sábado, 17 de mayo de 2014

Lectio Divina - Sábado 17 de Mayo 2014 - IV Semana de Pascua

Lectio: 
 Sábado, 17 Mayo, 2014  

TIEMPO PASCUAL

1) ORACIÓN INICIAL

Dios todopoderoso y eterno, concédenos vivir siempre en plenitud el misterio pascual, para que, renacidos en el bautismo, demos fruto abundante de vida cristiana y alcancemos, finalmente, las alegrías eternas. Por nuestro Señor.

2) LECTURA

Del Evangelio según Juan 14,7-14
Si me conocéis a mí, conoceréis también a mi Padre; desde ahora lo conocéis y lo habéis visto.» Le dice Felipe: «Señor, muéstranos al Padre y nos basta.» Le dice Jesús: «¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros y no me conoces, Felipe? El que me ha visto a mí, ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: Muéstranos al Padre»? ¿No crees que yo estoy en el Padre y el Padre está en mí? Las palabras que os digo, no las digo por mi cuenta; el Padre que permanece en mí es el que realiza las obras. Creedme: yo estoy en el Padre y el Padre está en mí. Al menos, creedlo por las obras. En verdad, en verdad os digo: el que crea en mí, hará él también las obras que yo hago, y hará mayores aún, porque yo voy al Padre. Y todo lo que pidáis en mi nombre, yo lo haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo. Si me pedís algo en mi nombre, yo lo haré.

3) REFLEXIÓN


• Juan 14,7: Conocer a Jesús es conocer al Padre. El texto del evangelio de hoy es una continuación del de ayer. Tomás había preguntado: "Señor, no sabemos a dónde vas. ¿Cómo podemos saber el camino?" Jesús respondió: "Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí. Y añadió: “Si me conocéis a mí, conoceréis también al Padre. Desde ahora lo conocéis y lo habéis visto". Esta es la primera frase del evangelio de hoy. Jesús habla siempre del Padre, pues todo lo que hablaba y hacía era transparencia de la vida del Padre. Esta referencia constante al Padre provoca la pregunta de Felipe.
• Juan 14,8-11: Felipe pregunta: "¡Muéstranos al Padre y nos basta!” Era el deseo de los discípulos, el deseo de mucha gente en las comunidades del Discípulo Amado y es el deseo de muchos de nosotros hoy: ¿cómo hace la gente para ver al Padre del que Jesús habla tanto? La respuesta de Jesús es muy bonita y vale hasta hoy: "¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros y aún no me conoces, Felipe? ¡El que me ha visto a mí ha visto al Padre!" La gente no debe pensar que Dios está lejos de nosotros, como alguien distante y desconocido. Quien quiere saber cómo es y quién es Dios, basta que le mire a Jesús. El lo ha revelado en las palabras y en los gestos de su vida. "¡El Padre está en mí y yo estoy en el Padre!" A través de su obediencia, Jesús está totalmente identificado con el Padre. En cada momento hacía lo que el Padre mostraba que había que hacer (Jn 5,30; 8,28-29.38). Por esto, en Jesús, ¡todo es revelación del Padre! Y las señales o las obras de Jesús ¡son obras del Padre! Como dice la gente: "¡Este hijo le ha cortado la cara a su padre!" Por esto, en Jesús y por Jesús, Dios está en medio de nosotros.
• Juan 14,12-14: Promesa de Jesús. Jesús hace una promesa para decir que la intimidad que él tiene con el Padre no es un privilegio que sólo le pertenece a él, sino que es posible para todos aquellos que creen en él. Nosotros también, a través de Jesús, podemos llegar a hacer cosas bonitas para los demás como Jesús hacía para la gente de su tiempo. El va a interceder por nosotros. Todo lo que la gente le pide, él lo va a pedir al Padre y lo va a conseguir, con tal que sea para servir. Jesús es nuestro defensor. El se va, pero no nos deja sin defensa. Promete que va a pedir al Padre que envíe a otro defensor o consolador, el Espíritu Santo. Jesús llega a decir que precisa irse ahora, porque, de lo contrario, el Espíritu Santo no podrá venir (Jn 16,7). Es el Espíritu Santo el que realizará las cosas de Jesús en nosotros, si actuamos en nombre de Jesús y observamos el gran mandamiento de la práctica del amor.

4) PARA LA REFLEXIÓN PERSONAL


• Conocer a Jesús es conocer al Padre. En la Biblia “conocer a una persona” no es una compensación intelectual, sino que implica también una profunda experiencia de la presencia de esta persona en la vida. ¿Conozco a Jesús?
• ¿Conozco al Padre?

5) ORACIÓN FINAL

Los confines de la tierra han visto
la salvación de nuestro Dios.
¡Aclama a Yahvé, tierra entera,
gritad alegres, gozosos, cantad! (Sal 98,3-4)

Evangelio - Sábado 4º Semana de Pascua

† Lectura del santo Evangelio según san Juan14, 7-14
Gloria a ti, Señor.
En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: 
"Si me conocieran, conocerían también a mi Padre. Desde ahora lo conocen, pues ya lo han visto".
Entonces Felipe le dijo:
"Señor, muéstranos al Padre; eso nos basta".
Jesús le contestó:
"Llevo tanto tiempo con ustedes, ¿y aún no me conoces, Felipe? El que me ve a mí, ve al Padre. ¿Cómo me pides que les muestre al Padre? ¿No crees que yo estoy en el Padre y el Padre en mí? Lo que les digo no son palabras mías. Es el Padre, que vive en mí, el que está realizando su obra. Deben creerme cuando afirmo que yo estoy en el Padre y el Padre está en mí; si no cren en mis palabras, crean al menos en las obras que hago.
Les aseguro que el que cree en mí, hará también las obras que yo hago, e incluso otras mayores, porque yo me voy al Padre. En efecto, cualquier cosa que pidan en mi nombre, lo haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo. Les concederé todo lo que pidan en mi nombre".
Palabra del Señor.
Gloria a ti, Señor Jesús.

† Meditación diaria
Pascua. 4ª Semana. Sábado
LA VIRTUD DE LA ESPERANZA

— Esperanza humana y virtud sobrenatural de la esperanza. Certidumbre de esta virtud. El Señor nos dará siempre las gracias necesarias.

