domingo, 4 de mayo de 2014

Evangelio - Domingo 3º Domingo de Pascua

† Lectura del santo Evangelio según san Lucas 24, 13-35
Gloria a ti, Señor.
El mismo día de la resurrección, iban dos discípulos a un pueblo llamado Emaús, situado a unos once kilómetros de Jerusalén; iban comentando todo lo que había sucedido. Mientras conversaban y discutían, Jesús se acercó y comenzó a caminar con ellos. Pero sus ojos estaban velados y no lo reconocieron. El les preguntó:
"¿De qué vienen hablando por el camino?"
Uno de ellos, llamado Cleofás, le respondió:
"¿Eres tú el único forastero que no sabe lo que ha sucedido estos días en Jerusalén?" El les preguntó:
"¿Qué ha pasado?"
Ellos le respondieron:
"Lo de Jesús el Nazareno, que fue profeta poderoso en obras y palabras ante Dios y todo el pueblo; cómo los sumos sacerdotes y nuestros jefes lo entregaron para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que él fuera el libertador de Israel.Y ya ves, hace tres días que sucedió esto.
Es cierto que algunas mujeres de nuestro grupo nos han desconcertado, pues fueron de madrugada al sepulcro, no encontraron el cuerpo y vinieron contando que habían visto unos ángeles, que les habían dicho que estaba vivo. Algunos de los nuestros fueron también al sepulcro y hallaron todo como habían dicho las mujeres; pero a El no le vieron".
Entonces Jesús les dijo:
"¡Qué insensatos y duros de corazón son para creer lo anunciado por los profetas! ¿No era necesario que el Mesías padeciera esto para entrar en su gloria?"
Y comenzando por Moisés y siguiendo con los profetas les explicó los pasajes de la Escritura que se referían a él.
Ya cerca del pueblo donde iban él hizo ademán de seguir adelante, pero ellos le insistieron diciendo:
"Quédate con nosotros, porque ya es tarde y pronto oscurecerá".
Y entró para quedarse con ellos. Sentados a la mesa, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron. Pero él desapareció.
Ellos comentaron:
"¡Con razón nuestro corazón ardía mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras!"
Se levantaron inmediatamente y regresaron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once con sus compañeros, que estaban diciendo:
"Era verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón".
Entonces ellos contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.
Palabra del Señor.
Gloria a ti, Señor Jesús.

† Meditación diaria
Pascua. Tercer domingo
El día del Señor

— El domingo, día del Señor.

“El día llamado del Sol se reúnen todos en un mismo lugar, quienes habitan en la ciudad y los que viven en el campo... Y nos reunimos todos en este día, en primer lugar, porque, en este día, que es el primero de la semana, Dios creó el mundo (...) y porque es el día en que Jesucristo nuestro Salvador resucitó de entre los muertos”1. El sábado judío dio paso al domingo cristiano desde los mismos comienzos de la Iglesia. Desde entonces, cada domingo celebramos la Resurrección de Cristo.
El sábado era en el Antiguo Testamento día dedicado a Yahvé. Dios mismo lo instituyó2 y mandó que el pueblo israelita se abstuviera de ciertos trabajos en esa jornada, para dedicarse a honrar a Dios3. También era el día en el que se congregaba la familia y se celebraba el fin de la cautividad en Egipto. Con el paso del tiempo, los rabinos complicaron el precepto divino, y en tiempos de Jesús existía una serie de minuciosas y agobiantes prescripciones que nada tenían que ver con lo que Dios había dispuesto sobre el sábado.
Los fariseos chocaron frecuentemente con Jesús por estas cuestiones. Sin embargo, el Señor no menospreció el sábado, no lo suprimió como día dedicado a Yahvé; por el contrario, parece ser su día predilecto: acude ese día a las sinagogas a predicar, y muchos de sus milagros fueron realizados en día de sábado.
La Sagrada Escritura, en innumerables pasajes, había dado siempre un concepto alto y noble del sábado. Era el día establecido por Dios para que su pueblo le diese un culto público, y la total dedicación de la jornada aparece como una obligación grave4. La importancia del precepto se deduce también de la repetición de ese mandato a lo largo de la Escritura. En ocasiones, los Profetas señalan como causa de los castigos de Dios sobre su pueblo el no haber guardado sus sábados.
El descanso sabático era de naturaleza estrictamente religiosa, y por eso culminaba y se manifestaba en la oblación de un sacrificio5.
Las fiestas de Israel, y particularmente el sábado, eran signo de la alianza divina y un modo de expresar el gozo de saberse propiedad del Señor y objeto de su elección y de su amor. Por eso cada fiesta estaba ligada a un acontecimiento de salvación.
Sin embargo, aquellas fiestas solo contenían la promesa de una realidad que aún no había tenido lugar. Con la Resurrección de Jesucristo, el sábado deja paso a la realidad que anunciaba, la fiesta cristiana. El mismo Jesús habla del reino de Dios como de una gran fiesta ofrecida por un rey con ocasión de las bodas de su hijo6, en quien somos invitados a participar de los bienes mesiánicos7. Con Cristo surge un culto nuevo y superior, porque tenemos también un nuevo Sacerdote, y se ofrece una nueva Víctima.

— Las fiestas cristianas. Sentido de las festividades. La Santa Misa, centro de la fiesta cristiana.

