martes, 10 de noviembre de 2015

La gran batalla

don bosco dos pilares
29 de abril de 1977
Fiesta de Santa Catalina de Siena

Mi plan.
“Ha llegado mi hora. Nadie podrá impedir mi plan, que desde hace tiempo he preparado para salvar a la Iglesia.
Los puntos estratégicos de este plan sois vosotros, Sacerdotes, hijos de mi maternal predilección.
Mi plan sólo se podrá realizar a través vuestro.
Pero a vosotros no os toca conocerlo en sus detalles. Basta que los conozca Yo, que soy vuestra Capitana. Vosotros sólo tenéis que obedecer dócilmente mis órdenes y dejaros guiar por Mí. No me preguntéis adónde os llevo. Yo colocaré a cada uno en el sitio conveniente. Cada uno se preocupe de cumplir fielmente su cometido. No se ocupe ni se preocupe de lo demás.
Me incumbe a Mí disponerlo todo según el plan que desde hace tiempo viene preparando mi Inmaculado Corazón, en la luz de la Sabiduría de Dios.
Algunos de vosotros serán llamados a vivir en la línea de la acción.
A éstos se les concederá luz y fuerza para aniquilar los ataques de quienes intenten destruir toda la Verdad contenida en el Evangelio de mi Hijo Jesús.
En sus bocas estará la espada de doble filo para desenmascarar el error y defender la Verdad.
En una mano llevarán la corona del Rosario y en la otra la Cruz de mi Hijo, para quien ganarán muchas almas en número tanto mayor cuanto más intensa y decisiva sea la batalla.
Serán revestidos con el fuego de la luz purísima del Espíritu Santo para disipar las tinieblas del error; al fin, y por medio de vosotros, triunfará la Verdad.
Otros serán llamados a ocupar las líneas de apoyo.
Tendrán que rezar y sufrir mucho. A muchos de éstos les pediré un sufrimiento tan grande, que culminará con la inmolación de la propia vida. Pero a éstos les daré el consuelo de mi constante y extraordinaria presencia. Mi Corazón Inmaculado será el altar en que serán inmolados para la salvación del mundo.
Hijos míos Sacerdotes, os llamo ya de todas las partes del mundo. A cada uno le ha sido asignado su puesto en esta batalla que ya ha comenzado.
Tengo prisa. Dejaos reunir por Mí; decidme todos sí. Así podré colocar a cada uno en su lugar preciso, aquel que la Madre ha preparado ya para vosotros.
Sólo entonces habré completado mi plan y el ejército de mis Sacerdotes estará preparado.”
18 de mayo de 1977
Mi batalla.
“Dejaos conducir por Mí, hijos míos predilectos, Mi batalla ha empezado ya.
Comenzaré atacando al corazón de mi Adversario, y lo haré, sobre todo, allí donde él se cree ya vencedor seguro.
Ha conseguido seduciros ya con la soberbia. Ha sabido disponerlo todo de una manera inteligentísima.
Ha doblegado a su plan a amplios sectores de la ciencia y de la técnica humana, ordenándolo todo a la rebelión contra Dios.
En sus manos se encuentra ya una gran parte de la humanidad.
Ha sabido atraerse, con engaños, a científicos, artistas, filósofos, sabios y poderosos. Seducidos por él, se han puesto a su servicio para obrar sin Dios y contra Dios.
Pero aquí está su punto débil.
Lo atacaré empleando la fuerza de los pequeños, de los pobres, de los humildes, de los débiles.
Yo, “la pequeña esclava del Señor”, me pondré a la cabeza del gran ejército de los humildes para atacar al baluarte de las aguerridas huestes de los soberbios.
A todos estos hijos míos les pido sólo que se consagren a mi Inmaculado Corazón y que se dejen poseer por Mí. Así seré Yo misma la que obre en ellos. Mi victoria, por medio de ellos, ya ha empezado.
También en mi Iglesia parece que Satanás lo ha conquistado todo ya.
Se siente seguro porque ha logrado engañaros y seduciros:
con el error, difundido por doquier y proclamado hasta por muchos de mis pobres hijos Sacerdotes.
con la infidelidad, que se ha revestido de cultura, de “aggiornamento”, con la tentativa de hacer más actualizada y aceptable la evangelización. Así, el Evangelio que hoy algunos predican no es ya el Evangelio de mi Hijo Jesús.
con el pecado, que hoy cada vez se comete más y se trata de justificar. No pocas veces las vidas sacerdotales y religiosas se han convertido en verdaderas cloacas de impureza.
Sobre esta Iglesia, que parece a punto de irse a pique, Satanás quiere reinar como seguro triunfador. Pero le heriré el corazón, poniendo su misma victoria al servicio del triunfo de mi Inmaculado Corazón.
Me valdré de las tinieblas, que él ha difundido por todas partes, para escoger las almas de mis hijos más pequeños, a quienes daré mi misma luz.
Así todos serán llevados por la misma oscuridad a buscar la salvación en la Luz que parte de mi Corazón Inmaculado.
Y todo el triunfo de mi Adversario servirá únicamente de ayuda a innumerables almas, que se cobijarán en mi Corazón de Madre.
Llamaré a mis Sacerdotes a dar testimonio de su fidelidad hasta el heroísmo.
Con su ejemplo ayudarán a las almas de muchos hijos míos extraviados a volver al camino de la fidelidad.
A mis hijos predilectos los llevaré a una gran santidad para que, por su medio, sea reparado todo el pecado del mundo. Y así tantos hijos míos perdidos podrán aún salvarse.
Por eso, ¡cuánto miedo me tiene Satanás!
Yo estoy actuando ya con el ejército de mis pequeños hijos. Nada podrá detenerme hasta lograr mi más completa victoria. Y así, en el mismo momento en que todo parezca perdido, la Providencia traerá el triunfo de mi Inmaculado Corazón en el mundo.”
(Mensajes de la Santísima Virgen al Padre Gobbi)