Leemos en el Evangelio de la Misa estas consoladoras palabras de Jesús: Si pidiereis algo en mi nombre yo lo haré1. Y la Antífona de comunión recoge otras no menos consoladoras palabras del Señor: Padre, éste es mi deseo: que los que me confiaste estén conmigo donde yo estoy y contemplen mi gloria2.
El mismo Señor es nuestro intercesor en el Cielo, y nos promete que todo lo que le pidamos en su Nombre, nos lo concederá. Pedir en su Nombre significa en primer lugar tener fe en su Resurrección y en su misericordia; y significa pedir aquello, humano o sobrenatural, que conviene a nuestra salvación, objetivo fundamental de la virtud cristiana de la esperanza, de la misma vida del hombre.
Existe la esperanza humana del labrador cuando siembra, del marino que emprende una travesía, del comerciante cuando inicia un negocio... Se pretende llegar a un bien, a un fin humano: una buena cosecha, llegar al puerto al que se ha puesto rumbo, unas buenas ganancias... Y existe la esperanza cristiana, que es esencialmente sobrenatural y, por tanto, está muy por encima del deseo humano de ser dichoso y de la natural confianza en Dios. Por esta virtud tendemos hacia la vida eterna, hacia una dicha sobrenatural, que no es otra cosa que la posesión de Dios: ver a Dios como Él mismo se ve, amarle como Él se ama. Y al tender hacia Dios lo hacemos con los medios que Él nos ha prometido, y que no nos faltarán nunca si nosotros no los rechazamos. El motivo fundamental por el que esperamos alcanzar este bien infinito es que Dios nos da su mano, según su misericordia y su infinito amor, al que nosotros correspondemos con nuestro querer, aceptando con amor esa mano que Él nos tiende3.
Con la virtud de la esperanza, el cristiano no tiene la seguridad de la salvación –a no ser por una gracia especialísima de Dios–, pero sí tiende con certeza hacia su fin, de modo semejante a como, en el orden de las cosas humanas, el que emprende un viaje no tiene la certeza de llegar al fin de su proyecto, pero sí tiene la certidumbre de ir bien encaminado y de llegar si no abandona el camino. “La seguridad de la esperanza cristiana, no es, pues, la certeza de la salvación, sino la certidumbre absoluta de que vamos hacia ella”4, confiados en que Dios “nunca manda lo imposible, pero nos ordena hacer lo que podemos, y pedir lo que no está en nuestra mano hacer”5.
Enseña el Magisterio de la Iglesia que “todos deben tener firme esperanza en la ayuda de Dios. Porque si somos fieles a la gracia, de la misma manera como Dios ha comenzado en nosotros la obra de nuestra salvación, la llevará a cabo, obrando en nosotros el querer y el obrar (Flp 2, 13)”6. El Señor no nos dejará si nosotros no le dejamos, y nos dará los medios necesarios para salir adelante en toda circunstancia y en todo tiempo y lugar. Nos escuchará cada vez que recurramos a Él con humildad. Nos dará los medios para buscar la santidad en nuestro quehacer, en medio del trabajo y en las condiciones que rodean nuestra vida. Nos dará más gracia si son mayores las dificultades, y más fuerzas si es mayor la debilidad.

— Pecados contra la esperanza: la presunción y el desaliento.

 “La esperanza cristiana ha de ser activa, evitando la presunción; y debe ser firme e invencible, para rechazar el desaliento”7.
Existe la presunción cuando se confía más en las propias fuerzas que en la ayuda de Dios y se olvida la necesidad de la gracia para toda obra buena que realicemos; o bien cuando se espera de la divina misericordia lo que Dios no puede darnos por nuestra mala disposición, como es el perdón sin verdadero arrepentimiento, o la vida eterna sin hacer ningún esfuerzo para merecerla. No es raro que de la presunción se llegue pronto al desaliento, cuando aparecen las pruebas y las dificultades, como si ese bien dificultoso, que es el objeto de la esperanza, fuera imposible de alcanzar. Este desaliento conduce al pesimismo primero y más tarde a la tibieza8, que considera demasiado difícil la tarea de la santificación personal, apartándose de cualquier esfuerzo.
La causa de la desesperanza no son las dificultades, sino la ausencia de deseos sinceros de santidad y de llegar al Cielo. Quien ama a Dios y quiere amarlo aún más, aprovecha las mismas dificultades para manifestarle que le ama y para crecer en las virtudes. Viene la falta de esperanza cuando se cae en el aburguesamiento, en el apegamiento a los bienes de la tierra, a los que se considera como los únicos verdaderos.
El tibio llega al desaliento porque ha perdido, por muchas negligencias culpables, el objetivo de su lucha por la santidad, por conocer y amar más a Dios. Las cosas materiales adquieren entonces para él un valor de fin absoluto en la práctica, aunque quizá no en la teoría. Y “si transformamos los proyectos temporales en metas absolutas, cancelando del horizonte la morada eterna y el fin para el que hemos sido creados –amar y alabar al Señor, y poseerle después en el Cielo–, los más brillantes intentos se tornan en traiciones, e incluso en vehículo para envilecer a las criaturas”9.
Debemos andar por la vida con los objetivos bien determinados, con la mirada puesta en Dios, que es lo que nos lleva a realizar con ilusión nuestros quehaceres temporales, costosos o no. Entonces comprendemos que todos los bienes terrenos (siendo bienes) son relativos y deben estar subordinados siempre a la vida eterna y a lo que a ella se refiere. El objetivo de la esperanza cristiana trasciende, de un modo absoluto, todo lo terreno9.
Esta actitud ante la vida, mantenedora de la esperanza, supone una lucha alegre diaria, porque la tendencia de todo hombre, de toda mujer, es hacer de esta vida una ciudad permanente, estando en realidad de paso. La lucha interior bien definida en la dirección espiritual, el examen general diario, elrecomenzar una y otra vez, con humildad, sin dar lugar al desánimo, es la mejor garantía para mantenernos firmes en la esperanza. El Señor nos ha prometido, según leemos en el Evangelio de la Misa, que siempre que acudamos en demanda de ayuda nos atenderá.

— La Virgen, Esperanza nuestra. Acudir a Ella en los momentos más difíciles, y siempre.

