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martes, 9 de agosto de 2016

¡EUCARISTÍA....

Eucaristía ¡Misterio de luz, Misterio de vida!


Eucaristía ¡Misterio de luz, Misterio de vida!

Autor: SS Juan Pablo II | Fuente: Catholic.net

Como los dos discípulos del Evangelio, te imploramos, Señor Jesús: quédate con nosotros!
Eucaristía ¡Misterio de luz, Misterio de vida!

"Sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo" (Mt 28,20). 

Reunidos ante la Eucaristía, experimentamos con particular intensidad en este momento la verdad de la promesa de Cristo: ¡Él está con nosotros! 

(...) 

¡Misterio de luz! 

De luz tiene necesidad el corazón del hombre, oprimido por el pecado, a veces desorientado y cansado, probado por sufrimientos de todo tipo. El mundo tiene necesidad de luz, en la búsqueda difícil de una paz que parece lejana al comienzo de un milenio perturbado y humillado por la violencia, el terrorismo y la guerra. 

¡La Eucaristía es luz! En la Palabra de Dios constantemente proclamada, en el pan y en el vino convertidos en Cuerpo y Sangre de Cristo, es precisamente Él, el Señor Resucitado, quien abre la mente y el corazón y se deja reconocer, como sucedió a los dos discípulos de Emaús "al partir el pan" (cf Lc 24,25). En este gesto convivial revivimos el sacrificio de la Cruz, experimentamos el amor infinito de Dios y sentimos la llamada a difundir la luz de Cristo entre los hombres y mujeres de nuestro tiempo. 

¡Misterio de vida! 

¿Qué aspiración puede ser más grande que la vida? Y sin embargo sobre este anhelo humano universal se ciernen sombras amenazadoras: la sombra de una cultura que niega el respeto de la vida en cada una de sus fases; la sombra de una indiferencia que condena a tantas personas a un destino de hambre y subdesarrollo; la sombra de una búsqueda científica que a veces está al servicio del egoísmo del más fuerte. 

Queridos hermanos y hermanas: debemos sentirnos interpelados por las necesidades de tantos hermanos. No podemos cerrar el corazón a sus peticiones de ayuda. Y tampoco podemos olvidar que "no sólo de pan vive el hombre" (cf Mt 4,4). Necesitamos el "pan vivo bajado del cielo" ( Jn 6,51). Este pan es Jesús. Alimentarnos de él significa recibir la vida misma de Dios (cf. Jn 10,10), abriéndonos a la lógica del amor y del compartir. 

(...) 

Como los dos discípulos del Evangelio, te imploramos, Señor Jesús: quédate con nosotros! 

Tú, divino Caminante, experto de nuestras calzadas y conocedor de nuestro corazón, no nos dejes prisioneros de las sombras de la noche. 

Ampáranos en el cansancio, perdona nuestros pecados, orienta nuestros pasos por la vía del bien. 

Bendice a los niños, a los jóvenes, a los ancianos, a las familias y particularmente a los enfermos. Bendice a los sacerdotes y a las personas consagradas. Bendice a toda la humanidad. 

En la Eucaristía te has hecho "remedio de inmortalidad": danos el gusto de una vida plena, que nos ayude a caminar sobre esta tierra como peregrinos seguros y alegres, mirando siempre hacia la meta de la vida sin fin. 

Quédate con nosotros, Señor! Quédate con nosotros! Amén. 


Fragmentos de la homilía con ocasión del comienzo del Año de la Eucaristía el 17 de octubre de 2004.

domingo, 30 de marzo de 2014

La Eucaristía: alimentarse de Cristo

La Eucaristía: alimentarse de Cristo
Respuestas rápidas sobre la Comunión eucarística
 
La Eucaristía: alimentarse de Cristo
La Eucaristía: alimentarse de Cristo


“Quien comulga tiene dentro de sí a Jesús, tanto como María lo tuvo durante los nueve meses del embarazo”. Así de grande es el sacramento de la Eucaristía, que nos permite nutrirnos de Cristo y degustar el Cielo en la Tierra.
Si nuestro cuerpo va a ser morada del mismo Jesús,
¿hay algo que podamos hacer para recibirlo mejor?




¿No es una locura pensar que en un trozo de pan está el mismo Cristo? 
Es cierto, es una locura. Solo Dios pudo haber pensado y hecho algo tan grande. Pero desde el punto de vista del amor, es muy razonable. Cuando una madre tiene a su bebe en brazos, llena de amor, lo abraza y, como le parece poco besarlo, le dice: “te comería”. Es lo que Dios hace: hace posible que lo comamos. Y, para ello, eligió un alimento humilde, sencillo y al alcance de todos.

¿De qué modo está presente Cristo en el pan y en el vino? 
La Eucaristía esconde a Jesús. Todo Jesús está presente detrás de la apariencia de pan. Quien comulga tiene dentro de sí a Jesús, tan real y físicamente como María lo tuvo durante los nueve meses del embarazo. Obviamente, de un modo distinto: escondido tras las figuras del pan y el vino.

¿Para qué comer la hostia consagrada en lugar de simplemente venerarla? 
Porque Cristo se quedó precisamente para que lo comamos; si no, hubiera elegido otro modo de quedarse. Cuando lo instituye, dice “tomad y comed”, no “tomad y venerad”… ¡Se quedó para alimentarnos! No solo para adorarle… El sentido radical de la Eucaristía es comida. Lo comprobamos al repasar el capítulo 6 del Evangelio de Juan: comienza con la multiplicación de los panes (con las que se sacia el hambre material), pasa a hablar del mana (el pan del Cielo, con el que Dios alimentaba todos los días al pueblo en el desierto) y es en ese contexto en el que Jesús promete la Eucaristía (el pan de la vida eterna: su mismo ser).

¿Qué nos aporta comulgar? 
Todo. Diviniza nuestra vida. Nos aporta lo esencial, aquello que engrandece nuestra vida y la hace eterna: la vida de Cristo, la vida eterna, vivir en Dios. Y para que nuestra unión a Él sea plena, se nos da como alimento. Para santificarnos, purificarnos, divinizarnos, fortalecernos, hacernos crecer, llenar nuestra vida de El mismo… Lo más grande que podemos hacer en nuestra vida es alimentarnos con Cristo, hacernos una “cosa” con El.

