viernes, 2 de mayo de 2014

El amor a Cristo

EL AMOR A CRISTO

SAN ALFONSO MARÍA DE LIGORIO
Tratado sobre la práctica del amor a Jesucristo, edición latina, Roma 1909, pp.9-14.
Toda la santidad y la perfección del alma consiste en el amor a Jesucristo, nuestro Dios, nuestro sumo bien y nuestro redentor. La caridad es la que da unidad y consistencia a todas las virtudes que hacen al hombre perfecto.
¿Por ventura Dios no merece todo nuestro amor? Él nos ha amado desde toda la eternidad.«Considera, oh hombre –así nos habla–, que yo he sido el primero en amarte. Aún no habías nacido, ni siquiera existía el mundo, y yo ya te amaba. Desde que existo, yo te amo». Dios, sabiendo que al hombre se lo gana con beneficios, quiso llenarlo de dones para que se sintiera obligado a amarlo:
«Quiero atraer a los hombres a mi amor con los mismos lazos con que habitualmente se dejan seducir: con los vínculos del amor».
Y éste es el motivo de todos los dones que concedió al hombre. Además de haber dado un alma dotada, a imagen suya, de memoria, entendimiento y voluntad, y un cuerpo con sus sentidos, no contento con esto, creó, en beneficio suyo, el cielo y la tierra y tanta abundancia de cosas, y todo ello por amor al hombre, para que todas aquellas criaturas estuvieran al servicio del hombre, y así el hombre lo amara a él en atención a tantos beneficios.
Y no sólo quiso darnos aquellas criaturas, con toda su hermosura, sino que además, con el objeto de conquistarse nuestro amor, llegó al extremo de darse a sí mismo por entero a nosotros.
El Padre eterno llegó a darnos a su Hijo único. Viendo que todos nosotros estábamos muertos por el pecado y privados de su gracia, ¿que es lo que hizo? Llevado por su amor inmenso, mejor aún, excesivo, como dice el Apóstol, nos envió a su Hijo amado para satisfacer por nuestros pecados y para restituirnos a la vida, que habíamos perdido por el pecado.
Dándonos al Hijo, al que no perdonó, para perdonarnos a nosotros, nos dio con él todo bien: la gracia, la caridad y el paraíso, ya que todas estas cosas son ciertamente menos que el Hijo: El que no perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará todo con él?

Lectio Divina - Viernes 2 de Mayo 2014 - II Semana de Pascua

Lectio: 
 Viernes, 2 Mayo, 2014  
Tiempo de Pascua
 
1) Oración inicial
Oh Dios!, que, para librarnos del poder del enemigo, quisiste que tu Hijo muriera en la cruz; concédenos alcanzar la gracia de la resurrección. Por nuestro Señor.
 
2) Lectura
Del Evangelio según Juan 6,1-15
Después de esto, se fue Jesús a la otra ribera del mar de Galilea, el de Tiberíades, y mucha gente le seguía porque veían los signos que realizaba en los enfermos. Subió Jesús al monte y se sentó allí en compañía de sus discípulos. Estaba próxima la Pascua, la fiesta de los judíos.
Al levantar Jesús los ojos y ver que venía hacia él mucha gente, dice a Felipe: « ¿Dónde nos procuraremos panes para que coman éstos?» Se lo decía para probarle, porque él sabía lo que iba a hacer. Felipe le contestó: «Doscientos denarios de pan no bastan para que cada uno tome un poco.» Le dice uno de sus discípulos, Andrés, el hermano de Simón Pedro: «Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos peces; pero ¿qué es eso para tantos?» Dijo Jesús: «Haced que se recueste la gente.» Había en el lugar mucha hierba. Se recostaron, pues, los hombres en número de unos cinco mil. Tomó entonces Jesús los panes y, después de dar gracias, los repartió entre los que estaban recostados y lo mismo los peces, todo lo que quisieron. Cuando se saciaron, dice a sus discípulos: «Recoged los trozos sobrantes para que nada se pierda.» Los recogieron, pues, y llenaron doce canastos con los trozos de los cinco panes de cebada que sobraron a los que habían comido. Al ver la gente el signo que había realizado, decía: «Este es verdaderamente el profeta que iba a venir al mundo.» Sabiendo Jesús que intentaban venir a tomarle por la fuerza para hacerle rey, huyó de nuevo al monte él solo.
 
3) Reflexión

• Hoy empieza la lectura del capítulo 6 del evangelio de Juan que trae dos señales o milagros: la multiplicación de los panes (Jn 6,1-15) y Jesús que camina sobre las aguas (Jn 6,16-21). Inmediatamente después, aparece el largo diálogo sobre el Pan de Vida (Jn 6,22-71). Juan sitúa el hecho cerca de la fiesta de Pascua (Jn 6,4). El enfoque central es la confrontación entre la antigua Pascua del Éxodo y la nueva Pascua que se realiza en Jesús. El diálogo sobre el pan de vida aclarará la nueva Pascua que se realiza en Jesús.

• Juan 6,1-4: La situación. En la antigua pascua, el pueblo atravesó el Mar Rojo. En la nueva pascua, Jesús atraviesa el Mar de Galilea. Una gran multitud siguió a Moisés. Una gran multitud siguió a Jesús en este nuevo éxodo. En el primer éxodo, Moisés subió a la montaña. Jesús, el nuevo Moisés, también sube a la montaña. El pueblo seguía Moisés que realizó señales. El pueblo sigue a Jesús porque había visto las señales que él realizaba para los enfermos.

• Juan 6,5-7: Jesús y Felipe. Viendo a la multitud, Jesús confronta a los discípulos con el hambre de la gente y pregunta a Felipe: "¿Dónde nos procuraremos panes para que coman éstos?" En el primer éxodo, Moisés había obtenido alimento para el pueblo hambriento. Jesús, el nuevo Moisés, hará lo mismo. Pero Felipe, en vez de mirar la situación a la luz de la Escritura, miraba la situación con los ojos del sistema y respondió: "¡Doscientos denarios de pan no bastan!" Un denario era el salario mínimo de un día. Felipe constata el problema y reconoce su total incapacidad para resolverlo. Se queja, pero no presenta ninguna solución.

• Juan 6,8-9: Andrés y el muchacho. Andrés, en vez de quejarse, busca soluciones. Encuentra a un muchacho con cinco panes y dos peces. Cinco panes de cebada y dos peces eran el sustento diario del pobre. El muchacho entrega su alimento. Hubiera podido decir: "Cinco panes y dos peces, ¿qué es esto para tanta gente? ¡No va a servir para nada! ¡Vamos a compartirlos entre nosotros con dos o tres personas!" En vez de esto, ¡tuvo el valor de entregar los cinco panes y los dos peces para alimentar a 5000 personas (Jn 6,10)! ¡Quien hace esto o es loco o tiene mucha fe, pensando que, por amor a Jesús, todos se disponen a compartir su comida como hizo el muchacho!

• Juan 6,10-11: La multiplicación. Jesús pide que la gente se recueste por tierra. En seguida, multiplica el sustento, la ración del pobre. El texto dice: “Tomó entonces Jesús los panes y, después de dar gracias, los repartió entre los que estaban recostados y lo mismo los peces, y comieron todo lo que quisieron." Con esta frase, escrita en el año 100 después de Cristo, Juan evoca el gesto de la Ultima Cena (1Cor 11,23-24). La Eucaristía, cuando se celebra como es debido, llevará a compartir como hizo el muchacho, y a entregar el propio sustento para ser compartido.