Después de la Resurrección, el primer día de la semana fue considerado por los Apóstoles como el día del Señor, dominica dies8, cuando Él nos alcanzó con su Resurrección la victoria sobre el pecado y la muerte. Por eso los primeros cristianos tenían las reuniones litúrgicas en domingo. Y esta ha sido la constante y universal tradición hasta nuestros días. “La Iglesia, por una tradición apostólica que trae su origen desde el mismo día de la Resurrección de Cristo, celebra el misterio pascual cada ocho días, en el día que es llamado con razón día del Señor o domingo”9.
Este precepto de santificar las fiestas regula un deber esencial del hombre con su Creador y Redentor. En este día dedicado a Dios le damos culto especialmente con la participación en el Sacrificio de la Misa. Ninguna otra celebración llenaría el sentido de este precepto.
Junto al domingo, la Iglesia determinó las fiestas que conmemoran los principales acontecimientos de nuestra salvación: Navidad, Pascua, Ascensión, Pentecostés, otras fiestas del Señor y las fiestas de la Virgen. Junto a estas, los cristianos celebraron desde el principio el die natalis o aniversario del martirio de los primeros cristianos. Las fiestas cristianas llegaron incluso a ordenar el mismo calendario civil. Siguiendo el calendario, la Iglesia “conmemora los misterios de la redención, abre las riquezas del poder santificador y de los méritos de su Señor, de tal manera que en cierto modo se hacen presentes en todo momento para que puedan los fieles ponerse en contacto con ellos y llenarse de la gracia de la salvación”10.
El centro y el origen de la alegría de la fiesta cristiana se encuentra en la presencia del Señor en su Iglesia, que es la prenda y el anticipo de una unión definitiva en la fiesta que no tendrá fin11. De ahí la alegría que inunda la celebración dominical, como aparece en la Oración sobre las ofrendas de la Misa de hoy: Recibe, Señor, las ofrendas de tu Iglesia exultante de gozo; y pues en la resurrección de tu Hijo nos diste motivo para tanta alegría, concédenos participar de este gozo eterno. Por eso nuestras fiestas no son un mero recuerdo de hechos pasados, como puede serlo el aniversario de un acontecimiento histórico, sino que son un signo que manifiesta y hace presente a Cristo entre nosotros.
La Santa Misa hace presente a Jesús en su Iglesia y es Sacrificio de valor infinito que se ofrece a Dios Padre en el Espíritu Santo. Todos los demás valores humanos, culturales y sociales de la fiesta deben ocupar un segundo lugar, cada uno en su orden, sin que en ningún momento oscurezcan o sustituyan lo que debe ser fundamental. Junto a la Santa Misa, tienen un lugar importante las manifestaciones de piedad litúrgica y popular, como el culto eucarístico, las procesiones, el canto, un mayor cuidado en el vestir, etc.
Hemos de procurar, mediante el ejemplo y el apostolado, que el domingo sea “el día del Señor, el día de la adoración y de la glorificación de Dios, del santo Sacrificio, de la oración, del descanso, del recogimiento, del alegre encontrarse en la intimidad de la familia”12.

— El culto público a Dios. El descanso dominical y festivo.

 Aclamad al Señor, tierra entera; tocad en honor de su nombre, cantad himnos a su gloria, leemos en la Antífona de entrada13.
El precepto de santificar las fiestas responde también a la necesidad de dar culto público a Dios, y no solo de modo privado. Algunos pretenden relegar el trato con Dios al ámbito de la conciencia, como si no debiera tener necesariamente manifestaciones externas. Sin embargo, el hombre tiene el deber y el derecho de rendir culto externo y público a Dios; sería una grave lesión que los cristianos se vieran obligados a ocultarse para poder practicar su fe y dar culto a Dios, que es su primer derecho y su primer deber.
El domingo y las fiestas determinadas por la Iglesia son, ante todo, días para Dios y días especialmente propicios para buscarle y para encontrarle. “Quaerite Dominum. Nunca podemos dejar de buscarlo: sin embargo, hay períodos que exigen hacerlo con más intensidad, porque en ellos el Señor está especialmente cercano, y por lo tanto es más fácil hallarlo y encontrarse con Él. Esta cercanía constituye la respuesta del Señor a la invocación de la Iglesia, que se expresa continuamente mediante la liturgia. Más aún, es precisamente la liturgia la que actualiza la cercanía del Señor”14.
Las fiestas tienen una gran importancia para ayudar a los cristianos a recibir mejor la acción de la gracia. En esos días se exige también que el creyente interrumpa el trabajo para poder dedicarse mejor al Señor. Pero no hay fiesta sin celebración, pues no basta dejar el trabajo para hacer fiesta; tampoco hay fiesta cristiana sin que los creyentes se reúnan para dar gracias, alabar al Señor, recordar sus obras, etcétera. Por eso indicaría poco sentido cristiano plantear el domingo, la fiesta, el fin de semana..., de manera que se hiciera imposible o muy difícil ese trato con Dios. A algunos cristianos tibios les sucede que acaban por pensar que no tienen tiempo para asistir a la Santa Misa, o lo hacen precipitadamente, como quien se libera de una enojosa obligación.
El descanso no es solo una oportunidad para recuperar fuerzas, sino que es también signo y anticipo del reposo definitivo en la fiesta del Cielo. Por eso la Iglesia quiere celebrar sus fiestas incluyendo el descanso laboral, al que por otra parte tienen derecho los fieles cristianos como ciudadanos iguales a los demás; derecho, que el Estado ha de garantizar y proteger.
El descanso festivo no debe interpretarse ni ser vivido como un simple no hacer nada –una pérdida de tiempo–, sino como la ocupación positiva y el enriquecimiento personal en otras tareas. Hay muchos modos de descansar, y no conviene quedarse en el más fácil, que muchas veces no es el que mejor nos descansa. Si sabemos limitar, por ejemplo, el uso de la televisión también los días de fiesta, no repetiremos tanto la falsa excusa de que “no tenemos tiempo”. Al contrario, veremos que esos días podemos pasar más tiempo con la familia, atender a la educación de los hijos, cultivar el trato social y las amistades, hacer alguna visita a unas personas necesitadas, o que están solas o enfermas, etcétera. Es quizá la ocasión que estábamos buscando para poder conversar detenidamente con un amigo; o el momento para que el padre o la madre puedan hablar a solas, al hijo que más lo necesita y escuchar. En general, hay que “... saber tener todo el día cogido por un horario elástico, en el que no falte como tiempo principal –además de las normas diarias de piedad– el debido descanso, de tertulia familiar, la lectura, el rato dedicado a una afición de arte, de literatura o de otra distracción noble: llenando las horas con una tarea útil, haciendo las cosas lo mejor posible, viviendo los pequeños detalles de orden, de puntualidad, de buen humor”15.