¿Qué efectos puede tener en nuestra vida comulgar con asiduidad? 
Todos los beneficios que alimentarse produce en el cuerpo, los produce la Eucaristía a todos los niveles, en cuerpo y alma. No es un alimento solamente espiritual: ¡nos comemos su cuerpo y nos bebemos su sangre! En nuestra existencia corpórea no basta con comer una vez, necesitamos alimentarnos con frecuencia y, gracias a la comida, tenemos energía… El fin de la vida cristiana es cristificarnos, identificarnos con El. Y, para ello, necesitamos una fuerza divina que nos transforme: esa fuerza nos la brinda la Eucaristía.

Al recibirlo con frecuencia, ¿no podríamos trivializar la grandeza del acto? 
Hemos de estar atentos para que la facilidad con que se nos entrega no nos haga perder conciencia de la grandeza del don. Sería triste acostumbrarnos a comulgar y hacerlo como si no fuera algo especial. La solución para desearlo más no es espaciar en el tiempo las comuniones, sino evitar el peligro de la rutina. Y el gran remedio para la rutina es la oración: cuando meditamos en la grandeza de la Eucaristía nos enamoramos del amor que Dios nos tiene. El tesoro es tan grande –es Dios– que nunca acabaremos de abarcarlo.

¿Debemos comulgar aunque nos sintamos indignos de recibir a Cristo? 
Hay personas que dejan de comulgar porque se sienten indignas… Pero, por más indignos que nos sintamos, conviene que comulguemos si cumplimos con las dos condiciones básicas para recibir la comunión: estar en gracia y guardar una hora de ayuno.

¿Por qué hay que guardar ayuno? 
Es una forma de garantizar la delicadeza con nuestro Dios. Si vamos a recibirlo, privarnos de alimentos y bebidas (menos de agua y de medicamentos, los cuales no rompen este ayuno) una hora antes de comulgar es una manera de prepararnos para algo tan grande. Esta condición no se les exige a las personas mayores ni a los enfermos.

¿Qué es el estado de gracia? 
La gracia es una participación de la vida divina. Nos introduce en la vida de la Trinidad, ya que nos hace participar de la filiación del Hijo: hijos de Dios Padre, en el Hijo, por la acción del Espíritu Santo. La recibimos en el Bautismo y la perdemos cuando cometemos un pecado mortal. Si la perdemos, la recuperamos en el Sacramento de la Penitencia.

¿Y si se comulga en pecado mortal? 
Se comete un sacrilegio, que es pecado grave por el mal uso de lo sagrado. Dejar de comulgar no es pecado; hacerlo indignamente, sí. Por esto, si uno duda si está en pecado mortal, siempre es mejor no comulgar; salvo en el caso de los escrupulosos, que son aquellos que creen estar en pecado mortal, sin estarlo.

Por tanto, ¿no es obligatorio comulgar cada vez que asistimos a misa? 
Durante la misa, solo es obligatoria la comunión del sacerdote. Los fieles no tienen esta obligación, pero es muy conveniente comulgar cuando participamos en esta gran celebración. Eso sí, si uno no está en gracia o no cumple con el tiempo de ayuno, no debe comulgar. Los católicos que tienen uso de razón tienen la obligación de comulgar al menos una vez al año, en Pascua.

¿Y para qué nos sirve ir a misa si no podemos comulgar? 
La misa es el centro de nuestra vida. En ella nos unimos a la ofrenda de Cristo, al Padre, y así esta recibe un valor de eternidad. Esto no es por la comunión, sino por la participación en la misa. Y, en muchísimos casos, la solución es sencilla: buscar un sacerdote para confesarse.

Si no estamos seguros de sí podemos comulgar, ¿qué debemos hacer? 
Si esa duda tiene fundamento (“dudo si un pecado que cometí es grave”) hay que dejar de comulgar. Es mejor no comulgar que cometer un sacrilegio. Si la duda no tiene fundamento (“dudo de que, a lo mejor, podría tener un pecado grave”), hay que despreciar la duda y comulgar.

¿Comulgar sin confesarse?

¿Se puede recuperar el estado de gracia antes de confesarse? 
Si, haciendo un acto de perfecta contrición, con el propósito de confesar tan pronto como sea posible.

¿Puedo comulgar si hago un acto de contrición perfecta? 

Para comulgar se debe estar en estado de gracia: esto no tiene excepción. Como un acto de contrición perfecta devuelve la gracia, en tal caso se cumpliría con dicha condición.

¿Cómo sé que mi acto de contrición ha sido perfecto? 
Para custodiar la Eucaristía y evitar sacrilegios, la Iglesia prescribe que quien tenga conciencia de haber cometido un pecado grave no comulgue sin haberse confesado antes.

¿Hay alguna excepción que permita comulgar sin haberse confesado? 
Los preceptos de la Iglesia no obligan cuando existe una dificultad grave en su cumplimiento. Cuando una persona no puede confesarse y debe comulgar (algo poco frecuente), podría lícitamente comulgar haciendo antes un acto de contrición perfecto. Es el caso, por ejemplo, de un sacerdote que ha cometido un pecado grave y, no teniendo con quien confesarse, debe celebrar misa (ya que no puede celebrarla sin comulgar). En el caso de los laicos no parece que esto se dé, salvo en casos muy extraordinarios.

jueves, 20 de marzo de 2014

Milagros Eucarísticos

MILAGROS EUCARÍSTICOS


SONRISA DE UN ÁNGEL 

Año 1287, Wesel Alemania 

Werner, era un hermoso niño de rostro angelical y mirada de cielo. El encanto de la inocencia se refleja en todo su aspecto; y sobre sus labios vagueaba siempre una dulce sonrisa. 

Huérfano de padre y casada su madre en segundas nupcias con un hombre, cruel e iracundo, que le  maltrataba sin piedad, se vio precisado, contando solo catorce años, a huir del hogar doméstico para sustraerse a la implacable cólera de aquel corazón de tigre. 

Y el pobrecito niño huyó errante, por entre espesos bosques que se extienden desde Baccarac a Saint Wendelin, en la baja Alemania. ¡Solo!... No llevando consigo más que los cristianos consejos que le había dado su amorosa madre, y el candor que reflejaba su mirada azul y profunda como el profundo azul de los cielos. 

¡Dios sabe cuánto padeció el pobre niño en su trabajoso camino! 

Sin embargo, nada era capaz de arredrarle, ni de entristecerle.

