"Sed como pequeñas abejas espirituales, que no tienen en sus colmenas más que miel y cera. Que vuestra casa, gracias a vuestra conversación, esté llena de dulzura, de paz, de concordia, de humildad y de piedad." (Santo Padre Pio de Pietrelcina)
miércoles, 4 de diciembre de 2013
Frases del Santo Padre Pío de Pietrelcina
"Sed como pequeñas abejas espirituales, que no tienen en sus colmenas más que miel y cera. Que vuestra casa, gracias a vuestra conversación, esté llena de dulzura, de paz, de concordia, de humildad y de piedad." (Santo Padre Pio de Pietrelcina)
Mes de María - 27º Día - Reforma de sí mismo
DÍA VEINTISIETE (3/DIC)
Reforma de sí mismo
CONSIDERACIÓN. – La
Santísima Virgen hacía cada día, grandes progresos en su virtud, de suerte que,
cuando llegó al término de su existencia aquí abajo, era rica en méritos para
el cielo.
Así debemos
nosotros proceder.
Todos tenemos
defectos que corregir, venimos al mundo con malas inclinaciones consecuencias
del pecado original.
Alguno, es
naturalmente vivo y colérico; otro, inclinado al descuido y pereza; aquél, se
somete difícilmente a sus superiores; aquel otro, se siente inclinado a la malevolencia
y envidia. Es necesario combatir resueltamente estos defectos y esforzarnos en
reemplazar cada uno de ellos por la virtud opuesta. Hay algunos que se asustan,
viéndose malos y que dicen: “Jamás podré corregirme y hacerme bueno”. Esto es
un error enojoso, puesto que no estamos abandonados a nosotros mismos; Dios nos
ha prometido su gracia para ayudarnos a conseguir nuestra salvación. Su gracia
es todopoderosa y con su auxilio, los santos han llegado a tan grande
perfección; ellos no valían más que nosotros, tenían sus defectos y a fuerza de
luchar contra ellos mismos, se han hecho imitadores de Nuestro Señor
Jesucristo.
EJEMPLO. – San
Francisco de Sales, por naturaleza violento e irritable, llegó, a fuerza de
combates, de esfuerzos perseverantes, a una dulzura inalterable. Sentía algunas
veces las primeras efervescencias de la cólera, pero ni el menor signo aparecía
al exterior. A las palabras desagradables, hasta injuriosas, que se le
dirigían, respondía con caridad y afabilidad, dándonos así un gran ejemplo de
lo que puede una voluntad enérgica, ayudada por la gracia todopoderosa del
Señor.
PLEGARIA DE SAN
EPIFANIO. – Socorredme, oh Madre de Dios, oh Madre de Misericordia, durante el
curso de mi vida, alejad de mí los ataques de mis enemigos; en el momento de mi
muerte, ponedme en el número de los santos y hacedme entrar en la gloria de
vuestro Hijo. Así sea.
PROPÓSITO. – Combatiré el defecto por el cual estoy más
dominado.
JACULATORIA. –
Madre amable, rogad por nosotros.
PLEGARIA DE SAN
BERNARDO, PARA TODOS LOS DÍAS. – Acordaos, ¡oh piadosísima Virgen María, que
jamás se ha oído decir que ninguno de aquellos que han acudido a vuestra
protección e implorado vuestro socorro, haya sido abandonado. Animado con tal
confianza, acudo a Vos ¡oh dulce Virgen de las vírgenes! me refugio a vuestros
pies, gimiendo bajo el peso de mis pecados. No despreciéis, ¡oh Madre del
Verbo!, mis humildes plegarias; antes bien, oídlas benignamente y cumplidlas.
Así sea.
JACULATORIA. – Oh
María, sin pecado concebida, rogad por nosotros que recurrimos a Vos.
martes, 3 de diciembre de 2013
Evangelio - Martes 1º Semana de Adviento
† Lectura del santo Evangelio según san Lucas 10, 21-24
Gloria a ti, Señor.
En aquel tiempo, el Espíritu Santo llenó de alegría a Jesús, que dijo:
"Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a los sabios y prudentes y se las ha dado a conocer a los sencillos. Sí, Padre, así te ha parecido bien.
Todo me lo ha entregado mi Padre, y nadie sabe quién es el Hijo sino el Padre; y quién es el Padre, sino el Hijo y aquél a quien el Hijo se lo quiera revelar".
Dirigiéndose después a los discípulos, les dijo en privado:
"Dichosos los ojos que ven lo que ustedes ven. Porque les digo que muchos profetas y reyes quisieron ver lo que ustedes ven y no lo vieron, y oír lo que ustedes oyen pero no lo oyeron".
Palabra del Señor.
Gloria a ti, Señor, Jesús.
"Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a los sabios y prudentes y se las ha dado a conocer a los sencillos. Sí, Padre, así te ha parecido bien.
Todo me lo ha entregado mi Padre, y nadie sabe quién es el Hijo sino el Padre; y quién es el Padre, sino el Hijo y aquél a quien el Hijo se lo quiera revelar".
Dirigiéndose después a los discípulos, les dijo en privado:
"Dichosos los ojos que ven lo que ustedes ven. Porque les digo que muchos profetas y reyes quisieron ver lo que ustedes ven y no lo vieron, y oír lo que ustedes oyen pero no lo oyeron".
