lunes, 2 de julio de 2012

Evangelio - Lunes XIII Semana del Tiempo Ordinario


Día litúrgico: Lunes XIII del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Mt 8,18-22): En aquel tiempo, viéndose Jesús rodeado de la muchedumbre, mandó pasar a la otra orilla. Y un escriba se acercó y le dijo: «Maestro, te seguiré adondequiera que vayas». Dícele Jesús: «Las zorras tienen guaridas, y las aves del cielo nidos; pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza». Otro de los discípulos le dijo: «Señor, déjame ir primero a enterrar a mi padre». Dícele Jesús: «Sígueme, y deja que los muertos entierren a sus muertos».
Comentario: Rev. D. Jordi PASCUAL i Bancells (Salt, Girona, España)

Sígueme
Hoy, el Evangelio nos presenta —a través de dos personajes— una cualidad del buen discípulo de Jesús: el desprendimiento de los bienes materiales. Pero antes, el texto de san Mateo nos da un detalle que no querría pasar por alto: «Viéndose Jesús rodeado de la muchedumbre...» (Mt 8,18). Las multitudes se reúnen cerca del Señor para escuchar su palabra, ser curados de sus dolencias materiales y espirituales; buscan la salvación y un aliento de Vida eterna en medio de los vaivenes de este mundo.

Como entonces, algo parecido pasa en nuestro mundo de hoy día: todos —más o menos conscientemente— tenemos la necesidad de Dios, de saciar el corazón de los bienes verdaderos, como son el conocimiento y el amor a Jesucristo y una vida de amistad con Él. Si no, caemos en la trampa de querer llenar nuestro corazón de otros “dioses” que no pueden dar sentido a nuestra vida: el móvil, Internet, el viaje a las Bahamas, el trabajo desenfrenado para ganar más y más dinero, el coche mejor que el del vecino, o el gimnasio para lucir el mejor cuerpo del país.... Es lo que les pasa a muchos actualmente.

En contraste, resuena el grito lleno de fuerza y de confianza del Papa Juan Pablo II hablando a la juventud: «Se puede ser moderno y profundamente fiel a Jesucristo». Para eso es preciso, como el Señor, el desprendimiento de todo aquello que nos ata a una vida demasiado materializada y que cierra las puertas al Espíritu.

«El Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza (...). Sígueme» (Mt 8,22), nos dice el Evangelio de hoy. Y san Gregorio Magno nos recuerda: «Tengamos las cosas temporales para uso, las eternas en el deseo; sirvámonos de las cosas terrenales para el camino, y deseemos las eternas para el fin de la jornada». Es un buen criterio para examinar nuestro seguimiento de Jesús.

Otro comentario: Fray Josep Mª MASSANA i Mola OFM (Barcelona, España)

Pobreza: "des-atados" para ser libres
Hoy un escriba nos sorprende con su deseo de seguir a Jesús. Los escribas suelen aparecer hostiles al Señor, pero Él no tiene prejuicios y le presenta la condición esencial del discípulo: pobreza y desprendimiento, de los que Él mismo es modelo, pues no está atado a nada ni a nadie.

La libertad es la tremenda capacidad de escoger, y requiere una gran madurez personal. Es uno de los derechos humanos más reivindicados, pero quizá el peor comprendido. A menudo se cree que para ser libre hay que poseer riquezas, poder, influencia, autoridad. Pero la propiedad es una trampa: lo que creemos poseer, nos posee y esclaviza. La libertad evangélica es lo contrario: desprenderse, vaciarse, ser pobre. Es cuando somos soberanamente libres.

