domingo, 6 de mayo de 2012

Evangelio - Lunes V Semana de Pascua


Día litúrgico: Lunes V de Pascua
Texto del Evangelio (Jn 14,21-26): En aquel tiempo, Jesús habló así a sus discípulos: «El que tiene mis mandamientos y los guarda, ése es el que me ama; y el que me ame, será amado de mi Padre; y yo le amaré y me manifestaré a él». Le dice Judas, no el Iscariote: «Señor, ¿qué pasa para que te vayas a manifestar a nosotros y no al mundo?». Jesús le respondió: «Si alguno me ama, guardará mi Palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada en él. El que no me ama no guarda mis palabras. Y la palabra que escucháis no es mía, sino del Padre que me ha enviado. Os he dicho estas cosas estando entre vosotros. Pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, os lo enseñará todo y os recordará todo lo que yo os he dicho».
Comentario: Rev. D. Norbert ESTARRIOL i Seseras (Lleida, España)
«El Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, os lo enseñará todo y os recordará todo lo que yo os he dicho»
Hoy, Jesús nos muestra su inmenso deseo de que participemos de su plenitud. Incorporados a Él, estamos en la fuente de vida divina que es la Santísima Trinidad. «Dios está contigo. En tu alma en gracia habita la Trinidad Beatísima. —Por eso, tú, a pesar de tus miserias, puedes y debes estar en continua conversación con el Señor» (San Josemaría).

Jesús asegura que estará presente en nosotros por la inhabitación divina en el alma en gracia. Así, los cristianos ya no somos huérfanos. Ya que nos ama tanto, a pesar de que no nos necesita, no quiere prescindir de nosotros.

«El que tiene mis mandamientos y los guarda, ése es el que me ama; y el que me ame, será amado de mi Padre; y yo le amaré y me manifestaré a él» (Jn 14,21). Este pensamiento nos ayuda a tener presencia de Dios. Entonces, no tienen lugar otros deseos o pensamientos que, por lo menos, a veces, nos hacen perder el tiempo y nos impiden cumplir la voluntad divina. He aquí una recomendación de san Gregorio Magno: «Que no nos seduzca el halago de la prosperidad, porque es un caminante necio aquel que ve, durante su camino, prados deliciosos y se olvida de allá donde quería ir».

La presencia de Dios en el corazón nos ayudará a descubrir y realizar en este mundo los planes que la Providencia nos haya asignado. El Espíritu del Señor suscitará en nuestro corazón iniciativas para situarlas en la cúspide de todas las actividades humanas y hacer presente, así, a Cristo en lo alto de la tierra. Si tenemos esta intimidad con Jesús llegaremos a ser buenos hijos de Dios y nos sentiremos amigos suyos en todo lugar y momento: en la calle, en medio del trabajo cotidiano, en la vida familiar.

Toda la luz y el fuego de la vida divina se volcarán sobre cada uno de los fieles que estén dispuestos a recibir el don de la inhabitación. La Madre de Dios intercederá —como madre nuestra que es— para que penetremos en este trato con la Santísima Trinidad.

IMITACIÓN DE CRISTO - 6° Entrega

IMITAR A CRISTO PARA SER IMAGEN DE DIOS

Por  el 30 de abril de 2009
“Dios ha creado al hombre a su imagen, pero esta imagen ha sido cubierta de tanta suciedad por el pecado, que en consecuencia Dios casi no se veía más en ella. Así el Hijo de Dios se hizo verdadero hombre, perfecta imagen de Dios: en Cristo podemos así contemplar también el rostro de Dios”. De este modo Benedicto XVI concluyó la catequesis de la audiencia general, llevada a cabo en San Pedro delante de más de 30.000 fieles. Después de haber presentado la figura de San Germán, Patriarca de Constantinopla entre 715 y 730 D.C, gran defensor de la devoción a las imágenes, el Papa recordó que estos iconos nos enseñan a ver a Dios en el rostro de Cristo, de los santos y de todos los hombres. De San Germán, agregó, podemos también aprender que “la belleza y la dignidad de la liturgia deja ver un poco su esplendor”. Lo tercero es amar a la Iglesia. Precisamente a propósito de la Iglesia, nosotros los hombres estamos inclinados a ver sobre todos sus pecados, lo negativo; pero con ayuda de la fe, que nos hace capaces de ver de forma auténtica, podemos también, hoy y siempre, redescubrir en ella la belleza divina”. En la Iglesia Dios habla con nosotros, en la Iglesia “Dios pasea con nosotros”, como dice San Germán. En la Iglesia recibimos el perdón de Dios y aprendemos a perdonar. Oremos a Dios, concluyó Benedicto XVI, para que nos enseñe a ver en la Iglesia su presencia, su belleza, a ver su presencia en el mundo, y nos ayude a ser también nosotros transparentes a su luz.




Buenas tardes queridos hermanos en Cristo, les mandamos otros tres capítulos de este primer libro, que nos ayuda a imitar a Jesucristo, y así poder llegar a tener sus mismos sentimientos, y como dice el Papa Benedicto XVI, y así poder ser imagen de Dios.

CAPÍTULO XIV

Cómo se deben evitar el juicio temerario

No juzguemos la obras ajenas:
Pon los ojos en ti mismo y guárdate de juzgar las acciones ajenas. En juzgar a otros trabaja el hombre en vano, y yerra muchas veces, y peca fácilmente; mas juzgándose y examinándose a sí mismo, trabaja con fruto. Muchas veces juzgamos la cosa conforme a nuestro apetito, y perdemos ligeramente el verdadero juicio por el amor propio.
Si fuese Dios siempre el fin puramente de nuestro deseo, no nos turbaría tan presto la contradicción de nuestra sensualidad.

