidelidad de Dios al hombre. Dios que nos conoce, se ha fiado de nosotros, nos ha confiado sus bienes, su gracia, sus promesas. Porque nos conoce, nos señala  el puesto en que cada uno va a desarrollar mejor sus cualidades, en el que mejor se va a realizar dentro de la vida. Porque nos conoce, Dios nos da y espera.
Hay en el Evangelio una parábola que podríamos llamar la estampa de la fidelidad. El dueño de la casa se marcha de viaje, y, en vez de meter el dinero en el banco, prefiere tenerlo en activo y confía su capital a los criados, a cada uno según sus cualidades.:
- Toma; tú, un millón… Tú, quinientos mil… Tú, cien mil… Negocien los tres.
Al regreso, el dueño cuenta con éxitos y fracasos. -Señor, toma dos millones… Señor, aquí tienes un millón. He duplicado tu capital… Señor, toma tus cien mil. Me dio miedo y los escondí…
Y vino la respuesta justa: -¡Magnífico tú!… ¡Muy bien por ti!… Entrad en el banquete de fiesta que os tengo preparado… Y tú, siervo inútil, ¡a la cárcel! No mereces otro sitio (Mateo 25,13; Lucas 19, 12)

Esto es lo que ha hecho Dios en la distribución de sus bienes dentro de la sociedad y de la Iglesia. . A cada uno le ha señalado el puesto, le ha dado el capital. Y le ha dicho:
- Tú, cásate. ¡Qué buen esposo y padre…, qué buena esposa y madre que vas a ser!…
- Tú, al revés, resérvate de una manera entera para mí Reino…
- Tú, serás un magistrado de primera, un político que va a hacer una gran bien a la patria…
- Tú, cultivarás la tierra de tal modo que tus campos recordarán a todos el paraíso…
- Tú, ingeniero, industrial, obrero capacitado, me vas a ayudar a mejorar notablemente la creación…
- Tú, maestra, secretaria, enfermera, serás un regalo para todos…
- Tú, enfermo, enferma, desde la cruz, acompañando al del Calvario, vas a hacer por el mundo lo que nadie se puede imaginar…
No fantaseamos cuando hablamos así. Porque así ha pensado y ha actuado Dios al confiarnos sus dones. Y Dios se queda esperando la respuesta, indicada por Jesucristo de una manera magistral en esa parábola del capital entregado a los criados.
¿Volvemos al magnífico negro de los azotes? ¿Por qué el querido esclavo de la finca fue capaz de soportar semejante atrocidad, hasta llegar a la donación suprema? Pues, muy sencillo. Porque cada día era fiel a su dueño, y  más que a su dueño de la finca, que se portó al final tan estúpidamente, a su Señor Jesucristo, el cual le daría —lo suponemos y lo sabemos— una recompensa inimaginablemente grande…
La fidelidad a Dios se manifiesta en la explotación intensa de lo que ha depositado en nuestras manos.
Para Dios, la simple pereza, el miedo tonto, el no hacer nada, ya son un crimen, porque indican un desprecio a aquel Dios y a aquel Jesucristo que se desbordan en generosidad con nosotros.
Y al revés, el trabajo esforzado nuestro en el cumplimiento del deber, le llena de satisfacción a Dios, pues —hablando a nuestra manera— le hacemos decir con orgullo divino: -¡No me equivoqué con éste!… Y ésta, ¡qué bien que me ha respondido!… Fieles ellos, ahora me toca mí llevar mi fidelidad hasta el fin, haciéndoles ver que soy fiel a mi promesa: ¡Aquí, conmigo! ¡Qué bien que la van a pasar los que se han ganado el premio prometido!…

martes, 8 de abril de 2014

El Dios que promete

                             