Yo soy la Madre del amor hermoso... en mí está toda la esperanza de vida y de virtud10, son palabras que la Iglesia ha puesto durante siglos en boca de la Virgen.
La esperanza fue la virtud peculiar de los Patriarcas y de los Profetas, de todos los israelitas piadosos que vivieron y murieron con la vista puesta en el Deseado de las naciones11 y en los bienes que su llegada al mundo traería consigo, contentándose con mirarlos de lejos y saludarlos, considerándoseperegrinos y huéspedes en esta tierra12. Durante muchas generaciones esta esperanza sostuvo al pueblo de Israel en medio de incontables tribulaciones y pruebas.
Con más fuerza que los Patriarcas y los Profetas y todos los hombres justos se unió la Virgen Santísima a este clamor de esperanza y de deseo de la pronta llegada del Mesías. Esta esperanza era mayor en la Virgen porque estaba confirmada en la gracia y preservada, por tanto, de toda presunción y de toda falta de confianza en Dios. Ya antes de la Anunciación, Santa María profundizaba en las Sagradas Escrituras como nunca lo hizo inteligencia humana alguna, y esta claridad en el conocimiento de lo que habían anunciado los Profetas fue aumentando hasta llegar a la plena confianza en que se realizaría lo anunciado. Esta esperanza fue creciendo como crece la certeza “que tiene el navegante, después de haber tomado el rumbo conveniente, de dirigirse efectivamente hacia el término de su viaje, y que aumenta a medida que se acerca”13.
María se ejercitaba en la esperanza cuando en su juventud deseaba ardientemente la llegada del Mesías; luego, cuando esperaba que el secreto de la Concepción virginal del Salvador se manifestase a José, su esposo; cuando se encontró en Belén sin un lugar donde llegara el Mesías; en su huida precipitada a Egipto... Más tarde, cuando todo parecía perdido en el Calvario, Ella esperaba la Resurrección gloriosa de su Hijo... mientras el mundo estaba sumido en la oscuridad. Ahora, próxima ya la Ascensión de Jesús a los cielos, se dispone a sostener a la naciente Iglesia en la difusión del Evangelio y la conversión del mundo pagano.
A lo largo de los siglos, el Señor ha querido multiplicar las señales de su asistencia misericordiosa y nos ha dejado a María como faro poderosísimo para que sepamos orientarnos cuando estemos perdidos, y siempre. “Si se levantan los vientos de las tentaciones, si tropiezas con los escollos de la tentación, mira a la estrella, llama a María. Si te agitan las olas de la soberbia, de la ambición o de la envidia, mira a la estrella, llama a María. Si la ira, la avaricia o la impureza impelen violentamente la nave de tu alma, mira a María. Si turbado con la memoria de tus pecados, confuso ante la fealdad de tu conciencia, temeroso ante la idea del juicio, comienzas a hundirte en la sima sin fondo de la tristeza o en el abismo de la desesperación, piensa en María.
“En los peligros, en las angustias, en las dudas, piensa en María, invoca a María. No se aparte María de tu boca, no se aparte de tu corazón; y para conseguir su ayuda intercesora no te apartes tú de los ejemplos de su virtud. No te descaminarás si la sigues, no desesperarás si la ruegas, no te perderás si en Ella piensas. Si Ella te tiene de su mano, no caerás; si te protege, nada tendrás que temer; no te fatigarás si es tu guía; llegarás felizmente al puerto si Ella te ampara”14.

1 Jn 14, 14. — 2 Jn 17, 24. — 3 Cfr. R. Garrigou-Lagrange, Las tres edades de la vida interior, Palabra, 2ª ed., Madrid 1975, vol. II, p. 738. — 4 Ibídem, p. 740. — 5 San Agustín, Trat. de la naturaleza y de la gracia, 43, 5. — 6 Conc. de Trento, Decreto sobre la justificación, cap. 13, Dz 806. — 7 R. Garrigou-Lagrange, o. c., p. 741. — 8 Cfr. San Josemaría Escrivá, Camino, n. 988. — 9 Cfr. F. Fernández-Carvajal,La tibieza, Palabra, 5ª ed., Madrid 1985, p. 95. — 10 Cfr. Eclo 24, 24. — 11 Ag 2, 8. — 12 Heb 11, 13. —13 P. Garrigou-Lagrange, La Madre del Salvador, Rialp, Madrid 1976, p. 162. — 14 San Bernardo, Hom. 2 sobre el “missus est”, 7.
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Otro comentario: Rev. D. Antoni CAROL i Hostench (Sant Cugat del Vallès, Barcelona, España)
Dios Padre
Hoy Jesucristo habla del Padre, descubriéndonos su intimidad divina. Con naturalidad, Cristo menciona a una Persona distinta de Él. Pero sus palabras muestran una sorprendente igualdad entre ambos: quien ve a Jesús también ve al Padre. Jesucristo nos pide que creamos esta misteriosa revelación.

Por la fe aceptamos este misterio. Pero podemos entender que no es imposible que Dios sea así: si es Amor, sería raro que existiera como un ser "solitario" (un "eterno solterón"). Para amar debe haber "otro". El nombre de "Padre" hace referencia a ese "Otro" (el Hijo, también eterno), porque sólo se es padre si hay un hijo. Es una Persona-Padre infinita: es pura Paternidad. Esa paternidad le hace distinto del Hijo, pero, a la vez, le une al Hijo: están tan infinitamente unidos, que el Hijo está en el Padre y el Padre en el Hijo.

—Creo en Dios Padre, creo en Dios Hijo, creo en Dios Espíritu Santo. Creo en Dios Uno y Trino.
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Otro comentario:   Jesús está en el Padre

Cree y sálvate.

Confía en Jesús, que es Dios Hijo, y pide a Dios Padre, todo lo que quieras, en nombre de Jesús.

Ama a Jesús, el Hijo de Dios, y a su Madre, la Virgen María, y vivirás la alegría en todas las cosas de tu vida.

Anuncia a todos tu amor por la Madre de Dios, rezando el Rosario.