No queramos imponer nuestro juicio a los demás:
Muchas veces tenemos algo adentro escondido, o de afuera se ofrece, cuya afición nos lleva tras sí. Muchos se buscan a sí mismos en las obras que hacen, y no lo entienden: y paréceles estar en buena paz cuando se hacen las cosas a su voluntad y gusto; mas si de otra manera suceden, presto se alteran y entristecen. Por la diversidad de los pareceres muchas veces se levantan discordias entre los amigos y convecinos, entre los religiosos y devotos.
La vieja costumbre con dificultad se deja, y ninguno deja de buena gana su propio parecer. Si en tu razón e industria te esfuerzas más que en la virtud de la sujeción de Cristo, tarde y pocas veces tendrás lumbre: porque quiere Dios que nos sujetemos a él perfectamente, y que trascendamos toda razón, inflamados de su amor.

CAPÍTULO XV

De las obras hechas por caridad


La obra exterior sin caridad no aprovecha: Dios mira el corazón.
No se debe hacer lo que es malo por ninguna cosa del mundo; ni por amor de hombre alguno: mas por el provecho del necesitado, alguna vez se puede dejar la buena obra o trocarse por otra mejor. De esta manera no se pierde la buena obra, mas mudase en otra mejor. La obra exterior sin caridad no aprovecha; mas todo cuanto se hace con caridad, por poco que sea y desechado, todo es fructuoso. Por cierto más mira Dios el corazón que el don.
Mucho hace el que mucho ama. Mucho hace el que hace bien la obra buena y bien hace el que sirve más a la comunidad que a su voluntad.
Muchas veces parece caridad lo que es carnalidad. Porque la inclinación de la carne, la propia voluntad, la esperanza de galardón, la afección del provecho pocas veces nos dejan.

Cómo se conoce la verdadera caridad?
El que tiene verdadera y perfecta caridad, no se busca a sí mismo en cosa alguna; mas en toda cosa desea que Dios sea glorificado. No tiene envidia de ninguno: porque no ama ningún bien propio, ni se quiere gozar en sí: más desea, sobre todas las cosas, gozar de Dios. A nadie atribuye ningún bien; mas refiérelo del todo a Dios, del cual como de fuente manan todas las cosas, en el cual finalmente todos los santos descansan con perfecto gozo.
¡Oh quien tuviese una centella de verdadera caridad, por cierto que sentiría ser todas las cosas mundanas, llenas de vanidad!

CAPÍTULO XVI

Que se debe tolerar los defectos ajenos

Debemos sufrir lo que no podemos enmendar a otros:
Lo que no puede el hombre enmendar en sí ni en los otros, débelo sufrir con paciencia, hasta que Dios lo ordene de otra manera. Piensa que quizá te es así mejor para probar tu probación y paciencia, sin la cual no son de estimar en mucho nuestros merecimientos. Mas debes rogar a Dios por tales impedimentos, para que tenga por bien de socorrerte para que los lleves buenamente.
Si alguno, amonestado una vez o dos no se enmendare, no porfíes con él: mas encomiéndalo a Dios, para que se haga su voluntad a honra suya en todos sus siervos: que bien sabe Él sacar de los males bienes. Estudia de sufrir con paciencia cualesquier defecto y flaquezas ajenas, mirando que tú tienes mucho que te sufran los otros.

Razones que nos mueven a soportar los defectos ajenos:
Si no puedes hacerte a ti cual deseas, ¿cómo quieres tener a otro a la medida de tu deseo?    
De buena gana queremos a los otros perfectos, y no enmendamos los defectos propios.
Queremos que los otros sean corregidos con rigor, y nosotros no queremos ser corregidos.
No nos agrada si a los otros se les da larga licencia, y  no queremos que cosa alguna nos sea negada. Queremos que los otros sean apremiados con constituciones, y en ninguna manera sufrimos que nos sea prohibida cosa alguna. Así parece claro cuán pocas veces amamos al prójimo como a nosotros mismos. Si todos fuesen perfectos ¿qué habría que sufrir por Dios de nuestros hermanos?

    

         Plan providencial de Dios: Ayudarnos unos a otros:
        Mas así lo ordenó Dios, para que aprendamos a llevar las cargas unos de otros (Gal.,6,2); porque no hay ninguno sin defecto, ninguno sin carga, ninguno es suficiente para si , ninguno es cumplidamente sabio para sí. Y por tanto conviene llevarnos, consolarnos y juntamente ayudarnos unos a otros, instruirnos y amonestarnos. De cuánta virtud sea cada uno, mejor se muestra en la ocasión de la adversidad; porque las ocasiones no hacen al hombre frágil, mas declaran que lo es.


Meditación Diaria - V Domingo de Pascua


† Meditación diaria

Pascua. Quinto domingo
SER JUSTOS

— Ser justos con quienes nos relacionamos, con quienes dependen de nosotros, con la sociedad.

La palabra del Señor es sincera y todas sus acciones son leales; Él ama la justicia y el derecho, y su misericordia llena la tierra1.
La justicia es la virtud cardinal que permite una convivencia recta y limpia entre los hombres. Sin esta virtud, la convivencia se torna imposible, la sociedad, la familia, la empresa dejan de ser humanas y se convierten en lugares donde el hombre atropella al hombre. La justicia regula la convivencia de la sociedad humana en cuanto humana, es decir, basada en el respeto de los derechos personales; “es principio fundamental de la existencia y de la coexistencia de los hombres, como también de las comunidades humanas, de las sociedades y de los pueblos”2.
Un aspecto de esta virtud atañe a las relaciones con el vecino, con el compañero, con el amigo, con el colega y, en general, con toda persona: regula estas relaciones de los hombres entre sí, dando a cada uno lo que le es debido. Otra faceta de la justicia se refiere a los deberes de la sociedad en relación a lo que a cada individuo le corresponde. Por último, existe otro plano de la justicia, que regula aquello que cada individuo concreto debe a la comunidad a la que pertenece, al todo del que forma parte.
La justicia en una sociedad viene de quienes la componen. Son las personas quienes proyectan en la sociedad su justicia o su injusticia, sobre todo quienes en ellas tienen más responsabilidad. Y esto es válido en la familia, en la empresa, en la nación o en el conjunto de naciones que componen el mundo. Si de verdad queremos que la justicia impere en una sociedad –ya se trate de una aldea o de la nación–, hagamos justos a los hombres que la componen: que cada uno de nosotros comience a ser justo en ese triple plano: con quienes nos relacionamos cada día, con quienes dependen de nosotros, dando lo que debemos a la sociedad de la que formamos parte. Esta es la primera obligación moral de la justicia, ser justos en todos los aspectos de nuestra vida: convivir con rectitud y limpieza, ser justos con la familia, con el vecino... con el Estado. La lucha porque impere una mayor justicia en la sociedad es fruto de una serie de decisiones personales, que van modelando el alma de la persona que ejercita esta virtud. Con actos concretos de justicia, el hombre se moverá cada vez con más facilidad por “una voluntad constante e inalterable de dar a cada uno lo suyo”3, pues en esto consiste la esencia de esta virtud.
Si hay una tarea noble y bella que corresponde al común de los ciudadanos es precisamente la de trabajar, con responsabilidad personal, por una sociedad más justa, recta y limpia.

