miércoles, 27 de febrero de 2013

Frases del Santo Padre Pío de Pietrelcina

                                          

El tiempo transcurrido en glorificar a Dios y en cuidar la salud del alma, no será nunca tiempo perdido. (Santo Padre Pío de Pietrelcina)

Evangelio - Miércoles II Semana de Cuaresma


Día litúrgico: Miércoles II de Cuaresma
Texto del Evangelio (Mt 20,17-28): En aquel tiempo, cuando Jesús iba subiendo a Jerusalén, tomó aparte a los Doce, y les dijo por el camino: «Mirad que subimos a Jerusalén, y el Hijo del hombre será entregado a los sumos sacerdotes y escribas; le condenarán a muerte y le entregarán a los gentiles, para burlarse de Él, azotarle y crucificarle, y al tercer día resucitará».

Entonces se le acercó la madre de los hijos de Zebedeo con sus hijos, y se postró como para pedirle algo. Él le dijo: «¿Qué quieres?». Dícele ella: «Manda que estos dos hijos míos se sienten, uno a tu derecha y otro a tu izquierda, en tu Reino». Replicó Jesús: «No sabéis lo que pedís. ¿Podéis beber la copa que yo voy a beber?». Dícenle: «Sí, podemos». Díceles: «Mi copa, sí la beberéis; pero sentarse a mi derecha o mi izquierda no es cosa mía el concederlo, sino que es para quienes está preparado por mi Padre».

Al oír esto los otros diez, se indignaron contra los dos hermanos. Mas Jesús los llamó y dijo: «Sabéis que los jefes de las naciones las dominan como señores absolutos, y los grandes las oprimen con su poder. No ha de ser así entre vosotros, sino que el que quiera llegar a ser grande entre vosotros, será vuestro servidor, y el que quiera ser el primero entre vosotros, será vuestro esclavo; de la misma manera que el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos».
Comentario: Rev. D. Francesc JORDANA i Soler (Mirasol, Barcelona, España)
El que quiera llegar a ser grande entre vosotros, será vuestro servidor
Hoy, la Iglesia —inspirada por el Espíritu Santo— nos propone en este tiempo de Cuaresma un texto en el que Jesús plantea a sus discípulos —y, por lo tanto, también a nosotros— un cambio de mentalidad. Jesús hoy voltea las visiones humanas y terrenales de sus discípulos y les abre un nuevo horizonte de comprensión sobre cuál ha de ser el estilo de vida de sus seguidores.

Nuestras inclinaciones naturales nos mueven al deseo de dominar las cosas y a las personas, mandar y dar órdenes, que se haga lo que a nosotros nos gusta, que la gente nos reconozca un status, una posición. Pues bien, el camino que Jesús nos propone es el opuesto: «El que quiera llegar a ser grande entre vosotros, será vuestro servidor, y el que quiera ser el primero entre vosotros, será vuestro esclavo» (Mt 20,26-27). “Servidor”, “esclavo”: ¡no podemos quedarnos en el enunciado de las palabras!; las hemos escuchado cientos de veces, hemos de ser capaces de entrar en contacto con la realidad que significan, y confrontar dicha realidad con nuestras actitudes y comportamientos.

El Concilio Vaticano II ha afirmado que «el hombre adquiere su plenitud a través del servicio y la entrega a los demás». En este caso, nos parece que damos la vida, cuando realmente la estamos encontrando. El hombre que no vive para servir no sirve para vivir. Y en esta actitud, nuestro modelo es el mismo Cristo —el hombre plenamente hombre— pues «el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos» (Mt 20,28).

Ser servidor, ser esclavo, tal y como nos lo pide Jesús es imposible para nosotros. Queda fuera del alcance de nuestra pobre voluntad: hemos de implorar, esperar y desear intensamente que se nos concedan esos dones. La Cuaresma y sus prácticas cuaresmales —ayuno, limosna y oración— nos recuerdan que para recibir esos dones nos debemos disponer adecuadamente.
________________________________________________________________
Otro comentario: REDACCIÓN evangeli.net (elaborado a partir de textos de Benedicto XVI) (Città del Vaticano, Vaticano)
El "sufrimiento vicario" de Cristo
Hoy, Jesús predice por tercera vez su pasión y se nos muestra como este "uno" que, obedeciendo al Padre, sufre ofreciendo la salvación a "todos". La teología reciente ha destacado la palabra "por", común a los cuatro relatos de la Eucaristía; una palabra que puede ser considerada clave no sólo de la narración de la Última Cena, sino de la figura misma de Jesucristo.

"Por" connota una "actitud pro-existencia": el Ser de Jesús no es un vivir para sí mismo, sino para los demás; y esto no sólo como un aspecto cualquiera de su existencia, sino como aquello que le define más íntimamente. Su ser es, en cuanto ser, un "ser para".

—¡El Hijo del hombre ha venido para dar su vida en rescate por muchos! Éste es el culto nuevo: Jesús atrae a la humanidad a su obediencia vicaria. Participar en el Cuerpo y la Sangre de Cristo significa que Él responde "por muchos" —por nosotros— y, en la Eucaristía, nos acoge entre estos "muchos".
____________________________________________________________________