• Juan 6,12-13: Sobraron doce canastos. El número doce evoca la totalidad de la gente con sus doce tribus. Juan no informa si sobraron peces. Lo que le interesa es evocar el pan como símbolo de la Eucaristía. El evangelio de Juan no tiene la descripción de la Cena Eucarística, pero describe la multiplicación de los panes como símbolo de lo que debe acontecer en las comunidades a través de la celebración de la Cena Eucarística. Si entre los pueblos cristianos hubiese un verdadero compartir, habría comida abundante para todos y sobrarían doce canastas ¡para mucha más gente!

• Juan 6,14-15: Quieren hacerlo rey. La gente interpreta el gesto de Jesús diciendo: "¡Este es verdaderamente el profeta que iba a venir al mundo!" La intuición de la gente es correcta. De hecho, Jesús es el nuevo Moisés, el Mesías, aquel que el pueblo estaba esperando (Dt 18,15-19). Pero esta intuición estaba siendo desviada por la ideología de la época que quería un gran rey que fuera fuerte y dominador. Por esto, viendo la señal, ¡el pueblo proclamaba a Jesús como Mesías y avanza para hacerle rey! Jesús percibiendo lo que iba a acontecer, se refugia sólo en la montaña. Y así no acepta ser mesías y espera el momento oportuno para ayudar a la gente a dar un paso.
 
4) Para la reflexión personal

• Ante el problema del hambre en el mundo, ¿tú actúas como Felipe o como el muchacho?

• La gente quería un mesías que fuera rey fuerte y poderoso. Hoy, muchos van detrás de líderes populistas. ¿Qué nos tiene que decir sobre esto el evangelio de hoy?
 
5) Oración final

Yahvé es mi luz y mi salvación,
¿a quién temeré?
Yahvé, el refugio de mi vida,
¿ante quién temblaré? (Sal 27,1)

Evangelio - Viernes 2º Semana de Pascua

† Lectura del santo Evangelio según san Juan 6, 1-15
Gloria a ti, Señor.
En aquel tiempo, Jesús pasó a la otra orilla del lago de Tiberíades. Lo seguía  mucha gente, porque veían los signos que hacía con los enfermos. Jesús subió a  la montaña y se sentó allí con sus discípulos. Estaba  próxima la fiesta judía de la pascua. Al ver Jesús que mucha gente acudía a él,  dijo a Felipe:
“¿Dónde podríamos comprar pan para dar de comer a todos éstos?”
Dijo esto para ver su reacción, pues él ya sabía lo que iba a hacer. Felipe le respondió:
“Con doscientos denarios no compraríamos bastante pan para que cada uno tomara un poco”.
Entonces intervino otro de sus discípulos, Andrés, el hermano de Simón Pedro, diciendo:
“Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos peces; pero ¿qué es ésto para tanta gente?”
Jesús mandó que se sentaran todos, pues había mucha hierba en aquel lugar. Eran  unos cinco mil hombres. Luego tomó los panes, y después de haber dado gracias a  Dios, los distribuyó entre todos. Hizo lo mismo con los peces y les dio todo lo  que quisieron. Cuando quedaron satisfechos, Jesús dijo a sus discípulos:
“Recojan lo que ha sobrado, para que no se pierda nada”.
Lo hicieron así, y con lo que sobró de los cinco panes llenaron doce canastos.
Cuando la gente vio aquel signo, exclamó:
“Este hombre es verdaderamente el profeta que debía venir al mundo”.
Jesús se dio cuenta de que pretendían proclamarlo rey. Entonces se retiró de nuevo a la montaña, él solo.
Palabra del Señor.
Gloria a ti, Señor Jesús.

† Meditación diaria
Pascua. 2ª semana. Viernes
MEDIOS HUMANOS Y MEDIOS SOBRENATURALES


— Hacer lo que esté en nuestras manos, aunque sea muy poco. El Señor pone el incremento.

Leemos en el Evangelio de la Misa1 que Jesús se retiró a un lugar solitario con sus discípulos,a la otra parte del lago de Tiberíades. Pero como sabemos por otros relatos evangélicos, cuando las muchedumbres se dieron cuenta, le siguieron. El Señor acogió a estas gentes que le buscan:les hablaba del Reino de Dios, y daba la salud a los que carecían de ella2. Jesús se compadece del dolor y de la ignorancia.
Empezaba a declinar el día3. El Señor se ha detenido largamente, desvelando los misterios del Reino de los Cielos, dando paz y consuelo. Los Apóstoles, inquietos por la hora avanzada y la lejanía del lugar, se ven en la necesidad de advertir al Maestro: Despide a la muchedumbre, para que vayan a los pueblos y aldeas de alrededor, a buscar albergue y a proveerse de alimentos; porque aquí estamos en un lugar desierto4.
El Señor les sorprende con su pregunta: ¿Con qué compraremos panes para que coman estos? Les hace ver la falta de medios económicos: Felipe le contestó: Doscientos denarios de pan no bastan para que a cada uno le toque un pedazo5. Pero los Apóstoles hacen lo que pueden: encuentran cinco panes y dos peces. No poseen más medios. Y había unos cinco mil hombres. Demasiada gente para lo que habían conseguido.
A veces, también nos hace ver Jesús a nosotros que los problemas nos superan, que podemos poco o nada ante la situación que tenemos por delante. Y nos pide que no nos fijemos demasiado en los recursos humanos, porque nos llevarían al pesimismo, sino que nos apoyemos más en los medios sobrenaturales. Nos pide ser sobrenaturalmente realistas; es decir, contar con Jesús, con su poder.
Quiere el Señor que huyamos tanto de pensar en el esfuerzo humano como única ayuda, como de la pasividad, que bajo pretexto de un abandono total en las manos de Dios convierte la esperanza en una pereza espiritual disimulada.
El Señor utiliza lo que hay: unos pocos panes y unos pocos peces, lo único que habían podido recoger los Apóstoles. Él puso lo demás. Pero no quiso prescindir de los medios humanos, aunque fueran pocos. Así hace el Señor en nuestra vida: no quiere que, por ser insuficientes o escasos los instrumentos con que contamos, nos quedemos sin hacer nada. Nos pide Jesús fe, obediencia, audacia y hacer siempre lo que esté en nuestras manos; no dejar de poner ningún medio humano a nuestro alcance y, a la vez, contar con Él, conscientes de que nuestras posibilidades son siempre muy pequeñas. “También el agricultor, cuando camina surcando el campo con el arado o esparciendo la semilla, padece frío, soporta las molestias de la lluvia, mira el cielo y lo ve triste, y, sin embargo, continúa sembrando. Lo que teme es detenerse considerando las tristezas de la vida presente y que después pase el tiempo y no encuentre nada que segar. No lo dejéis para más tarde, sembrad ahora”6, aunque parezca que el campo no va a dar fruto. No esperemos a tener todos los medios humanos, no esperemos a que desaparezcan todas las dificultades. En lo sobrenatural, siempre hay fruto: el Señor se encarga de ello, el Señor bendice nuestros esfuerzos y los multiplica.