P. Jesús


viernes, 16 de mayo de 2014

Ancora de Salvación: María socorre a sus devotos en el purgatorio

MARÍA SOCORRE A SUS DEVOTOS EN EL PURGATORIO


LAS GLORIAS DE MARÍA

POR: SAN ALFONSO MARÍA DE LIGORIO

Muy felices son los devotos de esta piadosísima Madre, pues no sólo les socorre en este mundo, sino que también en el purgatorio asistiéndoles y consolándoles con su protección. Y como aquellas almas necesitan ser más auxiliadas, porque allí son más atormentadas, y no pueden aliviarse por sí mismas, esta Madre de misericordia se ocupa con más eficacia en socorrerlas. En aquella cárcel de almas esposas de Jesucristo, María santísima, según san Bernardino de Siena que, ejerce dominio y plenipotencia, tanto para aliviarlas, como para librarlas de sus penas. (Serm. III de Nom. Mar., a 2, c 3)
Y primeramente en cuanto aliviarlas, aplicando el mismo Santo aquellas palabras del Eclesiástico: «Me paseé por las olas del mar» (Cap. IV): y añade: «Esto es, visitando y socorriendo en las necesidades y en los tormentos de mis devotos que son mis hijos». Llámense olas las penas del purgatorio, dice el citado Santo, porque son transitorias, a diferencia de las del infierno que nunca pasan. Y se llaman olas del mar, porque son penas muy amargas. Afligidos de estas penas, los devotos de María son con frecuencia visitados y socorridos por ella. He aquí, pues, cuanto importa, dice Novarino, dedicarse a honrar a esta buena Señora, pues no se olvida de ellos cuando padecen en aquellas llamas. Y aunque María socorre a todas las almas que están purgando, sin embargo siempre alcanza  más indulgencias y alivios a sus especiales devotos. (Nov. Virg. Umb. c. 15, exc. 86)
Esta Madre divina reveló a santa Brígida que ella era la Madre de todas las almas que se hallan en el purgatorio, porque todas las penas que merecen por las culpas que cometieron en vida, en cierto modo se van mitigando de hora en hora por sus ruegos (Lib. 4, Revc. 132). Ni se desdeña la piadosa Madre de entrar también a veces en aquella santa cárcel para visitar y consolar a sus afligidas hijas. «Yo penetré en lo profundo del abismo» dice ella, como se lee en los Proverbios,capítulo XLIX, y le aplica san Buenaventura añadiendo: «del abismo, esto es, del purgatorio, para aliviar con mi presencia aquellas almas santas». ¡Oh cuán afable y bondadosa, dice san Vicente Ferrer,es la santísima Virgen, con las almas que padecen en el purgatorio, pues por su medio reciben continuamente alivios y consuelos. (Serm. I de Nat. Virg.)
Y ¿que consuelo y socorro les queda  en sus penas sino el de esta Madre de misericordia? Oyó un día santa Brígida que Jesús decía a su Madre: «Tú eres mi Madre, tú la Madre misericordiosa, el consuelo de los que se hallan en el purgatorio» (Lib.I Rev.) Y la bienaventurada Virgen dijo también a santa Brígida que así como a un pobre enfermo, afligido y abandonado en su lecho, le complacen las palabras de consuelo que se le dirigen, así también aquellas almas consuelan con solo oír su nombre.  (Ap. B. Dion. Cart. 1, 3, de Laud. Virg.) El nombre, pues, de María, nombre de esperanza y de salvación es el que   invocan con frecuencia en aquella cárcel sus hijas queridas, les sirve de grande alivio. Y la amorosa Madre, dice Novarino, al ver que la invocan, dirige sus ruegos a Dios, y con los que son socorridas dichas almas, y así quedan refrigeradas como de un celestial rocío en sus grandes sufrimientos (Nov. cit. 25, exc. 86).
Pero no solamente consuela y socorre María a sus devotos en el purgatorio, sino que también les saca de él y les libra de las penas por su intercesión. Desde el instante de su gloriosa Asunción, en el que dice quedó vacía aquella cárcel, como escribió Gersón y lo confirma Novarino, diciendo que graves autores refieren, que estando María para subir al Cielo, pidió a Jesucristo la gracia de poderse llevar consigo todas las almas que gemían entonces en el purgatorio, (Cit. exc. 86), desde entonces, dice Gersón,  la santísima Virgen obtuvo el privilegio de librar a todos sus siervos, de aquellas penas, lo que también afirma san Bernardino de Siena, diciendo que la bienaventurada Virgen, con sus súplicas y la aplicación de sus méritos tiene la facultad de libertar a las almas del purgatorio y principalmente las de sus más devotos. Lo mismo dice Novarino, juzgando que por los méritos de María, no solo se mitigan las penas de aquellas infelices almas, sino que se abrevian, acortándose por su intercesión el tiempo de su sufrimiento. Para obtener esta gracia, basta que ella interponga su valimiento.
San Pedro Damiano refiere que habiendo muerto una mujer llamada Marozia, se apareció a una comadre suya, y le dijo, que en el día de la Asunción de María  fue librada por ella del purgatorio junto con tantas almas que excedían el número de pueblo romano. San Dionisio Cartujano afirma que lo mismo acontece en la festividad de la Navidad y de la Resurrección de Jesucristo, diciendo que en tales días desciende María al purgatorio seguida de un coro de Ángeles y libra a muchas almas de aquellas penas; lo que Novarino cree se repite en todas las fiestas solemnes de la santísima Virgen.
Además es bien sabida la promesa que hizo María al Papa Juan XXII, cuando, apareciéndose le ordenó que participase que en el sábado después de su muerte libraría del purgatorio a cuantos llevasen el santo escapulario del Carmen; lo que declaró el mismo Pontífice, según refiere el P. Crasset, en la bula que publicó y fue después confirmada por Alejandro V, Clemente VII, Pío V, Gregorio XII y Pablo V, el cual, en el año de 1612 en una bula dijo: “El pueblo cristiano puede piadosamente creer que la Santísima Virgen ayudará con su continua intercesión, y con sus méritos y protección especial, después de la muerte, y principalmente en el día de sabado -consagrado por la Iglesia a la misma Virgen María- a las almas de los hermanos de la Cofradía de Santa María del monte Carmelo, que hayan salido de este mundo en gracia, y hayan llevado su escapulario, observando castidad según su estado, y hayan rezado el Oficio Parvo de la Virgen, y si no han podido recitarlo, habiendo observado los ayunos de la Iglesia”. Y en el Oficio Solemne de Santa María del Carmen se lee que se ha de creer piadosamente, que la Santísima Virgen consuela con amor de Madre a los cofrades del Carmen en el purgatorio, y con su intercesión los lleva pronto a la patria celestial.
¿Por qué no hemos de esperar también nosotros las mismas gracias y favores de esta divina Madre? Y si le sirviéramos con amor especialísimo ¿por qué no podemos esperar también la gracia de ir al Cielo inmediatamente después de haber fallecido, sin entrar en el purgatorio, segun aquello que la misma Virgen envió a decir por Fr. Abondio al beato Godofredo: «Di a fray Godofredo que adelante en la virtud, que así será de mi Hijo y mío; y cuando su alma se separará del cuerpo, no permitiré que vaya al purgatorio, sino que la tomaré y la ofreceré a mi Hijo»?
Y si deseamos ofrecer sufragios a las almas del purgatorio, roguemos a la santísima Virgen en nuestras oraciones, aplicando por ellas especialmente el santísimo Rosario, que les sirve de gran alivio.