BEBER EL CÁLIZ DEL SEÑOR
— Identificar en todo nuestra voluntad con la del Señor. Corredimir con Él.
Jesús habla por tercera vez a sus discípulos de su Pasión y Muerte, y de su Resurrección gloriosa, mientras se encamina a Jerusalén. En un alto del camino, cerca ya de Jericó, una mujer, la madre de Santiago y Juan, se le acerca para hacerle una petición en favor de sus hijos. Se postró, cuenta San Mateo, para hacerle una petición. Con toda sencillez le dice a Jesús: Ordena que estos hijos míos se sienten en tu Reino uno a tu derecha y otro a tu izquierda1. El Señor le respondió enseguida: No sabéis lo que pedís. ¿Podéis beber el cáliz que yo he de beber? Ellos dijeron: —Podemos2.
Los dos hermanos no debieron entender mucho, pues poco antes, cuando Jesús hablaba de la Pasión, dice San Lucas: Ninguna de estas cosas comprendían; al contrario, para ellos era un lenguaje desconocido, y no entendían lo que les decía3.
Es difícil de entender el lenguaje de la Cruz. Sin embargo, ellos están dispuestos, aunque sea con una intención general, a querer todo lo que Jesús quiera. No habían puesto ningún límite a su Señor; tampoco nosotros lo hemos puesto. Por eso, cuando pedimos algo en nuestra oración debemos estar dispuestos a aceptar, por encima de todo, la Voluntad de Dios; también, cuando no coincida con nuestros deseos. «Su majestad –dice Santa Teresa– sabe mejor lo que nos conviene; no hay para qué le aconsejar lo que nos ha de dar, que nos puede con razón decir que no sabemos lo que pedimos»4. Quiere que le pidamos lo que necesitamos y deseemos pero, sobre todo, que conformemos nuestra voluntad con la suya. Él nos dará siempre lo mejor.
Juan y Santiago piden un puesto de honor en el nuevo reino, y Jesús les habla de la redención. Les pregunta si están dispuestos a padecer con Él. Utiliza la imagen hebrea del cáliz, que simboliza la voluntad de Dios sobre un hombre5. El del Señor es un cáliz amarguísimo que se trocará en cáliz de bendición6 para todos los hombres.
Beber la copa de otro era la señal de una profunda amistad y la disposición de compartir un destino común. A esta estrecha participación invita el Señor a quienes quieran seguirle. Para participar en su Resurrección gloriosa es necesario compartir con Él la Cruz. ¿Estáis dispuestos a padecer conmigo? ¿Podéis beber mi cáliz conmigo? Podemos, le respondieron aquellos dos Apóstoles.
Santiago murió pocos años más tarde, decapitado por orden de Herodes Agripa7. San Juan padeció innumerables sufrimientos y persecuciones por amor a su Señor.
«También a nosotros nos llama, y nos pregunta, como a Santiago y a Juan: Potestis bibere calicem quem ego bibiturus sum? (Mt 20, 22): ¿Estáis dispuestos a beber el cáliz –este cáliz de la entrega completa al cumplimiento de la voluntad del Padre– que yo voy a beber?Possumus (Mt 20, 22); ¡Sí, estamos dispuestos!, es la respuesta de Juan y de Santiago. Vosotros y yo, ¿estamos seriamente dispuestos a cumplir, en todo, la voluntad de nuestro Padre Dios? ¿Hemos dado al Señor nuestro corazón entero, o seguimos apegados a nosotros mismos, a nuestros intereses, a nuestra comodidad, a nuestro amor propio? ¿Hay algo que no responde a nuestra condición de cristianos, y que hace que no queramos purificarnos? Hoy se nos presenta la ocasión de rectificar»8.
— Ofrecimiento del dolor y de la mortificación voluntaria. Penitencia en la vida ordinaria. Algunos ejemplos de mortificación.
Cuando aquella mujer hizo su petición de madre, Jesús preguntó a sus discípulos: «¿podéis beber el cáliz...? El Señor sabía que podrían imitar su pasión, y sin embargo les pregunta, para que todos oigamos que nadie puede reinar con Cristo si no ha imitado antes su pasión; porque las cosas de mucho valor no se consiguen más que a un precio muy alto»9. No existe vida cristiana sin mortificación: es su precio. «El Señor nos ha salvado con la Cruz; con su muerte nos ha vuelto a dar la esperanza, el derecho a la vida. No podemos honrar a Cristo si no lo reconocemos como nuestro Salvador, si no lo honramos en el misterio de la Cruz... El Señor hizo del dolor un medio de redención; con su dolor nos ha redimido, siempre que nosotros no rehusemos unir nuestro dolor al suyo y hacer de este con el suyo un medio de redención»10.
El dolor tendrá ya para siempre la posibilidad de sumarse al cáliz del Señor, unirse a su pasión, para la salvación de toda la humanidad. Lo que no tenía sentido ya lo tiene en Cristo. También nosotros podemos decir: Todo lo sufro por amor de los escogidos, a fin de que consigan también ellos la salvación, adquirida por Jesucristo, con la gloria celestial11; no hay día, hermanos, en que yo no muera por la gloria vuestra y también mía, que está en Jesucristo nuestro Señor12.
La mortificación y la vida de penitencia, a la que nos llama la Cuaresma, tiene como motivo principal la corredención, «la participación en los sufrimientos de Cristo»13, participar del mismo cáliz del Señor. Nosotros somos los primeros beneficiados, pero la eficacia sobrenatural de nuestro dolor ofrecido y de la mortificación voluntaria alcanzan a toda la Iglesia, y aun al mundo entero. Esta voluntaria mortificación es medio de purificación y de desagravio, necesario para poder tratar al Señor en la oración e indispensable para la eficacia apostólica, porque «la acción nada vale sin la oración: la oración se avalora con el sacrificio»14.
El espíritu de penitencia y de mortificación lo manifestamos en nuestra vida corriente, en el quehacer de cada día, sin necesidad de esperar ocasiones extraordinarias. «Penitencia es el cumplimiento exacto del horario que te has fijado, aunque el cuerpo se resista o la mente pretenda evadirse con ensueños quiméricos. Penitencia es levantarse a la hora. También, no dejar para más tarde, sin un motivo justificado, esa tarea que te resulta más difícil o costosa.
»La penitencia está en saber compaginar tus obligaciones con Dios, con los demás y contigo mismo, exigiéndote de modo que logres encontrar el tiempo que cada cosa necesita. Eres penitente cuando te sujetas amorosamente a tu plan de oración a pesar de que estés rendido, desganado o frío.
»Penitencia es tratar siempre con la máxima caridad a los otros, empezando por los tuyos. Es atender con la mayor delicadeza a los que sufren, a los enfermos, a los que padecen. Es contestar con paciencia a los cargantes e inoportunos. Es interrumpir o modificar nuestros programas, cuando las circunstancias –los intereses buenos y justos de los demás, sobre todo– así lo requieran.
»La penitencia consiste en soportar con buen humor las mil pequeñas contrariedades de la jornada; en no abandonar la ocupación, aunque de momento se te haya pasado la ilusión con que la comenzaste; en comer con agradecimiento lo que nos sirven, sin importunar con caprichos.
»Penitencia, para los padres y, en general, para los que tienen una misión de gobierno o educativa, es corregir cuando hay que hacerlo, de acuerdo con la naturaleza del error y con las condiciones del que necesita esa ayuda, por encima de subjetivismos necios y sentimentales.
»El espíritu de penitencia lleva a no apegarse desordenadamente a ese boceto monumental de los proyectos futuros, en el que ya hemos previsto cuáles serán nuestros trazos y pinceladas maestras. ¡Qué alegría damos a Dios cuando sabemos renunciar a nuestros garabatos y brochazos de maestrillo, y permitimos que sea Él quien añada los rasgos y colores que más le plazcan!»15.
— Mortificaciones que nacen del servicio a los demás.
Los demás discípulos, que habían oído el diálogo de Jesús con los dos hermanos, comenzaron a indignarse. Entonces les dijo el Señor:Sabéis que los jefes de los pueblos los oprimen, y los poderosos los avasallan. No ha de ser así entre vosotros; el que quiera llegar a ser grande, sea vuestro servidor; y quien entre vosotros quiera ser el primero, sea el esclavo de todos; porque el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida en redención por muchos16.
El servicio de Cristo a la humanidad va encaminado a la salvación. Nuestra actitud ha de ser servir a Dios y a los demás con visión sobrenatural, especialmente en lo referente a la salvación, pero también en todas las ocasiones que se presentan cada día. Servir incluso al que no lo agradece, sin esperar nada a cambio. Es la mejor ocasión de dar la vida por los demás, de un modo eficaz y discreto, que apenas se nota, y de combatir el propio egoísmo, que tiende a robarnos la alegría.
La mayoría de las profesiones suponen un servicio directo a los demás: amas de casa, comerciantes, profesores, empleadas de hogar, y todas, aunque sea de modo menos directo, son un servicio. Ojalá no perdamos de vista este aspecto, que contribuirá a santificarnos en el trabajo.
Servir a los demás requiere mortificación y presencia de Dios, y olvido de uno mismo. En ocasiones, este espíritu de servicio chocará con la mentalidad de muchos que solo piensan en sí mismos. Para nosotros los cristianos es «nuestro orgullo» y nuestra dignidad, porque así imitamos a Cristo, y porque para servir voluntariamente, por amor, es necesario poner en juego muchas virtudes humanas y sobrenaturales. «Esta dignidad se expresa en la disponibilidad para servir, según el ejemplo de Cristo, que no ha venido a ser servido, sino a servir. Si, por consiguiente, a la luz de esta actitud de Cristo se puede verdaderamente reinar solo sirviendo, a la vez, el servir exige tal madurez espiritual que es necesario definirlo como el reinar. Para poder servir digna y eficazmente a los otros, hay que saber dominarse, es necesario poseer las virtudes que hacen posible tal dominio»17.
No nos importe servir y ayudar mucho a quienes están a nuestro lado, aunque no recibamos ningún pago ni recompensa. Servir, junto a Cristo y por Cristo, es reinar con Él. Nuestra Madre Santa María, que sirvió a su Hijo y a San José, nos ayudará a darnos sin medida ni cálculo.
1 Mt 20, 21-22. — 2 Mt 20, 22. — 3 Lc 18, 34. — 4 Santa Teresa, Moradas, 11, 8. —5 Cfr. Sal 16, 5.  6 Is 51, 17-22. — 7 Cfr. Hech 12, 2. — 8 San Josemaría Escrivá,Es Cristo que pasa, 15. — 9 San Juan Crisóstomo, Homilías sobre San Mateo, 35. —10 Pablo VI, Alocución, 24-II-1967. — 11 1 Tim 2, 10. — 12 1 Cor 15, 31. — 13 Pablo VI, Paenitemini, 17-II-1966. — 14 San Josemaría Escrivá, Camino, n. 81. — 15 ídem,Amigos de Dios, 138. — 16 Mt 20, 24-28. — 17 Juan Pablo II, Enc. Redemptor hominis, 21.
______________________________________________________________________________