— Optimismo sobrenatural: contar con el Señor y con su poder.

Cuando Jesús envía a sus discípulos en su primera misión apostólica, les dice: No llevéis oro, ni plata, ni dinero en vuestras fajas, ni alforja para el camino, ni dos túnicas, ni sandalias, ni bastón, porque el que trabaja merece su sustento7. Les urge para que salgan sin demora al cumplimiento de su labor. Y para que, desde el principio, aprendan a apoyarse en los medios sobrenaturales, les quita toda ayuda humana.
Salen así los Apóstoles -sin nada- para que se vea que no son suyas las curaciones, las conversiones, los milagros que realizan; que sus cualidades humanas no bastan para que las gentes se dispongan a recibir el Reino de Dios. No deben preocuparse por carecer de bienes materiales y de cualidades humanas extraordinarias; lo que falte, Dios lo proveerá en la medida necesaria.
Esta audacia santa se repite una y otra vez en todo apostolado. ¡Cuántas cosas grandes se han acometido sin disponer de los medios humanos más imprescindibles! Así han obrado los santos. Ellos han conocido bien que “Cristo, enviado por el Padre, es la fuente y origen de todo apostolado en la Iglesia”8. Cuando el cristiano está persuadido de lo que Dios quiere, se ha de detener solo en lo imprescindible para hacer un recuento de los medios de que dispone. “En las empresas de apostolado está bien -es un deber- que consideres tus medios terrenos (2 + 2 = 4), pero no olvides ¡nunca! que has de contar, por fortuna, con otro sumando: Dios + 2 + 2...”9.
La misma enseñanza podemos sacar de la Primera lectura de la Misa de hoy, que recoge las palabras de Gamaliel, el maestro de San Pablo, al Sanedrín, aconsejándoles lo que han de hacer con los Apóstoles. Después de recordar algunos ejemplos de iniciativas puramente humanas -las insurrecciones de Teudas y Judas el Galileo-, fracasadas con la muerte de sus promotores, añade: En el caso presente, mi consejo es este: No os metáis con esos hombres; soltadlos. Si este designio o esta obra es cosa de hombres, se dispersarán; pero si es cosa de Dios, no lograréis dispersarlos, y os expondríais a luchar contra Dios10. Nuestra seguridad y optimismo al trabajar por Dios se fundamentan en que Él no nos abandona. Si Deus pro nobis, quis contra nos? —Si Dios está con nosotros, ¿quién contra nosotros?11.
Contar siempre con Dios en primer lugar, es buena señal de humildad. Los Apóstoles lo aprendieron bien y lo pusieron en práctica en su tarea evangelizadora, después de la Resurrección. ¿Quién es Apolo? ¿Quién Pablo? Ministros de Aquel en quien habéis creído. Yo planté, Apolo regó, pero es Dios quien ha dado el incremento12, dirá San Pablo.
No obstante, el Señor también nos pedirá que pongamos todos los medios humanos a nuestro alcance, como si de ello dependiera todo el éxito de la empresa.

— De la conjunción de los medios humanos y de los sobrenaturales dependen los frutos del apostolado. Somos instrumentos del Señor para hacer obras que superan nuestra propia capacidad.

En la primera misión apostólica, el Señor les indicó expresamente: no llevéis bolsa, ni alforja...Comprendieron en aquella primera salida apostólica que Jesús es quien daba la eficacia: las curaciones, las conversiones, los milagros no se debían a sus cualidades humanas, sino a la fuerza divina de su Maestro.
Antes del último viaje a Jerusalén, Jesús complementa la enseñanza de la primera misión apostólica. Y les pregunta: Cuando os envié sin bolsa ni alforja, ni calzado, ¿acaso os faltó algo? Nada, le respondieron. Entonces les dijo: Ahora, en cambio, el que tenga bolsa, que la lleve; y del mismo modo alforja; y el que no tenga, que venda su túnica y compre una espada13. Siendo los medios sobrenaturales lo primero en todo apostolado, quiere el Señor que utilicemos todas las posibilidades humanas a nuestro alcance. La gracia no suplanta la naturaleza, y no podemos pedir ayudas extraordinarias del Señor cuando, por los conductos ordinarios, ha puesto Dios en nuestras manos los instrumentos que necesitamos. Una persona “que no se esforzara por hacer lo que está de su parte, esperándolo todo del auxilio divino, tentaría a Dios”14, y la gracia de Dios dejaría de actuar.
De ahí la importancia de cultivar las virtudes humanas, soporte de las sobrenaturales y medio necesario en el afán de acercar a los demás a Dios. ¿Cómo vamos a presentar de modo atrayente la vida cristiana si no somos alegres, trabajadores, sinceros, buenos amigos...? “Hay algunos que, cuando hablan de Dios, o del apostolado, parece como si sintieran la necesidad de defenderse. Quizá porque no han descubierto el valor de las virtudes humanas y, en cambio, les sobra deformación espiritual y cobardía”15.
Al hacer apostolado hemos de utilizar también los medios materiales, que son buenos porque los hizo Dios para servicio del hombre: Todas las cosas son vuestras –nos dice San Pablo–: el mundo, la vida, la muerte, lo presente, lo futuro16. Y, a la vez, tendremos presente que perseguimos un efecto que supera, con distancia infinita, la capacidad de estos medios: llevar los hombres a Cristo, que se conviertan y comiencen una vida nueva.
Por esto, no esperaremos a tener todos los medios (quizá no lleguemos a tenerlos nunca), ni dejaremos de hacer ciertos trabajos, o de empezar otros nuevos. “Se comienza como se puede”17. Y el Señor nos bendecirá, especialmente al ver nuestra fe, la confianza en Él, y el interés y esfuerzo para tener disponible todo lo necesario. Dios, si quisiera, podría prescindir de estos medios, pero cuenta, sin embargo, con nuestra voluntad de ponerlos a su servicio.
“¿Has visto? —¡Con Él, has podido! ¿De qué te asombras?
“—Convéncete: no tienes de qué maravillarte. Confiando en Dios –¡confiando de veras!–, las cosas resultan fáciles. Y, además, se sobrepasa siempre el límite de lo imaginado”18.

1 Jn 6, 1-15. — 2 Lc 9, 11. — 3 Lc 9, 12. — 4 Ibídem. — 5 Jn 6, 5-7. — 6 San Agustín, Comentario sobre el Salmo 125, 5; PL 36, 164. — 7 Mt 10, 9-10. — 8 Conc. Vat. II, Decr. Apostolicam actuositatem, 4. — 9 San Josemaría Escrivá, Camino, n. 471. — 10 Hech 5, 38-39. — 11 Rom 8, 31. — 12 1 Cor 3, 5-6. — 13 Lc 22, 35-36. — 14 Santo Tomás, Suma Teológica, 2-2, q. 53, a. 4 ad 1. 15 San Josemaría Escrivá, Surco, n. 37. — 16 1 Cor 3, 22. — 17 Cfr. San Josemaría Escrivá,Camino, n. 488. — 18 ídem, Surco, n. 123.
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Otro comentario: REDACCIÓN evangeli.net (elaborado a partir de textos de Benedicto XVI) (Città del Vaticano, Vaticano)
Juan 6: el tema del pan
Hoy comenzamos el capítulo 6 del Evangelio según san Juan, cuyo contenido íntegro es la temática del pan. Esta cuestión ocupa un lugar importante en el mensaje de Jesús, desde la tentación en el desierto, pasando por la multiplicación de los panes, hasta la Ultima Cena.