1 Liturgia de las Horas. Segunda lectura. San Justino, Apología 1ª 67. — 2 Gen 2, 3. — 3 Ex 20, 8-11; 21, 13; Dt 5, 14. — 4 Cfr. Ex 31, 14-15. — 5 Cfr. Num 28, 9-10. — 6 Cfr. Mt 22, 2-13. — 7 Cfr.Is 25, 6-8. — 8 Apoc 1, 10. — 9 Conc. Vat. II, Const. Sacrosanctum Concilium, 106. — 10 Ibídem, 102. — 11 Cfr. Apoc 21, 1 ss; 2 Cor 1, 22. — 12 Pío XII, Aloc. 7-lX-1947. — 13 Sal 65, 1-2. — 14Juan Pablo II, Homilía, 20-III-1980. — 15 Conversaciones con Monseñor Escrivá de Balaguer, 111.
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Otro comentario: Rev. D. Jaume GONZÁLEZ i Padrós (Barcelona, España)
Aquel mismo día, el domingo
Hoy comenzamos la proclamación del Evangelio con la expresión: «Aquel mismo día, el domingo» (Lc 24,13). Sí, todavía domingo. Pascua —se ha dicho— es como un gran domingo de cincuenta días. ¡Oh, si supiésemos la importancia que tiene este día en la vida de los cristianos! «Hay motivos para decir, como sugiere la homilía de un autor del siglo IV (el Pseudo Eusebio de Alejandría), que el ‘día del Señor’ es el ‘señor de los días’ (…). Ésta es, efectivamente, para los cristianos la “fiesta primordial”» (Juan Pablo II). El domingo, para nosotros, es como el seno materno, cuna, celebración, hogar y también aliento misionero. ¡Oh, si entreviéramos la luz y la poesía que lleva! Entonces afirmaríamos como aquellos mártires de los primeros siglos: «No podemos vivir sin el domingo».

Pero, cuando el día del Señor pierde relieve en nuestra existencia, también se eclipsa el “Señor del día”, y nos volvemos tan pragmáticos y “serios” que sólo damos crédito a nuestros proyectos y previsiones, planes y estrategias; entonces, incluso la misma libertad con la que Dios actúa, nos es motivo de escándalo y de alejamiento. Ignorando el estupor nos cerramos a la manifestación más luminosa de la gloria de Dios, y todo se convierte en un atardecer de decepción, preludio de una noche interminable, donde la vida parece condenada a un perenne insomnio.

Sin embargo, el Evangelio proclamado en medio de las asambleas dominicales es siempre anuncio angélico de una claridad dirigida a entendimientos y corazones tardos para creer (cf. Lc 24,25), y por esto es suave, no explosivo, ya que —de otro modo— más que iluminar nos cegaría. Es la Vida del Resucitado que el Espíritu nos comunica con la Palabra y el Pan partido, respetando nuestro caminar hecho de pasos cortos y no siempre bien dirigidos.

Cada domingo recordemos que Jesús «entró a quedarse con ellos» (Lc 24,29), con nosotros. ¿Lo has reconocido hoy, cristiano?
Otro comentario: Rev. D. Antoni CAROL i Hostench (Sant Cugat del Vallès, Barcelona, España)
La Sagrada Escritura
Hoy el Hijo de Dios resucitado rescata de la tristeza a sus discípulos desanimados. ¿Cómo lo consigue? Camina con ellos y… se queda con ellos. Les escucha y les habla. Comparte el Pan y explica la Palabra: Eucaristía y Escritura. Los de Emaús vibran cuando captan que en Jesús de Nazaret se cumple todo lo anunciado por los profetas acerca del Mesías: también su muerte y resurrección.

Dios ha querido comunicarse con los hombres. La Biblia es esta revelación divina puesta por escrito, después de siglos de transmisión oral. La venida del Mesías fue anunciada y preparada durante los siglos del Antiguo Testamento. El Nuevo Testamento refiere la vida de Jesús y de la primitiva comunidad cristiana. Refleja el cumplimiento de la promesa mesiánica en Jesucristo. 

—Dios Espíritu Santo, confieso que Tú eres el inspirador de la Escritura. Divino Espíritu, ábreme la inteligencia para entender la Sagrada Escritura. Así, en el camino de mi vida, siempre avanzaré con mi Salvador.
Otro comentario:  Triste, estás triste

Cuando estás triste, necesitas de Jesús, de Dios.
Ve a comulgar, añádete a la fila que va hacia el Altar, para tomar, de manos del sacerdote, la Eucaristía.

Necesitas de Dios, de Jesús, que es Dios, para dejar tu tristeza, y que Dios acoja tu pena y haga de ella alegrías futuras para ti, que tienes fe, y que confiesas tus pecados, antes de acercarte a comulgar, para que así, El Buen Dios, Jesús, te pueda abrazar. 

P. Jesús

sábado, 3 de mayo de 2014

Ancora de Salvación: Devoción a la Santísima Virgen María

DE LA DEVOCIÓN A LA SANTÍSIMA VIRGEN

POR: SAN ALFONSO MARÍA DE LIGORIO



Jesús es Mediador de justicia, María es Medianera de gracia; y, según enseñan San Bernardo, San Buenaventura, San Bernardino de Sena, San Germán, San Antonino y otros, es voluntad de Dios que por manos de María sean dispensadas todas las gracias y mercedes que su bondad quiere otorgarnos.
En el divino acatamiento, los ruegos de los Santos son ruegos de amigos, pero los ruegos de María son ruegos de Madre. ¡Dichosos los que con entera confianza recurren sin cesar a esta Divina Madre! De todas las devociones, la más grata a Nuestra Señora es invocarla en todo tiempo diciéndole: ¡Oh, María! Rogad a Jesús por mí.
Así como Jesús es omnipotente por naturaleza, así lo es María por gracia; por lo cual, alcanza cuanto pide. Es imposible –escribe San Antonino– que la augusta Madre de Dios pida algo a su Hijo, en favor de sus devotos, y no sean atendidos sus ruegos. Gózase Jesús en honrar a su Madre no negándole nada de cuanto le pide.
Por eso nos exhorta San Bernardo a buscar la gracia, y a buscarla por medio de María; pues, siendo Madre, no puede quedar desairada: «Busquemos la gracia –dice el Santo Doctor–,pero busquémosla por mediación de María; porque María es Madre, y sus ruegos no pueden ser desatendidos».  Si queremos, pues, salvarnos, no cesemos de recurrir a María pidiéndole que interceda por nosotros, ya que sus ruegos todo lo alcanzan.
Compadeceos de mí, ¡oh, Madre de misericordia! ; y, pues hacéis gala de ser Abogada de los pecadores, socorred a un pecador que en Vos confía. Ni hay que recelar por ningún caso que la celestial Madre no despache favorablemente las súplicas que le dirigimos; porque cabalmente para alcanzarnos cuantas gracias deseáremos, complácese la benignísima Señora en ser tan poderosa ante de la Divina Majestad.
No hay más que pedir gracias a María, para conseguirlas: si de ellas somos indignos, la excelsa Reina con su omnipotente intercesión nos hace dignos, y tiene vivísimos deseos de que acudamos a Ella, para poder llevarnos al puerto de salvación. ¿Hubo jamás pecador que, habiendo acudido a María con confianza y perseverancia, se haya perdido? Sólo se pierde el que no invoca la protección de María.
¡Oh, María, Madre y esperanza mía! Bajo vuestro manto me refugio; no me desechéis, como lo tengo merecido. Miradme y compadeceos de mi miseria. Alcanzadme el perdón de mis pecados, la santa perseverancia, el amor de Dios, una buena muerte, ¡el cielo! De Vos lo espero todo, ya que sois todopoderosa ante Dios. Hacedme santo, pues está en vuestra mano. ¡Oh, María! Mirad que todo lo fío a Vos, en Vos tengo cifradas todas mis esperanzas.