— La promoción de la justicia.


“Dios nos llama a través de las incidencias de la vida de cada día, en el sufrimiento y en la alegría de las personas con las que convivimos, en los afanes humanos de nuestros compañeros, en las menudencias de la vida de familia. Dios nos llama también a través de los grandes problemas, conflictos y tareas que definen cada época histórica, atrayendo esfuerzos e ilusiones de gran parte de la humanidad”4. La fe nos lleva a estar presentes, a intervenir muy directamente en los afanes nobles, en las “menudencias de la vida de familia” y “en los conflictos y tareas que definen cada época histórica”... para santificarnos nosotros y santificar esas realidades, haciéndolas más humanas, más justas, para llevarlas a Dios. “Se comprende muy bien la impaciencia, la angustia, los deseos inquietos de quienes, con un alma naturalmente cristiana (Cfr. Tertuliano, Apologeticum, 17), no se resignan ante la injusticia personal y social que puede crear el corazón humano. Tantos siglos de convivencia entre los hombres y, todavía, tanto odio, tanta destrucción, tanto fanatismo acumulado en ojos que no quieren ver y en corazones que no quieren amar”5.
La fe nos urge porque es grande la necesidad de justicia que existe en el mundo. “Los bienes de la tierra, repartidos entre unos pocos; los bienes de la cultura, encerrados en cenáculos. Y, fuera, hambre de pan y de sabiduría, vidas humanas que son santas, porque vienen de Dios, tratadas como simples cosas, como números de una estadística. Comprendo y comparto esa impaciencia, que me impulsa a mirar a Cristo, que continúa invitándonos a que pongamos en práctica ese mandamiento nuevo del amor.
“Todas las situaciones por las que atraviesa nuestra vida nos traen un mensaje divino, nos piden una respuesta de amor, de entrega a los demás”6.
El cristiano se esfuerza en remediar lo injusto por amor a Jesucristo y a sus hermanos los hombres. El justo, en el pleno sentido de la palabra, es aquel que va dejando a su paso amor y alegría y no transige con la injusticia allí donde la encuentra, ordinariamente en el ámbito en el que se desarrolla su vida: en la familia, en su empresa, en el municipio donde tiene su hogar... Si hacemos examen, es posible que encontremos injusticias que remediar: juicios precipitados contra personas o instituciones, rendimiento en el trabajo, trato injusto a otras personas...

— Fundamento y fin de la justicia.

El origen, la gran fuerza que mueve al hombre justo, es el amor a Cristo; cuanto más fieles al Señor seamos, más justos seremos, más comprometidos estaremos con la verdadera justicia. Un cristiano sabe que el prójimo, el “otro”, es Cristo mismo, presente en los demás, de modo particular en los más necesitados. “Solo desde la fe se comprende qué es lo que de verdad nos jugamos con la justicia o la injusticia de nuestros actos: acoger o rechazar a Jesucristo”7. Este es el gran motor de nuestras acciones. Esto es lo que solo los cristianos, mediante la fe, podemos ver: Cristo nos espera en nuestros hermanos. Porque tuve hambre y no me disteis de comer, tuve sed... Omisiones: Cada vez que dejasteis de hacerlo con uno de mis hermanos más pequeños, dejasteis de hacerlo conmigo8.
El Señor está en cada hombre que padece necesidad. “Los pobres de la sociedad, personalmente considerados, así como las zonas, los grupos étnicos o culturales, los enfermos, los sectores de la población más pobres y marginados tienen que ser preocupación constante de la Iglesia y de los cristianos. Es preciso aumentar los esfuerzos para estar con ellos y compartir sus condiciones de vida, sentirnos llamados por Dios desde las necesidades de nuestros hermanos, hacer que la sociedad entera cambie para hacerse más justa y más acogedora en favor de los más pobres”9.
“Hay que reconocer a Cristo, que nos sale al encuentro, en nuestros hermanos los hombres”10. Bastaría examinar nuestro espíritu de atención, de respeto, de afán de justicia, enriquecido por la caridad, para conocer con qué fidelidad seguimos a Cristo. Y al revés, si es profundo y verdadero el trato y el amor a Cristo, ese trato y ese amor se desbordan inconteniblemente hacia los demás.
“Las exigencias espirituales y materiales del servicio cristiano a los demás, son grandes: en la voluntad, en el sentimiento, en las obras. Ante ellas, con la ayuda de la gracia divina, el cristiano ni se acobarda ni se atolondra con un nervioso frenesí de “gestos” sorprendentes. Pero tampoco “se queda tranquilo”: caritas enim urget nos: porque nos acucia la caridad de Cristo (2 Cor 5, 14)”11, que nos lleva más allá de la mera justicia, pero –como es claro– supone haber satisfecho lo que es justo.
“Para que este ejercicio de la caridad sea verdaderamente irreprochable y aparezca como tal –enseña el Concilio Vaticano II– , es necesario (...) cumplir antes que nada las exigencias de la justicia, para no dar como ayuda de caridad lo que ya se debe por razón de justicia”12.
La práctica de la justicia nos lleva a un constante encuentro con Cristo. En último extremo, “hacerle justicia a un hombre es reconocer la presencia de Dios en él”13.
Por eso también, en el cristiano no puede haber verdadera justicia si no está informada por la caridad14, porque quedaría a ras de tierra, empequeñecida. Cristo, en nuestras relaciones con el prójimo, quiere más de nosotros. A Él hemos de pedirle “que nos conceda un corazón bueno, capaz de compadecerse de las penas de las criaturas, capaz de comprender que, para remediar los tormentos que acompañan y no pocas veces angustian las almas en este mundo, el verdadero bálsamo es el amor, la caridad”15.
1 Salmo responsorial. Sal 33, 4-5. — 2 Juan Pablo II, Audiencia general, 8-XI-1978. — 3 Santo Tomás, Suma Teológica, 2-2, q. 58, a. 1. — 4 San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, 110. — 5 Ibídem, 111. — 6 Ibídem. — 7 P. Rodríguez, Fe y vida de fe, EUNSA, Pamplona 1974, p. 215. — 8 Cfr. Mt 25, 45. — 9 Conferencia Episcopal Española, Testigos del Dios vivo, 28-VI-1985, n. 59. — 10 San Josemaría Escrivá, o. c., 111. — 11 F. Ocáriz, Amor a Dios, amor a los hombres, Palabra, 3ª ed., Madrid 1973, p. 109. — 12 Conc. Vat. II, Decr. Apostolicam actuositatem, 8. — 13 P. Rodríguez, o. c., p. 217. — 14 Cfr. Santo Tomás, Suma Teológica, 2-2, q. 4, a. 7. — 15 San Josemaría Escrivá, o. c., 167.