Otro comentario: San Agustín (354-430), obispo de Hipona (África del Norte), doctor de la Iglesia 
Discurso sobre los Salmos, Sal. 121 


“Mirad, estamos subiendo a Jerusalén”

    En los “Salmos de las subidas” el salmista suspira por Jerusalén y dice que quiere subir a la ciudad santa. ¿Dónde quiere subir? ¿Desea llegar al sol, a la luna, a las estrellas? No. La Jerusalén celeste está en el cielo, allí donde habitan los ángeles, nuestros conciudadanos (Hb 12,22). En esta tierra estamos en exilio, lejos de ellos. En el camino del exilio, suspiramos; en la ciudad exultaremos de gozo.

    A lo largo de nuestro viaje encontramos compañeros que ya han visto esta ciudad y nos animan a correr hacia ella. Han provocado que el salmista lance un grito de alegría: “Qué alegría cuando me dijeron: Vamos a la casa del Señor” (Sal. 121,1)... “Iremos a la casa del Señor”: corramos pues, corramos puesto que llegaremos a la casa del Señor. Corramos sin cansarnos; allí no hay cansancio. Corramos hacia la casa del Señor y exultemos de gozo con los que nos han llamado a ir allá, aquellos que han sido los primeros en contemplar nuestra patria. Y de lejos gritan a los que les siguen: “¡Iremos a la casa del Señor; caminad, corred!” Los apóstoles han visto ya esta casa y nos llaman: “¡Corred, caminad, seguidnos! ¡Iremos a la casa del Señor!”

    ¿Y, qué es lo que responde cada uno de nosotros? “Me alegro por lo que me han dicho: Iremos a la casa del Señor”. Me he alegrado en los profetas, me ha alegrado en los apóstoles, porque todos nos han dicho: “Vamos a la casa del Señor”. 


martes, 26 de febrero de 2013

El Papa Benedicto XVI combatió al oscurantismo....