El gran sermón sobre el pan revela el amplio espectro del significado de este tema. Inicialmente se describe el hambre de las gentes que han escuchado a Jesucristo y a las que no despide sin darles antes de comer. Pero Jesús no permite que la necesidad del hombre se reduzca al pan, a las necesidades biológicas y materiales. «No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios» (Mt 4,4; Dt 8,3). 

—El pan multiplicado milagrosamente nos recuerda el milagro del maná en el desierto y, rebasándolo, señala al mismo tiempo que el verdadero alimento del hombre es el "Logos", la Palabra eterna, el sentido eterno del que provenimos y en espera del cual vivimos.
Otro comentario: Rev. D. Llucià POU i Sabater (Vic, Barcelona, España)
Se lo decía para probarle, porque Él sabía lo que iba a hacer
Hoy leemos el Evangelio de la multiplicación de los panes: «Tomó entonces Jesús los panes y, después de dar gracias, los repartió entre los que estaban recostados y lo mismo los peces, todo lo que quisieron» (Jn 6,11). El agobio de los Apóstoles ante tanta gente hambrienta nos hace pensar en una multitud actual, no hambrienta, sino peor aún: alejada de Dios, con una “anorexia espiritual”, que impide participar de la Pascua y conocer a Jesús. No sabemos cómo llegar a tanta gente... Aletea en la lectura de hoy un mensaje de esperanza: no importa la falta de medios, sino los recursos sobrenaturales; no seamos “realistas”, sino “confiados” en Dios. Así, cuando Jesús pregunta a Felipe dónde podían comprar pan para todos, en realidad «se lo decía para probarle, porque Él sabía lo que iba a hacer» (Jn 6,5-6). El Señor espera que confiemos en Él.

Al contemplar esos “signos de los tiempos”, no queremos pasividad (pereza, languidez por falta de lucha...), sino esperanza: el Señor, para hacer el milagro, quiere la dedicación de los Apóstoles y la generosidad del joven que entrega unos panes y peces. Jesús aumenta nuestra fe, obediencia y audacia, aunque no veamos enseguida el fruto del trabajo, como el campesino no ve despuntar el tallo después de la siembra. «Fe, pues, sin permitir que nos domine el desaliento; sin pararnos en cálculos meramente humanos. Para superar los obstáculos, hay que empezar trabajando, metiéndonos de lleno en la tarea, de manera que el mismo esfuerzo nos lleve a abrir nuevas veredas» (San Josemaría), que aparecerán de modo insospechado.

No esperemos el momento ideal para poner lo que esté de nuestra parte: ¡cuanto antes!, pues Jesús nos espera para hacer el milagro. «Las dificultades que presenta el panorama mundial en este comienzo del nuevo milenio nos inducen a pensar que sólo una intervención de lo alto puede hacer esperar un futuro menos oscuro», escribió Juan Pablo II. Acompañemos, pues, con el Rosario a la Virgen, pues su intercesión se ha hecho notar en tantos momentos delicados por los que ha surcado la historia de la Humanidad.

Otro comentario:   Papa Francisco
Exhortación apostólica “Evangelii Gaudium” §46-49 (trad. © copyright Libreria Editrice Vaticana)


"Partiendo los panes, se los dio a los discípulos, que los repartieron entre la muchedumbre" (Mt 14,19)

La Iglesia “en salida” es una Iglesia con las puertas abiertas… La Iglesia está llamada a ser siempre la casa abierta del Padre… Todos pueden participar de alguna manera en la vida eclesial, todos pueden integrar la comunidad, y tampoco las puertas de los sacramentos deberían cerrarse por una razón cualquiera. Esto vale sobre todo cuando se trata de ese sacramento que es “la puerta”, el Bautismo. La Eucaristía, si bien constituye la plenitud de la vida sacramental, no es un premio para los perfectos sino un generoso remedio y un alimento para los débiles… Pero la Iglesia no es una aduana, es la casa paterna donde hay lugar para cada uno con su vida a cuestas.

Si la Iglesia entera asume este dinamismo misionero, debe llegar a todos, sin excepciones. Pero ¿a quiénes debería privilegiar? Cuando uno lee el Evangelio, se encuentra con una orientación contundente: no tanto a los amigos y vecinos ricos sino sobre todo a los pobres y enfermos, a esos que suelen ser despreciados y olvidados, a aquellos que “no tienen con qué recompensarte” (Lc 14,14). No deben quedar dudas ni caben explicaciones que debiliten este mensaje tan claro. Hoy y siempre, “los pobres son los destinatarios privilegiados del Evangelio” (Benedicto XVI)… Hay que decir sin vueltas que existe un vínculo inseparable entre nuestra fe y los pobres. Nunca los dejemos solos.

Salgamos, salgamos a ofrecer a todos la vida de Jesucristo… Si algo debe inquietarnos santamente y preocupar nuestra conciencia, es que tantos hermanos nuestros vivan sin la fuerza, la luz y el consuelo de la amistad con Jesucristo, sin una comunidad de fe que los contenga, sin un horizonte de sentido y de vida… mientras afuera hay una multitud hambrienta y Jesús nos repite sin cansarse: “¡Dadles vosotros de comer!” (Mc 6,37).

Otro comentario:    Siéntate con Jesús

El buen discípulo de Jesús, se sienta con Él, habla con Él, lee los evangelios y se los comenta, para entender, para hacer comunión con el Hijo de Dios, que es más que profeta, ¡es Dios mismo, Dios, Uno y Trino!

“No tengo pan para todos”… Y Jesús, da soluciones, te acerca oportunidades, y ante todo, te da su Paz, la paz del Amor.

P. Jesús


jueves, 1 de mayo de 2014

Ancora de Salvación: San José, Patrón de la Buena Muerte

PATRÓN DE LA BUENA MUERTE


SANJOSE

Qué Ángel o que Santo, dice San Basilio, ha merecido ser llamado Padre del Hijo de Dios? Sólo San José tiene derecho a este título incomparable. Con este sólo nombre de Padre, fue José honrado por Dios más que los Patriarcas, Profetas, los Apóstoles y los Pontífices, ya que todos estos tienen el nombre de siervos; mas San José lleva merecidamente el nombre de Padre.

         ¡Oh glorioso Patriarca! Yo venero en Vos al elegido de eterno Padre para que compartiese con Él la altísima e incomparable autoridad que goza sobre su Unigénito Hijo. Hacedme experimentar vuestra gran privanza con Dios, y vuestra tierna caridad para conmigo, alcanzándome todas las gracias que necesito para conseguir la eterna salvación.