lunes, 9 de noviembre de 2015

San Miguel, Defiéndenos en la batalla

10 de Enero de 1977
SAN MIGUEL, DEFIÉNDENOS EN LA BATALLA
San Miguel Arcangel 2
Escribe hijo mío: 
Deseo recapitular lo que en mensajes precedentes te he dicho ya acerca de la creación de los ángeles.
Yo, Dios, soy el Amor infinito, el Amor que por su naturaleza tiene necesidad de un acto de amor, por eso he creado un número sin número de criaturas bellísimas, espirituales sobre las cuales volcar mi amor.
Pero, antes de admitirlas a la participación eterna de Mi Reino, he pedido también a ellas una prueba que, por desgracia un ingente número no ha querido superar como al contrario, casi dos tercios han querido y sabido superar; a la cabeza de los rebeldes se ha puesto Satanás con un discreto número de Ángeles; a la cabeza de los Ángeles fieles se ha puesto San Miguel.
Una gran batalla hubo en el cielo, batalla de inteligencia y de voluntad; es algo difícil para vosotros haceros una idea. Los derrotados fueron transmutados en demonios horrendos y precipitados al infierno y devorados por la concupiscencia del espíritu, empapados y compenetrados de un odio implacable e inextinguible, generador de todas las más viles pasiones, en las cuales están congelados sin ninguna esperanza de arrepentimiento, y han dado vida al mal, son todo el mal, con el cual se identifican.
No pudiendo verter su odio sobre Dios, vomitan de continuo su odio sobre la humanidad.
La caída y la promesa
Después de la creación de Adán y Eva, se atrevieron al gran ataque para adueñarse, en los progenitores, de la humanidad entera; el loco sueño de Satanás: la conquista gran e ilimitado reino sobre el cual ejercer soberanía emulando a Dios. La ferocidad de los demonios es despiadada y sin pausa. La insidia tendida a los progenitores no fue sin éxito positivo, vosotros lo llamaríais "golpe de estado", pero para romper sus locas ambiciones intervino Dios con la promesa hecha a los progenitores de la Redención y así tuvo inicio el misterio de la salvación con sus premisas que la Santa Biblia refiere.
En la plenitud de los tiempos, Yo, Verbo Eterno de Dios, desde siempre engendrado por el Padre, me he hecho Carne en el seno purísimo de la Virgen María; Satanás tuvo miedo, vislumbró que su dominio estaba para ser minado, agudizó su odio contra el velado enemigo del que no tenía conocimiento completo. Su desesperación y su odio alcanzaron su vértice contra Mí, Cristo y mi Iglesia, desde el momento en el que, con mayor claridad, lo vino a conocer.
No menos grande, no menos feroz es su desesperado odio contra la Virgen Santísima:
porque Ella lo ha sustituido a él en el primer lugar ocupado por él en el mundo invisible y visible, como la primera de todas las criaturas después de Dios Uno y Trino Creador.
Porque su “Fiat” (Hágase) ha hecho posible la Redención, que ha inferido un durísimo golpe a su dominio instaurado sobre la humanidad con el engaño y la insidia tendida a los progenitores.
Otro motivo de su implacable odio hacia la Virgen Santísima fue originado por el hecho de que su humillante derrota le ha sido infligida por una frágil criatura de mujer, mucho inferior a él por naturaleza; esto ha sido, es, y será eternamente un tormento superior a todos los tormentos de la tierra, para vosotros hombres incomprensible y tal tormento mataría a cualquier criatura humana si lo debiese sufrir aunque sólo fuera por un instante.
Los demonios, tremendamente perversos, pavorosamente astutos
Satanás y sus secuaces en medida diversa, son sólo mal, son incapaces de bien, de cualquier bien. Los demonios no sólo odian a Dios, Cristo, la Iglesia y la humanidad entera, sino que se odian entre ellos; son tiranizados por caudillos feroces e implacables; el único punto de convergencia entre todos, su odio a Dios, Cristo, la Iglesia a los hombres.
Son seres viscosos e inmundos, incapaces de verdad; mienten siempre, incitan al hombre al mal, solicitando el sadismo, las pasiones, la concupiscencia del espíritu y de la carne.
No todos igualmente potentes, pero todos tremendamente perversos, pavorosamente astutos. Esta astucia se engendra por su inteligencia corrupta; por la superioridad de su naturaleza han logrado, con una pérfida tenacidad, destruir en el espíritu del hombre toda noción, o casi, de la existencia de ellos, por lo cual, los hombres casi en su totalidad, no creyendo ya en su existencia, han cesado en la lucha por la que Yo, Verbo Eterno de Dios hecho Carne, he muerto en la Cruz.
Esta es la causa verdadera del desastre de la Iglesia, de la grave crisis de fe que debilita Obispos, sacerdotes y fieles.
Los demonios temen solamente a Dios, a la Virgen Santísima, a los Santos, (los que viven y quieren vivir en gracia de Dios), de todos los otros les importa un bledo.
Su gran éxito es el de haber empujado a la humanidad, o de haber creado en la humanidad entera, una civilización materialista, ateizándola; éxito temporal, puesto que a grandes pasos se avecina la hora de la purificación.
Los hombres que van al infierno se hacen también ellos demonios: igual que los demonios están congelados "in eterno" (para siempre) en el mal, en el odio y en toda otra pasión.
Te bendigo, hijo, ámame.
("Confidencias de Jesús a un Sacerdote" - Mons. Ottavio Michelini)