Palabra del Señor.
Gloria a ti, Señor, Jesús.
† Meditación diaria
Adviento. 1ª semana. Martes
EL MESíAS, “PRíNCIPE DE LA PAZ”
— La paz, don de Dios. Se pierde por el pecado, la soberbia y la insinceridad.
La paz es uno de los grandes bienes constantemente implorados en el Antiguo Testamento. Se promete este don al pueblo de Israel como recompensa a su fidelidad1, y aparece como una obra de Dios2 de la que se siguen incontables beneficios. Pero la verdadera paz llegará a la tierra con la venida del Mesías. Por eso los ángeles anuncian cantando: Gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad3. El Adviento y la Navidad son tiempos especialmente oportunos para aumentar la paz en nuestros corazones; son tiempos también para pedir la paz de este mundo lleno de conflictos y de insatisfacciones.
Mirad: Nuestro Señor llega con fuerza. Para visitar a su pueblo con la paz y darle la vida eterna4. Isaías nos recuerda en la Primera lectura de la Misa que en la era mesiánica habitará el lobo con el cordero, la pantera se tumbará con el cabrito, el novillo y el león pacerán juntos5. Con el Mesías se renuevan la paz y la armonía del comienzo de la Creación y se inaugura un orden nuevo.
El Señor es el Príncipe de la paz6, y desde el mismo momento en que nace nos trae un mensaje de paz y de alegría, de la única paz verdadera y de la única alegría cierta. Después las irá sembrando a su paso por todos los caminos: La paz sea con vosotros; soy yo, no temáis7. La presencia de Cristo en nuestras vidas es, en toda circunstancia, la fuente de una paz serena e inalterable: Soy yo, no temáis, nos dice.
Las enseñanzas del Señor constituyen la buena nueva de la paz8. Y este es también el tesoro que nos ha dejado en herencia a sus discípulos de todos los tiempos; la paz os dejo, mi paz os doy, no os la doy como la da el mundo9. “La paz sobre la tierra, nacida del amor al prójimo, es imagen y efecto de la paz de Cristo, que procede de Dios Padre. En efecto, el propio Hijo encarnado, Príncipe de la paz, ha reconciliado con Dios a todos los hombres por medio de su cruz (...), ha dado muerte al odio en su propia carne y, después del triunfo de su resurrección, ha infundido el Espíritu de amor en el corazón de los hombres”10. La paz del Señor trasciende por completo la paz del mundo, que puede ser superficial y aparente, quizá resultado del egoísmo y compatible con la injusticia.
Cristo es nuestra paz11 y nuestra alegría; el pecado, por el contrario, siembra soledad, inquietud y tristeza en el alma. La paz del cristiano, tan necesaria para el apostolado y para la convivencia, es orden interior, conocimiento de las propias miserias y virtudes, respeto a los demás y una plena confianza en el Señor, que nunca nos deja. Es consecuencia de la humildad, de la filiación divina y de la lucha contra las propias pasiones, siempre dispuestas al desorden.
Se pierde la paz por el pecado, y por la soberbia y la falta de sinceridad con uno mismo y con Dios. También se pierde la paz por la impaciencia: cuando no se sabe ver la mano de Dios providente en las dificultades y contrariedades.
La confesión sincera de nuestros pecados es uno de los principales medios puestos por Dios para recuperar la paz perdida por el pecado o por la falta de correspondencia a la gracia. “Paz con Dios, efecto de la justificación y alejamiento del pecado; la paz con el prójimo, fruto de la caridad difundida por el Espíritu Santo; y la paz con nosotros mismos, la paz de la conciencia, proveniente de la victoria sobre las pasiones y sobre el mal”12. Recuperar la paz, si la hubiésemos perdido, es una de las mejores muestras de caridad para quienes están a nuestro alrededor, y también la primera tarea para preparar en nuestro corazón la llegada del Niño Dios.
— Dar alegría y serenidad a quienes carecen de ellas.
En la bienaventuranza en la que se enuncia el don de la paz “no se contenta el Señor con eliminar toda discusión y enemistad de unos con otros, sino que nos pide algo más: que tratemos de poner paz en quienes están enemistados”13.
El cristiano es un hombre abierto a la paz y su presencia debe dar serenidad y alegría. Pero se trata de la verdadera paz, no de sus sucedáneos. Somos bienaventurados cuando sabemos llevar la paz a quienes están afligidos, cuando servimos como instrumentos de unión en la familia, entre nuestros compañeros de trabajo, con todas las personas en medio de los sucesos de la vida de cada día. Para poder realizar este cometido importantísimo hemos de ser humildes y afables, pues la soberbia solo ocasiona disensiones14. El hombre que tiene paz en su corazón la sabe comunicar casi sin proponérselo, y en él buscan apoyo y serenidad los demás: es una gran ayuda en el apostolado. Los cristianos hemos de difundir la paz interior de nuestro corazón allí donde nos encontremos. Por el contrario, el amargado, el inquieto y el pesimista, que carecen de paz en su corazón, destruyen lo que encuentran a su paso.