El Papa Benedicto XVI combatió al oscurantismo, asegura sacerdote


Papa Benedicto XVI

REDACCIÓN CENTRAL, 21 Feb. 13 / 12:16 am (ACI).- El sacerdote jesuita Juan Dejo Bendezú, doctor en teología, explicó en un artículo titulado “Benedicto XVI y su batalla contra el oscurantismo”, que “el tiempo se encargará de comprenderlo (al Santo Padre) de manera más justa al interior de un proyecto mayor: la recuperación de la razón como una dimensión indesligable de la fe cristiana”.

En el texto, publicado en la Enciclopedia Católica de ACI Prensa, el P. Dejo Bendezú señaló que “Benedicto XVI pasará a la historia como un Papa singular”, pues “postuló como imperiosa necesidad dirigir sus fuerzas contra el avance de la secularización atea o agnóstica de Europa”.

“Vivimos tiempos en que la espiritualidad se ve amenazada al entendérsela como un fenómeno puramente sensible y colindante con lo ‘irracional’”, advirtió el presbítero.

Esta idea, criticó, es “una falacia”, pues “se asume que el universo de la experiencia sensible y corporal en el humano, tiene un funcionamiento que excluye a la razón”.

“De igual manera una caricatura de la experiencia mística hizo de ella una vivencia meramente física y hasta ‘paranormal’, cuando en realidad lo propiamente sublime que se vive en la mística no puede darse sin un correlato de sentido dado por la reflexividad”, dijo.

El P. Dejo Bendezú subrayó que “en el cristianismo, el Misterio de lo insondable de lo divino no equivale a lo irracional”, por ello no sorprende “que Benedicto XVI llegue a postular la prioridad de la razón en el discurso cristiano”.

La Razón, dijo el teólogo, “no es un mero ejercicio cognitivo o lógico que se encarga de hacer inteligible el entorno de la ‘realidad’. La Razón es mucho más que eso”.

La Razón, señaló, “es el ‘instrumental’ por el cual conferimos sentido y ‘re-creamos’ la realidad, conduciendo a la física y a la biología, hacia formas trascendentes a las que llamamos Arte, Cultura, Espiritualidad y todo aquello que aspira a esa dimensión que entendemos como sublime”.

Por ello, para el sacerdote, “la lucha de Benedicto XVI así como la de tantos otros en la historia humana, es aquella por la cual se postula como absurdo el divorcio entre la Fe y la Razón”.

“Desde su mismo germen, la Razón nace junto con la Fe y viceversa”, subrayó.

Sin embargo, el P. Dejo Bendezú indicó que “la crisis de la Razón que hoy vivimos, debemos leerla a la par con la crisis de la fe, extendida quizá sin mayor auto-crítica por aquellos que enarbolan el estandarte del ateísmo”.

“¿No será que bajo el velo de una aparente ‘extrema racionalidad’ que acusa la postura atea, en realidad se oculta una radical irracionalidad que no es sometida suficientemente a crítica?”, cuestionó.

El teólogo expresó su deseo de que el Papa Benedicto XVI, al concluir su ministerio petrino, “desasido ya de la compleja tarea que le tocó cumplir, continúe su batalla intelectual contra el oscurantismo y pueda seguir dándonos pistas para hacer lo mismo de manera eficaz”.

Para leer el artículo completo puede ingresar a:http://ec.aciprensa.com/wiki/Benedicto_XVI_y_su_batalla_contra_el_oscurantismo

El Credo, un fruto importante en la celebración del Año de la Fe


El Credo, un fruto importante en la celebración del Año de la Fe
El credo y el relativismo
Carta pastoral de monseñor Juan Rubén Martínez, obispo de Posadas para el segundo domingo de Cuaresma (24 de febrero de 2013) 



Continuamos reflexionando sobre la carta Pastoral de cuaresma en este segundo domingo tratando de comprender que la fe es un Don de Dios, y también nuestro compromiso para que dicha fe impregne toda nuestra vida. 

Considero importante subrayar que la fe es un don de Dios. Es “Dios” quién gratuitamente obra su gracia para que nuestra fe no sea en algo, sino en Alguien, en la persona de Jesucristo. En “Porta Fidei”, el Papa señala al respecto: “La Puerta de la Fe (Hech. 14,27), que introduce en la vida de comunión con Dios, y permite la entrada en su Iglesia, esta siempre abierta para nosotros. Se cruza ese umbral cuando la Palabra de Dios se anuncia y el corazón se deja plasmar por la gracia que transforma. Atravesar esa puerta supone emprender un camino que dura toda la vida. Éste empieza con el bautismo (cf. Rm 6, 4), con el que podemos llamar a Dios con el nombre de Padre, y se concluye con el paso de la muerte a la vida eterna, fruto de la resurrección del Señor Jesús que, con el don del Espíritu Santo, ha querido unir en su misma gloria a cuantos creen en él (cf. Jn 17, 22). Profesar la fe en la Trinidad –Padre, Hijo y Espíritu Santo –equivale a creer en un solo Dios que es Amor (cf. 1 Jn 4, 8): el Padre, que en la plenitud de los tiempos envió a su Hijo para nuestra salvación; Jesucristo, que en el misterio de su muerte y resurrección redimió al mundo; el Espíritu Santo, que guía a la Iglesia a través de los siglos en la espera del retorno glorioso del Señor. (Nº1)” 

En el inicio del año de la fe en el contexto de nuestra peregrinación anual a Loreto, el domingo 18 de Noviembre hemos realizado una proclama solemne del “Credo”. También en todas las parroquias y comunidades se han propuesto resaltar en la liturgia y catequesis el “Credo”, en orden a que los creyentes confesemos nuestra fe con plenitud y renovada convicción, con confianza y esperanza. 

