viernes, 1 de marzo de 2013

La asistencia a la Santa Misa, fuente de santificación



San Gregorio Magno Papa celebrando el Santo Sacrificio de la Misa con la asistencia de dos acólitos.
LA ASISTENCIA A LA SANTA MISA, FUENTE DE SANTIFICACIÓN

La santificación de nuestra alma está en la unión con Dios, unión de fe, de confianza y de amor. De ahí que uno de los principales medios de santificación sea el más excelso de los actos de la virtud de religión y del culto cristiano: la participación en el sacrificio de la Misa. La Santa Misa debe ser, cada mañana, para todas las almas interiores, la fuente eminente de la que desciendan y manen las gracias de que tanta necesidad tenemos durante el día; fuente de luz y calor, que, en el orden espiritual, sea para el alma lo que es la aurora para la naturaleza. Después de la noche y del sueño, que es imagen de la muerte, al levantarse el sol sobre el horizonte, la luz inunda la tierra, y todas las cosas vuelven a la vida. Si comprendiéramos a fondo el valor infinito de la misa cotidiana, veríamos que es a modo del nacimiento de un sol espiritual, que renueva, conserva y aumenta en nosotros la vida de la gracia, que es la vida eterna comenzada. Mas con frecuencia la costumbre de asistir a Misa, por falta de espíritu, degenera en rutina, y por eso no sacamos del santo sacrificio el provecho que deberíamos sacar.
La misa debe ser, pues, el acto principal de cada día , y en la vida de un cristiano, y, más, de un religioso, todos los demás actos no deberían ser sino el acompañamiento de aquél, sobre todo los actos de piedad y los pequeños sacrificios que hemos de ofrecer a Dios, a lo largo de la jornada.
Trataremos aquí de estos tres puntos: 1º, de dónde nace el valor del sacrificio de la Misa; 2º, que sus efectos dependen de nuestras disposiciones interiores; 3º, cómo hemos de unirnos al sacrificio eucarístico.

LA OBLACIÓN SIEMPRE VIVIENTE EN EL CORAZÓN DE CRISTO

La excelencia del sacrificio de la Misa proviene, dice el Concilio de Trento (1), de que en sustancia es el mismo sacrificio de la Cruz, porque es el mismo sacerdote el que continúa ofreciéndose por sus ministros; y es la misma vícti­ma, realmente presente en el altar, la que realmente se ofrece. Sólo es distinto el modo de ofrecerse: mientras que en la Cruz fué una inmolación cruenta, en la misa la inmolación es sacramental por la separación, no física, sino sacramental del cuerpo y la sangre del Salvador, en virtud de la doble consagración. Así la sangre de Jesús, sin ser físicamente de­rramada, lo es sacramentalmente (2).
Esta sacramental inmolación es un signo(3) de la oblación interna de Jesús, a la cual nos debemos unir; es asimismo el recuerdo de la inmolación cruenta del Calvario. Aunque sólo sea sacramental, esta inmolación del Verbo de Dios he­cho carne es más expresiva que la inmolación cruenta del cordero pascual y de todas las víctimas del Antiguo Testa­mento. Un signo o símbolo, en efecto, saca todo su valor de la grandeza de la cosa significada; la bandera que nos recuerda la patria, aunque sea de vulgarísimo lienzo, tiene a nuestros ojos más valor que el banderín de una compañía o la insignia de un oficial. Del mismo modo la cruenta in­molación de las víctimas del Antiguo Testamento, remo­ta figura del sacrificio de la Cruz, sólo daba a entender los sentimientos interiores de los sacerdotes y fieles de la antigua Ley; mientras que la inmolación sacramental del Salvador en nuestros altares expresa sobre todo la obla­ ción interior perenne y siempre renovada en el corazón de "Cristo que no cesa de interceder por nosotros" (Hebr. VII, 25).
Mas esta oblación, que es como el alma del sacrificio de la Misa, tiene infinito valor, porque trae su virtud de la per­sona divina del Verbo encarnado, principal sacerdote y víctima, cuya inmolación se perpetúa bajo la forma sacramental. San Juan Crisóstomo escribió: “Cuando veáis en el altar al ministro sagrado elevando hacia el cielo la hostia santa, no vayáis a creer que ese hombre es el (principal) verda­dero sacerdote; antes, elevando vuestros pensamientos por encima de lo que los sentidos ven, considerad la mano de Jesús invisiblemente extendida”. (4) El sacerdote que con nuestros ojos de carne contemplamos no es capaz de com­prender toda la profundidad de este misterio, pero más arriba está la inteligencia y la voluntad de Jesús, sacerdote prin­cipal. Aunque el ministro no siempre sea lo que debiera ser, el sacerdote principal es infinitamente santo; aunque el ministro, por bueno que sea, pueda estar ligeramente distraído u ocupado en las exteriores ceremonias del sacri­ficio, sin llegar a su más íntimo sentido, hay alguien so­bre él que nunca se distrae, y ofrece a Dios, con pleno y total conocimiento, una adoración reparadora de infinito valor, una súplica y una acción` de gracias de alcance ilimitado.
Esta interior oblación siempre viviente en el corazón de Jesucristo es, pues, en verdad, comoel alma del sacrificio de la Misa. Es la continuación de aquella otra oblación por la cual Jesús se ofreció como víctima al venir a este mundo y a lo largo de su existencia sobre la tierra, sobre todo en la Cruz. Mientras el Salvador vivía en la tierra, esta obla­ción era meritoria; ahora continúa, pero sin esta modalidad del mérito. Continúa en forma de adoración reparadora y desúplica, a fin de aplicarnos los méritos que nos ganó en la Cruz. Aun después que sea dicha la última misa al fin del mundo, y cuando ya no haya sacrificio propiamente dicho, su consumación, la oblación interior de Cristo a su Padre, continuará, no en forma de reparación y súplica, sino de adoración y acción de gracias. Eso será el Sanctus, Sanctus, Sanctus, que da alguna idea del culto de los bienaventurados en la eternidad.
Si nos fuera dado ver directamente el amor que inspira esta interna oblación que continúa sincesar en el corazón de Cristo, "siempre viva para interceder por nosotros", ¡cuál no sería nuestra admiración!
La Beata Angela de Foligno dice (5): "No es que lo crea, sino que tengo la certeza absoluta de que, si un alma viera y contemplara alguno de los íntimos esplendores del sacra­mento del altar, luego ardería en llamas, porque habría visto el amor divino. Paréceme que los que ofrecen el sacrificio y los que a él asisten, deberían meditar profundamente en la profunda verdad del misterio tres veces santo, en cuya con­templación habríamos de permanecer inmóviles y absortos."