( San Alfonso María de Ligorio, Doctor de la Iglesia )

Ancora de Salvación: Sermón - San Alfonso María de Ligorio

SERMÓN PARA LA DOMÍNICA PRIMERA DESPUÉS DE PASCUA, POR SAN ALFONSO MARÍA DE LIGORIO

27 DE ABRIL DE 2014

DEBEMOS EVITAR LAS OCASIONES DE PECAR

Cum fores essent clausæ, ubi erant discipuli congregati, venit Jesu, et stetet in medio eorum.

Estando cerradas las puertas de la casa, donde se hallaban reunidos los discípulos, vino Jesús, apareciéndose en medio de ellos.

[Joann. XX, 19]
Leemos en el Evangelio de hoy, que hallándose los apóstoles reunidos en una casa, entró Jesús en ella después de su resurrección, sin embargo de que estaban cerradas las puertas por miedo a los judíos; y aparecióse en medio de ellos: Cum fores essent clausae venit Jessus et steti in medio eorum. Dice el angélico santo Tomás acerca de este hecho, que el Señor, místicamente hablando, quiso darnos a entender, que Él no entra en nuestras almas, sino cuando ellas tienen cerradas las puertas de los sentidos: Misthice per hoc datur intelligi, quod Christus nobis apparet, quando fores, idest sensus sunt clausi. Luego, si queremos que Jesucristo habite en nosotros, es necesario que tengamos cerradas las puertas de nuestros sentidos a las ocasiones de pecar; porque, de otro modo, nos hará el demonio sus esclavos. Lo que yo quiero demostraros hoy, amados oyentes míos, es: el gran peligro en que se pone a perder a Dios el que no evita las ocasiones de pecar.