—Señor, nos has dicho que la Verdad nos hace libres. Danos tu Espíritu para que nada pueda arrebatarnos este tesoro y sólo Tú nos poseas y nosotros te poseamos.

domingo, 1 de julio de 2012

Comentario del Evangelio de Domingo XIII del Tiempo Ordinario


                                                   
13°. Domingo Ordinario
29. junio 2012 | Por  | Categoria: Charla Dominical
Dos milagros distintos nos narra el Evangelio de este Domingo en una descripción deliciosa de Marcos. Pero, en razón de la brevedad, nos fijaremos sólo en uno, ya que el otro lo escucharemos también en la celebración de la Iglesia.  
Vamos al caso. Jesús acaba de desembarcar, y en la orilla del lago le espera una verdadera multitud. Se le acerca, todo angustiado, uno de los jefes de la sinagoga, llamado Jairo, y echado a sus pies le ruega con gruesas lágrimas en los ojos: 
- ¡Señor, ya veo que estás muy ocupado con tanta gente! Pero, corre a mi casa, pues mi hijita se halla en las últimas. Ven a imponerle las manos para que se cure y no muera. 
- ¡Bien, hombre! No te apures. Vamos para allá. 
Les siguen muchos y, mientras van camino de la casa, se le presenta al hombre una comisión:
- No le molestes al Maestro, pues ya no hay nada que hacer. Tu hija ha muerto. ¿Qué quieres que haga ya con ella? 
Rompe el padre a llorar, y Jesús, que ha oído el encargo, le anima: 
- No les hagas caso. Tú no pierdas la fe. 
Y Jesús ordena entonces que no les siga nadie sino Pedro, Santiago y Juan.  Llegan a la casa y se encuentran con el espectáculo acostumbrado: los familiares que lloran doloridos, y las plañideras de oficio lanzando lamentos desgarradores. Jesús logra imponer algo de silencio, y les dice a todos:
- ¿A qué viene tanto ruido y tantos lloros? La niña no está muerta sino dormida. 
Todos se echan a reír y a burlarse del Profeta de Nazaret. -¡Dormida, sí! ¡Ya la despertarás tú!…
Pero Jesús, sin hacer caso alguno de las sonrisas incrédulas,, ordena severo: 
- ¡Fuera todos! Que aquí dentro no quede nadie sino solamente los papás y estos mis tres discípulos. 
Ya solos estos cinco, Jesús se acerca al lecho donde yace muerta la niña angelical. Le toma la mano, y le manda con cariño: 
- Talita. Kumí.
El Evangelio ha querido conservar las palabras textuales de Jesús, en una lengua hoy desaparecida. Pero nos da la traducción exacta:
- Niña, contigo hablo, ¡levántate!
La muchachita encantadora, de doce años, abre los ojos, sonríe, se levanta y comienza a caminar. 
Gritos de alegría incontenibles de los papás, admiración de los discípulos, y Jesús que ordena amoroso: 
- Denle de comer a la niña, denle de comer…
Y a los cinco les manda con insistencia la cosa más inútil:
- ¡Por favor, que no lo sepa nadie! ¡No se lo digan a ninguno!
¿Qué quiere decirnos este Evangelio precioso? Jesús realiza una de esas acciones que son “signo”, es decir, que hacen ver una realidad interior y profunda, en este caso, que Él es el dueño de la vida y de la muerte, y que no quiere la muerte sino la vida.  
Y a la muerte le advierte que ya está de vencida. 
Que viene a destruirla. 
Que no será la muerte quien dure para siempre, sino que será una vida inmortal, la que Él nos dará a todos, cuando a todos nos saque del sepulcro para no volver nunca más a él.
¡Cuánto que nos puede ayudar una consideración como ésta! 
Hoy se nos repite mucho que no debemos tener miedo a la muerte, porque es un fenómeno natural al que nos debemos someter necesariamente, y, en consecuencia, también con serenidad. Por lo mismo, hay que ser valientes y tenemos que aceptarla como algo imprescindible.
Esta filosofía moderna estará muy bien, si queremos. Pero la realidad es muy distinta. Nuestros sentimientos se rebelan ante la muerte, porque estamos apegados a la vida, y lo que nos interesa no es morir, sino todo lo contrario: tener una vida que no podamos perder.
Entonces la fe, sólo la fe, nos hace mantener la serenidad ante un hecho que quisiéramos no se presentase nunca. Y esta serenidad la da únicamente la certeza de la vida que Dios nos tiene prometida para después de este paso ingrato y desagradable. La muerte es para nosotros, creyentes, un abrirse la puerta de la gloria, de la felicidad misma de Dios.
¿Cuál es la garantía más grande que tenemos de esta fe y esta esperanza? Es la Resurrección de Jesucristo. Y lo son también estos milagros que Él hizo para enseñarnos que la vida triunfará sobre la muerte.
Este Evangelio, al contarnos la recomendación que Jesús hace de darle de comer a la niña, nos lleva sin más a la consideración de la Eucaristía. 
Si estamos vivos y queremos una vida inmortal, ¿por qué no comer el Pan de la Vida, el Cuerpo de Cristo, que nos asegura la resurrección gloriosa? La palabra de Jesús no puede fallar y se cumplirá inexorablemente: “Quien come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día”. 
Nadie que comulga puede morir para siempre.
¡Señor Jesucristo! 
¡Qué caballero que fuiste en la resurrección de la niña! ¡Qué ternura la tuya! 
¡Y qué esperanza que nos das a todos! Morir en ti no es morir, sino tener vida eterna.

