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lunes, 23 de mayo de 2016

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Rayos de Fe

Padre, Hijo y Espíritu Santo.
Este Dios Único, es un Solo Dios y Tres Personas Distintas: Padre, Hijo y Espíritu Santo.
Este es el misterio más grande de nuestra fe, y nunca hubiéramos averiguado por cuenta propia este misterio si Dios no lo hubiese revelado, porque nuestra razón llega hasta saber que existe un solo Dios. Pero que son Tres Personas y un Sólo Dios, eso solamente porque Dios lo quiso decir a sus hijos, los hombres.
¿Y por qué Dios se quiso revelar? Porque el amigo quiere comunicar su intimidad al amigo, y Dios nos considera sus amigos, como ya Jesús lo ha dicho en el Evangelio: “Ya no os llamo servidores, os llamo amigos”.
¿Y cómo respondemos los hombres a esta predilección de Dios, a esta delicadeza y acto de amor? Muchas veces con indiferencia y falta de correspondencia. ¡Qué triste debe ser para Dios el encontrar corazones tan fríos y hostiles a su Amor! Pensemos cuando nosotros nos abrimos al amigo y encontramos solo frialdad, ¡qué desilusión! ¡Qué dolor!
Este misterio de la Santísima Trinidad es justamente eso, un misterio; imposible de entender para la mente humana, porque trasciende la razón y nuestra pobre cabecita no da para tanto.
Así cuentan de San Agustín que caminaba a la orilla del mar pensando y tratando de entender este misterio de cómo Dios puede ser Uno y Tres Personas distintas. Y encontró a un niño que había hecho un hoyito en tierra y acarreaba el agua del mar y la volcaba dentro del hoyito. Cuando San Agustín le preguntó al niño qué era lo que estaba haciendo, el niño respondió que quería traer toda el agua del mar y meterla en ese pocito. ¡Es imposible!, le dijo el santo. Y el niño le respondió: Pues es más posible que yo logre eso, que el que tú entiendas el misterio de la Santísima Trinidad, y desapareció porque ese niño era un ángel.
Este divino misterio lo proclamamos cada vez que nos hacemos la Señal de la Cruz, pues decimos “En el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”. Es decir, empezamos la frase en singular (“En el Nombre”) y luego nombramos tres Personas (del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo), y así manifestamos creer en este misterio.
Tratemos de vivir una vida agradable a Dios, cumpliendo los Diez Mandamientos, para salvarnos e ir al Cielo a contemplar a este Dios que es la Belleza infinita.