EFECTOS DEL SANTO SACRIFICIO DE LA MISA Y CÓMO DEBEMOS OÍRLA

La oblación interior de Cristo Jesús, que es el alma del sacrificio eucarístico, tiene los mismos fines e idénticos efec­tos que el sacrificio de la Cruz; mas importa que de entre tales efectos, nos fijemos en los que se refieren a Dios y en los que nos conciernen a nosotros mismos.
Los efectos de la Misa que inmediatamente se refieren a Dios, como la adoración reparadora y la acción de gracias, prodúcense siempre infalible y plenamente con su infinito valor, aun sin nuestro concurso, aunque la Misa fuera celebrada por un sacerdote indigno, con tal que sea válida. Así, de cada Misa elévase a Dios una adoración y acción de gracias de ilimitado valor, en razón de la dignidad del Sacerdote principal que la ofrece y del valor de la víctima ofrecida. Esta oblación "agrada a Dios más que lo que son capaces de desagradarle todos los pecados juntos"; en eso está, en cuanto a la satisfacción, la esencia misma del misterio de la Redención (6).
Los efectos de la Misa, en cuanto dependen de nosotros, no se nos aplican sino en la medida de nuestras disposiciones interiores.
Por eso, la Santa Misa, como sacrificio propiciatorio, les merece, ex opere operato, a los pecadores que no le oponen resistencia, la gracia actual que les inclina a arrepentirse y les mueve a confesar sus culpas (7), Las palabras Agnus Dei, qui tollis peccata mundi, paree nobis, Domine, hacen nacer en esos pecadores sentimientos de contrición, como en el Calvario le aconteció al buen ladrón. Esto se entiende, principalmente, de los pecadores que asisten a la Misa .y de aquellos por quienes se aplica.
El sacrificio de la Misa, como sacrificio satisfactorio, perdona también -infaliblemente a los pecadores arrepentidos parte al menos de la pena temporal debida por los pecados, y esto según las disposiciones con que a ella asisten, Por eso dice el Concilio de Trento que el sacrificio eucarístico puede también ser ofrecido para aliviar de sus penas a las almas del purgatorio (8).
En fin, como sacrificio impetratorio o de súplica, la Misa nos obtiene ex opere operato todas las gracias de que tenemos necesidad para nuestra santificación. Es que la oración de Jesucristo, que vive eternamente, sigue intercediendo en nuestro favor, junto con las súplicas de la Iglesia, Esposa de nuestro divino Salvador. El efecto de esta doble oración es proporcionado a nuestro propio fervor, y aquel que con buenas disposiciones se une a ellas, puede tener la seguridad de obtener para sí y para las almas a quienes encomienda, las gracias más abundantes.
Santo Tomás y otros muchos teólogos enseñan que estos efectos de la Misa, en cuanto de nosotros dependen, se nos hacen efectivos en la medida de nuestro fervor (9). La ra­zón es que la influencia de una causa universal no tiene más límites que la capacidad del sujeto que la recibe. Así el sol alumbra y da calor lo mismo a una persona que a mil que estén en una plaza. Ahora bien, el sacrificio de la Misa, por ser sustancialmente el mismo que el de la Cruz, es, en cuanto a reparación y súplica, causa universal de las gracias de iluminación, atracción y fortaleza. Su influencia sobre nos otros no está, pues, limitada sino por las disposiciones y e fervor de quienes la reciben. Así una sola Misa puede aprovechar tanto a un gran número de personas, como a un sola; de la misma manera que el sacrificio de la Cruz aprovechó al buen ladrón lo mismo que si por él solo se hubiera realizado. Si el sol ilumina lo mismo a una que a mil personas, la influencia de esta fuente de calor y fervor espiritual, como es la Misa, no es menos eficaz en el orden de li gracia. Cuanto es mayor la fe, confianza, religión y amor con que se asiste a ella, mayores son los frutos que en las almas produce.
Esto nos da a entender por qué los santos, ilustrados por el Espíritu Santo, tuvieron en tanta estima el Santo Sacrificio. Algunos, estando enfermos y baldados, se hacían llevar para asistir a la Misa, porque sabían que vale más que todos los tesoros, Santa Juana de Arco, camino de Chinon, importu­naba a sus compañeros de armas a que cada día asistiesen a misa; y, a fuerza de rogárselo, lo consiguió. Santa Germa­na Cousin, tan fuertemente atraída se sentía hacia la iglesia, cuando oía la campana anunciando el Santo Sacrificio, que dejaba sus ovejas al cuidado de los ángeles y corría a oír la Misa; y jamás su rebaño estuvo tan bien guardado. El santo Cura de Ars hablaba del valor de la Misa con una convic­ción tal que llegó a conseguir que todos o casi todos sus feligreses asistiesen a ella diariamente. Otros muchos santos derramaban lágrimas de amor o caían en éxtasis durante el Santo Sacrificio; y algunos llegaron a ver en lugar del cele­brante a Nuestro Señor. Algunos, en el momento de la elevación del cáliz, vieron desbordarse la preciosa sangre, como si fuera a extenderse por los brazos del sacerdote y aun por el santuario, y venir los ángeles con cálices de oro a recogerla, como para llevarla a todos los lugares donde hay hombres que salvar. San Felipe de Neri recibió no po­cas gracias de esta naturaleza y se ocultaba para celebrar, por los éxtasis que tenía en el altar.