Frases del Santo Padre Pío de Pietrelcina



                                              
"El demonio tiene una única puerta para entrar en nuestro espíritu: la voluntad; no existen puertas secretas." (Santo Padre Pio de Pietrelcina)

Honrar al Sagrado Corazón de Jesús



Pensamiento sobre el Sagrado Corazón
Honrar al Sagrado Corazón.
"Si supieseis de cuánto mérito y gloria es honrar a este amable Corazón de Jesús, y cuán grande será el galardón que dará a los que, después de haberse consagrado a El, sólo pretendan honrarle!... Sí, creo que esta sola intención acrecentará más el mérito de sus acciones delante de Dios, que cuanto pudieran hacer sin esa aplicación y pureza."
Santa Margarita María de Alacoque 
Comentario: 
El Sagrado Corazón quiere hacer un pacto con nosotros. Él nos pide que nos ocupemos y preocupemos por su honra y por sus cosas, que Él se ocupará de nosotros y de nuestras cosas.
Y preocuparnos por la honra del Corazón de Jesús es preocuparnos por amarlo con todo nuestro ser, procurar que otros le amen. Y sus “cosas” por las que debemos preocuparnos no son otras que las almas, la salvación de las almas a las que Jesús ama infinitamente.
Por eso si nos consagramos al Corazón de Jesús, a partir de ese momento no podemos ya pensar en nosotros mismos y en nuestras cosas, sino sólo ocuparnos y preocuparnos por la salvación de las almas y el Reino de Dios, ya que de lo nuestro, de TODO lo nuestro se ocupará maravillosamente bien el Sacratísimo Corazón de Jesús.
Es un pacto que hacemos con Cristo, y sabemos muy bien que Él no miente, no puede mentir, y que jamás deja promesas sin cumplir.
Así que vivamos tranquilos con una sola idea fija: el Reino de Dios en las almas y en el mundo, la salvación de las almas y la mayor gloria de Dios.
Sagrado Corazón de Jesús, en Vos confío.

Mensajes del Santo Padre Benedicto XVI



Atar y desatar» es «perdonar»
El Papa explica la promesa sobre «las puertas del infierno»
«La Iglesia no es una comunidad de perfectos, sino de pecadores» necesitados del amor de Dios.
Actualizado 29 junio 2012

El núcleo central de la predicación de Benedicto XVI en la festividad de San Pedro y San Pablo ha sido la explicación de los poderes que Jesucristo concedió al Papa, simbolizados en las llaves y en el poder de "atar y desatar", y de los peligros que le amenazan: las "puertas del infierno".

"Las dos imágenes –la de las llaves y la de atar y desatar– expresan por tanto significados similares y se refuerzan mutuamente", dice el Papa: "La expresión atar y desatar forma parte del lenguaje rabínico y alude por un lado a las decisiones doctrinales, por otro al poder disciplinar, es decir a la facultad de aplicar y de levantar la excomunión. El paralelismo en la tierra… en los cielos garantiza que las decisiones de Pedro en el ejercicio de su función eclesial también son válidas ante Dios".