Ah! Y ¿por qué ponerse triste si acababa de hacer la primera Comunión?..., ¿si había hospedado al mismo Señor de cielos y tierra dentro de su alma? 

Cuando en medio del cansancio y del hambre que con frecuencia le hostigaba, se sentía el pobrecito desmayar, entonces pensaba en que de nuevo podría recibir el Pan de vida, a su amado Jesús, y jadeante y escuálido, aun se sonreía, se alegraba y animoso proseguía su camino. 

Llegó, por fin, a Wesel, término de su viaje, radiante de jubilo, y se fue al punto hacia una iglesia, ávido de satisfacer sus más puras ansias. 

Logrólo, en efecto, y Werner, falto de comida, de albergue y, sobre todo, de padres, al recibir a Jesús Sacramentado dentro de su pecho, lloró, sí, pero sus lagrimas fueron de alegría; suspiró..., pero con suspiros de ardentísimo amor. 

No en vano consolaba Dios a su fidelísimo siervo de modo tan extraordinario. 

Algunos judíos que, próximos ya a su Pascua. buscaban con avidez una víctima cristiana para hacerla pasto de su odio eterno al Mesías, se incautaron de el con el aparente objeto de darle trabajo en su casa. 

La inocencia es incapaz de suponer en otros el crimen. 

El niño no dudó entregarse en brazos de aquellos que al parecer, intentaban favorecerle. ¡Ah! El, con tal de poder recibir a su buen Jesús en el Sacramento de Amor, ya se creía feliz; por lo demás, un poco de pan duro y unas cuantas pajas por lecho le bastaba para pasar cómodamente la vida. 

La trama estaba urdida. El más horroroso crimen se va ya a consumar. 

Sabedores que Werner había recibido aquella mañana la sagrada Eucaristía, creyeron torpemente que podrían apoderarse de Jesús Sacramentado, y el pobre niño fue conducido a la casa de aquellos malvados judíos para no salir ya más de allí, sino despedazado, por confesar a Cristo en la Hostia sacrosanta. 

En efecto: entrada ya la noche, ruidos siniestros vinieron a turbar su apacible sueño. 

Dos o tres hombres de figura horrible, alumbrados ténuamente por una linterna, bajaron al obscuro cuarto donde él estaba, para arrancar de su pecho el Tesoro de los cielos que por la mañana recibiera. 

—¡Imposible! —contesta el niño apenas despierto, con una energía que revelaba al mártir. 

—¡Imposible! 

¡Pues será a la fuerza! —gritó, con rabia, una de aquellas terribles sombras. 

Y el niño, hincándose de rodillas ante ellos con la sonrisa en los labios y la mirada en el cielo, exclamó: 

—¡Antes, morir despedazado! 

El tormento no se hizo esperar. Desgarraron con azotes su cuerpo virginal; lo colgaron cabeza abajo; lo acuchillaron, lo trituraron. Y en medio de tantos tormentos el niño, ya moribundo, sólo repetía estas palabras: "El Señor que hoy he recibido en mi corazón es el mismo a quien vosotros crucificasteis... Es el Mesías... Es Dios... Le amo y por eso muero". 

Y poco después murió; pero sonriente.., con los brazos en forma de cruz... con la vista fija en el cielo, perdonando a sus crueles enemigos. 

Dios volvió por su fidelísimo siervo. Protegidos por la obscuridad de la noche, salen aquellos pérfidos judíos con el cuerpo del santo mártir, y tomando una barca procuran remontar el Rhin, para ocultar entre las olas la víctima de su crimen. Pero ¡oh prodigio! el mutilado cuerpo en lugar de sumergirse flota sobre las aguas. Con palos y piedras intentan durante varias horas hundirlo. Todo en vano. 

Entretanto los rojizos resplandores del alba anunciaban el nuevo día. ¿Que hacer?... Arrebatan el santo cadáver, y saltando en tierra lo arrojan con grande ira dentro de un pozo, profundo. 

La impunidad parecía triunfar. Sin embargo, la justicia de Dios se cernía sobre sus cabezas, y no tardó en descargar sobre ellas. Una luz vivísima se vio salir al punto del mencionado pozo. Acude la gente, descúbrese la causa, y con gran pompa es extraído el cuerpo del santo mártir para darle gloriosa sepultura. 

Los judíos sufrieron su merecida pena. 

El angelical Werner es Santo, y su nombre figura entre los más finos amantes de Jesús Sacramentado. 

(Bolandistas, Acta Sanctorum, día 19 de abril. —Padre 
Constant, O. P., Les Juifs devant l'Eglise et l'Histoire.)

P. Manuel Traval y Roset

domingo, 16 de marzo de 2014

La Eucaristía como Sacramento


LA EUCARISTÍA COMO SACRAMENTO


La Eucaristía es el sacramento en el cual bajo las especies de pan y vino, Jesucristo se halla verdadera, real y sustancialmente presente, con su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad.
Es, por eso, el más sublime de los sacramentos, de donde manan y hacia el que convergen todos los demás, centro de la vida litúrgica, expresión y alimento de la comunión cristiana.
Antes de la llegada a la tierra de Nuestro Señor Jesucristo, la Eucaristía que habría de venir fue prefigurada de diversos modos en el Antiguo Testamento. Fueron figuras de este sacramento:

--El maná con el que Dios alimentó a los israelitas durante cuarenta años en el desierto (Éxodo 16), y al que Jesús se refiere explícitamente en el discurso eucarístico de Cafarnaúm (Juan 6,31ss).

--El sacrificio de Melquisedec, gran sacerdote, que ofreció pan y vino para dar gracias por la victoria de Abraham (Génesis 14,18); gesto que luego será recordado por San Pablo para hablar de Jesucristo como de "sacerdote eterno...,según el orden de Melquisedec" (Hebreos 7,11).

--Los panes de la proposición, que estaban de continuo expuestos en el Templo de Dios, pudiéndose alimentar con ellos sólo quienes fueran puros (Éxodo 25,30).

--El sacrificio de Abraham, que ofreció a su Hijo Isaac por ser ésa la voluntad de Dios (Génesis 22,10).

--El sacrificio del cordero pascual, cuya sangre libró de la muerte a los israelitas (Éxodo 12).

