jueves, 26 de abril de 2012

Evangelio - Viernes 3° Semana de Pascua


† Lectura del santo Evangelio según san Juan (6, 52-59)
Gloria a ti, Señor.
En aquel tiempo, los judíos se pusieron a discutir entre sí:
“¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?”
Jesús les dijo:
“Yo les aseguro: Si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no podrán tener vida en ustedes. El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna y yo lo resucitaré el último día.
Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí y yo en él. Como el Padre, que me ha enviado, posee la vida y yo vivo por él, así también el que me come vivirá por mí.
Este es el pan que ha bajado del cielo; no es como el maná que comieron sus padres, pues murieron. El que come de este pan vivirá para siempre”.
Esto lo dijo Jesús enseñando en la sinagoga de Cafarnaúm.
Palabra del Señor.
Gloria a ti, Señor Jesús.

† Meditación diaria

Pascua. 3ª semana. Viernes
COMUNIÓN DE LOS SANTOS

— Comunidad de bienes espirituales. El “tesoro de la Iglesia”.

San Pablo hace referencia en sus escritos al hecho fundamental de su vida, que leemos en la Primera lectura de la Misa. Quedaría grabado para siempre en su alma: Cuando estaba de camino, sucedió que, al acercarse a Damasco, se vio rodeado de una luz del cielo. Y al caer a tierra oyó una voz que decía: Saulo, ¿por qué me persigues? Él contestó: ¿Quién eres, Señor? Y Él: Yo soy Jesús, a quien tú persigues1. En esta primera revelación, Jesús se muestra personal e íntimamente unido a sus discípulos, a quienes Pablo perseguía.
Más tarde, en la doctrina del Cuerpo Místico de Cristo, uno de los temas centrales de su predicación, mostrará esta unión profunda de los cristianos entre sí, por estar unidos a la Cabeza, Cristo: si padece un miembro, todos los miembros padecen con él; y si un miembro es honrado todos los otros a una se gozan2.
Esta fe inquebrantable en la unión de los fieles entre sí, llevaba al Apóstol a pedir oraciones a los primeros cristianos de Roma, a quienes aún no conocía personalmente, para salir bien librado de los incrédulos que iba a encontrar en Judea3. Se sentía muy unido a sus hermanos en la fe, a quienes llamaba santos en sus cartas: Pablo y Timoteo, siervos de Jesucristo, a todos los santos en Cristo Jesús, que están en Filipos4. Desde los primeros tiempos de la Iglesia, los cristianos, al rezar el Símbolo Apostólico, han profesado como una de las principales verdades de la fe: Creo en la Comunión de los Santos. Consiste en una comunidad de bienes espirituales de los que todos se benefician. No es una participación de bienes de este mundo, materiales, culturales, artísticos, sino una comunidad de bienes imperecederos, con los que nos podemos prestar unos a otros una ayuda incalculable. Hoy, ofreciendo al Señor nuestro trabajo, nuestra oración, nuestra alegría y nuestras dificultades, podemos hacer mucho bien a personas que están lejos de nosotros y a la Iglesia entera.
“Vivid una particular Comunión de los Santos: y cada uno sentirá, a la hora de la lucha interior, lo mismo que a la hora del trabajo profesional, la alegría y la fuerza de no estar solo”5. Santa Teresa, consciente de los estragos que hacían los errores protestantes dentro de la Iglesia, sabía también de este apoyo que nos podemos prestar los unos a los otros: “Porque andan ya las cosas del servicio de Dios tan flacas –decía la Santa– que es menester hacerse espaldas unos a otros los que le sirven para ir adelante”6, y siempre se vivió esta doctrina en el seno de la Iglesia7.
“¿Qué significa para mí la Comunión de los Santos? Quiere decir que todos los que estamos unidos en Cristo –los santos del Cielo, las almas del Purgatorio y los que aún vivimos en la tierra– debemos tener consciencia de las necesidades de los demás.
“Los santos del Cielo (...) deben amar las almas que Jesús ama, y el amor que tienen por las almas del Purgatorio y las de la tierra, no es un amor pasivo. Los santos anhelan ayudar a esas almas en su caminar hacia la gloria, cuyo valor infinito son capaces de apreciar ahora como no podían antes. Y si la oración de un hombre bueno de la tierra puede mover a Dios, ¡cómo será la fuerza de las oraciones que los santos ofrecen por nosotros! Son los héroes de Dios, sus amigos íntimos, sus familiares”8.

— Se extiende a todos los cristianos. Resonancia incalculable de nuestras buenas obras.

 La Comunión de los Santos se extiende hasta los cristianos más abandonados: por más solo que se encuentre un cristiano, sabe muy bien que jamás muere solo: toda la Iglesia está junto a él para devolverlo a Dios, que lo creó.
Pasa a través del tiempo. Cada uno de los actos que realizamos en la caridad tiene repercusiones ilimitadas. En el último día nos será dado el comprender las resonancias incalculables que han podido tener, en la historia del mundo, las palabras, o las acciones, o las instituciones de un santo, y también las nuestras.
Todos nos necesitamos, todos nos podemos ayudar; de hecho, estamos participando continuamente de los bienes espirituales comunes de la Iglesia. En este momento alguien está rezando por nosotros, y nuestra alma se vitaliza por el sufrimiento, el trabajo o la oración de personas que quizá desconocemos. Un día, en la presencia de Dios, en el momento del juicio particular, veremos esas inmensas aportaciones que nos mantuvieron a flote en muchos casos y, en otros, nos ayudaron a situarnos un poco más cerca de Dios.
Si somos fieles, también contemplaremos con inmenso gozo cómo fueron eficaces en otras personas todos nuestros sacrificios, trabajos, oraciones; incluso lo que en aquel momento nos pareció estéril y de poco interés. Quizá veremos la salvación de otros, debida en buena parte a nuestra oración y mortificación, y a nuestras obras.
De modo particular, vivimos y participamos de esta comunión de bienes en la Santa Misa. La unidad de todos los miembros de la Iglesia, también de los más lejanos, se perfecciona cada día en torno al Cuerpo del Señor, que se ofrece por su Iglesia y por toda la humanidad. “Todos los cristianos, por la Comunión de los Santos, reciben las gracias de cada Misa, tanto si se celebra ante miles de personas o si ayuda al sacerdote como único asistente un niño, quizá distraído”9.
San Gregorio Magno expone con gran sentido gráfico y pedagógico esta eficacia maravillosa de la Santa Misa. “Me parece –dice el Santo Doctor en una de sus homilías– que muchos de vosotros sabéis el hecho que os voy a recordar. Se cuenta que no ha mucho tiempo sucedió que cierto hombre fue hecho prisionero por sus enemigos y conducido a un punto lejano de su patria. Y como estuviese allí mucho tiempo y su mujer no le viera venir de la cautividad, le juzgó muerto, y como tal ofrecía por él sacrificios todas las semanas. Y cuantas veces su mujer ofrecía sacrificios por la absolución de su alma, otras tantas se le desataban las cadenas de su cautiverio. Vuelto más tarde a su pueblo, refirió con admiración a su mujer cómo las cadenas que le sujetaban en su calabozo se desataban por sí solas en determinados días de cada semana. Considerando su mujer los días y horas en que esto sucediera, reconoció que quedaba libre cuando era ofrecido por su alma el Santo Sacrificio, según ella pudo recordar”10. Muchas cadenas se nos rompen cada día gracias a las oraciones de otros.

— Las indulgencias.