"Todo lo que atéis en la tierra quedará atado en los cielos, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en los cielos", dice el Evangelio de San Mateo (18, 18). Y "a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos", dice el Evangelio de San Juan (20, 22-23). "A la luz de estos paralelismos", concluye Benedicto XVI, "aparece claramente que la autoridad de atar y desatar consiste en el poder de perdonar los pecados. Y esta gracia, que debilita la fuerza del caos y del mal, está en el corazón del misterio y del ministerio de la Iglesia. La Iglesia no es una comunidad de perfectos, sino de pecadores que se deben reconocer necesitados del amor de Dios, necesitados de ser purificados por medio de la Cruz de Jesucristo. Las palabras de Jesús sobre la autoridad de Pedro y de los Apóstoles revelan que el poder de Dios es el amor, amor que irradia su luz desde el Calvario".

Asimismo, el Papa comentó la expresión "las puertas del infierno no prevalecerán contra ella", que le dice Jesucristo a Pedro cuando le encomienda la misión de dirigir la Iglesia: "La promesa que Jesús hace a Pedro es ahora mucho más grande que las hechas a los antiguos profetas: Éstos, en efecto, fueron amenazados sólo por enemigos humanos, mientras Pedro ha de ser protegido de las puertas del infierno, del poder destructor del mal. Jeremías recibe una promesa que tiene que ver con él como persona y con su ministerio profético; Pedro es confortado con respecto al futuro de la Iglesia, de la nueva comunidad fundada por Jesucristo y que se extiende a todas las épocas, más allá de la existencia personal del mismo Pedro".

Qué triste es ver a los jóvenes...tristes


                           
                                                            Rainero Cantalamessa

"Jesús sigue resucitando también hoy a chicas y chicos muertos. Lo hace con su palabra y también enviándoles a sus discípulos, quienes, en Su nombre y con Su mismo amor, repiten a los jóvenes de hoy aquel grito Suyo: Talitá kum: ¡muchacho, levántate! Vuelve a vivir"
El pasaje del Evangelio de este domingo está hecho de escenas que se suceden rápidamente en lugares distintos. Está ante todo la escena a orillas del lago. Jesús está rodeado de un gran gentío cuando un hombre se arroja a sus pies y le dirige una súplica: «Mi hija está a punto de morir; ven, impón tus manos sobre ella, para que se salve y viva». Jesús deja a la mitad su discurso y se pone en marcha con el hombre hacia su casa.

La segunda escena acontece en el camino. Una mujer que sufría hemorragias se acerca a escondidas a Jesús para tocar su manto, y se siente curada. Mientras Jesús hablaba con ella, de la casa de Jairo llegan a decirle: «Tu hija ha muerto. ¿A qué molestar ya al Maestro?». Jesús, que ha oído todo, dice al jefe de la sinagoga: «No temas; solamente ten fe».

Y he aquí la escena crucial, en la casa de Jairo. Gran confusión, gente que llora y grita, como es comprensible ante el fallecimiento recién ocurrido de una adolescente. «Entra y les dice: “¿Por qué alborotáis y lloráis? La niña no ha muerto; está dormida”. [...] Él, después de echar fuera a todos, toma consigo al padre de la niña, a la madre y a los suyos, y entra donde estaba la niña. Y tomando la mano de la niña, le dice: “Talitá kum”, que quiere decir: “Muchacha, a ti te digo, levántate”. La muchacha se levantó al instante y se puso a andar; tenía doce años. [...]. Y les insistió mucho en que nadie lo supiera; y les dijo que le dieran a ella de comer».

El pasaje del Evangelio sugiere una observación. Se vuelve a discutir continuamente sobre el grado de historicidad y fiabilidad de los Evangelios. Hemos asistido recientemente al intento de poner en el mismo nivel, como si tuvieran la misma autoridad, los cuatro evangelios canónicos y los evangelios apócrifos de los siglos II-III.

Pero este intento es sencillamente absurdo y demuestra también buena dosis de mala fe. Los evangelios apócrifos, sobre todo los de origen gnóstico, fueron escritos varias generaciones después por personas que habían perdido todo contacto con los hechos y que, por lo demás, no se preocupaban lo más mínimo de hacer historia, sino sólo de poner en labios de Cristo las enseñanzas propias de la escuela de ellas. Los evangelios canónicos, al contrario, fueron escritos por testigos oculares de los hechos o por personas que habían estado en contacto con los testigos oculares. Marcos, de quien leemos este año el Evangelio, estuvo en estrecha relación con el Apóstol Pedro, de quien refiere muchos episodios que le tuvieron como protagonista.