La Eucaristía fue también preanunciada varias veces en el Antiguo Testamento:

--Salomón en el libro de los Proverbios: "La Sabiduría se edificó una casa con siete columnas (los siete sacramentos), preparó una mesa y envió a sus criados a decir: "Venid, comed el pan y bebed el vino que os he preparado" (Proverbios 9,1).

--El profeta Zacarías predijo la fundación de la Iglesia como una abundancia de bienes espirituales, y habló del "trigo de los elegidos y del vino que hace germinar la pureza" (Zacarías 9,17).

--El profeta Malaquías, hablando de las impurezas de los sacrificios de la ley antigua, puso en boca de Dios este anuncio del sacrificio de la nueva ley: "Desde donde sale el sol hasta el ocaso, grande es mi nombre entre las gentes, y en todo lugar se sacrifica y ofrece a mi nombre una oblación pura" (Malaquías 1,10ss).

La verdad de la Presencia real, corporal y substancial de Jesús en la Eucaristía, fue profetizada por el mismo Señor antes de instituirla, durante el discurso que pronunció en la Sinagoga de Cafarnaúm, al día siguiente de haber hecho el milagro de la multiplicación de los panes y de los peces:

"En verdad, en verdad os digo, Moisés nos os dio el pan del cielo; es mi Padre quien os dará el verdadero pan del cielo. Porque el pan de Dios es Aquel que desciende del cielo y da la vida al mundo. Le dijeron: "Señor, danos siempre este pan". Les respondió Jesús: Yo soy el pan de vida...Si uno come de este pan vivirá para siempre, pues el pan que yo daré es mi carne, para la vida del mundo" (Juan 6,32-34, 51).

Santo Tomás de Aquino señala la preeminencia de la Eucaristía sobre todos los demás sacramentos:

--Por su contenido: en la Eucaristía no hay, como en todos los demás, una virtud otorgada por Cristo para darnos la gracia, sino que es Cristo mismo quien se halla presente; Cristo, fuente de todas las gracias.

--Por la subordinación de los otros seis sacramentos a la Eucaristía, como a su último fin: todos tienden a disponer más convenientemente al alma a la recepción de la Eucaristía.

--Por el rito de los otros sacramentos, que la mayor parte de las veces se completan con la Eucaristía.

LA EUCARISTÍA, SACRAMENTO DE LA NUEVA LEY

Que la Eucaristía es verdadero y propio sacramento constituye una verdad de fe declarada por el Magisterio de la Iglesia. Se deduce del hecho de que en ella se cumplen las notas esenciales de los sacramentos de la Nueva Ley:

a) El signo externo, que son los accidentes de pan y vino (materia) y las palabras de la consagración (forma).

b) Para conferir la gracia, como afirma el mismo Cristo: "El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna" (Juan 6,54), o sea, la gracia, que es la incoación de la vida eterna.

c) Instituido por Cristo en la Última Cena, como consta repetidamente en la Escritura: "Mientras comían, Jesús tomó pan, lo bendijo, lo partió y, dándoselo a los discípulos, dijo: Tomad y comed, este es mi cuerpo. Y tomando el cáliz y dando gracias, se los dio, diciendo: Bebed de él todos, que ésta es mi sangre del Nuevo Testamento, que será derramada por muchos para remisión de los pecados" (Mateo 26,26-28). Este pasaje lo recogen también San Marcos (14,22-25), San Lucas (22,19-20) y San Pablo (1 Cor 11,23-26).

EL SIGNO EXTERNO DE LA EUCARISTÍA

La materia para la confección de la Eucaristía es el pan de trigo y el vino de vid. Esta es una verdad de fe, definida en el Concilio de Trento.

La seguridad de la materia proviene de la utilización por parte de Cristo de ambos elementos durante la Última Cena: Mateo 26,26-28; Marcos 14,22-25; Lucas 22,19-20; 1 Cor 11,23-26.

VALIDEZ

Para la validez del sacramento se precisa:

--Que el pan sea exclusivamente de trigo (amasado con harina de trigo y agua natural, de modo que sería materia inválida el pan de cebada, de arroz, de maíz, o el amasado con aceite, leche, etc.).

--Que el vino sea de vid (del líquido que se obtiene exprimiendo uvas maduras, fermentado); sería materia inválida el vino agriado (vinagre), o cualquier tipo de vino hecho de otra fruta, o elaborado artificialmente.

Cabe señalar que algunos sacerdotes modernistas con pretexto de la inculturización utilizan otras materias que hacen inválido el sacramento.

La forma son las palabras con las que Cristo instituyó este sacramento: "Este es mi Cuerpo" y "Este es el cáliz de mi Sangre.....", que deben ser dichas de manera IMPERATIVA y no como si fuesen una narración.

Además, el sacerdote debe tener la INTENCIÓN de realizar lo que hace la Iglesia. Si un modernista excluye esta intención, no hay consagración, esto es: NO realiza el sacramento.

LICITUD

Para la licitud del sacramento se requiere:

--Que el pan sea ázimo (no fermentado, hecho recientemente, de manera que no haya peligro de corrupción).

--Que al vino se le añadan unas gotas de agua. El mezclar agua al vino era práctica universal entre los judíos, y seguramente así lo hizo Jesucristo, y también entre griegos y romanos.

El Concilio de Trento enseña que, según la fe incesante de la Iglesia, "inmediatamente después de la consagración, es decir, después de pronunciadas las palabras de la institución, se hallan presentes el verdadero Cuerpo y la verdadera Sangre del Señor".

LOS EFECTOS DE LA RECEPCIÓN EUCARÍSTICA:

Los efectos que la recepción de la Eucaristía produce en el alma, son los siguientes:

A) Aumento de la gracia santificante.

La Sagrada Eucaristía es capaz de producir por sí misma un aumento de gracia santificante mayor que cualquier otro sacramento, por contener al mismo Autor de la gracia. Por eso se puede decir que, al ser la gracia unión con Cristo, el fruto principal de la Eucaristía es la unión íntima que se establece entre quien recibe el sacramento y Cristo mismo.

Tan profunda es esta mutua inhesión de Cristo en el alma y de ésta en Aquél, que puede hablarse de una verdadera transformación del alma en Cristo.

B) Gracia sacramental específica.

La gracia sacramental específica de la Eucaristía es la llamada gracia nutritiva, porque se nos da a manera de alimento divino que conforta y vigoriza en el alma la vida sobrenatural.

C) Perdón de los pecados veniales.

