| Actualizado 28 noviembre 2013 Deseos humanos de felicidad |
Todo ser humano…, desde el mismo momento de su nacimiento ya empieza a dar signos de lo que tendrá el día de mañana, una verdadera obsesión por ser feliz, pues quiere estar cómodo y que nada le moleste y además que no le moleste su estómago pidiéndole agua o comida que le quiten esos gases que le incomodan y si no le hacen caso, berrea como un venado en tiempo de celo, queriéndonos decir a los adultos, que él ha venido a este mundo para ser feliz y no está dispuesto a sufrir ni por nada ni por nadie.
Este ansioso deseo de felicidad que tenemos los hombres, es solo propio de nosotros, ningún animal, sabe lo que es la felicidad ni la conoce ni la desean, no tiene miedo a la muerte, ignora todo el mundo de conocimientos o de suposiciones que nosotros tenemos alrededor de la muerte; tema que genera tal categoría de miedo, que para muchas personas es un tema tabú, y no quieren ni oír este terrible o consolador término de muerte. Solo nosotros, tenemos en exclusiva la patente del deseo de adquisición y uso de este producto que nos lleva siempre de cabeza y que se llama deseo de ser feliz.
¿Y esto porque es así? Sencillamente, porque Dios nos crea a imagen y semejanza suya, para ser inmortalmente felices participando de su gloria, como hijos suyos, porque, tal como nos dice San Juan “1¡Miren cómo nos amó el Padre! Quiso que nos llamáramos hijos de Dios, y nosotros lo somos realmente. Si el mundo no nos reconoce, es porque no lo ha reconocido a él. 2 Queridos míos, desde ahora somos hijos de Dios, y lo que seremos no se ha manifestado todavía. Sabemos que cuando se manifieste, seremos semejantes a él, porque lo veremos tal cual es. 3 El que tiene esta esperanza en él, se purifica, así como él es puro”.(1Jn 3,1-3).
Y por lo tanto estamos creados para gozar de una felicidad que ningún ser viviente la conoce, hasta que no alcance la gloria eterna. Una de esas improntas, de esos sellos divinos, con que Dios nos distingue de los animales, es el anhelo, el deseo de felicidad, que tenemos todo ser humano. Buscamos en este mundo, una felicidad, que aquí abajo es imposible de encontrar, porque hay que tener en cuenta, entre otras razones que para que una felicidad sea perfecta, ha de ser eterna, su duración ha de carecer de límites, pues el solo pensamiento de que una felicidad tal como le ocurre a la terrenal, llegará un momento en que se nos acabe nos amarga el disfrute de ella. Y para tratar de encontrar algo que nos sirva de paliativo o calmante al fuego de este deseo de ésa felicidad que llevamos dentro de sí, organizamos nuestra vida y actividad en función de esa búsqueda y si es necesario llegamos algunos a robar o a matar, si fuera necesario. Y cuando nos vamos dando cuenta, de que estamos metidos en una estéril lucha para encontrar una quimera de oro inexistente, la sensación de fracaso nos agobia y nos amarga la vida.
Para dominar correctamente este problema, del cual nadie se escapa, hay que tener en cuenta varias consideraciones. La primera de todas, es tener presente que es la contemplación del Rostro de Dios de donde emana esa felicidad que aquí abajo buscamos y no encontramos. Por lo tanto se trata de una felicidad perteneciente al orden del espíritu pues Dios es Espíritu puro. Lógicamente hemos de abandonar este mundo y ser purificados debidamente si fuera necesario, en el Purgatorio para alcanzar esta dicha. Aquellos que no alcancen esta situación y sean reprobados jamás contemplarán el Rostro de Dios, y a los pesares que se padecen y ellos padecerán en ese mundo de odio y tinieblas llamado infierno, se les añadirá el sufrimiento de no poder ver el Rostros de Dios, lo cual puede ser que ahora les importe un pimiento, porque desconocen la tremenda trascendencia que tiene esta contemplación, pero allí si la comprenderán.
Ahora aquí abajo, podemos luchar por la adquisición de dos clases de felicidad terrenal, llamándole felicidad terrenal al remedo que buscamos para calmar nuestros deseos de felicidad eterna. Esta felicidad terrenal puede ser a su vez, de dos diferentes clases una material y otra espiritual. La material, da satisfacción a nuestro cuerpo más que a nuestras almas y ella, nos entra esencialmente por medio de los ojos materiales de nuestro cuerpo, que disfrutan con el uso y nos donan esas satisfacción, por la posesión de diversos bienes materiales, como son, por ejemplo, la posesión de casas, coches, joyas, cuadros, muebles, y en grado aún superior y más elevado, la posesión de fincas, cacerías, safaris, viajes por el mundo aviones o yates, y la posesión adicional directa, de grandes industria, fábricas u otros medios de producción o la posesión indirecta, de estos bienes, a través de las acciones o participaciones mercantiles.
La posesión de todos estos bienes, no siempre producen la felicidad, que creen que proporciona los que no los tienen, pues crean un sin fin de problemas, laborales, fiscales y de todo orden que le amargan a más de uno el pretendido dulce, corriéndose además el riesgo, de que algunas veces resulta que todo termina en bancarrota y demandas judiciales. Pero el ser humano, ve más la parafernalia que se manifiesta al exterior, que las cruces que se llevan dentro. Amén, de que la posesión de bienes, incita siempre al poseedor a la soberbia y todo clases de vicios, pues todo vicio por el mero hecho de serlo, tiene su raíz en la soberbia humana.
La segunda clase de felicidad, es la que nos da la felicidad de orden espiritual, que si bien esta, no es ni sombra de la que les espera a los que se salven por su amor a Cristo, ella es un remanso de paz y bien en este mundo. Esta felicidad es la que nos proporciona el desarrollo de nuestra vida espiritual. Así como para poder apreciar la felicidad material, si emplean los ojos materiales de la cara, para poder apreciar la felicidad espiritual es necesario tener desarrollados los ojos espirituales de nuestra alma, porque es ella, nuestra alma la que aquí abajo, está capacitada para apreciar el amor y las bondades de Dios y en el cielo ella será y no nuestro cuerpo la que contemple el rostro de Dios.
Es muy difícil, hacerle comprender a un alma sin la ayuda de la gracia divina, por no decir imposible, que la felicidad que busca y desea alguien sin saberlo, no se encuentra en las materialidades de este mundo sino en la belleza del alma que tenemos y de la que Dios ha hecho de ella su templo, el lugar donde Él quiere inhabitar. Me decía una persona a la que Dios en la primera fase de su vida, quiso que probase todas las pretendidas mieles, de la felicidad terrenal material, y después un día le abrió los ojos de alma y vio que no había punto de comparación, entre las mieles de la felicidad terrena y las que nos puede proporcionar nuestra alma, si perseverantemente insistimos en amar cada vez más al Señor. Él hace que día a día, nuestro amor a Él vaya aumentando y abriéndonos más lo ojos de nuestra alma, los cuales nos proporcionan la posibilidad de sentir en todo nuestro ser, el infinito amor con que, Él nos ama y nos desea, mucho más de lo que nosotros podemos llegar a amarle y desearle a Él, porque nosotros somos criaturas limitadas y Él es infinito, es ilimitado en todo. Él es el todo y nosotros somos la nada.