El pasaje de este domingo nos ofrece un ejemplo de este carácter histórico de los Evangelios. El nítido retrato de Jairo y su petición angustiosa de ayuda, el episodio de la mujer que se encuentran de camino a su casa, la actitud escéptica de los mensajeros hacia Jesús, la tenacidad de Cristo, el clima de la gente que llora a la niña muerta, el mandato de Jesús referido en la lengua original aramea, la conmovedora solicitud de Jesús de que se dé algo de comer a la niña resucitada. Todo hace pensar en un relato que remite a un testigo ocular del hecho.

Ahora, una breve aplicación del Evangelio del domingo a la vida. No existe sólo la muerte del cuerpo, también está la muerte del corazón. La muerte del corazón existe cuando se vive en la angustia, en el desaliento o en una tristeza crónica. Las palabras de Jesús: Talitá kum, ¡muchacha, levántate!, no se dirigen por tanto sólo a chicos y chicas muertos, sino también a chicos y chicas que viven.

Qué triste es ver a los jóvenes... tristes. Y hay muchísimos a nuestro alrededor. La tristeza, el pesimismo, el no deseo de vivir, son siempre cosas malas, pero cuando se ven o se las oye expresar a jóvenes oprimen el corazón todavía más.
En este sentido Jesús sigue resucitando también hoy a chicas y chicos muertos. Lo hace con su palabra y también enviándoles a sus discípulos, quienes, en Su nombre y con Su mismo amor, repiten a los jóvenes de hoy aquel grito Suyo: Talitá kum: ¡muchacho, levántate! Vuelve a vivir.








Evangelio - Domingo XIII Semana del Tiempo Ordinario


† Lectura del santo Evangelio según san Marcos 5, 21-43
Gloria a ti, Señor.
Al regresar Jesús a la otra orilla, se le aglomeró mucha gente mientras el permanecía junto al lago. Entonces llegó uno de los jefes de la sinagoga, llamado Jairo. Al ver a Jesús, se echó a sus pies y le suplicaba con insistencia, diciendo:
"Mi niña está agonizando; ven a poner las manos sobre ella para que viva".
Jesús se fue con él. Mucha gente lo seguía y lo apretujaba. Una mujer que, padecía hemorragias desde hacía doce años, y que había sufrido mucho con los médicos, que había gastado todo lo que tenía sin provecho alguno y más bien había empeorado, oyó hablar de Jesús, se acercó por detrás entre la gente y tocó su manto. Pues se decía: "Si logro tocar aunque sólo sea su manto, quedaré sana". Inmediatamente se secó la fuente de sus hemorragias y sintió que había quedado sana. Jesús se dio cuenta en seguida de la fuerza que había salido de él, se dio vuelta en medio de la gente y preguntó:
"¿Quién ha tocado mi ropa?"
Sus discípulos le contestaron:
"Ves que la gente te está apretujando ¿y preguntas quién te ha tocado?"
Pero él miraba alrededor a ver si descubría a la que lo había hecho. La mujer, entonces, asustada y temblorosa, sabiendo lo que había pasado, se acercó, se postró ante él y le contó toda la verdad.
Jesús le dijo:
"Hija, tu fe te ha salvado; vete en paz; estás liberada de tu mal".
Todavía estaba hablando cuando llegaron unos de la casa del jefe de la sinagoga diciendo:
"Tu hija ha muerto; no sigas molestando al Maestro".
Pero Jesús, que oyó la noticia, dijo al jefe de la sinagoga:
"No temas; basta con que sigas creyendo".
Llegaron a casa del jefe de la sinagoga y, al ver el tumulto, unos que lloraban y otros que daban gritos, entró y les dijo:
"¿Por qué este tumulto y estos llantos? La niña no ha muerto; está dormida".
Pero ellos se burlaban de él. Entonces Jesús echó fuera a todos, tomó consigo al padre de la niña, a la madre y a los que lo acompañaban, y entró adonde estaba la niña. La tomó de la mano y dijo:
"Talitha Kum" (que significa: Niña, a ti te hablo, levántate).
La niña se levantó al instante y se puso a caminar, pues tenía doce años.
Ellos se quedaron totalmente admirados. Y él les mandó con insistencia que nadie se enterara de lo sucedido, y les indicó que dieran de comer a la niña.
Palabra del Señor.
Gloria a ti,Señor Jesús.