Estad Alegres

biblia
18 de octubre de 1975
Fiesta de San Lucas Evangelista
Estad alegres.
“Te he elegido, hijo, por esta sencilla razón: porque eres el más pobre, el más pequeño, el más limitado. Humanamente el más desprovisto de todo.
Te he elegido porque en tu vida mi Adversario había logrado ya cantar victoria. En tu existencia te he hecho vivir anticipadamente cuanto Yo misma haré en el momento de mi mayor triunfo.
Mi adversario creerá un día cantar completa victoria: sobre el mundo, sobre la Iglesia, sobre las almas.
Sólo entonces será cuando Yo intervenga –terrible, victoriosa– para que su derrota sea tanto mayor cuanto más segura sea su certeza de haber vencido para siempre.
Cuanto se está preparando es algo tan grande, como jamás ha sucedido desde la creación del mundo: por eso ya todo ha sido predicho en la Biblia.
Os ha sido ya anunciada la terrible lucha entre Yo –“La Mujer vestida del Sol”– y el Dragón rojo, Satanás, que todavía logra seducir a muchos con el error del ateísmo marxista.
Os ha sido ya anunciada la lucha entre los Ángeles y mis hijos contra los secuaces del Dragón, guiado por los ángeles rebeldes. Sobre todo os ha sido ya claramente anunciada mi completa victoria.
Vosotros, hijos míos, habéis sido llamados a vivir estos acontecimientos.
Es el momento en que vosotros debéis saber esto, para prepararnos concienzudamente a la batalla. Es la hora de que comience a revelaros parte de mi plan.
Ante todo es necesario que mi Enemigo tenga la impresión de haberlo conquistado todo, de tener ya todo en sus manos. Para ello le será permitido introducirse en el interior de mi Iglesia y logrará ofuscar el Santuario de Dios. Cosechará numerosas víctimas entre los Ministros del Santuario.
Éste es, en verdad, el momento de las grandes caídas para mis hijos predilectos, para mis Sacerdotes. A algunos Satanás los acechará con el orgullo, a otros con la pasión de la carne, a otros con la duda, a otros con la incredulidad, a otros con el desaliento y la soledad.
¡Cuántos dudarán de mi Hijo y de Mí, y creerán que éste será el fin para mi Iglesia!
Sacerdotes consagrados a mi Corazón Inmaculado, hijos predilectos, que estoy reuniendo para esta gran batalla: la primera arma que debéis usar es laconfianza en Mí, es vuestro más completo abandono.
Venced la tentación del miedo, del desaliento, de la tristeza. La desconfianza paraliza vuestra actividad y ello ayuda mucho a mi Adversario.
¡Manteneos serenos, estad alegres!
No es éste el fin de mi Iglesia; se prepara el principio de su total y maravillosa renovación.
El Vicario de mi Hijo, por don mío, logra ya entrever esto y, a pesar de la tristeza del momento presente, os invita a permanecer en la alegría.
¿En la alegría?, me preguntáis sorprendidos.
Sí, hijos míos, en la alegría de mi Corazón Inmaculado que a todos os acoge. Aquí, en este Corazón de Madre, estará para vosotros el lugar de vuestra paz, mientras afuera arreciará la más terrible tempestad.
Aun cuando hubiereis quedado heridos, aun cuando hubiereis caído con frecuencia, aun cuando hubiereis dudado, aun cuando en ciertos momentos hubiereis sido infieles, no os desalentéis, porque Yo os amo.
Cuanto más mi Adversario haya querido enconarse contra vosotros, tanto más grande será mi amor por vosotros.
Soy Madre y os amo aún más, hijos, porque me habéis sido arrebatados.
Y mi alegría es hacer de cada uno de vosotros, Sacerdotes predilectos de mi Corazón Inmaculado, hijos tan purificados y fortalecidos, que ya nadie logrará arrancaros del amor de mi Hijo Jesús.
Haré de vosotros copias vivas de mi Hijo Jesús.
Por lo cual, estad contentos, vivid confiados, abandonaos totalmente a Mí. Estad siempre en oración Conmigo.
El arma que Yo usaré, hijos míos, para combatir y vencer en esta batalla, será vuestra oración y vuestro sufrimiento.
Entonces también vosotros debéis estar, sí, en la Cruz Conmigo, y con mi Hijo Jesús, al lado de la que es su Madre y vuestra.
Después Yo misma lo haré todo, porque Dios ha dispuesto que esta sea mi hora: la mía y la vuestra, hijos consagrados a mi Corazón Inmaculado.”
(Mensaje de la Virgen al Padre Gobbi, del Movimiento Sacerdotal Mariano)

viernes, 6 de noviembre de 2015

Vuelve a empezar

la vida es prueba


Vuelve a empezar

Hoy es el día.
Hoy es el día para volver a empezar. Porque estamos vivos y Dios quiere que dejemos atrás nuestro pasado, y que nos lancemos a una vida nueva, como lo han hecho tantos santos, y personas también de las que nos narra el Evangelio. Como el ciego de nacimiento, que ante la inminencia del milagro, de recuperar la vista, arroja el manto y de un salto va hacia Jesús. Nosotros también debemos arrojar nuestro manto, es decir, dejar atrás el pasado que nos ata, y ser criaturas nuevas. Ciertamente lo lograremos con la ayuda de Dios, porque es Él quien debe, por decirlo así, volvernos a crear. Dejemos entonces actuar a Jesús, recibamos los Sacramentos, en especial la Eucaristía, que nos va divinizando. Pero tomemos la decisión de comenzar hoy una vida nueva, sin torturarnos por el pasado, que no podemos cambiar, pero que sí podemos dejar en la misericordia de Dios, dejarlo tranquilamente en el corazón de Dios y deshacernos de él, porque es un peso para nuestro vuelo que comenzaremos hoy mismo.
¿Qué nos impide que seamos nuevas creaturas? ¿Por qué estamos rumiando siempre lo que hemos hecho, o lo que fue, como si desconfiáramos de la Omnipotencia y Omnisciencia de Dios, que todo lo sabe, y que sabía de antemano lo que íbamos a hacer? ¿Y creemos que Dios no haya provisto los medios necesarios para solucionar lo que hemos hecho mal tiempo atrás?
Lo que pasa es que desconfiamos de Dios, porque nosotros somos criaturas, pero quien nos ama infinitamente es Dios, que puede arreglarlo TODO, con tal de que confiemos en Él ciegamente y le dejemos las riendas de nuestra vida.
Animémonos a empezar de nuevo hoy mismo y, cuando el recuerdo del pasado o de lo que hemos sido, quiera extender su sombra sobre nuestra alma, refugiémonos en el Corazón de Dios, y miremos al Señor que nos sonríe, porque quiere que avancemos confiados y libres de peso, por el camino de la vida, pues lo mejor es lo que está por venir, porque ahora creemos mucho en Dios y tratamos de confiar más en Él. Y como ha dicho Cristo en su Evangelio: “Todo es posible para el que cree”.