La unidad invisible de la Iglesia tiene múltiples manifestaciones visibles. Momento privilegiado de esta unidad tiene lugar en el sacramento que recibe precisamente el nombre de Comunión, en ese augusto Sacrificio que es uno en toda la tierra. Uno es el Sacerdote que lo ofrece, una la Víctima, uno el pueblo que también lo ofrece, uno el Dios a quien se ofrece, uno el resultado de la ofrenda: Porque el pan es uno, somos muchos un solo cuerpo, pues todos participamos de ese único pan11. Lo mismo que este pan era ayer todavía un puñado de granos sueltos, así los cristianos, en la medida de su unión con Cristo, se funden en un solo cuerpo, aunque provengan de lugares y condiciones bien diversas. “En el sacramento del pan eucarístico –afirma el Concilio Vaticano II– se representa y se reproduce la unidad de los fieles”12. Es “el sacramento de la caridad”13, que reclama la unión entre los hermanos.
Es también verdad de fe que esta comunión de bienes espirituales existe entre los fieles que constituyen la Iglesia triunfante, purgante y militante. Podemos encomendarnos y recibir ayuda de los santos (canonizados o no) que están ya en el Cielo, de los ángeles, de las almas que se purifican todavía en el Purgatorio (a las que podemos ayudar a aligerar su carga desde la tierra) y de nuestros hermanos que, como nosotros, peregrinan hacia la patria definitiva.
Cuando cumplimos el piadoso deber de rezar y ofrecer sufragios por los difuntos, hemos de tener especialmente en cuenta a aquellos con los que mantuvimos en la tierra unos vínculos más fuertes: padres, hermanos, amigos, etcétera. Ellos cuentan con nuestras oraciones. La Santa Misa es, también, el sufragio más importante que podemos ofrecer por los difuntos.
En este dogma de la Comunión de los Santos se basa la doctrina de las indulgencias. En ellas, la Iglesia administra con autoridad las gracias alcanzadas por Cristo, la Virgen y los Santos; bajo ciertas condiciones, emplea esas gracias para satisfacer por la pena debida por nuestros pecados y también por lo que deben satisfacer las almas que están en el Purgatorio.
La doctrina acerca de este intercambio de bienes espirituales debe ser para nosotros un gran estímulo para cumplir con fidelidad nuestros deberes, para ofrecer a Dios todas las obras, y orar con devoción, sabiendo que todos los trabajos, enfermedades, contrariedades y oraciones constituyen una ayuda formidable para los demás. Nada de lo que hagamos con rectitud de intención se pierde. Si viviéramos mejor esta realidad de nuestra fe, nuestra vida estaría llena de frutos.
“Un pensamiento que te ayudará, en los momentos difíciles: cuanto más aumente mi fidelidad, mejor contribuiré a que otros crezcan en esta virtud. —¡Y resulta tan atrayente sentirnos sostenidos unos por otros!”14.
Puede impulsarnos a vivir mejor este día el recordar que alguien está intercediendo por nosotros en este instante, y que alguno espera nuestra oración para salir adelante de una mala situación, o para decidirse a seguir más de cerca al Señor.
1 Hech 9, 3-5. — 2 1 Cor 12, 26. — 3 Rom 15, 30-31. — 4 Flp 1, 1. — 5 San Josemaría Escrivá, Camino, n. 545. — 6 Santa Teresa, Vida, 7-8. — 7 Cfr. San Ignacio de Antioquía, Carta a los Efesios, 2, 2-5; San Cipriano,Carta 60; San Clemente, Carta a los Corintios, 36, 1 ss; San Ambrosio, Trat. sobre Caín y Abel, 1 ss.  8 L. J. Trese, La fe explicada, Rialp, Madrid 1975, pp. 201-202. — 9 San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, 89. — 10 San Gregorio Magno, Hom. sobre los Evangelios, 37. — 11 1 Cor 10, 17. — 12 Conc. Vat. II, Const. Lumen gentium, 3. — 13 Santo Tomás, Suma Teológica, 3, q. 73, a. 3. — 14 San Josemaría Escrivá, Surco, n. 948.

Otro comentario:

Comentario: Rev. D. Àngel CALDAS i Bosch (Salt, Girona, España)
«En verdad, en verdad os digo: si no coméis la carne del Hijo del hombre, y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros»
Hoy, Jesús hace tres afirmaciones capitales, como son: que se ha de comer la carne del Hijo del hombre y beber su sangre; que si no se comulga no se puede tener vida; y que esta vida es la vida eterna y es la condición para la resurrección (cf. Jn 6,53.58). No hay nada en el Evangelio tan claro, tan rotundo y tan definitivo como estas afirmaciones de Jesús.

No siempre los católicos estamos a la altura de lo que merece la Eucaristía: a veces se pretende “vivir” sin las condiciones de vida señaladas por Jesús y, sin embargo, como ha escrito Juan Pablo II, «la Eucaristía es un don demasiado grande para admitir ambigüedades y reducciones».

“Comer para vivir”: comer la carne del Hijo del hombre para vivir como el Hijo del hombre. Este comer se llama “comunión”. Es un “comer”, y decimos “comer” para que quede clara la necesidad de la asimilación, de la identificación con Jesús. Se comulga para mantener la unión: para pensar como Él, para hablar como Él, para amar como Él. A los cristianos nos hacía falta la encíclica eucarística de Juan Pablo II, La Iglesia vive de la Eucaristía. Es una encíclica apasionada: es “fuego” porque la Eucaristía es ardiente.

«Vivamente he deseado comer esta Pascua con vosotros antes de padecer» (Lc 22,15), decía Jesús al atardecer del Jueves Santo. Hemos de recuperar el fervor eucarístico. Ninguna otra religión tiene una iniciativa semejante. Es Dios que baja hasta el corazón del hombre para establecer ahí una relación misteriosa de amor. Y desde ahí se construye la Iglesia y se toma parte en el dinamismo apostólico y eclesial de la Eucaristía. 

Estamos tocando la entraña misma del misterio, como Tomás, que palpaba las heridas de Cristo resucitado. Los cristianos tendremos que revisar nuestra fidelidad al hecho eucarístico, tal como Cristo lo ha revelado y la Iglesia nos lo propone. Y tenemos que volver a vivir la “ternura” hacia la Eucaristía: genuflexiones pausadas y bien hechas, incremento del número de comuniones espirituales... Y, a partir de la Eucaristía, los hombres nos parecerán sagrados, tal como son. Y les serviremos con una renovada ternura.










Devocionario Eucarístico - Betania - 8° Parte


Al que tiene fe le basta la Palabra del Señor: no necesita ver para creer (Juan 20,27-29). Aunque nuestra inteligencia no alcance, confiamos en Su Palabra: “esto es mi cuerpo”... “esto es mi sangre” (Mateo 26,26-28).
Aún así, Jesús quiso demostrarnos mediante este Milagro Eucarístico que en cada Misa y en cada Sagrario de la Tierra se encuentra Él realmente presente en el Santísimo Sacramento Eucarístico, con Su Carne y Sangre, Humanidad y Divinidad. Allí está Su Corazón traspasado de amor por los hombres, recibiendo indiferencias y desprecios, ofensas y sacrilegios de aquellos por los que sufrió hasta la muerte en la cruz.
Es manifestación del amor mas sublime que existe. Solo Nuestro Señor, nos ama de esta forma. El Señor nos sigue dando Su Sangre y Su Cuerpo todos los días en la Eucaristía para sanarnos, liberarnos y sustentarnos, como Él mismo dijo: 'El que come mi carne y bebe mi sangre tiene la vida eterna y yo le resucitaré el último día. Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida'. (Juan 6,54-56).
...
Virgen de BetaniaBetania es una bella finca ubicada en el estado de Miranda, en Venezuela. En este lugar quiso manifestarse la Santísima Virgen María en el año 1976 trayendo un mensaje de paz y unidad a todos los creyentes y al mundo entero.
El 8 de diciembre de 1991, durante la vigilia del día de la Inmaculada Concepción, mientras el padre Otty Ossa celebraba la Santa Misa en la capilla del santuario de Betania, al momento de la Consagración, la Sagrada Hostia comenzó a sangrar. El padre Otty explica lo ocurrido:
"Partí la Hostia en cuatro partes. Cuando miré el platillo, no podía creer lo que veían mis ojos: Vi una mancha roja formándose en la Hostia y de ella comenzaba a emanar una sustancia roja, de modo similar a la manera que la sangre sale de una perforación. Después de la Misa, tomé la Hostia y la protegí en el santuario. Al día siguiente, a las seis de la mañana, observé la Hostia y encontré que la sangre era fluida y luego empezó a secarse. Sin embargo, hasta hoy, todavía luce fresca. Asombrosamente, la sangre está solamente por un lado, sin pasar al otro lado a través de la excesivamente delgada Hostia".
Una muestra del líquido que manó del centro de la Hostia partida fue analizada en laboratorio, comprobándose que es sangre humana.
La Hostia se conserva en la localidad de Los Teques, en el convento de las Religiosas Agustinas Recoletas del Corazón de Jesús, donde es expuesta para la adoración de los fieles y es visitada por numerosos peregrinos.
Uno de ellos fue el norteamericano Dan Sanford, de New Jersey, que hizo una filmación de la Hostia sangrante en noviembre de 1998. La Hostia Consagrada, Presencia Viva de CristoCopia de dicho video, ya digitalizado, es el que aquí te presentamos y en él se observa cómo la Hostia partida se convierte en una hoguera que despide llamas de fuego de un color muy intenso, luego se ve como una perforación de punción con palpitaciones de un corazón vivo, de la que se ven fluir como pequeños ríos de sangre.
El mensaje de este acontecimiento es, sin lugar a dudas, el de la reafirmación de la Presencia Viva de Jesús en la Eucarístía. En estos tiempos donde muchos corazones se han enfriado y no sienten al Señor en las Hostias Consagradas, el Cielo se manifiesta a través de la Sangre de Cristo visible, presente en el Altar de Finca Betania.
¡Entra en la Presencia del Señor con gratitud y reverencia! Que cada Eucaristía y cada visita al Sagrario sea un encuentro único con el Corazón de Jesús, encuentro con el Dios de Amor, el Dios que se manifiesta misericordioso, compasivo, y a la misma vez, con un Corazón traspasado por los pecados nuestros y de toda la humanidad.