Lectio Divina - Evangelio Domingo V de Pascua


Dar fruto . 06-05-2012
Juan 15.1-8
“Yo soy la vid verdadera y mi Padre es el viñador. Si uno de mis sarmientos no da fruto, lo corta; pero si da fruto, lo poda y lo limpia para que dé más. Vosotros ya estáis limpios por las palabras que os he hablado. Seguid unidos a mí como yo sigo unido a vosotros. Un sarmiento no puede dar fruto por sí mismo si no está unido a la vid. De igual manera, vosotros no podéis dar fruto si no permanecéis unidos a mí.
“Yo soy la vid y vosotros sois los sarmientos. El que permanece unido a mí y yo unido a él, da mucho fruto; pues sin mí nada podéis hacer. El que no permanece unido a mí será echado fuera, y se secará como los sarmientos que se recogen y se queman en el fuego.
“Si permanecéis unidos a mí, y si sois fi eles a mis enseñanzas, pedid lo que queráis y se os dará. Mi Padre recibe honor cuando vosotros dais mucho fruto y llegáis así a ser verdaderos discípulos míos. Otras lecturas: Hechos 9.26-31; Salmo 22.26-28, 30-32; 1 Juan 3.18-24
LECTIO:
Este discurso, lleno de fuerza, del Evangelio de Juan traza una vívida imagen de la relación que mantiene Jesús con el Padre y con sus seguidores, personas como tú o como yo.
En la lectura de la semana pasada Jesús se describía a sí mismo como ‘buen pastor’ (Juan 10). En el pasaje de hoy, Jesús habla de sí como ‘la vid verdadera’. Las viñas eran un paisaje común en tiempos de Jesús, al igual que hoy sucede en muchas regiones.
Hoy destacan tres ‘imágenes’: Jesús como vid, el Padre como viñador, y los discípulos como sarmientos. La vid sostiene a los sarmientos: uno no puede producir fruto sin la otra.
El Padre cuida de la vid. Poda los sarmientos estimulándolos para que crezcan fuertes y den una abundante cosecha de fruto. A los sarmientos que no dan fruto los cortan y los echan fuera.
¿Y cómo permanecen los ‘sarmientos’ unidos a la ‘vid’? Jesús ofrece dos ideas: ‘seguid unidos a mí como yo sigo unido a vosotros (versículo 4) y sed ‘fieles a mis enseñanzas’ (versículo 7). Hemos de vivir como Jesús y aceptar la purificación y la ‘poda’ que llevarán a cabo en nuestras vidas las palabras de Jesús (versículo 3).
El objetivo de nuestras vidas y el fruto que hemos de producir consisten en dar gloria y alabanza al Padre. Dicho de manera más sencilla: necesitamos dedicarnos por completo a realizar la voluntad de nuestro Dios amoroso.
MEDITATIO:
 Dedica algo de tiempo a pensar en lo que significa para ti ‘permanecer en’ Jesús. Considera también cómo pueden permanecer en ti sus palabras.

¿Cómo te sientes frente a la corrección o la ‘poda’ de Dios? Recuerda cuánto te ama Dios. ¿Te ayuda traer a la memoria que la poda producirá más fruto?
ORATIO:
Para orar hoy, toma una hoja de papel y unos cuantos rotuladores o lápices de colores. Dibuja una vid con sus frutos: basta con unas pocas líneas y unos borrones.
Dibuja también algunas raíces. Junto a cada raíz, escribe el nombre de algo que alimente tu relación con Dios. Imagina que tú eres uno de los sarmientos. Dejando aparte la modestia, ya que esto es algo entre Dios y tú nada más, trata de darle nombre a algunos de los frutos que has dibujado en tu sarmiento. Esto ya es más difícil de hacer, pero pídele al Espíritu Santo que te ayude. En alguno de los otros sarmientos, escribe los nombres de personas que afianzan tu relación con Jesús. Considera todo esto con espíritu de oración. Puede que te lleve cierto tiempo, pero cuando estés dispuesto, ofréceselo a Dios en acción de gracias y con confianza en las ‘vendimias’ futuras.
CONTEMPLATIO:
Hechos 9.26-31 explica qué significa estar unido a Jesús: quiere decir estar unido a su Iglesia. Pablo quedó transformado por medio de su conversión. Para dar el fruto que Dios le pedía necesitó reconciliarse con la Iglesia de Jerusalén a la que antes había perseguido.
1 Juan 3.18-24 es muy práctico: cree en Jesús y ama a tu prójimo. Y el amor hacia tus compañeros en la fe no debe consistir en meras palabras, sino que debe ser un amor verdadero ‘que se demuestre con hechos’ (versículo 18).
Lectio Divina de Sociedad Bíblica España

