miércoles, 28 de agosto de 2013

Milagro Eucarístico Lanciano

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Mientras un sacerdote, monje de la orden de san Basilio, celebraba la Santa Misa, luego de consagrar las ofrendas del pan y el vino, le asaltaron nuevamente las serias dudas que venía padeciendo desde hacía tiempo acerca del milagro de la Transubstanciación y de  la presencia real de Cristo en la Eucaristía. A esas dudas, que le hacían sufrir, se habían sumado varias herejías eucarísticas que se extendieron por Europa. Este monje oraba con insistencia pidiendo a Dios que retirara esas dudas de su corazón. De pronto, con las sagradas especies en sus manos, quedó estupefacto cuando ante su propia mirada la hostia se convirtió en carne y el vino se hizo sangre. Al instante estalló en un llanto de alegría mientras agradecía al Señor la respuesta tan visible a sus pobres dudas.
 Este milagro eucarístico ocurrió en el año 700 en la pequeña ciudad medieval de Lanciano, junto al mar Adriático, entre Loreto y San Giovanni Rotondo, a cuatro kilómetros de Pescara, en Italia.
Viajé a Lanciano para presentar el milagro por televisión; entré a la iglesia de san Francisco, de los frailes menores, me dirigí al altar principal y me postré de rodillas al estar ante el milagro expuesto en un hermoso relicario de plata que, a manera de custodia, exhibe la hostia convertida en carne y, dentro de una ampolla de cristal, cinco glóbulos de sangre ni seca ni líquida. Miré el milagro y lo adoré. Luego me acerqué y subí por detrás del retablo hasta quedar muy cerca del relicario. Lo fotografié y lo grabé con nuestras cámaras de televisión gracias a la bondad de los frailes.
Hasta antes del Gran Cisma del año 1054, esta iglesia, consagrada a Domiciano y a Longinos -el centurión que traspasó el costado de Jesús- había pertenecido a los monjes ortodoxos griegos de la Orden de san Basilio. En 1176 pasó a manos de los benedictinos y luego, en 1252, el obispo de Chieti la entregó a los franciscanos, quienes edificaron la iglesia actual en 1258 y luego la transformaron del estilo románico al gótico-barroco en 1700.
Este milagro eucarístico sorprende porque, como la ciencia no ha podido explicar: la carne y la sangre se han preservado expuestos a la acción de agentes físicos atmosféricos, ambientales y bacteriológicos por más de trece siglos; y los glóbulos de sangre pesan lo mismo cada uno, que dos, o tres, o cuatro, o los cinco juntos.
Este milagro sorprende, además, por lo que la ciencia sí ha podido explicar: tanto la sangre como la carne son humanas; la carne está constituida por tejido cardiaco en secciones de miocardio, endocardio, nervio vago y ventrículo izquierdo, es decir que es un corazón completo en su estructura; el grupo sanguíneo es AB, al igual que la sangre de la Sábana Santa de Turín y del Sudario de Oviedo; y la sangre contiene las mismas proteínas que las de la fórmula sero-proteica de la sangre fresca y viva.
El milagro eucarístico de Lanciano ha sido sometido a varios exámenes y análisis científicos, el primero en 1574, y después en 1970, 1981 y 1991, dirigidos, entre otros especialistas, por Odoardo Linoli y por Ruggero Bertelli -investigadores y catedráticos de la universidad de Siena- y por la cardióloga italiana Marina De Cesare.
La sangre esta dividida en cinco glóbulos, pesa 15.18 gramos y es de color rojo oscuro. Por su parte la carne, de forma redonda, mide 60 centímetros de circunferencia, es de color beige, su tejido está compuesto por fibrocélulas longitudinales y ha perdido materia en su parte central como consecuencia de los exámenes.
Al de Lanciano, se suman más milagros eucarísticos ocurridos en diversos momentos y lugares: Siena, Faverney, Albany, Cascia, Cebreiro, Bolsena, Bruselas, Alboraya, Avignon y Santarem, entre otros.
Parece ser que en nuestro siglo el Señor ha querido pronunciarse de esta misma manera hacia México, como ocurrió el 22 de octubre de 2006 en la localidad de Tixtla, Guerrero, con una hostia que sangró profusamente, en un milagro que ha sido aprobado en fase diocesana por monseñor Alejo Zavala Castro, obispo de Chilpancingo-Chilapa; y más recientemente, el 24 de julio de este año 2013, con otra hostia sangrante en la parroquia María Madre de la Iglesia, de Guadalajara, otro probable milagro que se encuentra bajo investigación diocesana ordenada por el cardenal Francisco Robles Ortega, arzobispo de Guadalajara.

¿Qué nos quiere decir el Señor a los creyentes? Que el pan y el vino consagrados son, en verdad, su carne y su sangre. ¿Y qué nos dice, además, a los católicos? De ésto hemos de estar atentos para saber interpretar, prudentemente, estos signos de nuestro tiempo.

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