Serán bendecidos especialmente por el Señor quienes velan por la paz entre las naciones y trabajan por ella con intención recta; y, sobre todo, los que oran y se sacrifican para poner a los hombres en paz con Dios. Este es el primer quehacer de cualquier actividad apostólica. El apostolado de la Confesión, que nos mueve a llevar a nuestros amigos a este sacramento debe tener un especial premio en el Cielo, pues este sacramento es verdaderamente la mayor fuente de paz y de alegría en el mundo. “No hablan de la severidad de Dios los confesonarios esparcidos por el mundo, en los cuales los hombres manifiestan los propios pecados, sino más bien de su bondad misericordiosa. Y cuantos se acercan al confesonario, a veces después de muchos años y con el peso de pecados graves, en el momento de alejarse de él, encuentran el alivio deseado, encuentran la alegría y la serenidad de la conciencia, que fuera de la Confesión no podrán encontrar en otra parte”15.
Quienes tienen la paz del Señor y la promueven a su alrededor se llamarán hijos de Dios16. Y San Juan Crisóstomo explica la razón: “A la verdad, esta fue la obra del Unigénito: unir a los que estaban alejados y reconciliar a los que estaban en guerra”17. En nuestra propia familia, en el lugar de trabajo, entre nuestros amigos, ¿no podríamos también nosotros fomentar en este tiempo de Adviento una mayor unión con Dios de las personas que nos rodean y una convivencia más amable todavía y más alegre?
— La filiación divina, fundamento de nuestra paz y de nuestra alegría.
“Cuando el hombre olvida su destino eterno y el horizonte de su vida se limita a la existencia terrena, se contenta con una paz ficticia, con una tranquilidad solo exterior a la que pide la salvaguardia del máximo bienestar material que puede alcanzarse con el mínimo esfuerzo. De este modo construye una paz imperfecta e inestable, pues no está radicada en la dignidad de la persona humana, hecha a imagen y semejanza de Dios y llamada a la filiación divina. Vosotros jamás tenéis que contentaros con estos sucedáneos de paz; sería un grave error, cuyo fruto produciría la más amarga de las desilusiones. Ya lo anunció Jesucristo poco antes de la Ascensión al cielo cuando dijo a sus discípulos: La paz os dejo, mi paz os doy; no como el mundo la da os la doy yo” (Jn 14, 27).
“Existen, por tanto, dos tipos de paz: la que los hombres son capaces de construir por sí solos, y la que es don de Dios; (...) la que viene impuesta por el poder de las armas y la que nace del corazón. La primera es frágil e insegura, podría llamarse una mera apariencia de paz porque se funda en el miedo y en la desconfianza. La segunda, por el contrario, es una paz fuerte y duradera porque, al fundarse en la justicia y en el amor, penetra en el corazón; es un don que Dios concede a quienes aman su ley (Cfr. Sal 119, 165)”18.
Si somos hombres y mujeres que tienen la verdadera paz en su corazón estaremos mejor capacitados para vivir como hijos de Dios y viviremos mejor la fraternidad con los demás. También, en la medida en que nos sintamos hijos de Dios, seremos personas de una paz inalterable.
La filiación divina es el fundamento de la paz y de la alegría del cristiano. En ella encontramos la protección que necesitamos, el calor paternal y la confianza ante el futuro. Vivimos confiados en que detrás de todos los azares de la vida hay siempre una razón de bien: todas las cosas contribuyen al bien de los que aman a Dios19, decía San Pablo a los primeros cristianos de Roma.
La consideración de nuestra filiación divina nos ayudará a ser fuertes ante las dificultades. “No os asustéis, ni temáis ningún daño, aunque las circunstancias en que trabajéis sean tremendas (...). Las manos de Dios son igualmente poderosas y, si fuera necesario, harían maravillas”20. Estamos bien protegidos.
Intentemos, pues, en estos días de Adviento, fomentar la paz y la alegría, superando los obstáculos; aprendamos a encontrar al Señor en todas las cosas, también en los momentos difíciles. “Buscad el rostro de Aquel que habita siempre, con presencia real y corporal, en su Iglesia. Haced, al menos, lo que hicieron los discípulos. Tenían solo una fe débil, no poseían gran confianza ni paz, pero al menos no se separan de Cristo (...). No os defendáis de Él, antes bien, cuando estéis en un apuro acudid a Él, día tras día, pidiéndole fervorosamente y con perseverancia aquello que solo Él puede otorgar (...). Así, aunque observe tanta falta de firmeza en vosotros, que no debía existir, se dignará increpar a los vientos y al mar, y dirá:Calma, estad tranquilos. Y habrá una gran paz”21.
Santa María, Reina de la paz, nos ayudará a tener paz en nuestros corazones, a recuperarla si la hubiéramos perdido, y a comunicarla a quienes nos rodean. Como ya se acerca la festividad de la Inmaculada, nos esforzaremos por acudir a Ella durante todo el día, teniéndola más presente en nuestro trabajo y ofreciéndole alguna muestra especial de cariño.