El Dios que promete

31. marzo 2014 | Por  | Categoria: Dios
¿Está bien buscar y amar a Dios por lo mucho que Él nos promete?… Si le llegamos a hacer esta pregunta a Teresa del Niño Jesús le hubiéramos dado un disgusto. Porque ella cuenta la repugnancia con que rezaba aquellas palabras de un salmo: Inclino mi corazón a cumplir tus mandamientos, por la recompensa que me espera (Salmo 118,112).
Dejemos a la bendita santa en su generosidad sin límites; para ella, a Dios se le ama por ser Dios, y nada más. Quien ama a Dios tan de veras, hace siempre suyos los versos famosos: “Aunque no hubiera cielo yo te amara… No me tienes que dar por que te quiera…,  pues aunque lo que espero no esperara…, lo mismo que te quiero te quisiera”.
Esto, que es formidable, no nos impide el que abramos la Biblia para encontrarnos a cada paso con las promesas más espléndidas que Dios hace a los que lo aceptan, a los que creen en Él, a los que le obedecen. Y añade siempre que Él es el Fiel que cumplirá su palabra, que lo que promete lo da, que antes dejarían de existir el cielo y la tierra que dejar de darnos lo que nos ha prometido.
Para atraer a los hombres, las promesas de Dios a sus fieles en el Antiguo Testamento eran siempre terrenas, del orden temporal, cifradas en la abundancia de bienes, en la vida larga y feliz, en la prosperidad y el buen nombre… Todo cosas materiales, para darse a entender. Pero eso era provisional. Llegaría día en que el mismo Dios cambiaría de lenguaje…
Efectivamente, viene Jesucristo, y las promesas divinas cambian por completo. Jesucristo no hablará nunca de bienes materiales. Todas sus promesas las podemos cifrar en su frase más famosa a los que todo lo dejan por Él y por el Evangelio: “Recibirán el ciento por uno en este mundo, y después la vida eterna”. Ese ciento por uno prometido es del orden de la Gracia, en bienes espirituales. Y, encima, ¡vaya coletilla cariñosa que añade el Señor! Ese ciento por uno irá “junto con persecuciones”, para que lo tengan en cuenta los valientes que le sigan… (Marcos 10,30)
Al final, eso sí, estará la vida eterna, bien segura, cúmulo de todos los bienes en que el hombre puede soñar, y en la cual quedarán satisfechos todos los anhelos del corazón. Este es también el programa de las Bienaventuranzas proclamadas por Jesús: -¡Dichosos, dichosos, dichosos…, porque después de la pobreza, de las lágrimas, de las persecuciones, de los trabajos por la paz… la recompensa será grande en el Reino de los Cielos! (Mateo 5,3-12)
Siempre que se habla de las promesas de Dios hechas por Jesucristo en el Evangelio, se recurre a la comparación entre Dios y el mundo, el enemigo de Dios. Uno y otro prometen; uno y otro cumplen. Pero la diferencia entre la promesa y el cumplimiento del uno y el otro no tienen que ven nada entre sí, sino que establecen una diferencia insondable.