martes, 3 de noviembre de 2015

Verdades olvidadas

Verdades olvidadas

CONSIDERACIÓN PRIMERA
Retrato de un hombre que acaba de morir
Polvo eres y en polvo te convertirás
Gn. 3, 19
PUNTO 1
Considera que tierra eres y en tierra te has de convertir. Día llegará en que será necesario morir y pudrirse en una fosa, donde estarás cubierto de gusanos (Sal. 14, 11). A todos, nobles o plebeyos, príncipes o vasallos, ha de tocar la misma suerte. Apenas, con el último suspiro, salga el alma del cuerpo, pasará a la eternidad, y el cuerpo, luego, se reducirá a polvo (Sal. 103, 29).
Imagínate en presencia de una persona que acaba de expirar. Mira aquél cadáver, tendido aún en su lecho mortuorio; la cabeza inclinada sobre el pecho; esparcido el cabello, todavía bañado con el sudor de la muerte; hundidos los ojos; desencajadas las mejillas; el rostro de color de ceniza; los labios y la lengua de color de plomo; yerto y pesado el cuerpo... ¡Tiembla y palidece quien lo ve!... ¡Cuántos, sólo por haber contemplado a un pariente o amigo muerto, han mudado de vida y abandonado el mundo!
Pero todavía inspira el cadáver horror más intenso cuando comienza a descomponerse... Ni un día ha pasado desde que murió aquel joven, y ya se percibe un hedor insoportable. Hay que abrir las ventanas, y quemar perfumes, y procurar que pronto lleven al difunto a la iglesia o al cementerio, y que le entierren en seguida, para que no inficione toda la casa... Y el que haya sido aquel cuerpo de un noble o un potentado no servirá, acaso, sino para que despida más insufrible fetidez, dice un autor.
¡Ved en lo que ha venido a parar aquel hombre soberbio, aquel deshonesto!... Poco ha, veíase acogido y agasajado en el trato de la sociedad; ahora es horror y espanto de quien le mira. Apresúranse los parientes a arrojarle de la casa, y pagan portadores para que, encerrado en su ataúd, se lo lleven y den sepultura... Pregonaba la fama no ha mucho el talento, la finura, la cortesía y gracia de ese hombre; mas a poco de haber muerto, ni aun su recuerdo se conserva (Sal. 9, 7).
Al oír la nueva de su muerte, limítanse unos a decir que era un hombre honrado; otros, que ha dejado a su familia con grandes riquezas. Contrístanse algunos, porque la vida del que murió les era provechosa; alégranse otros, porque esa muerte puede serles útil.
Por fin, al poco tiempo, nadie habla ya de él, y hasta sus deudos más allegados no quieren que de él se les hable, por no renovar el dolor. En las visitas de duelo se trata de otras cosas; y si alguien se atreve a mencionar al muerto, no falta un pariente que diga: “¡Por caridad, no me lo nombréis más!”
Considera que lo que has hecho en la muerte de tus deudos y amigos así se hará en la tuya. Entran los vivos en la escena del mundo a representar su papel y a recoger la hacienda y ocupar el puesto de los que mueren; pero el aprecio y memoria de éstos poco o nada duran. Aflígense al principio los parientes algunos días, mas en breve se consuelan por la herencia que hayan obtenido, y muy luego parece como que su muerte los regocija. En aquella misma casa donde hayas exhalado el último suspiro, y donde Jesucristo te habrá juzgado, pronto se celebrarán, como antes, banquetes y bailes, fiestas y juegos... Y tu alma, ¿dónde estará entonces?
AFECTOS Y SÚPLICAS
¡Gracias mil os doy, oh Jesús y Redentor mío, porque no habéis querido que muriese cuando estaba en desgracia vuestra! ¡Cuántos años ha que merecía estar en el infierno!... Si hubiera muerto en aquel día, en aquella noche, ¿qué habría sido de mí por toda la eternidad?... ¡Señor!, os doy fervientes gracias por tal beneficio.
Acepto mi muerte en satisfacción de mis pecados, y la acepto tal y como os plazca enviármela. Mas ya que me habéis esperado hasta ahora, retardadla un poco todavía. Dadme tiempo de llorar las ofensas que os he hecho, antes que llegue el día en que habéis de juzgarme (Jb. 10, 20).
No quiero resistir más tiempo a vuestra voz... ¡Quién sabe si estas palabras que acabo de leer son para mí vuestro último llamamiento! Confieso que no merezco misericordia. ¡Tantas veces me habéis perdonado, y yo, ingrato, he vuelto a ofenderos! ¡Señor, ya que no sabéis desechar ningún corazón que se humilla y arrepiente, ved aquí al traidor que, arrepentido, a Vos acude! Por piedad, no me arrojéis de vuestra presencia (Sal. 50, 13).
Vos mismo habéis dicho: Al que viniere a mí no le desecharé. Verdad es que os he ofendido más que nadie, porque más que a nadie me habéis favorecido con vuestra luz y gracia. Pero la sangre que por mí habéis derramado me da ánimos y esperanza de alcanzar perdón si de veras me arrepiento... Sí, bien sumo de mi alma; me arrepiento de todo corazón de haberos despreciado.
Perdonadme y concededme la gracia de amaros en lo sucesivo. Basta ya de ofenderos. No quiero, Jesús mío, emplear en injuriaros el resto de mi vida; quiero sólo invertirle en llorar siempre las ofensas que os hice, y en amaros con todo mi corazón. ¡Oh Dios, digno de amor infinito!... ¡Oh María, mi esperanza, rogad a Jesús por mí!
PUNTO 2
Mas para ver mejor lo que eres, cristiano –dice San Juan Crisóstomo–, ve a un sepulcro, contempla el polvo, la ceniza y los gusanos, y llora. Observa cómo aquel cadáver va poniéndose lívido, y después negro. Aparece luego en todo el cuerpo una especie de vellón blanquecino y repugnante, de donde sale una materia pútrida, viscosa y hedionda, que cae por la tierra.
Nacen en tal podredumbre multitud de gusanos, que se nutren de la misma carne, a los cuales, a veces, se agregan las ratas para devorar aquel cuerpo, corriendo unas por encima de él, penetrando otras por la boca y las entrañas. Cáense a pedazos las mejillas, los labios y el pelo; descárnase el pecho, y luego los brazos y las piernas.
Los gusanos, apenas han consumido las carnes del muerto, se devoran unos a otros, y de todo aquel cuerpo no queda, finalmente, más que un fétido esqueleto, que con el tiempo se deshace, separándose los huesos y cayendo del tronco la cabeza. Reducido como a tamo de una era de verano que arrebató el viento... (Dn. 2, 35). Esto es el hombre: un poco de polvo que el viento dispersa.