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jueves, 28 de noviembre de 2013
Deseos humanos de felicidad - Juan del Carmelo
Mes de María - 22º Día - Reconocimiento a Dios

DÍA VEINTIDÓS (28/NOV)
Reconocimiento a Dios
CONSIDERACIÓN. –
Los días tristes y penosos son, sin duda, los más numerosos en la vida del
hombre; sin embargo, Dios le dispensa algunos consuelos y alegrías, en medio de
sus penas.
Preguntémonos, si
tenemos, por los bienes que nos da, un reconocimiento suficiente.
Vamos a Él con
fervor, cuando somos desgraciados, cuando la muerte amenaza a alguien que
amamos, pero si oye nuestra súplica, ¿la acción de gracias se eleva en seguida
de nuestro corazón? En una palabra, ¿somos agradecidos?
La Santísima Virgen
es aquí otra vez nuestro modelo y la Escritura santa nos ha conservado el
sublime canto del Magníficat, que nosotros todos, que somos sus hijos, debemos
gustar repetir después de Ella.
¡Oh! ¡sí! ¡que
nuestra alma glorifique al Señor puesto que su misericordia hacia nosotros ha
sido grande!
¡Que la expresión
de nuestra gratitud sea como el arranque de un corazón que se eleva sobre las
cosas pasajeras no mirándolas sino con los ojos de la fe!
EJEMPLO. – Se
cuenta que los japoneses, cuando se les instruía con el Evangelio, de las
grandezas, hermosuras, amabilidades infinitas de Dios, sobre todo cuando se les
enseñaba los grandes misterios de la religión, todo lo que ha hecho Dios por
los hombres; un Dios naciendo, sufriendo, muriendo por salvarlos: ¡Oh! ¡qué
grande es! exclamaban en sus dulces transportes, ¡es bueno y amable el Dios de
los cristianos! Cuando, en seguida, se les añadía que había un mandamiento
especial de amar a Dios y amenazas si no se le ama, se sorprendían y no podían
volver de su asombro. ¡Y qué! decían ¡que! A hombres razonables ¿un precepto de
amar a Dios que nos ha amado tanto y a quien debemos todo? ¿Y no es, acaso, la
más grande felicidad amarlo y la peor desgracia no amarlo? Pero cuando llegaban
a saber que había cristianos que no sólo no amaban a Dios sino que lo ofendían
y ultrajaban, exclamaban con indignación: ¡Oh pueblo injusto, oh corazones
ingratos, bárbaros! ¿Es posible que los cristianos sean capaces de estos
horrores? ¿Y en qué tierra maldita habitan esos hombres sin corazón y sin
sentimientos?
Merecemos mucho
estos justos reproches y un día, esos pueblos alejados de nosotros, esas
naciones extranjeras, llamadas en testimonio contra nosotros, nos acusarán y
condenarán delante de Dios.
PLEGARIA DE SANTO
TOMÁS DE AQUINO. - Haced, oh Reina del
Cielo, que yo lleve siempre en el alma el temor y el amor de vuestro dulce Hijo
y que le rinda sin cesar, fervientes acciones de gracias por los grandes
beneficios que me han sido acordados, no por mis méritos sino por su bondad
infinita. Así sea.
PROPÓSITO. – Cada noche, agradeceré a Dios los beneficios
recibidos durante el día; si Él me ha enviado alguna pena, la aceptaré con
resignación.
JACULATORIA. –
María, Espejo de Justicia, rogad por nosotros.
PLEGARIA DE SAN
BERNARDO, PARA TODOS LOS DÍAS. – Acordaos, ¡oh piadosísima Virgen María, que
jamás se ha oído decir que ninguno de aquellos que han acudido a vuestra
protección e implorado vuestro socorro, haya sido abandonado. Animado con tal
confianza, acudo a Vos ¡oh dulce Virgen de las vírgenes! me refugio a vuestros
pies, gimiendo bajo el peso de mis pecados. No despreciéis, ¡oh Madre del
Verbo!, mis humildes plegarias; antes bien, oídlas benignamente y cumplidlas.
Así sea.
JACULATORIA. – Oh
María, sin pecado concebida, rogad por nosotros que recurrimos a Vos.
Evangelio - Jueves XXXIV Semana del Tiempo Ordinario
† Lectura del santo Evangelio según san Lucas 21, 20-28
Gloria a ti, Señor.
En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos:
"Cuando vean a Jerusalén sitiada por un ejército, sepan que se aproxima su destrucción.
Entonces, los que estén en Judea, que huyan a los montes; los que estén en la ciudad, que se alejen de ella; los que estén en el campo, que no vuelvan a la ciudad; porque esos días serán de castigo para que se cumpla todo lo que está escrito.
¡Pobres de las que estén embarazadas y de las que estén criando en aquellos días! Porque vendrá una gran calamidad sobre el país y el castigo de Dios se descargará contra este pueblo.
Caerán al filo de la espada, serán llevados cautivos a todas las naciones y Jerusalén será pisoteada por los paganos, hasta que se cumpla el plazo que Dios le ha señalado.
Habrá señales prodigiosas en el sol, en la luna y en las estrellas; en la tierra las naciones se llenarán de angustia y de miedo por el estruendo de las olas del mar; la gente se morirá de terror y de angustiosa espera por las cosas que vendrán sobre el mundo, pues hasta las estrellas se bambolearán. Entonces verán venir al Hijo del hombre en una nube, con gran poder y majestad.
Cuando estas cosas comiencen a suceder, pongan atención y levanten la cabeza, porque se acerca la hora de su liberación".
Palabra del Señor.
Gloria a ti, Señor Jesús.
"Cuando vean a Jerusalén sitiada por un ejército, sepan que se aproxima su destrucción.
Entonces, los que estén en Judea, que huyan a los montes; los que estén en la ciudad, que se alejen de ella; los que estén en el campo, que no vuelvan a la ciudad; porque esos días serán de castigo para que se cumpla todo lo que está escrito.
¡Pobres de las que estén embarazadas y de las que estén criando en aquellos días! Porque vendrá una gran calamidad sobre el país y el castigo de Dios se descargará contra este pueblo.
Caerán al filo de la espada, serán llevados cautivos a todas las naciones y Jerusalén será pisoteada por los paganos, hasta que se cumpla el plazo que Dios le ha señalado.
Habrá señales prodigiosas en el sol, en la luna y en las estrellas; en la tierra las naciones se llenarán de angustia y de miedo por el estruendo de las olas del mar; la gente se morirá de terror y de angustiosa espera por las cosas que vendrán sobre el mundo, pues hasta las estrellas se bambolearán. Entonces verán venir al Hijo del hombre en una nube, con gran poder y majestad.
Cuando estas cosas comiencen a suceder, pongan atención y levanten la cabeza, porque se acerca la hora de su liberación".
Palabra del Señor.
Gloria a ti, Señor Jesús.
+MEDITACIÓN
BENDECID TODOS AL SEÑOR
— La naturaleza entera alaba a Dios. El Canto del Trium puerorum.
Rocíos y escarchas, bendecid al Señor. // Hielo y frío, bendecid al Señor. // Luz y tinieblas, bendecid al Señor...1.