1 Lev 26, 6. — 2 Is 26, 12. — 3 Lc 2, 14. — 4 Antífona en la Liturgia de las horas. — 5 Cfr. Is11, 1-10. — 6 Is 9, 6. — 7 Lc 24, 36. — 8 Hech 10, 36. — 9 Jn 14, 27. — 10 Conc. Vat. II, Const. Gaudium et spes, 78. — 11 Ef 2, 14. — 12 Juan Pablo II, Discurso al UNIV-86, Roma 24-III-1986. — 13 San Juan Crisóstomo, Homilía sobre San Mateo, 15, 4. — 14 Prov 13, 10. — 15 Juan Pablo II, Hom. Parroquia de S. Ignacio de A., Roma 16-III-1980. — 16 Cfr. Mt 5, 9. — 17 San Juan Crisóstomo, Homilías sobre San Mateo, 15, 4. — 18 Juan Pablo II, Discurso al UNIV-86, Roma 24-III-1986. — 19 Rom 8, 28. — 20 San Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, 105. — 21 J. H. Newman, Sermón para el domingo IV de Epifanía, 1848. _________________________________________________________________________________________________________________________________
lunes, 2 de diciembre de 2013
Frases del Santo Padre Pío de Pietrelcina
"Ruega a Dios por los pastores, predicadores y guías de las almas para que, salvándose a si mismos, procuren fructíferamente la salvación de las almas."
(Santo Padre Pio de Pietrelcina)
Mes de María - 26º Día - Santificación del Domingo
DÍA VEINTISÉIS (2/DIC)
Santificación del Domingo
CONSIDERACIÓN. – Dios
nos ha ordenado consagrarle un día de cada semana y entregarnos al reposo, en
memoria de Aquél que ha querido tomarlo, después de haber cumplido la obra de
la Creación.
La Escritura Santa
nos habla de la severidad con la cual los judíos guardaban el sábado,
equivalente a nuestro domingo.
La Sagrada Familia
fue en esto también un modelo de perfección cumplida.
¡Ay! en nuestra
época, esta ley tan sabia, que tiene por objeto no solamente hacernos
glorificar a Dios, sino también obligarnos a tomar un reposo necesario al
cuerpo después de seis días de trabajo, es a menudo violada, aún entre los
cristianos.
Si nos abstenemos
de trabajar ¿hacemos del verdaderamente del domingo un día de plegarias? ¿Asistimos siempre a
Misa o a los oficios religiosos?
Sin duda, Dios nos
permite algunas honestas diversiones, pero a condición de que no se vuelvan las
únicas ocupaciones de un día que es el suyo: Nos quejamos durante la semana de
no tener tiempo para pensar en las cosas de Dios, salvo para cumplir los actos
de la mañana, oraciones de la noche, etc. Que al menos el domingo sea empleado
en una sola ocupación: la ocupación esencial para nosotros: la de nuestra
salvación.
EJEMPLO. –
Diocleciano había prohibido a los cristianos, bajo pena de muerte, asistir los
domingos a los oficios divinos. No obstante, San Saturnino, Santa Victoria y
muchos otros santos de África, no se dejaron atemorizar con estas amenazas.
Cuando se
apoderaron de sus personas, los torturaron, los desgarraron, pero en medio de
estos suplicios declararon con firmeza que la asistencia a los oficios del domingo
era un deber indispensable y que quien lo descuidase, se hacía culpable de un
crimen enorme.
En cuanto a
nosotros, hagamos lo posible por cumplirlos. Jamás faltemos a las asambleas
religiosas. Seamos fieles al precepto divino. ¡Deba nuestra fidelidad costarnos
la vida!
Estos santos
murieron en prisión, de las heridas recibidas, el año 304.
PLEGARIA DE SANTO
TOMÁS DE AQUINO. - ¡Oh Bienaventurada y dulcísima Virgen María, Madre de Dios,
Reina de los Ángeles, he aquí que yo me acojo en el seno de vuestra bondad,
recomendándoos este día y todos los días de mi vida, mi cuerpo, mi alma, todas
mis acciones, mis pensamientos, mis deseos, toda mi vida y el fin de mis días,
a fin de que, por vuestra intercesión, ellos tiendan todos al bien, según la
voluntad de Nuestro Señor Jesucristo. Así sea.
PROPÓSITO. – Santificaré el domingo asistiendo a los
oficios y jamás bajo ningún pretexto me entregaré al trabajo.
JACULATORIA. – Oh
María, vaso insigne de devoción, rogad por nosotros.
PLEGARIA DE SAN
BERNARDO, PARA TODOS LOS DÍAS. – Acordaos, ¡oh piadosísima Virgen María, que
jamás se ha oído decir que ninguno de aquellos que han acudido a vuestra
protección e implorado vuestro socorro, haya sido abandonado. Animado con tal
confianza, acudo a Vos ¡oh dulce Virgen de las vírgenes! me refugio a vuestros
pies, gimiendo bajo el peso de mis pecados. No despreciéis, ¡oh Madre del
Verbo!, mis humildes plegarias; antes bien, oídlas benignamente y cumplidlas.
Así sea.
JACULATORIA. – Oh
María, sin pecado concebida, rogad por nosotros que recurrimos a Vos.
Evangelio - Lunes 1º Semana de Adviento
Lectura del santo Evangelio según san Mateo 8, 5-11
Gloria a ti, Señor.
En aquel tiempo, al entrar Jesús en Cafarnaún, se le acercó un oficial romano suplicándole:
"Señor, tengo en casa un criado paralítico que sufre terriblemente".
Jesús le contestó:
"Yo iré a curarlo".