† Meditación diaria

Décimo tercer Domingo

Ciclo B

LA MUERTE Y LA VIDA

— La muerte que hemos de evitar y temer.
La Liturgia de este Domingo nos habla de la muerte y de la vida. La Primera lectura1 nos enseña que la muerte no entraba en el plan inicial del Creador: Dios no hizo la muerte, ni se recrea en la destrucción de los vivientes; es consecuencia del pecado2. Jesucristo la aceptó “como necesidad de la naturaleza, como parte inevitable de la suerte del hombre sobre la tierra. Jesucristo la aceptó (...) para vencer al pecado”3. La muerte angustia el corazón humano4, pero nos conforta saber que Jesús aniquiló la muerte5. No es ya el acontecimiento que el hombre debe temer ante todo. Es más, para el creyente es el paso obligado de este mundo al Padre.
El Evangelio de la Misa nos presenta a Jesús que llega de nuevo a Cafarnaún6, donde le espera una gran muchedumbre. Con especial necesidad y fe le aguardan el jefe de la sinagoga, Jairo, que tiene una hija a punto de morir, y una mujer con una larga enfermedad en la que había gastado toda su fortuna; ambos sienten una especial urgencia de Él. Por el camino hacia la casa de Jairo tiene lugar la curación de esta enferma, que ha depositado toda su esperanza en Cristo.
Jesús se ha detenido para confortar a esta mujer. En esto, le comunican al jefe de la sinagoga: Tu hija ha muerto; ¿para qué molestar ya al Maestro? Pero Jesús tomó a Pedro, a Santiago y a Juan para que fueran testigos del milagro que realizará a continuación. Llegan a casa de Jairo, y ve el alboroto, y a los que lloran y a las plañideras. Y al entrar, les dice: ¿Por qué alborotáis y estáis llorando? La niña no ha muerto, sino que duerme. Y se reían de Él... No comprenden que para Dios la verdadera muerte es el pecado, que mata la vida divina en el alma. La muerte terrena es, para el creyente, como un sueño del que despierta en Dios. Así la consideraban los primeros cristianos. No quiero que estéis ignorantes -exhortaba San Pablo a los cristianos de Tesalónica- acerca de los que durmieron, para que no os entristezcáis como los que no tienen esperanza7. No podemos afligirnos como quienes nada esperan después de esta vida, porque si creemos que Jesús murió y resucitó, así también Dios a los que se durmieron con Él los llevará consigo8. Hará con nosotros lo que hizo con Lázaro: Nuestro amigo Lázaro duerme, pero voy a despertarlo. Y cuando los discípulos piensan que se trataba del sueño natural, el Señor claramente afirma: Lázaro ha muerto9. Cuando llegue la muerte cerraremos los ojos a esta vida y nos despertaremos en la Vida auténtica, la que dura por toda la eternidad: al atardecer nos visita el llanto, por la mañana, el júbilo, rezamos con el Salmo responsorial10. El pecado es la auténtica muerte, pues es la tremenda separación –el hombre rompe con Dios–, junto a la cual la otra separación, la del cuerpo y el alma, es cosa más liviana y provisional. Quien crea en Mí, aunque muera vivirá, y todo el que vive y cree en Mí no morirá jamás11.
La muerte, que era la suprema enemiga12, es nuestra aliada, se ha convertido en el último paso tras el cual encontramos el abrazo definitivo con nuestro Padre, que nos espera desde siempre y que nos destinó para permanecer con Él. “Cuando pienses en la muerte, a pesar de tus pecados, no tengas miedo... Porque Él ya sabe que le amas.... y de qué pasta estás hecho.
“—Si tú le buscas, te acogerá como el padre al hijo pródigo: ¡pero has de buscarle!”13. Tú sabes, Señor, que te busco día y noche.