¿Dónde está, pues, aquel caballero a quien llamaban alma y encanto de la conversación? Entrad en su morada; ya no está allí. Visitad su lecho; otro lo disfruta. Buscad sus trajes, sus armas; otros lo han tomado y repartido todo. Si queréis verle, asomaos a aquella fosa, donde se halla convertido en podredumbre y descarnados huesos...
¡Oh Dios mío! Ese cuerpo alimentado con tan delicados manjares, vestido con tantas galas, agasajado por tantos servidores, ¿se ha reducido a eso?
Bien entendisteis vosotros la verdad, ¡oh Santos benditos!, que por amor de Dios –fin único que amasteis en el mundo– supisteis mortificar vuestros cuerpos, cuyos huesos son ahora, como preciosas reliquias, venerados y conservados en urnas de oro. Y vuestras almas hermosísimas gozan de Dios, esperando el último día para unirse a vuestros cuerpos gloriosos, que serán compañeros y partícipes de la dicha sin fin, como lo fueron de la cruz en esta vida.
Tal es el verdadero amor al cuerpo mortal; hacerle aquí sufrir trabajos para que luego sea feliz eternamente, y negarle todo placer que pudiera hacerle para siempre desdichado.
AFECTOS Y SÚPLICAS
¡He aquí, Dios mío, a qué se reducirá este mi cuerpo, con que tanto os he ofendido: a gusanos y podredumbre! Mas no me aflige, Señor; antes bien, me complace que así haya de corromperse y consumirse esta carne, que me ha hecho perderos a Vos, mi sumo bien. Lo que me contrista es el haberos causado tanta pena por haberme procurado tan míseros placeres.
No quiero, con todo, desconfiar de vuestra misericordia. Me habéis guardado para perdonarme (Is. 30, 18), ¿no querréis, pues, perdonarme si me arrepiento?...
Me arrepiento, sí, ¡oh Bondad infinita!, con todo mi corazón, de haberos despreciado. Diré, con Santa Catalina de Génova: Jesús mío, no más pecados, no más pecados. No quiero abusar de vuestra paciencia. No quiero aguardar para abrazaros a que el confesor me invite a ello en la hora de la muerte. Desde ahora os abrazo, desde ahora os encomiendo mi alma.
Y como esta alma mía ha estado tantos años en el mundo sin amaros, dadme luces y fuerzas para que os ame en todo el tiempo de vida que me reste. No esperaré, no, para amaros, a que llegue la hora de mi muerte. Desde ahora mismo os abrazo y estrecho contra mi corazón, y prometo no abandonaros nunca... ¡Oh Virgen Santísima!, unidme a Jesucristo y alcanzadme la gracia de que jamás le pierda.
PUNTO 3
En esta pintura de la muerte, hermano mío, reconócete a ti mismo, y mira lo que algún día vendrás a ser: Acuérdate de que eres polvo y el polvo te convertirás. Piensa que dentro de pocos años, quizá dentro de pocos meses o días, no serás más que gusanos y podredumbre. Con tal pensamiento se hizo Job (17, 14) un gran santo. A la podredumbre dije: Mi padre eres tú, y mi madre y mi hermana a los gusanos.
Todo ha de acabar. Y si en la muerte pierdes tu alma, todo estará perdido para ti. Considérate ya muerto –dice San Lorenzo Justiniano–, pues sabes que necesariamente has de morir. Si ya estuvieses muerto, ¿qué no desearías haber hecho?... Pues ahora que vives, piensa que algún día muerto estarás.
Dice San Buenaventura que el piloto, para gobernar la nave, se pone en el extremo posterior de ella. Así, el hombre, para llevar buena y santa vida, debe imaginar siempre que se halla en la hora de morir. Por eso exclama San Bernardo: Mira los pecados de tu juventud, y ruborízate; mira los de la edad viril, y llora; mira los últimos desórdenes de la vida, y estremécete, y ponles pronto remedio.
Cuando San Camilo de Lelis se asomaba a alguna sepultura, decíase a sí mismo: “Si volvieran los muertos a vivir, ¿qué no harían por la vida eterna? Y yo, que tengo tiempo, ¿qué hago por mi alma?...” Por humildad decía esto el Santo; mas tú, hermano mío, tal vez con razón pudieras temer el ser aquella higuera sin fruto de la cual dijo el Señor: Tres años que vengo a buscar fruto a esta higuera, y no le hallo (Lc. 13, 7).
Tú, que estás en el mundo más de tres años ha, ¿qué frutos has producido?... Mirad –dice San Bernardo– que el Señor no busca solamente flores, sino frutos; es decir, que no se contenta con buenos propósitos y deseos, sino que exige santas obras.
Sabe, pues, aprovecharte de este tiempo que Dios, por su misericordia, te concede, y no esperes para obrar bien a que ya sea tarde, al solemne instante en que se te diga: ¡Ahora! Llegó el momento de dejar este mundo. ¡Pronto!... Lo hecho, hecho está.
AFECTOS Y SÚPLICAS
Aquí me tenéis, Dios mío; yo soy aquel árbol que desde muchos años ha merecía haber oído de Vos estas palabras: Córtale, pues ¿para qué ha de ocupar terreno en balde?... (Lc. 13, 7). Nada más cierto, porque en tantos años como estoy en el mundo no os he dado más frutos que abrojos y espinas de mis pecados...
Mas Vos, Señor, no queréis que yo pierda la esperanza. A todos habéis dicho que quien os busca os halla (Lc. 11, 9). Yo os busco, Dios mío, y quiero recibir vuestra gracia. Aborrezco de todo corazón cuantas ofensas os he hecho, y quisiera morir por ellas de dolor.
Si en lo pasado huí de Vos, más aprecio ahora vuestra amistad que poseer todos los reinos del mundo. No quiero resistir más a vuestro llamamiento. Ya que es voluntad vuestra que del todo me dé a Vos, sin reserva a Vos me entrego todo... En la cruz os disteis todo a mí. Yo me doy todo a Vos.
Vos, Señor, habéis dicho: Si algo pidiereis en mi nombre, Yo lo haré (Jn. 14, 14). Confiado yo, Jesús mío, en esta gran promesa, en vuestro nombre y por vuestros méritos os pido vuestra gracia y vuestro amor. Haced que de ellos se llene mi alma, antes morada de pecados.
Gracias os doy por haberme inspirado que os dirija esta oración, señal cierta de que queréis oírme. Oídme, pues, ¡oh Jesús mío!, concededme vivo amor hacia Vos, deseo eficacísimo de complaceros y fuerza para cumplirle... ¡Oh María, mi gran intercesora, escuchadme Vos también, y rogad a Jesús por mí!
(“Preparación para la muerte” – San Alfonso María de Ligorio)