Empecemos por lo negativo del mundo. Las ilusiones de la vida, de una vida de espaldas a Dios, ¿qué traen? En un principio, todo son halagos, sonrisas, disfrute… ¿Después? Todos lo sabemos. Aquel joven exclamaba después de un Retiro, en el que había visto claras las cosas: ¡Mundo, tú eres un traidor, y yo soy un imbécil!… Aunque todo vaya bien al principio, al final no quedan sino los remordimientos amargos. El mundo no cumple con dar lo que promete, porque es esencialmente mentiroso, como Satanás, el padre de la mentira que lo gobierna y dirige.
Con las promesas de Dios pasa todo lo contrario. Al principio puede costar lo que Dios pide y manda; tiene una corteza amarga, pero entraña dentro un fruto sabroso, conforme a la palabra de Jesucristo:  “Hallaréis el descanso para vuestras almas”. Dios cumple lo que promete: da esa paz en la conciencia, que vale más que todas las dichas humanas; y la vida futura, desde luego, es lo más seguro que tenemos con nuestra fidelidad a Dios.
Esto entraña una gran fe en Dios, pues hay que fiarse de Él a toda costa. Tenemos la palabra de Dios, y sabemos que su palabra no fallará: lo prometió y lo hará.
Vaya un inciso gracioso, como ejemplo y comparación, del Padre San Francisco en sus Florecillas. Llega el bendito Francisco a una pequeña iglesia cerca de Rieti y se congrega allí una gran multitud de gente. La viña que pertenecía al Párroco queda invadida y destrozada. El Cura, naturalmente, está que echa chispas. Pero Francisco, dolorido y humilde, le consuela:
- Padre carísimo, ¿cuántos toneles de vino le da esta viña cuando hay buena cosecha?
- Diez toneles.
- Bien, no te enfades; deja a esta pobre gente y a este pobrecillo comer uvas estos días, y de parte de mi Señor Jesucristo te prometo que este año tendrás el doble, veinte toneles de la mejor cosecha.
Llega la vendimia, y el Cura, furioso, no recoge más que un cesto de miserables racimos. ¡Vaya la promesa de ese Fray Francisco, aunque la hiciera en nombre de Jesucristo!  Pisa los racimos en el lagar, y un solo cesto de uvas le daba, ante sus ojos asombrados, los veinte toneles del vino más generoso…
Dios no falla en sus promesas. Hemos empezado con Teresa de Lisieux, y con ella acabamos. No miraba la santita las recompensas divinas, pero tenía buena experiencia de ellas. Encerrada en su convento de clausura, enferma, clavada en la cruz, y, sin embargo, pudo escribir, ante la dicha que le embargaba:  Dios no se da sino a los que se contentan con Él. Pero a éstos, ¡cómo se les da!…
Esperar en las promesas de Dios no es egoísmo nuestro sin más. Es una glorificación de Dios. Porque reconocemos con ello que Dios es grande, que Dios es nuestra plenitud, que sólo Dios tiene felicidad infinita, y esa felicidad es la que nosotros queremos agarrar con nuestras manos y hacerla nuestra…