— El pecado, muerte del alma. Efectos del pecado.
Dice Jesús a Jairo: No ha muerto, sino que duerme. “Estaba muerta para los hombres, que no podían despertarla; para Dios, dormía, porque su alma vivía sometida al poder divino, y la carne descansaba para la resurrección. De aquí se introdujo entre los cristianos la costumbre de llamar a los muertos, que sabemos que resucitarán, con el nombre de durmientes”14.
No es la muerte corporal un mal absoluto. “No olvides, hijo, que para ti en la tierra solo hay un mal, que habrás de temer, y evitar con la gracia divina: el pecado”15, pues “muerte del alma es no tener a Dios”16. Cuando el hombre peca gravemente se pierde para sí mismo y para Dios: es la mayor tragedia que puede sucederle17. Se aparta radicalmente de Dios, por la muerte de la vida divina en su alma; pierde los méritos adquiridos a lo largo de su vida y se incapacita para adquirir otros nuevos; queda sujeto de algún modo a la esclavitud del demonio, y disminuye en él la inclinación natural a la virtud. Tan grave es que “todos los pecados mortales, aun los de pensamiento, hacen a los hombres hijos de la ira (Ef 2, 3) y enemigos de Dios”18. Por la fe conocemos que un solo pecado –sobre todo el mortal, pero también los pecados veniales– constituye un desorden peor que el mayor cataclismo que asolara toda la tierra, porque “el bien de gracia de un solo hombre es mayor que el bien natural del universo entero”19.
El pecado no solo perjudica a quien lo comete: también daña a la familia, a los amigos, a toda la Iglesia, y “se puede hablar de una comunión en el pecado, por el que un alma que se abaja por el pecado abaja consigo a la Iglesia y, en cierto modo, al mundo entero. En otras palabras, no existe pecado alguno, aun el más íntimo y secreto, el más estrictamente individual, que afecte exclusivamente a aquel que lo comete. Todo pecado repercute, con mayor o menor intensidad, con mayor o menor daño, en todo el conjunto eclesial y en toda la familia humana”20.
Pidamos con frecuencia al Señor tener siempre presente el sentido del pecado y su gravedad, no poner jamás el alma en peligro, no acostumbrarnos a ver el pecado a nuestro alrededor como algo de poca importancia, y saber desagraviar por las faltas propias y por las de todos los hombres. Que el Señor pueda decir al final de nuestra vida: No ha muerto, sino que duerme. Él nos despertará entonces a la Vida.

— Apreciar sobre todas las cosas la vida del alma.

Jesús no hace el menor caso a aquellos que se reían de Él; por el contrario, haciendo salir a todos, toma consigo al padre y a la madre y a los que le acompañaban, y entra donde estaba la niña. Y tomando la mano de la niña, le dice: Talita qum, que significa: Niña, a ti te lo digo, levántate. Y enseguida la niña se levantó y se puso a andar, pues tenía doce años; y quedaron llenos de asombro.
Los Evangelistas nos han transmitido este detalle humano de Jesús: y dijo que dieran de comer a la niña. A Jesús –perfecto Dios y hombre perfecto– también le preocupan los asuntos relativos a la vida aquí en la tierra, pero muchísimo más todo aquello que hace relación a nuestro destino eterno. San Jerónimo, comentando estas palabras del Señor: no está muerta, sino dormida, señala que “ambas cosas son verdad, porque es como si dijera: está muerta para vosotros, y para mí dormida”21. Si amamos la vida corporal, ¡cuánto más hemos de apreciar la vida del alma!
El cristiano que trata de seguir de cerca a Cristo, detesta el pecado mortal y habitualmente no incurre en faltas graves, aunque nadie está confirmado en la gracia. Y esa convicción de la propia debilidad nos llevará a evitar las ocasiones de pecado mortal, aun las más remotas. ¡Vale mucho la vida del alma! Y ese amor a la vida de la gracia nos moverá a la práctica asidua de la mortificación de los sentidos, a no fiarnos de nosotros mismos, ni de una larga experiencia, ni del tiempo que quizá llevamos siguiendo al Señor...; nos facilitará el amar la Confesión frecuente y la sinceridad plena en la dirección espiritual.
Para asegurar esa vida del alma debemos mantener la lucha lejos de las situaciones límite de lo grave y lo leve, de lo permitido o prohibido. Los pecados veniales deliberados producen un tremendo daño en las almas que no luchan decididamente para evitarlos. Sin impedir la vida de la gracia en el alma, la debilitan, porque hacen más difícil el ejercicio de las virtudes y menos eficaces los suaves impulsos del Espíritu Santo, y disponen –si no se reacciona con energía– para caídas más graves.
Pidamos a la Virgen nuestra Madre que nos otorgue el don de apreciar, por encima de todos los bienes humanos, incluso de la misma vida corporal, la vida del alma, y que nos haga reaccionar con contrición verdadera ante las flaquezas y errores; que podamos decir con el Salmista: ríos de lágrimas derramaron mis ojos, porque no observa ron tu ley22. No importa tanto la muerte corporal como mantener y aumentar la vida del alma.