Devocionario Eucarístico - Milagros Eucarísticos- 7° Parte


EL MILAGRO DE LANCIANO

Ver Video

Representación del acontecimiento milagroso"... en todo el mundo se ofrece a mi Nombre tanto el humo del incienso como una ofrenda pura... "-- Profecía de Malaquías 2,11
Lanciano es una pequeña ciudad de Italia, que se encuentra en la costa del Mar Adriático. Aquí se conserva desde hace más de trece siglos el más antiguo y más grande de 400 milagros eucarísticos. Esta es la historia:
Un sacerdote inteligente y entendido en las cosas del mundo, pero débil en la fe, dudaba de la presencia real de Nuestro Señor Jesús en la Eucaristía: ¿Está Jesús realmente presente –no figurativa ni simbólicamente– en la Eucaristía?
Una mañana del año 700, hace más de 1300 años, mientras celebraba la Santa Misa, el sacerdote estaba siendo atacado fuertemente por la duda, y después de haber pronunciado las solemnes palabras de la consagración, vio como la Santa Hostia se convirtió en un círculo de carne y el vino en sangre visible. Se sorprendió y emocionó tanto que se puso a temblar y a llorar incontrolablemente de gozo y agradecimiento.
Relicario en el que hoy pueden verse la Carne y la Sangre como entonces.Estuvo parado por un largo rato, de espaldas a los fieles, como era la Misa en ese tiempo. Después se volteó despacio hacia ellos, diciéndoles: “¡Oh afortunados testigos a quién el Santísimo Dios, para destruir mi falta de fe, ha querido revelárseles Él mismo en este Bendito Sacramento y hacerse visible ante nuestros ojos. Vengan, hermanos y maravíllense ante nuestro Dios tan cerca de nosotros. ¡Contemplen la Carne y la Sangre de Nuestro Amado Cristo!”.
Las personas se apresuraron para ir al altar y, al presenciar el milagro, empezaron a clamar, pidiendo perdón y misericordia. Otras empezaron a darse golpes de pecho, confesando sus pecados, declarándose indignos de presenciar tal milagro. Otros se arrodillaban en señal de respeto y gratitud por el regalo que el Señor les había concedido. Todos contaban la historia por toda la ciudad y por todos los pueblos circunvecinos.
La CarneLa Carne se mantuvo intacta, pero la Sangre se dividió en el cáliz en 5 partículas o bolitas de diferentes tamaños y formas irregulares. Inmediatamente la Hostia y las cinco partículas fueron colocadas en un relicario de marfil, que fue reemplazado en 1713 por el relicario actual, de plata y cristal, en el que hoy pueden verse la Carne y la Sangre como entonces.
En sí mismo, este suceso, certificado documentalmente, es extraordinario. Pero además, la conservación de la Carne y de la Sangre, dejadas al estado natural por espacio de trece siglos y expuestas a la acción de agentes atmosféricos y biológicos, es inexplicable científicamente. Lo normal es que se hubieran desintegrado al cabo de unos cuantos años.
La SangreA través del tiempo, se han hecho muchas investigaciones. En 1574 se descubrió otro fenómeno inexplicable. Las cinco bolitas de Sangre coagulada son de diferentes tamaños y formas, pero cualquier combinación pesa en total lo mismo. En otras palabras, una pesa lo mismo que dos o cinco, dos pesan lo mismo que tres o cuatro, etc.
Análisis realizados en 1991 con absoluto rigor científico, con los instrumentos más avanzados y documentados por una serie de fotografías al microscopio, dieron los siguientes resultados: La Carne pertenece a un corazón humano, estando presentes, en secciones, el miocardio, el endocardio, el nervio vago y, por el relevante espesor del miocardio, el ventrículo izquierdo. La Sangre es sangre humana con todos los componentes de la sangre fresca. Carne y Sangre son del grupo sanguíneo AB, como el presente en la Sábana Santa y otros milagros eucarísticos.
¿Qué decir ante esto? Para que creamos, Jesús nos demuestra mediante este Milagro Eucarístico que en cada Misa y en cada Sagrario de la Tierra se encuentra Él realmente presente en el Santísimo Sacramento de la Eucaristía, Basílica de Lanciano, en donde se conserva la sagrada reliquia.con Su Carne y Sangre, Humanidad y Divinidad. Allí está Su Corazón traspasado de amor por los hombres, recibiendo indiferencias y desprecios, ofensas y sacrilegios de aquellos por los que sufrió hasta la muerte en la cruz.
Es manifestación del amor mas sublime que existe. Solo Nuestro Señor, nos ama de esta forma. El Señor nos sigue dando Su Sangre y Su Cuerpo todos los días en la Eucaristía para sanarnos, liberarnos y sustentarnos, como Él mismo dijo: 'El que come mi carne y bebe mi sangre tiene la vida eterna y yo le resucitaré el último día. Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida'. (Juan 6,54-56).
¡Entra en la Presencia del Señor con gratitud y reverencia! Que cada Eucaristía sea un encuentro único con el Corazón de Jesús, encuentro con el Dios de Amor, el Dios que se manifiesta misericordioso, compasivo, y a la misma vez, con un Corazón traspasado por los pecados nuestros y de la humanidad.

miércoles, 25 de abril de 2012

Evangelio - Jueves 3° Semana de Pascua




† Lectura del santo Evangelio según san Juan (6, 44-51)
Gloria a ti, Señor.
En aquel tiempo, Jesús dijo a los judíos:
“Nadie puede venir a mí, si no lo atrae el Padre, que me ha enviado; y a ése yo lo resucitaré el último día. Está escrito en los profetas:
Todos serán discípulos de Dios.
Todo aquel que escucha al Padre y aprende de él, se acerca a mí. No es que alguien haya visto al Padre, fuera de aquel que procede de Dios. Ese sí ha visto al Padre.
Yo les aseguro: el que cree en mí, tiene vida eterna.
Yo soy el pan de la vida. Sus padres comieron el maná en el desierto y sin embargo, murieron. Este es el pan que ha bajado del cielo para que, quien lo coma, no muera. Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre, y el pan que yo les voy a dar es mi carne para que el mundo tenga vida”.
Palabra del Señor.
Gloria a ti, Señor Jesús.