domingo, 1 de noviembre de 2015

7 Medios prácticos para formar el hábito de la presencia de Dios

7 medios prácticos para formar el hábito de la presencia de Dios

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A Jesús no le vemos y tocamos como a cualquier otra persona, pero por la fe sabemos que Cristo Resucitado está vivo y nos acompaña

En las últimas dos notas he hablado sobre el hábito más importante la vida espiritual: el hábito de la presencia de Dios. Allí he explicado en qué consiste. Ahora propongo algunos medios prácticos para vivir en la presencia de Dios.
1. Cree e imagina que Jesús está junto a ti.
A Jesús no le vemos y tocamos como a cualquier otra persona, pero por la fe sabemos que Cristo Resucitado está vivo y nos acompaña en el camino de la vida. Como el ciego percibe la presencia de otra persona a su lado, así, por la fe, siento y estoy seguro de la presencia de Dios junto a mí. Yo sé que Él me escucha. Creo que siempre lo he tenido a mi lado y dentro de mí, y que ahora mismo está aquí. Puedo “llevarlo conmigo” a todas partes, conversar familiarmente con Él, pedirle luz y fuerza, disfrutar de su compañía.
Una de las oraciones más bellas que conocemos y que celebran esta presencia omnipresente de Dios es el Salmo 139:
“Señor, tú me examinas y conoces,
sabes si me siento o me levanto, tú conoces de lejos lo que pienso.
Ya esté caminando o en la cama me escudriñas, eres testigo de todos mis pasos.
Aún no está en mi lengua la palabra cuando ya tú, Señor, la conoces entera.
Me aprietas por detrás y por delante y colocas tu mano sobre mí.
Me supera ese prodigio de saber, son alturas que no puedo alcanzar.
¿Adónde iré lejos de tu espíritu, adónde huiré lejos de tu rostro?
Si escalo los cielos, tú allí estás, si me acuesto entre los muertos, allí también estás.
Si le pido las alas a la Aurora para irme a la otra orilla del mar,
también allá tu mano me conduce y me tiene tomado tu derecha.
Si digo entonces: “¡Que me oculten, al menos, las tinieblas y la luz se haga noche sobre mí!”
Mas para ti ni son oscuras las tinieblas y la noche es luminosa como el día.
Pues eres tú quien formó mis riñones, quien me tejió en el seno de mi madre.
Te doy gracias por tantas maravillas, admirables son tus obras y mi alma bien lo sabe.
Mis huesos no te estaban ocultos cuando yo era formado en el secreto, o bordado en lo profundo de la tierra.
Tus ojos veían todos mis días, todos ya estaban escritos en tu libro y contados antes que existiera uno de ellos.”
2. Mira con miradas de fe:
Aplicando una mirada de fe, todo es transparencia de Dios; todo: cosas, acontecimientos y personas. Dios está en toda la creación porque le da la existencia y porque la conserva. Las criaturas tienen los rasgos de su autor y podemos descubrir en ellas los atributos, las cualidades esenciales, de Quien las hizo. En las personas podemos reconocer a Dios porque las creó a su imagen y semejanza y porque la gracia santificante corre por sus venas.
Dios está allí, quiere revelarse, darse a conocer a nosotros, depende de cada uno abrir los ojos con una mirada de fe y reconocerle. Lo contrario sería una especie de ceguera o miopía.
3. Haz un examen diario lleno de gratitud:
Dios Providente está presente en la historia y en tu historia personal, la de cada día; que no te pase desapercibido.
Dios suele manifestarse a través de actos y palabras de otras personas, de gracias actuales que el Espíritu Santo te regale, de dones que recibas, de oportunidades para crecer, de los Sacramentos, etc. No tienen que ser grandes acontecimientos, Dios nos ofrece los dones de Su amor de manera bastante sencilla. Es cuestión de estar atento para captar su intervención Providente, ser receptivo, ser humilde, atribuirle el mérito, bendecirlo y darle las gracias.