Evangelio - 5° Domingo Semana de Pascua

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Día litúrgico: Domingo V (B) de Pascua

Texto del Evangelio (Jn 15,1-8): En aquel tiempo, Jesús habló así a sus discípulos: «Yo soy la vid verdadera, y mi Padre es el viñador. Todo sarmiento que en mí no da fruto, lo corta, y todo el que da fruto, lo limpia, para que dé más fruto. Vosotros estáis ya limpios gracias a la Palabra que os he anunciado. Permaneced en mí, como yo en vosotros. Lo mismo que el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid; así tampoco vosotros si no permanecéis en mí.

»Yo soy la vid; vosotros los sarmientos. El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto; porque separados de mí no podéis hacer nada. Si alguno no permanece en mí, es arrojado fuera, como el sarmiento, y se seca; luego los recogen, los echan al fuego y arden. Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid lo que queráis y lo conseguiréis. La gloria de mi Padre está en que deis mucho fruto, y seáis mis discípulos».
Comentario: Rev. D. Joan MARQUÉS i Suriñach (Vilamarí, Girona, España)
«La gloria de mi Padre está en que deis mucho fruto»
Hoy, el Evangelio presenta la alegoría de la vid y los sarmientos. Cristo es la verdadera vid, nosotros somos los sarmientos y el Padre es el viñador.

El Padre quiere que demos mucho fruto. Es lógico. Un viñador planta la viña y la cultiva para que produzca fruto abundante. Si nosotros montamos una empresa, querremos que rinda. Jesús insiste: «Yo os he elegido a vosotros, y os he destinado para que vayáis y deis fruto» (Jn 15,16).

Eres un elegido. Dios se ha fijado en ti. Por el bautismo te ha injertado en la viña que es Cristo. Tienes la vida de Cristo, la vida cristiana. Posees el elemento principal para dar fruto: la unión con Cristo, porque «el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid» (Jn 15,4). Jesús lo dice taxativamente: «Separados de mí no podéis hacer nada» (Jn 15,5). «Su fuerza no es sino suavidad; nada hay tan blando como esto, y nada como esto tan firme» (San Francisco de Sales). ¿Cuántas cosas has querido hacer sin Cristo? El fruto que el Padre espera de nosotros es el de las buenas obras, el de la práctica de las virtudes. ¿Cuál es la unión con Cristo que nos hace capaces de dar este fruto? La fe y la caridad, es decir, permanecer en gracia de Dios.

Cuando vives en gracia, todos los actos de virtud son frutos agradables al Padre. Son obras que Jesucristo hace a través tuyo. Son obras de Cristo que dan gloria al Padre y se convierten en cielo para ti. ¡Vale la pena vivir siempre en gracia de Dios! «Si alguno no permanece en mí [por el pecado], es arrojado fuera, como el sarmiento, y se seca; luego (...) los echan al fuego y arden» (Jn 15,6). Es una clara alusión al infierno. ¿Eres como un sarmiento lleno de vida?

Que la Virgen María nos ayude a aumentar la gracia para que produzcamos frutos en abundancia que den gloria al Padre.

Otro comentario:

6. mayo 2012 | Por  | Categoria: Charla Dominical
Uno de los santos más grandes y más queridos de la antigüedad cristiana, San Ignacio de Antioquía, discípulo de los Apóstoles y obispo, era llevado a Roma desde el Asia Menor para ser echado a las fieras en el circo. El buen hombre amaba a Jesús de una manera apasionada. Las cartas que escribió durante la travesía a todas las Iglesias donde fondeaba el barco son de una riqueza extraordinaria. Pues, bien; echado al anfiteatro, antes de que fueran soltadas las fieras, se arrodilla el mártir, y exclama:
- Nunca se arrancará de mi boca el nombre de Jesús, y en el caso de no poderlo pronunciar, jamás será borrado de mi corazón.
Destrozado el cuerpo por las fieras, los cristianos se hacen cargo después de los despojos que quedan, le abren el corazón, y encuentran grabado en él, con letras de oro, el nombre bendito de JESUS.
¿Historia esto del corazón con el nombre de Jesús?… No. Pero la leyenda, que tuvo después tanta repercusión en la Iglesia, resulta preciosa y es un comentario magnífico al Evangelio de hoy, en el que Jesús nos habla de la unión íntima que existe entre Él y nosotros.
 Jesús está de tal manera metido en el corazón y en todo el ser del cristiano que los dos, el bautizado y Jesús, no vienen a tener más que una sola personalidad, porque la personalidad nuestra queda absorbida por la del Señor.
El amor de Cristo, metido en lo más profundo del corazón, es el motor que impulsa toda nuestra actividad. Diríamos que desaparece el cristiano para no verse más que Jesús.
Esta manera de hablar nuestra no es ninguna exageración. El Evangelio de hoy nos lo dice de una manera muy expresiva.
Jesús toma la comparación de las viñas de Israel. País vinícola, la viña era mimada en el pueblo. La abundancia de vino era tomada como una bendición de Dios.
Jesús se detiene un día ante la planta, la cepa, y delante de sus sarmientos cargados de racimos de uvas se pone a reflexionar y toma la comparación que un día va a exponer a los apóstoles:
- Yo soy la vid verdadera.
Permanezcan en mí, y yo en ustedes.
Así cono el sarmiento no puede producir fruto por sí mismo, si no permanece unido a la vid, así tampoco ustedes producirán fruto alguno si no permanecen en mí.
Yo soy la vid, y ustedes los sarmientos. Quien permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto, porque sin mí no pueden hacer nada.
Quien no permanece en mí es arrojado fuera. Como a la rama seca, que la recogen, la echan al fuego y arde.
Jesús hablaba de la planta de la vid que nos da las ricas uvas. Como podía haber hablado en nuestras tierras del café, del mango o de cualquier otro fruto. Es igual. La comparación la entendemos perfectamente.
Como la podían entender los apóstoles. Porque desde antiguo habían los profetas comparado a Israel con una viña. Dios la había plantado con ilusión pensando que recogería uvas en abundancia, pero la viña no le daba sino agraces, uvas agrias que no maduraban nunca y son repulsivas al paladar.
Viene ahora Jesús y nos dice que es Él la verdadera viña de Israel. Dios podrá recoger uvas sabrosas y vino exquisito en abundancia, porque todos los que somos de Cristo, unidos siempre a Él como las ramas a la planta, seremos capaces de producir cosechas enormes.
El cristiano que vive en Cristo y con Cristo, siempre unido a Él con la gracia, produce y recoge esos frutos que nos señala Jesús en todo el contexto de este Evangelio.
Unidos a Jesús tan íntimamente, estaremos en progreso constante de la santidad, pues esto significan las palabras con que concluye Jesús: “En esto va a ser glorificado mi Padre, en que ustedes van a dar mucho fruto”.  
El primer fruto será la pureza de vida, pues nos dice Jesús: “Ustedes están limpios”. ¿Cómo no va a estar limpio quien no es más que una sola cosa con Cristo?…
La eficacia de la oración será otro fruto apreciado de nuestra unión con Cristo, como añade Jesús: “Si permanecen en mí, pedirán lo que quieran y les será concedido”. No podrá ser de otra manera, porque quien pedirá al Padre no seremos nosotros, sino Jesús que se ha posesionado totalmente de nosotros.
Al hablarnos hoy Jesús de esta manera nos mira como personas individuales y como Iglesia.
Sólo cuando la Iglesia está unida a Jesús formando eso que Jesús quería, “una sola Iglesia”, sólo entonces producirá la Iglesia ese fruto abundante que el mundo tiene derecho a esperar de ella.
Por eso hoy la Iglesia no tolera más esa separación y división en muchas Iglesias que ofrecemos los que nos gloriamos en el mismo y único nombre de Jesucristo.
Por eso rogamos y trabajamos todos con ilusión por la unión de las Iglesias. Sembrar división significa, hoy más que nunca, ir contra el Espíritu Santo, mientras que trabajar con amor por la unión de los cristianos es cooperar a la acción divina tan claramente manifestada en nuestro tiempo.
¡Señor Jesucristo!
Tú vives por la Gracia en lo más hondo de nuestros corazones, en los que tienes tu nombre escrito con letras de oro.
Vives en nosotros porque te amamos.
Porque somos enteramente tuyos.
Porque te dejamos desarrollar tu vida y toda tu actividad por medio nuestro.
Así el mundo reconoce que sólo Tú puedes convertirlo en el campo de las grandes cosechas soñadas por Dios…

 Otro comentario: 

Lecturas: Hechos 9,26-31; 1 Juan 3,18-24; Juan 15,1-8.
Vid: Planta cuyo fruto es la uva, de la que se extrae el vino. Muy conocida por los contemporáneos de Jesús.
Sarmiento: Vástago o “rama” de la vid del que salen los racimos. Se corta cada año.
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Es necesario conocer el funcionamiento de la planta para entender este yo soy de Jesús. El enraizamiento en la vid que es Cristo, es la clave para la fidelidad tanto de la persona como de la comunidad. El enraizamiento verdadero no es puntual, sino que es continuo. Podemos pensar que con momentos puntuales ya está todo hecho: rezo un rato y ya está. La savia corre, como la sangre por las venas, despiertos y dormidos, días de fiesta y días de trabajo… Es necesario pararse y tomar conciencia de esta realidad de enraizamiento. La experiencia de enraizados en Jesús no es distinta de experiencias de enraizamiento entre familiares, amigos. Algo del otro en quien nos apoyamos corre por nuestra vida y nos sustenta. El creyente se siente unido y sustentado en Cristo y que la vida de Cristo se hace vida del discípulo.
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Sugerencia: Una cosa es desgajar y otra podar. Te desgajan o te desgajas, es una acción de ruptura, de separación, por lo general violenta. Podar no es separar, es cultivar, es cuidar, es limar, es educar, es cortar lo que te impide madurar y dar fruto, es mirar al futuro mejor y más consistente entre la rama y el árbol, entre el sarmiento y la vid.
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Otro comentario:

Beata Teresa de Calcuta (1910-1997), fundadora de la Hermanas Misioneras de la Caridad   
Camino de sencillez 

«Permaneced en mí, como yo en vosotros»
        Amad la oración. A menudo, durante la jornada, tratad de sentir la necesidad de orar, y abandonad la tristeza en la oración. La oración agranda el corazón, hasta el punto que podrá contener el don que Dios nos hace de mismo. "Pedid, buscad " (Lc 11,9) y vuestro corazón se ensanchará lo suficiente para recibirlo.
        La siguiente oración, extraída del libro de oraciones de nuestra comunidad, escogida entre aquellas que recitamos cada día. Puede ayudaros...