El oficial romano replicó:
"Señor, yo no soy digno de que entres en mi casa, pero basta que digas una sola palabra y mi criado quedará sano. Porque yo, que soy un subalterno, tengo soldados a mis ordenes, y si digo a uno de ellos: "¡Ve!", él va; al otro: "¡Ven!", y viene; a mi criado: "¡Haz esto!", y lo hace".
Al oírlo, Jesús se quedó admirado y dijo a los que lo seguían:
"Les aseguro que jamás he encontrado en Israel una fe tan grande. Por eso les digo que vendrán muchos de oriente y occidente y se sentarán con Abrahán, Isaac y Jacob en el banquete del Reino de los cielos".
Palabra del Señor.
Gloria a ti, Señor Jesús.
"Señor, tengo en casa un criado paralítico que sufre terriblemente".
Jesús le contestó:
"Yo iré a curarlo".
El oficial romano replicó:
"Señor, yo no soy digno de que entres en mi casa, pero basta que digas una sola palabra y mi criado quedará sano. Porque yo, que soy un subalterno, tengo soldados a mis ordenes, y si digo a uno de ellos: "¡Ve!", él va; al otro: "¡Ven!", y viene; a mi criado: "¡Haz esto!", y lo hace".
Al oírlo, Jesús se quedó admirado y dijo a los que lo seguían:
"Les aseguro que jamás he encontrado en Israel una fe tan grande. Por eso les digo que vendrán muchos de oriente y occidente y se sentarán con Abrahán, Isaac y Jacob en el banquete del Reino de los cielos".
Palabra del Señor.
Gloria a ti, Señor Jesús.
† Meditación diaria
Adviento. 1ª semana. Lunes
PREPARARNOS PARA RECIBIR A JESÚS
— Alegría del Adviento. Alegría al recibir al Señor en la Sagrada Comunión.
El Salmo 121, que leemos en la Misa de hoy, era un canto de los peregrinos que se acercaban a Jerusalén: Qué alegría –recitaban los peregrinos al aproximarse a la ciudad–cuando me dijeron: “Vamos a la casa del Señor”. Ya están pisando nuestros pies tus umbrales, Jerusalén1.
Esta alegría es imagen también del Adviento, en el que cada día que transcurre es un paso más hacia la celebración del nacimiento del Redentor. Es además imagen de la alegría que experimenta nuestro corazón cuando nos acercamos bien dispuestos a la Sagrada Comunión.
Es inevitable que, junto a esta alegría, nos sintamos cada vez más indignos, a medida que se aproxima el momento de recibir al Señor, y si decidimos hacerlo, es porque Él quiso quedarse bajo las apariencias de pan y de vino precisamente para servir de alimento y, por tanto, de fortaleza para los débiles y enfermos. No se quedó para ser premio de los fuertes, sino remedio de los débiles. Y todos somos débiles y nos encontramos algo enfermos.
Toda preparación debe parecernos poca, y toda delicadeza insuficiente para recibir a Jesús. Así exhortaba San Juan Crisóstomo a sus fieles para que se dispusieran dignamente a recibir la Sagrada Comunión: “¿Acaso no es un absurdo tener tanto cuidado de las cosas del cuerpo que, al acercarse la fiesta, desde muchos días antes prepares un hermosísimo vestido..., y te adornes y embellezcas de todas las maneras posibles, y, en cambio, no tengas ningún cuidado de tu alma, abandonada, sucia, escuálida, consumida de hambre...?”2.
Si alguna vez nos sentimos fríos o físicamente desganados no por eso vamos a dejar de comulgar. Procuraremos salir de este estado ejercitando más la fe, la esperanza y el amor. Y si se tratara de tibieza o de rutina, está en nuestras manos el remover esa situación, pues contamos con la ayuda de la gracia. Pero no debemos confundir otros estados, por ejemplo de cansancio, con la situación de una mediocridad espiritual aceptada o de una rutina que crece por días. Cae en la tibieza el que no se prepara, el que no pone lo que está en su mano para evitar las distracciones cuando Jesús viene a su corazón. Es tibieza acercarse a comulgar manteniendo nuestra imaginación con otras cosas y pensamientos. Tibieza es no dar importancia al sacramento que se recibe.
La digna recepción del Cuerpo del Señor será siempre una oportunidad para encendernos en el amor. “Habrá quien diga: por eso, precisamente, no comulgo más a menudo, porque me veo frío en el amor (...). Y ¿porque te ves frío quieres alejarte del fuego? Precisamente porque sientes helado tu corazón debes acercarte más a menudo a este Sacramento, siempre que alimentes sincero deseo de amor a Jesucristo. Acércate a la Comunión –dice San Buenaventura– aun cuando te sientas tibio, fiándolo todo de la misericordia divina, porque cuanto más enfermo se halla uno, tanta mayor necesidad tiene del médico”3.
Nosotros, al pensar en el Señor que nos espera, podemos cantar llenos de gozo en lo más íntimo de nuestra alma: ¡Qué alegría cuando me dijeron: Vamos a la casa del Señor...!
El Señor se alegra también cuando ve nuestro esfuerzo por estar bien dispuestos para recibirle. Meditemos sobre los medios y el interés que ponemos en preparar la Santa Misa, en evitar las distracciones y desechar la rutina, en que nuestra acción de gracias sea intensa y enamorada, de forma que nos haga estar unidos a Cristo todo el día.