1. Leemos en las Santas Escrituras, que resucitó Jesucristo y resucitó Lázaro; pero Jesucristo resucitado no muere otra vez, como dijo el apóstol: Christus resurgens ex mortuis jam non moritur. (Rom. Vi, 9); Lázaro, al contrario, resucitó y volvió a morir. Acerca de esto observa un escritor, que Jesucristo resucitó libre de todas las ligaduras, y Lázaro atado de pies y manos:Ligatis manibus et pedibus. (Matth. XXII, 13), como dice el Evangelio. ¡Pobre Lázaro, añade este autor, que resucita del pecado, pero sujeto a las ocasiones de pecar! Los que así resucitan mueren otra vez, perdiendo la divina gracia. Los que quieran salvarse, no sólo deben dejar el pecado, sino también las ocasiones de pecar; por ejemplo, aquel trato, aquella casa, aquellas malas compañías, y otros peligros de esta especie que nos incitan al pecado.
2. Por el pecado original contrajimos todos los hombres la inclinación de pecar, esto es, de hacer aquello que nos esta prohibido. Por esto se lamentaba san Pablo, de que sentía en sí una ley contraria a la razón: Video autem allia,m legem in membris meis, repugnantem legi mentis meæ. et captivantem me in lege pecatti: «Echo de ver otra ley en mis miembros, -dice-, la cual resiste a la ley de mi espíritu, y me sojuzga  a la ley del pecado» (Rom. VII, 23). Así, cuando la ocasión se presenta, se ve la violencia de esta mala inclinación, a la cual nos cuesta trabajo resistir; porque Dios niega los auxilios eficaces al que se expone voluntariamente a la ocasión. Por esto dice la Escritura: Quid amat periculum, in illo peribit: «Quien ama el peligro, perecerá en él». (Eccl. III, 27). Explicando este texto el angélico doctor santo Tomás, dice: Cum exponimus nos periculo, Deus nos delinquit in illo. Cuando nos exponemos al peligro nosotros mismos, Dios nos abandona en medio de él. Por esta causa, dice san Bernardino de Sena, que el mejor consejo de todos, y el fundamento de la religión, por decirlo así, es el de evitar las ocasiones: Inter consilia Christi, unum celeberrimum, et quasi religionis fundamentum est, fugure peccatorum occasiones.
3. San Pedro escribe: que el demonio anda girando alrededor de nosotros, en busca de presa que devorar. Circuit, quœrens, quem devoret. (I. Petr. V, 8) Es decir, acechando al alma para tomar posesión de ella; y para conseguirlo, presenta, primero, la ocasión del pecado, por medio de la cual entra el demonio en el alma: Explorat, dice san Cipriano, an sitpars, cujus adiut penetret; explora si hay en ella alguna parte flaca por donde pueda penetrar. Cuando el ama se deja tentar, y se expone a las ocasiones, el demonio entra fácilmente en ella y la devora. Esta fue la causa de la ruina de nuestros primeros padres, a saber: no haber evitado la ocasión. Dios les había prohibido, no solamente comer, sino hasta tocar el fruto vedado: por eso respondió la misma Eva a la serpiente cuando esta la tentaba para que comiese: Prœcipit nobis Deus, ne comederemus et ne tangeremus illud: Dios nos mandó que no le comiésemos ni le tocáramos. (Gen. III, 3) Empero, la infeliz Eva lo vio, lo tomó y lo comió. Primeramente, comenzó a mirar aquel fruto, después lo tomó en la mano, y enseguida lo comió. He ahí lo que ordinariamente acontece a todos aquellos que voluntariamente, se ponen en la ocasión. Por esta razón el demonio, obligado cierto día por los exorcismos a decir cual era la exhortación cristiana que más aborrecía entre todas, confesó que aquella que exhorta a los cristianos a evitar las ocasiones. Y con mucha razón a la verdad; porque nuestro enemigo se burla de todos nuestros propósitos y promesas hechas a Dios. Todo su afán es insinuarnos que no evitemos la ocasión; porque ella es como una venda que se nos pone ante los ojos, y no nos deja ya ver, ni las luces divinas, ni las verdades eternas, ni los propósitos que hicimos anteriormente: en fin, nos hace olvidarlo todo, y casi nos fuerza a pecar.
4. Por eso dice la Escritura, que en naciendo el hombre, camina en medio de lazos y entre redes:Scito quoniam in medio lanqueorum ingredieris. (Eccl. IX, 20). Y el Sabio advierte, que quien quiera librarse de estos lazos, debe guardarse y alejarse de ellos: Qui cavet laqueos, securus erit(Prov. XI, 15). Pero, si en vez de alejarse uno de estos lazos, se acerca a ellos ¿cómo podrá evitarlos? David, que había experimentado en sí mismo el peligro que hay en exponerse a las ocasiones de pecar, decía: que para conservarse fiel a Dios se había propuesto desviar sus pasos de todo mal camino que pudiese inducirle a pecar. Y no solamente dice que había que evitar el pecado, sino también el camino que conduce a el. El demonio no deja de buscar pretextos de hacernos creer, que aquella ocasión a la que nos exponemos, no es voluntaria, sino necesaria. Cuando es necesaria, en efecto, no dejará el Señor darnos su ayuda para que no caigamos en el pecado, aunque no la evitemos; pero a las veces nos fingimos nosotros mismos ciertas necesidades que sean suficientes a excusarnos. Oíd pues lo que dice san Cipriano: Nunquam securus cum thesauro latro tenetur inclusus, nec inter unam caveam habitans cum lupo tutus est agnus. (Lib. de Sing. Cler.) Jamás está seguro el tesoro en compañía del ladrón, aunque esté encerrado, así como no está seguro el cordero que habita en el mismo cercado que el lobo. El Santo habla allí de aquellos se desentienden de evitar las ocasiones, diciendo: Que no tienen miedo de caer. El apóstol Santiago dice, que todo hombre tiene dentro de sí mismo un gran enemigo, esto es, la inclinación a pecar, o la concupiscencia que nos incita a todos al pecado. Si además de esto, pues, no evita el hombre aquellas ocasiones que otros le presentan, ¿cómo podrá resistir y no caer en el pecado? Reflexionemos sobre aquella advertencia general que nos hizo Jesucristo, para vencer todas las tentaciones y salvarnos. Si oculus tuus dexter scandalizat te erue eum, et projice abs te: «Si tu ojo derecho es para ti una ocasión de pecar, dice, sácale, y arrojale fuera de tí». (Matth. V, 29). Con estas palabras quiso decirnos, que cuando se trata de perder el alma, es necesario huir todas las ocasiones, aunque nos cueste mucho trabajo practicarlo. Decía San Francisco de Asís, como dije ya en otra plática, que el demonio no quiere atar, desde un principio, con la cuerda de un pecado mortal a las almas que conservan todavía cierto temor de Dios; porque, espantadas a la vista de un pecado mortal, huirían y no se dejarán prender; por lo tanto, procura el astuto enemigo atarlas con un cabello, o pecado venial, que no les inspira tanto miedo, porque de este modo le será  fácil ir apretando las ataduras hasta que las haga esclavas suyas. Así, pues, el que quiera verse libre de este peligro debe hacer pedazos, desde un principio, las pequeñas ataduras, es decir, las ocasiones peligrosas, las salutaciones, los billetes amorosos, los regalillos y las palabras afectuosas. Y hablando especialmente de aquellos que han vivido entregados a la vida licenciosa, no les basta el huir de las ocasiones próximas, porque si no huyen también las remotas, fácilmente volverán a caer de nuevo en el pecado.
5. La impudicia, como dice san Agustín, es un vicio que hace la guerra a todos los mortales, y son raros los que de ella salen vencedores: Communis pugna, et rara victoria. ¡Cuántos desventurados, que han querido medir las fuerzas con este vicio, han quedado vencidos por él! Pero, no dudes, dice el demonio a las veces al pecador para inducirle a que se exponga a la tentación, no dudes que haré que la venzas: a lo cual responde san Jerónimo, no quiero pelear confiando en la esperanza de la victoria, por no exponerme alguna vez a perderla. En esta especie de batallas necesitamos de un eficaz auxilio de Dios; y por este motivo es preciso, que evitemos las ocasiones cuanto podamos para hacernos dignos de este auxilio; y debemos encomendarnos a Dios continuamente, con el fin que nos de fuerzas para observar la continencias, puesto que nosotros no tenemos las suficientes. Dios sólo es quien nos puede conceder esta virtud; por eso decía el Sabio: Et ut scivi quoniam aliter non possem esse continens, nisi Deus det… adii Dominum, et deprecatus sum illim: Y luego que llegué a entender, que no podía ser continente, si Dios no me lo otorgaba, acudí al Señor, y se lo pedí con fervor. (Sap. VIII, 21). Pero si nos exponemos a las ocasiones nosotros mismos, como dice el apóstol, suministrarnos armas a nuestra carne rebelde, para que haga la guerra con ellas a nuestra alma: Sed neque exibeatis membra vestra arma iniquitatis peccato. (Rom. VI, 13) Explicando este texto san Cirilo de Alejandría, dice: Tu das stimulum carni tuæ, tu illam adversus spiritum armas et potentem facis. Tu mismo incitas a la carne, tu le prestas armas contra el espíritu y la haces poderosa. San Felipe Neri decía, que en la guerra contra el vicio deshonesto, son los cobardes los que alcanzan la victoria; esto es, los que evitan las ocasiones: al contrario; quien las busca, arma su carne, y la hace tan poderosa, que le será mortalmente imposible resistir.
6. Dice Dios a Isaías: Clama, diciendo: que toda carne es heno; Clama: Omnis caro fænum. (Isa. VI. 6) Pues si toda carne es heno, dice san Juan Crisóstomo, querer mantenerse puro el hombre cuando se expone voluntariamente a la ocasión de pecar, es lo mismo  que pretender aplicar una antorcha al heno sin que se encienda. No, no es posible estar en medio de las llamas y no quemarse, dice san Cipriano. «¿Por ventura puede un hombre andar sobre ascuas, sin quemarse las plantas de los pies?» (Prov. VI, 27, 28) San Bernardo escribe que conservarse casto uno que se expone a la ocasión próxima de pecar, sería mayor milagro que resucitar un muerto.
7. Dice san Agustín: «El que no quiere huir, quiere perecer en el peligro». Y después escribe en otro lugar, que aquel que quiera vencer y no perecer, debe evitar la ocasión. Algunos confían neciamente en sus fuerzas y no ven que estas son semejantes a la estopa, que arden al instante que se arrima a la lumbre. (Isa. I, 31). Otros se lisonjean con la idea de que mudarán de vida, se confesarán, o con las promesas  que hacen a Dios, diciendo: por la gracia del Señor ya no tengo peligro ninguno en ver a tal persona, puesto que en su presencia no experimento ya tentaciones. Escuchad los que habláis de este modo. Refiérese que hay en en Mauritania unos osos que van a caza de monas: cuando estas los ven, se suben a los árboles, y de esta suerte se libran de ellos. Pero ¿que hace entonces el oso? Se tiende sobre la tierra, fingiéndose muerto, y espera que las monas bajen de los árboles; y luego se levanta, las coge y las devora. Pues lo mismo practica el demonio: hace creer que la tentación pasó ya, y está muerta; pero luego que el hombre, que antes estaba sobre sí, se acerca por descuido a la ocasión, hace que se levante la tentación repentinamente y le devora. ¡Cuántas almas infelices, aunque se aplicaban a la vida espiritual, hacían oración mental, comulgaban a menudo y llevaban una vida ejemplar, han quedado esclavas del demonio, por sólo haberse expuesto a la tentación! En la Historia Eclesiástica se refiere, que una santa mujer, que practicaba el piadoso oficio de sepultar los mártires, encontró uno de estos que no había muerto todavía. La mujer le condujo a su casa, y le curó, buscando médicos y remedios. Pero ¿que sucedió? Estas dos personas santas; primeramente cayeron en el pecado y perdieron la gracia de Dios; y después, debilitada su fe, poco a poco, renegaron de Jesucristo. Un caso semejante cita san Macario, de un anciano, que había sido medio abrasado por el tirano porque no quería renegar de la fe; pues bien, habiendo vuelto sido vuelto a la cárcel hizo amistad, por desgracia suya, con una mujer devota que servia a los mártires y pecó.
8. El Espíritu Santo advierte, que como de la vista de una serpiente así debe huirse del pecado. Y así como se evita, no sólo la mordedura de la serpiente, sino también el tocarla, y aún acercarse a ella; así conviene evitar no sólo el pecado, sino hasta la ocasión; es decir, la casa, la conversación, la persona que puede inducirnos a pecar. San Isidoro dice, que el que está cerca de la serpiente, no pasará mucho tiempo sin ser herido de ella. Y por eso dice el Sabio, que se huya lejos de ella, no acercándose jamás a las puertas de su casa. (Prov. V, 8). No solamente dice, que nos abstengamos de acercarnos a su casa, la cual es camino del Infierno para nosotros, sino que, añade, que huyamos lejos de ella. Pero dirá alguno: Yo me perjudicaré en mis intereses, si dejo de frecuentar tal casa. ¿Y no es mejor que pierdas tus intereses que no tu alma y tu Dios? Es preciso persuadirnos, que toda cautela es poca cuando se trata de guardar la honestidad. Si queremos librarnos del pecado y del Infierno, debemos temer y temblar, como dice san Pablo (Phil. II 12):Cum metu et tremore vestram salutem operamini. «El que no tiembla y se expone a la tentación, difícilmente se salvará». Por eso, una de las oraciones que debemos repetir cada día muchas veces, es la oración dominical, por la que pedimos a Dios: que no nos deje caer en tentación. Señor, debemos decirle, no permitáis que yo caiga en las tentaciones que me hagan perder vuestra gracia. Nosotros no podemos merecer la perseverancia en ella; pero Dios la concede ciertamente al que se la pide, según san Agustín, puesto que prometió oír al que le ruega.