Si todos los días, al final de la jornada, te reservas un tiempo para descubrir el modo en que Dios se hizo presente en tu vida y para darle las gracias, estarás aplicando un medio de gran eficacia para formar el hábito de la presencia de Dios.
4. Echa mano de jaculatorias:
San Pedro de Alcántara, en su tratado de la oración y meditación, dice que las jaculatorias “ayudan para la memoria continua de Dios y el andar siempre en su presencia”.
Las jaculatorias son oraciones breves, en forma de frases sencillas, que dirigimos a Dios en medio de las actividades cotidianas, poniendo toda la fuerza de nuestra fe y todo el afecto de nuestro corazón al pronunciarlas.
Algunos ejemplos:
“Señor, tú lo sabes todo, tú bien sabes que te amo”
“El Señor es mi Pastor, nada me falta”
“Estoy en tus manos. Hágase tu voluntad”
“Tú eres mi Roca y mi salvación”
“Jesús, manso y humilde de corazón, haz mi corazón semejante al tuyo”
“Espíritu Santo, ilumíname”
“Señor, que vea”
“Señor, aumenta mi fe”
“Santa María de Guadalupe, ruega por nosotros”
“María, soy todo tuyo”
“Sagrado Corazón de Jesús, en ti confío”
“Señor mío y Dios mío”
“Señor, ten misericordia de mí”
5. Haz visitas eucarísticas y comuniones espirituales:
Si hablamos de la presencia de Dios, ¿qué mayor presencia que la de la Eucaristía? Cristo Eucaristía: la presencia fiel y cercana. Si hay una capilla en tu universidad, o cerca de tu trabajo o de tu casa, puedes ir a visitar a Cristo Eucaristía una vez al día. Tal vez pases, o puedas pasar, todos los días frente a una Iglesia y quieras formar el hábito de detenerte a saludarlo unos minutos. Lo mismo que haces con tu novia, con tu esposa o con tus padres. Es una forma de mantener fresco el amor.
También, hay ocasiones en que quisieras recibir la Eucaristía y no te es posible; entonces puedes hacer una comunión de deseo donde quiera que te encuentres. Consiste en hacer una pausa y manifestar a Jesucristo el deseo de recibirle en el Sacramento de la Eucaristía y pedirle la gracia de recibirlo espiritualmente.
Puedes imaginarte junto a Jesús en la última cena, recostarte espiritualmente sobre su pecho y decirle con tus propias palabras lo mucho que deseas recibirle. También puedes usar fórmulas como la de San Alfonso María de Ligorio:
Creo, Jesús mío, que estás realmente presente en el Santísimo Sacramento del Altar. Te amo sobre todas las cosas y deseo ardientemente recibirte dentro de mi alma. Pero como ahora no puedo recibirte sacramentado, ven a lo menos espiritualmente a mi corazón.
(Guarda silencio y expresa a Jesús el amor que le tienes)
Y ahora, como si ya te hubiese recibido, te abrazo y me uno todo a ti.
No permitas, Señor, que jamás me separe de ti. Amén.
6. Reza cuando realices tus actividades habituales:
Ayuda mucho para avivar la presencia de Dios adquirir el hábito de rezar antes de tus actividades habituales. Comes tres veces al día, puedes bendecir los alimentos antes de comer. Cuando sales de casa, puedes pedir la protección de Dios. Cuando vas a iniciar tu jornada laboral, puedes hacer la señal de la cruz. Cuando regresas todos los días a casa, puedes besar una Biblia, un crucifijo o una imagen de la Virgen María que coloques a la entrada.
7. Enciende una veladora o lleva un crucifijo en tu bolsillo.
La llama de una veladora puede recordarte a Cristo Resucitado (como el cirio pascual) y Su presencia en tu corazón. Puedes tener un cirio en tu escritorio, en el taller, en la cocina, o en donde pases tiempos largos todos los días, y encenderlo ocasionalmente. El cirio encendido puede ayudarte a evocar la presencia de Cristo Resucitado a tu lado y dentro de ti.
Y hay otros medios prácticos que cada uno puede ir encontrando, como un amigo que desde hace tiempo tiene el hábito de llevar un crucifijo en el bolsillo de su pantalón: varias veces durante la jornada, mete la mano en la bolsa, aprieta fuerte el crucifijo y le dirige una palabra a Jesús.