— Señor, yo no soy digno... Prepararnos para recibir al Señor. Imitar en sus disposiciones al Centurión de Cafarnaúm.
El Evangelio de la Misa4 nos trae las palabras de un hombre gentil, un centurión del ejército romano.
Estas palabras están recogidas en la liturgia de la Misa desde muy antiguo, y han servido para la preparación inmediata de la Comunión a los cristianos de todos los tiempos: Domine, non sum dignus —Señor, yo no soy digno.
Los jefes judíos de la ciudad pidieron a Jesús que aliviara la pena de este gentil, curando a un siervo suyo al que estimaba mucho, que estaba a punto de morir5. La razón por la que deseaban favorecerle era que les había construido una sinagoga.
Cuando Jesús estuvo cerca de la casa, el centurión pronunció las palabras que se repiten en todas las Misas (diciendo “alma” en lugar de “siervo”): Señor, yo no soy digno de que entres en mi casa, pero di una sola palabra y mi siervo quedará sano. Una sola palabra de Cristo sana, purifica, alienta y llena de esperanza.
El centurión es un hombre con profunda humildad, generoso, compasivo y con un altísimo concepto de Jesús. Como es gentil, no se atreve a dirigirse personalmente al Señor, sino que envía a otros, que considera más dignos, para que intercedan por él. Fue la humildad, comenta San Agustín, “la puerta por donde el Señor entró a posesionarse del que ya poseía”6.
La fe, la humildad y la delicadeza se unen en el alma de este hombre. Por esto, la Iglesia nos propone su ejemplo y sus mismas palabras como preparación para recibir a Jesús cuando viene a nosotros en la Sagrada Comunión: Señor, yo no soy digno...
La Iglesia nos invita no solo a repetir sus palabras, sino a imitar sus disposiciones de fe, de humildad y de delicadeza. “Queremos decir a Jesús que aceptamos su inmerecida y singular visita, multiplicada sobre la tierra, hasta llegar a nosotros, hasta cada uno de nosotros, y decirle también que nos sentimos atónitos e indignos de tanta bondad, pero felices; felices de que se nos haya concedido a nosotros y al mundo; también queremos decirle que un prodigio tan grande no nos deja indiferentes e incrédulos, sino que pone en nuestros corazones un entusiasmo gozoso, que no debería nunca faltar en los verdaderos creyentes”7.
Es admirable observar cómo aquel centurión de Cafarnaúm quedó doblemente unido al sacramento de la Eucaristía: por las palabras que el sacerdote y los fieles dicen antes de comulgar en la Misa, y porque fue en la sinagoga de Cafarnaúm, que él había construido, donde Jesús dijo por primera vez que debíamos alimentarnos de su Cuerpo para tener vida en nosotros: Este es el pan bajado del cielo –dijo Jesús–; no como el pan que comieron los padres y murieron; el que come este pan vivirá para siempre. Y precisa San Juan: Esto lo dijo enseñando en Cafarnaúm, en la sinagoga8.
— Otros detalles referentes a la preparación del alma y del cuerpo para recibir con fruto este sacramento. La Confesión frecuente.
Prepararnos para recibir al Señor en la Comunión significa en primer lugar recibirle en gracia. Cometería una gravísima ofensa, un sacrilegio, quien fuera a comulgar en pecado mortal. Nunca debemos acercarnos a recibir al Señor si hay una duda fundada de haber cometido un pecado grave de pensamiento, de palabra o de obra. Quien come el pan y bebe el cáliz del Señor indignamente será reo del Cuerpo y de la Sangre del Señor. Por ello, continúa San Pablo: Examínese el hombre a sí mismo y entonces coma el pan y beba el cáliz, pues el que sin discernir come y bebe el Cuerpo del Señor, se come y se bebe su propia condenación9.
“Hay que recordar al que libremente comulga el mandato: Que se examine cada uno a sí mismo (1 Cor 11, 28). Y la práctica de la Iglesia declara que es necesario este examen para que nadie, consciente de pecado mortal, por contrito que se crea, se acerque a la Sagrada Eucaristía sin que haya precedido la Confesión sacramental”10.
“La participación en los beneficios de la Eucaristía depende además de la calidad de las disposiciones interiores, pues los Sacramentos de la nueva ley, al mismo tiempo que actúan ex opere operato, producen un efecto tanto mayor cuanto más perfectas son las condiciones en las que se reciben”11.
De ahí la conveniencia de una esmerada preparación del alma y del cuerpo: deseos de purificación, de tratar con delicadeza este santo sacramento, de recibirlo con la mayor piedad posible. Es una excelente preparación la lucha por vivir en presencia de Dios durante el día, y el hecho mismo de procurar cumplir lo mejor posible nuestros deberes cotidianos, sintiendo, cuando cometemos un error, la necesidad de desagraviar al Señor llenando la jornada de acciones de gracias y de comuniones espirituales Así se hará habitual, poco a poco, que en el trabajo, en la vida de familia, en las diversiones, en cualquier actividad tengamos el corazón puesto en el Señor.
Junto a estas disposiciones interiores, y como su necesaria manifestación, están las del cuerpo: el ayuno prescrito por la Iglesia, las posturas, el modo de vestir, etcétera, que son signos de respeto y reverencia.