1º de Mayo - San José Obrero - Memoria

Lectura del santo Evangelio según san Mateo 13, 54-58
Gloria a ti, Señor.
En aquel tiempo, Jesús llegó a su tierra y se puso a enseñar a la gente en la sinagoga, de tal forma, que todos estaban asombrados y se preguntaban: 
"¿De dónde ha sacado éste esa sabiduría y esos poderes milagrosos? ¿Acaso no es éste el hijo del carpintero? ¿ No se llama María su madre y no son sus hermanos Santiago, José, Simón y Judas? ¿Qué no viven entre nosotros todas sus hermanas? ¿De dónde, pues, ha sacado todas estas cosas?"
 
Y se negaban a creer en él. Entonces, Jesús les dijo:
 
"Un profeta no es despreciado más que en su patria y en su casa".
 
Y no hizo muchos milagros allí por la incredulidad de ellos.
Palabra del Señor.
Gloria a ti, Señor Jesús.

                                                         
† Meditación diaria
SAN JOSÉ OBRERO*
Memoria
* Desde 1955 se celebra litúrgicamente la Memoria de San José Obrero. La Iglesia recuerda así -”a ejemplo de San José y con su patrocinio”- el valor humano y sobrenatural del trabajo. Todo trabajo humano es colaboración en la obra de Dios, Creador, y por Jesucristo se convierte -según el amor a Dios y la caridad con los demás- en verdadera oración y en apostolado.

— El trabajo, un don de Dios.
Comerás el fruto de tu trabajo...1.
La Iglesia, al presentarnos hoy a San José como modelo, no se limita a valorar una forma de trabajo, sino la dignidad y el valor de todo trabajo humano honrado. En la Primera lectura de la Misa2 leemos la narración del Génesis en la que se muestra al hombre como partícipe de la Creación. También nos dice la Sagrada Escritura que puso Dios al hombre en el jardín del Edénpara que lo cultivara y guardase3. El trabajo, desde el principio, es para el hombre un mandato, una exigencia de su condición de criatura y expresión de su dignidad. Es la forma en la que colabora con la Providencia divina sobre el mundo. Con el pecado original, la forma de esa colaboración, el cómo, sufrió una alteración: Maldita sea la tierra por tu causa -leemos también en el Génesis4-; con fatiga te alimentarás de ella todos los días de tu vida... Con el sudor de tu frente comerás el pan...
Lo que habría de realizarse de un modo apacible y placentero, después de la caída original se volvió dificultoso, y muchas veces agotador. Con todo, permanece inalterado el hecho de que la propia labor está relacionada con el Creador y colabora en el plan de redención de los hombres. Las condiciones que rodean al trabajo han hecho que algunos lo consideren como un castigo, o que se convierta, por la malicia del corazón humano cuando se aleja de Dios, en una mera mercancía o en “instrumento de opresión”, de tal manera que en ocasiones se hace difícil comprender su grandeza y su dignidad. Otras veces, el trabajo se considera como un medio exclusivo de ganar dinero, que se presenta como fin único, o como manifestación de vanidad, de propia autoafirmación, de egoísmo..., olvidando el trabajo en sí mismo, como obra divina, porque es colaboración con Dios y ofrenda a Él, donde se ejercen las virtudes humanas y las sobrenaturales.
Durante mucho tiempo se despreció el trabajo material como medio de ganarse la vida, considerándolo como algo sin valor o envilecedor. Y con frecuencia observamos cómo la sociedad materialista de hoy divide a los hombres “por lo que ganan”, por su capacidad de obtener un mayor nivel de bienestar económico, muchas veces desorbitado. “Es hora de que los cristianos digamos muy alto que el trabajo es un don de Dios, y que no tiene ningún sentido dividir a los hombres en diversas categorías según los tipos de trabajo, considerando unas tareas más nobles que otras. El trabajo, todo trabajo, es testimonio de la dignidad del hombre, de su dominio sobre la creación. Es ocasión de desarrollo de la propia personalidad. Es vínculo de unión con los demás seres, fuente de recursos para sostener a la propia familia; medio de contribuir a la mejora de la sociedad, en la que se vive, y al progreso de toda la Humanidad”5. Esto es lo que nos recuerda la fiesta de hoy6, al proponernos como modelo y patrono a San José, un hombre que vivió de su oficio, al que debemos recurrir con frecuencia para que no se degrade ni se desdibuje la tarea que tenemos entre manos, pues no raras veces, cuando se olvida a Dios, “la materia sale del taller ennoblecida, mientras que los hombres se envilecen”7. Nuestro trabajo, con ayuda de San José, debe salir de nuestras manos como una ofrenda gratísima al Señor, convertido en oración.