Frases del Santo Padre Pío de Pietrelcina

                                    
"Está más cerca de Dios el malhechor que se avergüenza de haber actuado mal, que el hombre honesto que se avergüenza de hacer el bien." (Santo Padre Pio de Pietrelcina)

Lectio Divina - Viernes 16 de Mayo 2014 - IV Semana de Pascua

Lectio: 
 Viernes, 16 Mayo, 2014  

TIEMPO PASCUAL

1) ORACIÓN INICIAL

Señor Dios, origen de nuestra libertad y de nuestra salvación, escucha las súplicas de quienes te invocamos; y pues nos has salvado por la sangre de tu Hijo, haz que vivamos siempre en ti y en ti encontremos la felicidad eterna. Por nuestro Señor.

2) LECTURA

Del Evangelio según Juan 14,1-6
«No se turbe vuestro corazón. Creéis en Dios: creed también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas mansiones; si no, os lo habría dicho; porque voy a prepararos un lugar. Y cuando haya ido y os haya preparado un lugar, volveré y os tomaré conmigo, para que donde esté yo estéis también vosotros. Y adonde yo voy sabéis el camino.» Le dice Tomás: «Señor, no sabemos a dónde vas, ¿cómo podemos saber el camino? » Le dice Jesús: «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí. »

3) REFLEXIÓN

• Estos cinco capítulos (Jn 13 a 17) son un lindo ejemplo de cómo las comunidades del Discípulo Amado de finales del primer siglo hacían catequesis, allá en Asia Menor, actual Turquía. Por ejemplo, en este capítulo 14, las preguntas de los tres discípulos Tomás (Jn 14,5), Felipe (Jn 14,8) y Judas Tadeo (Jn 14,22), eran también las preguntas y los problemas de las Comunidades. Así, las respuestas de Jesús para los tres eran un espejo en el que las comunidades encontraban una respuesta a sus propias dudas y dificultades. Para percibir mejor el ambiente en que se hacía catequesis, hay que hacer lo siguiente. Durante o después de la lectura del texto, es bueno cerrar los ojos e imaginar que se está en la sala en medio de los discípulos, participando en el encuentro con Jesús. En la medida en que se va escuchando, es bueno tratar de prestar atención a cómo Jesús prepara a sus amigos para la separación y les revela su amistad, transmitiendo seguridad y apoyo.
• Juan 14,1-2: Nada te turbe. El texto empieza con una exhortación: "¡No se turbe vuestro corazón!" En seguida dice: "En la casa de mi Padre hay distintas moradas". La insistencia en conservar palabras de ánimo que ayudan a superar la perturbación y las divergencias, es una señal de que había mucha polémica y divergencias entre las comunidades. Unas decían a las otras: "Nuestra manera de vivir la fe es mejor que la vuestra. ¡Nosotros nos salvamos! ¡Vosotros estáis equivocados! Si queréis ir al cielo, tenéis que convertiros y vivir como nosotros vivimos." Jesús dice: "¡En casa de mi Padre hay muchas moradas!" No es necesario que todos piensen del mismo modo. Lo importante es que todos acepten a Jesús como revelación del Padre y que, por amor hacia él, tengan actitudes de comprensión, de servicio y de amor. Amor y servicio son el cemento que une entre sí los ladrillos y hace que las diversas comunidades sean una iglesia de hermanos y de hermanas.
• Juan 14,3-4: Jesús se despide. Jesús dice que va a preparar un lugar y que después volverá para llevarnos con él a la casa del Padre. El quiere que estemos todos con él para siempre. El retorno del que habla Jesús es la venida del Espíritu que él manda y que trabaja en nosotros, para que podamos vivir como él vivió (Jn 14,16-17.26; 16,13-14). Jesús termina diciendo: "¡Y a donde yo voy sabéis el camino!" Quien conoce a Jesús, conoce el camino, pues el camino es la vida que él vivió y que le llevó a través de la muerte junto al Padre.
• Juan 14,5-6: Tomás pregunta por el camino. Tomás dice: "Señor, no sabemos a dónde vas. ¿Cómo podemos conocer el camino?” Jesús responde: "Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí”. Tres palabras importantes. Sin un camino, no se anda. Sin verdad, no se acierta. Sin vida, ¡sólo hay muerte! Jesús explica el sentido, porque "¡nadie viene al Padre sino por mí!" Pues, él es la puerta por donde las ovejas entran y salen (Jn 10,9). Jesús es la verdad, porque mirándole a él, estamos viendo la imagen del Padre. "¡Si vosotros me conocierais, conocierais también al Padre!" Jesús es la vida, porque caminando como Jesús caminó, estaremos unidos al Padre y tendremos la vida en nosotros.

4) PARA LA REFLEXIÓN PERSONAL


• ¿Qué buenos encuentros guardas en la memoria y que te son fuerza para tu caminar?
• Jesús dice: "En la casa de mi Padre hay distintas moradas". ¿Qué significa esta afirmación para nosotros, hoy?

5) ORACIÓN FINAL

Cantad a Yahvé un nuevo canto,
porque ha obrado maravillas;
le sirvió de ayuda su diestra,
su santo brazo. (Sal 98,1)

Evangelio - Viernes 4º Semana de Pascua

† Lectura del santo Evangelio según san Juan 14, 1-6
Gloria a ti, Señor.
En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: 
"No se inquieten. Crean en Dios y crean también en mí. En la casa de mi Padre hay lugar para todos; si no fuera así, ya lo habría dicho; ahora voy a prepararles ese lugar. Una vez me haya ido y les haya preparado el lugar, regresaré y los llevaré conmigo, para que puedan estar donde voy a estar yo. Ustedes ya saben el camino para ir adonde yo voy".
Tomás le dijo:
"Pero, Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo vamos a saber el camino?"
Jesús le respondió:
"Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie puede llegar hasta el Padre, sino por mí".
Palabra del Señor.
Gloria a ti, Señor Jesús.