Pensemos al terminar nuestra oración cómo recibió María a Jesús después del anuncio del Ángel. Pidámosle que nos enseñe a comulgar “con aquella pureza, humildad y devoción” con que Ella le recibió en su Seno bendito, “con el espíritu y fervor de los Santos”, aunque nos sintamos indignos y poca cosa.
1 Sal 121, 1-2. — 2 San Juan Crisóstomo, Homilía 6; PG 48, 756. — 3 San Alfonso Mª de Ligorio, Práctica del amor a Jesucristo, 2.— 4 Mt 8, 5-13. — 5 Cfr. Lc 7, 1-10. — 6 San Agustín, Sermón 6. — 7 Pablo VI, Homilía, 25-V-67. — 8 Jn 6, 58-59. — 9 1 Cor 11, 27-28. — 10 Pablo VI, Instr. Eucharisticum Mysterium, 37. — 11 San Pío X, Decr. Sacra Tridentina Synodus, 20-XII-1905. ________________________________________________________________________________________________________________________________
Otro comentario: REDACCIÓN evangeli.net
(elaborado a partir de textos de Benedicto XVI) (Città del Vaticano, Vaticano)
Adviento
("adventus"): movimiento de Dios hacia la humanidad
Hoy la comunidad eclesial, mientras se prepara para celebrar el
gran misterio de la Encarnación, está invitada a redescrubrir y profundizar su
relación personal con Dios. La palabra latina "adventus" se refiere a
la venida de Cristo y pone en primer plano el movimiento de Dios hacia la
humanidad, al que cada uno está llamado a responder con la apertura y adhesión
que apreciamos en el centurión.
Al igual que Dios es soberanamente libre al revelarse y entregarse, porque sólo lo mueve el amor, también la persona humana es libre al dar su asentimiento, aunque tenga obligación de darlo: Dios espera una respuesta de amor. Durante estos días la liturgia nos presenta como modelo perfecto de esta respuesta a la Virgen María.
—Santa María, tú mejor que nadie puedes guiarnos a conocer, amar y adorar al Hijo de Dios hecho hombre. Acompáñame para que me prepare con sinceridad de corazón y apertura de espíritu a reconocer en tu Niño de Belén al Hijo de Dios que vino para salvarnos.
Al igual que Dios es soberanamente libre al revelarse y entregarse, porque sólo lo mueve el amor, también la persona humana es libre al dar su asentimiento, aunque tenga obligación de darlo: Dios espera una respuesta de amor. Durante estos días la liturgia nos presenta como modelo perfecto de esta respuesta a la Virgen María.
—Santa María, tú mejor que nadie puedes guiarnos a conocer, amar y adorar al Hijo de Dios hecho hombre. Acompáñame para que me prepare con sinceridad de corazón y apertura de espíritu a reconocer en tu Niño de Belén al Hijo de Dios que vino para salvarnos.
Otro comentario: Rev. D. Joaquim MESEGUER
García (Sant Quirze del Vallès, Barcelona, España)
Os
aseguro que en Israel no he encontrado en nadie una fe tan grande
Hoy, Cafarnaún es nuestra ciudad y nuestro pueblo, donde hay
personas enfermas, conocidas unas, anónimas otras, frecuentemente olvidadas a
causa del ritmo frenético que caracteriza a la vida actual: cargados de
trabajo, vamos corriendo sin parar y sin pensar en aquellos que, por razón de
su enfermedad o de otra circunstancia, quedan al margen y no pueden seguir este
ritmo. Sin embargo, Jesús nos dirá un día: «Cuanto hicisteis a uno de estos mis
hermanos más pequeños, a mí me lo hicisteis» (Mt 25,40). El gran pensador
Blaise Pascal recoge esta idea cuando afirma que «Jesucristo, en sus fieles, se
encuentra en la agonía de Getsemaní hasta el final de los tiempos».
El centurión de Cafarnaún no se olvida de su criado postrado en el lecho, porque lo ama. A pesar de ser más poderoso y de tener más autoridad que su siervo, el centurión agradece todos sus años de servicio y le tiene un gran aprecio. Por esto, movido por el amor, se dirige a Jesús, y en la presencia del Salvador hace una extraordinaria confesión de fe, recogida por la liturgia Eucarística: «Señor, yo no soy digno de que entres en mi casa: di una sola palabra y mi criado quedará curado» (cf. Mt 8,8). Esta confesión se fundamenta en la esperanza; brota de la confianza puesta en Jesucristo, y a la vez también de su sentimiento de indignidad personal, que le ayuda a reconocer su propia pobreza.
Sólo nos podemos acercar a Jesucristo con una actitud humilde, como la del centurión. Así podremos vivir la esperanza del Adviento: esperanza de salvación y de vida, de reconciliación y de paz. Solamente puede esperar aquel que reconoce su pobreza y es capaz de darse cuenta de que el sentido de su vida no está en él mismo, sino en Dios, poniéndose en las manos del Señor. Acerquémonos con confianza a Cristo y, a la vez, hagamos nuestra la oración del centurión.
