lunes, 7 de mayo de 2012

IMITACIÓN DE CRISTO - 7° Entrega



CAPÍTULO XVII
De la vida Monástica
Debemos considerarnos como desterrados y peregrinos:
Conviene que aprendas a quebrantarte en muchas cosas, si quieres tener paz y concordia con otros. No es poco morar en los Monasterios o Congregaciones sin quejas, y perseverar fielmente hasta la muerte. Por cierto bienaventurado es el que vive allí bien y acaba santamente. Si quieres estar bien y aprovechar, estímate como desterrado y peregrino sobre la tierra. Conviene hacerte loco por Jesucristo, si quieres seguir la vida perfecta.
El que busca algo fuera de Dios, sólo hallará dolor:
El hábito y la tonsura poco hacen; mas la mudanza de las costumbres y la entera mortificación de las pasiones hacen al hombre verdadero religioso. El que busca algo fuera de Dios y  la salvación de su alma, no hallará sino tribulación y dolor. Por cierto no puede estar mucho tiempo en paz el que no procura ser el menor y el más sujeto.
Viniste a servir y no a regir. Mira que te llamaron para trabajar y padecer, no para holgar y parlar.
Aquí se prueban los hombres como el oro en el crisol, aquí no puede alguno estar,  si no quiere humillarse de todo coarzón por Dios.
CAPÍTULO XVIII
De los ejemplos de los Santos Padres
¿Qué es nuestra vida cotejada con la suya?
Mira bien los vivos ejemplos de los Santos Padres, en los cuales resplandece la verdadera perfección, y verás cuán poco o casi nada es lo que hacemos.
 ¡Ay, de nosotros! ¿ qué es nuestra vida cotejada con la suya?
 Los Santos y amigos de Cristo sirvieron al Señor en hambre, en sed, en frío, en desnudez, en trabajos, en fatigas, con vigilias y ayunos, en oraciones y santos pensamientos, en persecuciones y en muchos denuestos (oprobios).
Heroicos en sus tribulaciones:
¡Oh! ¡Cuántas y cuán graves tribulaciones padecieron los Apóstoles, los Mártires, los Confesores y Vírgenes, y todos los que quisieron seguir las pisadas de Jesucristo!
Pues en esta vida aborrecieron sus vidas, para poseer sus almas en la vida perdurable.
¡Oh cuán estrecha y apartada vida hicieron los Santos Padres en el yermo (desierto)! ¡Cuán largas y graves tentaciones padecieron! ¡Cuán frecuentemente fueron atormentados del enemigo! ¡Cuán continuas y fervientes oraciones ofrecieron a Dios! ¡Cuán fuertes abstinencias cumplieron! ¡Cuán gran celo tuvieron por su espiritual aprovechamiento! ¡Cuán fuerte pelea pasaron  para vencer los vicios! ¡Cuán pura y recta intención tuvieron con Dios!
Durante el día trabajaban, las noches ocupaban en la divina oración: aunque trabajando no cesaban de orar mentalmente.
Renunciaron a todo:
Todo el tiempo gastaban en bien. Toda hora les parecía breve para darse a Dios.
Y por la gran dulzura de la contemplación se olvidaban de la necesidad del mantenimiento corporal.
Renunciaban a las riquezas, honores, dignidades, parientes y amigos, ninguna cosa querían del mundo, apenas tomaban lo necesario para la vida, y tenían dolor de servir a su cuerpo, aun en las cosas necesarias.
Ciertamente, muy pobres eran de lo temporal, pero riquísimos en gracias y virtudes. En lo de afuera eran necesitados; y en lo de dentro eran de la gracia y divina consolación recreados.
Fueron ejemplo de toda virtud:
Ajenos eran al mundo: mas a Dios cercanos y familiares amigos. Teníanse por nada cuanto a sí, y  el mundo los despreciaba; mas en los ojos de Dios eran  preciosos y escogidos. Estaban en verdadera humildad, vivían en sencilla obediencia, andaban en caridad y paciencia, y por eso cada día crecían en espíritu, y alcanzaban mucha gracia delante de Dios.
Fueron puestos por dechados en la Iglesia; y más nos deben éstos mover a bien, aprovechar, que la muchedumbre de los tibios a aflojar.
¡Cuánto fervor en los primeros religiosos!
¡Oh, cuánto fue el fervor de los religiosos al principio de la santa ordenación!¡Oh, cuánta la devoción de la oración! ¡Cuánto el celo de la virtud! ¡Cuánto floreció la disciplina!¡Cuánto la reverencia y obediencia que hubo al superior en todas las cosas!
Aun hasta ahora dan testimonio los rastros que quedaron, que fueron verdaderamente varones santos y perfectos que, peleando tan varonilmente, hollaron el mundo.
¡Cuánta la tibieza de nuestros tiempos!
 Ahora ya se estima en mucho al que no quebranta la regla y al que con paciencia pudiere sufrir lo que por su voluntad aceptó.
¡Oh tibieza y negligencia de nuestro tiempo, que tan presto declinamos del fervor primero, y de cansados y flojos nos enoja el vivir!
¡Pluguiese a Dios que no durmiese en ti el aprovechamiento de las virtudes, pues viste tantos ejemplos de devotos!

Continúa......

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