“El camino de la Salvación”. SAN ALFONSO MARÍA DE LIGORIO

Lectio Divina - Sábado 3 de Mayo 2014 - Fiesta - San Felipe y Santiago

Lectio: 
 Sábado, 3 Mayo, 2014  

San Felipe y Santiago, Apóstoles
Fiesta

1) Oración inicial
Tu Hijo, Señor, después de subir al cielo, envió sobre los apóstoles el Espíritu Santo, que había prometido, para que penetraran en los misterios del reino; te pedimos que repartas también entre nosotros los dones de este mismo Espíritu. Por nuestro Señor.

2) Lectura
Del santo Evangelio según Juan 14,6-14
Le dice Jesús: «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí.
Si me conocéis a mí, conoceréis también a mi Padre; desde ahora lo conocéis y lo habéis visto.» Le dice Felipe: «Señor, muéstranos al Padre y nos basta.» Le dice Jesús: «¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros y no me conoces, Felipe? El que me ha visto a mí, ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: «Muéstranos al Padre»? ¿No crees que yo estoy en el Padre y el Padre está en mí? Las palabras que os digo, no las digo por mi cuenta; el Padre que permanece en mí es el que realiza las obras. Creedme: yo estoy en el Padre y el Padre está en mí. Al menos, creedlo por las obras. En verdad, en verdad os digo: el que crea en mí, hará él también las obras que yo hago, y hará mayores aún, porque yo voy al Padre. Y todo lo que pidáis en mi nombre, yo lo haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo. Si me pedís algo en mi nombre, yo lo haré.

3) Reflexión
• El evangelio de hoy, fiesta de los apóstoles Felipe y Santiago, es el mismo que meditamos durante la cuarta semana de Pascua, cuando el apóstol Felipe pide a Jesús: “Muéstranos al Padre y esto nos basta”.

• Juan 14,6: Yo soy el camino, la verdad y la vida. Tomás había preguntado: "Señor, no sabemos a dónde vas. ¿Cómo podemos conocer el camino?” Jesús responde: "Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí”."Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí”. Tres palabras importantes. Sin un camino, no se anda. Sin verdad, no se acierta. Sinvida, sólo ¡hay muerte! Jesús explica el sentido. El es el camino, porque "¡nadie viene al Padre sino por mí!" Pues, él es la puerta por donde las ovejas entran y salen (Jn 10,9). Jesús es la verdad, porque mirándole a él, estamos viendo la imagen del Padre. "¡Si vosotros me conocierais, conoceríais también al Padre!" Jesús es la vida, porque caminando como Jesús caminó, estaremos unidos al Padre y tendremos la vida en nosotros.

• Juan 14,7: Conocer a Jesús es conocer al Padre. Tommaso preguntó: "Señor, no sabemos dónde vas. ¿Cómo podemos conocer la calle?" Jesús contesta:"Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí." Y añade:“Si me conocéis a mí, conoceréis también a mi Padre; desde ahora lo conocéis y lo habéis visto. Jesús habla siempre del Padre, pues el Padre era su vida y transparenta en todo lo que Jesús hace y dice. Esta referencia constante al Padre provoca la pregunta de Felipe, cuya fiesta celebramos hoy.

• Juan 14,8-11: Felipe pregunta: "Muéstranos al Padre, ¡y esto nos basta!" Ver y experimentar al Padre era el deseo de los discípulos; era el deseo de muchas personas en las comunidades del Discípulo Amado de Asia Menor y, hasta hoy, continúa siendo el deseo de muchos de nosotros. ¿Cómo experimentar la presencia del Padre de la que tanto habla Jesús? La respuesta de Jesús es muy bonita y vale hasta hoy: "Felipe, ¿tanto tiempo hace que estoy con vosotros y no me conoces? ¡El que ha visto a mi, ha visto al Padre!" La gente no debe pensar que Dios está lejos de nosotros, como alguien distante y desconocido. Aquel que quiere saber cómo y quién es Dios Padre, basta que mire a Jesús. El lo ha revelado en las palabras y en los gestos de su vida. "¡El Padre está en mi, e yo estoy en el Padre!" A través de su obediencia, Jesús está totalmente identificado con el Padre. En cada momento él hacía lo que el Padre le mostraba para que lo hiciera (Jn 5,30; 8,28-29.38). Por esto, en Jesús ¡todo es revelación del Padre! ¡Y los signos o las obras de Jesús son obras del Padre! Como dice la gente: "¡El hijo es la cara del padre!" En Jesús y por Jesús, Dios está en medio de nosotros.

• Juan 14,12-14: Promesa de Jesús. Jesús hace una promesa para decir que la intimidad con el Padre no es privilegio sólo de él, sino que es posible para todos y todas aquellos que creen en él: El que crea en mí, hará él también las obras que yo hago, y hará mayores aún, porque yo voy al Padre. Y todo lo que pidáis en mi nombre, yo lo haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo. Si me pedís algo en mi nombre, yo lo haré. Nosotros también, a través de Jesús, podemos llegar a hacer cosas bonitas para los demás como las hacía Jesús para la gente de su tiempo. El intercederá por nosotros. Todo lo que la gente le pide, él lo va a pedir al Padre, y lo conseguirá, siempre que sea para servir. Jesús es nuestro defensor. El se va pero no nos deja sin defensa. Promete que va a pedir al Padre que mande a otro defensor o consolador, al Espíritu Santo (Jn 14,15-17). Jesús llega a decir que el precisa irse ahora, pues, de lo contrario, el Espíritu Santo no podrá venir (Jn 16,7). El Espíritu Santo realizará las cosas de Jesús en nosotros, si observamos el gran mandamiento de la práctica del amor.

