viernes, 17 de mayo de 2013

Esperando al Espíritu Santo - (3º Parte)


   EL ESPÍRITU SANTO EN EL NUEVO TESTAMENTO
JESÚS NOS ENSEÑA QUE DIOS ES PADRE, HIJO Y ESPÍRITU SANTO: TRES PERSONAS QUE SON UN SOLO DIOS 



Al leer atentamente los Evangelios descubrimos la acción permanente del Espíritu Santo. A continuación recordamos algunos de los pasajes del Evangelio donde está presente el Espíritu Santo:

 EL REY DAVID HABLA MOVIDO POR EL ESPÍRITU SANTO



David mismo dijo, movido por el Espíritu Santo: Dijo el Señor a mi Señor: Siéntate a mi diestra hasta que ponga a tus enemigos debajo de tus pies. Marcos 12, 36






UN ÁNGEL DEL SEÑOR ANUNCIA EL NACIMIENTO DE JUAN BAUTISTA, EL CUAL ESTARÁ LLENO DEL ESPÍRITU SANTO DESDE EL SENO DE SU MADRE
Porque será grande ante el Señor; no beberá vino ni licor; estará lleno de Espíritu Santo ya desde el seno de su madre. Lucas 1, 15

MARÍA, POR OBRA DEL ESPÍRITU SANTO, CONCIBE EN SU SENO AL HIJO DE DIOS



El ángel le respondió: « El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el que ha de nacer será santo y será llamado Hijo de Dios. Lucas 1, 35

La generación de Jesucristo fue de esta manera: Su madre, María, estaba desposada con José y, antes de empezar a estar juntos ellos, se encontró encinta por obra del Espíritu Santo.Mateo 1, 18
Así lo tenía planeado, cuando el Ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: « José, hijo de David, no temas tomar contigo a María tu mujer porque lo engendrado en ella es del Espíritu Santo.Mateo 1, 20

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EL GRAN DESCONOCIDO

(continuación homilía pronunciada por monseñor Escrivá el 25-V-1969, fiesta de Pentecostés.)