† Meditación diaria

Pascua. 3ª semana. Jueves
EL PAN QUE DA LA VIDA ETERNA

— El anuncio de la Sagrada Eucaristía en la sinagoga de Cafarnaún. El Señor nos pide una fe viva. Himno Adoro te devote.

 Yo soy el pan de vida. Vuestros padres comieron el maná en el desierto y murieron. Este es el pan que baja del Cielo para que si alguien come de él no muera1. Es el sorprendente y maravilloso anuncio que hizo Jesús en la sinagoga de Cafarnaún, que hoy leemos en el Evangelio de la Misa. Continúa el Señor: Yo soy el pan vivo que ha bajado del Cielo. Si alguno come de este pan vivirá eternamente; y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo2.
Jesús revela el gran misterio de la Sagrada Eucaristía. Sus palabras son de un realismo tan grande que excluyen cualquier otra interpretación. Sin la fe, estas palabras no tienen sentido. Por el contrario, aceptada por la fe la presencia real de Cristo en la Eucaristía, la revelación de Jesús resulta clara e inequívoca, y nos muestra el infinito amor que Dios nos tiene.
Adoro te devote, latens deitas, quae sub his figuris vere latitas: te adoro con devoción, Dios escondido, oculto verdaderamente bajo estas apariencias, decimos con aquel himno a la Sagrada Eucaristía que compuso Santo Tomás y que desde hace siglos fue adoptado por la liturgia de la Iglesia. Es una expresión de fe y de piedad, que puede servirnos para manifestar nuestro amor, porque constituye un resumen de los principales puntos de la doctrina católica sobre este sagrado Misterio.
Te adoro con devoción, Dios escondido..., repetimos en la intimidad de nuestro corazón, despacio, con fe, esperanza y amor. Quienes estaban aquel día en la sinagoga entendieron el sentido propio y realista de las palabras del Señor; de haberlo entendido en un sentido simbólico o figurado no les hubiera causado la extrañeza y confusión que San Juan describe a continuación, y no hubiera sido ocasión de que muchos le dejaran aquel día. Dura es esta enseñanza, ¿quién puede escucharla?3, dicen mientras se marchan. Es dura –sigue siendo dura– para quienes no están bien dispuestos, para quienes no admiten sin sombra alguna que Jesús de Nazaret, Dios, que se hizo hombre, se comunica de este modo a los hombres por amor. Te adoro, Dios escondido, le decimos nosotros en nuestra oración, manifestándole nuestro amor, nuestro agradecimiento y el asentimiento humilde con que le acatamos. Es una actitud imprescindible para acercarnos a este misterio del Amor.
Tibi se cor meum totum subiicit, quia te contemplans totum deficit: a Ti se somete mi corazón por completo y se rinde totalmente al contemplarte. Sentimos necesidad de repetírselo muchas veces al Señor, porque son muchos los incrédulos. También a nosotros, a todos los que queremos seguir al Señor muy de cerca, nos pregunta: ¿También vosotros queréis marcharos?4. Y al ver la desorientación y la confusión en que andan tantos cristianos que se separaron del tronco de la fe, que tienen el alma como adormecida para lo sobrenatural, se reafirma nuestro amor: Tibi se cor meum totum subiicit... Nuestra fe en la presencia real de Cristo en la Eucaristía debe ser muy firme: “creemos que, como el pan y el vino consagrados por el Señor en la Última Cena se convirtieron en su Cuerpo y en su Sangre, que enseguida iban a ser ofrecidos por nosotros en la Cruz, así también el pan y el vino consagrados por el sacerdote se convierten en el Cuerpo y en la Sangre de Cristo, sentado gloriosamente en el Cielo, y creemos que la presencia misteriosa del Señor, bajo la apariencia de aquellos elementos, que continúan apareciendo a nuestros sentidos de la misma manera que antes, es verdadera, real y substancial”5.

— El Misterio de fe. La transubstanciación.

No se pueden mitigar las palabras del Señor: el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo. “Este es el misterio de nuestra fe”, se proclama inmediatamente después de la Consagración en la Santa Misa. Ha sido y es la piedra de toque de la fe cristiana. Por la transubstanciación, las especies de pan y vino “ya no son el pan ordinario y la ordinaria bebida, sino el signo de una cosa sagrada, signo de un alimento espiritual; pero adquieren un nuevo significado y un nuevo fin en cuanto contienen una “realidad”, que con razón denominamosontológica; porque bajo dichas especies ya no existe lo que había antes, sino una cosa completamente diversa (...), puesto que convertida la sustancia o naturaleza del pan y del vino en el Cuerpo y la Sangre de Cristo, no queda ya nada de pan y de vino, sino las solas especies: bajo ellas Cristo todo entero está presente en su realidad física, aun corporalmente, aunque no del mismo modo como los cuerpos están en un lugar”6.
Nosotros miramos a Jesús presente en el Sagrario, quizá a pocos metros, o se nos va el corazón hacia la iglesia más cercana, y le decimos que sabemos, mediante la fe, que Él está allí presente. Creemos firmemente en la promesa que hizo en Cafarnaún y que realizó poco tiempo después en el Cenáculo: Credo quidquid dixit Dei Filius: nihil hoc verbo veritatis verius: creo todo lo que ha dicho el Hijo de Dios: nada es más verdadero que esta palabra de verdad.
Nuestra fe y nuestro amor se deben poner particularmente de manifiesto en el momento de la Comunión. Recibimos a Jesucristo, Pan vivo que ha bajado del Cielo, el alimento absolutamente necesario para llegar a la meta.
En la Sagrada Comunión se nos entrega el mismo Cristo, perfecto Dios y perfecto Hombre; misteriosamente escondido, pero deseoso de comunicarnos la vida divina. Cuando le recibimos en este Sacramento, su Divinidad actúa en nuestra alma, mediante su Humanidad gloriosa, con una intensidad mayor que cuando estuvo aquí en la tierra. Ninguno de aquellos que fueron curados: Bartimeo, el paralítico de Cafarnaún, los leprosos... estuvo tan cerca de Cristo –del mismo Cristo– como lo estamos nosotros en cada Comunión. Los efectos que produce este Pan vivo, Jesús, en nuestra alma son incontables y de una riqueza infinita. La Iglesia lo sintetiza en estas palabras: “todo el efecto que la comida y la bebida material obran en cuanto a la vida del cuerpo, sustentando, reparando y deleitando, eso lo realiza este sacramento en cuanto a la vida espiritual”7.
Oculto bajo las especies sacramentales, Jesús nos espera. Se ha quedado para que le recibamos, para fortalecernos en el amor. Examinemos hoy cómo es nuestra fe; ante tantos abandonos, veamos cómo es nuestro amor, cómo preparamos cada Comunión. Le decimos con Pedro: hemos conocido y creído que Tú eres el Cristo8. Tú eres nuestro Redentor, la razón de nuestro vivir.

— Los efectos de la Comunión en el alma: sustenta, repara y deleita.