4) Para la reflexión personal
• Jesús es el camino, la verdad y la vida. Sin camino, sin verdad y sin vida no se vive. Trata de dejar penetrar esto en tu conciencia.

• Dos preguntas importantes: ¿Quién es Jesús para mí? ¿Quién soy yo para Jesús?

5) Oración final
Los cielos cuentan la gloria de Dios,
el firmamento anuncia la obra de sus manos;
el día al día comunica el mensaje,
la noche a la noche le pasa la noticia. (Sal 19,2-3)

Evangelio - Sábado - San Felipe y Santiago, Apóstoles - Fiesta

† Lectura del santo Evangelio según san Juan 14, 6-14
Gloria a ti, Señor.
En aquel tiempo dijo Jesús a Tomás:
"Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie puede llegar al Padre, sino por mí. Si me conocieran, conocerían también a mi Padre. Desde ahora lo conocen, pues ya lo han visto".
Le dijo Felipe entonces:
"Señor, muéstranos al Padre; eso nos basta".
Jesús le contestó:
"Llevo tanto tiempo con ustedes, ¿y aún no me conoces, Felipe? El que me ve a mí, ve al Padre. ¿Cómo me pides que les muestre al Padre? ¿No crees que yo estoy en el Padre y el Padre en mí? Lo que les digo no son palabras mías. Es el Padre, que vive en mí, el que está realizando su obra. Deben creerme cuando afirmo que yo estoy en el Padre y el Padre está en mí. Si no creen en mis palabras, crean al menos en las obras que hago.
Les aseguro que el que cree en mí, hará también las obras que yo hago, e incluso otras mayores, porque yo me voy al Padre. En efecto, cualquier cosa que pidan en mi nombre, lo haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo. Les concederé todo lo que pidan en mi nombre".
Palabra del Señor.
Gloria a ti, Señor Jesús.

SAN FELIPE Y SANTIAGO, APÓSTOLES*
Fiesta

* Felipe era de Betsaida, como Pedro y Andrés. Fue primero discípulo del Bautista, y siguió después a Jesús, que le llamó para formar parte del grupo de los Doce. Fue este Apóstol el que anunció a Natanael que había encontrado al Mesías, Por San Juan sabemos que estuvo presente en las bodas de Caná donde Jesús realizó su primer milagro. Del relato de la multiplicación de los panes se puede desprender que Felipe era quien se encargaba de los víveres: es él quien con prontitud calcula el dinero necesario -unos 200 denarios- para paliar el hambre de la gente allí reunida. Interviene, junto a Andrés, en el episodio de los peregrinos griegos, gentiles piadosos, que deseaban ver a Jesús. Es también Felipe quien pide al Señor, en el Cenáculo, que le muestre al Padre. Es considerado por la tradición como evangelizador de Frigia (Asia Menor), donde sufrió martirio, siendo crucificado.
Santiago, pariente del Señor, es llamado el Menor, para distinguirlo del hermano de Juan. Fue el primer Obispo de Jerusalén y desarrolló una intensa actividad evangelizadora entre los judíos de esta ciudad. La tradición lo presenta como un hombre austero, exigente consigo mismo y lleno de bondad con los demás. Fue columna de la Iglesia primitiva, junto a Pedro y a Juan. Murió mártir en Jerusalén hacia el año 62. Es autor de una de las Epístolas Católicas.

— La llamada de estos Apóstoles.
Entre aquellos galileos que tuvieron la inmensa dicha de ser elegidos por Jesús para formar parte de sus más íntimos se encuentran Felipe, hijo de Alfeo, y Santiago el Menor.
Santiago nació en Caná de Galilea, cerca de Nazareth, y era pariente del Señor. No nos narra el Evangelio el momento en que Jesús le llamó. La Sagrada Escritura pone de relieve que Santiago ocupaba un puesto preeminente en la Iglesia de Jerusalén1.
Santiago tuvo el privilegio de que el Señor se le apareciera a él personalmente, como leemos en la Primera lectura de la Misa2.
Felipe era natural de Betsaida, la patria de Pedro y de Andrés3; se trataba de una pequeña ciudad próxima al lago de Genesaret. Muy probablemente Felipe era ya amigo de estos dos hermanos. Un día, en la ribera del Jordán, Felipe encontró a Jesús que, en compañía de sus primeros discípulos, se encaminaba hacia Galilea. El Maestro le dijo: Sígueme4. Era el término que Jesús utilizaba para llamar a sus discípulos, de modo parecido al que los rabinos empleaban con sus seguidores. Felipe le siguió enseguida. Y pronto dio a conocer a Cristo, que acaba de convertirse en el centro de su vida, a sus amigos. Encontró Felipe a Natanael y le dijo: Hemos encontrado a aquel de quien escribieron Moisés en la Ley y los Profetas: Jesús de Nazareth, el hijo de José5. Y ante las dudas que manifiesta Natanael, Felipe le da el mayor argumento: Ven y verás. Y fue hasta Cristo y se quedó con Él para siempre.
Jesús nunca defrauda. El apostolado consistirá siempre en poner delante del Señor a nuestros parientes, amigos y conocidos, despejar el camino, quitar los obstáculos para que vean a Jesús, que nos llamó a nosotros y que sabe penetrar en el alma de quienes se le acercan, como ocurrió con Natanael, quien llegaría a ser también uno de los Doce, a pesar de la aparente incredulidad primera y de la falta de disposiciones para aceptar el mensaje de su amigo: ¿Acaso de Nazareth puede salir algo bueno?, había contestado ante la invitación de Felipe. Cuántas veces hemos dicho también nosotros a los que hemos querido acercar a Dios: ¡Ven y verás! Y ninguno que se acercó a Jesús quedó defraudado.
Hoy, Felipe y Santiago son nuestros intercesores ante Jesús. Les encomendamos especialmente el apostolado que estamos llevando a cabo con nuestros amigos y parientes.
— Jesús estuvo siempre cerca de sus discípulos, y está ahora junto a nosotros.
En el Evangelio de la Misa6 leemos cómo Jesús enseña a sus discípulos, durante la Última Cena, que en el Cielo tienen un lugar preparado para ellos, para que estén por toda la eternidad con Él y que ya conocen el camino... La conversación se prolonga con preguntas de los discípulos y respuestas del Maestro. Es entonces cuando interviene Felipe, con una petición que a todos podría parecer insólita: Señor, muéstranos al Padre y esto nos basta. Y Jesús, con un reproche cariñoso, le contesta: Felipe, ¿tanto tiempo como llevo con vosotros y no me has conocido? El que me ha visto a Mí ha visto al Padre; ¿cómo dices tú: Muéstranos al Padre?¡Cuántas veces, quizá, tendría que hacernos Jesús el mismo reproche que a Felipe! ¡Tantas veces como he estado junto a ti y no te has dado cuenta! Y nos podría enumerar el Señor una ocasión y otra, circunstancias difíciles en las que quizá nos encontramos solos y no estuvimos serenos porque nos faltó el sentido de nuestra filiación divina, la cercanía de Dios. ¡Cuánto bien nos hace hoy la respuesta de Jesús a este Apóstol!, porque en él estamos representados también nosotros.
Jesús revela al Padre; la Humanidad Santísima de Cristo es el camino para conocer y tratar a Dios Padre, a Dios Hijo y a Dios Espíritu Santo. Es la contemplación de Jesús el camino ordinario para llegar a la Trinidad Beatísima. En Cristo tenemos la suprema revelación de Dios a los hombres. «Él, con su presencia y manifestación, con sus palabras y obras, signos y milagros, sobre todo con su Muerte y gloriosa Resurrección, con el envío del Espíritu de la verdad, lleva a plenitud toda la Revelación y la confirma con testimonio divino, a saber, que Dios está con nosotros para librarnos de las tinieblas del pecado y la muerte, y para hacernos resucitar a una vida eterna»7. Él llena por completo nuestra vida. «Él es suficiente para ti –afirma San Agustín–; fuera de Él, ninguna cosa lo es. Bien lo sabía Felipe cuando le decía:Señor, muéstranos al Padre y nos basta»8. ¿Vivimos nosotros con esta convicción?