Es significativo recordar las palabras de San Agustín (que vivió en el siglo IV), cuando en un sermón sobre la redditito symboli, la entrega del credo, dice: «El símbolo del sacrosanto misterio que recibieron todos a la vez y que hoy han recitado uno a uno, no es otra cosa que las palabras en las que se apoya sólidamente la fe de la Iglesia, nuestra madre, sobre la base inconmovible que es Cristo el Señor. […]Recibieron y recitaron algo que deben retener siempre en su mente y corazón y repetir en su lecho; algo sobre lo que tienen que pensar cuando están en la calle y que no deben olvidar ni cuando comen, de forma que, incluso cuando duermen corporalmente, vigilan con el corazón». 

En medio de tantas formulaciones confusas de nuestros ambientes, donde el ser “abiertos” o “ecuménicos” son palabras mal usadas, dando pie muchas veces a un profundo relativismo y generando una religiosidad del consumo, sin compromiso e individualista; la formulación convencida del “Credo” puede ser un fruto importante en la celebración de este año de la Fe. 

Considero que todos, pero especialmente en los centros de formación y en la catequesis de la Diócesis en este año de la fe, y en el tiempo de cuaresma tendremos una especial oportunidad para revisar nuestro seguimiento como cristianos de la Persona de Jesucristo el Señor, y si en el “día a día”, o bien en la cotidianidad, Él es el Camino, la Verdad y la Vida. 

Les envío un saludo cercanos y hasta el próximo domingo. 

Mons. Juan Rubén Martínez, obispo de Posadas

Su santa voluntad - Por Juan del Carmelo

                                       



Actualizado 26 febrero 2013

Su santa voluntad

            No, no me voy a referir a la voluntad divina, sino a la nuestra a la humana. Su santa voluntad, es  una frase común, que sobre todo en Andalucía, que cualquiera puede oír, cuando alguien dice: Fulano no hace más que su santa voluntad.  Y dado el gusto que tienen los andaluces por la antítesis, esto quiere decir que fulano, no tiene nada de santo, ni él ni su voluntad y concretamente él, siempre hace lo que le da la gana.
             La voluntad humana es una de las tres potencias de que dispone el alma de las personas, ellas son como sabemos: memoria, inteligencia y voluntad. Para las personas que accedan al cielo y sean glorificadas, tanto su memoria como su voluntad desaparecerán y su inteligencia se verá potenciada por la luz divina, hasta límites que ahora, son insospechados por nosotros. Cuanto mayor sea el grado de gloria que se alcance, lógicamente mayor grado de luz divina penetrará en su ser y más inteligente será, la persona de que se trate, sin que quepa entre los santificados ninguna posibilidad de envidia, de que uno sean más y otros menos, pues cada uno tendremos tan llena y colmada la vasija que ahora estamos aquí abajo fabricando, que no podremos desear más de lo que tendremos porque ya no nos cabe  más y por lo tanto nadie estará descontento ni tendrá envidia; es como uno que se come tres langostas, mientras que otro solo se come una y se encuentra lleno, este no tiene envidia del glotón que se ha comido tres langostas, pues a él no le cabe ya ninguna más. Nos dice San Lucas, que se nos dará: “Una medida buena, apretada, colmada, rebosante, remecida” (Lc 6,38).
          Pero la memoria y la voluntad, nos desaparecerán. No tendremos ya memoria, pues al estar en la eternidad, el concepto tiempo habrá desaparecido, se nos habrá caído el dogal del tiempo, y tanto el pasado como el futuro, será siempre presente para nosotros. Es muy difícil que tomemos conciencia de esta realidad, pues desde que fuimos creados todo lo vemos, lo estimamos y lo medimos en función del tiempo.
          En cuanto a la voluntad, también esta desaparecerá subsumida por la voluntad divina. Más de una vez hemos dicho, que aquí hemos venido para superar una prueba de amor al Señor. Y es precisamente el amor, en su grado de santidad, el que identifica nuestra voluntad con la divina. Por ello el que alcanza la gloria de la santidad en el cielo, habrá identificado ya su voluntad con la divina. Nadie que ame debidamente al Señor, en mayor o menor grado, tendrá una voluntad dispar con la divina. Desearemos lo que el Señor desea, porque comprenderemos consumadamente algo que ahora, si lo sabemos pero no lo ejecutamos, y es que nuestra absoluta perfección, solo se consigue identificando nuestra voluntad con la divina.          Dios sabe mucho mejor que nosotros, lo que más nos conviene, pero nosotros no queremos soltar el timón de nuestras vidas y entregárselo al Señor.
         Dios nos ha creado a todos los seres humanos y solo a ellos, no a los animales, nos ha creado con la libertad de poder actuar de acuerdo con sus deseos o contrariando estos e incluso pisoteándolos, es la facultad que tenemos y que conocemos con el nombre de libre albedrío . Y uno se pregunta: ¿Por qué Dios ha hecho esto? Para obtener la contestación a la pregunta, hay que tener presente que Dios es amor y solo amor (1Jn 4,16). Y el amor en su esencia, necesita expansionarse y compartir. Esta es la razón primaria o inicial que tuvo Dios y que le movió a crearnos. El quiere compartir su amor con nosotros, pero el amor necesita reciprocidad y por ello Dios desea que le amemos, que le correspondamos al menos un poco, al ilimitado amor que Él nos tiene.
        Y el amor para manifestarse necesita libertad, ya se trate del amor sobrenatural o del amor puramente humano. A nadie podemos obligarle a que nos quiera, ni nadie puede obligarnos a que amemos a otra persona. Sí desde luego, que Dios quiere que genéricamente amemos a todos nuestros semejantes, pero no nos obliga a que  contraigamos matrimonio con alguien que no amamos. Esta es la razón por la que Dios nos ha creado libres para poder amarle u ofenderle, porque si no nos hubiese creados libres, nunca habríamos tenido la oportunidad de demostrarle que le amamos y en la cuantía en que le amamos.
         Los ángeles caídos, es decir los demonios, son para nosotros con sus tentaciones para que ofendamos al Señor, los elementos que necesitamos, la piedra de toque que usa el Señor para probar nuestro amor a Él. Los demonios están a la espera de su condena definitiva. El Apocalipsis nos dice que los demonios fueron precipitados sobre la tierra: su condena definitiva aún no se ha producido, si bien es irreversible la selección efectuada en su momento que distinguió a los ángeles de los demonios. Todavía conservan por tanto un poder permitido por Dios, aunque, por poco tiempo. Por eso apostrofaban en Gerasa al Señor diciéndole: “¿Has venido aquí a atormentarnos antes de tiempo?”. (Mt 8, 29). Dios no permite que ningún demonio nos tiente con fuerza superior a nuestra voluntad de resistencia. Lorenzo Scupoli, escribe: “Dios ha dotado a nuestra voluntad de tal fuerza y libertad, que aunque todos los sentidos, con todos los demonios y el mundo entero se armasen y conjurasen contra ella, atacándola y acosándola con todas sus fuerzas, ella puede, a pesar de todo, y a despecho de todos querer o no querer, con absoluta libertad, todo lo que quiere o no quiere, y todas las veces y todo el tiempo y en el modo y para el fin que ella quiere”. En definitiva, los demonios nos hacen un gran favor, pues ellos con sus tentaciones, nos permiten acumular méritos, cuando estas son vencidas, aunque desgraciadamente para los hombres y afortunadamente para los demonios, las tentaciones de estos no siempre son resistidas, por los hombres. Nosotros sin demonios no tendríamos escalera para subir al cielo.
      Pero volviendo a la voluntad humana, esta nos desaparecerá, como antes decíamos, cuando seamos integrados en la voluntad divina. Y es por ello, que muy buena cosa es, que ya en esta vida nos esforcemos en identificar nuestra voluntad con los deseos del Señor, Él mismo nos dio ejemplo cuando nos dijo: “Les dice Jesús: Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado y llevar a cabo su obra”, (Jn 4,34). Pero nosotros para tomar este alimento hemos de ver que como nos dice San Antonio Abad:“Somos el campo de acción de tres voluntades que actúan en el hombre: la primera es la voluntad de Dios, perfectísima y salutífera para todos; la segunda es nuestra propia voluntad humana, la cual, si bien en sí misma no es mala, no es salutífera; y la tercera es la del diablo, que nos conduce absolutamente a la perdición”.
         Para San Juan de la Cruz: “La fuerza del alma está en sus potencias, pasiones y apetitos, dirigido todo por la voluntad. Cuando la voluntad dirige todas las potencias pasiones y apetitos a Dios y las desvía de todo lo que no es Dios, es cuando guarda la fuerza del alma para Dios y entonces ama a Dios con todas sus fuerzas”. El hombre ha de crucificar su voluntad y ante esta anulación de sus propios deseos él se defiende de manera consciente, negando a Dios tal sumisión de su voluntad, o bien inconscientemente mediante un mecanismo de defensa racional, que crea una teoría para su auto justificación”. Pero si queremos ser glorificados después de nuestra muerte, no hay otro camino, solo uniendo nuestra voluntad a la divina podremos transitar por el camino de la gloria.
         Mi más cordial saludo lector y el deseo de que Dios te bendiga.