La Comunión sustenta la vida del alma de modo semejante a como el alimento corporal sustenta al cuerpo. La recepción de la Sagrada Eucaristía mantiene al cristiano en gracia de Dios, pues el alma recupera las fuerzas del continuo desgaste que sufre debido a las heridas que permanecen en ella por el pecado original y los propios pecados personales. Mantiene la vida de Dios en el alma, librándola de la tibieza; y ayuda a evitar el pecado mortal y a luchar eficazmente contra los pecados veniales.
La Sagrada Eucaristía aumenta también la vida sobrenatural, la hace crecer y desarrollarse. Y a la vez que sacia espiritualmente, da al alma más deseos de los bienes eternos: el que viene a mí no tendrá hambre, y el que cree en mí no tendrá nunca sed9. “La comida material primero se convierte en el que la come y, en consecuencia, restaura sus pérdidas y acrecienta sus fuerzas vitales. La comida espiritual, en cambio, convierte en sí al que la come, y así el efecto propio de este sacramento es la conversión del hombre en Cristo, para que no viva él sino Cristo en él y, en consecuencia, tiene el doble efecto de restaurar las pérdidas espirituales causadas por los pecados y deficiencias, y de aumentar las fuerzas de las virtudes”10.
Por último, la gracia que recibimos en cada Comunión deleita a quien comulga bien dispuesto. Nada se puede comparar a la alegría de la Sagrada Eucaristía, a la amistad y cercanía de Jesús, presente en nosotros. “Jesucristo, durante su vida mortal, no pasó jamás por lugar alguno sin derramar sus bendiciones en abundancia, de lo cual deduciremos cuán grandes y preciosos deben ser los dones de que participan quienes tienen la dicha de recibirle en la Sagrada Comunión; o mejor dicho, que toda nuestra felicidad en este mundo consiste en recibir a Jesucristo en la Sagrada Comunión”11.
La Comunión es “el remedio de nuestra necesidad cotidiana”12, “medicina de la inmortalidad, antídoto contra la muerte y alimento para vivir por siempre en Jesucristo”13. Concede al alma la paz y la alegría de Cristo, y es verdaderamente “un anticipo de la bienaventuranza eterna”14.
Entre todos los ejercicios y prácticas de piedad, ninguno hay cuya eficacia santificadora pueda compararse a la digna recepción de este sacramento. En él no solamente recibimos la gracia, sino el Manantial y la Fuente misma de donde brota. Todos los sacramentos se ordenan a la Sagrada Eucaristía y la tienen como centro15.
Oculto bajo los accidentes de pan, Jesús desea que nos acerquemos con frecuencia a recibirle: el banquete, nos dice, está preparado16. Son muchos los ausentes y Jesús nos espera, a la vez que nos envía a anunciar a otros que también a ellos les aguarda en el Sagrario.
Si se lo pedimos, la Santísima Virgen nos ayudará a ir a la Comunión mejor dispuestos cada día.
1 Jn 6, 48-50. — 2 Jn 6, 51. — 3 Jn 6, 60. — 4 Cfr. Jn 6, 67. — 5 Pablo VI, Credo del Pueblo de Dios, 24. — 6 Pablo VI, Enc. Mysterium fidei, 3-lX-1965. — 7 Conc. de Florencia, Bula Exultate Deo: Dz 1322-698. — 8 Jn 6, 70. — 9 Jn 6, 35. — 10 Santo Tomás, Coment. al libro IV de las Sentencias, d. 12, q. 2, a. 11. — 11 Santo Cura de Ars, Sermón sobre la Comunión. — 12 San Ambrosio, Sobre los misterios, 4. — 13 San Ignacio de Antioquía, Epístola a los efesios, 20. — 14 Cfr. Jn 6, 58; Dz 875. — 15 Cfr. Santo Tomás, Suma Teológica, 3, q. 65, a. 3. — 16 Cfr. Lc 14, 15 ss.


Otro comentario:

Leer el comentario del Evangelio por : 

Santa Teresa de Ávila (1515-1582), carmelita descalza, doctora de la Iglesia 
Camino de Perfección, cap. 33-34 


«Este es el pan, que ha bajado del cielo, el que lo coma no morirá "

        Pues, visto el buen Jesús la necesidad, buscó un medio admirable
adonde nos mostró el extremo de amor que nos tiene, y en su nombre y
en el de sus hermanos, pidió esta petición: El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy, Señor. Por ser nosotros tales y tan inclinados a cosas bajas y de tan poco amor y ánimo, que era menester ver el suyo para despertarnos, y no una vez, sino cada día, que aquí se debía de determinar de quedarse con nosotros...
        He mirado yo cómo en esta petición sola duplica las palabras,
porque dice primero y pide que le deis este pan cada día, y torna a
decir dádnoslo hoy, Señor. Pone también delante a su Padre. Es como
decirle que ya una vez nos le dio para que muriese por nosotros, que ya
nuestro es; que no nos le torne a quitar hasta que se acabe el mundo; que le deje servir cada día. Pues en esta petición, de cada día parece que «para siempre».
Estando yo pensando por qué, después de haber dicho el Señor: cada
día, tornó a decir: dánoslo hoy, ser nuestro cada día, me parece a mí,
porque acá le poseemos en la tierra y le poseeremos también en el cielo, si nos aprovechamos bien de su compañía; El decir hoy me parece es para un día, que es mientras durare el mundo, no más. ¡Y bien un día!
        Y así le dice su Hijo que, pues no es más de un día, se le
deje ya pasar en servidumbre; que pues Su Majestad ya nos le dio y
envió al mundo por sola su voluntad, que Él quiere ahora por la suya
propia no desampararnos, sino estarse aquí con nosotros para más
gloria de sus amigos y pena de sus enemigos. Que no pide más de hoy,
ahora nuevamente; que el habernos dado este pan sacratísimo para
siempre, cierto lo tenemos. Su Majestad nos le dio, como he dicho, este
mantenimiento y maná de la Humanidad, que le hallamos como queremos, y que, si no es por nuestra culpa, no moriremos de hambre.


Otro comentario:



Comentario: Rev. D. Pere MONTAGUT i Piquet (Barcelona, España)

«Yo soy el pan vivo, bajado del cielo»
Hoy cantamos al Señor de quien nos viene la gloria y el triunfo. El Resucitado se presenta a su Iglesia con aquel «Yo soy el que soy» que lo identifica como fuente de salvación: «Yo soy el pan de la vida» (Jn 6,48). En acción de gracias, la comunidad reunida en torno al Viviente lo conoce amorosamente y acepta la instrucción de Dios, reconocida ahora como la enseñanza del Padre. Cristo, inmortal y glorioso, vuelve a recordarnos que el Padre es el auténtico protagonista de todo. Los que le escuchan y creen viven en comunión con el que viene de Dios, con el único que le ha visto y, así, la fe es comienzo de la vida eterna.

El pan vivo es Jesús. No es un alimento que asimilemos a nosotros, sino que nos asimila. Él nos hace tener hambre de Dios, sed de escuchar su Palabra que es gozo y alegría del corazón. La Eucaristía es anticipación de la gloria celestial: «Partimos un mismo pan, que es remedio de inmortalidad, antídoto para no morir, para vivir por siempre en Jesucristo» (San Ignacio de Antioquía). La comunión con la carne del Cristo resucitado nos ha de acostumbrar a todo aquello que baja del cielo, es decir, a pedir, a recibir y asumir nuestra verdadera condición: estamos hechos para Dios y sólo Él sacia plenamente nuestro espíritu.

Pero este pan vivo no sólo nos hará vivir un día más allá de la muerte física, sino que nos es dado ahora «por la vida del mundo» (Jn 6,51). El designio del Padre, que no nos ha creado para morir, está ligado a la fe y al amor. Quiere una respuesta actual, libre y personal, a su iniciativa. Cada vez que comemos de este pan, ¡adentrémonos en el Amor mismo! Ya no vivimos para nosotros mismos, ya no vivimos en el error. El mundo todavía es precioso porque hay quien continúa amándolo hasta el extremo, porque hay un Sacrificio del cual se benefician hasta los que lo ignoran.

IMITACIÓN DE CRISTO - 2° Entrega


Queridos hermanos en Cristo, les mandamos la segunda entrega de Imitación de Cristo.