Una de las lecturas de estos días nos narra diversos pasajes del Libro de Daniel, y los Salmos responsoriales recogen el bellísimo Canto llamado de los tres jóvenes (Trium puerorum), utilizado en la Iglesia desde la antigüedad como himno de acción de gracias, introducido primero en la Santa Misa, y después fuera de ella, para fomentar la piedad de los fieles2.
Cuando los tres jóvenes judíos fueron condenados a morir en un horno ardiendo por negarse a adorar la estatua de oro erigida por el rey Nabucodonosor, oraron al Dios de sus padres, al Dios de la Alianza, que manifestó su santidad y magnificencia en tantos prodigios sobre el pueblo de Israel, y cantaron este himno que «suena como una llamada dirigida a las criaturas a fin de que proclamen la gloria de Dios Creador»3; esta gloria está ante todo en Dios mismo y, mediante la obra de la Creación, brota del seno mismo de la Divinidad y, «en cierto modo, se traslada fuera: a las criaturas del mundo visible y del invisible, según su grado de perfección»4.
Comienza el himno con una invitación a todas las criaturas a dirigirse a su Creador: Obras todas del Señor, bendecid al Señor: alabadle y ensalzadle por todos los siglos de los siglos. Los ángeles del Cielo dirigen la alabanza. Luego, los cielos, donde está la lluvia5, y todos los cuerpos celestes, el sol y la luna, las estrellas, aguaceros y rocío, los vientos, fuego y calor, frío y helada, rocío y escarcha, helada y nieves, noches y días, luz y tinieblas, relámpagos y nubes son invitados a alabar al Señor. La tierra con sus montes y colinas, sus fuentes, sus mares y ríos, ballenas y peces y todo lo que se mueve en las aguas; las aves del cielo, las bestias todas y los ganados son instados a bendecir al Señor.
El hombre, rey de la Creación, aparece el último, y por este orden: todos los hombres en general, el pueblo de Israel, los sacerdotes, los ministros del Señor, el pueblo judío, los justos, los santos y humildes de corazón. Por último, los mismos jóvenes judíos fieles al Señor (Ananías, Azarías y Misael) son llamados a cantar alabanzas al Creador6.
Para la acción de gracias después de la Misa, se añadió desde antiguo a este Cántico el Salmo 150, último del Salterio, en el que también se convoca a todos los seres vivientes para bendecir al Señor. Laudate Dominum in sanctis eius... Alabad al Señor en su templo, alabadlo en todo su firmamento. Alabadlo por sus obras magníficas, por su inmensa grandeza. Alabadlo tocando trompas, con arpas y cítaras, con tambores y danzas... ¡Todo ser viviente alabe al Señor!
Nuestra vida cristiana debe ser toda ella como un canto vibrante de alabanza, lleno de adoración, acciones de gracias y entrega amorosa. Por eso, en la acción de gracias de la Comunión, mientras que tenemos en nuestro corazón al Señor de Cielo y tierra, nos unimos a todo el universo en su pregón de agradecimiento al Creador.
— Preparación y acción de gracias de la Misa.
La vida entera, pero especialmente los momentos después de haber comulgado, es un tiempo de alegría y de alabanza a Dios. Para dar gracias al Señor nos podemos unir interiormente a todas las criaturas que, cada una según su ser, manifiestan su gozo al Señor. «Hay que cantar desde ahora –comenta San Agustín–, porque la alabanza a Dios hará nuestra dicha durante la eternidad y nadie sería apto para esta ocupación futura si no se ejercitara alabando en las condiciones de la vida presente. Cantemos el Aleluya, diciendo unos a otros: alabad al Señor; y así prepararnos el tiempo de la alabanza que seguirá a la resurrección»7.¡Alabad al Señor...! Nos unimos a todos los seres de la tierra, y a los santos y «los ángeles y los arcángeles, y con todos los coros celestiales cantamos sin cesar el himno de tu gloria ...»8.
Te adoro con devoción, Dios escondido9, le decimos a Jesús en la intimidad de nuestro corazón después de haber comulgado. En esos momentos hemos de frenar las impaciencias y permanecer recogidos con Dios que nos visita. Nada hay en el mundo más importante que prestar a ese Huésped el honor y la atención que se merece. Si somos generosos con el Señor y cuidamos esos diez minutos en su compañía, llegará un tiempo –quizá ya ha llegado– en el que esperaremos con impaciencia la Santa Misa y el momento de la Comunión. Las almas de todos los tiempos que han estado cerca de Dios han esperado con impaciencia ese momento inefable en el que tan próximos estamos de Dios. Así ocurría a San Josemaría Escrivá: durante la mañana daba gracias por la Misa que había celebrado, y por la tarde preparaba la Misa del día siguiente. Y era tal su amor que incluso durante la noche, cuando se interrumpía su sueño, su pensamiento se dirigía hacia la Misa que iba a celebrar al día siguiente y, con el pensamiento, el deseo de glorificar a Dios a través de aquel Sacrificio único. De este modo, el trabajo y las mortificaciones, las jaculatorias y las comuniones espirituales, los detalles de caridad, iban dirigidos como preparación o como obsequio en acción de gracias10.
Examinemos hoy con qué amor acudimos nosotros a la Santa Misa, donde tributamos a Dios la alabanza suprema, y con qué atención y esmero cuidamos de esos minutos que estamos con Él. Es una cortesía que no debemos descuidar jamás.
— Jesús viene a visitarnos en la Comunión. Poner todos los medios para darle buena acogida.
El Evangelio de la Misa11 nos recuerda la venida gloriosa de Cristo al fin de los tiempos: Los hombres quedarán sin aliento por el miedo y la ansiedad, ante lo que se le viene encima al mundo, pues las potencias del cielo temblarán. Entonces verán al Hijo del Hombre venir en una nube, con gran poder y gloria, Ahora, en la Comunión, llega el mismo Hijo del Hombre a nuestro corazón para fortalecernos y llenarnos de paz. Viene como el Amigo tanto tiempo esperado. Y hemos de recibirlo como lo hicieron sus más íntimos: con la atención de María de Betania, con la alegría con que le acogió Zaqueo en su casa... «Parece que esto es lo correcto: si se recibe en casa a un amigo, a un invitado, se le atiende, es decir, se le da conversación, se le acompaña. No se le deja en la sala de visitas o en cualquier otro lugar de la casa, con el periódico, para que entretenga la espera hasta que nos venga bien atenderle. Sin duda sería de muy mala educación. Y si la persona que nos visitara fuera de tan gran categoría, que el solo hecho de venir a nuestra casa supusiera un honor muy por encima de nuestra condición y merecimientos, entonces la desatención no sería ya falta de educación, sino grosería incalificable»12. Hemos de tratar bien a Jesús, que tanto desea visitarnos en nuestra pobre casa. «Y no suele Su Majestad pagar mal la posada, si le hace buen hospedaje»13. Es una buena ocasión de unirnos a toda la Creación para alabar y dar gracias al Creador que, humilde, se queda sacramentalmente en nuestro corazón durante esos minutos.