viernes, 30 de agosto de 2013

Tomar conciencia de nuestra inhabitación Trinitaria - Juan del Carmelo




 
Tomar conciencia de nuestra inhabitación Trinitaria
            Poco más o menos todos sabemos lo que es esto…, de la inhabitación Trinitaria,  pero pocos son los que tienen una plena conciencia, de lo que esto significa en nuestra vida espiritual y también en nuestra vida material, porque si amamos de verdad al Señor, es claro que nuestra vida material cederá en importancia en favor de nuestra vida espiritual. San Josemaría Escrivá, decía: “…si Dios habita en nuestra alma, todo lo demás, por importante que parezca, es accidental, transitorio; en cambio, nosotros, en Dios, somos lo permanente”. Vivimos imbuidos en la materialidad que nos rodea, ella nospresiona y nos agobia, porque pensamos, que sin ella es imposible vivir y que cuanto más tengamos mejor viviremos y nos olvidamos que por encima de todo está nuestro Padre amoroso, que ansía nuestro amor, que nos ve, que nos oye, pero sobre todo que está en el interior de nuestro ser, y no desea que antepongamos ningún deseo de bienes materiales al amor que Él nos da
            Si Dios habita en mí, nada se me puede resistir, porque Él es, el que todo lo puede, porque es omnipotente, me ama y solo desea lo mejor para mí. Claro que más de uno se dirá, y si esto es así, ¿por qué sufro yo?, ¿porque todo me sale mal?, ¿porque tanta tribulación?. Poco más o menos también el filósofo griego Epicuro, decía: si existe el mal, es que o Dios no es bueno, o no es omnipotente. Si no puede con el mal es que no es omnipotente. Y si no quiere resolverlo es que no es bueno. Este pensamiento de Epicuro, como sofisma es impecable, pero adolece de un esencial desconocimiento, ya que el mal no lo generó Dios, sino el hombre contraviniendo las leyes divinas y ofendiendo a Dios. Ante esta situación Dios permite la existencia del mal, aunque parezca un contrasentido, para nuestro bien. Porque sin mal que vencer el hombre carecería de la posibilidad de ejercer su libre albedrío y sobre todo poder demostrarle a Dios, que él es, digno hijo suyo
            Desde el momento en que somos bautizados, comenzamos a se hijos de Dios y la Santísima Trinidad inhabita en nosotros. Puede ser que alguien piense. Pero se habla de la inhabita en nosotros, del Espíritu Santo, de Dios Padre o de Dios Hijo. ¿Quién inhabita? Existe un principio denominado, la circumincesión divina intra-Trinitaria, que los orientales llaman la danza de la perícoresis, conforme al cual se da siempre la presencia divina de las tres personas, donde quiera que se halle una de ellas. Las tres personas  son uno con una unidad de circulación recíproca: en la visión, el amor y el abrazo de las personas entre sí, según nos escribe Jean Lafrance. “Es el fuego de dos miradas que se devoran por amor y producen una tercera persona. La persona del Hijo y la persona del Padre son idénticamente Dios, de tal manera que uno procede eternamente del otro”.
            San Agustín nos dice: “Así como el Padre no tiene principio, tampoco el Hijo no tiene desarrollo ni subordinación. Igualdad genera igualdad. Lo eterno genera eterno. Es como la llama generando luz. La llama permanece distinta de la luz que procede de ella. No obstante la llama no precede a la luz que genera. Ambas existen a la vez, coexisten, aun cuando la una proceda distintamente de la otra. “Muéstrame una llama sin luz, y yo te mostraré un Dios Padre sin el Hijo”... Continuando con la analogía de San Agustín sobre la llama y la luz, pudiéramos decir que no solo la luz procede de la llama sino que además  el calor procede de la llama y de la luz. Ninguna de las tres realidades precede a la otra. Son concomitantes, no podemos mostrar una llama que no vaya acompañada de luz y calor. Dios es Padre, Hijo y Espíritu. Los tres son co-iguales, co-existentes y co-eternos.
            Es por ello que no tiene trascendencia quién inhabita en nuestra alma, porque siempre inhabita la Santísima Trinidad, y es en nuestra alma donde inhabita, aunque haya quienes digan que inhabita en nuestro corazón. Nuestro corazón es un noble músculo material, que simbológicamente se toma muchas veces como expresión espiritual, pero Dios es Espíritu puro, y el espíritu inhabita siempre en el espíritu y no en la materia. Y es dentro de nuestro ser en nuestra  alma, en nuestra parte espiritual. Y refiriéndose a nuestra alma el Señor nos dejó dicho: “Si alguno me ama, guardará mi palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él y en él haremos morada”. (Jn 14,23).
            Nosotros somos templos vivos de Dios, pues Él inhabita en nuestra alma. San Pablo nos recuerda esta realidad diciéndonos: “16 ¿No sabéis que sois santuario de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros? 17 Si alguno destruye el santuario de Dios, Dios le destruirá a él; porque el santuario de Dios es sagrado, y vosotros sois ese santuario”. (1Co 3,16-17). Pero como decíamos al principio, pocos son los que viven en plena conciencia la realidad de que el Señor inhabita en nosotros. Allá a donde vayamos Él nos acompaña siempre, Ahora en este mismo momento, tú lector si estás en gracia de Dios, a Él lo tienes dentro de ti, te ve te oye te mira pero sobre todo te ama, goza contigo y desde luego sufre contigo tus tribulaciones, las sufre como propias, como tú si eres padre o madre, sufres las de tus hijos o hijas y no puedes remediarlas. El pudiendo, no puede porque desea lo mejor para ti, y la tribulación aceptada y sobre llevada por amor al Señor, es una fuente de futuras glorias tuyas, aunque ahora nos las veas, porque los ojos de tu alma, aun no se ha abierto preparándose para ver en el más allá, el Rostro de Dios, padre amoroso que te espera con los brazos abiertos y quiere tenerte a su lado para toda la eternidad. Y es ahí donde estará tu mayor gozo durante toda la eternidad en la contemplación del rostro de Dios, aunque ahora esto, no te resulte muy subyugante, entre otras razones, porque tu cuerpo material, te impide apreciar las esencias de lo espiritual.
            Toma conciencia de que Dios inhabita en tu alma, si vives dentro de la gracia divina, si ella fluye por tu ser espiritual, de la misma forma que tu sangre fluye por tu ser material. ¡Por Dios bendito!, no asesines con un pecado mortal ese flujo de gracia, que tanto necesitamos todos. Ni siquiera con pecados veniales, pues si bien un pecado venial, no obliga al Señor a marcharse de tu alma, sin embargo, le haca incómoda la estancia en ella Además recuerda que refrán que dice: Quien hace un cesto, hace cientos y si comentes un pecado venial por insignificante que sea, a este le acompañarán ciento, porque el camino, está abierto. No menosprecies un pecado venial leve, una mentira piadosa, no deja de ser un pecado. Tanto aplastan, diez toneladas de plomo,  como diez toneladas de arena, nos dice San Agustín..
            Conviene vivir siempre en la idea, de una plena consciencia de que Dios inhabita en nosotros, y no simbológicamente sino con una realidad absoluta. Tan absoluta como es la realidad de que ahora estás leyendo lo que yo ya he escrito para ti. Y de esta realidad, hemos de hacerla el eje de nuestra vida, al levantarnos, a media mañana, al mediodía por la tarde por la noche, hay que pensar siempre que quien más me ama está dentro de mí, y está continuamente diciéndome, no temas yo lo puedo todo, te amo acepta la tribulación que en este momento tienes y ofrécemela, que yo te devolveré ciento por uno. No te agobies, amor mío, que nada hay en ese mundo en que vives, que merezca tu atención. Solo en mí encontrarás amor, paz y tranquilidad para curar tus heridas. Tú ocúpate de mí, que ya me ocuparé yo de ti. Esta fueron las palabras que es Señor le dijo a Santa Catalina de Siena y también a la Madre Santa Teresa de Jesús.
            Mi más cordial saludo lector y el deseo de que Dios te bendiga.