 Meditación diaria
Pascua. 4ª semana. Viernes
LEER Y MEDITAR EL EVANGELIO

— Para leer con fruto el Santo Evangelio.
Jesucristo es para cada hombre Camino, Verdad y Vida1, nos anuncia el Evangelio de la Misa. Quien le conoce sabe la razón de su vida y de todas las cosas; nuestra existencia es un constante caminar hacia Él. Y es en el Santo Evangelio donde debemos aprender la ciencia suprema de Jesucristo2, el modo de imitarle y de seguir sus pasos. “Para aprender de Él, hay que tratar de conocer su vida: leer el Santo Evangelio, meditar aquellas escenas que el Nuevo Testamento nos relata, con el fin de penetrar en el sentido divino del andar terreno de Jesús.
“Porque hemos de reproducir, en la nuestra, la vida de Cristo, conociendo a Cristo: a fuerza de leer la Sagrada Escritura y de meditarla”3. Queremos identificarnos con el Señor, que nuestra vida en medio de nuestros quehaceres sea reflejo de la suya, y “para ser ipse Christus hay quemirarse en Él. No basta con tener una idea general del espíritu de Jesús, sino que hay que aprender de Él detalles y actitudes. Y, sobre todo, hay que contemplar su paso por la tierra, sus huellas, para sacar de ahí fuerza, luz, serenidad, paz.
“Cuando se ama a una persona se desean saber hasta los más mínimos detalles de su existencia, de su carácter, para así identificarse con ella. Por eso hemos de meditar la historia de Cristo, desde su nacimiento en un pesebre, hasta su muerte y su resurrección”4.
Debemos leer el Evangelio con un deseo grande de conocer para amar. No podemos pasar las páginas de la Escritura Santa como si se tratara de un libro cualquiera. “En los libros sagrados, el Padre, que está en el Cielo, sale amorosamente al encuentro de sus hijos para conversar con ellos”5. Nuestra lectura ha de ir acompañada de oración, pues sabemos que Dios es el autor principal de esos escritos santos. En ellos, y de modo especial en el Evangelio, está “el alimento del alma, la fuente límpida y perenne de la vida espiritual”6. “Nosotros –escribe San Agustín– debemos oír el Evangelio como si el Señor estuviera presente y nos hablase. No debemos decir: “felices aquellos que pudieron verle”. Porque muchos de los que le vieron le crucificaron; y muchos de los que no le vieron, creyeron en Él. Las mismas palabras que salían de la boca del Señor se escribieron, se guardaron y se conservan para nosotros”7.
Para leer y meditar el Santo Evangelio con fruto debemos hacerlo con fe, sabiendo que contiene la verdad salvadora, sin error alguno, y también con piedad y santidad de vida. La Iglesia, con la asistencia del Espíritu Santo, ha guardado íntegro e inmune de todo error el impagable tesoro de la vida y de la doctrina del Señor para que nosotros, al meditarla, nos acerquemos con facilidad a Él y luchemos por ser santos. Y solo en la medida en que queramos ser santos penetraremos en la verdad íntima contenida en estos santos libros, solo entonces gustaremos el fruto divino que encierran. ¿Valoramos nosotros este inmenso tesoro que con tanta facilidad podemos tener en nuestras manos? ¿Buscamos en él el conocimiento y el amor cada día mayores a la Santa Humanidad del Señor? ¿Pedimos ayuda al Espíritu Santo cada vez que comenzamos la lectura del Santo Evangelio?

— Contemplar en él la Santísima Humanidad de Cristo.

No se ama sino aquello que se conoce bien. Por eso es necesario que tengamos la vida de Cristo “en la cabeza y en el corazón, de modo que, en cualquier momento, sin necesidad de ningún libro, cerrando los ojos, podamos contemplarla como en una película; de forma que, en las diversas situaciones de nuestra conducta, acudan a la memoria las palabras y los hechos del Señor.
“Así nos sentiremos metidos en su vida. Porque no se trata solo de pensar en Jesús, de representarnos aquellas escenas. Hemos de meternos de lleno en ellas, ser actores. Seguir a Cristo tan de cerca como Santa María, su Madre, como los primeros doce, como las santas mujeres, como aquellas muchedumbres que se agolpaban a su alrededor. Si obramos así, si no ponemos obstáculos, las palabras de Cristo entrarán hasta el fondo del alma y nos transformarán (...).
“Si queremos llevar hasta el Señor a los demás hombres, es necesario ir al Evangelio y contemplar el amor de Cristo”8.
Nos acercamos al Evangelio con el deseo grande de contemplar al Señor tal como sus discípulos le vieron, observar sus reacciones, su modo de comportarse, sus palabras...; verlo lleno de compasión ante tanta gente necesitada, cansado después de una larga jornada de camino, admirado ante la fe de una madre o de un centurión, paciente ante los defectos de sus más fieles seguidores...; también le contemplamos en el trato habitual con su Padre, en la manera confiada como se dirige a Él, en sus noches en oración..., en su amor constante por todos.
Para quererle más, para conocer su Santísima Humanidad, para seguirle de cerca debemos leer y meditar despacio, con amor y piedad. El Concilio Vaticano II “recomienda insistentemente a todos los fieles (...) la lectura asidua de la Sagrada Escritura (...), pues “desconocer la Escritura es desconocer a Cristo” (San Jerónimo). Acudan –dice– al texto mismo: en la liturgia, tan llena de palabras divinas; en la lectura espiritual...”9.
Haz que vivamos siempre de ti, le pedimos al Señor en la Misa de hoy10. Pues bien, este alimento para nuestra alma, que diariamente debemos procurarnos, es fácil de tomar. Apenas requiere tres o cuatro minutos cada día, pero poniendo amor. “Esos minutos diarios de lectura del Nuevo Testamento, que te aconsejé –metiéndote y participando en el contenido de cada escena, como un protagonista más–, son para que encarnes, para que “cumplas” el Evangelio en tu vida..., y para “hacerlo cumplir”“11.

— El Señor nos habla a través de los Libros Sagrados. La Palabra de Dios es siempre actual.