La Iglesia, siempre Madre buena, nos ha aconsejado a sus hijos esas oraciones que han alimentado la piedad de tantos cristianos para ayudarnos, especialmente cuando nos sintamos pobres de palabras para dirigirnos a Jesús: el Himno Adoro te devote, el Trium puerorum, laOración a Jesús Crucificado, las Invocaciones al Santísimo Redentor... Si al comulgar procuramos tener a mano algún devocionario –cuando sea posible– o algún Misal de los fieles, dispondremos de una buena ayuda para aprovechar ese tiempo que tanto va a influir luego a lo largo de todo el día. Muchas veces, la jornada depende de esos minutos junto a Jesús Sacramentado.
No dejemos de poner todos lo medios a nuestro alcance para mejorar nuestras disposiciones antes y después de haber comulgado. Cualquier esfuerzo que pongamos es siempre largamente recompensado. «Cuando recibas al Señor en la Eucaristía, agradécele con todas las veras de tu alma esa bondad de estar contigo.
»—¿No te has detenido a considerar que pasaron siglos y siglos, para que viniera el Mesías? Los patriarcas y los profetas pidiendo, con todo el pueblo de Israel: ¡que la tierra tiene sed, Señor, que vengas!
»—Ojalá sea así tu espera de amor»14.
1 Salmo responsorial. Año 1. Dan 3, 68 ss. — 2 Cfr. A. G. Martimort, La Iglesia en oración, Herder, 3ª ed., Barcelona 1987, p. 168. — 3 Juan Pablo II, Audiencia general 12-III-1986. — 4 Ibídem. — 5 Cfr. Gen 1, 7. — 6 Cfr.B. Orchard y otros, Verbum Dei, vol. II, notas a Dan 3, 51-90. — 7 San Agustín, cit. por D. de las Heras,Comentario ascético-teológico sobre los Salmos, p. 374. — 8 Misal Romano, Prefacio de la Misa. — 9 HimnoAdoro te devote. — 10 Cfr. F. Suárez, El sacrificio del altar, p. 280. — 11 Lc 21, 20-28. — 12 F. Suárez, o. c., p. 274. — 13 Santa Teresa, Camino de perfección, 39. — 14 San Josemaría Escrivá, Forja, n. 991. ___________________________________________________________________________________________
Otro comentario: REDACCIÓN evangeli.net
(elaborado a partir de textos de Benedicto XVI) (Città del Vaticano, Vaticano)
Profecía y apocalíptica en
el "Discurso Escatológico"
Hoy analizamos este discurso entretejido con palabras del Antiguo
Testamento (en particular del "Libro de Daniel"). Jesús habla del
futuro con antiguas palabras proféticas, pero imprimiéndoles un sentido nuevo y
más profundo. Lo nuevo es que la figura del "Hijo del hombre"
(profetizada por Daniel) está ahí hablándonos en presente.
Las palabras apocalípticas de antaño adquieren un "carácter personalista": en su centro entra la persona de Jesucristo. El verdadero "acontecimiento" es la Persona que, a pesar del transcurso del tiempo, sigue estando realmente presente. Al centrar las imágenes cósmicas en una Persona actualmente presente y conocida, el contexto cósmico se convierte en algo secundario y la cuestión cronológica pierde importancia: en el desarrollo de las cosas físicamente mensurables, la Persona "es" ("permanece"), y Su Palabra es más real y duradera que todo el universo material.
—Esta relativización de lo cósmico, o mejor, su concentración en lo personal, se manifiesta en que "el cielo y la tierra pasarán, mis palabras no pasarán": los elementos cósmicos pasan, mientras que la Palabra de Jesús es el verdadero "firmamento" bajo el cual el hombre puede permanecer.
Las palabras apocalípticas de antaño adquieren un "carácter personalista": en su centro entra la persona de Jesucristo. El verdadero "acontecimiento" es la Persona que, a pesar del transcurso del tiempo, sigue estando realmente presente. Al centrar las imágenes cósmicas en una Persona actualmente presente y conocida, el contexto cósmico se convierte en algo secundario y la cuestión cronológica pierde importancia: en el desarrollo de las cosas físicamente mensurables, la Persona "es" ("permanece"), y Su Palabra es más real y duradera que todo el universo material.
—Esta relativización de lo cósmico, o mejor, su concentración en lo personal, se manifiesta en que "el cielo y la tierra pasarán, mis palabras no pasarán": los elementos cósmicos pasan, mientras que la Palabra de Jesús es el verdadero "firmamento" bajo el cual el hombre puede permanecer.
Otro comentario:
San Gregorio Magno (c.540-604), papa y doctor de la Iglesia
Homilías sobre el Evangelio, n° 1, 3
"Alzaos, levantad la cabeza, se acerca vuestra liberación"
Homilías sobre el Evangelio, n° 1, 3
"Alzaos, levantad la cabeza, se acerca vuestra liberación"
"Las potencias de los cielos serán puestas
en movimiento. " ¿A quién llama el Señor potencias de los cielos, si no a
los ángeles, los arcángeles, los Tronos, las Dominaciones, los Principados y
los Poderes? (Col 1,16) aparecerán visiblemente en el momento de la llegada del
Juez...
Entonces verán al Hijo del Hombre venir sobre las nubes con gran poder y majestad; como si claramente nos dijera: verán rodeado de gran pompa y majestad, al que no quisieron oír cuando se presentó humilde… estas palabras fueron dichas para los réprobos; pero para consuelo de los elegidos, dice:”Cuando empiecen a cumplirse estas cosas, levantad vuestras cabezas, puesto que se acerca vuestra redención”. Es como si la Verdad advirtiera claramente a sus elegidos diciendo: " en el momento en el que las desgracias del mundo se multiplican, regocijaos. Mientras se acaba el mundo, del que nunca fuisteis amigos, la redención que siempre deseasteis se acerca".
Los que aman a Dios son invitados a regocijarse por ver acercarse el fin del mundo, porque encontrarán pronto el mundo que desean, cuando haya pasado aquel al que no están atados. Que los fieles que deseen ver a Dios, se abstenga bien de llorar por las desgracias que golpean el mundo, ya que sabe que estas mismas desgracias llegan su fin. Está escrito en efecto: "el que quiere ser amigo de las cosas de este mundo se hace enemigo de Dios" (Jc 4,4). El que pues no se regocija por ver acercarse el fin de este mundo, ése muestra que es su amigo, y de ahí da pruebas de ser enemigo de Dios.
Más no sea así el corazón de los fieles, de los que creen que existe otra vida y los que, por sus actos, prueban que le aman... ¿En efecto, qué es esta vida mortal si no un camino? ¡Qué locura, hermanos míos, agotarse en el camino, no queriendo alcanzar el fin!...
Así, hermanos míos, no améis las cosas de este mundo, que, como vemos según los acontecimientos que se producen alrededor nuestro, no podrá subsistir por mucho tiempo.
Entonces verán al Hijo del Hombre venir sobre las nubes con gran poder y majestad; como si claramente nos dijera: verán rodeado de gran pompa y majestad, al que no quisieron oír cuando se presentó humilde… estas palabras fueron dichas para los réprobos; pero para consuelo de los elegidos, dice:”Cuando empiecen a cumplirse estas cosas, levantad vuestras cabezas, puesto que se acerca vuestra redención”. Es como si la Verdad advirtiera claramente a sus elegidos diciendo: " en el momento en el que las desgracias del mundo se multiplican, regocijaos. Mientras se acaba el mundo, del que nunca fuisteis amigos, la redención que siempre deseasteis se acerca".