sábado, 25 de mayo de 2013

Evangelio - Domingo Solemnidad de la Santísima Trinidad

† Lectura del santo Evangelio según san Juan 16, 12-15
Gloria a ti, Señor.
En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: 
"Aún tengo muchas cosas qué decirles, pero todavía no las pueden comprender. Pero cuando venga el Espíritu de la verdad, él los guiará hasta la verdad plena; porque no hablará por su propia cuenta, sino que dirá lo que haya oído, y les anunciará las cosas que van a suceder. El me glorificará, porque primero recibirá de mí lo que les vaya comunicando. Todo lo que tiene el Padre es mío; por eso he dicho que tomará de lo mío y se lo comunicará a ustedes". 
Palabra del Señor.
Gloria a ti, Señor Jesús.

† Meditación diaria 
Domingo después de Pentecostés
LA SANTÍSIMA TRINIDAD*
Solemnidad

* La Iglesia celebra hoy el misterio central de nuestra fe, la Santísima Trinidad, fuente de todos los dones y gracias, el misterio inefable de la vida íntima de Dios. La liturgia de la Misa nos invita a tratar con intimidad a cada una de las Tres Divinas Personas: al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. La fiesta fue establecida para todo Occidente en 1334 por el Papa Juan XXII, y quedó fijada para este domingo después de la venida del Espíritu Santo, el último de los misterios de nuestra salvación. Hoy podemos repetir muchas veces, despacio, con particular atención: Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.


— Revelación del misterio trinitario.