CAPÍTULO III
De la doctrina de la verdad
Dichoso aquel a quien la Verdad hable:
Bienaventurado aquél a quien la verdad por sí misma enseña, no por figuras y voces pasajeras, sino así como ella es. Nuestra estimación y nuestro sentimiento, a menudo nos engañan, y conocen poco. ¿Qué aprovecha la curiosidad de saber cosas obscuras y ocultas, que de no saberlas no seremos en el día del juicio reprendidos? Gran locura es, que dejadas las cosas útiles y necesarias, entendamos con gusto en las curiosas y dañosas: Teniendo ojos no vemos.
¿Qué se nos da de los géneros y especies?
El Verbo es fuente  de verdad  y de paz:
Aquél a quien habla el Verbo Eterno, de muchas opiniones es libre. De este Verbo salen todas las cosas, y todas predican su unidad, y él es el Principio que nos habla(Jn.8,25): Ninguno entiende o juzga sin Él rectamente. Aquel a quien todas las cosas le fueren uno, y trajeren a uno, y las viere en uno, podrá ser estable y firme de corazón, y permanecer pacífico en Dios.
¡Oh verdadero Dios! Hazme permanecer unido contigo en caridad perpetua. Enójame muchas veces leer y oír muchas cosas; en ti está todo lo que quiero y deseo; callen los doctores; no me hablen las criaturas en tu presencia; háblame Tú solo.
Cuanto más entrare el hombre dentro de sí mismo, y más sencillo fuere su corazón, tanto más y mejores cosas entenderá sin trabajo; porque recibe de arriba la luz de la inteligencia. El espíritu puro, sencillo y constante, no se distrae aunque entienda en muchas cosas; porque todo lo hace a honra de Dios y esfuérzase a estar desocupado en sí de toda curiosidad.
 Qué debemos hacer para adquirir la verdadera ciencia:
 ¿Quién más te impide y molesta, que la afición de tu corazón no mortificada? El hombre bueno y devoto, primero ordena dentro de sí las obras que debe hacer exteriormente, y ellas no le inducen deseos de inclinación viciosa; mas él las sujeta al arbitrio de la recta razón. ¿Quién tiene mayor combate que el que se esfuerza a vencerse a sí mismo? Esto debía ser todo nuestro empeño, para hacernos cada día más fuertes y aprovechar en mejorarnos.
Toda perfección en esta vida tiene consigo cierta imperfección; y toda nuestra especulación no carece de alguna obscuridad. El humilde conocimiento de ti mismo es camino más cierto para llegar a Dios que escudriñar la profundidad de las ciencias. No es de culpar la ciencia, ni cualquier otro conocimiento de lo que, en sí considerado, es bueno y ordenado por Dios; mas siempre se ha de anteponer la buena conciencia y la vida virtuosa. Porque muchos estudian más para saber que para bien vivir, y yerran muchas veces y poco o ningún fruto sacan.
¡Oh! Si tanta diligencia pusiesen en extirpar los vicios y sembrar virtudes, como en mover cuestiones, no se harían tantos males y escándalos en el pueblo, ni habría tanta disolución en los monasterios. Ciertamente, en el día del juicio no nos preguntarán qué leímos, sino qué hicimos; ni cuán bien hablamos, sino cuán santamente vivimos. Dime, ¿dónde están ahora todos aquellos señores y maestros, que tú conociste cuando vivían y florecían en los estudios? Ya ocupan otros sus puestos, y por ventura no hay quien de ellos se acuerde. En su vida algo parecían; mas ya no hay quien hable de ellos.
¡Oh, cuán presto pasa la gloria del mundo! Pluguiera a Dios que su vida concordara con su ciencia, y entonces hubieran estudiado y leído con fruto. ¡Cuántos perecen en el mundo por su vana ciencia, que cuidan poco del servicio de Dios! Y porque eligen ser más grandes que humildes, por eso se hacen vanos en sus pensamientos.
Quién es el verdadero sabio:
Verdaderamente es grande el que tiene gran caridad. Verdaderamente es grande el que se tiene por pequeño y tiene en nada la cumbre de la honra. Verdaderamente es prudente el que todo lo terreno tiene por estiércol por ganar a Cristo(Fil. 8,8). Y verdaderamente es sabio aquél que hace la voluntad de Dios y deja la suya.
CAPÍTULO IV
De la prudencia de las acciones
Cualidades del hombre prudente:
No se debe dar crédito ligeramente a cualquier palabra ni movimiento interior, mas con prudencia y espacio se deben examinar las cosas según Dios. Mucho es de doler que las más veces se cree y se dice el mal del prójimo, más fácilmente que el bien. ¡Tan débiles somos!
 Mas los varones perfectos no creen de ligero cualquier cosa que otros les cuentan; porque saben que la flaqueza humana es presta al mal, y muy deleznable en palabras.
Gran sabiduría es no ser el hombre inconsiderado en lo que ha de obrar, ni tampoco porfiado en su propio sentir. A esta sabiduría también pertenece no dar crédito a cualesquiera palabras de hombres, ni decir luego a los otros lo que se oye o cree.
Como se adquiere la prudencia:
 Toma consejo del hombre sabio y de buena conciencia, y prefiere ser enseñado por otro mejor que tú, que seguir tu parecer. La buena vida hace al hombre sabio según Dios, y experimentado en muchas cosas. Cuanto alguno fuese más humilde y más sujeto a Dios, tanto será en todo más sabio y sosegado en todas las cosas.


Continuará.....

martes, 24 de abril de 2012

Devocionario Eucarístico - 6° Parte


II. MILAGROS EUCARÍSTICOS

Los cristianos sabemos que en el Pan y el Vino consagrados están el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de Jesucristo, y tenemos certeza absoluta porque Jesús -que es Dios- así nos lo dijo. Los sentidos sólo captan los aspectos sensibles, pero nuestra inteligencia no tiene como única fuente de conocimientos lo que se capta por los ojos o por el tacto: hay cosas que sabemos y de las cuales tenemos certeza absoluta que son así en la realidad porque nos las han dicho.
La fe es una fuente de conocimiento muy común en las personas; de hecho casi todo lo que sabemos lo conocemos porque nos lo han contado. Y si el que nos habla es Dios, no hay mayor seguridad de que las cosas son tal y como Él nos las dice, pues la realidad es como Dios la ha pensado y la ha hecho y la verdad tal como Él la dice.
A los discípulos de Jesucristo les parecía increíble que pudieran comer su Cuerpo y beber su Sangre, y por eso, cuando en Cafarnaún les prometió la Eucaristía muchos le abandonaron. Pedro, sin embargo, dijo: ¿A quien iremos? Sólo tú tienes palabras de vida eterna. Aunque nos parezca insólito, sabemos que es así porque Tú lo dices.
La Eucaristía es un premio para los humildes que se fían de lo que Dios dice. Pero además, Dios ha querido hacer algunos milagros a lo largo de los siglos para mostrar que Él puede haberse quedado escondido y vivo en las especies sacramentales. Anotaremos brevemente algunos milagros eucarísticos, pero que quede bien claro que los cristianos creemos no por ellos, pues aunque no se hubieran realizado, creeríamos igualmente.






1. Los corporal Clara y los sarracenos


Corría el año 1240 cuando las tropas del emperador Federico asolaban las tierras de Italia, destruyendo fortalezas y cometiendo toda clase de desmanes. Un viernes de septiembre de aquel año las tropas sarracenas y tártaras rodearon Asís y, una vez en la ciudad, entraron en San Damián hasta el claustro de las religiosas. Éstas, presa de espanto, acudieron entre lágrimas al dormitorio de Clara de Asís, que se encontraba tendida en su pobre lecho gravemente enferma.
Ella les dijo que tuvieran seguridad porque si Dios estaba con ellas los enemigos no las podrían ofender. Pese a estar enferma, pidió a sus hijas que la condujeran al refectorio. Ante la puerta que los enemigos golpeaban con furia desde el otro lado, mandó colocar la cápsula de plata, encerrada en una caja de marfil, donde se guardaba con suma devoción la Sagrada Forma. Y, postrada en tierra, rezó entre lágrimas así: "Señor, guarda Tú a estas siervas tuyas, pues yo no las puedo guardar".
Y he aquí que del relicario que contenía las sagradas Especies salió una voz como la de un niño que pudieron oír con distinción: "Yo siempre os defenderé". Clara añadió: "Mi Señor, protege también, si te place, a esta ciudad que nos sustenta por tu amor". Y la misma voz respondió: "La ciudad sufrirá, mas será defendida por mi poder". Entonces, la virgen Clara, levantando el rostro bañado en lágrimas, confortó a las que lloraban diciéndoles: "Hijas, yo salgo fiadora de que no sufriréis nada malo; basta que confiéis en Cristo". De inmediato, la audacia de los sarracenos, sedientos de sangre cristiana y capaz de los peores crímenes, se convierte en pánico por una fuerza misteriosa, y escapándose de prisa por los muros que habían escalado, huyeron de la ciudad. A continuación Clara conminó a las que habían oído la referida voz, prohibiéndoles con seriedad que, mientras ella viviera, se guardaran absolutamente de revelar el suceso a nadie (cf. I. Ormaechevarría, Escritos de Santa Clara y documentos contemporáneos. BAC).