Los que aman a Dios son invitados a regocijarse por ver acercarse el fin del mundo, porque encontrarán pronto el mundo que desean, cuando haya pasado aquel al que no están atados. Que los fieles que deseen ver a Dios, se abstenga bien de llorar por las desgracias que golpean el mundo, ya que sabe que estas mismas desgracias llegan su fin. Está escrito en efecto: "el que quiere ser amigo de las cosas de este mundo se hace enemigo de Dios" (Jc 4,4). El que pues no se regocija por ver acercarse el fin de este mundo, ése muestra que es su amigo, y de ahí da pruebas de ser enemigo de Dios.
Más no sea así el corazón de los fieles, de los que creen que existe otra vida y los que, por sus actos, prueban que le aman... ¿En efecto, qué es esta vida mortal si no un camino? ¡Qué locura, hermanos míos, agotarse en el camino, no queriendo alcanzar el fin!...
Así, hermanos míos, no améis las cosas de este mundo, que, como vemos según los acontecimientos que se producen alrededor nuestro, no podrá subsistir por mucho tiempo.
Otro comentario: Fray Lluc TORCAL Monje
del Monasterio de Sta. Mª de Poblet (Santa Maria de Poblet, Tarragona, España)
Cobrad ánimo y levantad la
cabeza porque se acerca vuestra liberación
Hoy al leer este santo Evangelio, ¿cómo no ver reflejado el
momento presente, cada vez más lleno de amenazas y más teñido de sangre? «En la
tierra, angustia de las gentes, perplejas por el estruendo del mar y de las
olas, muriéndose los hombres de terror y de ansiedad por las cosas que vendrán
sobre el mundo» (Lc 21,25b-26a). Muchas veces, se ha representado la segunda
venida del Señor con las imágenes más terroríficas posibles, como parece ser en
este Evangelio, siempre bajo el signo del miedo.
Sin embargo, ¿es éste el mensaje que hoy nos dirige el Evangelio? Fijémonos en las últimas palabras: «Cuando empiecen a suceder estas cosas, cobrad ánimo y levantad la cabeza porque se acerca vuestra liberación» (Lc 21,28). El núcleo del mensaje de estos últimos días del año litúrgico no es el miedo, sino la esperanza de la futura liberación, es decir, la esperanza completamente cristiana de alcanzar la plenitud de vida con el Señor, en la que participarán también nuestro cuerpo y el mundo que nos rodea. Los acontecimientos que se nos narran tan dramáticamente quieren indicar de modo simbólico la participación de toda la creación en la segunda venida del Señor, como ya participaron en la primera venida, especialmente en el momento de su pasión, cuando se oscureció el cielo y tembló la tierra. La dimensión cósmica no quedará abandonada al final de los tiempos, ya que es una dimensión que acompaña al hombre desde que entró en el Paraíso.
La esperanza del cristiano no es engañosa, porque cuando empiecen a suceder estas cosas —nos dice el Señor mismo— «entonces verán venir al Hijo del hombre en una nube con gran poder y gloria» (Lc 21,27). No vivamos angustiados ante la segunda venida del Señor, su Parusía: meditemos, mejor, las profundas palabras de san Agustín que, ya en su época, al ver a los cristianos atemorizados ante el retorno del Señor, se pregunta: «¿Cómo puede la Esposa tener miedo de su Esposo?».
Sin embargo, ¿es éste el mensaje que hoy nos dirige el Evangelio? Fijémonos en las últimas palabras: «Cuando empiecen a suceder estas cosas, cobrad ánimo y levantad la cabeza porque se acerca vuestra liberación» (Lc 21,28). El núcleo del mensaje de estos últimos días del año litúrgico no es el miedo, sino la esperanza de la futura liberación, es decir, la esperanza completamente cristiana de alcanzar la plenitud de vida con el Señor, en la que participarán también nuestro cuerpo y el mundo que nos rodea. Los acontecimientos que se nos narran tan dramáticamente quieren indicar de modo simbólico la participación de toda la creación en la segunda venida del Señor, como ya participaron en la primera venida, especialmente en el momento de su pasión, cuando se oscureció el cielo y tembló la tierra. La dimensión cósmica no quedará abandonada al final de los tiempos, ya que es una dimensión que acompaña al hombre desde que entró en el Paraíso.
La esperanza del cristiano no es engañosa, porque cuando empiecen a suceder estas cosas —nos dice el Señor mismo— «entonces verán venir al Hijo del hombre en una nube con gran poder y gloria» (Lc 21,27). No vivamos angustiados ante la segunda venida del Señor, su Parusía: meditemos, mejor, las profundas palabras de san Agustín que, ya en su época, al ver a los cristianos atemorizados ante el retorno del Señor, se pregunta: «¿Cómo puede la Esposa tener miedo de su Esposo?».
miércoles, 27 de noviembre de 2013
Frases del Santo Padre Pío de Pietrelcina
"Subamos con generosidad al Calvario por amor de aquél que se inmoló por nuestro amor; y seamos pacientes, convencidos de que ya hemos emprendido el vuelo hacia el Tabor." (Santo Padre Pio de Pietrelcina)
Mes de María - 21ª Día - De la expiación

DÍA VEINTIUNO (27/NOV)
De la expiación
CONSIDERACIÓN. – El
sacramento de la penitencia, borra nuestros pecados, pero no nos perdona
enteramente la falta en que hemos incurrido al cometerlos. La penitencia que el
sacerdote nos impone, no nos hace cumplir sino una débil parte de nuestra deuda
hacia la justicia divina. Es necesario que expiemos nuestras iniquidades.
Nuestra vida no es más que una sucesión de penas de todo género.
Unas veces, el
sufrimiento físico nos oprime y quiebra; otras, el dolor nos hiere en lo que
más amamos.
Toda nuestra
existencia, puede compararse a una penosa y peligrosa travesía sobre un mar
agitado.
Tenemos también,
además de esos grandes dolores, el soportar con paciencia las penas y fatigas
cotidianas; ese trabajo que a veces nos pesa y nos cuesta; esos fastidios, esas
contrariedades, esas decepciones que no podemos evitar.
Para el alma que no
sabe elevarse hacia Dios, todo esto, está perdido; no recoge ningún fruto y no
sufre menos. No seamos tan insensatos para proceder en esta forma. Consideremos
a la Santísima Virgen: Ella no había pecado absolutamente y sin embargo, su
vida transcurrió en el sufrimiento y la prueba. Siempre se mostró dulce y
resignada, aceptando la voluntad de Dios, sin reproche.
A ejemplo de
nuestra Madre del Cielo, sirvámonos de lo que es penoso a nuestra naturaleza,
para adquirir una felicidad que nos hará pronto olvidar nuestras penas y que
durará eternamente.
EJEMPLO. – Santa Margarita, reina de Escocia,
era todavía muy niña, cuando su hermana mayor le explicó que el crucifijo es la
imagen de Jesús, muerto por los hombres, en medio de los suplicios de la cruz.
La niña, emocionada
por estas palabras, exclamó en un santo transporte: “Mi adorable Salvador,
desde este momento, yo deseo perteneceros, toda entera”.