sábado, 31 de agosto de 2013

La "diversión" de renunciarse - Reflexiones

La “diversión” de renunciarse

30. agosto 2013 | Por  | Categoria: Reflexiones
Un joven universitario, muy brillante en sus estudios, practicó Ejercicios Espirituales y bromeaba después con sus compañeros, que formaban un grupo de apostolado muy activo: 
- ¿A que no sabéis la diversión más entretenida que tengo ante mis ojos? 
- Bueno, tú lo dirás. 
- Pues, la de los filósofos estoicos. Aquellos hombres fríos del Imperio Romano que no se inmutaban por nada. Lo mismo les daba comer que morirse de hambre; gozar de buena salud que retorcerse de dolor en la cama porque no se podían levantar. Sin una queja. Impávidos. ¡Qué tipos aquellos!….
- ¿Y esto es lo que te divierte a ti? ¿Qué has perdido algún tornillo de la cabeza?…
Los compañeros no comprendían a dónde iba el excelente muchacho. Hasta que hubo de ser claro, porque era el líder del grupo y trataba de mantener a todos en la fidelidad a Jesucristo. Por eso, explicó sin presunción, pero con claridad. 
- El problema de la sociedad moderna, de los jóvenes sobre todo, es el aspirar a una vida fácil. Sin complicaciones. Sin sacrificio alguno. Sin sueños de heroísmo. Igual que ocurría en el Imperio Romano. Pero hubo filósofos que comprendieron el problema y se propusieron la austeridad como ideal, el sacrificio como norma de vida, la dureza castrense por la blandura de las termas…
Uno del grupo, le interrumpe: 
- ¿Y tú crees que podemos cambiar la mentalidad actual, para acomodarla a esa filosofía? 
- No, yo sé que eso no se consigue con simples filosofías. Pero sí que se consigue poniendo delante la figura de Jesucristo, que nos desafía a todos: “El que quiera venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, que se agarre valiente con la cruz, y que me siga”. Es esa misma filosofía pagana, pero hecha cristiana. No es el capricho de renunciarse por renunciarse, ni tan siquiera por valorarse a sí mismo; sino el coraje de decirle a Jesucristo: “Te sigo hasta dondequiera que tú vayas”. ¿Acordes conmigo?…
En el grupo se hizo silencio. Pero nadie se atrevió a contradecirle, pues al fin y al cabo todos eran chicos buenos. El amigo concluyó: 
- Mi “diversión” no es el capricho de negarme todos los caprichos. Mi “diversión” es decirle a Jesucristo, siempre que sea necesario: “¡Cristo mío, esto por ti!”…
Un diálogo como éste, desde luego, sólo se puede dar en grupos selectos. En esos grupos que todavía se dan en la Iglesia. Porque no todo son cobardías en el mundo, sino que hay también mucha generosidad.
La renuncia cristiana nace del Evangelio, porque fue el mismo Jesús quien la proclamó al decirnos a todos: ¡Niégate a ti mismo! ¡Renúnciate! ¡Sígueme!… 
Sin esta abnegación y renuncia, no se puede hacer nunca nada en la vida cristiana. 
Aunque, para ser sinceros, hemos de decir que esas palabras “abnegación”, “negación”, “renuncia”, nos gustan muy poco, nos dan miedo, las dejamos hasta de pronunciar, y procuramos soslayar el bulto cuando se nos habla de ellas. ¿No nos equivocamos cuando pensamos y actuamos así?… 
Si cambiamos esas palabras por esta otra: “generosidad”, ¿a que perdemos todo el miedo? ¿A que nos sentimos estimulados? ¿A que nos vienen ganas de ser también nosotros unos valientes? ¿Y esto?… ¿Cómo nos hace cambiar tan de repente?… 
Pues, muy sencillo. Porque en vez de un aspecto negativo, le hemos dado a la cosa un aspecto totalmente positivo. A ser generosos no se niega nadie, por sacrificios que exija una disposición tan exigente.
¿Qué nos parece esa mujer que se hizo célebre cuando ocurrió el caso? 
Se declara un incendio en la casa, no se pueden abrir las puertas, y sólo queda el balcón para afuera. La joven esposa y madre, de veintiséis años, agarra a la hijita, la saca afuera con sus brazos, mientras las llamas la alcanzan a ella por la espalda. La mamá empieza a quemarse, pero la niña se mantiene a salvo. Llega el cuerpo de bomberos, salvan a la niña incólume, mientras que a la madre la salvan de la muerte a duras penas. Todo fue cuestión de abnegación, de generosidad, en una madre (Mrs. O´Neill, inglesa)
¿A que un caso como éste no da miedo a nadie, y, en vez de acobardar, crea una legión de valientes? Total, porque ha sido cuestión de generosidad… Y la generosidad nos engrandece a todos. 
Digamos, por lo mismo, que hoy en la sociedad se debería estimular más la generosidad.
A muchos no les diría nada el “estoicismo” de los filósofos antiguos. Pero podríamos llamarlo “entrenamiento” para la vida, ya que tanto nos gusta el deporte. Entonces la generosidad, ¡la abnegación!, sería aceptada por todos.
En cristiano, la palabra “generosidad” tiene un significado más profundo y es mucho más estimulante. Porque es ponerse de acuerdo con Jesucristo en tantas cosas de cada día:
Señor Jesús, ¿no te gusta esto? Pues, a mí tampoco me gusta. 
Señor Jesús, ¿Tú no quieres esto? Pues, tampoco lo quiero yo. 
Señor Jesús, ¿esto es lo que me pides? Pues, esto es lo que yo te quiero dar.
Total, que la palabra “abnegación” —que era para nosotros como el “coco” para los niños— ha perdido todo su miedo. Más, cambiada por “generosidad”, se ha convertido en un estímulo de primer orden. Y, tratándose de hablar, comentar, discutir, dialogar y decidir con Jesucristo, a lo mejor resulta para nosotros, como para aquel chico excelente, hasta una “diversión” entretenida. Entretenida precisamente, no; pero, ¿a que no encontramos otra diversión de más provecho y que más nos engrandezca?…