CÓMO DEBEMOS UNIRNOS AL SANTO SACRIFICIO DE LA MISA

Puede aplicarse a esta materia lo que Santo Tomás(10) dice de la atención en la oración vocal: “Puede la atención referirse a las palabras, para pronunciarlas bien; al sentido de esas palabras, o bien al fin mismo de la oración, es decir a Dios y a la cosa por la cual se ruega... Esta última clase de atención que aun los más simples e incultos pueden tener, es tan intensa a veces que el espíritu está como arrobado en Dios y olvidado de todo lo demás.”
Asimismo para oír bien la Misa, con fe, confianza, ver­dadera piedad y amor, se la puede seguir de diferentes maneras. Puédese escuchar prestando atención a las oraciones litúrgicas, tan bellas y llenas de unción, elevación y sencillez. O meditando en la Pasión y muerte del Salvador, y considerarse al pie de la Cruz con María, Juan y las santas mujeres. O cumpliendo, en unión con Jesús, los cuatro de­beres que tenemos para con Dios, y que son los fines mismos del sacrificio: adoración, reparación, petición y acción degracias. Con tal de ocuparse de algún modo en la oración, por ejemplo, rezando el rosario, la asistencia a la Misa es provechosa. También se puede, y con, mucho provecho, como lo hacía Santa Juana de Chantal y otros muchos santos, continuar en la Misa la meditación, sobre todo si despierta en nosotros intenso amor de Dios, algo así como San Juan estuvo en la Cena, cuando reposaba sobre el corazón del divino Maestro.
Sea cualquiera la manera como oigamos la Santa Misa, hase de insistir en una cosa importante. Y es que sobre todo hemos- de unirnos íntimamente a la oblación del Salvador, sacerdote principal del sacrificio; y ofrecer, con él, a él mis­ mo a su eterno Padre, acordándonos que esta oblación agrada más a Dios que lo que pudieran desagradarle todos los pecados del mundo. También hemos de ofrecernos a nosotros mismos , y cada día con mayor afecto, y presentar al Señor nuestras penas y contrariedades, pasadas, presentes y futuras. Así dice el sacerdote en el ofertorio: “In spiritu humili­tatis et in animo contrito suscipiamur a te, Domine: Conespíritu humillado y contrito corazón te suplicamos, Señor, que nos quieras recibir en ti.”
El autor de la Imitación, I. IV, c. VIII, insiste sobre esta materia: "Voz de Cristo: Así como Yo me ofrecí a mí mismo por tus pecados a Dios Padre con voluntad y extendí las las manos en la Cruz, desnudo el cuerpo de modo que no me quedaba cosa alguna que no fuese sacrificada para aplacar a Dios, así debes tú, cuanto más entrañablemente puedas, ofrecerte a ti mismo, de toda voluntad, a mí, en sacrificio puro y santo cada día en la Misa, con todas tus fuerzas y deseos... No quiero tu don, sino a ti mismo. . . Mas si tú estás en ti mismo y no te ofreces de muy buena gana a mi voluntad, no es cumplida ofrenda la que haces, ni será entre nosotros entera la unión."
Y en el capítulo siguiente: "Voz del discípulo: Yo deseo ofrecerme a Ti de voluntad, por siervo perpetuo, en servicio y sacrificio de eterna alabanza, Recíbeme con este Santo Sacrificio de tu precioso Cuerpo... También te ofrezco, Señor, todas mis buenas obras, aunque son imperfectas y pocas, para qué tú las enmiendes y santifiques, para que las hagas agradables y aceptas a ti. También te ofrezco todos los santos deseos de las almas devotas, y la oración por todos aquellos que me son caros, También te ofrezco estas oraciones y sacrificios agradables, por los que en algo me han enojado o vituperado... por todos los que yo alguna vez enojé, turbé, agravié y escandalicé, por ignorancia o adverti­damente, para que tú nos perdones las ofensas que nos hemos hecho unos a otros... y haznos tales que seamos dignos de go­zar de tu gracia y de que aprovechemos para la vida eterna."
La Misa así comprendida es fecundísima fuente de santificación, y de gracias siempre renovadas; por ella puede ser realidad en nosotros, cada día, la súplica de Nuestro Señor: "Yo les he dado de la gloria que tú me diste, para que sean una misma cosa, como lo somos nosotros, yo en ellos y tú en mí, a fin de que sean consumados en la unidad, y conozca el mundo que tú me has enviado y amádoles a ellos como a mí me amaste" (Joan., xvii, 2 3).
La visita al Santísimo Sacramento ha de recordarnos la Misa de la mañana, y hemos de meditar que en el taber­náculo, aunque propiamente no hay sacrificio, Jesús sin em­bargo, que está realmente presente, continúa adorando, pi­diendo y dando gracias. En cualquier momento, a lo largo del día, deberíamos unirnos a esta oblación del Salvador. Como lo expresa la oración al Corazón Eucarístico: "Es paciente para esperarnos y dispuesto siempre a escucharnos; es centro de gracias siempre renovadas, refugio de la vida escondida, maestro de los secretos de la unión divina."Junto al tabernáculo, hemos de "callar para escucharle, y huir de nosotros para perdernos en él" (11).
R. Garrigou-Lagrange. Las tres edades de la vida interior.
NOTAS:
(1) Sesión XXII, c. I y II.
(2) Del mismo modo la humanidad del Salvador permanece numé­ricamente la misma, pero después de la resurrección es impasible, mientras que antes estaba sujeta al dolor y a la muerte.
(3) "Sacrificium externum est in genere signi, ut signum interioris sacrificii."
(4) Homilía LX al pueblo de Antioquía.
(5) Libro de las visiones e instrucciones, c. LXVII
(6) Santo Tomás, III, q. 48, a. 2: "Ille proprie satisfacit pro offen­sa, qui exhibet offenso id quod aeque vel magis diligit quam oderit offensam."
(7) Concilio de Trento, ses. XXII, c. n: "Hujus quippe oblatione pla­catus Dominus, gratiam et donum poenitentiae concedens, crimina et peccata etiam ingentia dimittit."
(8) Ibidem.
(9) SANTO TOMÁS, III, q. 79, a. S y 7, ad 2, donde no se indica otro límite que el de la medida de nuestra devoción: "secundum quantitatem seu modum devotionis eorum" (id est: fidelium). Cayetano, in III, q. 79, a. S. Juan de Santo Tomás, in III, dise. 32, a. 3. Gonet,Clypeus... De Eucharistia, disp. II, a. S, n. 100. Salmanticen­ses, de Eucharistia, disp. XIII, dub. VI. Disentimos en absoluto de lo que sobre esta materia ha escrito el P. de la Taille, Esquisse du mystére de la f os, París, 1924, p. 22.
(10) II II, q. 82, a. 13.
(11) Recomendamos como lectura durante la visita al Santísimo Sacramento o para la meditación, Les Élévations sur la Priére au Coeur Eucharistique de Jésus, compuestas por una alma interior muy piadosa, que han sido publicadas por primera vez en 1926, ed. de "La Vie Spirituelle." También recomendamos un excelente libro escrito por una persona muerta recientemente en Méjico en olor de santidad: Ante el altar (Cien visitas a Jesús sacramentado).
 