En efecto, la
meditación de los sufrimientos de Jesús fue, en adelante, la única ocupación de
su corazón, el alimento y sostén de su piedad que iba siempre aumentando. De
Jesús crucificado sacó esa paciencia y dulzura que ganaron el corazón del rey
Malcolm, su esposo. Naturalmente irascible y colérico, este príncipe se volvió
afable y virtuoso, gracias a la feliz influencia de Margarita.
La santa reina de
Escocia consagró su vida entera a obras de misericordia. Estaba ya próxima a
entregar su alma a Dios, cuando le llevaron la noticia de la muerte del rey,
ocurrida en la guerra. Besó entonces el crucifijo que tenía en sus manos y
aceptando esa dura prueba con admirable resignación, la ofreció al Señor en
expiación de sus faltas; después se durmió en el Señor, con la calma y la paz
que da la conformidad a la voluntad de Dios.
PLEGARIA DE SAN
BUENAVENTURA. - ¡Oh mi Soberana, que habéis recibido tan crueles heridas sobre
el Calvario! herid nuestros corazones, renovad en nosotros vuestra dolorosa
pasión y la de vuestro divino Hijo, unid nuestros corazones a vuestro Corazón
herido, a fin de que participen de las mismas heridas. Así sea.
PROPÓSITO. – Ofreceré al buen Dios los sufrimientos y
molestias de cada día, en expiación de mis faltas.
JACULATORIA. –
María, salud de los enfermos, rogad por nosotros.
PLEGARIA DE SAN
BERNARDO, PARA TODOS LOS DÍAS. – Acordaos, ¡oh piadosísima Virgen María, que
jamás se ha oído decir que ninguno de aquellos que han acudido a vuestra
protección e implorado vuestro socorro, haya sido abandonado. Animado con tal
confianza, acudo a Vos ¡oh dulce Virgen de las vírgenes! me refugio a vuestros
pies, gimiendo bajo el peso de mis pecados. No despreciéis, ¡oh Madre del
Verbo!, mis humildes plegarias; antes bien, oídlas benignamente y cumplidlas.
Así sea.
JACULATORIA. – Oh
María, sin pecado concebida, rogad por nosotros que recurrimos a Vos.
Evangelio - Miércoles XXXIV Semana del Tiempo Ordinario
Texto
del Evangelio (Lc 21,12-19): En
aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Os echarán mano y os perseguirán,
entregándoos a las sinagogas y cárceles y llevándoos ante reyes y gobernadores
por mi nombre; esto os sucederá para que deis testimonio. Proponed, pues, en
vuestro corazón no preparar la defensa, porque yo os daré una elocuencia y una
sabiduría a la que no podrán resistir ni contradecir todos vuestros
adversarios. Seréis entregados por padres, hermanos, parientes y amigos, y
matarán a algunos de vosotros, y seréis odiados de todos por causa de mi
nombre. Pero no perecerá ni un cabello de vuestra cabeza. Con vuestra
perseverancia salvaréis vuestras almas».
PACIENTES EN LAS DIFICULTADES
— La paciencia, parte de la virtud de la fortaleza.
Los textos de la Misa de hoy, cuando ya faltan pocos días para que termine el año litúrgico, recogen una parte del discurso del Señor en el que hace referencia a los acontecimientos finales de la historia. En esta larga alocución se entremezclan diversas cuestiones relacionadas entre sí: la destrucción de Jerusalén –ocurrida cuarenta años después–, el final del mundo y la segunda venida de Cristo, llena de gloria y majestad. Jesús anuncia también las persecuciones que sufrirá la Iglesia y las tribulaciones de sus discípulos. Este es el pasaje que nos propone el Evangelio de la Misa1, al final del cual el Señor nos exhorta a la paciencia, a la perseverancia, a pesar de los obstáculos que se puedan presentar: In patientia vestra possidebitis animas vestras, con vuestra paciencia salvaréis vuestras almas.
Los Apóstoles recordarían más tarde la advertencia del Señor: No es el siervo mayor que su señor. Si me han perseguido a Mí también a vosotros os perseguirán2. Con todo, estas tribulaciones no escapan a la Providencia divina. Dios las permite porque serán ocasión de bienes mayores. La Iglesia se enriqueció en el amor a Dios y salió siempre vencedora y fortalecida en todas sus adversidades, como lo había anunciado el Señor: en el mundo tendréis grandes tribulaciones; pero tened confianza, Yo he vencido al mundo3.
En este caminar en que consiste la vida vamos a sufrir pruebas diversas, unas que parecen grandes y otras de poco relieve, en las cuales el alma debe salir fortalecida, con la ayuda de la gracia. Estas contradicciones vendrán unas veces de fuera, con ataques directos o velados, de quienes no comprenden la vocación cristiana, de un ambiente paganizado adverso o de quienes expresan una verdadera oposición a todo lo que a Dios se refiere; en otras ocasiones, surgirán de las limitaciones propias de la naturaleza humana, que no permiten, ¡tantas veces!, alcanzar un objetivo si no es a base de un empeño continuado, de sacrificio, de tiempo... Pueden venir dificultades económicas, familiares...; pueden llegar la enfermedad, el cansancio, el desaliento... La paciencia es necesaria para perseverar, para estar alegres por encima de cualquier circunstancia; esto será posible porque tenemos la mirada puesta en Cristo, que nos alienta a seguir adelante, sin fijarnos demasiado en lo que querría quitarnos la paz. Sabemos que, en todas las situaciones, la victoria está de nuestra parte.
La paciencia, según San Agustín, es «la virtud por la que soportamos con ánimo sereno los males». Y añadía: «no sea que por perder la serenidad del alma abandonemos bienes que nos han de llevar a conseguir otros mayores»4. Esta virtud lleva a soportar con buen ánimo, por amor a Dios, sin quejas, los sufrimientos físicos y morales de la vida. Frecuentemente tendremos que ejercerla sobre todo en lo ordinario, quizá en cosas que parecen triviales: un defecto que no se acaba de vencer, aceptar que las cosas no salgan como nosotros querríamos, los imprevistos que surgen, el carácter de una persona con la que hemos de convivir en el trabajo, gentes bien dispuestas pero que no entienden, aglomeraciones en el tráfico, retraso de los medios públicos de transporte, llamadas imprevistas que impiden terminar el trabajo a su hora, olvidos... Son ocasiones para afirmar la humildad, para hacer más fina la caridad.
— Paciencia con nosotros mismos, con los demás y en las contrariedades de la vida corriente.
La paciencia es una virtud bien distinta de la mera pasividad ante el sufrimiento; no es un no reaccionar, ni un simple aguantarse: es parte de la virtud de la fortaleza, y lleva a aceptar con serenidad el dolor y las pruebas de la vida, grandes o pequeñas, como venidos del amor de Dios. Identificamos entonces nuestra voluntad con la del Señor, y eso nos permite mantener la fidelidad en medio de las persecuciones y pruebas, y es el fundamento de la grandeza de ánimo y de la alegría de quien está seguro de recibir unos bienes futuros mayores5.