— Difundir el mismo mensaje que predicaron los Apóstoles. Contar siempre con los medios sobrenaturales en todo apostolado.

Leemos en la Primera lectura de la Misa de estos dos Apóstoles las palabras de San Pablo a los primeros cristianos de Corinto: Porque lo primero que yo os transmití, tal como lo había recibido, fue esto: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Cefas...9. Pablo recibió de los Apóstoles un mensaje divino que a su vez él transmite. Fue herencia también de Felipe y de Santiago, que dieron su vida en testimonio de esta verdad. Ellos, como el Apóstol de las gentes, saben bien cuál debe ser el núcleo de su predicación: Jesucristo, Camino hacia el Padre. Es la Buena Nueva que se transmite de generación en generación: el día al día le pasa el mensaje, la noche a la noche se lo susurra10, leemos en el Salmo responsorial. Nosotros no tenemos cosas nuevas que dar a conocer. Es la misma Buena Nueva: que Cristo murió por nuestros pecados..., que resucitó...; que vive a nuestro lado..., que nos ama como nunca nadie será capaz de hacerlo..., que nos ha destinado a una eternidad felicísima junto a Él..., a quien veremos cara a cara.
Este es nuestro apostolado: proclamar a todos los vientos y de todas las formas posibles la misma doctrina que predicaban los Apóstoles: que Cristo vive y que solo Él puede calmar las ansias de la inteligencia y del corazón humano, que solo junto a Cristo se puede ser feliz, que Él revela al Padre... Los Apóstoles, como nosotros, encontraron dificultades y obstáculos en la extensión del reino de Cristo; y si hubieran esperado ocasiones oportunas, no nos habría llegado probablemente ese mensaje que da sentido a nuestra existencia. Es posible que ante la falta de medios y ante la resistencia de la gentes, los Apóstoles, y especialmente Felipe, recordaran aquel día en que se encontraron con el gran compromiso de dar de comer a una multitud, sin tener alimentos ni modo de adquirirlos11. Jesús vio a aquella gran muchedumbre que venía hacia Él y dijo a Felipe: ¿Dónde compraremos pan para que coman estos? Y Felipe hizo cálculos y contestó al Maestro: Doscientos denarios de pan no bastan para que cada uno coma un poco. Ha hecho las cuentas, y los medios que poseen están muy lejos de cubrir las necesidades.
Jesús se siente conmovido y se llena de misericordia una vez más ante aquella multitud tan necesitada de comprensión y de alivio. Pero, además, quiere que sus discípulos no olviden que Él siempre estará a su lado. Yo estaré con vosotros siempre12, les dirá al final de su vida aquí en la tierra. Felipe, ¿tanto tiempo hace que estoy con vosotros y no me habéis conocido?Dios es el sumando indispensable con el que hemos de contar para que salgan las cuentas. En nuestro apostolado personal con amigos, parientes, conocidos, clientes..., hemos de contar con los doscientos denarios, los medios humanos, siempre insuficientes, y no debemos olvidar que Jesús está siempre presente con su poder y su misericordia. Ahora también está a nuestro lado. Cuanto mayores sean la necesidad en el apostolado y las dificultades personales, mayor ayuda nos prestará Jesús. No dejemos de acudir a Él.
La Virgen, nuestra Madre, por su poderosa intercesión ante Dios, nos facilita siempre el camino.
1 Gal 1, 18-19; Hech 12, 17; Hech 21, 15-18; Gal 2, 9. — 2 2 Cor 15, 7. — 3 Jn 1, 44. — 4 Jn 1, 43. — 5 Jn 1, 45. — 6 Jn 14, 6-14. — 7 Conc. Vat. IIConst. Dei Verbum, 4. — 8 San Agustín, Sermón 334, 4. — 9 1 Cor 15, 3-5. —10 Salmo responsorial. Sal 18, 3. — 11 Cfr. Jn 6, 4 ss. — 12 Cfr. Mt 28, 20.
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Otro comentario: + Rev. D. Antoni ORIOL i Tataret (Vic, Barcelona, España)
Quien ve al Hijo ve al Padre
Hoy ante la petición de Felipe de mostrarnos al Padre, Jesucristo responde desde una doble perspectiva: quién ha visto a Jesús, ha visto al Padre (aspecto inter-personal); y añade que el Padre realiza las obras que hace el Hijo (aspecto inter-operativo). Resumidamente: el ser y el obrar del Padre es el ser y el obrar de Jesús, y viceversa.