Juan del Carmelo

Evangelio - Martes II Semana de Cuaresma


† Lectura del santo Evangelio según san Mateo 23, 1-12
Gloria a ti, Señor.
En aquel tiempo, Jesús dijo a la gente y a sus discípulos: 
"En la cátedra de Moisés se han sentado los escribas y los fariseos. Obedézcanles y hagan lo que les digan, pero no imiten su ejemplo, porque no hacen lo que dicen. Atan cargas pesadas e insoportables, y las ponen sobre los hombros de la gente; pero ellos no mueven ni un dedo para llevarlas. Todo lo hacen para que los vea la gente: exageran sus distintivos religiosos y alargan los adornos del manto; les gusta el primer lugar en los banquetes y los asientos de honor en las sinagogas, el ser saludados por la calle y que los llamen maestros.
Ustedes, en cambio, no se dejen llamar maestro, porque uno es su maestro, y todos ustedes son hermanos. Ni llamen a nadie padre en la tierra, porque uno solo es su Padre: el del cielo. Ni se dejen llamar jefes, porque uno solo es quien los conduce: el Mesías. El primero de ustedes será el que sirva a los demás.
Porque el que se engrandece será humillado, y el que se humilla será engrandecido".
Palabra del Señor.
Gloria a ti, Señor Jesús.