Son diversos los campos en los que el cristiano debe ejercitar esta virtud. En primer lugarconsigo mismo, puesto que es fácil desalentarse ante los propios defectos que se repiten una y otra vez, sin lograr superarlos del todo. Es necesario saber esperar y luchar con perseverancia, convencidos de que, mientras nos mantengamos en el combate, estamos amando a Dios. La superación de un defecto o la adquisición de una virtud, de ordinario, no se logra a base de violentos esfuerzos, sino de humildad, de confianza en Dios, de petición de más gracias, de una mayor docilidad. San Francisco de Sales afirmaba que es necesario tener paciencia con todo el mundo, pero, en primer lugar, con uno mismo6.
Paciencia también con quienes nos relacionamos más a menudo, sobre todo si, por cualquier motivo, hemos de ayudarles en su formación, en su enfermedad... Hay que contar con los defectos de las personas que tratamos –muchas veces están luchando con empeño por superarlos–, quizá con su mal genio, con faltas de educación, suspicacias... que, sobre todo cuando se repiten con frecuencia, podrían hacernos faltar a la caridad, romper la convivencia o hacer ineficaz nuestro interés en socorrerles. La caridad nos ayudará a ser pacientes, sin dejar de corregir cuando sea el momento más indicado y oportuno. Esperar un tiempo, sonreír, dar una buena contestación ante una impertinencia puede hacer que nuestras palabras lleguen al corazón de esas personas, y siempre llegan al Corazón del Señor, que nos mirará con especial aprecio y amistad.
Paciencia con aquellos acontecimientos que llegan y que nos son contrarios: la enfermedad, la pobreza, el excesivo calor o frío..., los diversos infortunios que se presentan en un día corriente: el teléfono que no funciona o no deja de comunicar, el excesivo tráfico que nos hace llegar tarde a una cita importante, el olvido del material de trabajo, una visita que se presenta en el momento menos oportuno... Son las adversidades, quizá no muy trascendentales, que nos llevarían a reaccionar quizá con falta de paz. Ahí nos espera el Señor; en esos pequeños sucesos se ha de poner la paciencia, manifestación del ánimo fuerte de un cristiano que ha aprendido a santificar todas las menudas incidencias de un día cualquiera.
— Pacientes y constantes en el apostolado. Caritas patiens est7, la caridad está llena de paciencia. Y al mismo tiempo esta virtud es el gran soporte de la caridad, sin el cual no podría subsistir8. Para el apostolado, singular manifestación de la caridad, la paciencia es absolutamente imprescindible. El Señor quiere que tengamos la calma del sembrador que echa su semilla sobre el terreno que ha preparado previamente y sigue los ritmos de la estaciones, esperando el momento oportuno, sin desánimos, con la confianza puesta en que aquel pequeño tallo que acaba de aparecer será un día espiga granada.
El Señor nos da ejemplo de una paciencia indecible. De las muchedumbres que se le acercan dice en ocasiones que viendo no miran, y oyendo no escuchan, ni entienden9; a pesar de todo le vemos incansable en su predicación y dedicación a las gentes, recorriendo siempre los caminos de Palestina. Ni siquiera los Doce que le acompañan en todo momento demuestran un gran aprovechamiento: aún tengo muchas cosas que enseñaros -les dice la víspera de su partida-, pero por ahora no podéis comprenderlas10. El Señor contaba con sus defectos, con su manera de ser, y no se desalienta. Más tarde, cada uno a su manera, será un testigo fiel de Cristo y del Evangelio.
La paciencia y la constancia son imprescindibles en esta labor que, en colaboración con el Espíritu Santo, hemos de llevar a cabo en nuestra propia alma y en las de nuestros amigos y familiares que queremos acercar al Señor. La paciencia va de la mano de la humildad, se acomoda al ser de las cosas y respeta el tiempo y el momento de las mismas, sin romperlas; cuenta con las limitaciones propias y las de los demás. «Un cristiano que viva la virtud recia de la paciencia, no se desconcertará al advertir que quienes le rodean dan muestra de indiferencia por las cosas de Dios. Sabemos que hay hombres que, en las capas subterráneas, guardan –como en la bodega los buenos vinos– unas ansias incontenibles de Dios que tenemos el deber de desenterrar. Ocurre, sin embargo, que las almas –la nuestra también– tienen sus ritmos de tiempo, su hora, a la que hay que acomodarse como el labrador a las estaciones y al terruño. ¿No ha dicho el Maestro que el reino de Dios es semejante a un amo que salió a distintas horas del día a contratar obreros a su viña (Mt 20, 1-7)?»11. ¿Y cómo no vamos a ser pacientes con los demás, si el Señor ha derrochado tanta paciencia con nosotros y sigue haciéndolo? Caritas omnia suffert, omnia credit, omnia sperat, omnia sustinet12, la caridad a todo se acomoda, cree todo, todo lo espera y todo lo soporta, enseñó San Pablo. Y también lo escribió para nosotros. Si tenemos paciencia, seremos fieles, salvaremos nuestras almas y también las de muchos otros que la Virgen Nuestra Madre pone constantemente en nuestro camino,
1 Lc 21, 12-19. — 2 Jn 15, 20. — 3 Jn 16, 33. — 4 San Agustín, Sobre la paciencia, 2. — 5 Cfr. Santo Tomás,Comentario a la Epístola a los Hebreos, 10, 35. — 6 Cfr. San Francisco de Sales, Epistolario, frag. 139, en Obras selectas de..., p. 774. — 7 1 Cor 13, 4. — 8 Cfr. San Cipriano, Sobre el bien de la paciencia, 15, en Folletos M. C., nº 321. — 9 Mt 13, 13. — 10 Jn 16, 12. — 11 J. L. R. Sánchez de Alva, El Evangelio de San Juan, Palabra. 3ª ed., Madrid 1987, nota 4, 1-44. — 12 1 Cor 13, 7. __________________________________________________________________________________________
Otro
comentario: Rvdo.
D. Manuel COCIÑA Abella (Madrid, España)
Con
vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas
Hoy
ponemos atención en esta sentencia breve e incisiva de nuestro Señor, que se
clava en el alma, y al herirla nos hace pensar: ¿por qué es tan importante la
perseverancia?; ¿por qué Jesús hace depender la salvación del ejercicio de esta
virtud?
Porque no es el discípulo más que el Maestro —«seréis odiados de todos por causa de mi nombre» (Lc 21,17)—, y si el Señor fue signo de contradicción, necesariamente lo seremos sus discípulos. El Reino de Dios lo arrebatarán los que se hacen violencia, los que luchan contra los enemigos del alma, los que pelean con bravura esa “bellísima guerra de paz y de amor”, como le gustaba decir a san Josemaría Escrivá, en que consiste la vida cristiana. No hay rosas sin espinas, y no es el camino hacia el Cielo un sendero sin dificultades. De ahí que sin la virtud cardinal de la fortaleza nuestras buenas intenciones terminarían siendo estériles. Y la perseverancia forma parte de la fortaleza. Nos empuja, en concreto, a tener las fuerzas suficientes para sobrellevar con alegría las contradicciones.
La perseverancia en grado sumo se da en la cruz. Por eso la perseverancia confiere libertad al otorgar la posesión de sí mismo mediante el amor. La promesa de Cristo es indefectible: «Con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas» (Lc 21,19), y esto es así porque lo que nos salva es la Cruz. Es la fuerza del amor lo que nos da a cada uno la paciente y gozosa aceptación de la Voluntad de Dios, cuando ésta —como sucede en la Cruz— contraría en un primer momento a nuestra pobre voluntad humana.