Este mensaje continúa en sentido descendente, ampliándose hasta abarcar el ámbito humano, en una doble dirección: activa y orante. Activa: quien crea en Jesús, hará también sus obras. Orante: todo lo que pidamos en su nombre, Él lo hará. La primera dirección subraya la fe (“El que crea en mí”); la segunda resalta el actuar divino (“Las obras que yo hago”).

—¡Señor Jesús, introdúcenos en esta infinita relación que, en cuanto "terminal", eres Tú, y, en cuanto "originante", es tu Padre! Y haz que, mecidos por ella, en el Espíritu Santo, todos los hombres seamos genuinamente "nosotros", siendo precisamente los unos para los otros.
Otro comentario: Rev. D. Joan SOLÀ i Triadú (Girona, España)
Yo soy el camino, la verdad y la vida. (...) El que me ha visto a mí, ha visto al Padre
Hoy celebramos la fiesta de los apóstoles Felipe y Santiago. El Evangelio hace referencia a aquellos coloquios que Jesús tenía sólo con los Apóstoles, y en los que procuraba ir formándolos, para que tuvieran ideas claras sobre su persona y su misión. Es que los Apóstoles estaban imbuidos de las ideas que los judíos se habían formado sobre la persona del Mesías: esperaban un liberador terrenal y político, mientras que la persona de Jesús no respondía en absoluto a estas imágenes preconcebidas.

Las primeras palabras que leemos en el Evangelio de hoy son respuesta a una pregunta del apóstol Tomás. «Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí» (Jn 14,6). Esta respuesta a Tomás da pie a la petición de Felipe: «Señor, muéstranos al Padre y nos basta» (Jn 14,8). La respuesta de Jesús es —en realidad— una reprensión: «¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros y no me conoces Felipe?» (Jn 14,9).

Los Apóstoles no acababan de entender la unidad entre el Padre y Jesús, no alcanzaban a ver al Dios y Hombre en la persona de Jesús. Él no se limita a demostrar su igualdad con el Padre, sino que también les recuerda que ellos serán los que continuarán su obra salvadora: les otorga el poder de hacer milagros, les promete que estará siempre con ellos, y cualquier cosa que pidan en su nombre, se la concederá.

Estas respuestas de Jesús a los Apóstoles, también nos las dirige a todos nosotros. San Josemaría, comentando este texto, dice: «‘Yo soy el camino, la verdad y la vida’. Con estas inequívocas palabras, nos ha mostrado el Señor cuál es la vereda auténtica que lleva a la felicidad eterna (...). Lo declara a todos los hombres, pero especialmente nos lo recuerda a quienes, como tú y como yo, le hemos dicho que estamos decididos a tomarnos en serio nuestra vocación de cristianos».

Otro comentario:   Pide en nombre de Jesús

Todo lo que pidas en nombre de Jesús, todo lo que supliques a Dios Padre en nombre de su Hijo, Dios, ¡Jesús!, Dios hará; eso dice el evangelio de hoy, y sabemos que es Palabra de Dios.

Confía en Dios, cree en Dios, y pide en nombre de JESÚS.
P. Jesús
                              


viernes, 2 de mayo de 2014

¿Te pesan mucho tus cargas?



¿Te pesan mucho tus cargas?

Salmo 55:22:

“Echa sobre el SEÑOR tu carga, y El te sustentará; 
El nunca permitirá que el justo sea sacudido. .”

Una carga es un peso que llevamos a cuesta. Ya sea desde el punto de vista físico, emocional o espiritual. Todos nosotros en algún momento hemos experimentado una carga de cualquiera de estos tipos. A medida que vamos caminando por este mundo vamos adquiriendo “cargas” que, si no las descargamos en algún lugar, con el tiempo se van haciendo cada vez más pesadas. Estas “cargas” son, generalmente, el resultado emocional de situaciones que nos han causado algún pesar: Alguna herida en el corazón que no ha sanado del todo; circunstancias que chocan con nuestros principios y no las aceptamos. Luchamos contra ellas, pero persisten y nos hacen daño; resentimientos contra personas que nos han herido; el dolor de haber perdido un ser querido, una relación que se rompió, en fin una enorme variedad de situaciones que pueden dar como resultado esas “cargas” emocionales que tanto daño hacen.

Muchas personas, agobiadas por el peso de estas cargas acuden a los siquiatras y psicólogos en busca de ayuda. Allí se encuentran con ciertas técnicas encaminadas a eliminar el efecto de esas cargas. La idea es aceptar todo aquello que nos afecta negativamente. Puede no gustarnos, pero podemos aceptarlo. Te dicen que debes aprender a tratar con los pensamientos negativos, la tristeza, los resentimientos, las cosas que no puedes cambiar, las quejas, la terquedad, el apego al pasado, las decepciones, los prejuicios, etc. Que debes aprender a tratar con todas estas cosas y así te quitas la preocupación. Suena muy bonito. El problema principal consiste en llevarlo a la práctica, fundamentalmente porque la acción está basada en nuestras propias fuerzas. 

¿Y qué dice la Biblia que debemos hacer con nuestras cargas? El versículo inicial nos exhorta a echarlas sobre el Señor. En realidad es Dios quien hace el trabajo, no somos nosotros con nuestras propias fuerzas. ¡Esta es la gran diferencia!

Según el diccionario, la palabra “echar” significa: “Hacer que una cosa vaya a parar a otra parte, dándole impulso con la mano o de otra manera.” Por ejemplo, si yo tengo un libro en mi mano, y hago un gesto de tirarlo pero no lo suelto, ¿es esto “echar”? No, porque el libro no ha ido a parar a otra parte. Todavía está en mi mano, porque no lo solté. Ahora bien, si esta vez lo suelto de mi mano, y el libro va a parar a otra parte, ¿es esto “echar”? Sí. Esto es lo que el Señor espera que hagamos. Que soltemos la carga. Que la echemos sobre Él. 

La Psicología ayuda a una persona a aceptar una cierta condición y adaptarse a ella. Esto significa que esa condición se mantiene en esa persona. O sea, la meta es eliminar el efecto de la carga. Sin embargo, Dios promete librarnos de esa carga. Él elimina la causa, es decir la raíz del mal, no solamente los síntomas. Dios transforma nuestras circunstancias y hace todo nuevo. 