Evangelio - Miércoles 3° Semana de Pascua - San Marcos


† Lectura del santo Evangelio según san Marcos (16, 15-20)
Gloria a ti, Señor.
En aquel tiempo, se apareció Jesús a los Once y les dijo:
“Vayan por todo el mundo y prediquen el Evangelio a toda creatura. El que crea y se bautice, se salvará; el que se resista a creer, será condenado.
Estos son los milagros que acompañarán a los que hayan creído: arrojarán demonios en mi nombre, hablarán lenguas nuevas, cogerán serpientes en sus manos, y si beben un veneno mortal, no les hará daño; impondrán las manos a los enfermos y éstos quedarán sanos”.
El Señor Jesús, después de hablarles, subió al cielo y está sentado a la derecha de Dios.
Ellos fueron y proclamaron el Evangelio por todas partes, y el Señor actuaba con ellos y confirmaba su predicación con los milagros que hacían.
Palabra del Señor.
Gloria a ti, Señor Jesús.


† Meditación diaria

Pascua. 3ª semana. Miércoles
FRUTOS DE LA CONTRADICCIÓN

— Espíritu apostólico de los primeros cristianos en medio de la persecución. Frutos de la tribulación y de las dificultades.

Después del martirio de San Esteban se originó una persecución contra los cristianos de Jerusalén, lo que dio lugar a que se dispersaran por otras regiones1. La Providencia se sirvió de esta circunstancia para llevar la semilla de la fe a otros lugares que de otro modo hubieran tardado más en conocer a Cristo. Los que se habían dispersado iban de un lugar a otro anunciando la palabra del Evangelio2. “Observad –hace notar San Juan Crisóstomo– cómo, en medio del infortunio, los cristianos continúan la predicación, en vez de descuidarla”3.
El Señor tiene planes más altos, y lo que parecía el fin de la Iglesia primitiva sirvió para su fortalecimiento y expansión. Los mismos perseguidores, que pretendían ahogar la semilla de la fe apenas nacida, fueron la causa indirecta de que muchos otros, a los que hubiera sido difícil llegar por vivir en lugares apartados, conocieran la doctrina de Jesucristo. El espíritu apostólico de los cristianos se pone de manifiesto tanto en las épocas de paz (que fueron la mayoría) como en tiempos de calumnias y de persecución. Jamás cesaron de pregonar la buena nueva que llevaban en el corazón, convencidos de que la doctrina de Jesucristo da la salvación eterna y, además, es la única que puede hacer este mundo más justo y más humano.
El fervor, la firmeza, la coherencia de su fe, su hombría de bien, el trato amable con el que aquellos cristianos de la primera hora trataban a cuantos se relacionaban con ellos, fueron, en incontables ocasiones, el primer impulso para que muchos se sintieran atraídos a la fe.
Aquellos primeros fieles recordarían sin duda –quizá oído de labios de los mismos Apóstoles– lo que el Señor había repetido en distintas ocasiones y de formas diferentes: si el mundo os aborrece, sabed que antes me aborreció a mí4. Y se llenarían de optimismo al saberse con más gracia para afrontar aquellas dificultades y tribulaciones, y con la seguridad de que Dios dispone todas las cosas para el bien de los que le aman5.
Los mismos Apóstoles, junto a las numerosas conversiones, encontraron desde un primer momento oposición y resistencia, pero no les importaba demasiado el ambiente, porque buscaban ante todo la salvación de las almas.
No tienen que sorprender las dificultades, de un signo u otro: Carísimos –nos advierte San Pedro–, cuando Dios os pruebe con el fuego de la tribulación, no os extrañéis, como si os aconteciese una cosa muy extraordinaria6. Y el Apóstol Santiago nos dice: Tened, hermanos míos, por sumo gozo veros rodeados de diversas pruebas7. Son algo de lo que podemos sacar mucho bien. Estas pruebas y contradicciones pueden ser muy diferentes: unas provienen de un ambiente materialista y anticristiano que se opone a que Cristo reine en el mundo (calumnias, discriminación profesional, ambiente sectario anticristiano...); en otras ocasiones el Señor puede permitir enfermedades, un desastre económico, fracasos, falta de frutos en la tarea apostólica después de muchos esfuerzos, incomprensiones...
En cualquier caso, debemos entender en lo más íntimo de nuestra alma que el Señor está muy cerca de nosotros para ayudarnos, con más gracias, a madurar en las virtudes, y para que el apostolado dé su fruto. En esas ocasiones, Dios desea purificarnos como al oro en el crisol, de la misma manera que el fuego lo limpia de su escoria, haciéndolo más auténtico y preciado.

— Fortaleza ante circunstancias difíciles.

Todos los días, en el Templo y en las casas, no cesaban de enseñar y de anunciar el Evangelio de Cristo Jesús8. En esas circunstancias, cuando el ambiente se vuelve más sectario o se aleja más de Dios, deberemos sentir como una llamada del Señor a manifestar con nuestra palabra y con el ejemplo de nuestra vida que Cristo resucitado está entre nosotros, y que sin Él se desquician el mundo y el hombre. Cuando mayor sea la oscuridad, mayor es la urgencia de la luz. Deberemos luchar entonces contra corriente, apoyados en una viva oración personal, fortalecidos por la presencia de Jesucristo en el sagrario. Nuestra lucha interior por alejarnos de todo aburguesamiento debe ser más firme. Es uno de los frutos más grandes que debemos sacar de las contradicciones, sean las que fueren: la necesidad de estar más pendientes del Señor, de ser más generosos en la oración y en el espíritu de sacrificio.
La contradicción nos lleva a purificar bien la intención, realizando las cosas por Dios, sin buscar recompensas humanas.
Si por cobardía, por falta de fortaleza, por no pedir ayuda al Señor, se cediera ante la dificultad, el alma iría retrocediendo en su unión con Dios, se llenaría de tristeza y pondría de manifiesto una vida interior superficial y de poco amor a Dios. El demonio suele aprovechar esas ocasiones para redoblar sus ataques, y el alma puede entonces acercarse más a Dios –uniéndose a la Cruz– o separarse de Él, cayendo en un estado de tibieza, falto de amor y de vibración. Una misma dificultad –una enfermedad, una calumnia, un ambiente adverso...– tiene distinto efecto según las disposiciones del alma. No podemos olvidar que el bien sobrenatural que hemos de alcanzar es un bien arduo, difícil, que exige de nuestra parte una correspondencia decidida, llena de fortaleza. Fortaleza, que es virtud cardinal, angular, que aparta los obstáculos, los temores que podrían retraer la voluntad del seguimiento firme del Señor9. Él siempre da, en todo momento y en toda circunstancia, las gracias necesarias.
Ante las contradicciones del ambiente debemos estar serenos y alegres. Es el mismo gozo de los Apóstoles, que estaban llenos de alegría, porque habían sido dignos de sufrir ultrajes por el nombre de Jesús10. “No se dice que no sufrieron –señala San Juan Crisóstomo–, sino que el sufrimiento les causó alegría. Lo podemos ver por la libertad que acto seguido usaron: inmediatamente después de la flagelación se entregaron a la predicación con admirable ardor”11. “Te traen y te llevan... La fama, ¿qué importa?
“En todo caso, no sientas vergüenza ni pena por ti, sino por ellos: por los que te maltratan”12.

— La unión con Dios en los momentos más costosos.