Sólo en un primer momento, porque después se libera la desbordante energía de la perseverancia que nos lleva a comprender la difícil ciencia de la cruz. Por eso, la perseverancia engendra paciencia, que va mucho más allá de la simple resignación. Más aún, nada tiene que ver con actitudes estoicas. La paciencia contribuye decisivamente a entender que la Cruz, mucho antes que dolor, es esencialmente amor.
Quien entendió mejor que nadie esta verdad salvadora, nuestra Madre del Cielo, nos ayudará también a nosotros a comprenderla.
Porque no es el discípulo más que el Maestro —«seréis odiados de todos por causa de mi nombre» (Lc 21,17)—, y si el Señor fue signo de contradicción, necesariamente lo seremos sus discípulos. El Reino de Dios lo arrebatarán los que se hacen violencia, los que luchan contra los enemigos del alma, los que pelean con bravura esa “bellísima guerra de paz y de amor”, como le gustaba decir a san Josemaría Escrivá, en que consiste la vida cristiana. No hay rosas sin espinas, y no es el camino hacia el Cielo un sendero sin dificultades. De ahí que sin la virtud cardinal de la fortaleza nuestras buenas intenciones terminarían siendo estériles. Y la perseverancia forma parte de la fortaleza. Nos empuja, en concreto, a tener las fuerzas suficientes para sobrellevar con alegría las contradicciones.
La perseverancia en grado sumo se da en la cruz. Por eso la perseverancia confiere libertad al otorgar la posesión de sí mismo mediante el amor. La promesa de Cristo es indefectible: «Con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas» (Lc 21,19), y esto es así porque lo que nos salva es la Cruz. Es la fuerza del amor lo que nos da a cada uno la paciente y gozosa aceptación de la Voluntad de Dios, cuando ésta —como sucede en la Cruz— contraría en un primer momento a nuestra pobre voluntad humana.
Sólo en un primer momento, porque después se libera la desbordante energía de la perseverancia que nos lleva a comprender la difícil ciencia de la cruz. Por eso, la perseverancia engendra paciencia, que va mucho más allá de la simple resignación. Más aún, nada tiene que ver con actitudes estoicas. La paciencia contribuye decisivamente a entender que la Cruz, mucho antes que dolor, es esencialmente amor.
Quien entendió mejor que nadie esta verdad salvadora, nuestra Madre del Cielo, nos ayudará también a nosotros a comprenderla.
Otro comentario: REDACCIÓN evangeli.net
(elaborado a partir de textos de Benedicto XVI) (Città del Vaticano, Vaticano)
El
"tiempo de los paganos" y las persecuciones
Hoy el "Discurso Escatológico" alude al "tiempo de
los gentiles" y a las persecuciones. El "tiempo de las naciones"
—tiempo de la Iglesia— está presente en todos los Evangelios. El anuncio de
este tiempo —y la tarea que se deriva de él— es un punto central: el fin del
mundo sólo puede llegar cuando se haya llevado el Evangelio a todos los
pueblos.
En la referencia a las futuras persecuciones se presupone el tiempo de los paganos, porque el Señor no dice solamente que sus discípulos serán entregados a tribunales y sinagogas, sino que serán llevados también ante gobernadores y reyes. Es decir, el anuncio del Evangelio estará siempre bajo el signo de la cruz: esto es lo que los discípulos de Jesús han de aprender una y otra vez en cada generación.
—La cruz es y sigue siendo el signo del "Hijo del hombre": la verdad y el amor no tienen otra arma en su lucha contra la mentira y la violencia que el testimonio del sufrimiento.
En la referencia a las futuras persecuciones se presupone el tiempo de los paganos, porque el Señor no dice solamente que sus discípulos serán entregados a tribunales y sinagogas, sino que serán llevados también ante gobernadores y reyes. Es decir, el anuncio del Evangelio estará siempre bajo el signo de la cruz: esto es lo que los discípulos de Jesús han de aprender una y otra vez en cada generación.
—La cruz es y sigue siendo el signo del "Hijo del hombre": la verdad y el amor no tienen otra arma en su lucha contra la mentira y la violencia que el testimonio del sufrimiento.
martes, 26 de noviembre de 2013
Una bella leyenda
Existe en Noruega una bella leyenda.
Una mañana muy de mañana, el ángel vigilante nocturno del paraíso se presentó delante del trono de Dios y pidió permiso para hablar.
—¿Ocurre alguna novedad? —le dijo el Altísimo.
—Señor, contestó el ángel, un grupo de santos se ha levantado iracundo de sus tronos, ha arrojado violentamente la corona que llevaban en la cabeza y, en actitud de protesta, se han ido al confín del paraíso.
—¿De qué protestan?
—Dicen que un alma santa se la ha sepultado en el infierno.
—Veamos, dijo el Señor.
Se levantó el Señor y, precedido del ángel, cruzó, con asombro de los bienaventurados, todas las estancias celestiales hasta llegar al confín del cielo, desde cuyo brocal se atisbaba, en el fondo tenebroso el lugar horrible donde sufren eternamente los condenados. Junto al brocal estaban los santos en actitud de protesta y rebeldía. Preguntó el Señor la causa de su conducta. Por todos habló uno, repitiendo exactamente las palabras del ángel.
—Bien —dijo el Señor, por una vez hagamos una excepción.
El Señor dio orden al ángel de que bajara al infierno y rescatara al «alma santa». Se lanzó el ángel al abismo, abrió sus alas y fue descendiento lenta y majestuosamente. A medida que descendía se iluminaban las regiones oscuras. Por fin se llegó a ver claramente el fondo mismo de la sima donde los proscritos se agitaban entre dolores horrendos.
Al ver el ángel, comprendieron que se trataba de rescatar a alguno, y todos pugnaban por ser los afortunados.
Planeó el ángel sobre aquel agitado e inmenso mar de cabezas hasta que descubrió la persona que buscaba. Con rápido movimiento la tomó por la cintura y la sacó de la muchedumbre de los atormentados. A pesar de la rapidez de su acción, no pudo evitar el ángel que otras almas se agarraran al alma privilegiada y en racimo surgieran todas hacia la altura del paraíso.
La persona elegido no vio con buenos ojos que otras participasen de su ventura. Y se agitaba violentamente, obligando a las otras almas a caer de nuevo una a una en el abismo. Ya estaba el ángel cerca del brocal desde donde le contemplaban los santos rebeldes. Sólo un alma había logrado continuar asida el alma santa. Pero en un movimiento más violento de ésta obligó a aquella desgraciada a desprenderse también y a caer en el infierno danto horribles alaridos. Mas, en el instante en que la última alma se desprendió de la que había de ser favorita el ángel alzó su brazo y dejó que aquella «alma santa» cayera de nuevo en la mansión del dolor.
Los santos que contemplaban la escena quedaron espantados. Se volvieron al Señor, el cual, clavando en ellos una durísima mirada, les dijo con voz severa: «Un juicio sin misericordia para aquellos que no saben tener misericordia».
* * *
Noticias Cristianas: «Historias para amar al prójimo. Historia, n.º 8»
Historias para amar, páginas 88-90
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