También se perdonan los pecados veniales, alejando del alma la debilidad espiritual. Los pecados veniales, en efecto, constituyen una enfermedad del alma que se encuentra débil para resistir al pecado mortal.

D) Prenda de vida eterna.

De acuerdo a las palabras de Cristo en Cafarnaúm, la Eucaristía constituye un adelanto de la bienaventuranza celestial y de la futura resurrección del cuerpo: "El que come mi carne y bebe mi sangre tiene la vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día" (Juan 6,54).

NECESIDAD DE LA EUCARISTÍA

Hemos dicho que el único sacramento absolutamente indispensable para salvarse es el Bautismo: si un niño recién bautizado muere, se salva, aunque no haya comulgado. Sin embargo, para un bautizado que ha llegado al uso de razón, la Eucaristía resulta también requisito indispensable, según las palabras de Jesucristo: "Si no coméis la Carne del Hijo del hombre y no bebéis su Sangre, no tendréis vida en vosotros" (Juan 6,53).

En correspondencia con ese precepto divino, la Iglesia ordena en su tercer mandamiento, que al menos una vez al año y por Pascua de Resurrección, todo cristiano con uso de razón debe recibir la Eucaristía. También hay obligación de comulgar cuando se está en peligro de muerte: en este caso la comunión se recibe a modo de Viático, que significa preparación para el viaje de la vida eterna.

Esto, sin embargo, es lo mínimo, y el precepto ha de ser entendido: la Iglesia desea que se reciba al Señor con frecuencia, incluso diariamente.

EL MINISTRO DE LA EUCARISTÍA

"Sólo el sacerdote válidamente ordenado es ministro capaz de confeccionar el sacramento de la Eucaristía, actuando en la persona de Cristo" (Catecismo). La ordenación sacerdotal es propia de los varones. Si un obispo intentara "ordenar" a una mujer, dicha "ordenación" no sería tal, pues no tendría efecto ninguno. Cristo no otorgó el sacerdocio ni siquiera a su Madre Santísima, sino exclusivamente a varones.

La validez de la confección de la Eucaristía depende, por tanto, de la validez de la ordenación: consagrar es tarea propia y exclusiva del sacerdocio ministerial. Un laico no ordenado no tiene el poder de consagrar. En algunos países -como Austria, por ejemplo- se está divulgando la herejía de que cualquier laico puede celebrar el santo sacrificio de la Misa y pretenden dizque oficiar "misas". Esas celebraciones son totalmente inválidas y ofensivas a Dios. Un laico no tiene el poder sacerdotal de realizar el sacrificio eucarístico mediante la doble consagración.

La prueba que ofrece la Escritura es concluyente: el encargo hecho por Cristo en la intimidad del Cenáculo a sus Apóstoles y a sus sucesores "Haced esto en memoria mía" (Lucas 22,19; 1 Cor 11,24), va dirigido exclusivamente a ellos, y no a la multitud de sus discípulos.

EL SUJETO DE LA RECEPCIÓN DE LA EUCARISTÍA

Todo bautizado que pertenezca a la Iglesia Católica es sujeto capaz de recibir lícitamente la Eucaristía, aunque se trate de un niño. Los infantes deben ser preparados para su primera comunión con el objeto de que comprendan a Quien reciben; deben hacerla alrededor de los 6 ó 7 años (Haz click AQUÍ). La primera confesión deberán realizarla antes, en cuanto tengan el uso de razón, y no esperase hasta la primera comunión. (Ver: http://catolicidad-catolicidad.blogspot.mx/2011/01/un-deber-de-los-papas-la-confesion-de.html).

Para la recepción lícita o fructuosa se requiere:

a) Estado de gracia (es decir: no haber cometido ningún pecado mortal desde la última confesión bien hecha).
b) La intención recta, buscando la unión con Dios y no por otras razones.

c) Ser miembro de la Iglesia Católica (creyendo todo lo que Ella enseña).

La Iglesia (apoyándose en las duras amonestaciones del Apóstol Pablo para que los fieles examinen su conciencia antes de acercarse a la Eucaristía : 1 Cor 11,27-29), ha exigido siempre el estado de gracia, de modo que si uno tiene conciencia de haber pecado mortalmente, no debe acercarse a la Eucaristía sin haber manifestado antes TODOS los pecados mortales al confesor y haber recibido, de éste, la absolución en el sacramento de la Penitencia. Comulgar en pecado mortal es un grave sacrilegio_(haz click en este enlace).

Así como nada aprovecha a un cadáver el mejor de los alimentos, así tampoco aprovecha la Comunión al alma que está muerta a la vida de la gracia por el pecado mortal. Por el contrario, le acarrea más daño.

El pecado venial no es obstáculo para comulgar, pero es propio de la delicadeza y del amor hacia el Señor dolerse en ese momento hasta de las faltas más pequeñas, para que Él encuentre el corazón bien dispuesto.

La Comunión deberá ir precedida de una buena preparación y seguida de una conveniente acción de gracias.

Junto a las disposiciones interiores del alma, y como lógica manifestación, están las del cuerpo: además del ayuno, el modo de vestir, las posturas, etc., que son signos de respeto y reverencia.

Quien va a recibir la Santísima Eucaristía, ha de abstenerse de tomar cualquier alimento y bebida al menos durante una hora antes de la Sagrada Comunión, a excepción sólo del agua y de las medicinas.  Es muy recomendable no tomar alimento sólido tres horas antes.

LA PRESENCIA REAL DE JESUCRISTO EN LA EUCARISTÍA

Por la fuerza de las palabras de la consagración, Cristo se hace presente tal y como existe en la realidad, bajo las especies de pan y vino y, en consecuencia, ya que está vivo y glorioso en el cielo al modo natural, en la Eucaristía está presente todo entero, de modo sacramental. Por eso se dice, por concomitancia, que con el Cuerpo de Jesucristo está también su Sangre, su Alma y su Divinidad; y, del mismo modo, donde está su Sangre, está también su Cuerpo, su Alma y su Divinidad.

La fe en la presencia real, verdadera y sustancial de Cristo en la Eucaristía nos asegura, por tanto, que allí está el mismo Jesús que nació de la Virgen Santísima, que vivió ocultamente en Nazareth durante 30 años, que predicó y se preocupó de todos los hombres durante su vida pública, que murió en la Cruz y, después de haber resucitado y ascendido a los cielos, está ahora sentado a la derecha del Padre.