¿Qué pasa cuando echamos nuestras cargas sobre Dios? Dice la Biblia que cuando tú echas tus cargas sobre el Señor, “Él te sustentará.” La palabra "sustentar" quiere decir "mantener, sostener, alimentar", es decir, proveer a uno del alimento necesario, prestar apoyo o auxilio. Eso es lo que el Señor puede y desea hacer con cada uno de nosotros. Proveernos del alimento que necesitamos (físico, emocional y espiritual). Suplir nuestras necesidades. Ayudarnos, prestarnos auxilio. 
 Dios es nuestro refugio y fortaleza, 
socorro siempre a mano en momentos de angustia. , dice el Salmo 46:1. Pero antes tenemos que echar sobre Él nuestras cargas. Se requiere una acción de nuestra parte.

Jesús nos dice en Mateo 11:28: “Vengan a mí los que van cansados, llevando pesadas cargas, y yo los aliviaré. ” Quizás no sepamos de memoria este versículo, y probablemente en medio de alguna prueba lo hayamos puesto en práctica y hayamos ido al Señor con nuestras cargas. Sin embargo, muchas veces no recibimos ese alivio que Jesús nos promete. ¿Por qué? ¿Acaso Jesús nos ha fallado? NO. Simplemente es que no echamos la carga sobre él. Nos quedamos con ella. Vamos a él con nuestras cargas, pero al retirarnos las llevamos con nosotros. No las soltamos.

Es como aquel hombre que iba caminando por la banquina de la ruta con un bulto en la cabeza. El conductor de un camión se detuvo y le ofreció llevarlo. El hombre subió a la parte de atrás del camión. Pero para sorpresa del chófer, cuando miró por el espejo retrovisor vio que el hombre todavía llevaba el bulto sobre su cabeza, en lugar de apoyarlo en el piso del camión. Nosotros muchas veces actuamos de esta manera con Dios. Vamos caminando en esta vida con nuestras cargas. Dios quiere ayudarnos, pero nosotros no soltamos la carga. Por eso continuamos cargados.

¿Y por qué no la soltamos? Porque no tenemos fe. Nos aferramos a lo que nosotros consideramos es la manera correcta de resolver el problema y queremos tener en control. No le damos el control al Señor. Es como si le estuviésemos pidiendo simplemente que nos dé “una manito”, pero nosotros seguimos dirigiendo. 

No es eso lo que Jesús espera de nosotros. Ya en Mateo 11:29-30, él continúa diciendo: 
 Carguen con mi yugo y aprendan de mí, que soy paciente y humilde de corazón, y sus almas encontrarán descanso. 
Pues mi yugo es suave y mi carga liviana.
 El yugo es lo que se pone en el cuello de dos bueyes para mantenerlos unidos mientras aran la tierra. Generalmente se junta a un buey grande, fuerte y maduro con uno más joven e inexperto para que el segundo aprenda del primero. Es decir, el buey más experimentado, que ya conoce el camino a seguir, funciona como maestro y líder del buey más joven. Cuando llevamos el yugo de Jesús, es decir cuando nos unimos a Él y nos dejamos dirigir por Él, nos lleva hacia la victoria por el camino que Él ya conoce. Nos consuela, nos fortalece, toma nuestras cargas y nos da un descanso que es más que un descanso puramente emocional, superficial y temporal; es un descanso profundo y eterno, un descanso espiritual. 

Jesús vivió 33 años en este mundo. Vino con una misión que solamente Él podía llevar a cabo: la salvación de la humanidad. Fue perseguido, injuriado, humillado e injustamente acusado. Fue juzgado y condenado por una muchedumbre enfurecida que prefirió que dejaran en libertad a un ladrón asesino y lo crucificaran a él. Sin haber cometido un solo pecado, el Señor tuvo que cargar sobre sí, todos los pecados de la humanidad en la cruz del Calvario. Era tan grande la carga, que pocas horas antes de esa terrible prueba, en el huerto de Getsemaní, en su condición humana, Jesús se sintió débil y a punto de desfallecer. Le invadía una tristeza tan grande que confesó a sus discípulos: “Siento una tristeza de muerte. Quédense aquí conmigo y permanezcan despiertos.” (Mateo 26:38). Quiso decir: “Ya no puedo más”. La tentación de huir de la cruz era cada vez mayor. La carga que sentía sobre Él era insoportable. ¿Qué hizo entonces Jesús? ¿Dónde buscó fortaleza? Jesús se postró en oración tres veces, y clamó al Padre sometiendo a él su voluntad. Allí echó su carga sobre Dios. “Entonces se le apareció un ángel del cielo para animarlo”, dice Lucas 22:43. Cuando Jesús se puso de pie, ya estaba descansado, fortalecido y listo para enfrentarse a la terrible prueba y así se dirigió a la cruz a dar su vida por cada uno de nosotros. 

El apóstol Pablo fue otro hombre que sufrió muchas pruebas duras en su vida. Estando preso en una cárcel romana, pasando mil incomodidades y esperando ser ejecutado en cualquier momento, Pablo escribió a los filipenses y les dijo: 
 No se angustien por nada, y en cualquier circunstancia, recurran a la oración y a la súplica, acompañadas de acción de gracias, para presentar sus peticiones a Dios. 
 Entonces la paz de Dios, que supera todo lo que podemos pensar, tomará bajo su cuidado los corazones y los pensamientos de ustedes en Cristo Jesús
.” (Filipenses 4:6-7).

Es decir, cuando nos dirigimos al Señor, oramos, y le clamamos, Él toma nuestras cargas, nuestras preocupaciones, nuestros afanes, nuestras ansiedades, y las convierte en paz. Una paz que no entendemos aunque quizás las circunstancias no cambien inmediatamente, sin embargo la sentimos profundamente y la disfrutamos. Pero para lograr eso, es necesario “echar” las cargas sobre Dios. 

¿Crees que el Señor puede darte descanso? ¿Crees que su yugo es fácil y su carga es ligera? Entonces confía plenamente en Él, echa sobre Él todas tus cargas, somete a él todas las áreas de tu vida, y disfruta del descanso que Él te ofrece. Si sientes que no puedes soltar tus cargas en los brazos del Señor, pídele entonces a Él para que te ayude a lograrlo. 

Saludos
Hno. Fernando Fortunato
Monasterio Benedictino Santa María de los Toldos.
C.C.8 - B6015WAA Los Toldos
Buenos Aires - Argentina