Práctica de la Hora Santa


Práctica de la Hora Santa

Estando de rodillas, figúrate alma cristiana estar a la entrada del huerto de los Olivos, de aquel huerto testigo de los inmensos dolores de un Dios Redentor… Besa la tierra como si verdaderamente fuera la de ese misterioso jardín. Haz de todo corazón actos de fe, esperanza y caridad, y reza, penetrada de dolor para tus pecados, reconociéndote indigna de pasar una hora con Jesús agonizante. 
                                                              
Primera postración de Jesús
Primera consideración
Considera, alma compasiva, a tu dulcísimo Salvador, orando postrado y como anonadado, solitario en aquel triste jardín, abandonado de sus apóstoles, pues se habían entregado al sueño… Olvidado de todos… y quizá olvidado de tu mismo corazón… Dirige tus miradas hacia este Dios afligido… Permanece de rodillas y pídele perdón por tus extravíos, rezando cinco Padre nuestros y agregando esta aspiración: ¿Por qué, oh buen Jesús oh benigno Salvador, te he abandonado tanto tiempo? ¡Oh hijos de los hombres, vengan y manifiesten sincero amor a su divino Redentor!

Segunda consideración
En seguida, considera cuán grande debió ser la aflicción del Corazón de Jesús al ver que los ángeles lo habían dejado, que su Madre Santísima se hallaba lejos de él, y que su Padre Celestial lo miraba con indignación a causa de tus pecados con los cuales se había cargado voluntariamente… Un silencio espantoso rodea a Jesús por todas partes, y no ve más que la imagen de la muerte más cruel… ¡Ah! Compadécete de su dolor, consuélalo, haciendo de todo corazón cinco actos de contrición, en unión de los santos penitentes.

Tercera consideración
Figúrate que Jesús se levanta a duras penas, y se adelanta hacia sus discípulos… Piensa que te mira con bondad y repite nueve veces con el fervor de los ángeles: ¡Oh Jesús! Yo te amo; sí te amo de todo corazón.