Se contiene en el volumen Es Cristo que pasa
  Actualidad de la Pentecostés
        Esa realidad profunda que nos da a conocer el texto de la Escritura Santa, no es un recuerdo del pasado, una edad de oro de la Iglesia que quedó atrás en la historia. Es, por encima de las miserias y de los pecados de cada uno de nosotros, la realidad también de la Iglesia de hoy y de la Iglesia de todos los tiempos. Yo rogaré al Padre –anunció el Señor a sus discípulos– y os dará otro Consolador para que esté con vosotros eternamente. Jesús ha mantenido sus promesas: ha resucitado, ha subido a los cielos y, en unión con el Eterno Padre, nos envía el Espíritu Santo para que nos santifique y nos dé la vida.
        La fuerza y el poder de Dios iluminan la faz de la tierra. El Espíritu Santo continúa asistiendo a la Iglesia de Cristo, para que sea –siempre y en todo– signo levantado ante las naciones, que anuncia a la humanidad la benevolencia y el amor de Dios. Por grandes que sean nuestras limitaciones, los hombres podemos mirar con confianza a los cielos y sentirnos llenos de alegría: Dios nos ama y nos libra de nuestros pecados. La presencia y la acción del Espíritu Santo en la Iglesia son la prenda y la anticipación de la felicidad eterna, de esa alegría y de esa paz que Dios nos depara.
        También nosotros, como aquellos primeros que se acercaron a San Pedro en el día de Pentecostés, hemos sido bautizados. En el bautismo, Nuestro Padre Dios ha tomado posesión de nuestras vidas, nos ha incorporado a la de Cristo y nos ha enviado el Espíritu Santo. El Señor, nos dice la Escritura Santa, nos ha salvado haciéndonos renacer por el bautismo, renovándonos por el Espíritu Santo, que El derramó copiosamente sobre nosotros por Jesucristo Salvador nuestro, para que, justificados por la gracia, vengamos a ser herederos de la vida eterna conforme a la esperanza que tenemos.
        La experiencia de nuestra debilidad y de nuestros fallos, la desedificación que puede producir el espectáculo doloroso de la pequeñez o incluso de la mezquindad de algunos que se llaman cristianos, el aparente fracaso o la desorientación de algunas empresas apostólicas, todo eso –el comprobar la realidad del pecado y de las limitaciones humanas– puede sin embargo constituir una prueba para nuestra fe, y hacer que se insinúen la tentación y la duda: ¿dónde están la fuerza y el poder de Dios? Es el momento de reaccionar, de practicar de manera más pura y más recia nuestra esperanza y, por tanto, de procurar que sea más firme nuestra fidelidad.
         Permitidme narrar un suceso de mi vida personal, ocurrido hace ya muchos años. Un día un amigo de buen corazón, pero que no tenía fe, me dijo, mientras señalaba un mapamundi: mire, de norte a sur, y de este o oeste. ¿Qué quieres que mire?, le pregunté. Su respuesta fue: el fracaso de Cristo. Tantos siglos, procurando meter en la vida de los hombres su doctrina, y vea los resultados. Me llené, en un primer momento de tristeza: es un gran dolor, en efecto, considerar que son muchos los que aún no conocen al Señor y que, entre los que le conocen, son muchos también los que viven como si no lo conocieran.
        Pero esa sensación duró sólo un instante, para dejar paso al amor y al agradecimiento, porque Jesús ha querido hacer a cada hombre cooperador libre de su obra redentora. No ha fracasado: su doctrina y su vida están fecundando continuamente el mundo. La redención, por El realizada, es suficiente y sobreabundante.
        Dios no quiere esclavos, sino hijos, y respeta nuestra libertad. La salvación continúa y nosotros participamos en ella: es voluntad de Cristo que –según las palabras fuertes de San Pablo– cumplamos en nuestra carne, en nuestra vida, aquello que falta a su pasión, pro Corpore eius, quod est Ecclesia, en beneficio de su cuerpo, que es la Iglesia.
        Vale la pena jugarse la vida, entregarse por entero, para corresponder al amor y a la confianza que Dios deposita en nosotros. Vale la pena, ante todo, que nos decidamos a tomar en serio nuestra fe cristiana. Al recitar el Credo, profesamos creer en Dios Padre todopoderoso, en su Hijo Jesucristo que murió y fue resucitado, en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida. Confesamos que la Iglesia, una santa, católica y apostólica, es el cuerpo de Cristo, animado por el Espíritu Santo. Nos alegramos ante la remisión de los pecados, y ante la esperanza de la resurrección futura. Pero, esas verdades ¿penetran hasta lo hondo del corazón o se quedan quizá en los labios? El mensaje divino de victoria, de alegría y de paz de la Pentecostés debe ser el fundamento inquebrantable en el modo de pensar, de reaccionar y de vivir de todo cristiano.
      
(Continúa)

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EL ESPÍRITU SANTO Y LOS SANTOS
             SAN ANTONIO MARÍA DE CLARET, ESCRITOS ESPIRITUALES


"COMO DICE SAN PABLO, NADIE PUEDE PRONUNCIAR EL NOMBRE DE JESÚS SINO EN VIRTUD DEL ESPÍRITU SANTO. MUCHAS SON LAS DIVISIONES DE LAS GRACIAS, PERO EL ESPÍRITU SANTO ES UNO NO MÁS [...] PORQUE A UNOS POR EL ESPÍRITU SE LES HA DADO LA PALABRA DE LA SABIDURÍA O EL DON DE PREDICAR; A OTROS, EL DON DE ENSEÑAR, PERO POR UN MISMO ESPÍRITU; A AQUÉLLOS SE LES HA DADO EL DON DE LA FE, Y A ÉSTOS EL DON DE CURACIONES POR UN MISMO ESPÍRITU; A UNOS SE LES HA CONCEDIDO LA GRACIA DE HACER MILAGROS; A OTROS EL DON DE LA PROFECÍA; A ÉSTOS, EL DON DE LA DISCRECCIÓN DE ESPÍRITUS; A AQUELLOS EL DON DE LENGUAS; A AQUELLOS OTROS, EL DON DE INTERPRETAR LAS ESCRITURAS. TODAS ESTAS COSAS LAS OBRA UN MISMO ESPÍRITU, DIVIDIENDO O DISTRIBUYENDO A CADA UNO COMO LE PLACE". EL ESPÍRITU SACERDOTAL


Un abrazo en Jesús Misericordioso y María Santísima, en el amor del Espíritu Santo, bajo la paternal protección de San José y la mirada amorosa de Dios Padre.

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