miércoles, 16 de mayo de 2012

IMITACIÓN DE CRISTO - 9° Entrega


CAPÍTULO XXI

De la compunción del corazón
  
La compunción engendra muchos bienes:
Si quieres aprovechar algo, consérvate en el temor de Dios y no quieras ser demasiado libre; mas refrena todos tus sentidos, y no te des a vana alegría. Date a la compunción del corazón, y  hallarás devoción.
La compunción descubre muchos bienes, que la relajación suele perder en breve. Maravilla es que el hombre se pueda alegrar perfectamente en esta vida, considerando su destierro, y pensando en los peligros de su alma.
Por la liviandad del corazón, y por el descuido de nuestros defectos, no sentimos los dolores de nuestra alma; mas muchas veces reímos, cuando con razón deberíamos llorar. No es buena la alegría, ni verdadera la libertad,  sino en el temor de Dios con buena conciencia. Bienaventurado aquel que puede desviarse de todo estorbo y recogerse a la unión de la santa compunción. Bienaventurado el que renuncia a todas las cosas que pueden mancillar o agravar su conciencia.
Pelea como varón; que una costumbre vence a otra. Si tú sabes dejar los hombres, ellos te dejarán hacer tus obras.
No te ocupes en cosas ajenas, ni te entremetas en las cosas de los mayores. Mira primero por ti, y amonéstate a ti mismo más especialmente que a todos cuantos quieres bien.
Si no eres favorecido de los hombres, no te entristezcas.

La compunción atrae los consuelos divinos:
Mas una cosa te debe afligir: que no tienes tanto cuidado de mirar por ti, como conviene a devoto siervo de Dios.
Muy útil y seguro es muchas veces que el hombre no tenga en esta vida muchas consolaciones, mayormente según la carne. Más, de no sentir o gustar las divinas, nuestra es la  culpa, porque no buscamos la contrición del corazón, ni desechamos del todo las consolaciones vanas y exteriores.
Conócete por indigno de la divina consolación, y muy merecedor de tribulaciones.
Cuando el hombre tiene perfecta contrición, luego le parece grave y amargo todo el mundo.  

El hombre bueno siempre encuentra motivos de compunción:
El buen hombre siempre halla razón para dolerse y llorar. Porque ahora se mire a sí, ahora piense en su prójimo, sabe que ninguno vive sin tribulaciones en este siglo. Y cuanto más de verdad se mira, tanto más halla de qué dolerse. Materia de justo y entrañable dolor son nuestros pecados y vicios, en los cuales envueltos, estamos tan caídos, que pocas veces podemos contemplar lo celestial.
Si de continuo pensases, más en tu muerte que en el largo vivir, no hay duda que te enmendarías con mayor fervor. Si pusieses también delante de tu corazón las penas del infierno o del purgatorio, creo yo que de muy buena gana sufrirías cualquier trabajo y dolor, y no temerías ninguna aspereza. Mas como estas cosas no pasan al corazón, y lo que peor es, aun amamos las blanduras, por eso nos quedamos muy fríos y perezosos.
Muchas veces por falta de espíritu se queja el cuerpo miserable tan presto.

Pidamos, pues, el espíritu de compunción:
Ruega, pues, con humildad al Señor, que te dé espíritu de contrición, y di con el Profeta: Dame, Señor, a comer el pan de lágrimas, y  a beber en abundancia el agua de mis lloros.(Salmo 79,6)

CAPÍTULO XXII

De la consideración de la miseria humana

Fuera de Dios, todo es miseria:
Miserable eres donde quiera que fueres y donde quiera que te vuelvas, si no te diriges a Dios. ¿Por qué te turbas, si no te sucede lo que deseas? ¿Quién es el que tiene todas las cosas a su voluntad? Por cierto ni yo, ni tú, ni hombre sobre la tierra.