Está en todas las formas consagradas, y en cada partícula de ellas, de modo que, al terminar la Santa Misa, Jesús sigue presente en las formas que se reservan en el Sagrario, mientras no se corrompe la especie de pan, que es el signo sensible que contiene el Cuerpo de Cristo.

La verdad de la Presencia real y sustancial de Jesús en la Eucaristía, fue revelada por Él mismo durante el discurso que pronunció en Cafarnaúm al día siguiente de haber hecho el milagro de la multiplicación de los panes: Juan 6,51-56.

Esa promesa de Cafarnaúm tuvo cabal cumplimiento en la cena pascual prescrita por la ley hebrea, que el Señor celebró con sus Apóstoles, la noche del Jueves Santo. Tenemos cuatro relatos de este acontecimiento: Mateo 22,19-20; Marcos 14,22-24; Lucas 22,19-20; y 1 Corintios 11,23-25.

Es imposible hablar de manera más realista e indubitable: no hay dogma más manifiesto y claramente expresado en la Sagrada Escritura. Lo que Cristo prometió en Cafarnaúm, lo realizó en Jerusalén en la Última Cena.

Las palabras de Jesucristo fueron tan claras, tan categórico el mandato que dio a sus discípulos: "Haced esto en memoria mía" (Lucas 22,19), que los primeros cristianos comenzaron a reunirse para celebrar juntos la "fracción del pan", después de la Ascensión del Señor a los cielos:

"Todos perseveraban en la doctrina de los Apóstoles y en la comunicación de la fracción del pan y en la oración" (Hechos 2,42).

"El cáliz de bendición que bendecimos, ¿no es la comunión con la Sangre de Cristo?. El pan que partimos, ¿no es comunión del Cuerpo de Cristo?...Porque cuantas veces comáis este pan y bebáis el cáliz, anunciáis la muerte del Señor hasta que Él venga. De modo que quien comiere el pan o bebiere el cáliz del Señor indignamente, será reo del Cuerpo y de la Sangre del Señor" (1 Cor 10,16; 11,26-27).

El Magisterio de la Iglesia nos enseña que en el sacrosanto sacramento de la Eucaristía, se produce una singular y maravillosa conversión de toda la substancia del pan en el Cuerpo de Cristo, y de toda la substancia del vino en la Sangre; conversión que la Iglesia católica llama aptísimamente "Transubstanciación".

La Transubstanciación se verifica en el momento en que el sacerdote pronuncia sobre la materia las palabras de la forma: "Este es mi Cuerpo" y "Este es el cáliz de mi Sangre....". De manera que habiéndose pronunciado, no existen ya ni la substancia del pan ni la substancia del vino: sólo existen sus accidentes o apariencias exteriores.

Se entiende por accidente, todo aquello que es perceptible por los sentidos, como el tamaño, la extensión, el peso, el color, el olor, el sabor, etc.

Jesucristo no se encuentra en la Hostia al modo de los cuerpos, que ocupan una extensión material determinada, sino al modo de la substancia, que está toda entera en cada parte del lugar. Por ello, al dividirse la Hostia, está todo Cristo en cada fragmento de ella.

No está únicamente el Cuerpo de Cristo bajo la especie del pan, ni únicamente su Sangre bajo la especie del vino, sino que en cada uno se encuentra Cristo entero.

La doble consagración del pan y del vino fue realizada por Cristo para representar mejor aquello que la Eucaristía renueva, ahora de manera incruenta: la muerte del Salvador, que supuso una separación del Cuerpo y de la Sangre. Por ello, el sacerdote consagra separadamente el pan y el vino.

LA EUCARISTÍA COMO SACRIFICIO

Habiendo concluido la explicación de la Eucaristía como sacramento, se debe estudiar, también, en otra ocasión, bajo su otra consideración fundamental: la Eucaristía como sacrificio (Ver este post para ello: 
http://catolicidad-catolicidad.blogspot.mx/2009/05/el-culto-eucaristico.html).

Aunque el sacramento y el sacrificio de la Eucaristía se realizan por medio de la misma consagración, existe entre ellos una distinción conceptual. La Eucaristía es sacramento en cuanto Cristo se nos da en Ella como manjar del alma, y es sacrificio en cuanto que en Ella, Cristo se ofrece a Dios como oblación (cfr. S. Th. III, q. 75, a. 5).

domingo, 23 de febrero de 2014

La Eucaristía explicada por los Padres de la Iglesia





Excelente vídeo en el que se recogen diferentes textos de los Padres de la Iglesia de los primeros años del Cristianismo, en donde van explicando lo que era para ellos la Eucaristía. Entre ellos están: San Justino, San Agustín, San Ireneo, Tertuliano, Orígenes, San Juan Crisóstomo, San Cirilo de Jerusalén, San Ambrosio de Milán, etc.

Todos los textos recogidos están apoyados en citas de la Sagrada Escritura.

Este vídeo está acompañado por una maravillosa música gregoriana de fondo.

En definitiva, una estupenda catequesis de lo que significaba la Eucaristía para los primeros cristianos y que sirve para comprender más el misterio Eucarístico y su importancia capital para toda la Iglesia.