1 Sab 1, 13-15; 2, 23-25. — 2 Cfr. Rom 6, 23. — 3 Juan Pablo II, Homilía 28-11-1979. — 4 Heb 2, 15. — 5 2 Tim 1, 10.  6 Mc 5, 21-43. — 7 1 Tes 4, 13. — 8 1 Tes 4, 14. — 9 Cfr. Jn 11, 11 ss. — 10 Sal 29, 6. — 11 Jn 11, 25-26. — 12 1 Cor 15, 26. — 13 San Josemaría Escrivá, Surco, Rialp, 3ª ed., Madrid 1986, n. 880. — 14 San Beda, Comentario al Evangelio de San Marcos, in loc. — 15 San Josemaría Escrivá, Camino, Rialp, 30ª ed., Madrid 1976, n. 386. — 16 San Juan de la Cruz, Cántico espiritual, 2, 7. — 17 Cfr. Tanquerey, Compendio de Teología ascética y mística, Desclée, Madrid 1930, nn. 719-723. — 18 Conc. de Trento, Sesión 14, cap. 5 — 19 Santo Tomás, Suma Teológica, 1-2, q. 113, a. 9, ad 2. — 20 Juan Pablo II, Exhor. Apost.Reconciliatio et poenitentia, 2-XII-1984, 16. — 21 San Jerónimo, en Catena Aurea, ed. bilingüe, Madrid 1886, val. 4, p. 131. — 22 Sal 118, 136.


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Otro Comentario: 

                                   Confiar en que Dios me puede curar.

«Sigue siendo cierto que la enfermedad es una condición típicamente humana, en la cual experimentamos realmente que no somos autosuficientes, sino que necesitamos de los demás. En este sentido podríamos decir, de modo paradójico, que la enfermedad puede ser un momento que restaura, en el cual experimentar la atención de los otros y ¡prestar atención a los otros! Sin embargo, esta será siempre una prueba, que puede llegar a ser larga y difícil. Cuando la curación no llega y el sufrimiento se alarga, podemos permanecer como abrumados, aislados, y entonces nuestra vida se deprime y se deshumaniza. ¿Cómo debemos reaccionar ante este ataque del mal? Por supuesto que con la cura apropiada -la medicina en las últimas décadas ha dado grandes pasos, y estamos agradecidos-, pero la Palabra de Dios nos enseña que hay una actitud determinante y de fondo para hacer frente a la enfermedad, y es la fe en Dios, en su bondad. Lo repite siempre Jesús a la gente que sana: Tu fe te ha salvado. Incluso de frente a la muerte, la fe puede hacer posible lo que es humanamente imposible. ¿Pero fe en qué? En el amor de Dios. He aquí la respuesta verdadera, que derrota radicalmente al mal. Así como Jesús se enfrentó al Maligno con la fuerza del amor que viene del Padre, así nosotros podemos afrontar y vencer la prueba de la enfermedad, teniendo nuestro corazón inmerso en el amor de Dios» (Benedicto XVI, 5 de febrero de 2012).