Tibi laus, Tibi gloria, Tibi gratiarum actio... A Ti la alabanza, a Ti la gloria, a Ti hemos de dar gracias por los siglos de los siglos, ¡oh Trinidad Beatísima!1.
Después de haber renovado los misterios de la salvación –desde el Nacimiento de Cristo en Belén hasta la venida del Espíritu Santo en Pentecostés–, la liturgia nos propone el misterio central de nuestra fe: la Santísima Trinidad, fuente de todos los dones y gracias, misterio inefable de la vida íntima de Dios.
Poco a poco, con una pedagogía divina, Dios fue manifestando su realidad íntima, nos ha ido revelando cómo es Él, en Sí, independiente de todo lo creado. En el Antiguo Testamento da a conocer sobre todo la Unidad de su Ser, y su completa distinción del mundo y su modo de relacionarse con él, como Creador y Señor. Se nos enseña de muchas maneras que Dios, a diferencia del mundo, es increado; que no está limitado a un espacio (es inmenso), ni al tiempo (es eterno). Su poder no tiene límites (es omnipotente): Reconoce, pues, hoy y medita en tu corazón -nos invita la liturgia- que el Señor es el único Dios allá arriba en el cielo y aquí abajo en la tierra; no hay otro2. Solo Tú, Señor.
El Antiguo Testamento proclama sobre todo la grandeza de Yahvé, único Dios, Creador y Señor de todo el Universo. Pero también se revela corno el pastor que busca a su rebaño, que cuida a los suyos con mimo y ternura, que perdona y olvida las frecuentes infidelidades del pueblo elegido... A la vez, se va manifestando la paternidad de Dios Padre, la Encarnación de Dios Hijo, que es anunciada por los Profetas, y la acción del Espíritu Santo, que lo vivifica todo.
Pero es Cristo quien nos revela la intimidad del misterio trinitario y la llamada a participar en él. Nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo quiera revelarlo3. Él nos reveló también la existencia del Espíritu Santo junto con el Padre y lo envió a la Iglesia para que la santificara hasta el fin de los tiempos; y nos reveló la perfectísima Unidad de vida entre las divinas Personas4.
El misterio de la Santísima Trinidad es el punto de partida de toda la verdad revelada y la fuente de donde procede la vida sobrenatural y a donde nos encaminamos: somos hijos del Padre, hermanos y coherederos del Hijo, santificados continuamente por el Espíritu Santo para asemejarnos cada vez más a Cristo. Así crecemos en el sentido de nuestra filiación divina. Esto nos hace ser templos vivos de la Santísima Trinidad.
Por ser el misterio central de la vida de la Iglesia, la Trinidad Beatísima es continuamente invocada en toda la liturgia. En el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu fuimos bautizados, y en su nombre se nos perdonan los pecados; al comenzar y al terminar muchas oraciones, nos dirigimos al Padre, por mediación de Jesucristo, en unidad del Espíritu Santo. Muchas veces a lo largo del día repetimos los cristianos: Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
“-¡Dios es mi Padre! -Si lo meditas, no saldrás de esta consoladora consideración.
“-¡Jesús es mi Amigo entrañable! (otro Mediterráneo), que me quiere con toda la divina locura de su Corazón.
“-¡El Espíritu Santo es mi Consolador!, que me guía en el andar de todo mi camino.
“Piénsalo bien. -Tú eres de Dios..., y Dios es tuyo”5.

— El trato con cada una de las Personas divinas.

La vida divina –a cuya participación hemos sido llamados– es fecundísima. Eternamente el Padre engendra al Hijo, y el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo. Esta generación del Hijo y la espiración del Espíritu Santo no es algo que aconteció en un momento determinado, dejando como fruto estable las Tres Divinas Personas: esas procedencias (los teólogos las llaman “procesiones”) son eternas.
En el caso de las generaciones humanas, un padre engendra a un hijo, pero ese padre y ese hijo permanecen después del mismo acto de engendrar, incluso aunque muera uno de los dos. El hombre que es padre no solo es “padre”: antes y después de engendrar es “hombre”. La esencia, sin embargo, de Dios Padre está en que todo su ser consiste en dar la vida al Hijo. Eso es lo que lo determina como Persona divina, distinta de las demás. En la vida natural, el hijo que es engendrado tiene otra realidad. Pero la esencia del Unigénito de Dios es precisamente ser Hijo6. Y es a través de Él, haciéndonos semejantes a Él, por un impulso constante del Espíritu Santo, como nosotros alcanzamos y crecemos en el sentido de nuestra filiación divina. Los que se dejan llevar por el Espíritu de Dios, esos son hijos de Dios. Habéis recibido no un Espíritu de esclavitud para recaer en el temor; sino un Espíritu de adopción, que nos hace gritar: Abba! (¡Padre!). Ese Espíritu y nuestro espíritu dan un testimonio concorde: que somos hijos de Dios; y si somos hijos, también herederos de Dios y coherederos con Cristo7.
La paternidad y la filiación humanas son algo que acontece a las personas, pero no expresan todo su ser. En Dios, la Paternidad, la Filiación y la Espiración constituyen todo el Ser del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo8.
Desde que el hombre es llamado a participar de la misma vida divina por la gracia recibida en el Bautismo, está destinado a participar cada vez más en esta Vida. Es un camino que es preciso andar continuamente. Del Espíritu Santo recibimos constantes impulsos, mociones, luces, inspiraciones para ir más deprisa por ese camino que lleva a Dios, para estar cada vez en una “órbita” más cercana al Señor. “El corazón necesita, entonces, distinguir y adorar a cada una de las Personas divinas. De algún modo, es un descubrimiento, el que realiza el alma en la vida sobrenatural, como los de una criaturica que va abriendo los ojos a la existencia. Y se entretiene amorosamente con el Padre y con el Hijo y con el Espíritu Santo; y se somete fácilmente a la actividad del Paráclito vivificador, que se nos entrega sin merecerlo: ¡los dones y las virtudes sobrenaturales!
“Hemos corrido como el ciervo, que ansía las fuentes de las aguas (Sal 41, 2); con sed, rota la boca, con sequedad. Queremos beber en ese manantial de agua viva. Sin rarezas, a lo largo del día nos movemos en ese abundante y claro venero de frescas linfas que saltan hasta la vida eterna (cfr. Jn 4, 14). Sobran las palabras, porque la lengua no logra expresarse; ya el entendimiento se aquieta. No se discurre, ¡se mira! Y el alma rompe otra vez a cantar con cantar nuevo, porque se siente y se sabe también mirada amorosamente por Dios, a todas horas”9.