Segunda postración de Jesús

Primera consideración
Jesús, después de haber dejado a sus apóstoles, vuelve a orar por segunda vez. , alma fiel que oyes s dulce voz que exclama, agobiado del dolor más profundo: triste está mi alma hasta la muerte… y que volviéndose hacia ti añade: Tus innumerables ingratitudes son las causas de  mis tormentos… Redoblado de fervor, dile excitándote a un verdadero arrepentimiento de tus pecados, y uniendo tus oraciones y tus lágrimas a las de san Pedro después de su caída: ten piedad de mí, Oh Dios mío, según tu gran misericordia, y según la multitud de tu clemencia, borra mi iniquidad.

Segunda consideración
Considera al buen Jesús afligido de más en más, sucumbiendo bajo el peso de su profunda aflicción. Imagínate que ves su divina cabeza inclinada hacia la tierra… su sagrado rostro, en cuyo semblante se ve estampada la imagen de su extremo dolor. Este amorosísimo Salvador se halla de más en más afligido a la vista del endurecimiento de los hombres que no quieren volver hacia él, prefiriendo la senda de la iniquidad a la de la justicia: lo que aumenta su pena  es tu falta de energía en vencer tus pasiones.

Tercera consideración
Figúrate estar de rodillas cerca de Jesús agonizante, y dile tres veces: ¡Yo soy, Oh Salvador mío, aquella ingrata oveja que buscaste, llamaste y que, por tanto tiempo, ha permanecido sorda a tu voz! Heme aquí, ¡Oh amable Pastor mío! No llores más por tu rebelde hijo. ¿Deseas mi alma? Aquí la tienes, cubierta de miserias y herida por sus propios pecados. Pero Tú, Oh Médico caritativo, has dicho: vengan a mí los que están cargados y yo los aliviaré. Animado de esta confianza, cedo gustoso a tus amorosas solicitaciones y nuevamente te ofrezco mi alma: haz que sea tuya para siempre. Vengan pecadores, vengan ovejas descarriadas; vengan todos los que como yo se han alejado del Buen Pastor; consolémosle con nuestra sincera conversión y apresurémonos a tomar parte en sus dolores.

Cuarta consideración
Mira, sobrecogida de admiración, a tu Dios en el colmo de la aflicción, y cómo entra en agonía: apenas respira y parece sucumbir de dolor previendo que sus sufrimientos serán inútiles a un sinnúmero de hombres ingratos, que se perderán a pesar de todo lo que hace por ellos… Tú mismo también lo ofenderás… dile pues de todo corazón: Dios mío, prefiero morir mil veces antes que ofenderte. Añade cinco actos de caridad y al decir, amo a mi prójimo como a mí mismo, haz intención de prometer a Jesús, que trabajarás en ganar almas a su servicio.

Quinta consideración
En seguida, dirige tus miradas con amorosa confianza hacia Jesús…óyele poseído del dolor más profundo, pero resignado: Padre mío, si es posible, has que este cáliz se aleje de mí; sin embargo que no se haga mi voluntad, sino la tuya. Únete a este divino Maestro, y repite con él las mismas palabras.
Jesús se levanta y va a sus apóstoles; más hallándolos dormidos, vuelve penetrado de tristeza al lugar de su oración.

Tercera postración de Jesús

Primera consideración
Contempla, alma cristiana, a tu amante Salvador nuevamente postrado, pálido y desfigurado, cubierto de un sudor de sangre, y casi a punto de dar el último aliento… Su alma angustiada ve de antemano con el más profundo abatimiento los sufrimientos que se le preparan.
Repasa, en compañía de Jesús los dolorosos pasos de su pasión. En primer lugar, el beso del traidor Judas… ¡Ah! Llora amargamente por haber sido pérfida tu también, hacia Jesús por tus comuniones tibias, tal vez sacrílegas, Erré como oveja como oveja que se perdió, ¡Oh mi Dios, mi Salvador y el más paciente de todos los padres! Perdóname y no me castigues según el rigor de tu justicia.

Segunda consideración
Mira a Jesús cuya agonía se prolonga… piensa con él en su cruel flagelación: ya su cuerpo no es más que una llaga y sus pies nadan en su sangre… La columna en que está atado se halla cubierta de sangre y los pedazos de su carne están esparcidos por el suelo… ¡Ah! Es para expiar tus inmodestias, tus vanidades, tu gula y pereza que el inocente Jesús sufre tantos tormentos… Permanece al lado de Jesús y di siete veces, uniéndote a María, Madre de dolores la siguiente aspiración: ¡Oh amabilísimo Jesús! ¿por qué no me es permitido recibir yo mismo los golpes que despedazan tan cruelmente en tu carne virginal? Misericordiosísimo Salvador, por mí has recibido tantas heridas! ¿Por qué te he amado tan poco? Divino redentor mío, sí, prometo amarte con todo mi corazón: desde ahora quiero vivir, sufrir y morir por ti”.
Mira aun al dolorosísimo Jesús, une tus pensamientos a los suyos… Figúrate que lleva la cruz a cuestas… ¡Oh que cruz tan pesada! Nuestros pecados aumentan de tal modo su peso que cae tres veces bajo esa terrible carga… repite tres veces: ¡Oh cruz santa! Esperanza mía, no agobies al inocente Jesús; yo soy el culpable; yo soy el que debe sufrir y morir.