† Meditación diaria
                                                                         Cuaresma. 2ª semana. Martes
HUMILDAD Y ESPÍRITU DE SERVICIO
— Sin humildad no es posible servir a los demás, y podemos hacer desgraciados a quienes nos rodean.
En el Evangelio de la Misa de hoy plantea el Señor, con toda su cruda realidad, cómo los escribas y fariseos se habían sentado en la cátedra de Moisés y, preocupados solo de sí mismos, habían abandonado a quienes se les había encomendado, a las gentes sencillas que andaban maltratadas y abatidas como ovejas sin pastor1. Ellos andan preocupados de los primeros puestos en los banquetes, de sus filacterias y franjas, de ser saludados en las plazas, de ser llamados maestros2. Habían sido constituidos sal y luz para el pueblo de Israel, y dejaron al pueblo sin la sal y sin la luz. También ellos mismos se han quedado a oscuras. Cambiaron la gloria de Dios por su propia gloria: Hacen todas sus obras para ser vistos por los hombres. La soberbia personal y la búsqueda de la vanagloria les habían hecho perder la humildad y el espíritu de servicio que caracteriza a quienes desean seguir al Señor.
Cristo advierte a sus discípulos: Vosotros, en cambio, no queráis que os llamen maestros: ... el mayor entre vosotros sea vuestro servidor3. Y Él mismo nos señaló repetidamente el camino: Porque ¿quién es el mayor, el que está a la mesa o el que sirve? ¿No es el que está a la mesa? Sin embargo, yo estoy en medio de vosotros como quien sirve4.
Sin humildad y espíritu de servicio no hay eficacia, no es posible vivir la caridad. Sin humildad no hay santidad, pues Jesús no quiere a su servicio amigos engreídos: «los instrumentos de Dios son siempre los humildes»5.
En el apostolado y en los pequeños servicios que prestamos a los demás no hay motivo de complacencia ni de altanería, ya que es el Señor quien hace verdaderamente las cosas. Cuando servimos, nuestra capacidad no guarda relación con los frutos sobrenaturales que buscamos. Sin la gracia, de nada servirían los mayores esfuerzos:nadie, si no es por el Espíritu Santo, puede decir Señor Jesús6. La gracia es lo único que puede potenciar nuestros talentos humanos para realizar obras que están por encima de nuestras posibilidades. Y Diosresiste a los soberbios y da su gracia a los humildes7.
Cuando luchamos por alcanzar esta virtud somos eficaces y fuertes. «La humildad nos empujará a que llevemos a cabo grandes labores; pero a condición de que no perdamos de vista la conciencia de nuestra poquedad, con un convencimiento de nuestra pobre indigencia que crezca cada día»8.
Debemos estar vigilantes, porque la peor ambición es la de buscar la propia excelencia, como hicieron los escribas y los fariseos; la de buscarnos a nosotros mismos en las cosas que hacemos o proyectamos. «Arremete (la soberbia) por todos los flancos y su vencedor la encuentra en todo cuanto le circunda»9.
Si no somos humildes podemos hacer desgraciados a quienes nos rodean, porque la soberbia lo inficiona todo. Donde hay un soberbio, todo acaba maltratado: la familia, los amigos, el lugar donde trabaja... Exigirá un trato especial porque se cree distinto, habrá que evitar con cuidado herir su susceptibilidad... Su actitud dogmática en las conversaciones, sus intervenciones irónicas –no le importa dejar en mal lugar a los demás por quedar él bien–, la tendencia a poner punto final a las conversaciones que surgieron con naturalidad, etcétera, son manifestaciones de algo más profundo: un gran egoísmo que se apodera de la persona cuando ha puesto el horizonte de la vida en sí misma.
Estos momentos de oración pueden servirnos para examinar, en la presencia del Señor, cómo es nuestro trato con los demás y si está lleno de espíritu de servicio.
— Imitar el servicio de Jesús, ejemplo supremo de humildad y de entrega a los demás.
Jesús es el ejemplo supremo de humildad y de entrega a los demás. Nadie tuvo jamás dignidad comparable a la de Él, nadie sirvió con tanta solicitud a los hombres: yo estoy en medio de vosotros como quien sirve. Sigue siendo esa su actitud hacia cada uno de nosotros. Dispuesto a servirnos, a ayudarnos, a levantarnos de las caídas. ¿Servimos nosotros a los demás, en la familia, en el trabajo, en esos favores anónimos que quizá jamás van a ser agradecidos? El Señor, por boca del profeta Isaías, nos dice hoy en la primera lectura de la Misa10: Discite benefacere: Aprended a hacer el bien... Y solo aprenderemos si nos fijamos en Jesús, nuestro Modelo, si meditamos frecuentemente su ejemplo constante y sus enseñanzas.
Ejemplo os he dado –dice el Señor después de lavarles los pies a sus discípulos– para que como yo he hecho con vosotros, así hagáis vosotros11. Nos deja una suprema lección para que entendamos que si no somos humildes, si no estamos dispuestos a servir, no podemos seguir al Maestro.
El Señor nos invita a seguirle y a imitarle, y nos deja una regla sencilla, pero exacta, para vivir la caridad con humildad y espíritu de servicio: Todo lo que queráis que hagan los hombres con vosotros, hacedlo también vosotros con ellos12. La experiencia de lo que me agrada o me molesta, de lo que me ayuda o me hace daño, es una buena norma de aquello que debo hacer o evitar en el trato con los demás.
Todos deseamos una palabra de aliento cuando las cosas no han ido bien, y comprensión de los demás cuando, a pesar de la buena voluntad, nos hemos vuelto a equivocar; y que se fijen en lo positivo más que en los defectos; y que haya un tono de cordialidad en el lugar donde trabajamos o al llegar a casa; y que se nos exija en nuestro trabajo, pero de buenas maneras; y que nadie hable mal a nuestras espaldas; y que haya alguien que nos defienda cuando se nos critica y no estamos presentes; y que se preocupen de verdad por nosotros cuando estamos enfermos; y que se nos haga la corrección fraterna de las cosas que hacemos mal, en vez de comentarlas con otros; y que recen por nosotros y... Estas son las cosas que, con humildad y espíritu de servicio, hemos de hacer por los demás. Discite benefacere.
Si nos comportamos así, sigue diciendo el profeta Isaías, entonces:Aunque vuestros pecados fueran como la grana, quedarán blancos como la nieve. Aunque fueren rojos como la púrpura quedarán como la blanca lana13.
— De modo particular hemos de servir a aquellos que el Señor ha puesto junto a nosotros. Aprender de la Virgen.
El primero entre vosotros sea vuestro servidor14, nos dice el Señor. Para eso hemos de dejar nuestro egoísmo a un lado y descubrir esas manifestaciones de la caridad que hacen felices a los demás. Si no lucháramos por olvidarnos cada vez más de nosotros mismos, pasaríamos una y otra vez al lado de quienes nos rodean y no nos daríamos cuenta de que necesitan una palabra de aliento, valorar lo que hacen, animarles a ser mejores y servirles.
El egoísmo ciega y nos cierra el horizonte de los demás; la humildad abre constantemente camino a la caridad en detalles prácticos y concretos de servicio. Este espíritu alegre, de apertura a los demás, y de disponibilidad es capaz de transformar cualquier ambiente. La caridad cala, como el agua en la grieta de la piedra, y acaba por romper la resistencia más dura. «Amor saca amor», decía Santa Teresa15, y San Juan de la Cruz aconsejaba: «Donde no hay amor, pon amor y sacarás amor»16.
Os tratamos con delicadeza, como una madre cuida de sus hijos. Os teníamos tanto cariño que deseábamos entregaros no solo el Evangelio de Dios, sino hasta nuestras propias personas17, manifestaba San Pablo a los cristianos de Tesalónica. Si le imitamos, tendremos frutos parecidos a los suyos.
De modo particular hemos de vivir este espíritu del Señor con los más próximos, en la propia familia: «el marido no busque únicamente sus intereses, sino también los de su mujer, y esta los de su marido; los padres busquen los intereses de sus hijos y estos a su vez busquen los intereses de sus padres. La familia es la única comunidad en la que todo hombre “es amado por sí mismo”, por lo que es y no por lo quetiene (...).
»El respeto de esta norma fundamental explica, como enseña el mismo Apóstol, que no se haga nada por espíritu de rivalidad o por vanagloria, sino con humildad, por amor. Y este amor, que se abre a los demás, hace que los miembros de la familia sean auténticos servidores de la “iglesia doméstica”, donde todos desean el bien y la felicidad a cada uno; donde todos y cada uno dan vida a ese amor con la premurosa búsqueda de tal bien y tal felicidad»18.
Si actuamos así no veremos, como en tantas ocasiones sucede, la paja en el ojo ajeno sin ver la viga en el propio19. Las faltas más pequeñas del otro se ven aumentadas, las mayores faltas propias tienden a disminuirse y a justificarse.
Por el contrario, la humildad nos hace reconocer en primer lugar los propios errores y las propias miserias. Estamos en condiciones entonces de ver con comprensión los defectos de los demás y de poder prestarles ayuda. También estamos en condiciones de quererles y aceptarlos con esas deficiencias.
La Virgen, Nuestra Señora, Esclava del Señor, nos enseñará a entender que servir a los demás es una de las formas de encontrar la alegría en esta vida y uno de los caminos más cortos para encontrar a Jesús. Para eso hemos de pedirle que nos haga verdaderamente humildes.
1 Mt 9, 36. — 2 Cfr. Mt 23, 1-12. — 3 Cfr. Mt 23, 8-11. — 4 Lc 22, 27. — 5 San Juan Crisóstomo, Homilías sobre San Mateo, 15. — 6 1 Cor 12, 3. — 7 Sant 4, 6. — 8 San Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, 106. — 9 Casiano, Instituciones, 11, 3. — 10 Is1, 17. — 11 Jn 13, 15. — 12 Mt 7, 12. — 13 Is 1, 18. — 14 Mt 23, 11. — 15 Santa Teresa, Vida, 22, 14.  16 San Juan de la Cruz, Carta a la M. Mª de la Encarnación, en Vida, BAC, Madrid 1950, p. 1322. — 17 1 Tes 2, 7-8. — 18 Juan Pablo II, Homilía en la Misa para las familias, Madrid 2-XI-1982. — 19 Mt 7, 3-5.
_____________________________________________________________________________________________________
Otro comentario: Pbro. Gerardo GÓMEZ (Merlo, Buenos Aires, Argentina)
Uno solo es vuestro Maestro; (...) uno solo es vuestro Padre; (...) uno solo es vuestro Doctor
Hoy, con mayor razón, debemos trabajar por nuestra salvación personal y comunitaria, como dice san Pablo, con respeto y seriedad, pues «ahora es el día de la salvación» (2Cor 6,2). El tiempo cuaresmal es una oportunidad sagrada dada por nuestro Padre para que, en una actitud de profunda conversión, revitalicemos nuestros valores personales, reconozcamos nuestros errores y nos arrepintamos de nuestros pecados, de modo que nuestra vida se vaya transformando —por la acción del Espíritu Santo— en una vida más plena y madura.