¡Cuán dulces son a mi paladar tus palabras, más que la miel para mi boca!12.
San Pablo enseñaba a los primeros cristianos que la palabra de Dios es viva y eficaz13. Es siempre actual, nueva para cada hombre, nueva cada día, y, además, palabra personal porque va destinada expresamente a cada uno de nosotros. Al leer el Santo Evangelio, nos será fácil reconocernos en un determinado personaje de una parábola, o experimentar que unas palabras están dirigidas a nosotros. Muchas veces y de muchas maneras habló Dios en otro tiempo a nuestros padres por el ministerio de los Profetas; últimamente, en estos días, nos ha hablado por su Hijo14Estos días son también los nuestros. Jesucristo sigue hablando. Sus palabras, por ser divinas y eternas, son siempre actuales. En cierto modo, lo que narra el Evangelio está ocurriendo ahora, en nuestros días, en nuestra vida. Es actual la marcha y la vuelta del hijo pródigo; la oveja que anda perdida y el Pastor que ha salido a buscarla; la necesidad de la levadura para convertir la masa, y de la luz para iluminar la oscuridad del pecado...
El Evangelio nos revela lo que es y lo que vale nuestra vida y nos traza el camino que debemos seguir. El Verbo –la Palabra– es la luz que ilumina a todo hombre15. Y no hay hombre al que no se dirija esta Palabra. Por eso el Evangelio debe ser fuente de jaculatorias, que alimenten la presencia de Dios durante el día, y tema de oración muchas veces.
Si meditamos el Evangelio, encontraremos la paz. Salía de Él una virtud que sanaba a todos16, comenta en cierta ocasión el Evangelista. Y esa virtud sigue saliendo de Jesús cada vez que entramos en contacto con Él y con sus palabras, que permanecen eternamente.
El Evangelio debe ser el primer libro del cristiano porque nos es imprescindible conocer a Cristo; hemos de mirarlo y contemplarlo hasta saber de memoria todos sus rasgos. El Santo Evangelio nos permite meternos de lleno en el misterio de Jesús, especialmente hoy, cuando tantas y tan confusas ideas circulan sobre el tema más trascendental para la Humanidad desde hace veinte siglos: Jesucristo, Hijo de Dios, piedra angular, fundamento de todo hombre. “No os descarriéis entre la niebla, escuchad más bien la voz del pastor. Retiraos a los montes de las Santas Escrituras, allí encontraréis las delicias de vuestro corazón, nada hallaréis allí que os pueda envenenar o dañar, pues ricos son los pastizales que allí se encuentran”17.
En muchas ocasiones será conveniente hacer la lectura cotidiana del Evangelio a primera hora del día, procurando sacar de esa lectura una enseñanza concreta y sencilla que nos ayude en la presencia de Dios durante la jornada o a imitar al Maestro en algún aspecto de nuestro comportamiento: estar más alegres, tratar mejor a los demás, estar más atentos hacia aquellas personas que sufren, ofrecer el cansancio... Así, casi sin darnos cuenta, se podrá cumplir en nosotros este gran deseo: “Ojalá fuera tal tu compostura y tu conversación que todos pudieran decir al verte o al oírte hablar: este lee la vida de Jesucristo”18.
Y esto será un gran bien no solo para nosotros, sino también para quienes viven, trabajan o pasan a nuestro lado.
1 Cfr. Jn 14, 6. — 2 Flp 3, 8. — 3 San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, 14. — 4 Ibídem, 107. — 5 Conc. Vat. II, Const. Dei Verbum, 21. — 6 Ibídem. — 7 San Agustín, Coment. al Evangelio de San Juan, 30. — 8 San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, 107. — 9 Conc. Vat. II, Const. Dei Verbum, 25. — 10 Oración colecta de la Misa. — 11 San Josemaría Escrivá, Surco, n. 672. — 12 Sal118, 103. — 13 Cfr. Heb 4, 12. — 14 Cfr. Heb 1, 1. — 15 Jn 1, 9. — 16 Lc 6, 19. — 17 San Agustín,Sermón 46 sobre los pastores. — 18 San Josemaría Escrivá, Camino, n. 2.
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Otro comentario: Fray Josep Mª MASSANA i Mola OFM (Barcelona, España)
Filiación divina
Hoy, Jesús se despide de los suyos, antes de volver al Padre. Es el principio de sus discursos de despedida en el evangelio de Juan. Jesucristo quiere infundir consuelo en los discípulos, diciéndoles que se va para prepararles una morada y les da ánimos para que sigan creyendo en el Padre y en Él.

Al volver “a casa” Jesús se coloca en el mismo plano que el Padre, pues es Dios como Él. El Padre es su casa, como el Hijo es la casa del Padre: se inhabitan mutuamente en el Espíritu Santo. Nosotros, hijos en el Hijo, tenemos todos cabida en la casa del cielo, donde Jesús nos ha preparado un lugar.

—Gracias, Señor Jesús, porque nos preparas un lugar junto al Padre; gracias porque quieres llevarnos contigo a tu “Casa”, y hacernos compartir la gloria que tú tienes desde siempre con el Padre, en el Espíritu de Ambos. 
Otro comentario: Rev. D. Josep Mª MANRESA Lamarca (Les Fonts del Vallès, Barcelona, España)
Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí
Hoy, en este Viernes IV de Pascua, Jesús nos invita a la calma. La serenidad y la alegría fluyen como un río de paz de su Corazón resucitado hasta el nuestro, agitado e inquieto, zarandeado tantas veces por un activismo tan enfebrecido como estéril.

Son los nuestros los tiempos de la agitación, el nerviosismo y el estrés. Tiempos en que el Padre de la mentira ha inficionado las inteligencias de los hombres haciéndoles llamar al bien mal y al mal bien, dando luz por oscuridad y oscuridad por luz, sembrando en sus almas la duda y el escepticismo que agostan en ellas todo brote de esperanza en un horizonte de plenitud que el mundo con sus halagos no sabe ni puede dar.

Los frutos de tan diabólica empresa o actividad son evidentes: enseñoreado el “sinsentido” y la pérdida de la trascendencia de tantos hombres y mujeres, no sólo han olvidado, sino que han extraviado el camino, porque antes olvidaron el Camino. Guerras, violencias de todo género, cerrazón y egoísmo ante la vida (anticoncepción, aborto, eutanasia...), familias rotas, juventud “desnortada”, y un largo etcétera, constituyen la gran mentira sobre la que se asienta buena parte del triste andamiaje de la sociedad del tan cacareado “progreso”.