lunes, 4 de noviembre de 2013

La Misa, sacrificio de Cristo y de la Iglesia

                                 
La Misa, sacrificio de Cristo y de la Iglesia
La Encíclica“Mediator Dei”. Remedio a los errores que causan el ausentismo eucarístico
Por el R.P. Bertrand de Margerie s.j.
Frente a la ignorancia concerniente a la misa como sacrificio de Cristo y de la Iglesia, que se encuentra de lleno en el origen de la tan frecuente abstención eucarística y dominical, Pío XII nos presenta, en su encíclica “Mediator Dei” (MD) el instrumento de una iniciación en profundidad al sentido de la misa, vista como centro de la vida cristiana. La concepción sacrificial de la misa es retomada por el Catecismo de la Iglesia Católica (CEC). Veremos aquí el porqué y el sentido de la presentación de la misa como sacrificio de Cristo, primeramente, luego como sacrificio de la Iglesia, con la ayuda de MD, que pueda facilitar una urgente rectificación pastoral. Al concluir, sacaremos algunas conclusiones concretas.
1) La iniciación a la Misa como sacrificio de Cristo
La necesidad fundamental y permanente de la persona humana es regresar a Dios, su principio y su fin último, en el amor. La misa le ofrece el medio. Pío XII nos lo recuerda a la luz de la majestuosa definición del Concilio de Trento. “Cristo, Nuestro Señor, sacerdote eterno, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, durante la última Cena, la noche en que fue traicionado, quiso, como lo exige la naturaleza humana, dejar a la Iglesia su esposa bien amada un sacrificio visible para representar el sacrificio que debía cumplirse sólo una vez sobre la Cruz con el fin de que su recuerdo permaneciese hasta el fin de los siglos, y que la virtud fuese aplicada a la remisión de nuestros pecados de cada día, ofreció a Dios su Padre su cuerpo y su sangre bajo las apariencias de pan y de vino, símbolos bajo los cuales los dio a los discípulos, constituyéndolos sacerdotes del Nuevo Testamento, y ordenándoles a ellos y a sus sucesores que los ofrecieran”.
Para Trento y Pío XII se trata del punto culminante y del centro de la religión cristiana. Este centro no está constituido por una oración vaga (que bien habría podido tener lugar en un bosque o sobre un campo deportivo) sino por un sacrificio visible que significa la invisible ofrenda de sí por la cual Cristo, en nombre de la humanidad, en nombre de cada hombre, ser espiritual y corporal, alma y cuerpo, llega a su Padre. El sacerdote visible es un sacrificador no sangriento.
Pío XII prosigue señalando que las apariencias eucarísticas, el pan y el vino, bajo las cuales se encuentran el cuerpo y la sangre de Cristo, simbolizan, no solamente el trabajo humano, sino además la separación violenta, en la muerte, del cuerpo y la sangre de Jesús.
Así el recuerdo de la muerte real de Cristo sobre el Calvario es renovado en todo el sacrificio del altar, porque la separación de los símbolos indica claramente a Jesucristo en estado de víctima.
Pío XII subraya además que la comprensión de la misa supone la explicación de muchas nociones ricas y complejas: Personas divinas, naturaleza humana, sacrificio, muerte, alma, cuerpo. Todas estas nociones deben ser, al menos obscuramente, comprendidas para que sea percibido lo que es la misa en su esencia, tal como la Iglesia la comprende. La ausencia de muchos en la Misa del domingo parece excusable en la medida en que ignoran la Cruz como sacrificio, así como el misterio pascual: es el Resucitado que opera a través del sacerdote el misterio de la Transubstanciación, es decir que cambia toda la substancia del pan (y la del vino) en el cuerpo y la sangre de Cristo. Pero Pío XII no se limita a decir lo que es la misa, toda misa: responde a la pregunta ¿Por qué la misa? ¿Cómo? Recordando la doctrina de los cuatro fines del sacrificio eucarístico (II, 1 col. 216):
Cristo Sacerdote quiere adorar, glorificar, alabar en un homenaje que no cesa jamás. Se puede recordar en esta ocasión la magnífica fórmula del cardenal de Bérulle: Cristo es el Adorador infinito, el único Adorador, el Perfecto Adorador, el divino Adorador.
El segundo fin perseguido por Cristo Sacerdote es la acción de gracias que sólo el Hijo puede ofrecer dignamente: el Sacrificio de la Cruz, “prolongado” por la Eucaristía, es la súplica del Hijo al Padre en nombre de toda la humanidad. Luego viene la finalidad de expiación, propiciación, reconciliación de todo el género humano con el Padre, ofendido por sus faltas. El Hijo nos arranca así de la dominación del demonio, príncipe de este mundo. Nadie más que Cristo, recuerda Pío XII, podía ofrecer a Dios satisfacción por todas las faltas del género humano.
Por último, Cristo persigue un fin de impetración: quiere pedir por nosotros, “reducidos a la pobreza y a una mancha - hijos pródigos que hemos empleado mal los bienes recibidos del Padre -, para que por su mediación eficaz seamos colmados de toda bendición y de toda gracia”.
Estos cuatro fines del sacrificio no suponen solamente los diferentes sacrificios de la Primera Alianza, sino además las promesas de Jesús durante su vida pública en lo concerniente a la oración al Padre en su nombre (Juan 14 a 16), su exaltación de la alabanza del Padre (Mt 11), las peticiones condicionales de su Agonía y su insistencia frente a los leprosos curados bajo la acción de la gracia (Lc 17). Y ellas se sitúan todas sobre el fondo de una humanidad carente de la Cruz: ingrata, no adoradora, no expiadora, ignorante de su necesidad perpetua de auxilio divino: intentaremos, en la medida de lo posible, preservar a los jóvenes del peligro de la ingratitud y de la injusticia para con Dios atrayendo sus atenciones sobre las finalidades perseguidas por Cristo Salvador en cada Misa, las cuatro finalidades del sacrificio. El Cristo de la Misa nos dice en substancia: adora, agradece, suplica, pide perdón.
La Misa nos recuerda que no hay salvación fuera de la Cruz: “Cada hombre, en particular, agrega Pío XII, debe entrar en contacto vital con el sacrificio de la Cruz, Cristo ha querido morir como cabeza del género humano”, es decir en nombre nuestro y por nosotros, por esa razón sobre el Calvario Cristo estableció una piscina de expiación y de salvación, que llenó con su sangre derramada, pero si los hombres no se zambullen en ella y lavan sus pecados, no pueden obtener ni purificación ni salvación”. Por el contrario, haciendo suyos los cuatro fines de Cristo, unen el sacrificio de la Iglesia al de Cristo (Col. 217).
2) La iniciación a la Misa como sacrificio de la Iglesia
Pío XII subraya que la Misa es un sacrificio no solamente interior, sino además exterior, correspondiente a la naturaleza del hombre, ser no solamente espiritual sino además corporal. Es un sacrificio existencial y ritual que supone, como la salvación misma, la cooperación libre y voluntaria de la persona humana. Esta cooperación manifestada en y por la participación física en la Misa, constituye el deber principal y el honor supremo para el cristiano (CEC, art. 1368-1372). La participación interior y exterior en la misa, he ahí el deber de estado en tanto que tal; sus otros deberes no constituyen su deber de estado cristiano sino de hombre.