Tercera consideración
Considera, alma compasiva, a tu divino Salvador, que llegando al calvario, es despojado de sus vestidos, le traspasan sus manos y pies, levantan la cruz… Míralo con amor y escucha sus últimas palabras…Abraza la cruz y di cinco veces con el buen ladrón (por ti y tus parientes): Dulcísimo Jesús, concédenos la gracias de una sincera conversión y la perseverancia final. En seguida, dí tres veces uniéndote con las santas mujeres: Oh Jesús! Soberano Maestro y amorosísimo Padre, mi corazón siente un vivo pesar al recordar los crueles dolores que has sufrido en la cruz. No, jamás me separaré de ti: la bondad con que derramas hasta la última gota para expiar mis innumerables pecados, penetra mi ama de gratitud, a fin de manifestarte mi reconocimiento quiero entregarme a ti para siempre.
Toma el crucifijo y besa con amor y respeto las cincos llagas del Salvador, diciendo a cada una de ellas: Jesús, amor mío, siempre te amaré.

Cuarta consideración
Considera cómo se sobrecoge de espanto la santa humanidad de Jesús a vista del amargo cáliz que se le presenta y del que ha de beber hasta las heces… He aquí que vuela el ángel consolador y que, acercándose respetuosamente a su Señor y Creador, lo levanta. Piensa que te muestra a Jesús, diciéndole: ¡Ah! ¿Quieres dejar de perecer eternamente esta pobre alma? Y que Jesús, mirándote con ternura, le responde; “No, por ella moriré gustoso… Aquí guarda un profundo silencio; pues, ¿qué podrías decir para corresponder a tal exceso de amor? Mas entrega tu corazón a los sentimientos de gratitud que te inspira la generosidad de tu bondadosos Redentor.

Quinta consideración
Oye ahora los pasos del traidor Judas que, entrando en el jardín, viene a apoderarse de Jesús.. Besa la tierra como si besaras los helados pies de tu Salvador… Ve como se levanta  y te consuela con la mirada llena de dulzura, y como deja su oración y va morir para salvarte… síguelo, repitiendo siete veces: ¡Oh buen Jesús! Pues que vas a morir por mí, yo también quiero morir por ti!
Puesto de rodillas, como si estuvieras en el lugar justo donde el Salvador estuvo en agonía, haz doce actos de amor uniéndote a la Magdalena penitente. Retírate dando gracias a Dios, reflexionando en la felicidad que has tenido de pasar una hora en compañía de Jesucristo agonizante, y en los intervalos del sueño, recuerda el lugar sangriento de su agonía. Al otro día repasa en la memoria las reflexiones que más conmovido tu alma durante la Hora Sanra y permanece en un piadoso recogimiento.                                                                
                            
                                                                                                                                     
Oración al acostarse

Ábreme tu corazón, oh Jesús, pues él es el lugar de mi descanso; en él quiero morar toda mi vida y dar el último suspiro. ¡Ojalá que en él pudiese ofrecerte continuamente el mío! Haz, o amable Salvador, que mi corazón se una tan estrechamente al tuyo, que yo pueda decir, como la esposa de los Cantares: “Yo duermo, mas mi corazón vela…” ¡Oh Jesús! Vela sobre mí mientras duermo. Uno el reposo que voy a tomar al santo descanso que tú tomaste en este mundo; quiero tomarlo con los mismos fines que tú, Oh Jesús, y para mayor gloria de tu Eterno Padre, a fin de que permaneciendo siempre unido a ti, esté siempre ocupado de Dios.
En tus manos, señor encomiendo mi espíritu.

Un abrazo en Jesús Misericordioso y María Santísima, en el amor del Espíritu Santo, bajo la protección de San José y la mirada amorosa de Dios Padre.
Familia Mobilia

Hoy primer viernes de mes


HOY ES PRIMER VIERNES DE MES, día dedicado especialmente al SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS.



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 “Yo te prometo, en la excesiva misericordia de mi Corazón, que su amor omnipotente concederá a todos aquellos que comulguen nueve Primeros Viernes de mes seguidos, la gracia de la penitencia final: No morirán en desgracia mía, ni sin recibir sus Sacramentos, y mi Corazón divino será su refugio en aquél último momento.”
El 16 de junio de 1675, eso le dijo Jesús a Santa Margarita María de Alacoque (cuyo cuerpo permanece incorrupto a pesar de los 330 años transcurridos, fenómeno que sólo ocurre en la Iglesia Católica y demuestra que es la verdadera religión).
Ver Catecismo: punto 478 y 2669
Aprovechemos las innumerables gracias que Jesús concede a quienes desagravian su Sagrado Corazón los primeros Viernes de mes.

                                                                                                     Las Doce Promesas del Sagrado Corazón
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1.         Les daré todas las gracias necesarias para su estado de vida.
2.         Les daré paz a sus familias.
3.         Las consolaré en todas sus penas.
4.         Seré su refugio durante la vida y sobre todo a la hora de la muerte.
5.         Derramaré abundantes bendiciones en todas sus empresas.
6.         Los pecadores encontrarán en mi Corazón un océano de misericordia.
7.         Las almas tibias se volverán fervorosas.
8.         Las almas fervorosas harán rápidos progresos en la perfección.
9.         Bendeciré las casas donde mi imagen sea expuesta y venerada.
10.      Otorgaré a aquellos que se ocupan de la salvación de las almas el don de mover los corazones más endurecidos.
11.      Grabaré para siempre en mi Corazón los nombres de aquellos que propaguen esta devoción.
12.      Yo te prometo, en la excesiva misericordia de mi Corazón, que su amor omnipotente concederá a todos aquellos que comulguen nueve Primeros Viernes de mes seguidos, la gracia de la penitencia final: No morirán en desgracia mía, ni sin recibir sus Sacramentos, y mi Corazón divino será su refugio en aquél último momento.