Padre Evaristo Sada, L.C. La-Oracion.com


sábado, 31 de octubre de 2015

La Virgen Adorando la Eucaristía

La Virgen María adorando la Eucaristía en la Encarnación es el modelo para todo adorador


            Existen en la Iglesia multitud de santos que se han destacado por su amor a la Eucaristía. Sólo por nombrar algunos, se encuentran, entre muchos otros, el obispo González, el adorador de los sagrarios abandonados, fundador de la Unión Eucarística Reparadora; San Pascual Baylón, Santo Tomás de Aquino, … etc. Los santos que se han destacado por su devoción a la Eucaristía son innumerables, y mucho más, desde el momento en que no existe santo de la Iglesia Católica que no haya sido devoto de la Eucaristía. De todos estos santos, puede el adorador tomar ejemplo.
            Sin embargo, existe un modelo insuperable, ante el cual el amor eucarístico de los santos más piadosos y fervorosos es casi como una pequeñísima chispa comparada con una inmensa hoguera, y este modelo de adoración eucarística insuperable, es la Virgen María. Todo en la Virgen se origina en la Eucaristía y se orienta hacia la Eucaristía. Fue creada para la Eucaristía, porque solo Ella, Inmaculada y Llena de gracia, Toda Pureza y Hermosura, podía ser el receptáculo digno, de dignidad acorde a la majestad del Verbo de Dios que por amor a los hombres se habría de encarnar. La Virgen fue pensada y creada por la Trinidad, no solo sin mancha de pecado original,  es decir, sin la más pequeñísima mancha no de malicia, sino siquiera de imperfección, para alojar en su seno virginal al Dios Perfecto, la Perfección Increada fuente de toda perfección creada; la Virgen fue pensada y creada por la Trinidad, además de sin mancha de pecado original, Toda Llena de gracia, Inhabitada por el Espíritu Santo, lo cual quiere decir que fue creada enamorada de Dios y para enamorar al mismísimo Dios Uno y Trino; fue creada Llena del Amor hermoso, con su cuerpo y su alma, su mente y su corazón, ardientes en el Amor divino, desde el instante mismo de la Concepción Inmaculada, lo cual quiere decir que la Virgen no podía amar otra cosa que no sea Dios, ni amar nada que no sea en Dios, ni amar nada que no sea para Dios. Sólo su mente perfectísima, llena de la Sabiduría divina, podía recibir y aceptar sin dudar ni un instante, a la Sabiduría encarnada, Jesucristo; solo su Corazón Inmaculado, Purísimo y exultante con el más puro Amor, podía recibir y amar a la Bondad infinita de Dios que por Amor se encarnaba; sólo su seno virginal, sólo su útero humano, jardín del Paraíso en la tierra, podía alojar al diminuto Cuerpo creado del Redentor, que en el momento de la Encarnación tenía, como todo hombre, un cuerpo del tamaño de una célula, pues era un cigoto, pero a diferencia de todo hombre, cuyo cigoto está animado por su alma humana, unida indisolublemente al cuerpo, que tiene el tamaño de un cigoto, el Hombre-Dios tenía, además de su alma humana, su Divinidad, porque era Dios Hijo en Persona.
La Virgen adoró, desde el primer instante de su Concepción, a Dios Trino, y adoró, desde el primer instante de la Encarnación, a Dios Hijo humanado en su seno. La Virgen fue creada para ser sagrario viviente, custodia viva y ardiente de amor, para alojar al Hijo de Dios encarnado, que se alojaría en su seno virginal durante nueve meses, y en esos nueve meses, el Hijo de Dios fue adorado por la Virgen en su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad.
La Virgen adoró al Hijo de Dios desde el primer instante de la Encarnación, y lo adoró en su seno virginal, convertido en sagrario viviente más precioso que el oro; cuando el Hijo de Dios se encarnó, la Virgen lo adoró en la Encarnación a Aquel que era en sí mismo la Eucaristía. La Virgen no solo cuidó con amor maternal a su Hijo Jesús, desde que se encarnó, sino que lo adoró durante todo el período de gestación, a Jesús, cuyo Cuerpo fue primero un cigoto, luego un embrión, luego un bebé; Cuerpo en el que luego comenzó a circular su Sangre Preciocísima, a medida que se formaban las células de la sangre, las venas, y el corazón comenzaba a latir; la Virgen adoró a Jesús, cuyo cuerpo que estaba animado por su Alma santísima, Alma unida a la Divinidad, Divinidad que el Hijo de Dios poseía desde la eternidad, dada por el Padre desde siempre. La Virgen adoró la Eucaristía, el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de su Hijo Jesús, con su mente, colmada con la Sabiduría divina, anonada en la Inteligencia infinita de Dios, sumisa en el Amor al Pensamiento divino que pensaba de esta manera el mejor camino para salvar a los hombres, y la adoración se tradujo en la más absoluta sumisión a la Verdad divina; la Virgen adoró la Eucaristía, el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de su Hijo Jesús, con su Corazón Inmaculado, Corazón sin mancha, brillantísimo, limpidísimo, purísimo, Lleno del Amor divino, que no podía ni sabía ni quería amar otra cosa que no sea a su Hijo Jesús en su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad; la Virgen no podía ni quería amar otra cosa que no sea la Eucaristía, su Hijo Jesús, y la adoración se tradujo en amor puro y exclusivo a la Eucaristía; la Virgen adoró la Eucaristía, el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad, con su cuerpo, porque la Eucaristía, su Hijo Jesús, se alojó en su cuerpo, en su seno virginal, convertido en sagrario viviente y en custodia viva, ardiente en Amor divino, y la adoración la llevó a consagrar su cuerpo inmaculado, para dar de su cuerpo y de su sangre, de su vida y de su amor, a su Hijo Jesús, que era ya Eucaristía en su seno virginal.
La Virgen en la Encarnación adoró a su Hijo Jesús en su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad, con su mente, su corazón y su cuerpo, y por eso es modelo de adoración para todo adorador de la Eucaristía.