Todos deben sufrir:
No hay hombre en el mundo sin tribulación, aunque sea Rey o Papa. Pues ¿quién es el que está mejor? Ciertamente el que se pone a padecer algo por Dios.
Dicen muchos flacos y enfermos: ¡Mirad cuán buena vida tiene aquel hombre! ¡Cuán rico!
¡Cuán poderoso, cuán hermoso, cuán gran señor! Pero atiende a los bienes celestiales; y verás que todo lo temporal es casi nada,  muy incierto y muy gravoso, porque no lo podemos poseer sin cuidado y temor.
No está la felicidad del hombre en tener abundancia de lo temporal, le basta una vida mediana: que harto verdadera miseria es vivir en la tierra.

Nuestras necesidades corporales, no deben hacernos perder la paz interior:
Cuanto el hombre quisiera ser más espiritual, tanto le será más amarga la vida: porque siente mejor y más claro los defectos de la corrupción humana.
Porque comer, beber, velar, dormir, reposar, trabajar, y estar sujeto a toda la necesidad natural, de verdad es grandísima miseria y aflicción al hombre devoto, el cual de buena gana quisiera ser desatado de este cuerpo y libre de todo pecado.
Por cierto el hombre interior recibe mucha pesadumbre con las necesidades corporales, en este mundo. Por eso el Profeta ruega devotamente que pueda ser librado de ellas, diciendo: Líbrame, Señor, de mis necesidades(Salmo 24,17). Mas ¡ay de los que no conocen su miseria, y mucho más de los que aman esta vida mísera y corruptible vida!
Porque hay algunos tan abrazados con ella, que aunque con mucha dificultad trabajando o mendigando tengan lo necesario, si pudiesen vivir aquí siempre, no cuidarían del reino de Dios.

¡Oh locos y descreídos de corazón, los que tan profundamente se envuelven en la tierra, que no gustan sino de las cosas carnales! Mas los míseros en el fin sentirán cruelmente cuán vil y cuán nada era lo que tanto amaron.
Los Santos de Dios, y todos los amigos de Cristo no atendían a lo que agradaba a la carne, ni a lo que florecía en este tiempo; mas toda su esperanza e intención suspiraba por los bienes eternos: todo su deseo subía a lo que ha de durar, y que no se ve, porque no fuesen traídos a las cosas bajas con el amor de la cosas visibles.
  
Nuestra vida es una continua lucha: ¡Luchemos con confianza!
No quieras, hermano, perder la confianza de aprovechar en las cosas espirituales; aun tienes tiempo y ocasión.
¿Por qué quieres dilatar tu propósito? Levántate y comienza en este momento y di: Ahora es tiempo de obrar, tiempo de pelear, tiempo conveniente para enmendarme.
Cuando estás mal y tienes alguna tribulación, es tiempo de merecer. Conviene que pases por fuego y por agua, antes que llegues al descanso. Si no te haces fuerza, no vencerás el vicio. En tanto que traemos este cuerpo no podemos estar sin pecado, ni vivir sin fatiga y dolor.
Fácil cosa fuera tener descanso de toda miseria: mas como perdimos la inocencia por el pecado, perdimos con ella la verdadera felicidad.
Por eso nos conviene tener paciencia, y esperar la misericordia de Dios, hasta que se acabe la maldad, y la vida trague a la muerte.

Somos muy frágiles ¡Vigilemos sobre nosotros mismos!
¡Oh cuánta es la flaqueza humana, que siempre está inclinada a los vicios!
Hoy confiesas tus pecados, y mañana vuelves a cometerlos. Ahora propones guardarte, y de aquí a una hora, haces como si nada hubieses propuesto.
Con gran razón, pues, nos podemos humillar, y nunca sentir de nosotros cosa grande, pues somos tan flacos y tan mudables.
Por cierto, presto se pierde, por descuido, lo que con mucho trabajo dificultosamente se ganó por gracia.

Temamos: ¡Aún no aparecen señales de verdadera santidad en nuestra conversión!
¿Qué será de nosotros al fin, pues ya tan temprano estamos tibios? ¡Ay de nosotros si así queremos ir al reposo, como si ya tuviésemos paz y seguridad, cuando aun no aparece señal de verdadera santidad en nuestra conversión! Bien sería menester que aun fuésemos instruidos otra vez como dóciles principiantes en las buenas costumbres, si por ventura hubiese alguna esperanza  de futura enmienda, y de mayor aprovechamiento espiritual.

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