miércoles, 8 de agosto de 2012

Amó a la Iglesia

                                           

Amó a la Iglesia…

30. julio 2012 | Por  | Categoria: Iglesia
El Obispo católico de una nación totalmente protestante como es Suiza, moría en Roma y en ella dejaba sus restos mortales. Era doloroso no ser enterrado en la propia patria. Pero estaba santamente orgulloso de su sacrificio. Se le pregunta cuando ya está muy enfermo: -¿Y por qué había de morir aquí?… El enfermo ya no podía responder. Pero quienes le asistían respondieron por él con unas palabras del apóstol San Pablo: ¡Porque amó a la Iglesia!
Un elogio grande. Y son las dos palabras escuetas en latín que grabaron en la lápida de su modesto sepulcro dentro de una iglesia muy clásica de Roma: “Dilexit Ecclesiam” (Cardenal Mermillod)
Estas palabras las dijo Pablo hablando de Jesucristo: ¡Que amo a la Iglesia, y se entregó hasta morir por ella! (Efesios 5,25)
¿Podrían ser estas palabras para nosotros un ideal?… Porque amar a la Iglesia no es una cosa cualquiera. Es amarse a sí mismo, porque que somos Iglesia. Si fue el ideal de Jesucristo, ¿no puede serlo también de cada cristiano?
Las tres mujeres que la autoridad máxima de la Iglesia ha declarado como Doctoras —privilegio extraordinario ostentado por muy pocos— fueron tres Santas apasionadas por la Iglesia.
- Catalina de Siena, en el siglo catorce, que, a sus treinta y tres años, exclama entusiasmada en el lecho de muerte: -¡Créanme! Si abandono este cuerpo es porque doy mi vida por la Iglesia y en la Iglesia; y esto es un privilegio insigne.
- Teresa de Jesús, en el siglo dieciséis, se dirige a Dios en su lecho de muerte con esta exclamación que se ha hecho tan clásica: -En fin, Señor, ¡soy hija de la Iglesia!
     – Teresa del Niño Jesús, la jovencita Doctora de veinticuatro años, en nuestros mismos días: -¡Quisiera realizar las gestas más heroicas, muriendo por la Iglesia en un campo de batalla!
Este amor a la Iglesia tiene raíces muy hondas en el espíritu cristiano.
Basta acudir a San Pablo, ejemplo sin igual en el amor a la Iglesia.
Llora, con sólo recordar lo que fue al principio: -¡Que no soy digno de ser llamado apóstol porque perseguí a la Iglesia de Dios!… (1Corintios 15,9)
Mira a la Iglesia como la Esposa de Cristo, y esto le llena de celo apasionado por los creyentes, para que sean dignos de Jesucristo: -Os desposé como casta virgen con un solo Esposo, Jesucristo (2Cor.11,2 )
Se mata por cualquier miembro de la Iglesia: -¿Quién desfallece, sin que desfallezca yo? ¿Quién se ve en peligro de perderse, sin que yo me abrase por dentro? (2Corintios 11,29)
Y acaba de decir antes, habando de todos sus trabajos: -Y esto, sin contar la preocupación diaria que supone la solicitud por todas las iglesias (2Cor. 11,28)
Con sólo Pablo, ya vemos por la Biblia lo que significa para el cristiano amar a la Iglesia y el hacer algo por ella.
Hemos visto antes cómo sentían y se expresaban esas tres admiradas Doctoras de la Iglesia, que la querían con el amor grande y apasionado de mujeres estupendas.
Pero, ¿creemos que esto de hacer algo grande y heroico por la Iglesia está sólo en las páginas bellas de algunos cristianos, escritas en un tiempo de emoción o de entusiasmo, como lo pudieron hacer esas queridas Doctoras?…
No; eso es algo que muchos realizan en la prosa de la vida, en lo más vulgar y monótono, siempre en el silencio más absoluto. Como aquél misionero de los hielos polares.
Unos aventureros exploradores se llegan hasta el círculo polar ártico. Allí se encuentran con un Misionero de María Inmaculada, al que llaman con humor el Párroco del Polo Norte. Una visita en aquellas soledades inmensas, sobre sabanas de hielo y a cuarenta grados centígrados bajo cero, hay para celebrarla…, y lo hacen con alegría grande. Empiezan por preguntar con buen humor::
- ¿Qué tal, Padre? ¿A cuántos kilómetros se extiende su Parroquia?
El Padre no da importancia a lo que significa su gran sacrificio: -¡Bah! No es muy grande. Sólo ciento cuarenta mil kilómetros cuadrados…
Sus interlocutores, sorprendidos: -¿Hemos oído bien? ¿Ciento cuarenta mil?… Pero, ¿serán muchos los feligreses? ¿Cuántas almas tiene a su cuidado?
Y el Misionero, riendo:- ¡Oh, muchísimas! Ciento ocho…
Más admirados los otros: -¿Ciento ocho?… ¿Y por ese puñadito de fieles lleva usted aquí veintidós años ya…, y esperando los que le falten?…
Las risas con que el Padre celebraba la extrañeza de sus visitantes se convirtieron de repente en una reflexión grave, que dejó profundamente pensativos a aquellos hermanos protestantes: -Sí; por la Iglesia de Jesucristo se puede hacer todo esto y mucho más… (Padre Girard, en Pont Inlet, entonces lo más cercano al Polo)
Ante casos como éstos, que apasionan, el cristiano sabe jurar amor eterno a la Iglesia santa de Dios.
Está dispuesto a hacer algo por la Iglesia.
Se quiere sacrificar en un apostolado que le ilusiona, pero que le exige entrega.
Está dispuesto a obedecerla en todos sus preceptos. A serle fiel, aunque cueste sacrificio.
Más que nada, a permanecer firme en la fe en que fue bautizado, sin titubeos, sin ceder un milímetro, sabiendo que la dicha suprema será verse cobijado por el manto de la Iglesia en el instante supremo.
“Cristo amó a la Iglesia hasta entregarse por ella”, decía Pablo. Entonces, no está del todo mal el sentirse algo satisfechos cuando se dice con sinceridad:
- ¡Cómo quiero yo a mi Iglesia Católica!…

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