El centurión de Cafarnaún no se olvida de su criado postrado en el lecho, porque lo ama. A pesar de ser más poderoso y de tener más autoridad que su siervo, el centurión agradece todos sus años de servicio y le tiene un gran aprecio. Por esto, movido por el amor, se dirige a Jesús, y en la presencia del Salvador hace una extraordinaria confesión de fe, recogida por la liturgia Eucarística: «Señor, yo no soy digno de que entres en mi casa: di una sola palabra y mi criado quedará curado» (cf. Mt 8,8). Esta confesión se fundamenta en la esperanza; brota de la confianza puesta en Jesucristo, y a la vez también de su sentimiento de indignidad personal, que le ayuda a reconocer su propia pobreza.
Sólo nos podemos acercar a Jesucristo con una actitud humilde, como la del centurión. Así podremos vivir la esperanza del Adviento: esperanza de salvación y de vida, de reconciliación y de paz. Solamente puede esperar aquel que reconoce su pobreza y es capaz de darse cuenta de que el sentido de su vida no está en él mismo, sino en Dios, poniéndose en las manos del Señor. Acerquémonos con confianza a Cristo y, a la vez, hagamos nuestra la oración del centurión.
domingo, 1 de diciembre de 2013
Mes de María - 25º Día - La Iglesia
DÍA VEINTICINCO (1/DIC)
La Iglesia
CONSIDERACIÓN. –
Nuestro Señor ha descendido a la tierra no solamente para salvar a la humanidad
con sus sufrimientos y muerte, sino también para fundar la Iglesia, esa
sociedad de fieles que hacen profesión de una misma fe. Dio las direcciones a
San Pedro, a los apóstoles y a sus sucesores.
Nosotros tenemos la
felicidad de haber nacido en su seno. Nuestros sacerdotes, nuestros Obispos y
nuestro muy Santo Padre el Papa, son, aquí abajo, los representantes de Jesús y
los continuadores de su obra. Nosotros les debemos un gran respeto y una entera
sumisión.
La Iglesia es una
familia de la cual Jesús es el jefe y nosotros los miembros. El verdadero
cristiano ama a la Iglesia; su corazón se entristece cuando es perseguida por
los malvados y sus sacerdotes calumniados.
El cristiano sabe
que el Sacerdote es amigo del desgraciado, socorro del pecador y lo rodea de
toda clase de respetos.
La Santísima Virgen
amaba a la Iglesia. En los años que siguieron a la Ascensión de su Divino Hijo,
San Pedro y los otros apóstoles, continuamente le pedían consejos y solicitaban
sus plegarias. Pidámosle que sea siempre la protectora de los cristianos y
obtenga de su Divino Hijo, el triunfo de la Iglesia.
EJEMPLOS. – Sobre
todo en las épocas en que la Iglesia es perseguida, la fe de los fieles y su
consagración, deben manifestarse por sus obras.
En los primeros
siglos del cristianismo vemos a hombres venerables como Pudente, príncipe del
senado romano; a mujeres de alta posición como Priscila, su esposa, emplear su
oro y su celo en la propagación de la fe.
Cuando fueron
muertos, dos jóvenes, sus hijas, las jóvenes Pudenciana y Práxedes, vendieron
sus villas y pusieron el importe con todos sus demás bienes a la disposición de
San Pedro, para la propagación de la fe, alivio de los pobres y servicio de la
Iglesia, mientras que ellas se retiraban a una humilde buhardilla, para llevar
una vida toda de caridad y plegarias.
Así, en nuestro
siglo mismo hemos visto a valerosos jóvenes, dejar, al primer llamado, a sus
familias y sus países para ir a derramar su sangre por la defensa de la
Iglesia, alentados en este supremo sacrificio, por madres verdaderamente
cristianas. Una de ellas, al enterarse de la pérdida de su hijo único, muerto
en Monte Libretti, llevó su heroísmo al punto de lamentar no tener un segundo
hijo que pudiera reemplazar, en el ejército de la Santa Sede, a aquel que
acababa de perecer gloriosamente.
Citamos aún la
consagración de esa pobre sirvienta, quien, llevando a un ministro del Señor
sus ganancias de un año, para ser enviadas al Santo Padre, despojado por los
enemigos de la Iglesia, dijo simplemente:
-¿Los hijos no
deben, acaso, ayudar a su Padre?
PLEGARIA DE SAN
GERMÁN. – Acordaos de vuestros servidores, Virgen santa, inspirad sus
plegarias, conservadles la fe, llamad los pueblos a la unidad de la Iglesia;
haced que reine la paz en el mundo, libradnos de los peligros que nos rodean y obtenednos un día la recompensa
eterna. Así sea.
PROPÓSITO. – Rezaré cada día por el triunfo de la
Iglesia.
JACULATORIA. –
María, Torre de David, rogad por nosotros.
PLEGARIA DE SAN
BERNARDO, PARA TODOS LOS DÍAS. – Acordaos, ¡oh piadosísima Virgen María, que
jamás se ha oído decir que ninguno de aquellos que han acudido a vuestra
protección e implorado vuestro socorro, haya sido abandonado. Animado con tal
confianza, acudo a Vos ¡oh dulce Virgen de las vírgenes! me refugio a vuestros
pies, gimiendo bajo el peso de mis pecados. No despreciéis, ¡oh Madre del
Verbo!, mis humildes plegarias; antes bien, oídlas benignamente y cumplidlas.
Así sea.
JACULATORIA. – Oh
María, sin pecado concebida, rogad por nosotros que recurrimos a Vos.
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