Condiciones para ganar esta gracia:

1. Recibir la Sagrada Comunión durante nueve primeros viernes de mes de forma consecutiva y sin ninguna interrupción (obviamente, sin estar en pecado mortal, por ejemplo, por faltar a la Misa dominical). Se sugiere confesión con intención de reparar las ofensas al Sagrado Corazón.
2. Tener la intención de honrar al Sagrado Corazón de Jesús y de alcanzar la perseverancia final.
3. Ofrecer cada Sagrada Comunión como un acto de expiación por las ofensas cometidas contra el Santísimo Sacramento.

Si bien no hay una fórmula preestablecida, enviamos este ejemplo de oración para después de cada una de las Comuniones de los nueve primeros viernes

Jesús mío dulcísimo, que en vuestra infinita y dulcísima misericordia prometisteis la gracia de la perseverancia final a los que comulgaren en honra de vuestro Sagrado Corazón nueve primeros viernes de mes seguidos: acordaos de esta promesa y a mi, indigno siervo vuestro que acabo de recibiros sacramentado con este fin e intención, concededme que muera detestando todos mis pecados, creyendo en vos con fe viva, esperando en vuestra inefable misericordia y amando la bondad de vuestro amantísimo y amabilísimo Corazón. Amén.

PRIMER VIERNES


Yo te prometo, en el exceso de la misericordia de mi corazón, que mi amor omnipotente concederá a todos los que comulguen los primeros viernes de mes, durante nueve meses consecutivos, la gracia de la penitencia final, y que no morirán en mi desgracia, ni sin recibir los Santos Sacramentos, asegurándoles mi asistencia en la hora postrera.
¡Oh buen Jesús, que prometisteis asistir en vida, y especialmente en la hora de la muerte, a quien invoque con confianza vuestro Divino Corazón! Os ofrezco la comunión del presente día, a fin de obtener por intercesión de María Santísima, vuestra Madre, la gracia de poder hacer este año los nueve primeros viernes que deben ayudarme a merecer el cielo y alcanzar una santa muerte. Amén.
ORACIÓN FINAL PARA TODOS LOS VIERNES
Jesús mío, os doy mi corazón..., os consagro toda mi vida..., en vuestras manos pongo la eterna suerte de mi alma... y os pido la gracia especial de hacer mis nueve primeros Viernes con todas las disposiciones necesarias para ser partícipe de la más grande de vuestras promesas, a fin de tener la dicha de volar un día a veros y gozaros en el cielo. Amén.
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SEGUNDO VIERNES

Les daré todas las gracias necesarias a su estado.
Jesús misericordioso, que prometisteis, a cuantos invoquen confiados vuestro Sagrado Corazón, darles las gracias necesarias a su estado: os ofrezco mi comunión del presente día para alcanzar, por los méritos e intercesión de vuestro Corazón Sacratísimo, la gracia de una tierna, profunda e inquebrantable devoción a la Virgen María.
Siendo constante en invocar la valiosa providencia de María, Ella me alcanzará el amor a Dios, el cumplimiento fiel de mis deberes y la perseverancia final. Amén.
ORACIÓN FINAL. Jesús mío, os doy mi corazón...
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TERCER VIERNES

Pondré paz en las familias. Bendeciré los lugares donde se venera la imagen de mi Corazón.
Jesús amantísimo, que prometisteis bendecir las casas donde se venera la imagen de vuestro Sagrado Corazón, yo quiero que ella presida mi hogar; os ofrezco la comunión del presente día para alcanzar por vuestros méritos y por la intercesión de Vuestra Santa Madre que todos y cada uno de los miembros de mi familia conozcan sus deberes; los cumplan fielmente y logren entrar en el cielo, llenas las manos de buenas obras.
¡Oh Jesús, que os complacéis en alejar de nuestro hogar las disensiones, las enfermedades y la miseria! Haced que, nuestra vida sea una no interrumpida acción de gracias por tantos beneficios. Amén.
Jesús mío, os doy...
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CUARTO VIERNES

Seré su consuelo en todas las tribulaciones.
Jesús mío, que prometisteis consuelo a cuantos a Vos acuden en sus tribulaciones: os ofrezco mi Comunión del presente día para alcanzar de vuestro Sagrado Corazón y del Corazón Inmaculado de vuestra Madre Santísima la gracia de venir al Sagrario a pedir fuerza y consuelo cuantas veces me visiten las penas. ¡Oh Jesús, oh María, consolad y salvad a los que sufren! ¡Haced que ninguno de sus dolores se pierda para el cielo! Amén.
Jesús mío, os doy…
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QUINTO VIERNES