Cuando sentimos el peso de la Cruz, el Señor nos invita a ir a Él. “Venid, no para rendir cuentas... No temáis al oír hablar de yugo, porque es suave; no temáis si hablo de carga, porque es ligera”13. Y entonces, junto a Cristo, se vuelven amables todas las fatigas, todo lo que puede haber de molesto y difícil en nuestras vidas. El sacrificio, el dolor junto a Cristo no es áspero ni agobiante, sino gustoso. “Todo lo duro... lo hace llevadero el amor (...). ¿Qué no hace el amor? Ved cómo trabajan los que aman: no sienten lo que padecen, aumentan sus esfuerzos según aumentan las dificultades”14.
La unión con Dios a través de las adversidades, de cualquier género que sean, es una gracia de Dios que está dispuesto a concedernos siempre; pero, como todas las gracias, exige el ejercicio de la propia libertad, nuestra correspondencia, el no desechar los medios que pone a nuestro alcance, de modo singular el saber abrir el alma en la dirección espiritual si en alguna ocasión la Cruz nos pareciera más pesada. “No es lo mismo un viento suave que el huracán. Con el primero, cualquiera resiste: es juego de niños, parodia de lucha.
“—Pequeñas contradicciones, escasez, apurillos... Los llevabas gustosamente, y vivías la interior alegría de pensar: ¡ahora sí que trabajo por Dios, porque tenemos Cruz!...
“Pero, pobre hijo mío: llegó el huracán, y sientes un bamboleo, un golpear que arrancaría árboles centenarios. Eso..., dentro y fuera. ¡Confía! No podrá desarraigar tu Fe y tu Amor, ni sacarte de tu camino..., si tú no te apartas de la “cabeza”, si sientes la unidad”15.
El Señor nos espera en el sagrario para animarnos y alentarnos siempre... y para decirnos que lo más pesado de la Cruz lo llevó Él, camino del Calvario. Junto a Él aprendemos a llevar con paz y serenidad aquello que nos resulta más costoso y difícil: “Aunque todo se hunda y se acabe, aunque los acontecimientos sucedan al revés de lo previsto, con tremenda adversidad, nada se gana turbándose. Además, recuerda la oración confiada del profeta: “el Señor es nuestro Juez, el Señor es nuestro Legislador, el Señor es nuestro Rey, Él es quien nos ha de salvar”.
“—Rézala devotamente, a diario, para acomodar tu conducta a los designios de la Providencia, que nos gobierna para nuestro bien”16.
De la persecución que padecieron aquellos primeros fieles en la fe surgieron nuevas conversiones en lugares inesperados. De las dificultades y contradicciones que el Señor permitirá en nuestra vida nacerán incontables frutos de apostolado, nuestro amor se hará fuerte y delicado, y nuestra alma saldrá más purificada de esas pruebas, si las hemos sabido llevar con serenidad y cerca de Cristo. Al terminar nuestra oración le decimos al Señor que queremos buscarle en todas las circunstancias –profesionales, de edad, salud, ambiente...–, favorables unas y otras adversas, y en medio de las dificultades interiores o exteriores que tengamos.
“A la hora del desprecio de la Cruz, la Virgen está allá, cerca de su Hijo, decidida a correr su misma suerte. —Perdamos el miedo a conducirnos como cristianos responsables, cuando no resulta cómodo en el ambiente donde nos desenvolvemos: Ella nos ayudará”17.
1 Hech 8, 1-8. — 2 Hech 8, 4. — 3 San Juan Crisóstomo, Homilías sobre los Hechos de los Apóstoles, 18. — 4 Jn 15, 18. — 5 Cfr. Rom 8, 28. — 6 1 Pdr 4, 12. — 7 Sant 1, 2. — 8 Hech 5, 42. — 9 Cfr. Santo Tomás, Suma Teológica, 2-2, q. 122, a. 3. — 10 Hech 5, 41. — 11 San Juan Crisóstomo, Homilías sobre los Hechos de los Apóstoles, 14. — 12 San Josemaría Escrivá, Surco, n. 241. — 13 San Juan Crisóstomo, Homilías sobre San Mateo, 37, 2. — 14 San Agustín, Sermón 96, 1.  15 San Josemaría Escrivá, Surco, n. 411. — 16 Ibídem, n. 844. — 17 Ibidem, n. 977.



Otra Meditación:

Comentario: Mons. Agustí CORTÉS i Soriano Obispo de Sant Feliu de Llobregat (Barcelona, España)
«Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación»
Hoy habría mucho que hablar sobre la cuestión de por qué no resuena con fuerza y convicción la palabra del Evangelio, por qué guardamos los cristianos un silencio sospechoso acerca de lo que creemos, a pesar de la llamada a la "nueva evangelización". Cada uno hará su propio análisis y apuntará su particular interpretación.

Pero en la fiesta de san Marcos, escuchando el Evangelio y mirando al evangelizador, no podemos sino proclamar con seguridad y agradecimiento dónde está la fuente y en qué consiste la fuerza de nuestra palabra.

El evangelizador no habla porque así se lo recomienda un estudio sociológico del momento, ni porque se lo dicte la "prudencia" política, ni porque "le nace decir lo que piensa". Sin más, se le ha impuesto una presencia y un mandato, desde fuera, sin coacción, pero con la autoridad de quien es digno de todo crédito: « Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación» (Mc 16,15). Es decir, que evangelizamos por obediencia, bien que gozosa y confiadamente. 

Nuestra palabra, por otra parte, no se presenta como una más en el mercado de las ideas o de las opiniones, sino que tiene todo el peso de los mensajes fuertes y definitivos. De su aceptación o rechazo dependen la vida o la muerte; y su verdad, su capacidad de convicción, viene por la vía testimonial, es decir, aparece acreditada por signos de poder en favor de los necesitados. Por eso es, propiamente, una "proclamación", una declaración pública, feliz, entusiasmada, de un hecho decisivo y salvador.

¿Por qué, pues, nuestro silencio? ¿Miedo, timidez? Decía san Justino que «aquellos ignorantes e incapaces de elocuencia, persuadieron por la virtud a todo el género humano». El signo o milagro de la virtud es nuestra elocuencia. Dejemos al menos que el Señor en medio de nosotros y con nosotros realice su obra: estaba «colaborando el Señor con ellos y confirmando la Palabra con las señales que la acompañaban» (Mc 16,20).


Otro comentario:

Beato John Henry Newman (1801-1890), teólogo, fundador de el Oratorio en Inglaterra 
Sermón «Cobardía religiosa»; PPS, vol. 2, n°16 

«Id al mundo entero. Proclamad la Buena Noticia a toda la creación»
        "Robusteced las manos débiles y fortaleced las rodillas vacilantes " (Hb 12,12; Is 35,3)... Llevado por Bernabé y Pablo en su primer viaje apostólico, san Marcos les abandonó rápidamente para volver a Jerusalén (Hch. 15,38). A continuación, fue ayudante de san Pedro en Roma (1P 5,13). Es aquí dónde compuso su evangelio, principalmente después de encontrarse con este apóstol. Después, fue enviado por Pedro a Alejandría en Egipto, donde fundó una Iglesia, una de las más estrictas y de las más poderosas de estos tiempos de los principios... El que abandonó la causa del Evangelio frente a los primeros peligros, se mostró más tarde a un servidor muy resuelto y fiel a Dios, y el instrumento de este cambio parece ser que fue san Pedro, que supo restablecer admirablemente a este discípulo tímido y cobarde.
        Se nos da una lección a través de esta historia: por la gracia de Dios, el más débil, puede llegar a ser fuerte. Pues, no hay que poner la confianza en nosotros mismos, ni jamás despreciar a un hermano que da pruebas de debilidad, ni jamás desesperar de nadie, sino llevar su carga (Ga 6,2) y ayudarle a ir adelante...
La historia de Moisés nos muestra el ejemplo de un temperamento orgulloso e impetuoso, que el Espíritu amaestró hasta el punto de hacerlo un hombre de dulzura excepcional...:" El hombre más humilde que ha habido jamás en la tierra " (Núm. 12,3)... La historia de Marcos demuestra un caso de cambio todavía más raro: el paso de la timidez a la insolencia... Admiremos pues, en el caso de san Marcos, una transformación más asombrosa que la de Moisés: "Gracias a la fe, de débil que era, se volvió vigoroso" (cf He 11,34).