Esta cooperación en Cristo y con Él supone que ofreciendo a Cristo el cristiano se ofrece al Padre por Él y con Él, participando de los sentimientos de Cristo crucificado, de su humilde dulzura, de su caridad (Ph. 2): sacrificio de Cristo al que debe asociarse mediante la oblación de su propia vida y de su muerte futura; la omisión de esta oblación íntima como víctima, por el desapego de toda criatura y el apego prioritario a la voluntad divina, el desconocimiento de este deber y de este acto de íntima oblación sacrificial, en una palabra la no oblación de sí de un miembro de la Iglesia y de toda la Iglesia con Cristo constituyen, a mis ojos, una razón fundamental del ausentismo eucarístico y de la deserción frente a la obligación dominical.
La Misa, como sacrificio de la Iglesia, esta insistencia fundamental de toda la tradición católica, indican que se debe presentar a los fieles la concepción que Pío XII heredó de Benedicto XIV: comulgar no es sólo comer y beber el cuerpo y la sangre de Cristo, sino convertirse así en una sola víctima con el Dios hecho hombre para la Iglesia y para el mundo (cf. MD, II, 1-3).
De ahí la grandiosa visión por la cual Pío XII (siguiendo a San Roberto Bellarmino y a San Agustín) ve, en el sacrificio del altar, el sacrificio general por el cual todo el Cuerpo Místico de Cristo se ofrece a Dios a través de Cristo; de donde resulta que debemos “inmolarnos todos al Padre eterno con nuestra Cabeza que ha sufrido por nosotros” (II, 2,2 col. 224 de la Doc. Cat.)
Dicho de otra manera, siguiendo la expresión del P. Yves de Montcheuil, cada Misa es el signo visible del invisible sacrificio de Cristo y de su Iglesia. E inclusive de toda la humanidad en tanto que ella consiente a su salvación. Es inseparablemente el sacrificio general y el sacrificio individual de Cristo y de cada cristiano en Él.
En este contexto, sea la primera comunión, sea la profesión de fe, sea la confirmación, podría ser una excelente ocasión de incitar a cada cristiano a ofrecer un honorario de Misa, a ofrecer así el pan y el vino que se convertirán en la divina Víctima y de esta manera hacer tomar o retomar , por todos y cada uno, la maravillosa costumbre de hacer celebrar misas en sufragio de sus intenciones y más especialmente para obtener la gracia de la perseverancia final en la participación dominical en la Misa
Para resumir, se trata de restaurar en todos los bautizados la conciencia de participar en el sacerdocio de Cristo, conciencia que alcanza su ejercicio supremo en la ofrenda de la Misa.
Lejos de hacer desaparecer este aspecto interior y fundamental, el aspecto ritual, exterior y cotidiano de la misa debe ayudar a ponerla en relieve: Pío XII nos recuerda que el “rito exterior del sacrificio debe por su naturaleza manifestar el culto interior; agrega: “El sacrificio de la Ley Nueva significa el homenaje supremo por el cual el principal oferente, Cristo, y , con Él y por Él, todos sus miembros místicos rinden a Dios el honor y el respeto que le son debidos”
De ahí la insistencia de Pío XII (II, 3, sub fine) sobre la acción de gracias privada que debe completar en alguna manera la acción de gracias pública que es el Sacrificio eucarístico. Pío XII consagra a este fin dos páginas enteras. Se trata de “zambullirnos en el santísimo amor de Cristo y de tomar parte en los actos por los cuales Él mismo adora a la augusta Trinidad (...) rinde al Padre Eterno acciones de gracias y de alabanzas por las cuales, principalmente, nos ofrecemos y nos inmolamos como víctimas”. En suma, esta acción de gracias privada, siguiendo a Pío XII, debe ocasionar una apropiación privada de los cuatro fines por los cuales Jesucristo mismo ofrece su sacrificio sobre la Cruz, renovándolo en cada Misa. Presente en nosotros por la Comunión, Cristo no está inactivo, sino que adora, agradece, suplica y se ofrece como víctima. El rechazo o la reducción excesiva de la acción de gracias privada parece manifestar un desconocimiento de Cristo Adorador y Reparador, Sacerdote y Víctima. La formación en la acción de gracias privada es un elemento esencial de la educación eucarística y podrá, en muchísimos casos, condicionar la presencia dominical. Ella puede ser hecha en unión con María, como lo indica San Luis María Grignon de Montfort, en su tratado sobre la “verdadera devoción” a María.
Conclusión
1) Poco antes de darnos esta notable carta sobre la mediación sacrificial de Cristo, el Papa Pío XII había resumido magníficamente los frutos personales y sociales de la misa en su alocución del 20 de febrero de 1946:
“El presente para muchos no es más que la huida desordenada de un torrente, que precipita a los hombres como detritus en la noche oscura de un porvenir donde se van a perder con la corriente que los lleva.
Sólo la Iglesia puede reconducir al hombre desde esas tinieblas hacia la luz; sólo ella puede darle la conciencia de un pasado vigoroso, el dominio del presente, la seguridad frente al futuro ...
¿No vemos todos los días sobre nuestros innumerables altares a Cristo, Víctima divina, cuyos brazos se extienden de un extremo del mundo al otro, envolver y abrazar simultáneamente en su pasado, en su presente y en su futuro a la sociedad humana entera?
En la Santa Misa, los hombres adquieren una mayor conciencia de su pasado de faltas, y al mismo tiempo, de los inmensos beneficios recibidos en el memorial del Gólgota, del más grande acontecimiento de la historia de la humanidad; reciben la fuerza querida para liberarse de la más profunda miseria del presente, la miseria de los pecados cotidianos, al punto que inclusive los más abandonados sienten el soplo de amor personal de Dios misericordioso; y sus miradas se dirigen hacia un futuro seguro, hacia la consumación del tiempo en la victoria del Señor, que está ahí sobre el altar, de ese Juez Supremo que pronunciará un día la última y definitiva sentencia...
En la Santa Misa, la Iglesia brinda, por consecuencia, su más grande contribución a la edificación de la sociedad humana””
2) Estamos alentados a organizar, por ejemplo en las capellanías, grupos de lectura de Mediator Dei.
3) Esta encíclica de Pío XII podría ser (junto con el libro del Cardenal Lustiger sobre la Misa) un bello obsequio a ofrecer a los adolescentes o con ocasión de la profesión de fe. Una edición anotada para jóvenes (con división paragráfica) la haría además más útil. Todos los que hacen con gusto estudios secundarios comprenderían fácilmente el sentido general del documento de Pío XII.
4) La ofrenda cotidiana del Apostolado de la Oración pone a la Misa en el centro de la vida cotidiana.