Derramaré copiosas bendiciones en todas sus empresas.
Jesús mío, que prometisteis bendecir los trabajos de cuantos invoquen confiados Vuestro Divino Corazón: os ofrezco la comunión del presente día para alcanzar por vuestra Santísima Madre la gracia de que bendigáis mis estudios..., mis exámenes..., mi oficio..., y todos los trabajos de mi vida.
Renuevo el inquebrantable propósito de ofreceros cada mañana al levantarme, y por mediación de la Santísima Virgen, las obras y trabajos del día..., y de trabajar con empeño y constancia para complaceros y alcanzar en recompensa el cielo. Amén.
Jesús mío, os doy...
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SEXTO VIERNES

Los pecadores hallarán en mi Corazón un océano de misericordia.
Sagrado Corazón de Jesús, siempre abierto a los pecadores arrepentidos: os ofrezco la comunión del presente día para alcanzar por vuestros méritos infinitos y por los de vuestra Santísima Madre la conversión de cuantos obran mal. Os suplico, ¡buen Jesús!, inundéis su corazón de un gran dolor de haberos ofendido. Haced que os conozcan y os amen. Dispensadme la gracia de amaros más y más y en todos los instantes de mi vida, para consolaros y reparar la ingratitud de quienes os olvidan. Amén.
Jesús mío, os doy…
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SÉPTIMO VIERNES

Las almas tibias hallarán fervor. Las almas fervorosas llegarán presto a la perfección.
Sin vuestro auxilio, Jesús mío, no podemos avanzar en el camino del bien. Señor, por mediación de la Virgen María, os ofrezco la comunión de este día para que avivéis en mi alma el amor a vuestro Corazón Sagrado y concedáis este amor a cuantos no lo sienten. Ayudado de vuestra divina gracia lucharé, Señor, para que cada semana..., cada mes..., avance un poco en la virtud que más necesito. Amén.
Jesús mío, os doy…
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OCTAVO VIERNES

Daré a cuantos trabajan por la salvación de las almas el don de ablandar los corazones más endurecidos.
Sagrado Corazón de Jesús, que prometisteis inspirar a los que trabajan por la salvación de las almas aquellas palabras que consuelan, conmueven y conservan los corazones; os ofrezco mi comunión de hoy para alcanzar, mediante la intercesión de María Santísima, la gracia de saber consolar a los que sufren y la gracia de volver a Vos, Señor, a los que os han abandonado.
¡Dulce Salvador mío, concededme y ayudadme a salvar almas! ¡Son tantos y tantos los desgraciados que empujan a los demás por el camino del vicio y del infierno! Haced, Señor, que emplee toda mi vida en hacer mejores a los que me rodean y en llevarlos conmigo al cielo. Amén.
Jesús mío, os doy...
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NOVENO VIERNES

Guardaré recuerdo eterno de cuanto un alma haya hecho a mayor gloria de mi Corazón. Los que propaguen esta devoción tendrán su nombre escrito en mi Corazón, de donde no será borrado.
Os ofrezco, Jesús mío, la Comunión del presente día para alcanzar la gracia de saber infundir en el alma de cuantos me rodean ilimitada confianza en vuestro Corazón Divino. Dadme cuanto necesito para llevar a Vos a los que luchan..., a los que lloran..., a los caídos..., a los moribundos... Y dignaos, ¡oh Jesús!, escribir hoy mi nombre en vuestro Corazón y decir a los ángeles que rodean vuestro Tabernáculo: «Este nombre es el de un devoto que, amándome mucho, quiere consolarme del olvido e ingratitud de tantos hombres.» Amén.
Jesús mío, os doy….
Aclaración respecto al título de este mensaje:
Muchos Santos, cuentan cómo pecadores empedernidos han sido salvados en la hora de su muerte por haber realizado ésta u otra devoción años atrás.
Si bien es cierto que existe la libertad humana de rechazar a Dios hasta el momento final, es imposible rechazarlo cuando se aparece Jesús EN PERSONA y FRENTE A NUESTROS OJOS, alejando al maligno en sus últimos desesperados intentos por desesperarnos, y llenándonos de paz y confianza en su Divina Misericordia.
El problema en el fondo no es el título, sino en no creer en la promesa de Jesús.
Esto no es un cheque en blanco para pecar porque, después de la Misericordia, a la que sólo se accede en vida terrena, se aplica la Justicia: deberemos pagar hasta el último pecado sin reparar, en el Purgatorio, donde se sufre más que cualquier tormento en la tierra, y también deberemos rendir cuenta de todas las buenas obras que pudimos hacer y no hicimos por nuestro egoísmo y de las almas que se perdieron por las gracias desaprovechadas por nuestra tibieza, al no tratar de ser perfectos como nos pide Jesús.
Por favor, reenvíe este mensaje de salvación
en reparación de las heridas
que cada pecado causa en el Sagrado Corazón:
¡ Jesús mismo y miles de almas, se lo agradecerán en la tierra y en el Cielo !

Un abrazo en Jesús y María, bajo la protección de San José.
Familia Mobilia

Indulgencias

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Indulgencias: si no te importan, te importarán cuando hayas muerto 

Durante la Sede Apostólica Vacante pueden alcanzarse todas las Indulgencias Plenarias ya concedidas por los distintos Romanos Pontífices. Durante el actual período de vacancia también se pueden seguir ganando las Indulgencias del Año de la Fe. La condición de costumbre para alcanzar dichas Indulgencias de rezar por las intenciones del Romano Pontífice se sigue cumpliendo, ya que dichas intenciones no son personales del Papa sino intenciones generales por la Iglesia y por el mundo que se resumen con el nombre genérico de “intenciones del Sumo Pontífice”.