Para adecuar nuestra conducta a la del Señor Jesús es fundamental un gesto de humildad, como dice el Papa Benedicto: «Que [yo] me reconozca como lo que soy, una creatura frágil, hecha de tierra, destinada a la tierra, pero además hecha a imagen de Dios y destinada a Él».

En la época de Jesús había muchos "modelos" que oraban y actuaban para ser vistos, para ser reverenciados: pura fantasía, personajes de cartón, que no podían estimular el crecimiento y la madurez de sus vecinos. Sus actitudes y conductas no mostraban el camino que conduce a Dios: «No imitéis su conducta, porque dicen y no hacen» (Mt 23,3).

La sociedad actual también nos presenta una infinidad de modelos de conducta que abocan a una existencia vertiginosa, alocada, debilitando el sentido de trascendencia. No dejemos que esos falsos referentes nos hagan perder de vista al verdadero maestro: «Uno solo es vuestro Maestro; (…) uno solo es vuestro Padre; (…) uno solo es vuestro Doctor: Cristo» (Mt 23,8.9.10).

Aprovechemos la cuaresma para fortalecer nuestras convicciones como discípulos de Jesucristo. Tratemos de tener momentos sagrados de "desierto" donde nos reencontremos con nosotros mismos y con el verdadero modelo y maestro. Y frente a las situaciones concretas en las que muchas veces no sabemos cómo reaccionar podríamos preguntarnos: ¿qué diría Jesús?, ¿cómo actuaría Jesús?
____________________________________________________________________

Otro comentario: REDACCIÓN evangeli.net (elaborado a partir de textos de Benedicto XVI) (Città del Vaticano, Vaticano)
La tentación: apariencia de bien
Hoy, el Maestro nos previene ante la hipocresía y doblez de los escribas y fariseos. Éstos últimos —un grupo religioso contemporáneo de Jesucristo— son el "blanco" de dicha denuncia. En una ocasión Jesús los tildó como "sepulcros blanqueados". Y es que resulta propio de la tentación adoptar una apariencia moral: no nos invita directamente a hacer el mal, eso sería muy burdo.

La tentación finge mostrarnos lo mejor: abandonar, por fin, lo ilusorio y emplear eficazmente nuestras fuerzas en mejorar el mundo. Además, se presenta con la pretensión del verdadero realismo: lo real es lo que se constata (menospreciando la fe). Y, en efecto, un vicio del llamado "fariseísmo" consistía en radicar el bien en el cumplimiento formal (sin corazón) de unos preceptos, que no eran tanto de Dios como de una retorcida casuística humana. Ahí aparece claro el núcleo de toda tentación: poner orden en nuestro mundo por nosotros solos, sin Dios, contando únicamente con nuestras propias capacidades.

—Jesús, quiero hacer tu voluntad; sólo me importa tu juicio.