— Sentido humano y sobrenatural del trabajo.
El Evangelio de la Misa8 nos muestra, una vez más, cómo a Jesús le conocen en Nazareth por su trabajo. Cuando vuelve Jesús a su tierra, sus vecinos decían: ¿No es este el hijo del carpintero? ¿No es su madre María?... En otro lugar se dice que Jesús siguió el oficio del que le hizo las veces de padre aquí en la tierra, como ocurre en tantas ocasiones: ¿No es este el carpintero, hijo de María?...9. El trabajo quedó santificado al ser asumido por el Hijo de Dios y, desde entonces, puede convertirse en tarea redentora, al unirlo a Cristo Redentor del mundo. La fatiga, el esfuerzo, las condiciones duras y difíciles, consecuencia del pecado original, se convierten con Cristo en valor sobrenatural inmenso para uno mismo y para toda la humanidad. Sabemos que el hombre ha sido asociado a la obra redentora de Jesucristo, “que ha dado una dignidad eminente al trabajo ejecutándolo con sus propias manos en Nazareth”10.
Cualquier trabajo noble puede llegar a ser tarea que perfecciona a quien lo realiza, a la sociedad entera, y puede convertirse, con todas sus incidencias, en medio para ayudar a otros a través de la comunión que existe entre todos los miembros del Cuerpo Místico de Cristo, que es la Iglesia. Pero para esto es necesario no olvidar el fin sobrenatural, además del humano, que deben tener todos los actos de la vida, incluso los que se presentan como más duros y difíciles: “el condenado a galeras bien sabe que rema con el fin de mover un barco, pero para reconocer que esto da sentido a su existencia, tendría que profundizar en el significado que el dolor y el castigo tiene para un cristiano; es decir, tendría que ver su situación como una posibilidad de identificarse con Cristo. Ahora bien, si por ignorancia o por desprecio no lo logra, llegará a odiar su “trabajo”. Un efecto similar puede darse cuando el fruto o el resultado del trabajo (no su retribución económica, sino lo que se ha “trabajado”, “elaborado” o “hecho”) se pierde en una lejanía de la que casi no se tiene noticia”11. ¡Cuántos cada mañana, por desgracia, se dirigen a su “trabajo” como si fueran a galeras! A remar para un barco que no saben a dónde va, ni siquiera les importa. Solo esperan el fin de semana y la paga mensual. Ese trabajo, evidentemente, no dignifica, no santifica, difícilmente servirá para desarrollar la propia personalidad y ser un bien para la sociedad.
Pensemos hoy, junto a San José, en el amor y aprecio que tenemos a nuestra tarea, el cuidado que ponemos en acabarla con perfección, la puntualidad, el prestigio profesional, el sosiego –no reñido con la urgencia– con que lo llevamos a cabo, la consideración y el respeto que tenemos por todo trabajo, la laboriosidad... Si nuestro quehacer está humanamente bien hecho, podremos decir con la liturgia de la Misa de hoy: Señor, Dios nuestro, fuente de misericordia, acepta nuestra ofrenda en la fiesta de San José obrero, y haz que estos dones se transformen en fuente de gracia para los que te invocan12.

— Amar el propio quehacer profesional.
La obra bien hecha es la que se lleva a cabo con amor. Apreciar la propia profesión, el oficio al que nos dedicamos es, quizá, el primer paso para dignificarlo y para elevarlo al plano sobrenatural. Debemos poner el corazón en lo que tenemos entre manos, y no hacerlo “porque no hay más remedio”. “Aquel hombre, hijo mío, que vino a verme esta mañana –¿sabes?, el de la cazadora color de tierra– no es un hombre honesto (...). Este hombre ejerce la profesión de caricaturista en un periódico ilustrado. Esto le da de qué vivir; esto le ocupa las horas de la jornada. Y, sin embargo, él habla siempre con asco de su oficio, y me dice: “¡Si yo pudiera ser pintor! Pero me es indispensable dibujar esas tonterías para comer. ¡No mires los muñecos, chico, no los mires! Comercio puro...”. Quiere decir que él cumple únicamente por la ganancia. Y que ha dejado que su espíritu se vaya lejos de la labor que le ocupa las manos. Porque él tiene su labor por muy vil. Pero dígote, hijo, que si la faena de mi amigo es tan vil, si sus dibujos pueden ser llamados tonterías, la razón está justamente en que él no metió allí su espíritu. Cuando el espíritu en ella reside, no hay faena que no se vuelva noble y santa. Lo es la del caricaturista, como la del carpintero y la del que recoge las basuras (...). Hay una manera de dibujar caricaturas, de trabajar la madera (...), que revela que en la actividad se ha puesto amor, cuidado de perfección y armonía, y una pequeña chispa de fuego personal: eso que los artistas llaman estilo propio, y que no hay obra ni obrilla humana en que no pueda florecer. Manera de trabajar que es la buena. La otra, la de menospreciar el oficio, teniéndolo por vil, en lugar de redimirlo y secretamente transformarlo, es mala e inmoral. El visitante de la cazadora color de tierra es, pues, un hombre inmoral, porque no ama su oficio”13.
San José nos enseña a amar el oficio en el que empleamos tantas horas: el hogar, el laboratorio, el arado o el ordenador, el traer y llevar paquetes o el cuidar de la portería de aquel gran edificio... La categoría de un trabajo reside en su capacidad de perfeccionarnos humana y sobrenaturalmente, en las posibilidades que nos ofrece de sacar la familia adelante y de colaborar en obras buenas en favor de los hombres, en la ayuda que a través de él prestamos a la sociedad...
San José tuvo delante a Jesús mientras trabajaba. A veces le pedía que le sostuviera una madera mientras aserraba y, otras, le enseñaba a manejar el formón o la garlopa... Cuando estaba cansado miraba a su hijo, que era el Hijo de Dios, y aquella tarea adquiría un nuevo vigor porque sabía que con su trabajo estaba colaborando en los planes misteriosos, pero reales, de la salvación. Pidámosle hoy que nos enseñe a tener esa presencia de Dios que él tuvo mientras ejercía su oficio. No olvidemos a Santa María, a la que vamos a dedicar, con mucho amor, este mes de mayo que hoy comenzamos. No olvidemos ofrecer cada día alguna hora de trabajo o de estudio, más intensa, mejor acabada, en su honor.
1 Cfr. Antífona de entrada. Sal 127, 1-2. — 2 Gen 1, 26; 2, 3. — 3 Gen 2, 15. — 4 Gen 3, 17-19. — 5San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, 47. — 6 Juan Pablo II, Exhor. Apost. Redemptoris custos, 15-VIII-1989, 22. — 7 Pío XI, Enc. Quadragesimo anno, 15-V-1931. — 8 Mt 13, 54-58. — 9 Mc 6, 3. — 10 Conc. Vat. II, Const. Gaudium et spes, 67. — 11 P. Berglar, Opus Dei, Rialp, Madrid 1987, p. 309. — 12 Misal Romano, Oración sobre las ofrendas. — 13 E. D’Ors, Aprendizaje y heroísmo; grandeza y servidumbre de la inteligencia, EUNSA, Pamplona 1973, pp. 19-20.
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Mensajes de la Virgen al Padre Gobbi

CONSAGRACIÓN AL INMACULADO CORAZÓN DE MARÍA DE 33 DÍAS DADA EN MEDJUGORJE...
Necesidad de oración 

Mensajes de la Virgen al Padre Gobbi:

13-05-1982: "Si no se consigue aún resolver los más graves problemas para la Iglesia y para el mundo, a pesar de todos los medios humanos puestos en práctica, es señal de que debéis poner ya ahora toda vuestra confianza en la fuerza de la oración".

27-10-1988: "Orad siempre; orad más; orad con el Santo Rosario.
Con la oración podéis alcanzar todo del Señor.
Con la oración hecha Conmigo, vuestra Madre Celeste, podéis obtener el gran don del cambio de los corazones y de la conversión.
Cada día, con la oración, podéis alejar de vosotros y de vuestra Patria muchos peligros y muchos males".



Palabras de Santa Faustina Kowalska:

A través de la oración el alma se arma para enfrentar cualquier batalla. En cualquier condición en que se encuentre un alma, debe orar. Tiene que rezar el alma pura y bella, porque de lo contrario perdería su belleza; tiene que implorar el alma que tiende a la pureza, porque de lo contrario no la alcanzaría; tiene que suplicar el alma recién convertida, porque de lo contrario caería nuevamente; tiene que orar el alma pecadora, sumergida en los pecados, para poder levantarse. Y no hay alma que no tenga el deber de orar, porque toda gracia fluye por medio de la oración. (Diario #146)