«Convirtámonos en ramas verdaderas y fructíferas de la viña de Jesús, recibiéndole en nuestra vida como Él quiera mostrarse:
Como la Verdad - para ser dicha;
Como la Vida - para ser vivida;
Como la Luz - para ser iluminada;
Como el Amor - para ser amado;
Como el Camino - para ser andado;
Como la Alegría - para ser dada;
Como la Paz - para ser extendida;
Como el sacrificio - para ser ofrecido, en nuestras familias y en nuestro barrio».






viernes, 4 de mayo de 2012

Evangelio - Sábado 4° Semana de Pascua


† Lectura del santo Evangelio según san Juan (14, 7-14)
Gloria a ti, Señor.
En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos:
“Si ustedes me conocen a mí, conocen también a mi Padre. Ya desde ahora lo conocen y lo han visto”.
Le dijo Felipe:
“Señor, muéstranos al Padre y eso nos basta”.
Jesús le replicó:
“Felipe, tanto tiempo hace que estoy con ustedes, ¿y todavía no me conoces? Quien me ha visto a mí, ha visto al Padre. ¿Entonces por qué dices: ‘Muéstranos al Padre’? ¿O no crees que yo estoy en el Padre y que el Padre está en mí? Las palabras que yo les digo, no las digo por mi propia cuenta. Es el Padre, que permanece en mí, quien hace las obras. Créanme: yo estoy en el Padre y el Padre está en mí. Si no me dan fe a mí, créanlo por las obras.
Yo les aseguro: el que crea en mí, hará las obras que hago yo y las hará aun mayores, porque yo me voy al Padre; y cualquier cosa que pidan en mi nombre, yo la haré para que el Padre sea glorificado en el Hijo. Yo haré cualquier cosa que me pidan en mi nombre”.
Palabra del Señor.
Gloria a ti, Señor Jesús.

† Meditación diaria

Pascua. 4ª Semana. Sábado
LA VIRTUD DE LA ESPERANZA

— Esperanza humana y virtud sobrenatural de la esperanza. Certidumbre de esta virtud. El Señor nos dará siempre las gracias necesarias.

Leemos en el Evangelio de la Misa estas consoladoras palabras de Jesús: Si pidiereis algo en mi nombre yo lo haré1. Y la Antífona de comunión recoge otras no menos consoladoras palabras del Señor: Padre, éste es mi deseo: que los que me confiaste estén conmigo donde yo estoy y contemplen mi gloria2.
El mismo Señor es nuestro intercesor en el Cielo, y nos promete que todo lo que le pidamos en su Nombre, nos lo concederá. Pedir en su Nombre significa en primer lugar tener fe en su Resurrección y en su misericordia; y significa pedir aquello, humano o sobrenatural, que conviene a nuestra salvación, objetivo fundamental de la virtud cristiana de la esperanza, de la misma vida del hombre.
Existe la esperanza humana del labrador cuando siembra, del marino que emprende una travesía, del comerciante cuando inicia un negocio... Se pretende llegar a un bien, a un fin humano: una buena cosecha, llegar al puerto al que se ha puesto rumbo, unas buenas ganancias... Y existe la esperanza cristiana, que es esencialmente sobrenatural y, por tanto, está muy por encima del deseo humano de ser dichoso y de la natural confianza en Dios. Por esta virtud tendemos hacia la vida eterna, hacia una dicha sobrenatural, que no es otra cosa que la posesión de Dios: ver a Dios como Él mismo se ve, amarle como Él se ama. Y al tender hacia Dios lo hacemos con los medios que Él nos ha prometido, y que no nos faltarán nunca si nosotros no los rechazamos. El motivo fundamental por el que esperamos alcanzar este bien infinito es que Dios nos da su mano, según su misericordia y su infinito amor, al que nosotros correspondemos con nuestro querer, aceptando con amor esa mano que Él nos tiende3.
Con la virtud de la esperanza, el cristiano no tiene la seguridad de la salvación –a no ser por una gracia especialísima de Dios–, pero sí tiende con certeza hacia su fin, de modo semejante a como, en el orden de las cosas humanas, el que emprende un viaje no tiene la certeza de llegar al fin de su proyecto, pero sí tiene la certidumbre de ir bien encaminado y de llegar si no abandona el camino. “La seguridad de la esperanza cristiana, no es, pues, la certeza de la salvación, sino la certidumbre absoluta de que vamos hacia ella”4, confiados en que Dios “nunca manda lo imposible, pero nos ordena hacer lo que podemos, y pedir lo que no está en nuestra mano hacer”5.
Enseña el Magisterio de la Iglesia que “todos deben tener firme esperanza en la ayuda de Dios. Porque si somos fieles a la gracia, de la misma manera como Dios ha comenzado en nosotros la obra de nuestra salvación, la llevará a cabo, obrando en nosotros el querer y el obrar (Flp 2, 13)”6. El Señor no nos dejará si nosotros no le dejamos, y nos dará los medios necesarios para salir adelante en toda circunstancia y en todo tiempo y lugar. Nos escuchará cada vez que recurramos a Él con humildad. Nos dará los medios para buscar la santidad en nuestro quehacer, en medio del trabajo y en las condiciones que rodean nuestra vida. Nos dará más gracia si son mayores las dificultades, y más fuerzas si es mayor la debilidad.

— Pecados contra la esperanza: la presunción y el desaliento.