— Oración a la Trinidad Beatísima.

La Trinidad Santa habita en nuestra alma como en un templo. Y San Pablo nos hace saber que el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado10. Y ahí, en la intimidad del alma, nos hemos de acostumbrar a tratar a Dios Padre, a Dios Hijo y a Dios Espíritu Santo. “Tú, Trinidad eterna, eres mar profundo, en el que cuanto más penetro, más descubro, y cuanto más descubro, más te busco”11, le decimos en la intimidad de nuestra alma.
“¡Oh, Dios mío, Trinidad Beatísima! Sacad de mi pobre ser el máximo rendimiento para vuestra gloria y haced de mí lo que queráis en el tiempo y en la eternidad. Que ya no ponga jamás el menor obstáculo voluntario a vuestra acción transformadora (...). Segundo por segundo, con intención siempre actual, quisiera ofreceros todo cuanto soy y tengo; y que mi pobre vida fuera en unión íntima con el Verbo Encarnado un sacrificio incesante de alabanza de gloria de la Trinidad Beatísima (...).
“¡Oh, Dios mío, cómo quisiera glorificaros! ¡Oh, si a cambio de mi completa inmolación, o de cualquier otra condición, estuviera en mi mano incendiar el corazón de todas vuestras criaturas y la Creación entera en las llamas de vuestro amor, qué de corazón quisiera hacerlo! Que al menos mi pobre corazón os pertenezca por entero, que nada me reserve para mí ni para las criaturas, ni uno solo de sus latidos. Que ame inmensamente a todos mis hermanos, pero únicamente con Vos, por Vos y para Vos (...). Quisiera, sobre todo, amaros con el corazón de San José, con el Corazón Inmaculado de María, con el Corazón adorable de Jesús. Quisiera, finalmente, hundirme en ese Océano infinito, en ese Abismo de fuego que consume al Padre y al Hijo en la unidad del Espíritu Santo y amaros con vuestro mismo infinito amor (...).
“¡Padre Eterno, Principio y Fin de todas las cosas! Por el Corazón Inmaculado de María os ofrezco a Jesús, vuestro Verbo Encarnado, y por Él, con Él y en Él, quiero repetiros sin cesar este grito arrancado de lo más hondo de mi alma: Padre, glorificad continuamente a vuestro Hijo, para que vuestro Hijo os glorifique en la unidad del Espíritu Santo por los siglos de los siglos (Jn 17, 1).
“¡Oh, Jesús, que habéis dicho: Nadie conoce al Hijo sino el Padre, y nadie conoce al Padre, sino el Hijo y aquel a quien el Hijo quisiera revelárselo (Mt 11, 27)!: “¡Mostradnos al Padre y esto nos basta!” (Jn 14, 8).
“Y Vos, ¡oh, Espíritu de Amor!, enseñadnos todas las cosas (Jn 14, 26) y formad con María en nosotros a Jesús(Gal 4, 19), hasta que seamos consumados en la unidad (Jn 17, 23) en el seno del Padre (Jn 1, 18). Amén”12.