En medio de todo, Jesús, el Príncipe de la Paz, repite a los hombres de buena voluntad con su infinita mansedumbre: «No se turbe vuestro corazón. Creéis en Dios: creed también en mí» (Jn 14,1). A la derecha del Padre, Él acaricia como un sueño ilusionado de su misericordia el momento de tenernos junto a Él, «para que donde esté yo estéis también vosotros» (Jn 14,3). No podemos excusarnos como Tomás. Nosotros sí sabemos el camino. Nosotros, por pura gracia, sí conocemos el sendero que conduce al Padre, en cuya casa hay muchas estancias. En el cielo nos espera un lugar, que quedará para siempre vacío si nosotros no lo ocupamos. Acerquémonos, pues, sin temor, con ilimitada confianza a Aquél que es el único Camino, la irrenunciable Verdad y la Vida en plenitud.
Otro comentario:   Cree en Dios

Jesús es Dios, cree en Él y en Dios Padre y Dios Espíritu Santo.

La fe empieza por creer la doctrina católica; acéptala y vívela.

Aunque tengas dudas, cumple con la voluntad de Dios, en amarlo sobre todas las cosas y personas. ¡Es Dios!
P. Jesús


jueves, 15 de mayo de 2014

Lectio Divina - Jueves 15 de Mayo 2014 - IV Semana de Pascua

Lectio: 
 
Jueves, 15 Mayo, 2014  

TIEMPO PASCUAL

1) ORACIÓN INICIAL

¡Oh Dios!, que has restaurado la naturaleza humana elevándola sobre su condición original; no olvides tus inefables designios de amor y conserva en quienes han renacido por el bautismo los dones que tan generosamente han recibido. Por nuestro Señor.

2) LECTURA

Del Evangelio según Juan 13,16-20
«En verdad, en verdad os digo: no es más el siervo que su amo, ni el enviado más que el que lo envía. «Sabiendo esto, dichosos seréis si lo cumplís. No me refiero a todos vosotros; yo conozco a los que he elegido; pero tiene que cumplirse la Escritura: El que come mi pan ha alzado contra mí su talón. «Os lo digo desde ahora, antes de que suceda, para que, cuando suceda, creáis que Yo Soy. En verdad, en verdad os digo: quien acoja al que yo envíe, me acoge a mí, y quien me acoja a mí, acoge a aquel que me ha enviado.»

3) REFLEXIÓN


• A partir de hoy, para tres semanas, todos los días, excepto las fiestas, el evangelio del día está sacado de la larga conversación de Jesús con los discípulos durante la Ultima Cena (Jn de 13 a 17). En estos cinco capítulos, que describen la despedida de Jesús, se percibe la presencia de los tres hilos de los que hablamos anteriormente y que tejen y componen el evangelio de Juan: la palabra de Jesús, la palabra de las comunidades y la palabra del evangelista que hizo la última redacción del Cuarto Evangelio. En estos cinco capítulos, los tres hilos están de tal manera entrelazados que el todo se presenta como una pieza única de rara belleza e inspiración, en la que es difícil distinguir lo que es del uno y lo que es del otro, pero en el cual todo es Palabra de Dios para nosotros.
• Estos cinco capítulos traen la conversación que Jesús tuvo con sus amigos, en vísperas de ser detenido y condenado a muerte. Era una conversación amistosa, que queda en la memoria del Discípulo Amado. Jesús, así parece, quería prolongar al máximo ese último encuentro, momento de mucha intimidad. Lo mismo acontece hoy. Hay conversación y conversación. Hay conversaciones superficiales en las que se gastan palabras y que revelan el vacío de las personas. Y hay conversaciones que van al fondo del corazón y quedan en la memoria. Todos nosotros, de vez en cuando, tenemos estos momentos de convivencia amistosa, que dilatan el corazón y se convierten en fuerza en la hora de las dificultades. Ayudan a tener confianza y a vencer el miedo.
• Los cinco versículos del Evangelio de hoy sacan dos conclusiones del lavatorio de los pies (Jn 13,1-15). Hablan (a) del servicio como característica principal de los seguidores de Jesús, y (b) de la a identidad de Jesús como revelación del Padre.
• Juan 13,16-17: No es más el siervo que su amo. Jesús acaba de lavar los pies a sus discípulos. Pedro se asusta y no quiere que Jesús le lave los pies. “Si no te lavo los pies, no podrás compartir conmigo” (Jn 13,8). Y basta lavar los pies; el resto no necesita ser lavado (Jn 13,10). El valor simbólico del gesto del lavatorio consistía en aceptar a Jesús que se entrega a sí mismo por los demás, y no aceptar a un mesías rey glorioso. Esta entrega de sí como siervo de todos es la llave para entender el gesto del lavatorio. Entender esto es la raíz de la felicidad de una persona: “Sabiendo esto, dichosos seréis si lo cumplís". Pero había personas, también entre los discípulos, que no aceptaban a Jesús como Mesías Siervo. No querían ser siervos de otros. Probablemente, querían un mesías glorioso como Rey y Juez, según la ideología oficial. Jesús dice:"No me refiero a todos vosotros. Yo conozco a los que he elegido, pero tenía que cumplirse la Escritura: ¡El que come mi pan, ha alzado contra mi su talón!” Juan se refiere a Judas, cuya traición va a ser anunciada inmediatamente después (Jn 13,21-30).
• Juan 13,18-20: Digo esto desde ahora, para que creáis que YO SOY. Fue en ocasión de la liberación de Egipto a los pies del Monte Sínai, que Dios reveló su nombre a Moisés: “¡Estoy con vosotros!” (Es 3,12), “Yo soy el que soy” (Ex 3,14), “Estoy” o “Yo soy” me mandó a vosotros” (Ex 3,14). El nombre Yahvé (Ex 3,15) expresa la certeza absoluta de la presencia libertadora de Dios junto con su pueblo. De muchas maneras y en muchas ocasiones Jesús usa esta misma expresión Yo soy o Soy yo (Jn 8,24; 8,28; 8,58; Jo 6,20; 18,5.8; Mc 14,62; Lc 22,70). Jesús es la presencia del rostro libertador de Dios en medio de nosotros.

4) PARA LA REFLEXIÓN PERSONAL


• El siervo no es mayor que su Señor. ¿Cómo hago de mi vida un servicio permanente a los otros?
• Jesús sabe convivir con las personas que no lo aceptaban. ¿Yo lo consigo?

5) ORACIÓN FINAL


Cantaré por siempre el amor de Yahvé,
anunciaré tu lealtad de edad en edad.
Dije: «Firme está por siempre el amor,
en ellos cimentada tu lealtad.» (Sal 89,2-3)