“La esperanza cristiana ha de ser activa, evitando la presunción; y debe ser firme e invencible, para rechazar el desaliento”7.
Existe la presunción cuando se confía más en las propias fuerzas que en la ayuda de Dios y se olvida la necesidad de la gracia para toda obra buena que realicemos; o bien cuando se espera de la divina misericordia lo que Dios no puede darnos por nuestra mala disposición, como es el perdón sin verdadero arrepentimiento, o la vida eterna sin hacer ningún esfuerzo para merecerla. No es raro que de la presunción se llegue pronto al desaliento, cuando aparecen las pruebas y las dificultades, como si ese bien dificultoso, que es el objeto de la esperanza, fuera imposible de alcanzar. Este desaliento conduce al pesimismo primero y más tarde a la tibieza8, que considera demasiado difícil la tarea de la santificación personal, apartándose de cualquier esfuerzo.
La causa de la desesperanza no son las dificultades, sino la ausencia de deseos sinceros de santidad y de llegar al Cielo. Quien ama a Dios y quiere amarlo aún más, aprovecha las mismas dificultades para manifestarle que le ama y para crecer en las virtudes. Viene la falta de esperanza cuando se cae en el aburguesamiento, en el apegamiento a los bienes de la tierra, a los que se considera como los únicos verdaderos.
El tibio llega al desaliento porque ha perdido, por muchas negligencias culpables, el objetivo de su lucha por la santidad, por conocer y amar más a Dios. Las cosas materiales adquieren entonces para él un valor de fin absoluto en la práctica, aunque quizá no en la teoría. Y “si transformamos los proyectos temporales en metas absolutas, cancelando del horizonte la morada eterna y el fin para el que hemos sido creados –amar y alabar al Señor, y poseerle después en el Cielo–, los más brillantes intentos se tornan en traiciones, e incluso en vehículo para envilecer a las criaturas”9.
Debemos andar por la vida con los objetivos bien determinados, con la mirada puesta en Dios, que es lo que nos lleva a realizar con ilusión nuestros quehaceres temporales, costosos o no. Entonces comprendemos que todos los bienes terrenos (siendo bienes) son relativos y deben estar subordinados siempre a la vida eterna y a lo que a ella se refiere. El objetivo de la esperanza cristiana trasciende, de un modo absoluto, todo lo terreno9.
Esta actitud ante la vida, mantenedora de la esperanza, supone una lucha alegre diaria, porque la tendencia de todo hombre, de toda mujer, es hacer de esta vida una ciudad permanente, estando en realidad de paso. La lucha interior bien definida en la dirección espiritual, el examen general diario, el recomenzar una y otra vez, con humildad, sin dar lugar al desánimo, es la mejor garantía para mantenernos firmes en la esperanza. El Señor nos ha prometido, según leemos en el Evangelio de la Misa, que siempre que acudamos en demanda de ayuda nos atenderá.

— La Virgen, Esperanza nuestra. Acudir a Ella en los momentos más difíciles, y siempre.

Yo soy la Madre del amor hermoso... en mí está toda la esperanza de vida y de virtud10, son palabras que la Iglesia ha puesto durante siglos en boca de la Virgen.
La esperanza fue la virtud peculiar de los Patriarcas y de los Profetas, de todos los israelitas piadosos que vivieron y murieron con la vista puesta en el Deseado de las naciones11 y en los bienes que su llegada al mundo traería consigo, contentándose con mirarlos de lejos y saludarlos, considerándose peregrinos y huéspedes en esta tierra12. Durante muchas generaciones esta esperanza sostuvo al pueblo de Israel en medio de incontables tribulaciones y pruebas.
Con más fuerza que los Patriarcas y los Profetas y todos los hombres justos se unió la Virgen Santísima a este clamor de esperanza y de deseo de la pronta llegada del Mesías. Esta esperanza era mayor en la Virgen porque estaba confirmada en la gracia y preservada, por tanto, de toda presunción y de toda falta de confianza en Dios. Ya antes de la Anunciación, Santa María profundizaba en las Sagradas Escrituras como nunca lo hizo inteligencia humana alguna, y esta claridad en el conocimiento de lo que habían anunciado los Profetas fue aumentando hasta llegar a la plena confianza en que se realizaría lo anunciado. Esta esperanza fue creciendo como crece la certeza “que tiene el navegante, después de haber tomado el rumbo conveniente, de dirigirse efectivamente hacia el término de su viaje, y que aumenta a medida que se acerca”13.
María se ejercitaba en la esperanza cuando en su juventud deseaba ardientemente la llegada del Mesías; luego, cuando esperaba que el secreto de la Concepción virginal del Salvador se manifestase a José, su esposo; cuando se encontró en Belén sin un lugar donde llegara el Mesías; en su huida precipitada a Egipto... Más tarde, cuando todo parecía perdido en el Calvario, Ella esperaba la Resurrección gloriosa de su Hijo... mientras el mundo estaba sumido en la oscuridad. Ahora, próxima ya la Ascensión de Jesús a los cielos, se dispone a sostener a la naciente Iglesia en la difusión del Evangelio y la conversión del mundo pagano.
A lo largo de los siglos, el Señor ha querido multiplicar las señales de su asistencia misericordiosa y nos ha dejado a María como faro poderosísimo para que sepamos orientarnos cuando estemos perdidos, y siempre. “Si se levantan los vientos de las tentaciones, si tropiezas con los escollos de la tentación, mira a la estrella, llama a María. Si te agitan las olas de la soberbia, de la ambición o de la envidia, mira a la estrella, llama a María. Si la ira, la avaricia o la impureza impelen violentamente la nave de tu alma, mira a María. Si turbado con la memoria de tus pecados, confuso ante la fealdad de tu conciencia, temeroso ante la idea del juicio, comienzas a hundirte en la sima sin fondo de la tristeza o en el abismo de la desesperación, piensa en María.
“En los peligros, en las angustias, en las dudas, piensa en María, invoca a María. No se aparte María de tu boca, no se aparte de tu corazón; y para conseguir su ayuda intercesora no te apartes tú de los ejemplos de su virtud. No te descaminarás si la sigues, no desesperarás si la ruegas, no te perderás si en Ella piensas. Si Ella te tiene de su mano, no caerás; si te protege, nada tendrás que temer; no te fatigarás si es tu guía; llegarás felizmente al puerto si Ella te ampara”14.
1 Jn 14, 14. — 2 Jn 17, 24. — 3 Cfr. R. Garrigou-Lagrange, Las tres edades de la vida interior, Palabra, 2ª ed., Madrid 1975, vol. II, p. 738. — 4 Ibídem, p. 740. — 5 San Agustín,Trat. de la naturaleza y de la gracia, 43, 5. — 6 Conc. de Trento, Decreto sobre la justificación, cap. 13, Dz 806. — 7 R. Garrigou-Lagrange, o. c., p. 741. — 8 Cfr. San Josemaría Escrivá, Camino, n. 988. — 9 Cfr. F. Fernández-Carvajal, La tibieza, Palabra, 5ª ed., Madrid 1985, p. 95. — 10 Cfr. Eclo 24, 24. — 11 Ag 2, 8. — 12 Heb 11, 13. — 13 P. Garrigou-Lagrange, La Madre del Salvador, Rialp, Madrid 1976, p. 162. — 14 San Bernardo, Hom. 2 sobre el “missus est”, 7.