1 Trisagio angélico. — 2 Primera lectura. Ciclo B. Dt 4, 39. — 3 Mt 11, 27. — 4 Evangelio de la Misa. Ciclo C. Jn16, 12-15. — 5 San Josemaría Escrivá, Forja, n. 2. — 6 Cfr. J. M. Pero-Sanz, El Símbolo atanasiano, Palabra, Madrid 1976, p. 51. — 7 Segunda lectura. Ciclo C, Rom 8, 14-17. — 8 Un cartujo, La Trinidad y la vida interior, Rialp, Madrid 1958, 2ª ed., pp. 45-47. — 9 San Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, 306-307. — 10 Segunda lectura. Ciclo C. Rom 5, 5. — 11 Santa Catalina de Siena, Diálogo, 167. — 12 Sor Isabel de la Trinidad,Elevación a la Santísima Trinidad, en Obras completas. Ed. Monte Carmelo, 4ª ed. Burgos 1985, pp. 757-758.
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Otro comentario: Cardenal Jorge MEJÍA Archivista y Bibliotecario de la S.R.I. (Città del Vaticano, Vaticano)
Cuando venga Él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad completa
Hoy celebramos la solemnidad del misterio que está en el centro de nuestra fe, del cual todo procede y al cual todo vuelve. El misterio de la unidad de Dios y, a la vez, de su subsistencia en tres Personas iguales y distintas. Padre, Hijo y Espíritu Santo: la unidad en la comunión y la comunión en la unidad. Conviene que los cristianos, en este gran día, seamos conscientes de que este misterio está presente en nuestras vidas: desde el Bautismo —que recibimos en nombre de la Santísima Trinidad— hasta nuestra participación en la Eucaristía, que se hace para gloria del Padre, por su Hijo Jesucristo, gracias al Espíritu Santo. Y es la señal por la cual nos reconocemos como cristianos: la señal de la Cruz en nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

La misión del Hijo, Jesucristo, consiste en la revelación de su Padre, del cual es la imagen perfecta, y en el don del Espíritu, también revelado por el Hijo. La lectura evangélica proclamada hoy nos lo muestra: el Hijo recibe todo del Padre en la perfecta unidad: «Todo lo que tiene el Padre es mío», y el Espíritu recibe lo que Él es, del Padre y del Hijo. Dice Jesús: «Por eso he dicho: ‘Recibirá de lo mío y os lo anunciará a vosotros’» (Jn 16,15). Y en otro pasaje de este mismo discurso (15,26): «Cuando venga el Paráclito, que yo os enviaré de junto al Padre, el Espíritu de la verdad, que procede del Padre, Él dará testimonio de mí».

Aprendamos de esto la gran y consoladora verdad: la Trinidad Santísima, lejos de ponerse aparte, distante e inaccesible, viene a nosotros, habita en nosotros y nos transforma en interlocutores suyos. Y esto por medio del Espíritu, quien así nos guía hasta la verdad completa (cf. Jn 16,13). La incomparable “dignidad del cristiano”, de la cual habla varias veces san León el Grande, es ésta: poseer en sí el misterio de Dios y, entonces, tener ya, desde esta tierra, la propia “ciudadanía” en el cielo (cf. Flp 3,20), es decir, en el seno de la Trinidad Santísima.
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Otro comentario: REDACCIÓN evangeli.net (elaborado a partir de textos de Benedicto XVI) (Città del Vaticano, Vaticano)
Dios, Unidad en la Trinidad, suma y profunda comunión de amor y de vida
Hoy la liturgia nos invita a alabar a Dios no sólo por una maravilla realizada por Él, sino sobre todo por cómo es Él; por la belleza y la bondad de su ser. Se nos invita a contemplar, por decirlo así, el Corazón de Dios, su realidad más profunda, que es la de ser Unidad en la Trinidad, suma y profunda comunión de amor y de vida.

Toda la Sagrada Escritura nos habla de Él; proclama incluso su propio nombre: Misericordia, Gracia, Fidelidad (cf. Ex 34,6). Dios es Uno en cuanto que es todo y sólo Amor, pero, precisamente por ser Amor es apertura, acogida, diálogo; y en su relación con nosotros, hombres pecadores, es misericordia, compasión, gracia, perdón.

—En este entregarse de Dios actúa toda la Trinidad: el Padre, que pone a nuestra disposición a Quien más ama; el Hijo que, de acuerdo con el Padre, se despoja de su gloria para entregarse a nosotros; y el Espíritu, que sale del sereno abrazo divino para inundar los desiertos de la humanidad.
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